sábado, octubre 19, 2019

Cervantes en modo clon
























Fue publicada en 1993, y por su calidad ha requerido nuevas ediciones como la de 2017, que conseguí hace poco. Me refiero a El comedido hidalgo, novela de Juan Eslava Galán (Jaén, España, 1947), de quien aquí mismo y hace poco sobrevolé Lujuria, un ensayo histórico de cuyo tema sí puedo acordarme. El comedido hidalgo es un libro muy distinto aunque estilísticamente parecido a otros del autor jaenés. Uso el adverbio para subrayar que si algo destaca en el trabajo narrativo de Eslava Galán es su increíble clonación del estilo prosístico del siglo de oro español. Y no lo digo en el plano del puro léxico, que eso es relativamente fácil de calcar, dado que sólo es necesaria cierta acumulación de palabras con buqué añejo (maravedí, gentilidad, jubón, otrosí…) para simular un timbre pasatista. Tampoco me refiero a la sola sintaxis, pues con buen ojo y buen oído es posible calcar modos escriturales (disculpen esta horrenda palabra) del pretérito.
Más allá de esto, o junto con esto, Eslava Galán trabaja con la arcilla de la mentalidad de época que hace de sus personajes seres asaz (esta palabra también tiene cierto aire vetusto) creíbles, una muchedumbre que se comporta de acuerdo a los valores que, como el agua al pez, rodeaban a esos hombres en el tráfago del mundo.
El comedido hidalgo tiene como protagonista a un tal Alonso de Quesada, sujeto tan (en todo) parecido a Miguel de Cervantes que casi es aquel famoso y enjuto pelagatos en cuyo caletre (otra palabra arcaica) fue incubada la novela más famosa escrita en la historia del género humano. El autor inventa a un narrador omnisciente muy parecido al Cide Hamete Benenjeli cervantino para contarnos la historia no del Quijote, sino de alguien muy parecido al autor del Quijote en uno de los momentos más difíciles de su vida, y eso que los tuvo en abundancia. Para reparar cierta querella que lo compromete judicialmente, el dicho Alonso de Quesada se apersona en Sevilla y lejos de solucionar o medio solucionar sus líos, todo se confabula para enredarlo más y hacer de sus peripecias hispalenses un rosario de calamidades sin cuento.
Metido hasta la mollera en la realidad de aquella ciudad andaluza caracterizada por reunir en sus calles una infame turba de pícaros desarrapados y encumbrados hijo de puta, Quesada mira todo como lo miró Miguel, su modelo: con entereza moral, con altura de ánimo, acaso sabiendo que toda su mucha desventura le serviría después para escribir un libro publicado hacia 1605.

miércoles, octubre 16, 2019

Pacheco por Villoro
























Una de las ventajas de la colección Opúsculos publicada recién por El Colegio Nacional es que cada uno de sus títulos, obvio, es un opúsculo, es decir, una obra de extensión breve. Supongo que su distribución, como ocurre con todas las publicaciones auspiciadas por instituciones no dedicadas exclusivamente a la edición venal de libros, es, por decir lo menos, complicada. En mi caso, he encontrado estos títulos sólo en ferias del libro.
La semana pasada comenté uno de Luis Fernando Lara, y espalda con espalda, como se dice en el beisbol cuando dos peloteros pegan jonrón uno tras otro, tomé La vida que se escribe (2017, 59 pp.), opúsculo escrito por Juan Villoro. ¿De qué trata? El subtítulo lo aclara: “El periodismo cultural de José Emilio Pacheco”. Este puñado de páginas es, pues, un recorrido por el trabajo de Pacheco vinculado sobre todo a un producto: la columna “Inventario” nutrida durante cuatro décadas en diferentes periódicos y revistas, una suerte de proeza de la persistencia periodística.
En su paso por el Excélsior de Scherer y hasta el golpe del 76, Pacheco afinó lo que luego sería una de las aportaciones clave de Proceso. Sin dejar de manejarse con rigor, “El autor de Inventario fue ensayista desde el periodismo, lo cual equivale a decir que logró que la erudición pactara con los favores de la claridad y los imperativos de la hora”, dice Villoro. Esto significa que su columna solía detenerse en efemérides o conectar con hechos que la coyuntura informativa ponía en las primeras planas de los diarios, y esto le exigió un despliegue inagotable de temas y registros.
Sólo quien ha alimentado una columna a la manera de “Inventario” durante varios años sabe lo complicado que es no dejarla morir de inanición. Llueve o truene, el columnista a la manera de JEP trabaja las 24 horas aunque su colaboración semanal, quincenal, pueda ser leída en diez o quince minutos, pues detrás de cada entrega hay lecturas, cruce de datos, cuidado con el estilo y paciencia para no dejarse arrastrar por la sensación de vacío e inutilidad, dado que todo trabajo, por reconocido que parezca, hace un surco en el ánimo donde luego puede germinar cierta decepción por haber consagrado la vida al texto efímero.
Para nuestra alegría, los “Inventarios” de JEP no fueron aportes pasajeros, pues la mayoría permite relecturas sin merma de placer. Pacheco “aceptó el enciclopédico y extenuante desafío de ser Diderot una vez a la semana”, apunta Villoro. Tiene razón, y por esto aquellos “Inventarios” siguen gozando de cabal salud.

