sábado, mayo 28, 2016

Beisbol















Todo comenzó casualmente porque todo comienza casualmente, si nos fijamos bien. Yo había llegado a La Laguna apenas tres semanas antes y estaba en el proceso de adaptación en todos los sentidos: en el cultural, muy sencillo porque aquí la gente es afable y muy fiestera, y en el climatológico, más difícil porque en esta región hace un calor de su puta madre y como vengo de Cuernavaca no estoy acostumbrado. Mi único contacto era César, un primo chilango que de casualidad vino a caer en Torreón también por motivos de trabajo. Él fue quien me consiguió el departamentito en el que vivo. No tiene buen aire acondicionado y cuando estoy en él casi me siento brócoli en vaporera, pues estamos a finales de mayo. Tras llegar del trabajo procuro entonces escaparme un rato, no habitar entre estas paredes que parecen placas de metal al rojo vivo. Descubrí una cantina a dos cuadras, aunque esto no es meritorio pues casi cada esquina de Torreón tiene un bar adecuadamente refrigerado donde tramitan las cervezas más frías del universo. Allá me dirigía cuando llamó César. Que si lo acompañaba al beisbol, dijo. Agregó que iría con su jefe del trabajo. Dudé en aceptar, pues de beisbol no sé nada y me importa un pito, pero César insistió. Entonces accedí y media hora después íbamos en su coche a las inmediaciones del estadio donde nos encontramos con su jefe, un señor sonriente y pelón. Pero eso no era lo importante, sino sus dos hijas veinteañeras, unos cromos, casi dos modelos. Entendí la tirada de César. Lamentablemente quedamos colocados en un orden que me hizo imposible la comunicación con Bianca, como se llamaba la que quedó libre. Era impresionante: encantadora, usaba una gorra con la L bordada del Laguna y celebraba las buenas jugadas del equipo. Bebía cerveza delante de su padre y se mordía un poco la punta de las uñas cuando había tensión en el terreno de juego. Quise caerle a como diera lugar, pero sólo al final del partido pude cruzar dos o tres palabras con ella. Me llamó la atención que hubiera retenido en la cabeza todo el juego, que ante mí lo analizara mientras salíamos del estadio. Nuestro mánager debió ordenar toque de bola para avanzar al corredor, no había out, allí estaba la carrera del empate, dijo. No entendí nada, pero era delicioso escucharla, sentir de cerca su examen del partido, la explicación de la derrota propinada al equipo local, su sincera molestia de fanática. César me dejó en el depa y lo primero que hice fue abrir la computadora y conectarme a internet. Ahora era indispensable aprovechar las noches y aprender, pese al calor, todo lo posible sobre beisbol, mi deporte favorito desde hace aproximadamente media hora.

miércoles, mayo 25, 2016

Enjambre
















Los bomberos ya no pueden acceder a la zona de desastre. La colmena ha crecido tanto que tapó las bocacalles y ante esta contingencia ha sido necesario solicitar la ayuda del ejército. Hay un zumbido enloquecedor, incesante, casi estruendoso. Yo quedé encerrado en casa y puedo ver las figuras geométricas del panal untadas a la ventana de mi sala. Por temor a los ladrones hace mucho mandé colocar un vidrio de doce milímetros y eso ha impedido, creo que de milagro, el acceso de las abejas. A otras casas han entrado por allí, precisamente: con toda claridad escuché el ruido de los vidrios, su estallamiento ante la fuerza indetenible del panal. También oí los gritos de dolor de varios vecinos seguramente acribillados a picotazos. Y pensar que todo esto comenzó con un pequeño tumor de árbol. Lo detecté de inmediato: había un hoyito en el tronco y allí formaron su primera colonia. Poco a poco vi el avance de ese bulto y un buen día, cuando sentí que dos o tres abejas me sobrevolaban demasiado cerca, llamé a la línea de emergencia en Torreón. Me contestó una señorita amable que sin más encaminó la llamada hacia el departamento de bomberos. Allí, un hombre me pidió los datos, el domicilio y eso. También me preguntó que si yo tenía detergente en polvo. Le dije que sí. Prometió que una cuadrilla de bomberos vendría en seguida. Tras colgar pensé en lo obvio: ¿por qué piden detergente a los ciudadanos? ¿Qué los bomberos no tienen un equipo y agentes químicos para someter enjambres? En fin. Busqué la bolsa en el cuartito de lavado, y esperé. Nunca llegaron. Volví a llamar. Me tomaron otra vez los datos, les dije que ya tenía el detergente preparado, y prometieron visitarme de inmediato. Pero nada. Llamé diez veces más, y lo mismo. Una tarde de domingo el panal comenzó a crecer desmesurada y velozmente, tanto que del árbol callejero pasó a invadir la otra acera. Su tamaño se volvió monstruoso. Llamé de nuevo al número de emergencia, pero la llamada se cortó. Luego se fue la electricidad y comencé a escuchar los alaridos de dolor de mis vecinos. Atranqué bien la puerta y desde el grueso vidrio de mi ventana vi el avance del panal que a ritmo frenético comenzó a tapar coches, casas, plantas, arbotantes. Probé una llamada con mi celular, y la señal entró débil. La señorita volvió a canalizarme con los bomberos. A gritos pedí que vinieran, que el panal ya había devorado toda una cuadra. Ahora sí hicieron caso y me solicitaron no cortar la comunicación, por si yo era el único testigo vivo encapsulado en el enjambre. Por el mismo teléfono me comunicaron después que ya no podían hacer nada. Llamaron entonces al ejército y en eso están ahora. Me acaban de informar que un comando espacial con lanzallamas ha comenzado sus maniobras. Mientras eso ocurre, acá sigo mi reporte.

