sábado, mayo 02, 2015

Proyecto Comarca, libro urgente de Federico Sáenz
























Igual que muchos laguneros, aunque no tantos como sería lo deseable, he recibido y leído con una mezcla bien entreverada de atención, orgullo, indignación y esperanza el libro Proyecto Comarca, de Federico Sáenz Negrete. Estructurado en una especie de zigzag entre el diálogo de dos personajes ubicados a caballo entre lo real y lo ficticio más el ingrediente de numerosas opiniones periodísticas, este documento es valioso porque arracima y da fe de un viejo y caro anhelo lagunero: basados en el origen, las características medioambientales y la idiosincrasia del lugar, muchos habitantes de esta zona de México sienten, sentimos, que hemos sido histórica, criminalmente saqueados y ninguneados, y eso no puede durar para siempre a riesgo de comprometer, así de simple, la viabilidad material de la región. Basta traer cuatro párrafos de la página 136 para darnos cuenta del imperativo:
“Las inversiones, con recursos fiscales extraídos a La Laguna, crearon el entorno adecuado para que las capitales de los dos estados sembraran lo que ahora cosechan. Saltillo y Durango gozan de un crecimiento económico que es el resultado de un esfuerzo bien planeado. La Laguna, víctima de ese plan, ha quedado criminalmente rezagada.
Hemos tenido que tocar fondo para darnos cuenta de la estafa en la que hemos caído al creer en las promesas fáciles de los políticos coahuilenses y duranguenses. Los laguneros vivimos en un entorno de abatimiento y desesperanza al ver desaparecer nuestro alegre y optimista modo de vivir.
Los laguneros estamos dispuestos a dar la batalla para sal­var a nuestra Comarca. Coahuila y Durango no comprenden la situación en la que estamos metidos. Es preciso, urgente, indispensable, la creación del Estado de La Laguna. Los lagu­neros tenemos que decidir nuestro futuro, tenemos que aplicar las soluciones necesarias para contar con porvenir.
Es una ilusa, inconsecuente, inmoral utopía pensar que podremos sobrevivir si no creamos el Estado de La Laguna. Además, la República se va a beneficiar al recibir de nuevo los enormes recursos fiscales que nuestra región siempre aportó y que ahora, sumidos en el abandono (la palabra ‘sabotaje’ sería más precisa), no estamos produciendo”.
No estaría mal que los laguneros interesados en este libro le escriban a su autor: fsaenznegrete@hotmail.com Sospecho que después de conseguir y leer completo su material coincidirán en algo o en todo con él. Urge que todos aquí visitemos esas páginas.

miércoles, abril 29, 2015

A qué jugábamos












No es infrecuente que en las conversaciones de este tiempo salga a relucir el tema de la tecnología y la enajenación. Cualquier sobremesa, cualquier diálogo ocasional lo provoca, pues no falta que mientras avanza la charla alguno de los interlocutores saque el teléfono celular y comience a revisar su Facebook, su Twitter, su Istagram o algo parecido. Es allí donde surge la inquietud en quienes lo ven: ¿vas a estar revisando tu Facebook cuando platicamos?, le dicen. Y es entonces cuando revive el comentario acerca de la tecnología (los dispositivos electrónicos) y la adicción visible en cualquier lado, incluso cuando la gente va caminando en medio de la muchedumbre, lo que recuerda el chiste del paciente que llega con su psicóloga y le revela: “Me siento aislado, no converso con nadie y siempre estoy cabizbajo; ¿qué tengo, doctora?”. “Seguramente un celular”, le responde.
Ahora bien, si esta enajenación es evidente en muchos adultos, en el caso de los niños y los adolescentes es ahora casi unánime. La escena del chico metido hasta las orejas en su celular o su tableta en una fila o en la escuela o en la iglesia o en una sala de espera o en el camión es hoy omnipresente. La  enajenación por los dispositivos con pantalla es sobre todo, casi por antonomasia, la de los niños, y mucho se especula y se especulará si eso hace bien o hace mal, si de esa adicción saldrán seres humanos pensantes o atrofiados. No se sabe todavía, lo único cierto es que se trata de una conducta inevitable, pues prácticamente ningún niño renunciará a sus pantallas touch para engancharse a otras formas del consumo informativo y del entretenimiento.
Una de las conversaciones que crecen a la vera de las sobremesas es también, por lo anterior, la de los juegos. ¿A qué juegan hoy los niños? Respondemos rápido: a lo que bajan de internet en sus celulares y tabletas o a lo que igualmente pueden instalar en el televisor. O sea, los niños sólo juegan hoy a las pantallas. Esto, si uno tiene cuarenta años o más, nos lleva de paso a recordar los juegos infantiles preinternéticos, y es entonces cuando los comensales apelan a la nostalgia para traerlos a la charla.
Me ha tocado estar allí, en esos diálogos, y mostrar la parte que me corresponde de recuerdo. Uno de los comentarios que siempre hago es el de las temporadas. Así como el año se divide en estaciones, los juegos de mi niñez y la de muchos que tienen mi edad, poco más o poco menos, eran practicados en determinados periodos. Por ejemplo, si las canicas eran disparadas de mayo a julio, el trompo zumbaba de agosto a noviembre, y así los demás divertimentos.
Una rápida ojeada a esos juegos ya extintos, heridos de muerte por las pantallas táctiles, me permite armar este breve sumario.
Trompo. Fue mi favorito. A diferencia de los que fabrican ahora, los de mi tiempo eran de madera, unos coloridamente pintados, de una madera relativamente blanda, y otros más toscos, los de mezquite, durísimos. Esos trompos eran acondicionados con un clavo mocho y brutal en la punta, para que dañaran, pues el juego principal consistía en dar “cancos” (golpes) a los trompos enemigos de acuerdo a una sencilla reglamentación. Los trompos de ahora, hechos de plástico, sirven sólo para hacer suertes de fantasía, como lanzarlos y capturarlos en la mano, de aire, sin que pierdan su rotación.
Papalotes. También llamadas güilas o huilas. Tenían su fecha específica: febrero y marzo, para aprovechar los infalibles vientos que azotan por tales meses a La Laguna. Aunque vendían unos de plástico, eran muy pesados y elevarlos sólo era posible si uno corría soltando el hilo. Por esto eran insuperables los de papel de china o, todavía más caseros, los de periódico. Su elaboración era verdaderamente artesanal, y nunca dejaré de sostener que el éxito de su vuelo se basaba en dos elementos: la cruz de carrizo y la manera de amarrarlos. Un papalote de periódico y bien hecho podía sacar del carrete hasta 200 o 300 metros de hilo. Impresionante.
Canicas. Fui un mal jugador de canicas, pero empeñoso. Las reglas tenían muchas variantes, pero todas incluían la posibilidad de ganar o perder piezas según el acuerdo de los competidores. Había expertos que pasado un tiempo acumulaban botes llenos de canicas, todas ganadas en buena lid. De este juego recuerdo las palabras que servían para definir a los jugadores duchos y a los inexpertos; los primeros tiraban “de huesito”; los segundos, “de uñita”.
Yoyo. Era menos practicado, pero recuerdo rachas fuertes de pasión por este juego. Lo impulsó sobre todo una compañía llamada Duncan que fabricó un yoyo de plástico duro y eficaz. Con él se podían hacer muchas suertes, y son para mí inolvidables las exhibiciones que la empresa ofrecía con expertos que visitaban escuelas y se plantaban en tiendas para promocionar el producto.
Bélit. Sobre este juego he escrito detalladamente en otro espacio (“Nostalgia del bélit"), y creo que es el divertimento más económico que practiqué jamás. Tenía sus reglas, divertía por horas, y sólo requería un palo de escoba vieja. Se hacían dos trozos con el mango, uno como de doce centímetros y otro como de 35 o 40, y eso era suficiente para alegrar la tarde, imagínense.
Estos y otros juegos nada pueden hace frente al Xbox. La batalla está perdida y sólo queda la memoria para vislumbrarlos.