sábado, octubre 12, 2019

Enrique Servín, erudito y generoso
















Instalo la memoria en 1992 o 1993, aproximadamente. Había publicado hacía poco, en 1990, El augurio de la lumbre, mi primer libro. Aquellos eran los años iniciales de mi noviazgo con Renata, quien luego de estudiar en la Ibero Torreón había vuelto a su ciudad natal, Chihuahua, para comenzar la maestría. En uno de mis viajes desde La Laguna ella me comentó que había tomado la iniciativa de organizar una presentación de mi libro en Chihuahua. Sus pasos la llevaron a tocar las puertas de la Quinta Gameros, casona que tenía funciones de espacio cultural en la capital chihuahuense. Allí la canalizaron con el encargado del área literaria, un joven escritor y traductor llamado Enrique Servín, quien de inmediato y muy amablemente, sin conocerme siquiera, ayudó a que cristalizara la presentación.
Poco después, y pese a que nuestra amistad era menos que tenue, Servín me invitó a dos actividades. Una de ellas fue el taller literario que coordinaba en aquel tiempo, donde lo vi desplegar su precoz erudición. Si hablaba de poesía extranjera, citaba en la lengua del autor elegido. Es decir, si leía a un poeta italiano, lo hacía en italiano y traducía buscando la misma resonancia en español. Esta fue una de sus principales peculiaridades: el don de lenguas. Le fascinaba el sonido de las palabras más allá del castellano, y por ello empeñó su vida en el aprendizaje riguroso de otras lenguas.
No se crea, sin embargo, que su elección tendía sólo a las lenguas dominantes (inglés, francés, alemán…). Sensible y solidario hasta el hueso, Servín le confería el mismo valor a las lenguas de los pueblos que además de vivir en el abandono material habían sido y siguen siendo arrasados en términos culturales. Por eso aprendió tarahumar, la lengua originaria de su tierra, y por eso dedicó cientos de horas a enseñarla y difundirla.
La última vez que lo vi fue en 2016 en la FIL. Recuerdo que yo vagaba por los pasillos de la Expo Guadalajara y por allí, en el pabellón editorial de Chihuahua, estaba él. Conversamos al menos una hora y noté que la tesitura de su pausada voz, la cordialidad de su gesto y el interés en los asuntos de su interlocutor eran los mismos de siempre. En otras palabras, casi 25 años de conocimiento acumulado no habían hecho ninguna mella en su humildad.
Enrique Alberto Servín Herrera fue un hombre extraordinario, puedo decir que, a su modo, único en el norte del país. Como a tantos, me duele mucho su partida. Descanse en paz.

miércoles, octubre 09, 2019

Español nuestro de cada día
























Un intento de semblanza muy resumido de Luis Fernando Lara Ramos debe consignar que nació el 20 de marzo de 1943 en la Ciudad de México, que es licenciado en lengua y literatura española por la UNAM y doctor en lingüística y literatura hispánicas por el Colegio de México, que ha publicado numerosos artículos de investigación en revistas especializadas además de varios libros como, entre otros, Diccionario del español usual en México, Teoría del diccionario monolingüe, Estructuras sintácticas 40 años después, Ensayos de teoría semántica. Lengua natural y lenguajes científicos, Lengua histórica y normatividad, De la definición lexicográfica, Curso de lexicología, Diccionario del español de México Historia mínima de la lengua española.
Lo anterior es pues, apenas, el esbozo de una trayectoria vinculada cabalmente, como podemos apreciar, con el estudio de nuestra lengua, trabajo por el que ingresó a El Colegio Nacional en 2007 y donde hace poco publicó uno más de sus títulos: Herencia léxica del español de México (ECN, México, 2018, 119 pp.). Es un libro pequeño, y por ello aparece en la colección Opúsculos (“opúsculo” significa precisamente “obra pequeña”), pero sumamente valioso para saber de dónde viene el léxico, es decir las palabras, que usamos los mexicanos en la conversación y en la escritura de todos los días.
Se trata en suma de un ensayo divulgativo, ideal para acceder, así sea con trazos muy generales, al diccionario español. Con abundantes ejemplos de palabras en movimiento, como no podía ser de otra manera, Lara Ramos explica de qué lugares y lenguas se ha nutrido el español. Por supuesto, consigna que el latín fue su matriz principal, pero no deja de recordarnos que nuestra lengua también tiene voces provenientes del griego y, en menor medida, de las lenguas llamadas prerrománicas, es decir, las que se hablaban en la península ibérica antes de la llegada de los romanos. Así, lentamente, la caída del imperio fue cuajando otra lengua derivada del latín, luego influida por los visigodos y después, en mayor medida, por los árabes, lengua (me refiero a la castellana) que a la postre fue la que trajeron hacia América los primeros españoles que cruzaron el Atlántico. Ya acá, en la Nueva España, nuestra lengua engordó con abundantes palabras amerindias hasta llegar al español de hoy, poblado además, sobre todo, de galicismos y anglicismos.
Este sobrevuelo apenas traza la silueta (galicismo, por cierto) de un libro harto interesante y grato. Por ello, leerlo es mejor que intuirlo en los anteriores párrafos.