sábado, mayo 21, 2016

Dirección














Tenía la cara medio chueca, las cejas muy pegadas y la mandíbula tan salida como la de ciertos pescados tendidos en el súper sobre hielo sucio, así que con ese sujeto no me esperaba nada bueno. Nos citamos en un Oxxo para negociar la venta del coche, y hasta que estuve allí me di cuenta de que había sido una pésima decisión. Todo comenzó con el anuncio clasificado. Anoté el teléfono y llamé. El tipo me preguntó que por dónde vivía y cometí el error de decirle que en el rumbo de Fontaine Residencial. Ah, bueno, dijo, si quiere nos vemos hoy a las cinco en el Oxxo que está sobre la calle tal y tal. Accedí. Unas horas después nos encontramos en las bancas de esa tienda bien refrigerada, él con una Coca de vidrio y yo con un bote de té. El tipo se mantenía inmóvil, sentado como ídolo prehispánico, con los dedos cruzados sobre la mesita, casi como si orara frente a su botella de medio litro. En su cara ladeada sólo se movían los ojos a veces para parpadear y a veces para mirar hacia el ventanal, misteriosamente. Le agradecí de entrada, y sólo por decir algo, que hubiera venido hasta acá, pero nomás afirmó imperceptiblemente y sin modificar la jeta de acritud. Cuesta sesenta mil fierros, pero podemos negociar, soltó sin más. Me gustaría verlo, le respondí. Preparado para el caso, desenfundó del bolsillo de la camisa tres fotos asquerosas, manoseadas. Las tomé como quien toma un murciélago y las vi: allí estaba, desde tres ángulos distintos, el Jetta color plata que anunció en el diario. Pero necesito verlo “en persona”, añadí para hacerme el gracioso, y el tipo siguió igual, serio y con la cara como de mono de Picasso, de frente y de perfil al mismo tiempo. En ese momento recordé a mi amigo Manuel, quien sabe de coches y me sugirió una ayuda que de inmediato decliné. Gracias, Manuel, le dije a Manuel, pero no tiene chiste comprar un carro. Ahora yo veía que sí, que tenía chiste. Deme su dirección y se lo llevo para que le eche un ojo, dijo el tipo. Bueno, es calle tal número tal colonia tal, respondí y otra vez noté tarde el error. Bueno, se lo llevaré mañana para que lo vea, dijo, y agregó sin un solo titubeo que el carrito no tenía papeles. ¿Cómo, no tiene papeles?, pregunté azorado. No, no tiene, los perdí, por eso se lo ofrezco tan barato, en realidad cuesta como 150 mil. Por supuesto, y como mal negociante, reculé demasiado tarde: sin papeles no me interesa, muchas gracias, dije con ánimo de salir corriendo. Mire, amigo, vea el mueble, le gustará —dijo con voz serena y cascada, luego dio un traguito a su bebida y continuó—: mañana lo busco en su casa, ya tengo la dirección.

miércoles, mayo 18, 2016

Síndrome




















Los curiosos le llamaron “Síndrome de Guajardo” en honor a Olegario Guajardo, el médico que lo descubrió. Fue, por supuesto, una noticia que alborotó el morbo público, pues nadie dio crédito a la descripción del facultativo. Según sus declaraciones, a su consultorio habían llegado los padres de un niño que luego de los siete años manifestó un extraño padecimiento: sus brazos comenzaron a perder densidad y a volar, casi como si fueran globos con helio. Obviamente no lograban elevarlo, pues el peso de cabeza, tronco y piernas lo impedía, aunque tenían la tendencia a subir hasta que las palmas de las manos sobrepasaban por mucho la coronilla. El pequeño debió mantener las manos en los bolsillos, de alguna manera se acostumbró a eso y en cierta medida todavía pudo hacer una vida normal. La situación se complicó cuando la levedad comenzó a manifestarse en la cabeza: según la propia descripción del niño —cuya identidad, no está de más señalarlo, mantenemos en secreto para no afectarlo—, sentía que el cráneo jalaba hacia arriba y le producía un intenso dolor de cuello, pero otra vez sin lograr la levitación pues el tronco y las piernas mantenían su estado normal: seguían siendo atraídos por la gravedad. En esa circunstancia la situación ya se había tornado muy difícil, y los padres anticiparon lo peor. No se animaron a buscar especialistas por temor a ser tildados de mentirosos, y dejaron pasar varios meses. Fue así como llegó el peor escenario: la condición de globo gasificado llegó al tronco del niño y con esto una sensación de independencia con respecto de las fuerzas atractivas del planeta: el niño pegaba saltos similares a los que pudieron dar los astronautas en la luna. Los padres vieron esto con una mezcla de miedo y simpatía, así que decidieron confiar en que se trataba de un mal pasajero. No lo fue tanto, sin embargo. Pasadas unas semanas, como si el niño se hubiera vaciado de masa, las piernas también tendieron a flotar, de suerte que todo el cuerpo experimentó “la sensación”. Los padres se llevaron esta mayúscula sorpresa: una mañana el niño amaneció pegado al techo, lo que hizo imposible pensar en sacarlo al aire libre sin algún anclaje. Cuando estaban confeccionando unos zapatos con barras de plomo en la suelas, el niño comenzó a ganar de nuevo su peso natural: piernas, tronco, cabeza, todo adquirió la densidad primigenia. Fue en ese momento cuando lo llevaron con el doctor Guajardo, quien al principio no creyó la descripción y luego —algunos dicen que deseoso de celebridad pues su consultorio de traumatología venía a menos— hizo público el asunto, con lo cual provocó un escándalo que por suerte sólo tuvo eco en una columna harto proclive a la ficción.

sábado, mayo 14, 2016

Monóxido












Salimos de Gómez Palacio rumbo a Durango, capital de una provincia que lleva este mismo nombre. Se supone que íbamos alegres y por eso nos obligábamos —sin mucho batallar, hay que aceptarlo— a ejercer la camaradería. Éramos 22 en total, todos asistentes a un encuentro de escritores. La comitiva estaba configurada por cinco catalanes (a la sazón invitados especiales, entre los que me contaba yo), dos regiomontanos y el resto duranguenses. El caso es que todos fuimos concentrados en Gómez Palacio y trepamos al camión llenos de júbilo literario. La alegría, sin embargo, amainó de inmediato, pues afuera pegaba un calor de cuarenta grados a la sombra y el decrépito bus carecía de sistema refrigerante y de cualquier otro vestigio de comodidad. Apenas avanzó unas cuadras y ya iba convertido en baño turco. Pensábamos que eso sería terrible porque no sabíamos lo que vendría unos kilómetros después: el monóxido producido por el motor era expulsado hacia dentro de la máquina, lo que produjo estragos fulminantes en el grupo. A la media hora de camino ocurrió lo inesperado: un poeta murió de asfixia. Hubo un breve caos, gritos acaso algo histriónicos, y la solución vino cuando habló un ensayista de Durango: "Hay que tirarlo en la carretera". Esta moción fue apoyada por un catalán con un argumento histórico: "Cierto, hay que tirarlo como tiraban a los muertos en altamar durante la era de los descubrimientos". Un narrador celebró la brillantez de la idea: "Tienen razón: estamos en el Triángulo Dorado y aquí no es raro que la autoridad encuentre muertos a la vera del asfalto. Nadie notará nada extraño". Así entonces, a medida que avanzaba el bus iban cayendo uno tras otro los escritores: un poeta más, un narrador, otros dos poetas (catalanes ambos), otro narrador, un ensayista, y todos iban siendo arrojados al lado de la carretera, casi como bultos que caen por accidente de un camión repartidor de patatas. Cerca del final los escritores sobrevivientes se sentían ya victoriosos ante la muerte pero poco antes de llegar a Durango los alcanzó un patrullero de la Policía Federal de Caminos. De los veintidós escritores que habían salido de Gómez Palacio, siete seguían vivos. El policía les dijo que detectaron el camión homicida porque fueron siguiendo la pista de cadáveres. Ante esas palabras, un narrador especialista en literatura infantil se lamentó: "Cometimos el error de proceder como Hansel y Gretel". El mejor resumen de esta experiencia lo tuvo un columnista de policiales: "Este caso comprueba que los poetas son más sensibles que los narradores, y que los ensayistas, como casi no tienen lectores, cuentan con mejor condición que los demás para resistir jornadas terriblemente adversas". Al final, no es ocioso señalarlo, el encuentro se celebró con éxito y fue dedicado a la memoria de los escritores caídos. O, más precisamente, a la memoria de los escritores arrojados.