domingo, abril 26, 2015

Invitación a Festival de Lectura en Ciudad Lerdo











Como ustedes saben, la Fundación Cultural y Educativa "Profr. José Santos Valdés" lleva a cabo, para conmemorar el Día Internacional del Libro, cada 23 de abril, un Festival de Lectura dedicado a algún escritor nacional o extranjero para leer y difundir su obra. Este año, con motivo de la XVI edición, se dedicará el Festival al escritor lagunero Jaime Muñoz Vargas y se le hará entrega de un Reconocimiento. Será el 28 de abril a las 10 de la mañana en la Plaza Principal de Ciudad Lerdo, Dgo. La intención es valorar el serio trabajo de nuestros creadores en el campo de la literatura. Es una iniciativa que arrancó con el reconocimiento a otro importante escritor, el Mtro. Saúl Rosales Carrillo, y vamos a tratar de mantenerla vigente para los próximos años.
Por lo anterior, me permito formularles una atenta invitación para que nos acompañen en el acto referido. Su presencia es de gran valor para nosotros.
Reciban un saludo cordial.
Profr. Gabriel Castillo Domínguez

sábado, abril 25, 2015

Futurología para víctimas













Según Benjamin Taylor, politólogo de la Universidad Intercontinental de Bratilonia, México está en peligro de alcanzar la máxima descomposición que un país puede sufrir si en él no se imprime una reforma sustancial del Estado. En su estudio “El futuro mexicano: de la miseria al cinismo absoluto”, míster Taylor vislumbra algunas posibles realidades para el porvenir de nuestro país. Son las siguientes:
1. Gobierno de rufianes. Si se da el caso de que los gobernantes comiencen a cometer actos de corrupción que son descubiertos y exhibidos públicamente y de todos modos no ocurre nada, puede ser que se alcance el más alto grado de podredumbre política, y esto es muy peligroso.
2. Poder legislativo sometido. Puede ser que en algún momento de su historia los mexicanos sean representados por legisladores que simulen oposición, contrapeso y debate pero en el fondo pacten y se repartan privilegios. Si esto se expresa en la realidad, las leyes y las reformas quedarán a merced de intereses particulares en perjuicio de la población.
3. Poder judicial anulado. En el futuro del país puede ocurrir que las principales instancias judiciales dependan en todo sentido de los grupos hegemónicos, lo que impedirá cualquier forma de castigo en caso de infracciones graves a la ley.
4. Institución electoral copada. Si no se hace algo pronto, la instancia encargada de organizar y contabilizar los votos en los procesos electorales no será más que comparsa directamente enchufada a los poderes fácticos, de manera que el juego electoral, indispensable como ingrediente de la vida democrática, quedará reducido a la instalación de periódicos sainetes.
5. Medios de comunicación incorporados. Si la prensa se alía con los poderes de turno y no cumple su función de investigar y criticar, es probable que se fortalezcan los monopolios y la realidad sea permanentemente matizada en connivencia con los grupos dominantes.
6. Delincuencia desatada. Si no se hace algo pronto, quizá aparezcan enclaves importantes de violencia perpetrada no sólo por los grupos delincuentes, sino infligida por el mismo Estado de manera sumaria. Algunos lugares pueden ser presas, por largo tiempo, de cárteles que detentarán el control económico y político de regiones enteras.
7. Economía destrozada. De no dar marcha atrás a las reglas impuestas por el Consenso de Washington, la economía mexicana quedará sostenida apenas con tachuelas, la moneda se devaluará (incluso pasará de la barrera de los 15 pesos por dólar), los salarios serán una burla y se perderá catastróficamente el poder adquisitivo.

miércoles, abril 22, 2015

Debacle sin responsables















¿A quién arropan los criminales en el poder? No precisamente a los niños, no a los ancianos, no a las mujeres y no, para acabar pronto, a los mexicanos ajenos a esa mafia. La calidad de vida digna en México, banderita electoral del grupúsculo enquistado en el gobierno, refulge por su desastrosa ausencia y a su paso deja como secuela millones de damnificados. Lo extraño es que nadie quiere hacerse responsable de las hordas de menesterosos que carga el país, como si la desgracia hubiera sido generada espontáneamente, sin apellidos visibles.
La disolución en ácido de la responsabilidad no alcanza a desaparecer, sin embargo, todas las pistas: hay responsables por más que se hagan los distraídos y por más que se escurran culpando a los anteriores, a los mafiosos de otro tiempo. Método fácil: EPN no es responsable de su mal gobierno porque las fallas que ha enfrentado son históricas, profundas, “estructurales”, provienen de errores cometidos en el pasado y para solucionarlas son necesarios, sobre todo, “cambios” y paciencia. La mejoría está indefectiblemente ligada al futuro, jamás es un asunto vinculado al aquí y al ahora.
Pensemos en cualquier rubro de la vida social y económica del país y eso encontraremos: sólo desastres sin responsables al alcance de la mano. Por ejemplo, los salarios, el ingreso mínimo para satisfacer todas las necesidades de un trabajador y su familia. Lo que hoy gana ese sujeto es uno de los más agrios insultos a la razón, y atenta de frente contra lo elemental, lo básico: el alimento. Si el ingreso mínimo en México no alcanza para que coma un solo ser humano, uno solo, ¿de dónde queremos que alcance también para vestido, vivienda, educación, esparcimiento, salud y todo lo demás? Es un disparate, un balazo de alto calibre en la cabeza de la lógica.
Los padres que padecen ese ingreso no lograrán que sus hijos crezcan en condiciones favorables. Hay allí una brutal clausura que deriva en taras y resentimientos colectivos, en frustraciones multitudinarias. Pero los padres trabajadores no sólo no pueden apisonar el camino de sus hijos, sino el de ellos mismos para la vejez a la que avanzan. Noticias recientes describen el panorama horrendo que ya amaga: sólo cuatro de cada diez viejos (o “adultos mayores”, según el eufemismo actual) tendrán una pensión así sea ridícula (alrededor del 20% de su salario), menor incluso que la de Haití. En esto, claro, tampoco hay ni habrá responsables a la vista.

lunes, abril 20, 2015

Las "realidades históricas"












He leído con interés y tristeza el texto que aparece abajo. La realidad inocultable para México es su deterioro material. ¿Cómo tapar la pésima calidad de vida a la que están hoy condenados millones de mexicanos? ¿Cómo eximir de responsabilidad a quienes históricamente han creado esta situación?