sábado, octubre 05, 2019

Microhistorias de camiseta




















En Perú acaba de ser publicado Historias de camiseta (Esteban Dublín, compilador, Micrópolis, Lima, 2019, 300 pp.), microrrelatos sobre clubes de futbol. Yo colaboré con uno sobre el Santos Laguna. Comparto tres de sus micros: un argentino, un español y un mexicano:
“La costumbre de sufrir”, de Robero Perinelli: “El 4 de noviembre de 1967, Racing Club enfrentó al Celtic escocés en el Monumental de Montevideo. Lo venció 1 a 0 con un golazo del Chango Cárdenas, quien disparó desde una distancia aproximada de treinta metros del arco y metió la pelota casi en un ángulo. Por ese resultado feliz, Racing fue el primer equipo argentino en consagrarse campeón del mundo. Cada tanto, casi siempre en los aniversarios, la televisión suele pasar las imágenes de ese gol, en un blanco y negro borroso, poco definido. Yo miro la pantalla con recelo, de pie, frente al aparato y temblando de miedo, porque sé, siendo hincha de Racing, que este año o el año que viene, alguna vez ocurrirá que el chutazo de Cárdenas se va a estrellar contra el travesaño”.
“Sueños y pesadillas”, de Miguel Ángel Molina: “En el Estadio Da Luz, el reloj avanza frenético para ellos, parsimonioso para nosotros. 65 000 espectadores observan divididos cómo ellos, los favoritos, atacan desesperados, mientras que los nuestros defienden exhaustos su mínima ventaja. Hasta que llega el minuto 93 y el córner que puede voltear la final. Lo lanzan y el central del otro equipo salta buscando el remate definitivo. Pero esta vez despeja hacia su portería, permitiéndonos armar la contra y sentenciar el partido. Tras el 2-0 llega el pitido final. Un fantasma de trece letras, llamado Schwarzenbeck, desaparece para siempre de las pesadillas de miles de personas”.
“Cámara lenta”, de Alejandro Badillo: “Aquel fanático del Veracruz mira en el televisor cómo la pelota impacta el poste derecho de la portería rival, coquetea con la línea de meta y, después de un angustioso instante, llega a la red a pesar del lance del portero. Algarabía, fuegos artificiales y el trofeo del campeonato. El hombre, enfundado en su playera roja, contempla todas las noches, desde hace varios años, la misma escena en un ritual sudoroso y enfebrecido. Pulsa el botón de pausa, regresa la acción y echa a andar en cámara lenta toda la historia para disfrutar la celebración de sus héroes. En algunas ocasiones la estirada del portero es efectiva y evita el gol. Entonces el hombre regresa una y otra vez la secuencia hasta que la pelota cruza la meta y vuelven la algarabía, los fuegos artificiales y el trofeo del campeonato”. 

miércoles, octubre 02, 2019

José José en el Quijote




















Era la última ahora sí. Eso dijo Miguel: es la última ahora sí, Nacho. Ya quedaba un solo parroquiano, él, y eran las tres en una madrugada de jueves. Ayer había sido lo mismo. Y antes de ayer igual, y así noches y noches en las que se hundía poco a poco en el abismo de los tragos. Tenía 35, y tomando a ritmo ascendente desde los veinte más o menos, cada vez peor. Era ya 1989 y desde el 85 se había prometido meter freno: voy a parar, pronto voy a parar, decía, se decía. Pero apenas llegada la siguiente noche, el alto en el camino de los tragos quedaba pospuesto: mañana, puede ser mañana, pensaba, y entonces elegía una de las cinco o seis cantinas que le aguantaban el tren más allá de las dos. Porque él sabía que su límite no estaba en el horario oficial que obligaba a cerrar toda cantina a las dos de la madrugada. Su límite estaba más lejos, hasta las tres o cuatro, a veces hasta las cinco, así que necesitaba establecimientos con cantinero aguantador, de esos que cierran y se quedan una o dos horas extras sólo para seguir vendiendo con la esperanza de propinas más jugosas. Esa noche llegó pues al Quijote, piquera de adobe que a pujidos se sostenía en pie sobre la esquina de Allende y Ramón Corona, en Torreón. Allí atendía Nacho, y Nacho sabía resistir más allá del horario fijado por la ley municipal. Así pues, llegó a las diez, sediento luego de desahogar mil trámites en el despacho. Adrede se prolongaba en el trabajo más allá de las ocho. Lo hacía para purgar anticipadamente la culpa de pasarse de tragos, la seguridad de que volvería a su casa casi al amanecer, más que ebrio. Eran pues las tres de la mañana. Nachito el cantinero había cerrado a las dos y desde hacía una hora lo atendía sólo a él. Ya la última, Miguel, son las tres, había dicho Nacho hacía dos copas. Pese al exceso de alcohol en su sangre, no estaba inconsciente y vio que sin remedio llegaba al final de la jornada. La última ahora sí, Nacho. Y Nacho, silencioso al lado de la barra, preparó la cuba con desgano. Eran poco más de las tres. El sonido bajo sintonizado en radio Laguna apenas dejó oír los toquidos a la puerta. Nacho fue, entreabrió y habló con alguien que preguntaba desde la oscuridad. Nacho dijo claramente está cerrado, pero del otro lado argumentaron algo. Miguel paró la oreja. Yo pago la multa, dijo la voz. Nacho respondió bueno, pasen rápido y acá dentro vemos qué. De inmediato entraron dos tipos, uno alto y fornido, silencioso y empistolado, y otro más bien bajo de estatura y camisa desfajada. Nacho titubeó. Bueno, es peligroso venderles para sacar de la cantina; si los pesca la policía me chingan con una multotota. No pasa nada, amigo, yo la pago, no se preocupe, dijo muy seguro el bajo de estatura. Bueno, dijo Nacho, y volvió a colocarse detrás de la barra. Sólo dejen que sirva esta cuba a medio preparar. Miguel ya no quiso ver la acción, y cabizbajo colocó su ansia en la espera del último vaso. Nacho vino con el trago y le cuchicheó al oído: es José José. Sólo dijo eso: es José José. Miguel miró con cuidado y era verdad. Quien esperaba en la barra era José José acompañado por un tipo robusto. Nacho volvió a la negociación: ¿entonces dos litros de tequila añejo y refrescos de toronja? Así es, respondió José José. Y hielo y limones, añadió el cantante. Para entonces Miguel había puesto su mirada en el famoso personaje, y se animó a llamarlo: eh, maestro, le invito una cuba. José José se acercó, lo saludó de mano, y aceptó sentarse. Platiquen mientras pico y lavo el hielo, dijo Nacho, ahora alegre. ¿Cómo se la sirvo, señor? José José dijo que igual a la de Miguel, y en un instante ya chocaban los vasos. Cruzaron apenas dos o tres comentarios. Acabo de cantar en el hotel Villa Jardín de Lerdo y se terminó el trago. Los meseros de allá me dijeron que acá podíamos conseguir. Por eso pedí que me trajeran, alcanzó a explicar José José. Nacho terminó de picar el hielo y en un instante ya tenía todo sobre la barra. Llamó al visitante y José José se puso de pie. Se despidió de mano y sacó cuatro billetes que dejó sobre la mesa de Miguel, quien lo miraba absorto. Muchas gracias por la invitación, amigo, dijo José José y dio cinco pasos hacia la barra. Sacó un fajo de billetes y con eso pagó las dos botellas, los refrescos, el hielo y los limones. El escolta le ayudó a cargar todo y ambos salieron como si fuera de día. Nacho vio cómo subieron a una Suburban y cómo se alejaron en la penumbra de la Ramón Corona. Luego, con los billetes en la mano, avanzó a la mesa de Miguel. Vio que el vaso de José José había quedado con un cuarto de cuba y lo bebió sin asco. Me pagó seis veces más de lo que le hubiera cobrado, dijo Nacho, y fue a servirse una cuba para él. Salieron del Quijote cuando el sol ya clareaba, a las siete.