miércoles, mayo 11, 2016

Básquet















Formó el equipo de básquet con diez jugadores, para disponer de cambios. Había dos altos (arriba del 1.90 es alto para estas ligas), cinco de estatura normal y tres bajitos. Se supone que era una restauración, o casi, del cuadro que habían tenido en la selección de secundaria. Dos, los altos, eran refuerzos, y con eso intentarían ganar el torneo de veteranos. Juan fue quien los entusiasmó. Juan y Facebook, más bien, pues todos se habían localizado luego de treinta años sin saber nada de nadie. ¿Y si nos juntamos otra vez?, les dijo. Para motivarlos subió una foto descolorida en la que se veían todos borrosos, pero no el trofeo del campeonato que ganaron una vez. ¿Recuerdan el equipazo que formamos?, insistió Juan. Así, los demás, incluso Lugo, comenzaron a interesarse luego de las preguntas y la foto. Juan movilizó la organización. Él inscribiría al equipo y él se encargaría de comprar los uniformes, pues no por nada era ya un microempresario próspero. El entusiasmo fluyó entonces en Facebook, tanto que por unanimidad decidieron regalarse una junta previa de preparación y quizá, más adelante, otra de entrenamiento. Y así lo hicieron. Se citaron en el apartado de una cantina céntrica. Fueron llegando uno tras otro y las carcajadas no cesaron. Las burlas, todas, estuvieron encaminadas a destacar el avejentamiento. Las panzas, las calvas y las canas ya visibles en todas esas humanidades cincuentonas detonaron carcajadas estentóreas, más aún porque estaban desinhibidas con cerveza. En la primera reunión todos incrementaron su entusiasmo y varios prometieron ponerse en forma, caminar al menos en el bosque para oxigenar los pulmones. El día del primer partido se acercaba, y Juan, quien había tomado la batuta de la organización, necesitaba fotos para las credenciales. No quiso pedirlas, y buceó un rato en las cuentas de cada Facebook para localizar una adecuada de cada uno. Fue allí cuando la vio: era Irene. Estaba en la página de Lugo, hacían pareja ya. Se supone que esa Irene había sido la más bonita del salón, y Juan le cayó encima cuando se enteró que había terminado su noviazgo con Lugo. Ella lo rechazó, y al poco tiempo volvió con el mismo, con Luguito. Supo años después que cada cual hizo su vida, que tuvieron sus hijos, que Lugo incluso trabajó varios años en El Paso. Lo que no sabía era, ahora, que por alguna extraña razón se habían reencontrado. Ella no era ya la misma Irene, aunque en las fotos conservaba algo de lo que fue; Lugo, claro, tampoco era el mismo. El único que en este caso seguía igual era Juan: su envidia por Lugo había permanecido intacta durante treinta años. A ver cómo deshacía pues el entusiasmo de los basquetbolistas. Ya no quería volver a eso. 

sábado, mayo 07, 2016

Orbes
















La muerte es extraña y desconocida. Nadie sabe lo que es ella hasta que muere, y de eso hablo (¿hablo?) con absoluto conocimiento de causa, pues he muerto hace como cuatro horas y ya me tienen en la funeraria. Descanso en un ataúd muy bonito y es aquí, claro, donde la gente me verá por última vez (los que se animan, por supuesto, ya que muchos evitan asomarse para no cargar en la memoria el último rostro que deja quien se va). El muerto, en cambio, vive una experiencia sensorial muy distinta. Para empezar, uno muere y de inmediato siente una gran ligereza, como si de golpe dejara de cargar tres o cuatro bultos de cemento. Entra luego a un orbe diáfano, incoloro, vacío. Es como si de repente se convirtiera en aire, pero sin serlo. Luego, por una extraña transferencia de impresiones, sin palabras, sin instructores ni materia, se instala en el alma recién llegada al Orbe Diáfano (llamémosle así) una especie de aplicación de celular con toda la información sobre lo se puede y no se puede hacer en ese espacio sin espacio ni, se supone, tiempo. Entre lo mucho que se puede hacer está, a saber, lo siguiente, dos puntos: ver y oír todo lo que ocurre en la vida real a 324 metros a la redonda; confundirse con la materia inanimada de la vida real (ser una piedra, una cuchara, un neumático, una revista de espectáculos, un preservativo); comprender de golpe todo el conocimiento acumulado por el ser humano; disfrutar hasta el éxtasis toda manifestación artística por deplorable que sea (Arjona o la Banda Cuisillos, por ejemplo, equivaldrían a Mozart en este generoso universo) y, por último, permanecer despierto miles de horas y sólo tomar siestas de dos minutos kiltter (unidad de medida ajena al mundo terrenal) para recuperar energía. Entre lo que no se puede hacer está, en primer lugar, molestar o ayudar a los vivos; espiar la vida íntima de los o las ex; asustar a las personas en casas abandonadas, cambiar de zona de acción fuera de los 324 metros permitidos ni, por último, revivir. Otra prerrogativa del muerto es poder elegir a qué Orbe final irá. Lo malo es que esa elección se toma bajo una circunstancia peculiar: mientras el muerto habita el Orbe Diáfano, nace una pregunta en su interior. Es simple: ¿cuál es el Orbe que escoge para vivir la eternidad? En ningún  momento el muerto sabe cómo son los Orbes, así que todos eligen al tanteo. Quienes han sido malos, corruptos, bribones en la vida, eligen (no falla) un Orbe hermoso, como el cielo que imaginamos en la vida real. Ignoran que en ese lugar el placer y los lujos son insoportables, por infinitos, y duelen muchísimo. Los seres humanos normales suelen elegir un Orbe más modesto, tanto que casi siguen habitando en las tres o cuatro cuadras de su barrio.