Las "realidades históricas"

Sergio Antonio Corona Páez

Cuando yo era estudiante de administración de empresas en la Escuela de Comercio y Administración de Torreón (actualmente FECA) y para mayores señas, entre los años de 1969-1971, un maestro de la asignatura de economía tenía un dicho (algo pícaro por cuestión de nemotecnia) para definir dos procesos. “Inflación —decía— es cuando un huevo cuesta un peso”. Y “deflación —decía también— es cuando un peso cuesta un huevo”. Si nos ponemos a hacer cuentas, un peso de aquella época equivale a un milésimo de nuestro peso actual. Y se tenía por tan disparatado el pensar que un solo huevo pudiera costar un peso, que se usaba como ejemplo del precio inflacionario.
Pues bien, una revisión de precios actuales de ese producto nos habla de una realidad tan atroz que se ha buscado ignorarla por todos los medios posibles, incluso quitando ceros a la moneda. Porque el continuo proceso inflacionario de 1977 al 2015 supera infinitamente al que pudo darse en 300 años de período colonial novohispano.  
A manera de comparación, si tomamos en cuenta la oferta de huevo de diferentes marcas comerciales en sus diversas presentaciones y categorías al 15 de abril de 2015, como lo son el “huevo extra”, “blanco”, “orgánico rojo”, “de libre pastoreo”, “jumbo blanco”, “light”, “rojo”, notaremos que sus precios (por cada huevo) oscilan entre $2.13 y $5.25, y que el promedio se sitúa en $2.76 por pieza.
Pero debemos recordar que en los términos de mi maestro de economía, estaríamos hablando de 2,130.00 pesos por cada huevo, y de los más económicos. A él ya le parecía descabellado en extremo que un huevo pudiera costar un peso.
¿Qué ha sucedido, pues, con la economía y con el poder adquisitivo? ¿Cómo ha sido posible este encarecimiento de la vida y empobrecimiento de las posibilidades familiares de bienestar?
Solamente podemos atribuir este fenómeno económico y social a la mala administración de la clase política mexicana. El proceso inflacionario galopante comenzó al final del sexenio de Luis Echeverría, cuando puso a “flotar” el peso (un eufemismo que la cámara de diputados aplaudió) en septiembre de 1977. Y desde entonces no ha parado. Fue tan grave el proceso que en 1993 el presidente Salinas puso en vigor el “nuevo peso” (con tres ceros menos). Una maniobra de carácter político que buscaba manipular la memoria histórica de los mexicanos. A pesar de que los gobiernos de 1977 a 1993 eran los responsables del enorme deterioro de la economía nacional, no quisieron asumir el costo político. Con la creación del “nuevo peso” —pensaban— crearían una cortina de humo que les permitiría continuar en el poder con gobernabilidad. Los mexicanos, sobre todo las nuevas generaciones, no serían conscientes del inmenso robo que la clase política había cometido en contra del bienestar de la ciudadanía. 
Los dispendios y malos manejos continúan hasta el presente sin que los diputados cumplan con su obligación, que es la de representar los intereses de la ciudadanía en contra de las decisiones o acciones dañinas del poder ejecutivo o el judicial. Continúan las alzas inflacionarias, los sueldos congelados, la impunidad, el enriquecimiento ilícito, los conflictos de interés, el alza e incremento de impuestos, los pésimos servicios de salud, y ni para qué mencionar las miserables tasas vigentes de jubilación.  No cabe duda de que la clase política mexicana es extraordinaria cuando se trata de crear “realidades históricas”, o bien de desaparecerlas.

sábado, abril 18, 2015

La dictadura perfecta 25 años después













Motivos docentes me llevaron a recordar y comentar el ya legendario encuentro llamado “La experiencia de la libertad” que organizó la revista Vuelta del 27 de agosto al 2 de septiembre de 1990. El principal convocante fue, lo sabemos, Octavio Paz, a quien en aquel momento le faltaba apenas un mes para ser declarado premio Nobel. Ahora que revisité el video gracias a YouTube advertí, y mis alumnos igual, que lo dicho por Vargas Llosa (porque estuvo Vargas Llosa, aunque en nostálgicos recuentos ulteriores omitan su nombre) no sólo tiene vigencia, sino que ha sido perfeccionado, si esto es posible, 25 años después. Yo, que siempre he creído que la transición del PAN fue un simulacro más, no puedo sino pensar que nuestro país copaba y ahora copa con mayor fuerza todos los cables por donde fluye poder: la presidencia, las Cámaras, las secretarías, los partidos, el INE, le ejército, los medios, todo.
En algún punto del video el autor de La casa verde dice que su deseo era “poner a prueba” el aire democrático que se respiraba, según él, en aquel México. Por lo visto no le fue nada bien, la prueba no funcionó. En vivo, mientras Vargas Llosa hablaba, Paz se removía en su asiento, enfurruñado por las palabras del peruano. Luego, lo sabemos, el fuereño incómodo abandonó misteriosamente el país, pero sus palabras sobrevivieron y ahora están al alcance de cualquiera en internet.
Malquerido ya entonces por las izquierdas de cualquier sitio, Vargas Llosa no vino de todos modos a engarzar vítores contra la trituradora neoliberal puesta en marcha por el salinato. Al contrario: ya encarrilado, se desbordó en una crítica a la peculiarísima dictadura mexicana. Y eso que era 1990, no 2015, fecha en la que sin duda tenemos una dictadura perfecta perfeccionada, de segunda o tercera generación, de punta.
Entre otras cosas, Vargas Llosa dijo esto hace 25 años: “Yo no creo que se pueda exonerar a México de esa tradición de dictaduras latinoamericanas. Creo que el caso de México (…) encaja dentro de esa tradición con un matiz que es más bien el de un agravante. Yo recuerdo haber pensado muchas sobre el caso mexicano con esa fórmula: México es la dictadura perfecta. La dictadura perfecta no es el comunismo, no es la Unión Soviética, no es Fidel Castro, es México porque es la dictadura camuflada de tal modo que puede parecer no ser una dictadura…”.
Octavio Paz le reviró de inmediato, visiblemente molesto, para “precisar”; fue la mejor comprobación de que Vargas Llosa no andaba errado.