sábado, septiembre 28, 2019

Sabiduría fake













Con sonriente alarma he visto la propagación cada vez más insistente de mensajes atribuidos a escritores famosos. Antes, hace todavía diez o quince años, tales sabandijas llegaban sobre todo por la vía del correo electrónico, y ahora se diseminan mediante un sistema peor de veloz: el whatsapp. Estos mensajes son literarios sólo por la mentirosa firma, ya que en realidad se trata de lánguidas reflexiones en torno a “la vida”, por decirlo de una manera abarcadora y gentil. Su estilo es de libro de autoayuda: alguien, en primera persona y ante cierta circunstancia, comparte su experiencia para ponernos a salvo de la desdicha. Todo jiede a consejo edificante, a superioridad moral embusteramente humilde.
Que yo recuerde, fue García Márquez una de las primeras víctimas de esta modalidad en la era de internet. “Su” desahogo “La marioneta” corrió con una suerte que ni siquiera ha tenido su obra real: “Si por un instante Dios me regalara un trozo de vida, aprovecharía ese tiempo lo más que pudiera, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo. Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan. Dormiría poco, soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz. Andaría cuando los demás se detienen, despertaría cuando los demás duermen”. De veras me quedo sin aliento ante tamaño ingenio (azucarero).
Un trozo de reciente sabiduría fake me llegó esta semana. Se lo endilgan al pobre de Arreola, quien en teoría perpetró el siguiente andrajo: “Qué excelente es llegar a una edad de adulto mayor pues es señal de: Que has sido sano la mayor parte de tu vida. Qué bueno que eres jubilado pues es signo inequívoco de que trabajaste mucho durante tu edad productiva. Que puedes escribir o leer esta publicación, pues aún con lentes, tu vista te permite seguir siendo independiente…”.
Por último, Borges, autor frecuentemente difamado con textos cuyo valor literario alcanza a duras penas el cero de calificación: “De tanto perder, aprendí a ganar; de tanto llorar, se me dibujó la sonrisa que tengo. Conozco tanto el piso que sólo miro el cielo. Toqué tantas veces fondo que, cada vez que bajo, ya sé que mañana subiré. Tuve que sentir la soledad para aprender a estar conmigo mismo y saber que soy buena compañía. Intenté ayudar tantas veces a los demás, que aprendí a esperar que me pidieran ayuda…”. Borges, indefenso, se retuerce en Ginebra.Final del formulario