miércoles, mayo 04, 2016

Fosfo




















Sobre la acera, del otro lado del ventanal pringoso de esta fonda hedionda a consomé del más inmundo, la joven de blusa fosforescente se pasea con el celular clavado en la oreja. Mueve las manos un poco airada, como si su interlocutor pudiera ver los aspavientos. Así hablamos por teléfono cuando estamos muy molestos, pienso. La chica camina a izquierda y a derecha sin salir del área que permite verla en el rectángulo de la ventana. Como en una pecera, pienso. Lo más notorio es la blusa fosfo, cierto, pero debajo hay una minifalda y unas piernas espectaculares y bien entaconadas. Puedo verla impunemente, pues no hay clientes en el restaurante y las señoras de la cocina parlotean entre los cacerolazos y el ruido del televisor. Terminé mi comida y apareció la joven fosfo, así que decidí marear la Coca para disfrutar el show. Se supone que no debo perder más tiempo en la comida, que estoy amenazado. “Mire, Hernández, si vuelve a faltar o a llegar tarde, vamos a tener que echarlo”, me dijo el supervisor apenas ayer. Y sí, ya debía muchas. He estado faltando porque todo se hizo bolas. Para pagar unas cosas de la casa pedí un préstamo en el trabajo. Luego no pude pagar el préstamo y tuve que buscar más chamba en otro lado. El nuevo empleo me jaló tanto que descuidé el más importante, y así pasó el tiempo y todo comenzó a crecer hasta terminar en lo que ando por estos meses: un desastre en el que debo hasta lo que no he comido. Cuando uno anda así, claro, salta a la cabeza la idea de huir. Por un raro mecanismo de la conciencia uno piensa que en algún sitio lejano está la oportunidad, la salvación, y sueña como tonto y en el sueño todo funciona a la perfección: se da el viaje, se localiza la oportunidad y en quince días cae el primer sueldo curativo. Pero la realidad respira de otra forma. Uno sabe que moverse de una posición mala pero estable es peligroso, pues puede caer en una posición pésima e inestable. El caso es que terminé comiendo puros platos de supervivencia, guisos de mierda en fondas de octava. Y hoy, mientras me metía a las tripas un arroz y otro platillo elaborado con ingredientes muy parecidos a la carne, apareció la nena fosfo y por un momento me hizo olvidar la situación. La joven no ha podido verme, y luego de varios minutos mira la pantalla de su celular. Titubea, como si se le hubiera acabado la pila o el crédito, no sé. Luego camina hacia la puerta de la fonda, me ve y viene hacia mí con cara de que pedirá un favor. Sé que no podré ayudarla, que diré no a lo que solicite —¿dinero, mi celular?—, pero al menos me dejará el recuerdo de que vi cerquita algo lindo en todos estos asquerosos días.

domingo, mayo 01, 2016

Cartapacios de un “volcán-hembra”




















Las formas de la novela son infinitas, tantas que casi no es posible hablar de forma cuando nos aproximamos a este género. En el caso de Cartapacios (Universidad Veracruzana, Xalapa, 2016, 336 pp.) de Pedro Damián Bautista, libro ganador del premio latinoamericano para primera novela Sergio Galindo 2015, encontramos un relato —dicho esto en un sentido muy amplio— articulado con recursos no convencionales, una historia que produce una rara sensación de inagotabilidad gracias a su irrefrenable ludismo.
Cartapacios está armada en cinco trancos. El primero, titulado “A modo de exordio introito preámbulo”, contiene el presente de la narración: un joven en bicicleta asedia como voyeur a una chamaca benísima que hace ejercicio en los amplios jardines de la UNAM. Esa joven es Yolanda-Antonietta, a quien el mocoso, entre peripecias que pronto revelan el registro delirante de la historia, alcanza y logra bajarle algunas encamadas dignas de feliz recordación. La postninfeta, sin embargo, emigra de la capital y deja al chico cuatro cuadernos o cartapacios donde ella pormenoriza las andanzas que le han cabido en suerte. Esos cuatro cartapacios son, como es obvio, los capítulos restantes de la novela.
A partir de este momento encaramos la vida inútil pero vertiginosamente divertida de Yolanda-Antonietta. Oriunda de Laredo, Texas —lo que de alguna manera justifica su hibridismo cultural—, Yolanda es una chica demasiado inteligente, absurdamente inteligente y sabedora de su naturaleza, tanto que se da el lujo de mantener en pie los cuatro largos diarios donde detalla cada pliegue de su existencia. La parte de su autoconciencia que más la entretiene es saberse impresionantemente cachonda y ser dueña de un poder de seducción que posibilita encamamientos con quien elija. Por supuesto, todos los varones que la conocen se la quieren, como perros babeantes, echar en un taco, pero es ella quien a fin de cuentas, como precoz cazadora, maneja las situaciones, quien controla las partidas del ajedrez lúbrico.
No podemos pedir una lógica narrativa a las peripecias asentadas en los diarios de la depredadora Yolanda. Como en el argentino Alberto Laiseca, los asuntos se van sucediendo sin anudamientos sensatos, sin relaciones de causalidad perfectamente visibles o a veces nada visibles. Lo fundamental en Cartapacios está en el desafío que Pedro Damián Bautista tuvo que afrontar para, primero, construir a una nena tan canijamente deliciosa, y, segundo, darle entidad con un estilo donde jamás decaen el humor, la acidez, los juegos de palabras, la arbitrariedad, el cosmopolitismo más chocante/exultante y el tumulto de escenas que, dicho sea de paso, colocan de golpe a este “volcán-hembra” como ejemplo señero de desinhibición y goce vital en la literatura mexicana.
Novela abiertamente antinovela, Cartapacios es, enfatizo, un desafío barroco, un buceo desmesurado a los aciertos y los deliberados disparates que pueden resguardar, en tono oral, los diarios de Yolanda-Antonietta. En todo momento, la encantadora protagonista se percibe como imán, incluso cuando no es necesario reiterarlo: “Siempre me provocó miedo y estremecimiento pasar sola a Nuevo Laredo; pasaba con alguien siempre, o prefería no ir. Esa especie de bestialidad mexicana que advertía; el desorden, la basura, lo promiscuo, los hombres en el puente sin documentos migratorios, mujeres agresivas, la pobreza inmediata, el evidente desempleo, tipos arruinados, la derrota, la hiperviolencia, las evidencias de narcos y sus miradas sobre mí”. Su capacidad para atraer la convierte en prematura experta en control de canes y otras plagas: “Los dieciséis y diecisiete años fueron de crecimiento y aventurillas. Y cuidando mi virginidad fundamental, me hice experta para apaciguar perros… & wolves. Amén”. Un tipo, el profesor de lenguas Albert Cacciari, le comparte una hipótesis que puede servirnos para cuadrar mejor la catadura de la apetecida: “Tú representas un conglomerado interesante en sí mismo, Yolanda-Antonietta; se desprende de ti una carga erótica involuntaria que pienso que desconoces y que te planta como una mujer ya adulta a tus diecisiete años, independiente del mundo; ninfeta y adulta”.
Un ejemplo más de su autocontrol lo tenemos en este pasaje (así termina el capítulo sobre Albert): “Fui a su cubículo dos o tres veces más, por la tarde, obedeciendo a una discreta señal que me daba. Vicious but delicious; se extasiaba conmigo hasta media hora sumergido, con un poderosísimo movimiento lingual y labial que me traía infinitos orgasmos hasta perderme dentro de mí. Me gustaba eso-así porque presuponía descompromiso-incompromiso, libertad, igualdad; experiencia. Él no se iría a enamorar de mí ni yo de él. Experimentaba los efectos de mi persona; era como conocerme más objetivamente; terrenal y transparente, desconflictuada, sin semejanzas con las chicas de mi edad. De esa manera empecé a potenciar mi cuerpo para enfrentar el mundo”.
En suma, todos quieren tirársela, todos elaboran discursos para llegar a ella sin saber que ella los anticipa porque desea lo mismo. En general, todos se estupidizan con Yolanda, y ella ríe de ellos y hace que crean que la dominan, que es su juguete. “El asunto —dice— es que soy un fenómeno bastante peculiar de la biología. Una entre cien mil”, un “volcán-hembra”.
Cartapacios, en suma, es un experimento que nos jalará de las solapas para introducirnos en dos mundos: en el de la memorable Yolanda-Antonietta y en otro, acaso más importante: en el de las inmensas posibilidades de la literatura cuando se decide a estallar, a romper jocosa, endiablada, salvaje y bienvenidamente todas las ataduras que nos impone la razón a la hora de construir ese molusco conocido habitualmente como novela.
Xalapa, Veracruz, 23, abril y 2016

