lunes, diciembre 31, 2007

Contornos de la crónica



Terminé tres y encarrilé un par más. Me refiero a los libritos que con recursos propios quise publicar en 2007. Financiados y editados por su servilleta, esos cuadernillos han circulado poco en Torreón, pero tuve ya la suerte de hacerlos caminar, con buena recepción, en Estados Unidos y en la Argentina. Son, en orden de tiraje, Polvo somos (de mi cosecha), Cometas en el cielo (de Juan Pablo Neyret) y Las intrusas (de David Lagmanovich). Tengo, como dije, dos más ya casi listos en el telar: un ensayo sobre cine escrito por Miguel Báez y varios artículos de Saúl Rosales. Espero, si la crisis económica que viene no me obstaculiza, tenerlos listos en febrero o a más tardar en marzo. Ojalá.
El segundo ejemplar, que contiene cinco crónicas de Neyret, lleva un hermoso prólogo de Lagmanovich. Lo calco aquí con gusto, pues explica de maravilla ese género cada vez más olvidado en nuestros periódicos: “Los manuales de periodismo clasifican la crónica como una especie de género mixto. Según esos textos, o bien la crónica ‘contiene elementos literarios’ o bien está ubicada en un espacio intermedio, entre el periodismo y la literatura.
En cambio, los manuales de literatura no se ocupan en especial de la crónica, un género que los bibliotecarios suelen clasificar entre los 'escritos misceláneos' de un autor. Es de suponer que esto ocurre porque el vehículo principal de la crónica, aquello que la transmite del autor al lector, reside en las columnas periodísticas. Por otra parte, cuando esas crónicas pasan al libro, como muchas veces ocurre —aunque sea después de la muerte del autor— se suele olvidar el origen de tales textos. Es decir, se deja de lado la modulación periodística inicial y, tácitamente, se autoriza la existencia de la crónica como género literario. Es como un procedimiento de legitimación.
Otra curiosidad es la de que, en la enseñanza del periodismo, se suele establecer una distinción entre ‘crónicas informativas’, ‘crónicas de opinión’ y ‘crónicas interpretativas’. También se habla, con escasa exactitud, sobre lo objetivo y lo subjetivo en la elaboración de la crónica. Y todo esto, francamente, da la impresión de querer realizar esa operación imposible que desde antiguo ha sido definida como partir un pelo en cuatro.
Si estuviéramos hablando de una crónica totalmente 'informativa', en los términos de la clasificación anterior, entonces no nos referiríamos a una crónica: lo que tendríamos en mente sería una noticia. Posiblemente, una noticia detallada y sobre todo bien escrita, pues un texto noticioso puede escribirse bien, o en forma mediocre (como la mayor parte de los que se publican hoy) o mal. Pero en todos los casos ese texto respondería con mayor o menor eficacia a lo que de él se espera: informar sobre un acontecimiento o una serie de ellos, centrando la atención del lector en el qué de lo ocurrido.
Los otros dos supuestos tipos de crónica son uno solo, pues el límite entre ‘opinión’ e ‘interpretación’, si existe, es tan tenue como para volverse incognoscible. ¿O acaso la opinión y la interpretación son valores absolutos? ¿Es posible opinar sin que la opinión dada implique una interpretación de la realidad, o interpretar el sentido de un suceso sin que esa interpretación refleje la opinión de quien la formula? Las crónicas de que estamos hablando, que son las crónicas auténticas, están centradas en el cómo de lo acontecido, según lo ordena la preceptiva periodística, y a veces hasta dan por supuesto y conocido el acontecimiento del cual arrancan, sin entrar en excesivos detalles. Pero, en todo caso, el ‘como lo veo yo’ y el ‘como yo lo interpreto’ son una y la misma cosa. En la manera de mirar está ya implicada la forma en que transmitiré mi visión a los demás.Defiendo, pues, la autonomía de la crónica. Y defiendo también su existencia en tanto género literario. Que se transmita desde las columnas de un periódico, desde la sección de artículos de una revista, en la voz de un locutor, mediante las páginas de un libro o a través de la informática, no es lo esencial. Lo que cuenta es, precisamente, aquello que debe imponerse en cualquier producto literario. Es decir, por un lado la interacción entre la conciencia de un ser humano que logra una expresión capaz de atraer la atención del lector; por el otro, las permanentes incitaciones de la realidad. Como el buen ensayo, con el cual tiene tantos puntos de contacto, tenemos aquí los elementos de un diálogo: lo que la mente humana recoge del permanente contacto con su circunstancia temporal y su radicación espacial.
Vivo testimonio del diálogo de un hombre con su tiempo, eso es la crónica. Tal ha sido desde siempre, inclusive desde antes de la afirmación definitiva del periodismo moderno. Casi siempre los ejemplos de esta actividad han pasado de la publicación periódica al libro, es decir, al instrumento que los pone al alcance de vastos conjuntos de lectores y los preserva de caer en los agujeros negros del tiempo. Así ocurrió, en nuestra lengua, con las imperecederas crónicas de José Martí, quizá el más alto ejemplo de este género que tenemos los hispanoamericanos; así, hace algunas décadas, con las crónicas de Germán Arciniegas; así, hoy mismo, con las de Tomás Eloy Martínez. Y de la misma manera ocurrirá con las crónicas que ha escrito y escribe Juan Pablo Neyret, escritor argentino, que son las que se recogen en este volumen.
Neyret, originario de la ciudad de Mar del Plata, sobre la costa atlántica argentina, ejerció por varios años el periodismo en su ciudad natal, tanto en la prensa diaria como en la de frecuencia semanal. Cursó además la carrera de Letras, y luego se trasladó a Estados Unidos a fin de realizar estudios doctorales. A lo largo de esta trayectoria personal, ha mantenido una gran coherencia en ciertos puntos fundamentales: entre ellos, el amor a la literatura, el conocimiento profundo de la teoría literaria contemporánea, la actitud crítica, la preocupación social y, sin lugar a dudas, la capacidad para buscar un nivel propio de expresión. El estilo resultante es directo y claro, 'literario' en sentido estricto; es decir, orientado no sólo por las ideas sino también por el valor estético con que ellas se exponen. Un estilo en que se destacan los rasgos personales del escritor —sin eludir la frecuente referencia autobiográfica— y también una erudición de buena ley, nutrida tanto en la lectura como en el contacto con el cine, la música y otras actividades de significación cultural.
Los textos aquí reunidos constituyen una buena presentación de este autor y sus temas fundamentales. También se los puede estudiar en tanto ejemplos de cómo se escriben algunas de las mejores crónicas de nuestra lengua. Son textos cuyo origen podría quizá remontarse a los de Martí, creador y máximo representante de la crónica hispanoamericana. Pero si la silueta del gran cubano aparece por detrás de Neyret, como una marca tutelar ineludible, a su lado pueden vislumbrarse otras presencias —la de Osvaldo Soriano, la de Tomás Eloy Martínez— que han proseguido abriendo camino en este campo. Todos ellos practican un género literario vital y vivaz, actual sin olvidar el pasado, contemporáneo pero abierto a los requerimientos del futuro.
A Jaime Muñoz Vargas debemos la iniciativa de reunir algunas de estas crónicas y entregarlas a los lectores. Su actitud merece nuestro reconocimiento, pues ellas nos dan un primer retrato de Juan Pablo Neyret. Es un retrato hablado, y ya era hora de tenerlo. En este manojo de páginas, al deleite de la buena prosa se suman los frutos de la imaginación y la erudición".

sábado, diciembre 29, 2007

Cayo, atleta del alma



Hasta ahora he tenido la fortuna de apersonarme poco, muy poco, en cortejos fúnebres. Para todos son, creo, indeseables, pues nadie goza con el dolor que irradia la presencia de la muerte, más cuando el desaparecido se contaba entre nuestras querencias. Cuando voy a uno, como ayer, no sé qué decir, me siento impotente ante el dolor y mejor doy un abrazo callado, lo más respetuoso posible, lo más sincero y solidario que se pueda. Luego viene la ceremonia de inhumación, acaso el momento más triste de todo ese trance. Ahí también procuro mantenerme en paz, no descuadrarme, pues en mí ánimo gravita con mucha facilidad el peso de la aflicción. Soy, como dicen, de lágrima fácil, y como en tierra de machos eso no es muy bien percibido, me hago duro y trago saliva, aguanto.
Ayer tuve que hacer un esfuerzo que está más allá de mis capacidades cuando en Jardines del Tiempo estaba a punto de consumarse la inhumación de Alejandro Lomas Ramírez, Cayo, hermano de mi ex alumno y amigo Daniel Lomas. Lo digo honestamente: un nudo enorme en la garganta casi me asfixió cuando Daniel, muy bien plantado, muy sereno, de una sola pieza, describió la personalidad de su hermano recién muerto. Carajo, yo sabía bien que Daniel es un gran escritor, que cuando él lo decida será uno de los mejores poetas y narradores de La Laguna, eso por la sencilla razón de que ya lo es aunque tenga publicada, por ahora, poca obra. Yo sabía, como ha quedado demostrado en algunas presentaciones de libros celebradas hace poco en el Icocult, que Daniel tiene a su breve edad un manejo espléndido de la palabra, una capacidad metafórica original, precisa, torrencial, y una imaginación tan rica que una sola línea suya es capaz de estremecer más que todas las cuartillas de un escritor convencional. Yo sabía todo eso, pero lo que vi ayer de Lomas me pasmó: conmovido pero sereno, recorrió en unas cuantas poderosas frases la maravilla de reto que debió encarar su hermano menor. Nacido con una enfermedad muy severa que afectó su crecimiento, su habla y su capacidad auditiva, Cayo tuvo desde bebé una pobre expectativa de vida; los médicos le pronosticaron al nacer sólo dos años de existencia. Pero el niño, con la ayuda de sus padres y de sus hermanos, pero sobre todo con la ayuda de una fuerza interior que no cabía en su cuerpo, desbarató los malos augurios y no vivió dos, ni tres, ni cuatro años, lo cual ya hubiera sido espléndido. No, vivió veinte, y todos los recorrió indeclinablemente optimista, sonriente, juguetón. Por eso Daniel, mago de las palabras, resumió la vida de Cayo en frases deslumbrantes (lo cito de memoria): si consideramos que le aseguraban dos años de vida y vivió veinte, Cayo entonces vivió cien, y pese a la adversidad él logró brincar obstáculos como un “atleta del alma”, como un hombre distinto, de madera especial.
A Cayo lo vi un par de veces. No me cabe duda, como también lo enfatizó Daniel, que era imposible tratar con él y permanecer inconmovibles a su alegría, a su deseo de conversar cálidamente a señas. Por eso he querido recordarlo aquí, para abrazar a Daniel, a quien tanto quiero y respeto y admiro, y también a sus padres y hermanos, familiares que lejos de cerrarle el paso al optimismo se lo abrieron cuando vieron en Cayo la posibilidad de demostrar durante el día tras día que los retos de esta naturaleza son los que de verdad unen y templan a las familias sensibles.
No caigo en una digresión: el 25 de diciembre acompañé a Renata al área de pediatría del IMSS. Lejos de amilanarse con el artero golpe dominical que recibió en estas páginas, preparó los mejores bolos que he visto en mi vida, unas megabolsas con dulces y regalos nada austeros: los llevamos a varios niños que, como el gran Cayo, luchan con sus padres para abrirse paso en medio de la enfermedad. ¿Y qué pasa? Que uno comprueba con estos chicos que lo único necesario para ellos es el afecto, la cercanía, y lo demás corre por su heroica cuenta.
A Daniel Lomas y a su familia, felicidades por Alejandro. Tenerlo (porque sigue y seguirá con ellos) es lo mejor que les ha podido ocurrir.