miércoles, septiembre 25, 2019

Lentitud e influencia

















Leo lentamente porque no paso por los renglones sin pensar en los rasgos de estilo, en el léxico del autor, en las posibilidades de una etimología, en las combinaciones sintácticas, en la puntuación, en la adjetivación. Para muchos lectores todo eso no existe, y disfrutan el libro a su manera, lo que me parece absolutamente legítimo. Yo dejé de ser ese tipo de lector hace muchos años, cuando se me apareció la idea (no sé si llamarla “vocación”) de escribir. Desde entonces la lectura me resulta placentera porque implica todo lo que enumeré. Hace poco, por ejemplo, leí en una clase “El camino de Santiago”, cuento de Carpentier, que inicia así: “Con dos tambores andaba Juan a lo largo del Escalda —el suyo, terciado en la cadera izquierda; al hombro el ganado a las cartas—, cuando le llamó la atención una nave, recién arrimada a la orilla, que acababa de atar gúmenas a las bitas…”. Son apenas tres renglones, pero si trato de leerlos hasta el hueso noto que contienen mucha información y un montón de recursos estilísticos que quizá puedo explicar. No es lo mismo decir “Juan andaba con dos tambores a lo largo del río Escalda” que decirlo como Carpentier, con esa poética dislocación de la sintaxis y la elipsis de la palabra “río”, o en la necesidad de saber qué son las “gúmenas” y las “bitas”. En eso me detengo mucho, lo que indefectiblemente ralentiza mis lecturas. Si pudiera encontrar una semejanza con la vida, leo como quien camina por la calle y va admirando edificios, fachadas, jardines, balcones, no como quien la recorre en moto.
Esta forma de leer, creo, me ha influido sólo en términos de aprecio por la forma, no tanto en lo temático. Siempre he leído información relacionada con la escritura, historias del español, gramáticas, diccionarios, libros de texto. Eso que me sirve en las clases también me ha ayudado a conocer un poco mejor la herramienta de trabajo de quien escribe y edita. No escribo como quiero, sino como puedo, pero es un hecho que siempre procuro peinar bien mis renglones, que salgan a la calle sin dar tan mala impresión. Si bien, como le ocurre a cualquier escritor, tal o cual lector me ha dicho que lo mío se parece a lo escrito por tal o cual otro escritor, eso no sucede con frecuencia, lo que es una buena noticia, pues supongo que logro evitar u ocultar bien a los autores que más me gustan, es decir, esquivar su influencia. La verdad, no me gusta la idea de ser una mala copia. Prefiero mil veces ser un mal original.

sábado, septiembre 21, 2019

Todos descubridores












En su biografía sobre Magallanes, Stefan Zweig señaló con asombro que viajar en el tiempo de los grandes descubrimientos era casi una aventura al centro de la nada. El prolífico escritor austriaco se suicidó en 1942, cuando ya los viajes eran seguros gracias a la tecnología del transporte y al desarrollo de los medios de comunicación. Pero antes, hace 500 años, emprender un recorrido por el mundo era renunciar a la familia y al terruño porque luego de la partida se anulaba toda comunicación, y sólo el regreso confirmaba el éxito de los periplos. Viajar es hoy, como nunca, una aventura poco aventurada, pues en general, gracias al celular, no nos desprendemos ni un momento de quienes nos ven partir.
Veo pues lo que ocurre en esta época, oigo que todos mis alumnos tienen experiencias foráneas y a veces lejanas, y contrasto sus vivencias con las que se le alcanzaban a mi generación. Cuando estuve en la secundaria y la prepa, incluso en la carrera —periodos de supuesta rebeldía—, no recuerdo a nadie con el apetito de quemar sus naves y largarse a ver qué sucedía más allá de los cerros pelones laguneros. El mundo era esto y lo que nos comunicaban la televisión, los periódicos y el cine, el inglés lo farfullaba una inmensa minoría de la población y casi todos aceptábamos, sin tragedia mediante, nuestro destino de seres atornillados a lugar que nos había visto nacer.
Ahora, sobrados de apetitos y confianza, los jóvenes quieren viajar, conocer, irse temporal o definitivamente del pedazo de mundo que les cupo en suerte como cuna. Es lógico. Llegados a la vida con un celular (y no una torta) bajo el brazo, se les despierta el apetito de lo lejano, hacen “amigos” en las redes y se entrenan en el conocimiento de aplicaciones para hoteles y transportes, además de que la mayoría no teme al inglés, lengua del turismo actual.
Apenas una o dos generaciones antes, como digo, no era tan así. Yo, por ejemplo, hice mi primer viaje verdaderamente largo a los 40 años, y sé que Monsi, editor de este espacio, ha recorrido mucho mundo a una edad en la que viajar ya no es tan habitual. Nos rozó a destiempo, digamos, el impulso viajero de la juventud presente, y hemos hecho lo que de jóvenes quizá jamás imaginamos.
Hace poco recordé en un texto que en la secundaria realicé un “viaje de estudios” desde Ciudad Lerdo a Veracruz. Entre otros detalles, en la crónica mencioné que nuestros padres nos despidieron en la puerta del camión y no supieron de nosotros sino hasta una semana después, cuando volvimos. Quiero suponer que el profe Gámez, quien nos llevó, llamaba al teléfono fijo de la dirección escolar y a ese mismo teléfono llamaban nuestros familiares para saber cómo y dónde estábamos, pero no estoy seguro. Más bien creo, al menos en mi caso concreto, que entre mis padres y yo se abrió un paréntesis lleno de silencio mientras duró el viaje, y sólo respiraron tranquilos cuando me vieron entrar de nuevo a casa.
En contraste, mis dos hijas menores viajaron por primera vez solas hace poco. Una tiene 18 y otra 16, y sin que yo supiera que existía eso, me conectaron a una herramienta de Whatsapp que en tiempo real da seguimiento a la trayectoria de los viajes. Así, vi los graduales avances en el camino de mis hijas, y cuando lo sentí prudente les escribí o les llamé. Con tales instrumentos, es ahora imposible no animarse a ahorrar y viajar y abrir las puertas a la totalidad del mundo. El celular lo cambió todo. Ahora todos queremos ser descubridores.