*Texto leído en la presentación de Cartapacios que se celebró en la Feria Internacional del Libro Universitario organizada por la Universidad Veracruzana. Participamos Édgar Valencia, Carlos Manuel Cruz y quien esto escribe. El autor de la novela no pudo asistir.

Agarrarse a madrazos




















Pocas reacciones más bobas que agarrarse a trancazos por culpa del futbol. Comprendo, sí, que la riña a puño limpio entre adultos es el único camino cuando ya no queda otro, cuando por ejemplo alguien agrede a un niño, a un anciano, a una mujer (perdonen este gesto machista) o a cualquier otra persona indefensa. ¿Pero levantar la guardia porque nuestro equipo de futbol ha sido derrotado? Tontísimo, absurdo desde donde uno quiera verlo. Ni siquiera cuenta el argumento de "la provocación", de las burlas enemigas luego de un traspiés. Nadie con algunas neuronas dentro de la maceta podría justificar esa razón para pelear, más porque se sabe de antemano que siempre será así: los aficionados están permanentemente ilusionados no tanto con el triunfo de su equipo, sino con la posibilidad de acometer a sus enemigos con todo tipo de befas, con frases humillantes y ahora, desde la aparición de las redes sociales, con memes de todos los colores.
Pensar en serio que eso es serio evidencia un infantilismo digno de psiquiatra. Enojarse por las burlas (en Argentina le llaman "cargadas") es caer en emboscadas previsibles: todo el que se identifica con un equipo será, tarde o temprano, víctima de tal acoso, así que más vale no hacerse tan mala sangre y esperar con estoicismo la oportunidad en la que uno recibirá su dosis de humillaciones.
La reacción de los aficionados de Tigres (no todos, claro) que levantaron la guardia para " defender" el orgullo mancillado de su club es, por esto, una niñería que lejos de enaltecer sus colores los denigra. ¿O es muy valiente golpear mujeres? ¿Creerán luego de haberlo hecho que merecen alguna admiración? Asombrosamante, sí. Hay un sujeto que alcanzó cierta celebridad porque a la pregunta de un reportero (¿vale la pena pelear a puñetazos y caer en la cárcel?) el joven respondió que sí, que por sus colores, como si la empresa deportiva (un equipo de futbol es una empresa) fuera a premiarlo luego de haberla defendido.
En el fondo de esa agresividad primaria están también, creo, los medios. Al menos lo están de cierta forma, pues apenas se acerca un partido etiquetado como "clásico" exacerban en el aficionado la idea de que en el match irán en juego "el orgullo", "la honra", "la dignidad" íntegra de los equipos. Los espots promocionales muchas veces presentan en "la previa" de esos cotejos una idea épica, lo dramatizan todo. Luego, cuando algunos aficionados se creen la estúpida especie de que en efecto son guerras y no simples divertimentos de la sociedad de consumo, y después riñen, no falta que los medios, como siempre, enfaticen sus esquizofrénicos llamamientos a la serenidad: "que el futbol siga siendo un espactáculo para las familias", declaran compungidos).
No hay que negarse, es verdad, a las pasiones, incluida la futbolera. Son salsas de la vida, y uno puede escogerlas en lo que sea. Lo que no parece sensato es pensar que la pasión por una camiseta es mejor que otra, que gustar de Tigres o de América o de Santos es lo mejor, como si se tratara de una determinación divina, y llegar al extremo de tirar madrazos para demostrarlo. Eso lo único que demuestra es, por qué no decirlo ya sin eufemismos, imbecilidad, una imbecilidad que ni soñando honra nuestra pasión. Al contrario: la desdibuja y la degrada, la convierte en caricatura y nos coloca en una pequeñez micróbica.