miércoles, abril 15, 2015

Permanente Galeano














Algunos hacen bien y son congruentes al no decir ni pío sobre Eduardo Galeano o sumarse al vocerío aunque no sea para elogiarlo, sino para lo contrario. Me refiero a los que saben que el uruguayo simpatizó de orilla a orilla con ideas y regímenes non gratos para la prensa dominante, como los de Cuba y Chile (el Chile allendista) y en los años más recientes con los de Venezuela, Ecuador, Brasil, Argentina, Bolivia y obviamente Uruguay, el Uruguay de sus amigos José Mujica y Tabaré Vázquez.
Entonces no faltarán quienes minusvaloren o simplemente se muestren indiferentes ante el pensamiento de Galeano. Tendrán sus legítimas razones incluso para atacarlo, pues el escritor recién ido no se colocó en un punto difuso del espectro político, no fue y vino, como tantos, de un partido, de un credo, de una ideología a otros. Como pocos escritores, fue fiel a una posición en todo su obrar literario y extraliterario, de manera que en su vida dejó muy claro por dónde no caminó, con quiénes no simpatizó, en qué no creyó.
Galeano fue (o es, pues lo que queda de él, su obra, sigue y seguirá siendo) un escritor peculiar, de difícil catalogación. ¿Fue ensayista? ¿Fue poeta? ¿Fue narrador? Es complicado decidirlo, pues con sutileza borró las fronteras de esos géneros y trabajó en una orfebrería del fragmento que mucho tenía de ensayo, de poesía y de relato. Pero junto con la cuidadosísima forma, siempre condensada en imágenes sencillas y contundentes (“Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”, “Las paredes son la imprenta de los pobres”), el fondo documentó y graficó, sin parar, el doloroso pálpito, “las venas abiertas”, de un espacio físico y espiritual, Latinoamérica, permanentemente embestido por los imperialismos de ayer y del presente.
Para Galeano, pues, la historia de “Nuestra América”, como la llamó Martí para diferenciarla de la América anglosajona, era la historia del saqueo, del despojo, de la más aborrecible y sostenida voracidad colonialista.
Por ello, aunque puede ser sincera su opinión adversa sobre el libro que más lo identifica (actitud que no es poco común entre los escritores cuando hablan sobre sus primeros libros), es innegable que en Las venas abiertas de América Latina coaguló la idea que luego regiría su pensamiento y todo su quehacer: “La historia de América Latina es la historia del despojo de los recursos naturales”. Así de simple, así de inobjetable, así de trágico y así, por supuesto, y esto es lo fundamental, de indignante.

viernes, abril 10, 2015

Estos diez perfiles revueltianos




















Este libro es un breve repaso a la fecunda vida de José Revueltas en el año de su centenario. Entre otros valores, tiene la peculiaridad de haber sido configurado por escritores nacidos, radicados o espiritualmente cercanos al ámbito de Durango, estado en el que nació el autor de El apando. No
se trata, sin embargo, de una obra para especialistas, sino de un asedio múltiple y amable, con tono divulgativo, a uno de los intelectuales mexicanos más polémicos, interesantes y poliédricos del siglo XX.
Menos leído de lo que merece, Revueltas también ha padecido cierta indiferencia de la crítica. Es verdad que hay acercamientos ya canónicos a su trabajo —como los de Evodio Escalante y Edith Negrín, por mencionar sólo dos entre los más visibles—, pero no deja de parecer poco Estos diez perfiles revueltianos si pensamos en la impresionante cantidad de páginas que dejó el oriundo de Santiago Papasquiaro, páginas en las que reflexionó con hondura sobre nuestra realidad y donde
acaso tocó los registros narrativos más dolientes de la literatura mexicana.
Es difícil saber la razón exacta del relegamiento padecido por Revueltas. Quizá no hay una sola, sino varias apiñadas, confusas y todas gravitando en su contra desde que era casi adolescente hasta la fecha. Entre ellas podemos contar la actitud combativa, frontal, que manifestó siempre contra el poder y sus acólitos, lo que con el paso del tiempo generó resquemores de difícil evaporación, odios que nunca se han disuelto. También ha pesado en esto, quizá, el grado de dificultad que presenta la mayor parte de sus escritos; artista interesado en el examen profundo de nuestra circunstancia, jamás dejó de recurrir —entre otras disciplinas— a la filosofía para ahondar en la realidad del hombre y explicarla, sin cortapisas, mediante el ensayo, la novela, el cuento, la crónica, el guión, el teatro, la memoria, el manifiesto, incluso la poesía.
Al margen pues de la avenida por donde caminó y sigue caminando la mayoría, Revueltas articuló una obra poderosa, plena de significados, de evocaciones, de dudas y certezas, de tropiezos, de logros, de incomprensiones, de escándalos y permanentes desafíos. El silencio no fue lo suyo, y su voz escrita atronó con toda la fuerza de su tinta en cientos, en miles de papeles.
Diez escritores se han sumado a este sincero homenaje. Gabriel Castillo nos confiesa el azoro que le han producido lecturas recientes a Revueltas, y establece un correlato entre el duranguense y Albert Camus. La maestra María Rosa Fiscal hace énfasis en la capacidad poética que tenía Revueltas para dibujar el espacio, para crear climas narrativos envolventes, cerrados y opresivos incluso allí donde los hombres se ubican al aire libre. Gerardo García Muñoz, por su parte, hace un recuento de la obra revueltiana con pespunteos hacia su asombrado y permanente recuerdo personal, siempre agradecido con el narrador norteño. Bertha Rivera explora facetas de la vida de Revueltas, como su humor y su entereza ante la contracorriente sobre la que navegó toda su vida. Literatura y militancia son los flancos asediados por Vicente Alfonso, flancos que se confundieron durante toda la trayectoria vital de quien escribió Los muros de agua, novela, precisamente, que es primer ejemplo de esas dos preocupaciones. Angélica López Gándara explora el paradójico encuentro de Revueltas con la figura de Dios, un debate íntimo que se manifestó, sobre todo, en su quehacer narrativo.
El modo revueltiano de asumir el realismo es indagado por Fernando Fabio Sánchez, quien para ello trae a la mesa el famoso prólogo sobre la visita de Revueltas al lazareto de Guadalajara. José Everardo Ramírez hace un apretado recorrido por la obra de Revueltas y nos recuerda la importancia que su densidad crítica tiene, o tendría, en “la era del vacío” que atravesamos. Jesús Alvarado recuerda el valor de los cuentos revueltianos y plantea que pueden ser modelos de ficción crítica contra la realidad enajenante. Cierra el libro un poema de Julio César Félix cuyo énfasis recae en dos ideas claves en la vida y la obra del homenajeado: el olvido y su contraparte, la memoria.
Al opinar sobre Revueltas, Carlos Monsiváis ha logrado condensar en un párrafo el sino que persiguió ayer y sigue persiguiendo hoy al escritor de Durango:

¿Por qué tarda tanto y por qué se entrega con tanta mezquindad el reconocimiento literario a Revueltas, a su brillantez poética, a la complejidad de sus personajes y situaciones, a su ir a fondo en el examen de la descomposición que es el rostro no tan secreto de una parte de la sociedad? Muy probablemente esto se deba a su radicalismo que atemoriza, a su rechazo desdeñoso de la sociedad cultural y a la dificultad de gran número de posibles lectores de captar los diversos niveles de estas novelas. Revueltas no concede, y de allí el alejamiento sin concesiones que se le reserva a su obra.