miércoles, septiembre 18, 2019

Lujuria de Eslava Galán




















Hace más de tres décadas leí En busca del unicornio (1987), novela de Juan Eslava Galán (Jaén, España, 1947) y quedé convertido en fan de este escritor. Lamentablemente, pocos libros de su inmensa producción llegan a México, así que muy a cuentagotas he ido haciéndome de lo que encuentro aquí o he encargado a ciertos amigos adictos al turismo. Leí entonces, así, Guadalquivir, el ensayo El enigma de Colón y los descubrimientos de América (publicado en el año del quinto centenario) y Misterioso asesinato en la casa de Cervantes. En suma, apenas cuatro míseros libros pescados entre los casi cien que ha escrito este autor.
Recién accedí a tres libros más de los cuales ya leí uno cuyo título es Lujuria (Destino, Barcelona, 2015). Se trata de un largo ensayo incluido en la colección “Los pecados capitales de la historia de España”, serie que, como podemos suponer, trata de historiar los siete vicios considerados como pecaminosos por el dogma católico. A Eslava Galán también le encomendaron el segundo, el de la Avaricia, que no tengo y de seguro es igualmente atractivo.
En Lujuria, el narrador e historiador jaenés repasa y comenta el comportamiento sexual de los españoles desde el siglo XIX a la fecha. Podemos suponer que su recorrido tiene algo de tragicómico, ya que describe el férreo control sobre los cuerpos ejercido por el Estado y, mucho más, por la iglesia, y al alimón los mecanismos empleados sobre todo por el hombre (no tanto por la mujer) para zafarse de ellos y encontrar satisfacción más allá del tálamo oficial. Socorrido por un abultado aparato de notas al pie, Eslava Galán bucea en las características de la vida sexual española siempre atravesada por una doble moral que a fin de cuentas es, mutatis mutandis, la misma que se podría suponer en cualquier otra sociedad tendiente a la represión.
Lujuria integra pues, con un arsenal de datos difícil de igualar, la tensión producida por dos fuerzas polares: una que tira hacia la represión y otra hacia la liberación, con el consecuente resultado de avances y retrocesos en un sentido y en otro, aunque con el dominio al parecer definitivo de una mentalidad cada vez más permisiva hasta llegar a una España que “se ha puesto cachonda” pero sin cerrar del todo, claro, las alcobas a las fuerzas conservaduristas que no deponen ni depondrán sus inclinaciones persecutorias. En resumen, otro libro bien pensado y bien investigado y bien escrito por Juan Eslava Galán.

miércoles, septiembre 11, 2019

Prevenir el suicidio y más en Acequias




















A finales de septiembre de 2019 se celebrará en la Universidad Iberoamericana Torreón el octavo Congreso Internacional de Prevención del Suicidio, y es por esto que la salida número 79 de Acequias, revista de la Ibero Torreón, dedica algunas de sus páginas —el ensayo “Violencia contra uno mismo: juventud y suicidio”, de Laura Elena Parra López—  a un fenómeno que sin duda merece urgente atención. Este trabajo es producto del taller de periodismo de la Ibero Torreón, y se presta inmejorablemente para difundir la cultura de la prevención en la que tanto es necesario insistir.
“Yolanda” es una entrevista a Yolanda Varona Palacios, guerrerense que lucha por los derechos de los migrantes en la ciudad de Tijuana. Este trabajo es parte del libro Empezar de cero. Historias de vida y experiencias en el retorno a México publicado en 2018 por la Coordinación Sistémica con Migrantes del Sistema Universitario Jesuita. “El Estado criminal”, ensayo de Garardo García Muñoz, desmenuza Nación criminal: narrativas del crimen organizado y el Estado mexicano, de Héctor Domínguez Ruvalcaba, libro fundamental para advertir los mecanismos del delito visibles en los pliegues de nuestra narrativa ficcional. “Un grito en el silencio” es un diálogo entablado por Vicente Alfonso con la novelista Beatriz Rivas, quien escribió Jamás, nadie, historia que trata sobre la matanza de los chinos perpetrada en Torreón hacia 1911.
En las páginas venideras publicamos un adelanto —la introducción y dos cartas— de un libro de la escritora duranguense María Rosa Fiscal, correspondencia que nos ayuda a vislumbrar un pasado en el que viajar era más difícil y riesgoso para los jóvenes. “El ciclo del héroe en The Mexican Flayboy de Alfredo Véa” es un ensayo literario de Fernando Martínez Caleano, lagunero que actualmente trabaja en la Universidad de Nuevo México. Del mismo género, “De Intermitencias alfonsinas” es un fragmento del libro (UANL-Ibero Torreón, 2019) que incluye muchos y muy profundos estudios dedicados por Ignacio Sánchez Prado a la figura de don Alfonso Reyes. “El vacío como apertura al misterio” es un agudo trabajo filosófico del doctor Héctor Sevilla Godínez. Cierran esta edición “Bolígrafo”, poema de Daniel Lomas, “Un paseo por el monstruo”, reseña de Aitana Muñoz, participante del taller literario de la Ibero Torreón, y “Genocidas en tiempo extra”, reseña propuesta por mí.
Acequias puede ser leída y descargada gratis, en PDF, en http://itzel.lag.uia.mx/publico/publicaciones/acequias/acequias79.pdf