viernes, diciembre 28, 2007

La venganza de los cherrys



Hace algunas semanas leí la entrevista que Público Milenio le hizo durante la FIL a José Ramón Fernández; es un tipo que poco a poco fue cayendo de mi gracia, pero creo que no se equivoca cuando habla de los dos o tres mocositos fresas que ahora se han convertido en “líderes de opinión”. Mencionó los casos de André Marín, el imberbe nuevo mandón del área deportiva en TV Azteca, y de Carlos Loret de Mola, galán informativo de Televisa. Joserra afirmó que, si los escucha decir que hay un sismo y ve que se mueven las paredes y las lámparas, de todos modos no les cree. Así de escéptico es el periodista poblano con los niños cherrys que de repente irrumpieron en la escena televisiva para dar lecciones, para “orientar” con pelo engominado (Marín) o pelo en pecho (Loret).
El ataque de los cherrys no se manifiesta, sin embargo, en sólo dos sujetos. Me parece que es generalizado, que ahora están en todo, que hoy ocupan cualquier nicho (como lagunero, esta palabra siempre me remite a la locura), incluso aquellos espacios que hace diez años ni siquiera hubieran soñado ocupar. Hoy son líderes de opinión (los mencionados), cineastas (González Iñárritu), actores y productores (Diego Luna y Gael García), empresarios (Azcárraga Jean), ideólogos de alta jerarquía (César Nava y Juan Camilo Mouriño), gurús de la conducta juvenil (Adal Ramones), pensadores (Nicolás Alvarado), alcaldes en La Laguna (obvio), senadores (obvio), diputados (obvio) y un largo y bochornoso etcétera. Esa horda es, desde hace pocos años, la casta instalada en los espacios de poder donde ponen en práctica lo que les enseñaron desde niños: a triunfar, a tener éxito.
Son tan movidos estos chicos que ahora, como dije, pasa lo inimaginable: que con cero calle, que con puras experiencias en yates y en Polanco algunos supercherrys trabajan hoy en lo que antes sólo se le daba a un señor o señora con licenciatura, más o menos de edad, con amplia trayectoria de servicio y discurso lógico. Me refiero a los espacios con sentido altruista. Doy un caso que padecí recientemente. Encontrábame en un foro público donde el primer orador fue el responsable nacional del programa un kilo de ayuda. Mientras sus homólogos en el presidium lucían traje o ropa más o menos formal, el chamaco como de treinta años llevaba apenas una camisa de marca, fajadito, con el pelo envaselinado y abundante, la viva imagen de un fresota chilango de San Ángel. Parecía todo, menos un tipo preocupado por el hambre en el país, pero había que darle el beneficio de la duda. Él mismo, con un discurso que mezcló noñez y humor fallido en partes iguales, se encargó de disipar toda duda: con esa visión del mundo, con esa retórica aprendida apenas ayer, con muchas supuestas puntadas (peores que las de Zedillo) y una capacidad nula para persuadir, de todos modos era el responsable de un programa asistencialista relacionado con el alimento para los desnutridos de este famélico país. Contó anécdotas que no venían al caso y hacía pausas efectistas como en espera de sonoros aplausos avaladores de su intervención; incluso hacía lo insólito: reír, carcajear a medio gas con sus chispazos de gracia, como si fuera Gila o Lucho Navarro en sus épocas de gloria. Yo no lo podía creer; el muchachito estaba para cotorrear en el antro con sus pares, no para dar lecciones de nada a nadie. Pero así estamos ahora. Sólo faltaría saber quién le dio ese puesto y cuánto le pagan por socorrer a los menesterosos. Ahí está la clave para entender la venganza de los cherrys.

Banda in crescendo



En algunas entregas no tan lejanas traté un tema que considero importante para medir, en general, la condición del arte en La Laguna: el desarrollo de su música. En principio y todavía gracias a la Camerata, una especie de oleada benefactora ha permitido que, sin que se note mucho pero sí consistentemente, la música (y todo lo que ella implica) haya tenido aquí, tal vez más que ninguna otra actividad artística, un avance digno de observación, como un boom que ojalá se sostenga y llegue a cuajar en lo deseable: hacer de nuestra comarca un espacio donde el fenómeno musical abarque todo: escuelas, foros, ejecutantes, compositores, agrupaciones, revistas y promotores. La labor no es fácil, pues siempre hay inercias que van en contra de los propósitos civilizatorios. Pese a ello, la evidencia del boom que he querido resaltar permite soñar con un futuro en el que converja lo que enumeré tres líneas arriba y eso dé como resultado un asentamiento de lo que todavía hoy parece pasajero.
Uno de esos esfuerzos musicales en plan de asentamiento lo representa sin duda la Banda Juvenil Salvador Jalife. Dirigida por el maestro Joel de Santiago, esta agrupación nació gracias a la iniciativa de Salvador Jalife Cervantes, quien después de haber comprado instrumentos contrató a un profesor e inició trabajo de enseñanza con niños que vivían cerca de su oficina. Ellos tenían ensayos diarios de forma gratuita, eso en la década de los noventa.
Para pertenecer a la banda juvenil los requisitos son rigurosos: tener de 10 a 14 años, afición a la música y ganas de trabajar en grupo; asimismo, llenar una ficha de inscripción, asistir a un curso de dos semanas y presentar un examen de aptitudes musicales; sólo los que aprueben serán aceptados y sus estudios no tendrán ningún costo, además de que se les proporciona un instrumento, un espacio, accesorios y una beca de transporte. Según el maestro De Santiago Arenas, los muchachos ensayan diariamente dos horas por la tarde, y aprenden teoría de la música, solfeo, técnica de instrumento y repertorio.
El propósito que se plantea su director con esta agrupación es consolidarla durante siete años como una de las mejores bandas juveniles del norte, esto a pesar de que han cambiado elementos —ex miembros han aprendido el oficio y viven de ello—, y que sea a su vez la agrupación musical de jóvenes más representativa de la cultura musical lagunera.
En cuanto a las limitaciones del conjunto, Joel de Santiago señala que una de ellas es que varios de sus integrantes no aspiran todavía a ser profesionales, lo cual gravita en la calidad del trabajo que puede dar un ejecutante, pues la mentalidad del amateur o aficionado siempre es más relajada que la de alguien comprometido a fondo con su disciplina.
Pese a ello, De Santiago insiste en lo dicho; quiere que la Salvador Jalife sea la mejor banda juvenil del país, que siga ofreciendo un servicio social a la comunidad mediante sus presentaciones y que participe en festivales importantes tanto nacionales como internacionales y, con ello, evidenciar con logros evidentes nuestra cultura norteña del esfuerzo y la capacidad de no doblegarse.
Le pregunto al director, en esta entrevista oblicua, ¿qué le añade una banda juvenil a la música en La Laguna?: “Primero, identidad; segundo, la oportunidad de estudiar música sin caer en el riesgo de ser timado como frecuentemente ocurre con las seudoescuelas y academias, infestadas de mercenarios de la música, sin ética, sin vocación ni profesionalismo”.
Muchos presentaciones ha tenido ya la Banda Juvenil encabezada por Joel de Santiago, y muchas más tendrá en los años venideros. Ella ensaya en el Tec de Monterrey Campus Laguna, y es de esperar que, si sigue por ese camino, el futuro previsto por quien la dirige cuaje en una agrupación que nos enorgullezca como de hecho ya lo hace desde ahora. Se trata, no vacilo al decirlo, de una estupenda labor la de esta banda in crescendo.

domingo, diciembre 23, 2007

Posada en el Cereso



A los pocos días de residir en la cárcel, la mayoría de los presos sabe que hay básicamente dos caminos para salir adelante en ese duro aislamiento: el primero, rumiar el sinsabor y dejar que el tiempo se diluya en la nada, y el segundo, ocuparse en alguna actividad, mantener la mente ocupada lo más posible para alejar la corrosión de la desdicha y del resentimiento. Quienes logran vincularse a las actividades artesanales, deportivas, educativas o religiosas saben que han dado un paso importante hacia su libertad, y aunque sigan retenidos, el contacto con alguna ocupación sana les descarga en algo, así sea poco, las penalidades que conlleva todo encierro obligado.
Es ésta última la impresión que el jueves 20 me dieron los presos del Cereso Torreón que se han puesto en contacto con las actividades académicas del Centro Interactivo Multimedia Imago. Ese día tuvieron su entrega de reconocimientos, una muestra de sus productos y un baile donado por el grupo Chicos de Barrio. Fue, para los maestros de Imago, una significativa oportunidad de ver los resultados de un esfuerzo colectivo que coordina Renata Chapa. Así, en los hechos, todos pudimos constatar que la mitología del recluso irredento es eso, mitología, pues con una actitud noble y dedicada muchos internos complementan sus vidas con diversos conocimientos y destrezas.
He trabajado en el taller de narrativa del Cereso y he visto ya algunos resultados positivos. Con más impulso y mejores resultados todavía, otros profesores merecen un explícito reconocimiento; el ingeniero Javier Villaseñor, con una generosidad sin linderos, ha prodigado su saber en mecánica automotriz y ya hasta planteó el armado de un taller dentro del penal; Ricardo Leyva, otro generoso de marca, ha proyectado y analizado películas en su exitoso taller de cine; Jenny Walss Aurioles y Ramiro Saldaña, maestros de física y matemáticas, han impartido con tesón su conocimiento en esas disciplinas; Mayeth Mijares, Tensy Murguía y Gaby Ramos, con Alejandra Galindo como guía, orquestaron el primer Diplomado en Ventas, Mercadotecnia, Contaduría Pública y Finanzas. Y así, varios maestros más han trabajado en Imago para extender sus saberes a quienes no han tenido las mismas oportunidades que nosotros. También puedo mencionar, con agradecimiento, a Joel de Santiago (música), a Edgar Salinas y Abraham Peña (periodismo), a Yolanda Alonso (fotografía), a Jesús Aviña Oteo (teatro), a Ana Olga Rodríguez y Nora Valadez (coordinación de donaciones), entre otros.
El jueves 13, además de los reconocimientos y el baile, se dio un hecho seguramente inédito en los penales de México: por primera vez un centro de readaptación del país contará con una revista. El boceto del número cero fue donado por Armando Monsiváis y Héctor Esparza, de la revista Nomádica. En este momento la publicación se encuentra en su fase de edición digital, y ya es posible anticipar que en el arranque del 2008 comience a circular el primer ejemplar de Albedrío, “Palabras desde adentro”, nombre y eslogan de la publicación. Vale decir que en el trabajo de andamiaje periodístico trabajaron, coordinados por Renata Chapa, varios alumnos del Tec de Monterrey inscritos en las materias del Taller de análisis y expresión verbal y Responsabilidad social y ciudadanía.
La ceremonia del Cereso terminó con una muestra de bondad que sólo pueden exhibir los verdaderamente solidarios: en este caso, el baile que el grupo Chicos de Barrio regaló al Cereso gracias a la iniciativa de Renata. Los músicos de profundo arraigo lagunero no cobraron un cinco y, encabezados por Dimas, su líder, Yiyo Nájera, su tecladista, y Susana Ortiz, vocalista del grupo, tocaron un montón de canciones dentro del penal y obsequiaron horas de contento a la gente que tanto los admira y los aprecia. Momentos antes asistieron como invitados especiales de Imago a la entrega de reconocimientos para convivir con los más de cincuenta estudiantes de los diferentes talleres.
Fue por todo una jornada alentadora la del jueves en el Imago del Cereso Torreón. Queda la sensación de que, pese a las dificultades, pese a las presiones y pese a todo lo que pesa siempre para derrotarnos o para obligarnos a ser indiferentes, dar un poco al prójimo de carne y hueso es tal vez mejor que amar en abstracto a la humanidad entera. Al menos es un aterrizaje concreto de algo que muchos sienten en su fuero íntimo: el deseo de dar algo bueno, lo que sea, a sus semejantes en desgracia.

