jueves, septiembre 18, 2008

Insinuaciones peligrosas



Del lunes al martes no leí periódicos, no navegué en internet, no escuché radio ni vi tele. Pasé esas horas en la Feria del Libro de Saltillo, y hasta la habitación 328 del hotel San Jorge, en la capital de Coahuila, me llegaron los tronidos de la pirotecnia celebratoria que el 15 de septiembre a las 11 de la noche estallaba jubilosamente frente al palacio de gobierno. El 16 lo pasé embebido en la Feria, entre libros; por la noche, ya en Torreón, gracias a los noticieros supe muy tarde, casi un día después, que habíamos amanecido con otro México, que las granadas de Morelia eran el hito de un antes cruento y un después horripilante, pues por primera vez en la historia reciente del país caen civiles de manera cínica, indiscriminada, ciega y brutal. Se trata, como se ha repetido innumerables veces en las horas cercanas, de terrorismo puro, pues ya ni siquiera hay elección de objetivos: un artefacto explosivo es arrojado a la masa anónima y, caiga quien caiga, el terror se apodera del entorno, sin distingos de nada, arrasador a lo bestia.
Con todas las letras: es terrorismo. Y si en sus manifestaciones políticas (ETA, Sendero Luminoso) merece total detestación, cuando es movido por la vulgaridad del dinero, como es probable que haya sido en el caso moreliano, se añade un extra, si eso es posible, a la obligación de aborrecerlo. Parece errabunda la conjetura del móvil político. Por manual, los grupos guerrilleros no proceden de esa forma, ya que un principio básico de su supervivencia radica en allegarse la simpatía popular, de manera que el camino de su lucha no pase por ataques sin discrimen. Algunos dirán que eso también es terror, pero, si así fuera, toda la historia de la humanidad, incluidas las gestas independentista y revolucionaria de México, deben ser calificadas como terroristas. En el México actual, por suerte, hay una notable coincidencia sobre la necesidad de la lucha electoral como única vía de acceso al poder. Los casos que optan por la lucha armada son escasos y, por diversas razones, no gozan ahora de una base popular amplia. Por ello, la sola asociación de ciertos nombres y ciertas siglas, políticos ambos, con el acto terrorista del lunes representa una ligereza condenable, dado el infundioso facilismo que encierra; quienes insinúan que el culpable “puede ser” tal o cual político rejego o grupo “golpista”, ¿no se han puesto a pensar que toda insinuación, adecuadamente argumentada, inculparía a cualquier grupo político en pugna? ¿Por qué asociar así, de botepronto, a un grupo que irrecusablemente ha emprendido una lucha política (léase: po-lí-ti-ca) no violenta para demandar lo que demanda?
Ayer, por ejemplo, uno de los columnistas más influyentes del país, Ricardo Alemán, acuñó esta desmesura: “… cabe la posibilidad de que algún grupo político o paramilitar se haya montado en la máscara del narcotráfico para llevar agua a su molino”, y luego dijo cierto nombre propio que le es obsesivamente antipático. Ante una aseveración de tal naturaleza, una pregunta: ¿qué agua se puede llevar a qué molino con un procedimiento terrorista? ¿Quién logra adhesiones con eso? Si de lo que se trata es de acarrear cuestionable agua a tan misterioso molino, ¿quién o quiénes son los que más ganan, desde su trinchera política, con el ejercicio del terror en este preciso momento? En el México de hoy, sólo una oposición política suicida, es decir, un grupo que quisiera perder de golpe su capital electoral y ponerse de pechito frente al poder castrense, se atrevería a proceder de manera tan ruin, y si algo ha demostrado nuestra grillocracia es que es corrupta, oportunista, terca, pero no estulta al grado de autoinmolarse en un atentado. La política es un permanente juego de pérdidas y ganancias. Si no hay ganancias, entonces, ¿qué caso tiene hacer lo de Morelia? La unidad, pues, que cacarean muchos opinadores, empieza por no borronear culpables a lo loco, por no criminalizar a quienes han dado muestras de que, en efecto, son opositores y juzgan que sus posiciones son incompatibles con las del gobierno, pero que siempre han operado sin derramar una gota de sangre.
El terrorismo, sin adjetivos, es abominable, cualquiera que sea su fin. La carnicería cobarde contra civiles indefensos —niños, mujeres, ancianos— merece la unánime reprobación de las fuerzas políticas y de todos los ciudadanos dignos de ese nombre, como de hecho ya se dio. Ante la gravedad del acontecimiento, las insinuaciones inculpatorias son una muestra de depravación que lejos de fomentar un poco de unidad sólo atiza el fogón de los resentimientos. Estamos ante la presencia de un doloroso parteaguas en la historia de nuestro país. No caben aquí, entonces, los malpensados que cómodamente, como si obedecieran un libreto, ya detectaron a posibles culpables sin detenerse a pensar dos veces, al menos dos veces, en los beneficiarios de esa atrocidad, si los hay.