sábado, septiembre 07, 2019

Migrar y volver, doloroso pespunte




















Como podemos ver, todos los días escuchamos o leemos alguna noticia relacionada con la migración. En todos los casos, es visible el componente del dolor y de impotencia, pues con su fuerza arrolla familias y destinos individuales. Se trata pues de uno de los problemas internacionales —como el hambre, el desempleo y el tráfico de drogas y armas, por citar los más salientes— más urgidos de atención. Según la ONU, “En 2017, el número de migrantes internacionales (personas que residen en un país distinto al de su país de nacimiento) alcanzó los 258 millones en todo el mundo, frente a los 244 millones de 2015. Las mujeres migrantes constituyeron el 48% de estos. Asimismo, se estima que hay 36,1 millones de niños migrantes, 4,4 millones de estudiantes internacionales y 150,3 millones de trabajadores migrantes. Aproximadamente, Asia acoge el 31% de la población de migrantes internacionales, Europa el 30%, las Américas acogen el 26%, África el 10% y Oceanía, el 3%”.
Estas cifras contrastan, creo, con la indiferencia generalizada de gobiernos y ciudadanos de a pie ante el fenómeno, hecho que quizá puede tener la siguiente explicación: los gobiernos no quieren acercarse mucho al tema porque eso los compromete a destinar presupuestos y a establecer políticas de respeto a los derechos humanos que en última instancia determinen la aceptación de migrantes que luego pueden poner en peligro el empleo y otros rubros económicos y sociales del país que recibe; en cuanto a los ciudadanos, porque en general tendemos a invisibilizar la situación del otro, más si ese otro es un marginado, un nadie, como el migrante. Así entonces, para los gobiernos y los ciudadanos el migrante forzado es un sujeto incómodo y peligroso, alguien al que debemos rechazar, un tipo que debe irse pronto.
La migración forzada tiene un origen variado. Se da por razones económicas, étnicas, religiosas, bélicas o por una combinación de todas ellas, de manera multifactorial, y es tan antigua como el hombre. Hoy, sin embargo, en esta etapa del capitalismo llamado neoliberal, muchas sociedades se han visto marcadas por un deterioro económico inaudito y expulsivo, lo que ha provocado que miles de seres humanos huyan para resolver o al menos paliar su situación. Es el caso de muchos mexicanos en relación a los Estados Unidos. De rancherías y de barrios, pero sobre todo de las primeras, miles de compatriotas han emprendido el viaje hacia el llamando “sueño americano”.  La razón principal de ese éxodo por goteo ha sido económica, y sospecho que en todos los casos, así sea en los más venturosos, es decir, cuando el cruce no fue traumático y hay parientes del otro lado, siempre hay un desgarramiento, el golpe que produce el desarraigo luego visible en la nostalgia y el deseo de volver aunque sea episódicamente.
El libro Empezar de Cero. Historias de vida y experiencias en el retorno a México editado por la Coordinación Sistémica con Migrantes y Sistema Universitario Jesuita en 2018, nos remite al fenómeno de la migración, ciertamente, pero más específicamente al del retorno, al “comenzar de cero” cuando por alguna razón se abre un paréntesis en la vida del migrante o queda definitivamente clausurada. Su valor como documento radica pues en dos méritos: por un lado, focaliza su atención en un costado de la migración, el de la vuelta, menos estudiado y atendido que el de la ida; por otro, no indaga de manera general o abierta, sino mediante “historias de vida” que permiten atisbar cómo se vivieron los sentimientos particulares de la ajenidad en suelo extraño y el shock que muchas veces imprime la reaclimatación en suelo propio.
En términos de estructura, Empezar de cero contiene tres apartados, digamos, preparatorios: la “introducción”, los “Conceptos clave sobre la migración de retorno” y “Contexto de migración México-Estados Unidos”.  Luego, la almendra del libro, las “Historias de vida” divididas en tres regiones: Norte (seis historias), Occidente (siete historias) y Centro-Sur (seis historias). La estancia 4 del libro contiene los “Análisis de los testimonios” y la 5 ha sido titulada “México frente al retorno de personas migrantes”, a su vez segmentada en “Legislación en materia de migrantes de retorno”, “Planes y programas gubernamentales” y “Ejecución de planes y programas gubernamentales: perspectivas de la sociedad”. Grosso modo, visto con ojo de dron, esto es el libro.
Un rasgo que puede ser de marcado interés para nosotros está en el apartado Norte, pues hay tres testimonios de laguneros (Jesús, José Luis y Rubén) que tuvieron la experiencia de la ida y la vuelta y ahora trabajan en la Ibero Torreón. Estas y todas las historias de vida que configuran Empezar de cero fueron organizadas de acuerdo a un cuestionario basado en cuatro líneas de indagación: 1. La salida del lugar de origen y el tránsito. 2. Las dificultades para integrarse a la vida en Estados Unidos. 3. El momento del retorno y 4. Los problemas para la reintegración en México y la vida actual de estas personas.
El resultado es un muestrario de visiones sobre un tema que el SUJ no ha querido pasar por alto ya que implica un acto de justicia: acoger a quienes por equis y zeta razones han vuelto a buscar una segunda oportunidad de vida en nuestra patria.