Estas páginas son, o al menos tratan de ser, un impulso en sentido contrario al señalado por Monsiváis: buscan abrir puertas al lector no iniciado, invitarlo a convivir con la
poderosa literatura y el agudo pensamiento de José Revueltas, el rebelde inextinguible.

Comarca Lagunera, noviembre y 2014}

Texto de presentación del libro Perfiles sobre José Revueltas, colectivo, Instituto de Cultura del Estado de Durango, Conaculta, Centro Cultural José Santos Valdés, Universidad Iberoamericana Torreón, 2014, Durango, 98 pp. Fue presentado el 25 de marzo de 2015 en el Teatro Centauro de Ciudad Lerdo, Durango.

jueves, abril 09, 2015

Polvo somos, libro de Jaime Muñoz Vargas
















El martes 7 de abril fue publicada una entrevista en el suplemento Adrenalina, del periódico Excélsior. Me la hizo el reportero Juan Carlos Vargas, a quien agradezco. El tema se centró en mi libro Polvo somos (treinta relatos futbolísticos) y otros asuntos cercanos. Este fue el diálogo-base del cual partió la publicación que fue acompañada por un cuento del libro.

¿Quién es Jaime Muñoz Vargas?
En mi perfil de tuiter (@rutanortelaguna) traté de definirme así: “Escritor, periodista y editor, pero nació y radica en la Comarca Lagunera”. La conjunción adversativa es, claro, una broma. Un poco azarosamente, sin un plan premeditado, he dedicado ya casi 35 años de mi vida a esas actividades sin salir de La Laguna, lo que significa, dicho esto en plan juguetón, que es como no haberse dedicado a nada pues en mi tierra nunca han sido profesiones importantes. Pero bueno, eso he hecho y eso hago, y más allá de la ganancia material y simbólica, me agrada saber que he sido y soy escritor, periodista y editor en el desierto que me cupo en buena o mala suerte como lugar de nacimiento.

En tu perfil veo relatos más allá del balompié y trabajos que llegaron hasta Argentina y España. Aunque imagino que tu infancia estuvo marcada por un balón llanero.
No provengo de una familia con libros o “intelectual”. A los 16 o 17 comencé a formar una biblioteca personal y allí intuí que me gustaba mucho el contacto con los libros, leer. Para entonces ya había vagado toda mi infancia y mi adolescencia, La Laguna era una zona muy tranquila así que desde muy pequeño tuve la fortuna de recorrer la calle, de errar por todos los rumbos de la región. En las etapas de la secundaria y la prepa tuve diferentes grupos de amigos y claro, uno de mis entretenimientos favoritos fue el futbol. Lo jugué formalmente, en torneos llaneros, y también en la calle, en las famosas “cascaritas” o “picas”, como les decíamos. No recuerdo haber hecho tareas en las tardes durante toda la secundaria y preparatoria, pues apenas daban las cuatro o cinco cuando todos los mocosos de la cuadra salíamos a jugar y aquello duraba hasta las once o doce de la noche. Es decir, durante varios años jugué futbol asfáltico cuatro o cinco horas diarias. Esto no es poco decir, ya que en La Laguna hay que aprender a jugar bajo temperaturas de 35 a 40 grados. Sin querer, llegué a tener pues una condición física de maratonista.

Cuéntame tu historia como futbolista llanero, en La Laguna. Seguro que entre tus equipos existió algún Potro Silveira, un árbitro Zamudio o un Salvador Izquierdo.
Jugué en varios equipos de los torneos organizados por las escuelas secundarias de la región y por el IMSS de Gómez Palacio, Durango, la ciudad lagunera donde nací y viví hasta los trece años. En ese entonces “el Seguro” apoyaba mucho el deporte y yo aprovechaba sus instalaciones, sobre todo la alberca y el campo de futbol. Con mis amigos del barrio o de la secundaria también participé en varios torneos; no fui tan mal jugador, y hasta creo que de haber tenido mejor orientación pude llegar al menos al ámbito semiprofesional.  Ahora bien, los personajes de mi narrativa futbolera son inventados, ninguno calca la realidad, aunque es extraño: si uno se asoma a los llanos y ve y escucha a los jugadores, al entrenador, al árbitro, al público, descubre que la ficción no es tan ficción, que en la realidad los jugadores viven el deporte amateur con una pasión no exenta de cierta épica y comicidad, como creo pasa en mis cuentos.

¿El equipo Santos te transformó en pambolero o cómo es que preferiste el balompié por el beisbol?
Mi padre jugaba beisbol, y por ello el ambiente familiar estaba muy impregnado de ese deporte. Él nos llevaba los domingos a los diferentes lugares donde se desempeñaba como primera base y cuarto bat. Tenía mucho poder, era jonronero. Recuerdo esos domingos como algo maravilloso, los hijos de los peloteros tomábamos los arreos sobrantes (guantes, pelotas, bates) y hacíamos cascaritas beisboleras aledañas. El beisbol era jugado sobre todo en el medio rural lagunero, en llanos enormes, casi como pampas sin pasto, de tierra buena para correr, sin piedrecilla agresiva. Se marcaban muchos campos con líneas de cal y aquellos sitios se convertían en polideportivos improvisados, dominicales. Uno de esos lugares estaba en el ejido Jabonoso, donde recuerdo que a mis nueve o diez años (1973 o 1974) en vez de ver el beisbol me iba a ver el futbol llanero. Allí comenzó mi enamoramiento, cambié la loma de las serpentinas por las porterías. Hoy, sin embargo, me encantan el fut, el beis, el box (vi mucho box), el futbol americano, la lucha libre. Todo como espectador.

¿Te gusta la literatura del balompié? ¿A quién lees?
Sí, me gusta. La mejor y más abundante es la argentina, sin duda. Tras mis viajes a la Argentina, además de libros sobre otros temas he ido armando una buena biblioteca de narrativa futbolera. Admiro y leo a Fontanarrosa, Soriano, Sasturain y Sacheri, y creo que tengo todos los libros que han escrito sobre la materia. De México es notable la labor de Villoro como cronista/ensayista futbolero y de Marcial Fernández como escritor/editor. Ficticia, su editorial, tiene incluso una invaluable Biblioteca del Futbolista.