sábado, diciembre 22, 2007

Seres mitológicos en el fut mexicano



Las vacaciones le dejan margen a mi ocio y no hallo en qué banalidades entretener a la imaginación. Como suelo no participar de los festejos navideños (salvo en la compra de tres regalos ineludibles), distraigo los ratos muertos en lecturas rezagadas o en escritura de calistenia, de poca exigencia y suficiente diversión. Es un proceso extraño: las ideas aparecen y escribo sin detenerme mucho a ver qué tanto sirve lo que va apareciendo en el monitor. Así me ocurrió el martes de esta semana: no sé de dónde apareció la idea de un librito con estampas biográficas futboleras. Llevo cinco, y el título tentativo general de las veinte que deseo escribir es el mismo que encabeza esta entrega. Me referiré por ahora a jugadores extranjeros para luego, si el rollo funciona, hacer una tanda con mexicanos. Ofrezco dos a ver si van gustando al menos a los aficionados de cuarenta años para arriba, público al que busco en este caso:
Ítalo Estupiñán
Lo que más destacaba de su físico era la cabeza: usaba un african look que se movía en las áreas enemigas como martillo a punto de golpear. Parecía un Jackson Five con pantaloncillo blanco y casaca de fuego. Lo recuerdo de complexión delgada, muy fibroso, ágil, de movimientos felinoides. Por esa virtud, precisamente, y por el color de su pellejo, no pasó mucho tiempo para que lo bautizaran “La pantera salvaje”. Era un cazador implacable, de esos que no dan pelota por perdida y que llegan a sus citas siempre a tiempo para anidar balones en la red. Llegó a nuestro país, proveniente de su natal Ecuador, en 1974, y quedó campeón en su primera temporada. De hecho, el anotó el tanto con el que Toluca le ganó 1-0 a los Panzas verdes de León en una final reñidísima, de cerrojos. De todo lo que me viene a la mente cuando escucho su sonoro e inmortal nombre, hay una jugada penosa: Estupiñán va por una pelota dividida y frente a él está Miguel Marín, arquero de la máquina cruzazulina. Ambos llegan parejos al esférico, Marín mete las manos e Ítalo acomete con un fiero patadón. Al final no hubo gol, y el portero de Cruz Azul quedó fracturado. Desde entonces, Ángel Fernández, quien había motejado a Marín como el Supermán, rebautizó al ecuatoriano; le puso un apodo sublime: “El hombre de la kriptonita”. Además del Toluca, Estupiñán vistió las casacas del América, del Puebla y de un equipo pronto desaparecido y de inquietante nombre: Atletas Campesinos; su logotipo era un tractor: y así jugaban.
Jerónimo Barbadillo
Peruano, Jerónimo Barbadillo, alias El Patrulla, era en realidad, más que un jugador de futbol, lo que su sobrenombre quería expresar: se desempeñaba por la banda con gran velocidad, como patrulla al acecho del gol. Llegó a los Tigres de la Universidad de Nuevo León en 1977, jugó con ellos cinco años y anotó sesenta goles. Pero más allá de esos números, El Patrulla hizo cientos de diabluras como extremo volador. Tantas que su nombre se convirtió en sinónimo de héroe para la fanaticada de los felinos universitarios, público que ha tenido muchas estrellas, pero siempre con tan mala suerte que no brillan al calzar el jersey auriazul. Eso no pasó con Barbadillo, quien desde su arribo a los Tigres se convirtió en el ídolo que el graderío necesita para confiar, para soñar. Aunque tenía gol (su promedio fue, en México, de poco más de diez tantos por campaña), su característica más sobresaliente era la capacidad casi franciscana para servir, en su caso, centros a la olla, siempre con ventajas para el rematador. Su habilidad era temible, pues a su pericia para controlar el balón y gambetear, sumaba una rapidez muy bien controlada, pues sabía administrar su marcha hasta la línea de fondo, nunca se ahogaba y hacía centros letales. Por si fuera poco, El Patrulla tuvo compañeros que le dieron al equipo neoleonés un sello recordado hasta el momento. Sus principales secuaces en el campo fueron Tomás Boy, Sergio Orduña, Alfredo El Alacrán Jiménez y un eficaz y talentoso grandulón uruguayo de imborrable memoria: Walter Daniel Mantegaza. Barbadillo terminó, con éxito, su carrera en Italia; allá jugó para el Avellino y el Udinese, donde se retiró. Vale decir que durante varios años el número 7 de El Patrulla fue retirado del equipo tigre.

viernes, diciembre 21, 2007

El Luder de Ribeyro



Comencé a valorar en serio y rendidamente la obra narrativa del peruano Julio Ramón Ribeyro (1929-1994) gracias al asedio crítico que mi compota Gerardo García Muñoz le hiciera en Julio Ramón Ribeyro: cinco claves de su cuentística (UIA Laguna, 2003). Ahí, el ensayista lagunero se detiene en los numerosos y fascinantes cuentos de un autor que en la materia sólo tiene, a mi parecer, dos equivalentes en el siglo XX latinoamericano: Julio Cortázar y Abelardo Castillo. Fuera de ellos tres, los cuentistas de nuestro continente espiritual y lingüístico son o malos o esporádicos, es decir, que no acuñaron piezas ceñidas al rigor del género o, si las hicieron, son pocas y opacadas siempre por otras obras, como es el caso de Carpentier y Vargas Llosa, que acuñaron apenas un libro de cuentos en contraste con sus poderosos corpus novelísticos.
Pero Ribeyro fue más que un cuentista monstruo; escribió también algunas novelas notables (como Crónica de San Gabriel), un megadiario que es una joya de la confesionalidad (La tentación del fracaso) y algunas otras obras más. Una de ellas, la última que conseguí de este peruano maravilloso, es Dichos de Luder. La edición que tengo es inconseguible en México, y la obtuve en generosa fotocopia decomisada a mi amigo Édgar Valencia. Para los amantes del aforismo y de la frase lapidaria es un auténtico banquete. En realidad, no sé a qué género responde, si es aforístico, microrrelatístico, anecdótico, memorialistico o qué. En todo caso, es una pequeña criatura polimorfa, un libro heteróclito, para decirlo con una palabra lujosa.
No quiero atarear más a mi lector en estas explicaciones; creo que sirven, pero es más valioso convidar unos fragmentos. Se supone (y esta mentira es sólo un ardid narrativo) que Luder fue un amigo de Ribeyro y otros tantos en París. Misántropo, este personaje “ficciorreal” vivía como topo (misán-topo) en un departamento y sólo condescendía a recibir de vez en cuando a ciertos visitantes, entre los que se contaba Julio Ramón, quien dice haber anotado, poco a poco, los espléndidos Dichos de Luder, las sentencias de ese hombre culto y oscuramente luminoso, un escritor oral de la mejor cepa. Van unos ejemplos de lo que Ribeyro declara haber pepenado, aunque todo sea un jocoso embuste:
“—Me he enterado que tu nombre unido a ciertos sufijos quiere decir en alemán borrico, ocioso, mequetrefe…
—No me extraña —dice Luder—. Siempre he creído en el carácter profético de los nombres”.
“—Una cualidad que te envidiamos es haber logrado siempre evitar las discusiones —le dicen a Luder.
—No veo por qué. Entrar en una discusión es admitir por anticipado que tu contrincante puede tener la razón”.
“—Nunca he sido insultado, ni perseguido, ni agredido, ni encarcelado, no desterrado —dice Luder—. Debo en consecuencia ser un miserable”.
“—Es curioso —dice Luder—. En el fondo de los ojos de las personas extremadamente bellas hay siempre un remanente de imbecilidad”.
“Le hacen notar a Luder que nunca ha manifestado celos ni envidia por el triunfo de sus colegas.
—Es verdad. Eso les puede dar una idea de la magnitud de mi soberbia”.
“—Estoy preocupado —dice Luder—. He leído que nuestro nuevo Presidente no fuma, ni bebe, ni juega, ni enamora.
—¿Y qué?
—Me espantaría ser gobernado por un hombre que haya ganado un premio de virtud”.
“—Es extraño —dice Luder, deteniéndose para observar al pequeño hijo de una mendiga callejera—. Miren bien sus ojos: ellos contienen todo el sufrimiento que lo espera, pero también la certidumbre de su venganza”.
“—Soy como un jugador de tercera división —se queja Luder—. Mis mejores goles los metí en una chancha polvorienta de los suburbios, ante cuatro hinchas borrachos que no se acuerdan de nada”.

domingo, diciembre 16, 2007

Último del centenario



La presentación de Panorama desde el cerro de las Noas: siete ensayos de aproximación a la historia torreonense, ocurrirá mañana a las ocho de la noche en el foyer del Teatro Isauro Martínez. En la mesa de los comentarios estaremos Silvia Castro, Carlos Castañón y yo. En su breve pórtico, éste que es el último producto bibliográfico publicado en el marco de los festejos por el centenario de la ciudad, afirma:
“Torreón ha cumplido cien años en este 2007 y entre todos sus notables avances materiales cada vez son más evidentes y numerosos, también, sus progresos en los dominios del arte y del conocimiento. Los estudios históricos, que en sí mismos testimonian no sólo sus objetos particulares de exploración, sino también el estatus en el que se encuentra la escritura de la historia en determinada comunidad, han visto recién un florecimiento motivado en gran medida por el cada vez más sólido trabajo archivístico que nos rodea, una labor de acopio y catalogación que es el sustento de cualquier asedio al pasado.
Los siete ensayos reunidos en este libro son, precisamente, fruto de adentramientos en fuentes primarias, y sirven para testimoniar que, contra lo que se piensa, la investigación histórica es inagotable. Asimismo, permiten ver que nada ayuda más al esclarecimiento de lo que fuimos que el buceo en las aguas profundas del documento original, de ahí la importancia de nuestros acervos.
Aunque son trabajos nacidos en el seno de la Comisión de Historia formada en el marco de las celebraciones por el centenario, cada estudio se maneja con total independencia temática y metodológica. Es de resaltar que en ningún caso los autores partieron de apoyos institucionales especializados, de ahí que el resultado de estas investigaciones tenga el mérito de lo vocacional, del esfuerzo que se emprende por el más genuino deseo de obtener conocimiento.
Que estas páginas deparen al lector novedosas luces para iluminar el pasado de nuestra querida, de nuestra entrañable ciudad”.
Los trabajos que contiene el libro son, en orden, “Una perspectiva hidráulica de la historia regional. Economía y revolución en el agua de La Laguna”, de Carlos Castañón Cuadros; “Torreón bajo el fuego revolucionario”, de Silvia Castro Zavala; “Producción de algodón en la Comarca Lagunera a fines de la era virreinal y primera mitad del siglo XIX”, de Sergio Antonio Corona Páez; “Los hombres pasan, pero sus obras perduran: don Andrés Eppen Ashenborn”, de Rosa María Lack; “Torreón: economía política y sociedad (1917-1934), de Roberto Martínez García; “Los orígenes inmobiliarios de Torreón, 1886-1936”, de Javier Ramos Salas e “Intolerancia religiosa en Torreón”, de Ilhuicamina Rico Maciel.
Mi participación en la hechura de este libro tuvo sólo que ver con la labor de edición. Mentiría si dijera que fue fácil. Al contrario, dado el perfil académico de los siete trabajos que lo componen, puedo asegurar que fue un trabajo complicado. Los numerosos y complejos cuadros, las bibliografías y los anexos de las aportaciones debían ceñirse a un mínimo de unidad, y gran parte del esfuerzo por lograrla se consumió durante meses.
Como todo libro de su tipo y pese a su aparente modestia, esta obra es más que una puerta de salida una de acceso: las preguntas que despierta son cuantiosas, y en realidad creo que se trata de uno de los mejores esfuerzos colectivos por hacer historia profesional en La Laguna. Me queda la certeza, luego de trabajar con los siete historiadores, de que cada uno seguirá indagando en lo suyo, lo cual nos asegura futuros logros de similar condición, libros en los que, como en éste, el pasado todavía muy borroso de Torreón sea iluminado con estudios metodológicamente concientes de su valor científico, más que político o ideológico.
Mañana, pues, a las ocho de la noche nos vemos en el TIM. Sé que la Comisión del Centenario tiene preparada una grata sorpresa para los asistentes. No hay que faltar.