miércoles, septiembre 04, 2019

El gato omnipresente
















Parece que en ocasiones son lo mismo, pero de repente hacen piruetas sorpresivas y nos dejan boquiabiertos. Me refiero a los memes y su capacidad para zarandear las redes sociales con algún tren que inesperadamente se presta para formatear todos los mensajes que vengan a la mente. Esto fue lo que pasó y sigue pasando con el meme del gato al que cierta mujer recrimina con la cara inyectada de rabia y el dedo flamígero en posición acusatoria mientras el animal asume con serenidad el rapapolvo. Todos lo hemos visto, y lo que me asombra es la plasticidad que ha tenido para desplegarse en cientos de mensajes. Prácticamente ha podido expresar lo que sea, casi como una imagen comodín a la que es viable acoplar cualquier gesto burlón o crítico.
Este meme trabaja sobre el tema del engaño o el malentendido. Su mecanismo humorístico se basa en que la mujer reclama con una frase y el gato responde con otra que establece una verdad desconocida por la acusadora, quien ni siquiera la había vislumbrado. Así, por ejemplo, cuando ella señala: “Me dijiste que habías dejado las drogas”, el gato responde, imperturbable: “Sí, pero en el otro pantalón”. O en otro: “Soy tu novia y nunca me compras flores”, a lo que el cabrón gato responde: “No sabía que vendías”, o “Me dijiste que no tenías hijos”, reclama la chica, y el animal precisa: “Contigo”, y también “Me dijiste que los fines de semana no salías”, a lo que el felino blanco contesta: “Sí, pero de la cantina”. Estos memes vinculados el desengaño dentro de la vida en pareja son los más comunes, y en todos ellos el dispositivo textual deriva en el cinismo del gato, quien sin inmutarse revela una frase que lapida las esperanzas de quien lo encara.
El gato también ha sido útil en otros espacios de la vida. Por ejemplo, en el deporte: “Me dijiste que tenías 21 años”, dice la mujer, y el gato: “Sí, pero sin ver campeón a Cruz Azul”. O en la política antiAMLO: “Dijiste que primero los pobres”, restriega la mujer, y el gato revira: “Sí, pero los pobres de mis hijos que a sus 40 no tenían trabajo”. Y uno genial del contexto académico: “Me dijiste que me darías una cita”, escupe la mujer, y el gato: “Sí, pero de APA”.
La elasticidad del meme —más si su base icónica es per se graciosa, como la del gato— resulta una de las novedades más pasmosas de la comunicación actual. Detrás de fenómenos como este podemos intuir las filias y las fobias de miles de usuarios que con ingenio, y gracias al meme, hacen la crítica del presente más allá de lo articulado por los medios convencionales.

sábado, agosto 31, 2019

Visibilizar el dolor
























Como muchos otros problemas sociales, el de la migración ha sido invisibilizado. Borrar o minimizar la información sobre un asunto es, visto desde el poder, impedir que alcance una solución satisfactoria para los afectados. De ahí la importancia de dar voz, de exponer por cualquier medio una demanda que a la postre viabilice posibles soluciones.
Ruta de paso, libro pensado y escrito por los laguneros Fernando de la Vara y Jorge Martínez, es un aporte desde ya fundamental a la atención que en La Laguna demanda el tránsito de migrantes en plenitud de adversidad, hombres, mujeres y hasta niños que desde Centroamérica buscan llegar a suelo norteamericano con la ilusión de mejorar sus condiciones de vida. Todo, para ellos, es contracorriente, obstáculo y peligro. Los días, las semanas y en ocasiones los meses que deben pasar avanzando a cuentagotas hacen de la travesía un via crucis literal, sin metáfora: la cruz que cargan es su pobreza y el martirio en el camino son los golpes, el hambre, el frío o el calor, y en no pocos casos el hachazo de la muerte.
El libro es un documento periodístico pero no dejó de asombrarme lo bien escrito de sus páginas, detalle no menor porque permite que el relato de las calamidades que contiene no se vea obstruido por anfractuosidades de estilo o barroquismos imprudentes. Su desarrollo es limpio, ágil, penetrante y espeso de información no sólo estadística, sino vivencial. De la Vara y Martínez han logrado articular un cuadro breve y contundente (no le digo denuncia para no sonar panfletario) sobre el migrante que se las ve con La Laguna, que llega a nuestra tierra y debe, aquí, tomar un respiro nunca cómodo para continuar luego su viaje a lo desconocido.
El libro fue compuesto con dos secciones introductorias tituladas “Sobre Ruta de paso” y “Un contexto de violencia”, donde grosso modo explican las motivaciones del proyecto y sus generalidades, además del clima de violencia desbordada (todavía no extinto) que ha padecido nuestra región desde hace ya cerca de quince años, del calderonato a la fecha. Luego, prosigue con cinco notables piezas que en lo genérico fluctúan entre la crónica, la entrevista y el reportaje. En ellas, los autores dan voz, y en este sentido visibilizan, a varios migrantes que despliegan ante nuestros ojos la barbarie de la que vienen, la barbarie que viven y posiblemente la barbarie a la que llegaron.
Digo que las piezas fundamentales de Ruta de paso destacan, no podía no ser así, lo periodístico, pero no por ello prescinden del detalle literario. Por ejemplo, para cerrar una de ellas, De la Vara describe sus madrugadas como residente del centro de Torreón; este pequeño toque de lirismo no es innecesario, ya que se suma a los trazos sobre el horror vividos por el migrante: “Hay un momento de la noche —escribe De la Vara— en que el pitido del tren, sofocado la mayor parte del tiempo por los ruidos diurnos y de la madrugada joven, inunda las calles. Cada que se deja escuchar la culebra de acero, me pregunto cuántos migrantes vienen en la cima, y la ciudad de las noches largas responde con su silencio”.
Ruta de paso, en suma, es un libro que nos descoloca, pues su información nos deja ver lo mucho que hemos sido indiferentes a una crisis que más allá de las cifras atraviesa y despedaza vidas humanas. Puede ser por ello un buen detonador de nuestra inquietud sobre el problema o más, si es posible: de nuestra solidaridad.
Comarca Lagunera, 30, agosto y 2019

Ruta de paso, Fernando de la Vara y Jorge Martínez, Astillero, Torreón, 2019, 89 pp. Texto leído en la presentación del libro celebrada en El Astillero Librería el 30 de agosto de 2019. Participamos los autores, Ruth Castro (quien cuidó la edición) y yo.