¿Cómo nace tu libro Polvo Somos?
Polvo somos (treinta relatos futbolísticos) fue un libro que se armó solo. Durante los mundiales de 2006 y 2010 decidí alimentar mi columna periodística del diario Milenio Laguna con relatos pamboleros, de allí salió la mayor parte del libro. Luego, poco a poco, escribí algunos relatos más y un buen día me di cuenta de que ya tenía treinta piezas. Todo fue que Julián Romero y Gilberto Prado, de editorial Axial-Colofón y Arteletra, respectivamente, me dijeran que podíamos publicarlos para que yo los puliera un poco y me animara. El libro salió en enero de 2014.

Aunque el libro Polvo somos explica un poco su razón de ser, ¿cómo es que lo dividiste en tres partes?
Los primeros diez relatos fueron escritos en 2006, mientras ocurría el mundial de Alemania; estos forman la primera parte del libro, y creo que se les nota un tono y un ambiente parejos. Otros tantos fueron escritos entre 2010 y 2012, los que forman el segundo tranco del libro, y también creo que tienen cierta unidad en su tono, son menos populacheros/paródicos que los primeros diez. El último relato, que es el más largo y el que creo mejor articulado de la serie, ocupa la tercera sección; este cuento lleva como título “Mancha sobre mi padre” y al parecer hay interés de unos jóvenes cineastas por convertirlo en largometraje.


En los 30 relatos manejas personajes como Rogaciano Tlahualilo, el Agujita, el Halcón, el Trucutrú, La Saeta y Manuel Mijangos, entre otros. ¿Algunos fueron reales o todos salieron de tu imaginación?
Todos salieron de mi imaginación, pero sé que en mi subconsciente laten como personajes reales, como personajes vistos o leídos o soñados en algún momento de mi vida.

¿Conoces a Oribe Peralta?
Sólo de lejos, en el estadio de Santos Laguna, donde lo vi anotar muchos goles. Conozco, eso sí, el ejido donde nació, La Partida, del municipio de Torreón. Un ranchito como los muchos que tenemos acá, donde siempre hay campo de beis y de fut y donde se juega a 40 grados bajo el sol. Y sí, la vida de Oribe da para novela. Es increíble todo lo que ha hecho y el orgullo que ha dado a México. Y el tipo no se la cree, no anda por la vida fanfarroneando lo que es. En este sentido, creo que es un lagunero químicamente puro, un sujeto al que le cuadra el bajo perfil: goles, no palabras.

Pareciera un personaje salido de tus cuentos.
Sí, la única diferencia es que mis personajes se mueven en la órbita del amateurismo y en general bordean el fracaso, la ordinariez. Oribe es un profesional de excelencia y ha sido el más exitoso jugador de futbol que ha dado La Laguna en su historia.

A comparación de los escritores sudamericanos, pocos mexicanos se atreven a escribir de futbol. Y sólo algunos se animan al cuento.
No son tan pocos, pero es cierto que los sudamericanos (argentinos, uruguayos, chilenos) lo han asumido sin complejos como tema. Ahora bien, siempre o casi siempre el futbol es el pretexto para tocar otros asuntos como el fracaso, la traición, la venganza, la envidia, es decir, lo humano. En México no son tan pocos, como lo demuestran las antologías de editorial Ficticia. Lo que pasa es que salvo Villoro, nadie ha sido consistente en el tratamiento de este tema, escriben uno o dos cuentos, una novela, y ya, pasan a otros asuntos.

¿Tú editaste el libro? ¿Difícil tratar con editoriales?
Ayudé, sí, pero no fui el editor, sino mi querido amigo Julián Romero, de Colofón. En general he tenido suerte con mis editores. Siempre he establecido una relación amable con ellos. Como yo edito, sé que no hay nada más molesto que un autor molesto, de esos que no cooperan o quieren cooperar demasiado, decidirlo todo.

¿Por qué dominan Juan Villoro, el portero Félix Fernández y el argentino Jorge Valdano?
No creo que dominen al grado de ser los más visibles. Creo que al menos a esa lista debemos sumar a Galeano (con su libro clásico), a Fontanarrosa, a Sasturain y, sobre todo, a Sacheri, el narrador que mejor tratamiento ha dado al cuento futbolístico. Ahora bien, el primer escritor latinoamericano que metió el futbol en un relato fue Horacio Quiroga con “Juan Polti, half-back”, ¡publicado en 1918! Se trata de un cuento espléndido, uno de los mejores de Quiroga, y trata sobre un jugador real, Abdón Porte, que se suicidó en medio de la cancha del Nacional, en Montevideo.

Además de Polvo somos, tengo entendido que has escrito otros libros sobre el futbol.
En 1999 publiqué, en edición casi casera, La ruta de los Guerreros, vida pasión y suerte del Santos Laguna. Tuvo un tiraje corto y se agotó de inmediato. En ese libro revelo las primeras andanzas del equipo lagunero, sus primeros 17 años. También he escrito muchos artículos y ensayos variopintos no recogidos en libro, sino en periódicos y revistas.

En Torreón hay historias de futbol dramáticas, como el triunfo de la Sub 17 ante Alemania, en 2011. Cuando Espericueta y la Momia convirtieron el TSM Corona en un manicomio. También la vez que se dieron disparos y los jugadores salieron corriendo por todos lados.
Por dos razones muy distintas, esos dos hechos son inolvidables. Yo estaba en Buenos Aires cuando se dieron los disparos. Recuerdo que veía un noticiero en un restaurante y un corresponsal cubría la nota. Pensé: “No puede ser, eso ocurrió a diez minutos de mi casa”.

¿Recuerdas otras historias?
Los campeonatos, sin duda, pero sobre todo el subcampeonato que logró Santos Laguna en el Corona, estadio ya demolido. Por primera vez en la historia en las calles de La Laguna se desbordó una extraña sensación de triunfo.

¿Qué sigue en la tinta de Jaime Muñoz?
Sigo escribiendo de todo un poco. Alimento una columna que aparece dos veces a la semana y tengo un par de colaboraciones mensuales en dos revistas, una de La Laguna y otra de Buenos Aires. Además, trabajo como editor y maestro en la Universidad Iberoamericana Torreón. Junto a esto, sigo con mis libros. Este año, ya pronto, saldrá la reedición en el DF de mi libro Ojos en la sombra, y a ver qué más.