sábado, diciembre 15, 2007

Bulevar de los sueños rotos

En Torreón nadie pisará la cárcel por obra pública mal hecha. Nadie. Nunca. Si dejamos caer una manzana al suelo, puede ser que alguna vez, en varios millones de intentos, la fruta no caiga y ponga en entredicho la ley de la gravedad; la ley de la impunidad por obra pública mal hecha, en cambio, nunca falla: por años, la labor de pavimentación, recarpeteo, introducción de drenaje, reparación de colectores, bacheo y todo lo que se le parezca ha quedado mal en muchas áreas de la ciudad y nadie ha sido castigado por ello. En este sentido, la obra cumbre de la impunidad, todos lo sabemos, es el DVR. Sus autores andan libres, felices y gozando las mieles del saqueo mientras a muchos ciudadanos nos amenazan con embargos porque adeudamos a recaudación 500 pinchurrientos pesos.
Un caso modelo de la infinita sangría que padecen las arcas públicas por concepto de agujeramiento asfáltico es el bulevar Constitución. Por décadas, esta vía nacida con intensos dolores de parto, casi abortada en su momento por la rapiña de terrenos y bautizada desde su inauguración como “El Chorrito” (porque se hace grandote y se hace chiquito, como dice la prestigiada canción de Cri-Cri), ha padecido recurrentes, casi diarios ajustes y excavaciones con maquinaria pesada. Tanto es así que los ciudadanos ya ni siquiera sabemos para qué andan otra vez allí los escarabajos amarillos: simplemente mentamos una madre, damos un rodeo, buscamos una salida pronta y listo, al demonio con esas obras que seguramente acabarán para volver a comenzar en el momento menos pensado. Así ha sido y así será, por los siglos.
Eso para los ciudadanos que sólo tenemos la desgracia de transitar por allí. Nosotros podemos pasar de largo, y la molestia dura hasta que encontramos una ruta de escape provisional a los embotellamientos. Pero, ¿y los residentes en el bulevar? ¿Y todos los comerciantes que allí tienen sus negocios? Pobres. Los compadezco. Muchos han vivido en ese bulevar durante veinte, veinticinco años y lo que podrían contarnos: trenio que pasa, trienio que perpetra una obra, y este cuatrienio no iba a ser la excepción. Si las maldiciones egipcias de verdad existen, ésta es una de ellas. Los ciudadanos saben de qué hablo. Ya nomás empiezan a bufar las máquinas afuera de sus casas o del negocios, y malo, nuestras autoridades van a beneficiarlos otra vez. El resultado es el mismo: unos meses, tal vez unos años de paz, pero no pasa mucho tiempo para que vuelvan las oscuras golondrinas con retroexcavadora a posarse sobre el bulevar de los sueños rotos.
Las obras, de todos modos, no solucionan mucho, al menos nada que parezca realmente definitivo. Si llueve, de todos modos vuelve a inundarse; a la menor provocación regresan también los baches y a veces los hoyos al infierno tan temido, y en materia de fetideces nadie ignora que el cruce del Constitución y Salvador Creel, baste un ejemplo con inolvidable buqué de añejamiento, siempre nos hará gozar un exquisito aroma a cajeta no precisamente de Celaya.
Los ciudadanos sin rostro sabemos que la obra pública es una fuente inagotable de transas, una mina de oro basada en el uso sistemático del chapopote y la grava. Un conocedor me dijo alguna vez, con pleno conocimiento del tema, que hacer obra buena y duradera le conviene a los habitantes del municipio, pero no a quienes ocupan carteras importantes en las áreas de la administración encargadas de ver por el drenaje, la conducción del agua y la pavimentación, por eso el empeño en reemprender ad nauseam (en el caso del drenaje literalmente ad nauseam) estos peculiares beneficios a la comunidad.
El bulevar Constitución es la joya de esta dinámica. Lo han estado perforando desde hace algunas semanas, y las obras han avanzado por tramos. Terminada esa labor, ya veremos que no pasarán muchos años para que volvamos a padecer la misma tropelía. El chiste es dejar las calles como obleas, siempre listas para descomponerse y demandar el trabajo urgente de funcionarios y particulares que planean, diseñan y operan en la oscuridad. El negocio no está en arreglar, sino en dejar siempre abierta la posibilidad de que el simulacro continúe.

viernes, diciembre 14, 2007

Trivia TV



Entre las incontables frases hechas usadas con imprecisión nunca ha dejado de alertarme ésta: “vale la pena”. Como buena frase cliché, solemos usarla con desmesurada frecuencia y muchas veces fuera de su sentido recto. “Vale la pena”, en sentido estricto, la consecución de un objetivo cuando demanda un esfuerzo, precisamente, penoso. Por ejemplo: ser invitado a un hotelazo de Mazatlán, pero para llegar a él es necesario hacer un pesado viaje por carretera; en este caso, quien nos invita nos dice (correctamente) “vale la pena el (terrible) viaje en coche; el hotel es espléndido”. Y así, siempre que un objetivo presuntamente bueno o agradable esté al final de un trance pesado o penoso, decimos “vale la pena”.
Su uso disparatado es frecuente. Alguien nos dice: “El perfume es finísimo y está regalado, tiene un cincuenta por ciento de descuento; traes mucha plata, vale la pena que lo compres”; si está al cincuenta por ciento y el posible cliente tiene mucha plata, ¿dónde está la pena de comprarlo? O ésta: “Es una novela que te atrapa desde el primer momento, muy bien narrada, con personajes entrañables, nada voluminosa y con final tremendo, y como eres un excelente lector, vale la pena que la leas”; si la novela tiene tantos atributos y el interlocutor devora libros, ¿en dónde estaría la pena de leerla? O esta otra: “Ella es una chava compartida, inteligente, rica y hermosa; además, me dijo que le gustas mucho y como a ti también te gusta un friego, vale la pena que te avientes”; si la situación es ésa, ¿en dónde está la pena de acercarse a tan delicioso bizcochuelo? O el último, más burdo: “Te sacaste la troca de la rifa; es una Hummer 2008 equipada, negra, sin un solo kilómetro recorrido; caray, como te encantan los coches y sólo tienes un LeBarón nejo y ya destartalado, vale la pena que recojas tu nuevo vehículo. Recuerda que la agencia está a dos cuadras de tu casa”. Si todo es tan hermoso, ¿cuál pena habrá en el trace de recoger el premio? Y así.
La disquisición, nada importante en el fondo pues se trata de una frase hecha y no vale la pena detenerse más en ella, me sirve para introducir al tema que aquí viene. Encontrábame viendo de reojo las noticias mañaneras en Televisa y al momento de los comerciales me retuvo uno con arranque enigmático: el rostro de María Rubio en su papel de Catalina Creel, la villanaza que protagonizó Cuna de bobos; luego, sobreimpuesta con tipografía, una pregunta: ¿por qué Catalina Creel usaba un parche? Después, la voz de un locutor avisa que ya salió a la venta el juego Trivia TV, pasatiempo con más de tres mil preguntas para chicos y grandes, todas sobre programas como El Chavo, Siempre en Domingo, La carabina de Ambrosio, Los ricos también lloran, En familia y un chorro de etcéteras. Es, entonces, una especie de Maratón, pero no con preguntas sobre lo que denominamos “cultura general”, sino específicamente relacionadas con la pantalla casera, y más específicamente todavía, con acertijos sobre programas que alguna vez fueron difundidos desde la cueva de los Tigres.
No lo puedo asegurar, pero creo que ese juego es un producto más de Televisa, empresa dueña de los derechos sobre su programación. Si no es así, es lo de menos. Lo demás es el eslogan del divertimento, una joya de la franqueza y mercadotécnico tiro por la culata; dice el locutor: “Con Trivia TV, ¡todas esas horas frente al televisor valdrán la pena!”. Qué chulada. Por fin un comercial que dice la verdad de una manera cruda, frontal, sin rodeos ni hipocresías. Concientes de que las horas depositadas frente a tantos programas no habrán servido para maldita la cosa, los publicistas de Trivia TV dieron con la frase correcta: ya sirve para algo desperdiciar la vida frente a la programación de Televisa (la “fábrica de sueños” que, a decir de su actual jefe, no tiene ninguna obligación de educar, ¡pues para eso está la SEP!). Tan lastimera experiencia, ver enfermizamente la tele, ahora sí valdrá la pena. El objetivo, ganar en Trivia TV, no vale por supuesto tal pena, pero quien redactó el eslogan conoce el español y dio con la verdad: todas esas horas frente al televisor irán a una alcantarilla más decente cuando uno derrote a sus rivales en este juego de mesa. Esa es la plusvalía que al fin puede redituarnos la teleadicción. Súper. Exijo ahora mismo mi Trivia TV.

jueves, diciembre 13, 2007

Último libro del centenario



Va un boletín de prensa:

Panorama desde el cerro de las Noas: siete ensayos de aproximación a la historia torreonense, último libro publicado en el año del centenario de nuestra ciudad, será presentado este lunes 17 de diciembre de 2007 en el foyer del Teatro Isauro Martínez a las 8 de la noche. Los presentadores serán Carlos Castañón Cuadros, Silvia Castro Zavala y Jaime Muñoz Vargas.
En la breve presentación a Panorama desde el cerro de las Noas se explica el libro reúne “trabajos nacidos en el seno de la Comisión de Historia formada en el marco de las celebraciones por el centenario”; de corte académico, cada estudio “se maneja con total independencia temática y metodológica. Es de resaltar que en ningún caso los autores partieron de apoyos institucionales especializados, de ahí que el resultado de estas investigaciones tenga el mérito de lo vocacional, del esfuerzo que se emprende por el más genuino deseo de obtener conocimiento”.
Los trabajos que contiene el libro son “Una perspectiva hidráulica de la historia regional. Economía y revolución en el agua de La Laguna”, de Carlos Castañón Cuadros; “Torreón bajo el fuego revolucionario”, de Silvia Castro Zavala; “Producción de algodón en la Comarca Lagunera a fines de la era virreinal y primera mitad del siglo XIX”, de Sergio Antonio Corona Páez; “Los hombres pasan, pero sus obras perduran: don Andrés Eppen Ashenborn”, de Rosa María Lack; “Torreón: economía política y sociedad (1917-1934), de Roberto Martínez García; “Los orígenes inmobiliarios de Torreón, 1886-1936”, de Javier Ramos Salas e “Intolerancia religiosa en Torreón”, de Ilhuicamina Rico Maciel.
Panorama desde el cerro de las Noas es el producto final de la Comisión del Centenario A.C. La entrada a la presentación es libre.