sábado, abril 30, 2016

Prima
















Día del niño... Alondra. Bajamos de un ómnibus en la carretera federal. Una lluvia apenas lluvia nos recibió en el exterior y comenzamos a caminar bajo aquel chipichipi no molesto, más bien grato en la cara del niño que era yo en aquel momento. ¿Cuántos años tenía? siete, ocho a lo mucho o por ahí. No más, seguro. Mi padre tomaba de la mano al niño y en la otra llevaba una maletita de vinil color café, de ésas que tenían dos correas con hebillas demasiado grandes. La escena es algo fílmica al menos en mi mente: el adulto y el niño caminan durante aquella tarde muy nublada y algo fría. Frente a ellos hay una arboleda que forma un largo callejón. El niño no sabe por qué viaja con su padre, por qué lo eligió a él entre todos sus hermanos. En su mano siente la palma firme de su padre, su brazo rígido, y eso le comunica seguridad. Siguen avanzando y lo único que el niño recuerda son árboles, muchos árboles al lado de una carretera lavada por la garúa. Es la primera vez que el niño viaja solo con su padre. No recuerda, de hecho, otros viajes. Este es el primero y a la larga será el último. Aunque se trata de una tarde gris, en su interior hay sol, una alegría total: está viajando con su padre. Llegan a Aguascalientes, a una ciudad que se llama Pabellón. No sabe a qué asunto van. El pequeño es muy pequeño y su padre no le informa gran cosa. Sólo sabe que desde Torreón viajaron en un ómnibus y ahora están lejos, caminando en una especie de avenida con muchos árboles al lado. Entran a la ciudad, caminan algunas cuadras. Su padre ha mirado un papelito varias veces antes, de seguro donde anotó la dirección. Luego de mucho tiempo tocan a la puerta de una casa. Abre una señora canosa y se abraza con papá. “Es tu tía”, dice el padre al niño y la mujer se inclina para darle un beso en la frente. Entran a la casa. La señora grita y salen tres mujeres jóvenes, adolescentes o poco más. Ellas festejan la llegada del pequeño, un primo al que no conocían. Le dicen que es 30 de abril, día del niño. Lo llevan a la mesa de un comedor y le sirven galletas, dulce de coco y leche, y le acomodan el pelo, ríen con él, les parece muy simpático. En la sala, la tía entrega unos papeles amarillos al visitante. No tanto después, todos se disponen a dormir. El niño es disputado y pasará la noche con Alondra, la mayor de la primas. El padre tendrá una cama en la habitación de las visitas. Durante la madrugada —recuerda el niño y por ese recuerdo recuerda todo el viaje— oye en varios momentos la respiración de su prima y pese a la débil luz del cuarto mira de reojo, hipnotizado, el subir y bajar de la sábana sobre un imborrable pecho femenino.

miércoles, abril 27, 2016

Andrajo















El trabajo le dejaba poco margen para los libros. Por eso leyó “Wakefield” a brinquitos, en siete días. Al terminarlo no supo si lo leyó así, en módicos abonos, porque así leía todo o porque le iba gustando tanto que no quiso terminarlo de golpe. Daba lo mismo, el cuento había llegado a su desembocadura y al final le produjo una suerte de iluminación. ¿Qué seguía? Nada, no seguía nada, o más bien seguía la Nada. Mañana sería lunes, día de trabajo. Recordó su agenda: estaba recargada de asuntos impostergables. Y de este lado la familia, y de aquel otro las numerosas deudas para mantener a flote el barco de las apariencias. En veinte años se le habían ido cuarenta, una vida casi, en las miserias habituales de todo mundo: hacer todo a la misma hora, relajarse los mismos escasos días, mantenerse sometido a la presión de un calendario implacable, lleno de plazos perentorios para pagar, sobre todo para pagar, pagar. Wakefield era pues el último empujón. Tomó una pequeña maleta y la hizo con lo básico: el cepillo de dientes, la máquina de afeitar, un desodorante, una gorra de pelotero ya descolorida; se arrepintió inmediatamente después de haber cargado eso. Iba a guardar el peine con el que aplacaba las tres hebras que le quedaban de pelo, pero detuvo el movimiento. Se echó una camisa encima, metió los pies en unos tenis y tomó la calle con las manos vacías. Pasó junto a una tiendita y quiso comprar algo; notó sin alarma que había olvidado la billetera. Así estaba bien. Enrumbó hacia cualquier dirección y comenzó a recorrer calles y calles sin temor a extraviarse, pues era lo que ahora buscaba, perderse en el laberinto y jamás salir de allí. Por un momento pensó en sus actos; no sabía en qué punto había quedado el límite que separaba su antigua vida de la que ahora comenzaba. Sabía, eso sí, que el detonante no había sido el cuento de Hawthorne, sino algo más profundo y lejano. Siempre vio a los parias, a los vagabundos, con una especie de secreta fascinación, con una envidia sofocada a fuerza de miedo: en otros tiempos lo aterraba saber que dentro, en su alma titubeante, se movía un impulso poderoso y capaz de forzar la emulación. No sabía si era capaz de imitarlos, pero ahora ya estaba en el camino, quería ser uno más, un sujeto sin rostro, un ser envuelto en la indiferente mugre que la calle obsequia a quienes la eligen por hogar. Durante algunas semanas de renuncia quedaría, como ellos, irreconocible y comiendo de los basureros, ajeno por completo al asco, sin dolor, sin odio, sin moraleja, invisible al engranaje bajo un túmulo de andrajos. Y soñó, soñó con ese triunfo.