¿Algo que quieras comentar?
Sólo enormes gracias.

miércoles, abril 08, 2015

Montaje bufo











Quizá es mera paranoia, pero desde hace varios años me persigue como un zumbido en la cabeza la idea de que todo estallará. No sé cuándo, no sé cómo, pero al menos quiero compartir sinceramente lo que siento a partir de lo que veo, oigo y palpo. Con una maestría casi indetectable, quienes han saqueado y siguen saqueando a México han logrado, por ejemplo, lo que se creía imposible: convencer al electorado de que las elecciones son fundamentales aunque ya no muevan nada.
El abstencionismo que antes era visto con horror y parecía el enemigo a vencer en cada proceso electoral, ahora es bienvenido porque su llegada es, desde ya, obvia. ¿Alguien con su razón todavía en uso puede avizorar un futuro electoralmente participativo y entusiasta? Más allá de que son comicios “intermedios”, comúnmente menos ajetreados que los sexenales donde se juega la presidencia del país, el ambiente se nota aguado, vaciado, hueco a más no poder.
Quizá con alguna honrosa excepción, los candidatos cuadran en esta tipología: a) los que van por algo seguro para ellos y para sus partidos; b) los que van a ver si cae algo y c) los que no tienen esperanza alguna pero de todos modos aparecen sonrientes en un póster. Su discurso es esencialmente idéntico, como podemos comprobarlo si vemos un espot: antes de que salga el logo del partido que lo lanza, es posible atribuir las palabras a quien sea, pues todos hablan de salvar-renovar-mejorar-cambiar-etcétera a México, a la familia, al empleo, a los recursos naturales.
No importa nada, el juego electoral es una pachanga funcional a los intereses de quienes tienen el control. Las elecciones no sirven para salvar-etcétera a México, sino para legitimar la rapiña imparable. ¿Al final del trámite quién puede quejarse? ¿Acaso no vimos todos que hasta los partidos más pequeños tuvieron sus dos minutos de gloria en los medios?
La participación electoral es hoy más insustancial que nunca. En el pasado de partido todopoderoso y casi único al final de las elecciones quedaba siempre en el aire el problema de la legitimidad. Las agrupaciones contrincantes reclamaban fraude, y eso derivaba con frecuencia en imposición de ganadores a grito y sombrerazo. Hoy no se requiere ya ni eso. En México llegamos al extremo de contar con elecciones que en lugar de provocar cambios y dinámicas de renovación, paralizan el presente y pudren el futuro.
Hace muchos años pasó la oportunidad de cambiar. La lid electoral es hoy un montaje bufo.

sábado, abril 04, 2015

Una rodilla en apuros











La corrupción no toma vacaciones. Así sea semana santa, los usufructuarios de la riqueza nacional dan de qué hablar y no permiten descanso al humor involuntario expresado en sus disculpas y sus justificaciones. Como si fuera el carrusel del pretexto, todos salen administrativamente ilesos y continúan con la labor depredatoria de costumbre.
Para sazonar estos días santos con la pimienta informativa del abuso, ahora le tocó a David Korenfeld, director de la Conagua, subir al escenario y salir con tres respuestas dignas del cinismo ya característico en el peñato. Para empezar llama la atención el instrumento elegido para “aclarar”. En vez del seco boletín redactado por algún subalterno experto en sutilezas retóricas, el director Korenfeld apeló a Twitter. Esto inquieta: ¿un funcionario puede usar recursos públicos (no una escoba, sino un helicóptero) y si es pillado justificarse mediante Twitter? Lo más probable es que no, que eso de salir con explicaciones tuiteras lejos de exculpar deben hundir más al funcionario si viviéramos en un país normal. Hundirlo hasta el despido o, en un ilusorio plano de decencia que en este caso no existe, hasta la renuncia.
Los mensajes son tres perlas no sólo porque fueron escritas forzadamente, sólo porque el delito fue revelado oportunamente. Es decir, un viaje de rutina en helicóptero se convirtió en malestar que requería una breve ráfaga de mensajes, estos: “Tal y como se informó, el estado de salud de mi rodilla y cadera se han ido agravando y requiero tratamiento médico”; “Cometí un error inexcusable al utilizar un helicóptero de Conagua para transportarme al AICM. Ofrezco por ello una disculpa pública” y “He procedido a cubrir el costo por la utilización del helicóptero, mediante depósito a la Tesorería de la Federación”.
¿Qué es Twitter en las manos de un funcionario? Esta pregunta no es inocente, pues nos pone frente a una nueva realidad. ¿Twitter es una herramienta personal o institucional? ¿O las dos cosas? Si en el caso que nos ocupa es personal, ¿por qué su usuario la emplea para dar a conocer noticias relacionadas con su trabajo en Conagua? Evidentemente fue usada en este caso de manera personal, para aceptar que cometió un “error” y para informar que su rodilla (con foto) y su cadera sufren problemas que requieren atención médica. Bien, si es así y dado que él mismo elevó el tema de la rodilla a asunto de interés nacional, no es mala idea que siga en Twitter su comunicación al respecto. Muchos queremos saber más sobre su rodilla.
Eso, claro, no ocurrirá. Todo fue una salida de emergencia, un choro.

miércoles, abril 01, 2015

Duodecálogo del perfecto desafanador tuitero



No una, ni dos, ni tres, sino muchas veces son las que he escrito tuits sobre la inmediata posibilidad de no amargarse la existencia en tuiter. Si la base de su encanto está en la posibilidad que tenemos de leer y ser leídos (no me refiero al número de seguidores, sino al acto mismo de leer y ser leído), nada más hermoso que elegir a quién leer y a quién “nos siga”. Por eso me parece un autogol innecesario quejarse elípticamente, en tuits maliciosos, que tal o cual “seguidor” nos fastidia en los dos sentidos: como seguidor y como seguido. Es increíble. Como si no existieran los botones “no seguir” y "bloquear". Su uso demanda molestísimos dos segundos. Parece pues que no queda claro, por eso lo enfatizo aquí: no hay razón para quejarse de un tuitero, pues las dos herramientas mencionadas quitan de problemas al instante. Y hay otra, la más importante a mi juicio: el botón “seguir”. Gracias a él tenemos el poder total sobre lo que deseamos consumir en la red social del pájaro azul. No hay que ser, entonces, ingenuos. Si hallamos placer en seguir a quienes no nos simpatizan o si nos place no seguir a nadie (como Alfredo Jalife-Rahme, @AlfredoJalife, quien tiene hoy, 4 de junio de 2012 a las 10:08 pm, 6982 seguidores y 1 seguido; le tomé foto), es una decisión personal respetable, tanto como la contraria: tener 1 seguidor y seguir a 6982.
Para dar una idea general de lo que podemos hacer si algo nos molesta en tuiter, no creo impertinente ni tosca la elaboración de este “Duodecálogo del perfecto desafanador tuitero”. Nadie está obligado a nada aquí; de lo que se trata es de elegir con plena libertad, usar el control casi como zapping televisivo.