El papito incómodo



Hallo de casualidad a un viejo compa de la prepa. Ya entonces le gustaba la filosofía y, como era previsible, lo encontré derrotado, digno pero a todas luces ajeno al bienestar y la tranquilidad. Sin untar alcoholito, suelta una andanada de (es posible que lo sean) verdades:
¿Tú papá te dijo alguna vez “tenga, mijo, aviéntese estos gramos de cocaína”? ¿No, verdad? Pues fulano [aquí dijo el nombre de un connotado político de derecha] se mete varias grapas al día y mira dónde está. ¿Tu papá te dijo alguna vez “robe, mijo, robe todo lo que pueda”? ¿No, verdad? Pues fulano [aquí dijo el nombre de un político-empresario] ha robado y robado y míralo, sale sonriente en sociales de los periódicos, la gente lo respeta y nadie lo llama ladrón. ¿Tu papá te dijo alguna vez “no se prepare, mijo, deje de estudiar”? ¿No, verdad? Pues fulano [aquí dijo el nombre de un famoso y triunfante comunicador local] sólo leyó el título de un libro que le encargaron en la carrera y míralo, no le da vergüenza andar por el mundo así, adinerado y sin haber leído un solo libro en su puta vida.
Los padres honrados no le sirven mucho a sus hijos; les dan un buen ejemplo, sí, pero los condenan a vivir en la miseria mientras otros cabrones sin escrúpulos agandallan dinero hasta con carretilla. Mi papá tenía la ilusión nada secreta de vivir aunque fuera un día del año 2000, pero se quedó en la raya. De haber robado en su juventud hubiera podido pagar un médico en Houston para que le alargaran un poco la vida y cumplir su sueño de llegar al nuevo milenio. ¿Pero qué pasó? Que por su honradez estaba expuesto a un servicio médico inservible, y se chingó.
Ayer me pasé un rojo. Iba con uno de mis hijos, el mayor, y notó que cometí esa infracción. Entonces me cuestionó: ¿papito, te pasaste un rojo? Le contesté: sí, me pasé un rojo; y mira: me voy a pasar otro. Y me lo pasé. ¿Y eso está bien, papito? ¿Qué no hay leyes, papito? ¿La ley está mal, papito? Sí, hay leyes, le contesté, y no están mal ni están bien, todo depende. Y entonces lo enredé: una cosa es la ley y otra es lo legal. Si me paso un alto cuando no viene nadie, no está mal. Por eso me pasé dos altos en el Rambler, porque no venía nadie. En ese caso estoy actuando bien, resumí.
¿Crees que no me duele decirle eso a mi hijo? ¿Crees que no me molesta relativizarle la ley y exponerlo a los caprichos de nuestra asquerosa justicia? Sí, me duele, pero qué puedo hacer. Lo único que quiero es que no sea como yo, que siempre he respetado la ley, que no me meto coca, que no le robo a nadie, que leo libros y periódicos, y que pese a eso estoy lleno de mezquinos problemas económicos, que recibo llamadas amenazantes de los pillos banqueros, que no tengo casa propia, que apenas salgo apuradamente con mis gastos, que no recibo el respeto ni los reflectores de nadie. No no no, yo no quiero eso para mis hijos. Yo quiero que al menos tengan dudas sobre nuestra ley, sobre lo ético, para que en el futuro no terminen poniendo un sellito en una descascarada mesa gris del Correo en el palacio federal. No. Quiero que si algún día a mi hijo le dicen “mire, inge, o mire, licenciado, firme el contrato y le toca lo que hay en este sobre”, él dude y tal vez elija bien. Nadie lo va a ver, nadie lo va a saber, y si lo ven y lo saben en su comunidad, de todos modos saludarán a mi hijo con respeto, porque tendrá dinero.
Así es en México, y en Torreón ni qué decir. El respeto se gana con dinero. No hay de otra. Aquí la gente no tiene cultura, es pura raza chismosa, chirinolera. ¿O crees que todos esos burros te admirarán si no convives con ellos al tú por tú en sus clubes? ¿Crees que sus esposas no miran primero el coche de la amiga antes de saludarse? ¿Crees que no eligen una escuela en función de las colegiaturas? ¿Cómo crees que se manejan esas gentes? ¿Por mera simpatía? No, hermano, me disculpas. Es la plata lo único que importa, y para llegar a ella no hay ley ni ética que les importe.
Mi amigo de la prepa tiene razón. Ya me volé el primer rojo: quiero progresar.

miércoles, diciembre 12, 2007

Diez años sin nieve



Hoy hace diez años amanecimos con nieve en La Laguna. Parece que fue ayer, como dice un compositor yucateco que canta horriblemente. A nuestra parda y aburrida geografía urbana la adornó, por fin y luego de varias décadas, el manto blanco que en la publicidad es símbolo navideño y que aquí, entre nosotros, sólo podemos imitar, siempre con tufo naive, siempre fallidamente, por medio de bolijas de nieve seca o cierta esponja artificial añadida a los nacimientos. Pero el 12 de diciembre de 1997 los laguneros vimos el despertar del día con inolvidables ojos. Aunque mugrosotas, las calles de nuestra región tenían algo de postales nórdicas. Una preciosidad que todos o casi todos celebramos con fotos familiares al aire libre, con monos de nieve, con (por fin) verdadero aroma a navidad primermundista.
Cómo ha cambiado el país en estos diez años. Zedillo estaba a la mitad de su sexenio y el zapatismo del sub Marcos todavía manifestaba sus ardores a plenitud. Se puede decir que la sangre de Colosio se mantenía fresca, que Lomas Taurinas había sido borrada del mapa para aniquilar toda pista. Por esas fechas deambulaban como personajes de moda Francisca Zetina, alias La Paca, y Pablo Chapa Bezanilla; se hablaba mucho de El Encanto, de Muñoz Rocha, del hermano incómodo. La masacre de Acteal estaba cerca.
Zedillo terminó a los barquinazos, aunque sin tantos sobresaltos como su siniestro antecesor. Fox venía en camino. En 2000 arrasó y se dio la transición pactada, el acuerdo empresarial pasado de contrabando como cambio de estafeta política. Nada varió, como hemos visto: las políticas económicas eran las mismas, o más feroces incluso, que las de Salinas, y el saldo de pobreza en el país siguió creciendo. Las fortunas, mientras tanto, de los Slim, de los Azcárraga, de los Servitje, de los Zambrano y anexas no fueron tocadas ni en un pelo. Al contrario, los grandes y los medianos ricos del país han visto crecer sus haciendas mientras la franja de la miseria se ha ensanchado. El país es un gran pastel; las migajas siempre han sido para los jodidos, como el Tigre Azcárraga nos denominó con empresarial sinceridad.
A Fox se le hizo bolas todo, pero la presidencia es la presidencia y como sea, al mayor costo, impuso la continuidad del régimen adecuado al interés empresarial. El país regresó a la época de las cavernas. Hoy estamos en ellas, sin mucha fe en el futuro y viendo el espectáculo degradante de la política y sus actores. Increíblemente, porque la presidencia es la presidencia, Calderón está allí, como bebesaurio con pecado original concebido, y gracias al poder de su investidura ha vuelto a controlar su PAN con una imposición que no le pide nada al vetusto PRI.
En educación, en salud, en seguridad pública, en cultura, en turismo, en justicia, en vivienda, en casi todo andamos mal. Lo que hay, como el servicio telefónico o las carreteras de cuota, es cobrado al doble o al triple de lo que cuesta en cualquier otro país. No hay mucho lado para dónde hacerse. Han pasado diez años desde la nevada y al menos a quien esto escribe le parece una década perdida. Pero eso sí: los críticos más feroces de quienes desean un cambio ahora se ensañan contra la Gordillo y la culpan del desastre educativo. Quién los entiende. Por qué no dijeron eso cuando maniobró descaradamente por Calderón. Ahora ya no sirve.

domingo, diciembre 09, 2007

Premio al empuje



¿Qué abordaje hacer a un premio tan cercano que casi lo considero también mío? ¿Cómo lograr que se dé un poco de objetividad, distancia, mesura, si he visto muy aquí los hechos y he participado bien o mal en sus avances? Siempre que la menciono, para evitar señalamientos que me acusen de subjetividad trato de hacerlo con un estilo en el que se note claramente, al menos, algo de humor, un poco de autoescarnio, lo cual descarga en algo la posibilidad de que tomen demasiado en serio mis elogios. Así, por ejemplo, he escrito con falaz grandilocuencia que Renata es “la dueña de mis cuentas bancarias en Suiza”, lo cual es falso, aunque sí lo es de mis ahorritos resguardados debajo del colchón.
Hoy no puedo y no quiero proceder así, por eso aviso. Creo que el reconocimiento que le dieron esta semana (el premio estatal al voluntariado 2007) es, en este punto del camino, un espaldarazo y un estímulo, la forma menos indirecta de apreciar como valioso un trabajo que sin duda (sin duda para mí, aclaro) la enaltece y enaltece a los que rondamos la órbita de su infinito y silencioso e inteligente trajinar. Sin parar un solo día, durante tres años ella ha encabezado un proyecto alterno a su condición de maestra y madre de familia. Lo ha hecho, como digo, sin alharaca, con una tenacidad que pone de manifiesto el tamaño de los deseos que tiene por ayudar.
El proyecto puede ser descrito con sencillez, aunque ha demandado muchas horas de entrega sin remuneración ninguna. Desde que lo empezó, ella ideó la creación de cuatro áreas educativas en igual número de instituciones: el Cereso de Torreón, una casa-hogar para niñas, un albergue y el área de pediatría de un IMSS. En tales sitios, con dedicación permanente y un criterio organizativo basado en soportes teóricos muy novedosos, ha puesto en manos de muchos hombres y niños en desventaja la posibilidad de ampliar sus horizontes gracias al conocimiento. Ella no repela del asistencialismo, del dar objetos que resuelvan en lo inmediato un problema urgente, pero en virtud de su perfil profesional ha optado por acercar un bien que no se ve, el saber, y que suponemos dura para siempre.
Armada pues con un bagaje que trasciende lo meramente emotivo (aunque también lo incluye), llegó a la conclusión de que nadie puede dar lo que no tiene. A falta de dinero, de bienes materiales qué ofrecer, llegó a la conclusión de que, como ciudadana privilegiada con estudios de nivel superior hasta maestría, eso es precisamente de lo que puede desprenderse. Lo que sabe, lo que ha aprendido, lo que ha leído, sirve ahora como clarificador de su conducta y la ha llevado a impartir cientos de horas clase y organización en los espacios que denomina Imago, centros interactivos multimedia.
Su ideal desde el principio no fue la dádiva tacaña que se conforma con poco pues “poco” son las personas que se benefician con Imago. No. Su plan fue, desde el principio, tratar a sus alumnos con la mayor dignidad y dotar a los centros con todo lo necesario para que el aprendizaje florezca como puede florecer en cualquier espacio de primer mundo. Esa es la utopía, el sueño alcanzable pese a que todavía sus aulas sufren de carencias.
Y más allá de lo material, que importa mucho, lo fundamental de su proyecto es la convocatoria que hace a quienes se ofrezcan: gracias a tal llamado, muchos profesionistas de muy diferentes disciplinas han impartido e imparten cursos que de otra forma jamás hubieran llegado, por caso, al Cereso o a la casa-hogar de niñas. La generosidad de licenciados, doctores, contadores, artistas, técnicos y demás ha sido clave para que se den experiencias inéditas en la vida de muchos hombres y mujeres en situación de vulnerabilidad, hombres y mujeres, niños y niñas que seguramente recordarán para siempre tal o cual clase, tal o cual conocimiento.
Por todo esto, ¿cómo no sentir bien cuando una institución como el gobierno del estado le extiende un reconocimiento? ¿Cómo no sentir que su disciplina académica (más que su fe o su puro entusiasmo) han hecho de Renata Chapa un buen ejemplo de inteligente solidaridad? Con frecuencia yo decaigo, me sumerjo en pesimismos ya insalvables, pero lo que hace la dueña de mis afectos me lleva a rescatar tablones de optimismo en medio del océano, y así no me hundo y sigo aquí, con ella y tratando siempre de pensar y, lo más posible, de sonreír.