sábado, abril 23, 2016

Adolescencia












Ayer me topé de casualidad con Joana en la plaza Margaritas, a la que jamás había ido. Yo leía en una banquita blanca de hierro forjado y sin duda me exponía a los cagadazos de los pájaros, pero el clima estaba ad hoc y no había un motivo de peso para alejarme de ese sabroso microambiente. Lo malo del lugar, más que la abundancia de aves, era que pasaban muchas personas ajuareadas con trapos deportivos, sobre todo adultos ya medio entrados en años que, como yo, seguramente se defendían de algún achaque y acataban la prescripción médica de caminar. Yo no caminaba, o caminaba muy poco, pero al menos me hacía a la idea de agarrar aire limpio mientras leía, en este caso, un ensayo sobre novela latinoamericana. En una de ésas pasó Joana. La vi venir de lejos, cuando entró al pasillo disponible para los andarines. Era imposible no verla, pues vestía una blusa fosforescente, untada al cuerpo, y una gorra del mismo color. Pensé que era una joven, por el cuerpazo, pero ya cerca vi que no. Ella fue la que me reconoció. “¡Miguelito!”, dijo mientras se acercaba con los brazos abiertos, listos para que me pusiera de pie y le correspondiera. Olía a un perfume delicioso y al apretarla contra mí noté que su estructura estaba firme, como si tuviera veinte años y no cuarenta y tantos. “¿Qué haciendo por acá, amiguín’”, fue lo primero que dijo luego del abrazo. “Nada, amiga, vine a tomar aire limpio y a leer”. Joana comenzó el elogio de los viejos tiempos. “Tú siempre tan clavado, Miguelito. Jamás te has separado de los libros. ¿Sigues en tus clases? Qué has hecho de tu vida, cuenta”. Mi resumen fue el de siempre: nada, lo mismo, clases de literatura en la prepa y ya, y todavía soltero jajajaja. Mi babotas jajajaja fue secundado por el de Joana, quien no esperó pregunta para informarme que igual ella, siempre en lo mismo: atenta a su marido, a sus dos hijos y en los ratos libres muchisísimo ejercicio. Me enteró también que Óscar, su marido, seguía con su clan de motociclistas, que además estaba clavado en la práctica de la cacería y que ella lo acompañaba de vez en cuando a disparar. “No sabes lo que significa ese reto”, dijo. En un ratito se nos habían acabado los temas y se despidió con otro abrazo y un beso de mejillas, con las bocas muy lejanas. Joana se veía espléndida. Y pensar que alguna vez, hace mil años, intenté hacerla mi novia. Dijo que no, obvio. Poco tiempo después encontró al que fue su marido, un tipo al que seguían gustándole las motos y se vestía de negro, con parches de calaveras y letras góticas para parecer chico malo. Ahora también le apasionaba la cacería. Cómo no iba a perder a Joana, pensé. Ella eligió vivir una eterna adolescencia.

miércoles, abril 20, 2016

Reclamo
















“Es una ficción, nada de lo que escribí allí es cierto, yo suelo inventar”, le dije. El tipo parecía todo, menos un blandengue. No sé cómo había dado con mis huesos, el caso es que me cayó en el café al que suelo asistir algunas tardes, al ladito de la alameda. Estaba yo muy concentrado en la revisión de mi columna cuando me tocó el hombro con un índice más o menos imperioso. “¿Es usted Jaime?” Levanté la cabeza y en los ojos le noté la decisión. No estaba enfurecido, ciertamente, pero me miraba como con ganas de estarlo, es decir, directamente, con una vaga chispa de amenaza congelada en las pupilas. Respondí que sí. “¿Muñoz?”, agregó. Afirmé con la cabeza, y entonces el tipo empujó una silla con el pie y tomó asiento. Me molestó que hiciera eso, pero ya no alcancé a decir nada porque comenzó de inmediato su reclamo. “Mire, Muñoz, yo no lo conozco ni me importa, pero el fin de semana pasado me habló un amigo para comentarme algo: que usted se ha burlado de mí en el periódico. Al principio no entendí bien de qué se trataba, pero él me explicó y hasta me leyó el escrito. En su publicación hay un tipo que desea abrir en La Laguna un restaurant-bar para pura gente triste, pero según usted él es un fracasado, un bueno para nada que se acercó a un posible socio sólo para tumbarle el capital de arranque. Usted dice que el proyecto es una estupidez, así dice, textual, una estupidez, y no estoy dispuesto a tolerar esa ofensa…”. En ese momento, cuando ya se había puesto bravo, sentí la urgencia de atajarlo: “Es una ficción, nada de lo que escribí allí es cierto, yo suelo inventar”. No sirvió de nada. Al contrario, se cruzó de brazos con pose de Maestro Limpio, echó un poco la cabeza para atrás como para mirarme con escepticismo, y reanudó el ataque: “¿Quiere que le diga por qué digo que usted se está burlando de mí? Mire, ahí le va. Yo me apellido Orozco, y usted me lo cambió por Olmedo; quien me platicó todo fue Felipe, mi socio. ¿Sabe cómo se llama la novia de mi socio? ¿No adivina? Bueno, pues Mireya, a ella le dejó el mismo nombre, ese fue el error que usted cometió. ¿Soy o no soy el Olmedo del escrito? ¿Cree que soy tonto?”. Quedé acorralado: Orozco en realidad era el Olmedo del primer relato, y no me quedó más opción que disculparme: “Mire, Orozco, no quise ofenderlo, de veras. Le ruego me perdone… pero entienda por favor que se trató de una ficción, que Olmedo no existe, que Mireya es puro cuento, que el restaurante-bar es una estúpida mentira, una mentira tan grande como usted, Orozco, que tampoco existe y en este punto final pasa a convertirse en personaje muerto. Hasta nunca”.