1. Que es un tuitero con ideas políticas que aborrezco: no seguir o bloquear.

2. Que es un tuitero que siempre escribe sobre el mismo tema: no seguir o bloquear.

3. Que el tuitero, sin razón visible, nomás porque sí, me caga las bolas: no seguir o bloquear.

4. Que es un tuitero que siempre escribe sobre mil temas: no seguir o bloquear.

5. Que es un tuitero que se las quiere dar de muy culto: no seguir o bloquear.

6. Que es un tuitero que se la pasa escribiendo frivolidades: no seguir o bloquear.

7. Que es un tuitero que nos quiere "imponer" su música: no seguir o bloquear.

8. Que es un tuitero que sólo se la pasa retuiteando: no seguir o bloquear.

9. Que es un tuitero que se la pasa pensando en sexo y demás peladeces: no seguir o bloquear.

10. Que es un tuitero que jamás habla de sexo y demás peladeces: no seguir o bloquear.

11. Que es un tuitero que me cae mal como persona: no seguir o bloquear.

12. Que es un tuitero que manda mil tuits al día: no seguir o bloquear.

13. Que es un tuitero que manda dos tuits al mes: no seguir o bloquear.

14. Que es un tuitero que tiene una verruguita que no me agrada: no seguir o bloquear.

15. Que es un tuitero sin avatar confiable y seudónimo mamilas: no seguir o bloquear.

16. Que es un tuitero que me agrede sin motivo: no seguir o bloquear.

17. Que es un tuitero con millones de seguidores: no seguir o bloquear.

18. Que es un tuitero con 16 seguidores: no seguir o bloquear.

19. Que es un tuitero que cree en la quiromancia: no seguir o bloquear.

20. Que es un tuitero que escribe duodecálogos del perfecto desafanador tuitero: no seguir o bloquear.

sábado, marzo 28, 2015

Cumbres cochambrosas















Como lo señaló brillantemente Enrique Serna en un artículo publicado hace poco en Letras Libres, los nuevos ricachones de la patria no hallan en qué letrina vaciar sus flamantes y miserables abundancias: “Pero el exceso de codicia es incompatible con la discreción y el tacto político. El dinero fácil tiene prisa por relucir, y de hecho, quema las manos a sus poseedores. Para un político recién llegado a la opulencia debe de ser un suplicio atroz tener que ocultar su enorme capital en una cuenta bancaria de las Islas Vírgenes. Lo mismo le sucede a una estrella de telenovelas con sueños de grandeza. ¿Por qué resignarse al modesto lujo de una primera dama si desde niña soñó con un boato imperial?”
Aunque en esto no hay reglas, la prisa por exhibir los lujos inaccesibles para el populacho crece en función de la edad. Esto es lo que explica el fenómeno de los “mirreyes” mexicanos, jóvenes que han encontrado en las nuevas plataformas de la comunicación el medio idóneo para difundir los lujos a los que acceden, el “estilo” de vida que los caracteriza. Mientras sus padres se parten el lomo engrillando hordas de obreros o simplemente saqueando arcas públicas, ellos invierten su tiempo en bombardear redes sociales con fotos que dan fe de fiestas, viajes y demás andanzas sin límite de goce material.
Insuperablemente huecos, tratan de que todo lo que hacen quede vinculado con los símbolos del poder y los negocios en los que se mueven sus familias. No hay, por ello, instantes de sus versallescas vidas que puedan ser contaminados por la mesura o la naquez. Si viajan, por ejemplo, sus selfies tienen que dejar ver al fondo yates de Marsella o edificios neoyorkinos, no pirámides de Teotihuacán o trajineras de Xochimilco, y si estudian no pueden dejar de mencionar que se preparan en los colegios más caros entre los caros.
El video que hicieron unos bichos de esta fauna, convertido en tema señero de la semana, muestra a la perfección la mentalidad que abraza el mirreynato. En el clip, cinco chicos que están a punto de egresar del Instituto Cumbres México hacen un casting degradante para calar la calidad de las chamacas que podrán acompañarlos en la graduación.
Las autoridades del instituto señalaron que el video “no representa los valores y principios del colegio”, pero uno ya no sabe. Llevan ya dos videos y los chicos no dan trazas de cambiar su perspectiva. En otras palabras, parece que se sienten cómodos propalando quiénes son y qué apetito los alienta.

miércoles, marzo 25, 2015

Hacer la lucha












Tengo 45 años afectivamente cerca de la lucha libre, desde que con mi hermano Luis Rogelio asistía a todas las matinés del cine Elba casi exclusivamente para ver las del Santo. Junto con eso, fui a muchas funciones en mi niñez y con los años el gusto por este espectáculo me sobrevivió a tal grado que desde hace dos décadas casi no pasa semana sin que me apersone en alguna de las muchas arenitas de La Laguna. Sé, pues, lo que es, y aquí no voy a ponerme pesado y explicar que es esto o aquello, que teatro o deporte y todo lo que suele decirse al abordar el tema. Sé lo que es, insisto, y sólo añadiré esto: como anulé el televisor desde hace mucho, voy a la lucha porque es económica y se trata de la única salida más o menos social que tengo. Lo demás es trabajo frente a la computadora, encierro vinculado a la escritura, la edición y la docencia.
Dados esos largos años viendo lucha en La Laguna, me queda claro que doy total preferencia a la lucha lagunera practicada en algunos casos de manera casi amateur. Esta es la razón por la que trato con algo de indiferencia la llamada triple A, un espectáculo que por lo general goza de mayor proyección comercial y por ello de mejores bolsas para los luchadores. A ésa no asisto, así que ignoro qué tanta seguridad hay en todos los sentidos: para el público y para los deportistas.
De la otra lucha puedo opinar que se desarrolla casi con las uñas, sin grandes dividendos para nadie. Eso es, quizá, lo que me atrae de ella: noto que quienes contienden están allí por una mezcla genuina e irregular de gusto por el deporte, afán lúdico y necesidad económica. Son, casi todos, compas que uno puede tratar en la ferretería o en la miscelánea, que uno puede toparse en cualquier sitio porque son choferes, obreros, raza de trabajo. En la lucha ganan un pesito extra y aunque el asunto conlleva riesgo, se divierten y se ven obligados a entrenar, a no soltar las pesas y a seguir fatigando lona.
Así entonces, en las funciones, por ejemplo, de la Plaza de Toros Torreón y de la Arena Olímpico Laguna de Gómez Palacio jamás he visto, porque costaría contratarlos, policías en los pasillos o servicios médicos con ambulancia a la puerta. Como quien dice, es un espectáculo que se autorregula, y aunque básicamente se trata de un juego, he visto incontables golpes y lesiones que en general no llegan a tener consecuencias fatales.
Lo que ocurrió en Tijuana el viernes es una tragedia, sin duda. Queda a las autoridades indagar si en esas funciones, por el cartel y el alto precio de las entradas, debe exigirse atención médica inmediata y profesional, y tomar medidas. Lo que en definitiva no puede hacerse es atribuir culpa al luchador oponente. Eso es absurdo en este caso.

Nota: Tomé la foto que acompaña este post el domingo 22 de marzo a las nueve de la noche, un día después de la muerte del Perro Aguayo hijo. En la imagen se aprecia la reunión de luchadores para rendir un minuto de aplausos al colega recién fallecido en Tijuana. Al lado del ring aparece mi amigo Beto Rubio tomando video del momento.