Inmigración, criminalización y muros



No sólo de literatura vive el hombre, por eso quiero llamar la atención sobre la presencia en nuestra ciudad, el lunes 11, de Carlos Castresana Fernández. Su currículum monstruo describe una trayectoria que lo ubica como autoridad en su materia; lo traigo a grandes saltos, y eso obvia cualquier énfasis de mi parte: es Fiscal del Tribunal Supremo de España. Fue autor de la querella formal en contra de Augusto Pinochet ante la Audiencia Nacional en España. Actualmente imparte clases de Derecho criminal en la Escuela de Leyes de la Universidad de San Francisco, en Estados Unidos, y es Fiscal para la Represión de los Delitos Económicos relacionados con la Corrupción. Es Licenciado en Derecho por la Complutense de Madrid. Ha sido magistrado, juez de distrito e instrucción, abogado fiscal y fiscal. Ha publicado Lutter contre l’impunitte. Les principes de Bruxelles contre l’impunite et pour la justice internationale; Democracia y división de poderes en educación, globalización y democracia; La figura del acusador público ante el principio de justicia universal; El juicio en Cortes extranjeras a los miembros de las juntas militares argentina y chilena, en Justicia Penal Internacional; Il caso Pinochet. I crimini contra l’umanita fra politica y diritto (obra colectiva). Desde el 2006, el abogado coordina un programa sobre la prevención del crimen y el abuso y uso ilegal de drogas, que forma parte de un plan de seguridad pública de cinco años de duración para el estado mexicano de Nuevo León. En 1997, recibió el Premio Nacional de Derechos Humanos.
Es doctor honoris causa por las universidades de Guadalajara, México, y Central, Chile. Ha sido profesor de Derecho Penal de la Universidad de San Francisco, Estados Unidos, y Carlos III, de Madrid. Trabajó en la Fiscalía Anticorrupción española, entre 1995 y el 2005, donde estuvo a cargo de casos importantes de la Audiencia Nacional de su país y en otras instancias. Entre los asuntos en que trabajó figuran el de las presuntas irregularidades cometidas por el alcalde de Marbella y ex presidente del club futbolístico Atlético de Madrid, Jesús Gil, en el que se investiga la supuesta conducta delictiva, entre otros, del político italiano Silvio Berlusconi. El funcionario también fue quien presentó en la Audiencia Nacional, el 28 de marzo de 1996, en nombre de la Unión Progresista de Fiscales, la denuncia por genocidio, tortura y terrorismo contra el general chileno Augusto Pinochet, que desembocó en la detención, en Londres, del dictador chileno.
Carlos Castresana Fernández hablará sobre el contenido de su más reciente publicación, El muro, obra publicada con los sellos de la editorial Fineo y el Icocult. En ella explica el sentido de la inmigración y de los frenos a tal fenómeno global, como la criminalización/represión contra el inmigrante y la construcción de muros, es decir, dos temas de cruda actualidad, sobre todo en nuestras fronteras norte y sur. La presencia de Castresana Fernández se dará en la Galería de Arte Contemporáneo del TIM. La entrada es libre y harto recomendable para todos los interesados en derechos humanos.

viernes, diciembre 07, 2007

Burrotes



La noticia tronó como palomita de a peso en todo el país: “Reprueba México examen de la OCDE sobre rendimiento escolar”. ¿A poco? ¿Qué no somos chipocludos mundiales en todos los rubros? Pus nel, como dijo el fósil universitario, el examen de la OCDE nos suministra una pastilluca de Ubicatex para que sepamos en qué lodazales de ignorancia se revuelca, cual marrano recién cebado, nuestro sistema educativo.
No sé por qué nos creemos a diario el mito del desarrollo. Salvo para una minoría de verdaderos potentados (Slim y Cía.), en México no hay desarrollo en ningún plano, sólo estancamiento o retroceso, y el área de la educación es un ejemplo acabado de tal parálisis. Presumimos infraestructura, libros gratuitos, enciclomedias, bibliotecas de aula, novedosas técnicas pedagógicas y de evaluación, pero la realidad es que fracasamos todos los días en el intento de formar a los mexicanos del negro mañana.
Así que perdón por el exabrupto: nos azoramos por los crímenes del narco que ya brotan a diario en cualquier lado, nos alarmamos con provocaciones como la de Norberto Rivera y sus campanazos, nos inquietamos por el cinismo de Felipurio en entrevistas televisivas, pero dejamos pasar (como si se tratara de un choro más) el peor crimen que se puede cometer contra un pueblo: imbecilizarlo, neutralizar su impulso creativo, amputar su capacidad crítica. Pues bien, eso han hecho los sexenios recientes y sus políticas, por ello era necesario echarlos por la borda, acabar con la perversidad enquistada en México tras la imposición del modelo salinista que padecemos todavía y sigue dando pésimos dividendos, como el resultado de la OCDE que nos coloca unas orejas de Platero tan grandes como sombrero charro.
Y a propósito de charros, en la dinámica de asnamiento nacional no es poca la responsabilidad del sindicato que regentea, igual a madrota en sillón floreado, la primera profesora del país. ¿Cómo queremos buenas calificaciones en la ODCE si, para empezar, la Cleopatra de nuestros preceptores tiene una trayectoria que Atila envidiaría? Con ese cáncer encima, la educación en México está condenada al fracaso, y sólo dudan que eso no suceda quienes almacenan un monumental optimismo o, de plano, quienes tienen raja económica si se relacionan en buenos términos con la mandona del pobresorado.
Los números, números que sólo son una constatación de lo que ya sabemos, son más escalofriantes que el rostro de Linda Blair en su cama y poseída por el demonio: “50 por ciento de los jóvenes de 15 años se ubicó en los niveles cero y uno, los más bajos del rendimiento escolar en las habilidades científicas, matemáticas y de lectura, lo que significa que están poco calificados para pasar a los estudios superiores y resolver problemas elementales”; “el país cayó 12 puntos en lectura y ciencias, y sólo aumentó 19 en matemáticas, si se comparan los resultados con los obtenidos en 2000. Así, México se distingue una vez más por ocupar el último lugar no sólo en ciencias —como se adelantó la semana pasada—, sino también en las competencias lectoras y de matemáticas de las 30 naciones integrantes de la OCDE”. A ese paso, dentro de algunos años batiremos todas las marcas en materia de burros con dos patas. Mientras tanto, los imperios de Televisa y de Elba Esther siguen creciendo. Enhorabuena.

jueves, diciembre 06, 2007

Periodismo y peligro



Casi de rebote, hallada de casualidad en el océano de actividades celebradas en la FIL que rompió récord de asistencia, llegué a la presentación de Violencia y medios 3, revista/libro publicado por el Instituto para la Seguridad y la Democracia A.C. (Insyde) Me hizo la invitación Rogelio Villarreal, quien estuvo en la mesa de los comentarios junto a los dos principales coordinadores de la serie, Marco Lara Klahr y Ernesto López Portillo Vargas.
Fue una revelación. El espléndido trabajo del Insyde, que todos podemos ver hasta su última coma en el portal http://www.insyde.org.mx/, merece toda la difusión posible y el mayor de los respetos, dado que encamina su propósito al debate, al esclarecimiento y la investigación de la realidad latinoamericana en relación a trabajo periodístico cada vez más amenazado por la violencia.
El título Violencia y medios 3, además de estupendamente editado, es distribuido gratis en su soporte de papel y puede ser “bajado” sin costo vía internet; contiene ocho apartados de interés no sólo para los periodistas, sino para cualquier ciudadano preocupado por entender la actual dinámica de agresión contra quienes se dedican a informar. El sumario es el siguiente, y lo traigo porque desde los títulos se puede apreciar la orientación temática de los trabajos: “Presentación. De observadores a participantes: la evolución del papel de los periodistas en América Latina”, por Ginger Thompson; “Introducción. El ejercicio periodístico latinoamericano: entre el autoritarismo y la renovación”, por Ernesto López Portillo; “Los medios, el crimen y la seguridad pública”, por Francesc Barata; “México: el más mortífero para la prensa. Asesinato y desaparición forzada de periodistas”, por Marco Lara; “Pandillas y prensa en El Salvador”, por Amparo Marroquín Parducci; “Democracia, periodismo y conflicto en Colombia”, por María Teresa Ronderos; “Programas policiales en Brasil: mito y sensacionalismo contra la democracia”, por Mozahir Salomão Bruck; y “La violencia de las barras bravas en la Argentina”, por Gustavo Veiga.
Se trata entonces de trabajos elaborados con mano académica, pero no por ello inaccesibles. Su valor más alto reside en la posibilidad que abre a los lectores para que visualicen el mapa de la violencia contra el periodismo latinoamericano, uno de los más agredidos en el orbe. Violencia y medios (“propuesta iberoamericana de periodismo policial”) se erige así como una oportunidad de esclarecer un tema generalmente soslayado o visto, si bien le va, con ojos amarillistas, como si se tratara de un espectáculo y no de un atentado contra un eje de la vida democrática.
Termino con dos referencias del ensayo escrito por Lara Klahr: menciona un informe de la Federación Internacional de Periodistas acerca de las condiciones en las que durante 2006 se ejerció el periodismo en el mundo; México es, según tal documento, el segundo país más peligroso del planeta, sólo debajo de Irak. Más adelante, trae otro informe que plantea lo siguiente: “… se establecen los siguientes parámetros relacionados con la incidencia de ataques contra periodistas: ‘Zonas de muy alto riesgo: Tamaulipas, Baja California y Sinaloa. Zonas de alto riesgo: Sonora, Chihuahua y Guerrero. Zonas de riesgo: Veracruz, México, Nuevo León. Coahuila, Chiapas, Michoacán y Oaxaca. Zonas inseguras y difíciles: Distrito Federal, Jalisco, Morelos, Campeche y Yucatán”. Sin duda, un trabajo imprescindible.

Gelman Cervantes



Aunque no lo soy, me siento enviado especial de La Opinión cuando deambulo por la FIL. Por esa razón, desde el jueves 27 hice cuatro entregas desde/sobre la Feria para Ruta Norte, como bien lo saben mis tres fieles lectores. Esa fue la razón por la que pospuse un breve comento sobre el Premio Cervantes que se agenció Juan Gelman a mediados de la semana pasada. Ese galardón, se sabe, equivale al Nobel para los escritores de lengua española, así que quien lo gana alcanza la cima en nuestras letras. Gelman es el cuarto argentino que lo obtiene, luego de Borges, Sábato y Bioy Casares.
Cuando a mediados de octubre Gelman vino a Torreón para leer su poesía, no sé a cuántos traté de hacerles ver que ese día nos visitaba uno de los escritores más reconocidos de América Latina. Me atreví incluso a decir que las autoridades (empezando por el alcalde) debían recibirlo, asistir a su presentación. Por supuesto, eso no ocurrió, pero sí un afortunado lleno en el flamante Museo de la Revolución, lugar donde leyó el poeta argentino. Para presentarlo, escribí una sinceras y séntidas palabras: “Nacido en Buenos Aires hacia 1930 y hoy radicado en México, el maestro Gelman es creador de una obra admirada en todos los confines del planeta. Su larga lista de libros y su trabajo como periodista lo colocan hoy, sin duda, como una de las voces más sólidas entre los artistas de Latinoamérica, una voz que ha sabido conciliar la suma de los valores que puede tener toda obra literaria digna de ese nombre: abundancia de textos, permanente experimentación formal, originalidad y lo fundamental: apetito indeclinable por escudriñar el alma del ser humano, sitio donde solemos admitir que habitan el odio, el rencor, la maldad, pero también sus opuestos: el amor, la solidaridad y el empeño por hacer el bien a nuestros semejantes. Gracias a la sensibilidad del maestro Gelman no sólo se ha enriquecido nuestra literatura, sino también la lucha de todos los hombres con propósitos de justicia económica y social. Víctima directa de la atrocidad, él ha logrado sobreponerse a la parálisis de la desdicha gracias a la acción y al pensamiento, y eso lo enaltece como escritor y como hombre”. Eso dije por medio de Renata, mi esposa, quien leyó la presentación, pues a esa misma hora yo despachaba una conferencia para Relatos Nomádica en el Museo Regional.
Luego de la lectura de Gelman, varios amigos tuvimos la suerte de cenar con él; entre otros, estuvieron allí Joel de Santiago, Saúl Rosales y Miguel Canseco. Nos asombró a todos la modestia, el humor, la caballerosidad y la sencillez del poeta, como si el aplauso del público y la crítica no hubieran hecho nada para ensoberbecerlo ni tantito. Al final de la velada, creo que todos rieron con mi puntada de hacernos algunas fotos junto al maestro Gelman. Yo tenía la corazonada de que ésa iba a ser, tal vez, la única oportunidad de verlo en corto, así que me obligué a tener un mínimo testimonio gráfico de nuestra cercanía con el superpoeta. A la mañana siguiente lo entrevisté en su hotel (diálogo que no he vaciado, por cierto) y me despedí no sin decirle que me lamentaba de no haber hallado en mi revuelta biblioteca ninguno de los tres libros que de su obra tengo, para que lo dedicara. “Deme su dirección”, dijo amablemente. Se la di, pasó poco más de un mes y el miércoles 28 de noviembre, el día que le dieron el Cervantes, recibí en Torreón un paquete de MexPost con un libro dedicado (Carta a mi madre) de Gelman. La realidad no podía ser más poética en este caso.

