miércoles, septiembre 05, 2007

El error técnico



Las lecturas al pasado fin de semana pueden ser muchas, y todas dependen de la posición desde la cual juzga el sujeto. Para unos, la salida de los legisladores perredistas fue una derrota amarilla; para otros, una muestra de civilidad política; para unos, los mensajes de Calderón fueron dos primores de estadista; para otros, gritos desesperados para obtener algunas pizcas de legitimidad; para unos, las palabras de los informes que se bifurcan son prueba de que el país ha encontrado ya un nuevo camino hacia el progreso; para otros, Calderón salió a la hora de la hora más lopezportillista que López Portillo en eso de tirar paparruchas mareadoras.
Véase desde donde se vea, cada quien saca sus conclusiones, y está en su derecho de hacerlo. Para mí, que como algunos saben soy un mexicano que no sabe quién es su presidente, los decires de Calderón emplean saliva en vano, pues su investidura es tan borrosa como la de López Obrador, y en el extremo de los dos casos nunca me he atrevido a quedarme con alguno, pues así como no puedo demostrar el triunfo de equis, tampoco puedo, como todos en México, demostrar la derrota de zeta. En otras palabras, la institución presidencial quedó convertida en un muladar inextricable luego del 2 de julio de 2006.
Pese a ello, muchos son enfáticamente optimistas y claros, no tienen ni un átomo de duda: Calderón no sólo ganó, sino que el producto (pese a parecer pirata) ha salido tan bueno que en un año mantuvo a la nación en paz, la patria tiene rumbo, las encuestas le conceden amplio y creciente respaldo popular y, en suma, los escépticos deberían callarse la buchaca, olvidar la necia discusión y sumarse al ideal de construir El País Que Queremos, parezca o no legítimo el residente principal de Los Pinos. Toda proporción, el resumen del primer año felipista huele demasiado a salinismo, quién sabe por qué.
En ese batido escenario, el papel de los medios es fundamental. Predomina quien controla los discursos, quien maneja la información, quien edita la realidad al gusto de tal o cual interés. Es fácil detectar la manipulación, pero como el juicio a los mensajes también depende de la subjetividad, lo que unos advierten como sesgo otros lo clasifican como objetividad. Esa es la razón por la cual no deja de maravillar la aparición de una ballena en el río revuelto: es tan evidente su presencia que nadie, ni los genuinamente convencidos, pueden dudar que se trata de una ballena. Eso es el “error técnico” del primero de septiembre, un cachalote que sólo la locura puede atribuir a descuido o a pifia. La censura nada subjetiva, por eso, me parece lo más sobresaliente del fin de semana pasado: gracias a ella podemos constatar quién y cómo maneja la información en este país. En todo caso, no se trató de un "error técnico”, sino político: un error que encueró a quien nos gobierna.