Agonías del cuento



El viernes 30 a las 7 de la tarde fue reunida una mesa escalofriante en la FIL: Rubem Fonseca (tal vez el mejor escritor brasileño de la actualidad), Sergio Pitol, Ednodio Quintero (narrador venezolano) y Luisa Valenzuela (tal vez la mejor escritora argentina de la actualidad). El moderador fue Enrique Serna, famoso novelista mexicano. El tema que abrazaron fue la actualidad del cuento, género que, como sabemos, ha quedado hoy en manos del más detestable olvido editorial y es una forma literaria casi desaparecida del mercado por la sencilla razón de que “no vende”.
Aunque, como he venido diciendo en mis entregas de estos días, la mesa no llegó a mucho, pues el formato apeñuscado y la necesaria espontaneidad del discurso permite en muy poco el aterrizaje de conclusiones estructuradas, fue muy interesante oír, primero, a los autores leyendo sus cuentos. Fonseca se despachó uno tan pornográfico (publicado en su más reciente título de Cal y Arena, la editorial de Nexos) que casi me ofendió, lo cual es mucho decir; Pitol, ya con su voz muy estropeada por los años, uno donde se mezcla vida y literatura; Quintero, un “instante de vida” (así define al cuento) con tinte fantástico y Valenzuela cinco o seis microrrelatos sin mancha.
Luego de la lectura, los autores entraron al comentario sobre la actualidad del cuento. Pese a los indicios, ninguno lo dio por muerto; aceptaron, estimulados por las preguntas de Serna, que en efecto padece la olímpica indiferencia de los editores, pero que la capacidad de resistencia de la narración breve es tan grande que le ha permitido sobrevivir en un ambiente editorial cada vez más arisco.
Las condenas a muerte, señaló Fonseca, se vienen oyendo contra muchos géneros desde siempre, pero los moldes aguantan hasta los embates de la televisión y el cine. Quintero observó que el cuento perdurará como ha perdurado la poesía, pero quizá con una metamorfosis en la forma que ahora le conocemos, “a lo Poe” y su receta del cuento perfecto; “el cuento se hará mucho más libre”, advirtió.
Luisa Valenzuela tuvo una opinión lúcida y risueña. Destacó para empezar que, es cierto, el cuento ha sido marginado de los aparadores, pero en Latinoamérica sobrevive gracias a dos o tres esfuerzos; uno de ellos, el más destacable, lo ha emprendido Alfaguara con la colección de cuentos completos donde han aparecido, en bloques compactos, Cortázar, Benedetti, Arreola, Julio Ramón Ribeyro, Monterroso, Abelardo Castillo, la misma Luisa Valenzuela y muchos otros cuentistas de peso pesado.
La escritora argentina subrayó la paradoja que hace más desgraciada la actualidad del cuento: en un mundo estresado, sobreocupado, atestado de responsabilidades y donde no se puede leer como antes, es contradictorio que la narración breve sea desplazada por ladrillos novelescos. Valenzuela agregó que los editores son, en mucho, responsables de esta situación, pues no deben ofrecer lo que el público pide, lo que el público demanda, sino educarlo, orientarlo, acercarlo a todos los géneros literarios sin distinción.
Me detengo en Valenzuela por dos razones: primera, no entendí bien el español aportuguesado de Fonseca ni la expresión ya tortuosa (lo digo sin ofensa, pues sé que todos vamos hacia allá) de Pitol; segunda, que la argentina fue harto brillante. Por ejemplo, dijo que le parecía el género más rico, que la novela “nació con Cervantes”, pero el cuento viene de más lejos y es el que de alguna manera inicia la literatura. Apuntó que ahora el cuentista es “comprado” con la novela, es decir, que los autores de narrativa breve deben por fuerza ingresar a la novela. En este sentido, añadió, “los cuentistas pueden ser buenos novelistas, pero los novelistas nunca van a ser buenos cuentistas”.
El auditorio estaba lleno, había cinco defensores del cuento en la mesa redonda, pero lo cierto es que afuera, en los pabellones atiborrados de libros a la venta, el cuento apenas figuraba en títulos aislados, casi inhallables. Mi explicación es más simple: la debacle del cuento se debe en buena medida a los cuentistas: muchos que se dicen tales no tienen ni méndiga idea de cómo escribirlos.

martes, diciembre 04, 2007

Español en chinga



No puede uno negar que los cuatro son brillantes, que saben lo que dicen y que los asiste el discreto encanto del humor, pero a veces se siente que hacen demasiadas concesiones al show, al conocimiento como chacota con tufo televisivo. Y es qué era imposible no dejar de sentir que aquello era un espectáculo, un mero entretenimiento, por la presencia de Carlos Loret de Mola como moderador/presentador, como si el niño bonito de la noticia tuviera ya los blasones necesarios para especular con la palabra, para convivir con especialistas que le llevan y le llevarán años luz de ventaja en la materia. Pero bueno, la cultura del espectáculo (Eduardo Subirats dixit) todo lo devora y he aquí un ejemplo: en la sala Juan Rulfo de la FIL, al lado del gramático Loret de Mola, cuatro especialistas hablan cachetona, desenfadadamente sobre nuestra lengua: sus nombres son, en el orden en el que aparecieron, Gonzalo Celorio, Alex Grijelmo, Daniel Samper y Juan Villoro.
El escenario no podía estar más concurrido. El auditorio lucía, como dice la frase de los locutores más o menos previsibles, a reventar, y no cabía un solo alfiler en aquel sitio. La mesa redonda tuvo un nombre espléndido, una pregunta que, lo dijeron quienes conformaban el presidium, ayudó enormemente a saturar el local: “¿Cómo chingados se usa el español?” Creo que, pese a la populachera y mercadotécnica rudeza de la pregunta, no hubo ni siquiera un conato de respuesta. No se trataba de eso, por supuesto, pues no era el sitio para pontificaciones ni para sacar en claro nada, pero el auditorio estuvo al tope y la gente logró el propósito evidente de pasarla chido.
El primero que habló fue Celorio. Lo hizo en su calidad de escritor y académico de la lengua. Dijo en general que le daba gusto que la Academia fuera una institución conservadora, normativa, e insistió en que tampoco debe llegar a los extremos de cerrazón y miopía de antiguos años, principalmente la Española (o sea, a la Academia de España). Entre otros ejemplos, señaló que le daba gusto el ingreso de palabras como “españolismo”, lo cual denota apertura de los académicos españoles al aceptar que hay palabras que ellos y sólo ellos usan (como “piso” por “departamento”) y que entonces ameritan ser denominadas “españolismos”, tan así como los mexicanismos y los argentinismos.
El español Grijelmo respondió en muy poco la pregunta vertebral de la mesa; leyó, eso sí, tres gratos ejemplos de escritura de acuerdo a la competencia profesional de un hipotético redactor: cuatro reseñas de una película escritos por cuatro autores imaginarios: un pillo de Madrid, un médico forense, un juez y un crítico de arte. Fue un experimento muy interesante, pues el mismo film, observado y descrito por cuatro personas diferentes, hacen reseñas necesariamente impregnadas por el mundo de quien redacta.
Samper, el panelista colombiano, se mostró brillante, ameno, el más sonriente quizá de toda la mesa. Trató de responder en veinte puntos cómo chingados se usa el español; una de sus utilidades: para permitirnos pasar a más de veinte fronteras sin tener problemas notables de comunicación.
Cerró Villoro, quien, como siempre, fue ingenioso, hizo derivar su participación hacia el futbol y citó dos o tres anécdotas que ha manoseado ya en otras mil ocasiones.
Al final, la gente quedó muy complacida, pese a que la pregunta nunca fue respondida. Claro: tal chingadera era lo menos importante en esa mesa.

Diez años de Acequias

Este jueves tendré la fortuna de presentar el número que conmemora el año décimo de la revista Acequias. Lo haré en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, y compartiré mesa con el narrador Élmer Mendoza (recién galardonado con el Tercer Premio Tusquets de novela) y con los dos actuales encargados de Acequias: Édgar Salinas Uribe y Julio César Félix. Como algunos sabemos, Acequias es un producto editorial de la UIA Laguna, y se ha convertido, a lo largo de una década, en la revista de su índole más importante de la comarca lagunera.
Vi de cerca su nacimiento y compartí sus líneas editoriales durante cerca de nueve años, de ahí que me sienta profundamente identificado con su labor. Conviví en esas páginas con, calculo, más de cien colaboradores, y en todos los casos fue sumamente placentero dictaminar textos cuya calidad era, en general, indiscutible. Acequias fue también un espacio para afianzar estrechas relaciones de trabajo; no puedo omitir, por esto, los nombres de sus dos principales editoras de la primera época: Cristina Solórzano Garibay y Mariana Ramírez Estrada, quienes hicieron un trabajo digno de los mejores calificativos.
Además de colaborar con cuentos, reseñas y ensayos varios, las autoridades de Acequias me permitieron editorializar sus páginas. Lo veo un tanto lejano ya, pero creo que no ha envejecido el propósito expresado en el primer editorial que articulé para ese espacio:
“‘Acequia’, apunta el Diccionario de la Real Academia, debe su étimo al arabismo as-saqiya, que significa ‘la que da de beber, la reguera’, y en el uso propiamente castellano designa a la ‘zanja o canal por donde se conducen las aguas para regar o para otros fines’.
Si tal es la definición, para bautizar a la revista que con este número estrena sus empeños no pudo elegirse vocablo más preciso dado el tino de su forma y de su contenido; por varias razones esta' palabra implica no sólo a la Universidad Iberoamericana Laguna, sino a su entorno geográfico y al propósito de la publicación naciente. Vayamos por partes. Lo más evidente es la presencia de nuestras siglas —UIA— en la voz ‘acequias’, detalle que hubiera sido suficiente para elegir dicha palabra como nombre de este espacio.
Pero hay más: nadie ignora que la Comarca Lagunera es una región edificada en tomo a la munificente agricultura, todos sabemos que en el ámbito rural se encuentran los orígenes de las ciudades hermanadas por el topónimo Laguna. y allí, en nuestro campo, ‘acequia’ no solamente es una palabra de uso común, sino también un instrumento imprescindible para cristalizar el cíclico verdor de los cultivos.
Luego entonces, Acequias se erige como metáfora de un proyecto impostergable: irrigar con sus aguas —léase con sus ideas— el terreno cultivable al interior de la Universidad que nos acoge, vencer al desierto de la incomunicación y del silencio, convertirse en ‘zanja o canal’ por donde avancen las palabras necesarias para augurar buenas cosechas. Este racimo de páginas pretende ser, en suma, una parcela fértil atravesada por nuestras Acequias de divulgación y de conocimiento.
Verba volant, scripta manent, es decir, las palabras vuelan, la escritura permanece, observa la célebre sentencia latina. Esta publicación quiere hacerla suya y, con el mayor entusiasmo de sus acequieros, toma por asalto a la tinta y al papel para que el líquido vital de nuestras ideas fluya hacia lo mejor del hombre, a la verdad de la escritura que ahora, como siempre, nos engrandece y nos libera”.

lunes, noviembre 26, 2007

El arsénico nuestro de cada día

El texto que viene aparece hoy en La Jornada Ecológica:

Arsénico en La Laguna

Francisco Valdés Perezgasga

El arsénico es un carcinógeno y co-carcinógeno demostrado en humanos y animales. La exposición a este elemento incrementa el riesgo de sufrir cáncer de piel, de vejiga, de pulmón, de riñón y de hígado, así como enfermedades cardiovasculares.
De las regiones de México cuya agua está contaminada por arsénico, la región de La Laguna es la más documentada. Si tomamos como referencia la Norma Oficial Mexicana (el agua es potable si contiene menos de 25 microgramos de arsénico por litro de agua o 25 mg/l), resulta que 400,000 laguneros están expuestos a niveles malsanos de este metaloide.
Pero si consideramos como límite la recomendación de la Organización Mundial de la Salud (el agua con arsénico por encima de los 10 mg/l no es potable), entonces queda expuesta casi la totalidad de la población de la comarca. Más de un millón de personas entre las que podrían estar apareciendo, de acuerdo a la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, de ocho a trece mil casos de cáncer al año.
Las evidencias apuntan a que la causa del arsenicismo en La Laguna es un sustrato rocoso que provoca que los mantos acuíferos profundos contengan concentraciones altas de arsénico y flúor. La sobreexplotación de los acuíferos por parte de la agricultura de la alfalfa ha provocado que extraigamos agua fósil con altos contenidos de estos elementos.
La búsqueda demente e inmoral del máximo enriquecimiento en el mínimo tiempo está llevando a miles de laguneros al dolor y a la muerte.
La única solución sustentable y de largo plazo a este problema es el manejo integral de las cuencas de los ríos Nazas y Aguanaval que conlleven el resurgimiento de los humedales que purifican el agua y reinstauran el equilibrio de los acuíferos.
Esto implica decisiones difíciles —pero impostergables— como el control de la minería en la cuenca alta, programas de conservación de suelo y agua incluyendo reconversión de tierras agrícolas abandonadas en la cuenca media y mejores prácticas agrícolas y ganaderas en la parte baja, incluyendo el redimensionamiento de la cuenca lechera.
Las evidencias del mal son apabullantes y la realidad ya nos alcanzó.
Es hora de poner manos a la obra y revertir el daño que nos hemos hecho. Es hora que la sociedad cree un peso moral frente al peso del dinero de quienes se creen amos y señores de nuestra salud, de nuestras vidas y del futuro de nuestras familias.

fvaldes@nazasvivo.com

Nomádica 33









Apenas ayer me topé de frente con el número 33 de Nomádica. Es un ejemplar de estupenda calidad, y otra vez me place haber colaborado en esas páginas. Los apartados más visibles son "Sierra de Zepalinamé, la reserva de agua de Saltillo" y "Jimulco, territorio virgen para la explotación de cuevas". Colaboré en ese número con las fotos (provenientes de negativos muy deteriorados, por cierto) que encabezan este añadido y con el texto que viene a continuación:

Los paisajes olvidados

Jaime Muñoz Vargas

La memoria es porosa. Por esa razón, y por otras, los historiadores miran con desconfianza los documentos personales escritos como recordación: pasados los años, la memoria no sólo pierde información, sino que también suele ponerse creativa, añadir pinceladas extras a los hechos aparentemente contados con total honestidad. Mi memoria, pues, es porosa y no sé cuántos infinitos detalles de la travesía ha olvidado; por eso cuando hurgo en mis papeles viejos se deja venir el recuerdo con un poco de mayor fidelidad.
Me pasó el 3 de julio de 2007. Por la necesidad de unos documentos regresé a la casa materna de la colonia Nogales, en Torreón. De allí, hace más de una década, salí casado no muy joven, a los 32. Poquito más de diez años después todavía quedaban, sin embargo, varias cajas con mis papeles acumulados antes del egreso definitivo. Debajo de una mesa, polvorientas, dos hondas cajas de cartón comercial almacenaban un bulto ya casi inútil de añeja celulosa.
Cien, doscientos o más ejemplares de Proceso (que por aquellos años compraba religiosamente), varias revistas más, diarios, folletos, libros, recortes. Entre toda esa masa de documentos abandonados salió un libro de texto gratuito que salvé de la basura; era de ciencias naturales, edición de 1978, y lucía choncho del centro, como embarazado, porque entre sus páginas acurruqué una numerosa cantidad de negativos en blanco y negro. Los trozos de película fueron recortados (por mí hace muchos años) en tramos de cinco o seis cuadritos, y las tomas correspondían a buena parte de las fotos que tomé como estudiante de comunicación en la materia de fotografía impartida por el maestro Jesús Jáuregui Perezgavilán.
Capturé esos instantes con mi primera cámara decente: la Pentax K-1000 que mi solidaria madre compró con sacrificio para que no tuviera yo que pedir a nadie, en préstamo, esa herramienta. Creo que, mientras la usé y antes de que la robaran del coche a mi hermano Luis Rogelio, fui feliz con tal aparato y con él aprendí los rudimentos básicos que con rigor desplegaba el profe Jáuregui. Nunca fui el mejor fotógrafo, pero tampoco el peor. Es más: creo que, de haber elegido esa ruta de la comunicación, no me hubiera muerto de hambre. Cuando le tupí para sacar adelante las calificaciones en cada uno de los módulos correspondientes a la asignatura fotográfica, hice trabajos decentes y saqué notas que me permitían confirmar que mis fotos no estaban para la pira. Incluso por aquellos años me animé a mandar una fotografía al concurso de Kinsa cuya convocatoria circulaba en La Opinión; la sorpresa fue que a los veinte gané una de las emisiones semanales del certamen y mi foto salió publicada en el periódico cuando aparecer allí era para mí una experiencia literalmente inédita.
Pasado el tiempo, los libros y las palabras me alejaron de la fotografía y nunca me dediqué a ella de manera profesional en ningún sentido, aunque por supuesto jamás abandoné la talacha como fotógrafo familiar, sobre todo tras la llegada de mis hijas y de la digitalidad.
En un número reciente de Nomádica leí la crónica de la situación incómoda en la que un velador regañó a Héctor y a Monsi por tomar fotos de paisaje. Algo así. En ese momento pensé: nunca he tomado fotos de paisaje, y se me antojó hacerlo. Semanas después, tras el reencuentro con mis dos cajas olvidadas, descubrí los negativos y allí estaba una prueba de que me había equivocado, de que mi memoria, en efecto, tiene amplias goteras: varias fotos de paisajes testimoniaban que mi inquietud por atrapar la belleza del mundo natural fijo (o sea del paisaje) alguna vez me estimuló por dentro con algo de insistencia.
He decidido acompañar estas palabras con dos testimonios gráficos. Mandé imprimir las fotos un poco a ciegas, sin saber exactamente qué se podía hacer con el blanco y negro en los laboratorios de color. Luego las sometí al escáner, y el resultado está aquí. De todo esto saco en claro una moraleja que tiene menos que ver con mi nostalgia y más con mi pesimismo ante el futuro: ¿qué ha pasado con los paisajes que atrapé en aquellas fotos? ¿Seguirán vivos? ¿Serán ya fraccionamientos, lotes baldíos, basureros públicos, espacios tristes de una urbe? No sé. Sólo me quedan esas fotos y un vago, un casi muerto pedazo de recuerdo.

domingo, noviembre 25, 2007

Callejero gourmet



Los tres o cuatro amigos cercanos que me quedan saben que al terminar el 2006 les regalé un microlibro de fin de año. Esa extraña moción, la de hacer y regalar un libro personal en diciembre, se la plagié a otro amigo, al argentino David Lagmanovich. En mi caso no fue nada importante, sólo un puñadito de páginas pobladas con diez cuentos futboleros ubicados en cierto lugar mítico llamado “Gómez”, una especie de Comala o de Gómez Palacio, que son casi lo mismo. Para 2007 quise/quiero hacer algo parecido, regalar a los cercanos un racimo de textos, y tenía al menos cuatro opciones. Tres de ellas eran sencillas: se trataba de reunir artículos ya escritos y con tema afín, para darle unidad al trabajo. La cuarta me obligaba a escribir, a sentarme exprofeso para urdir, al menos, veinte textos breves y un prólogo; lo malo de esta opción fue la falta de tiempo, pues el año se largó volando y no me dio chance de nada. Pero el viernes 23 brotaron de golpe unas cuartillas: estaba yo de güevonazo (nada extraño en mí) y saltó la presentación del librito cuyo título tentativo es Callejero gourmet; luego, en ristra, tres estampas que, se supone, anticipan la escritura casi automática de sus congéneres. Ofrezco aquí el pórtico, a ver qué tanto llama la atención de los numerosos laguneros tragones y langucientos, entre los que me cuento irremediablemente.
“Antes de que sea demasiado tarde, antes de que un médico asesino vea mi nivel de triglicéridos y me prohíba cualquier contacto con ella, antes de que sólo sea un vago recuerdo en mi paladar, quiero escribir algo sobre la comida lagunera que más adoro. El verbo adorar siempre tiene una connotación bolerística y por tanto ingrata para los intelectuales serios, pero qué le puedo hacer. En realidad no hallo palabra más adecuada para ponderar mi relación con la comida nuestra, la mía, la de los habitantes de la comarca lagunera, aficionados como el que más a la ingesta populachera, al taco al lonche a la gordita preparados por manos adiestradas en la gastronómica escuela de la vida. Adoro, adoramos esa comida.
Las viñetas que componen este libro surgen de mi gusto, más que de mi raciocinio. Sin embargo, hay un argumento no tan animal para explicar el origen de los textos que aquí vienen: en 2007 entrevisté a veinte escritores, periodistas y filósofos laguneros radicados fuera de La Laguna. El producto de la encuesta que le apliqué a cada uno es un libro titulado Aviones de papel: veinte escritores laguneros en el exilio. Es un trabajo con preguntas sencillas, uniformes, sin más propósito que el de saber qué piensan esos laguneros sobre la tierra que los vio llegar al mundo y/o en la que crecieron y, acaso, en la que comenzaron a escribir. Una de las preguntas debía tratar el punto de la comida, y muy interesante fue para mí advertir que todos o casi todos recuerdan/extrañan los platillos que más me gustan y de los que, por terco sedentarismo, nunca me he desprendido fuera de ciertos breves periodos vacacionales o laborales.
Me pregunté, por ello, esto: ¿qué opino sobre esos platillos formidables y exquisitos y económicos y callejeros? ¿Debo escribir algo ahora que todavía los tengo al alcance del colmillo? Sin aspavientos, sin chovinismo, con agradecimiento a tanto placer, la respuesta a esas dos preguntas viene a continuación. No se trata, obvio, de un trabajo periodístico. No es tampoco un rastreo antropológico y casi quiero evitar el tono poetizante de los elogios destemplados, la fragancia a falsedad de la literatura exquisitista. Sólo es, reitero, un engarce de instantáneas sobre la comida que más disfruto, la única que verdaderamente satisface mi paladar y arrastra en cada bocado toda la cosmovisión que me cupo en buena o mala suerte, todo el pasado que se viene encima del presente apenas se deja oler alguna delicia culinaria preparada por manos populares. De paso, las páginas que vienen quieren mirar con sorna una moda blofera recién adoptada en mi región, el (‘buen’) gusto supuestamente sabio por ciertos platillos internacionales y, sobre todo, la repentina ola de enólogos exprés que beben, con mueca de conocedores, merlots cosecha de ayer, vinos que en muchos casos serían agua puerca para cualquier vagabundo de Burdeos y que aquí son ingeridos para satisfacer más el estatus (‘mira qué refinadísima persona es’) que el paladar.
Vengan, pues, las veinte estampas. Así sean de papel en este libro, en La Laguna a nadie se le niega un lonche mixto, a nadie se le escamotea una gorda de chicharrón prensado ni se le regatean unos tremendos tacos dorados con cueritos bien acá. Bon appetit”.