martes, abril 19, 2016

Sombras de Javier Solís














Quizá es uno de mis recuerdos más lejanos. Supongo que data de 1967 o 68, cuando yo tenía cuatro años. En él me veo tomado de la mano de mi madre o de mi padre o de los dos, eso no alcanzo a precisarlo. Caminamos media cuadra por la avenida Madero de Gómez Palacio, donde vivíamos, y damos vuelta hacia la calle Mártires. Hay en ese tramo una pequeña fonda, quizá una taquería, y del interior de alguna casa próxima sale música a muy elevado volumen. Se trata de una consola de aquellos tiempos, de esas que gracias a sus bruñidos acabados de madera adornaban ciertas salas con aspiraciones. Seguramente no entiendo lo que dice la canción, sólo recuerdo que se me quedó grabado el ritmo, el ran-ran-ran hipnótico del guitarrón y la entrada y salida de los emates con violines y trompetas. Era música mexicana, ranchera, y se oía fuerte en el barrio, el barrio que era todo mi mundo en aquella ahora remota infancia.
En aquel momento no sabía que esa música era de mariachi y que la voz principal pertenecía, o había pertenecido, a un joven cantante llamado Javier Solís. Había muerto poco antes, así que, supongo, estaba de moda en todas las radiodifusoras y en todas las consolas familiares que tocaban discos de 33 revoluciones. Acaso ese bombardeo dejó una marca en mi subconsciente, tanto que no puedo oír a Javier Solís sin recuperar jirones de recuerdo en las polvosas calles de Gómez.
Pasaron los años de la primaria y la secundaria y allí lo que predominó fue el rock. Recuerdo a mis amigos de la Flores Magón en largos debates encaminados a determinar que Kiss era mejor que Queen, o que Led Zeppelin tocaba mucho mejor que Pink Floyd. Todavía en 1978 permanecían vivísimas, además, las brasas de The Beatles y The Doors, jefes de varias tribus. No fue sino hasta la prepa, entre 1979 y 1982, recién radicado con mi familia en Torreón, cuando en las reuniones ya medio etílicas con los amigos alguno se atrevió a poner un casete —era el sistema de reproducción de audio más adelantado— con música mexicana. Allí, sin querer, volví a escuchar a Javier Solís y allí comencé a sospechar lo que ya dije: que esas canciones me instalaban de lleno en la infancia, en el barrio de Gómez, en la querida cercanía de mis padres.
Fue durante la carrera cuando comencé a comprar, secretamente y por mi cuenta, todos sus casetes disponibles. Como toda la música que me gusta, siempre la escuché solo y hasta la fecha jamás he intentado imponer a nadie tal agrado. Sé que en esta materia nada puede hacerse para convencer, pues cada género musical y cada grupo o cantante se convierten en favoritos gracias a circunstancias tan peculiares como la mía, la que acabo de contar sobre el niño de Gómez Palacio azorado por los ruidos de la calle.
Oír durante muchas noches, solo, con audífonos y antes de dormir a Javier Solís me hizo conocer bien, quizá demasiado bien, la mayoría de sus canciones, la entrada y la salida exactas de cada instrumento, los matices de la voz que fueron el rasgo hasta hoy inconfundible de este cantante mexicano. Supe, en el sosegado silencio de muchos viernes por la noche, recorrer cada sílaba, el avance de su media voz como “velada” y el estruendo de los estribillos en los que esa voz se desliza restallante por la letra sin un solo titubeo, perfecta. En todas sus interpretaciones ocurre ese pequeño milagro. Si tomamos, por ejemplo, “Esclavo y amo”, notamos que abre con la voz como fatigada, como cantando sin aire para que salga velada, pero a medida que la pieza avanza termina por llenar el escenario sin dar la sensación de haber “brincado” de la media voz a la voz plena. En “Sombras” ocurre algo parecido, y en “Las rejas no matan”, y en “Dios nunca muere”, y en “Entrega total”, y en “Dos almas”, y en “El mundo”, y en "Esta tristeza mía", y en “Noche de ronda” y en todas hay algo de esto, porque Javier Solís hizo lo que quiso con su instrumento, la voz, una voz que después de desaparecida ha sobrevivido y ha permeado el gusto de miles de personas.
Mi padre me ha contado que a principios de los sesenta fue a verlo a la Plaza de Toros Torreón. Javier Solís venía en la caravana auspiciada, creo, por la cerveza Corona, y allí cerró el espectáculo pues era el más famoso de los cantantes que se presentaban esa noche. Dice mi padre que "Javier" cantó impecablemente cerca de diez canciones, y que pasó algo muy extraño. Cuanto entonaba los versos de “Lágrimas de amor”, donde se menciona la lluvia, comenzó a llover levemente en esta región nuestra donde jamás llueve. Eso me conmovió, y convertí el recuerdo de mi padre en algo también mío.
Luego viví otra anécdota donde Javier Solís es protagonista. Mis hijas tenían necesidad de unos arreglos a sus uniformes escolares y las llevé con una costurera. Se trataba de una mujer entrada en años, tal vez 65, y noté que vivía sola, nomás acompañada de un perrito que nos ladró mucho al llegar. Cuando entramos al espacio de trabajo de la costurera, junto a la máquina Singer y una mesa llena de telas, cintas métricas, hilos y tijeras, vi una especie de estuche gigantesco de madera donde ordenadamente tenía acomodados muchos, todos los casetes de Javier Solís, sólo de Javier Solís. Imaginé que esa señora, la señora Nena, era su fan número uno en Torreón, y yo el dos.
Javier Solís —Gabriel Siria Levario, México, 1931— murió hace exactamente cincuenta años, el 19 de abril de 1966. Seguiré oyéndolo porque gracias a él vuelvo a mi infancia, vuelvo a la juventud de mis padres, vuelvo a la avenida Madero de Gómez Palacio, y todo eso junto, por una razón tan irracional como legítima, me arrima a eso que solemos llamar felicidad.

sábado, abril 16, 2016

Emprendedor
















“Tenemos que platicar, luego vuelvo a llamarte, no me busques”, dijo Mireya y tronchó la llamada. Yo sabía que el desastre estaba cerca, pues varios días antes ella había amenazado con mandarme al diablo. Eso me dolía, me dolía mucho, pues de verdad le tengo ley, como decían en otras épocas. Pero ella me iba a echar, era cuestión de tiempo, así que esperé. Mientras eso ocurría, seguí en lo mío, con la chamba de siempre en el despacho y muy atento al celular, por si aparecía Mireya. Pasaron dos días y nada, el que apareció fue Olmedo. “Tenemos que platicar, tengo un negocio que a huevo debe interesarte”, me informó. Olmedo era un amigo no sé si cercano o lejano, y me caía bien, pese a todo. Se había especializado en fracasar, lo suyo era imaginar un porvenir venturoso pero sólo imaginarlo, ya que nada le cuajaba. Tenía plática, era inteligente, pero algo había en él que no sintonizaba con el mundo, algo que lo alejaba de cualquier estabilidad. Me compartía sus andanzas, sus “negocios”, y el hecho de que me pidiera dinero prestado, sin devolverlo jamás, era indicio claro de que lo suyo estaba más bien vinculado a las bancarrotas. A veces le iba más o menos, pero sucedía que en poco tiempo regresaba a la precariedad y a la solicitud de pequeños empréstitos de mera supervivencia. Quedamos de vernos esa misma noche en un ruidoso bar para jóvenes. Cuando llegué, allí estaba ya, inmóvil, esperándome. Presentí lo peor. Luego de los saludos y el comentario obligado sobre el clima, me compartió su asunto: “Gané un dinerito y quiero invertirlo en un restaurant-bar. Mi idea es simple: cubrir una parte del mercado que no han atendido estos locales. Poco a poco me di cuenta de que todos los negocios de este tipo propenden a estimular la felicidad. Yo quiero lo contrario: llegar al segmento del mercado de los tristes, de los infelices, de los desdichados que no se curan ni con alegría. Ahora hay oferta para todo. ¿No has visto a esos vejetes aniñados que gustan de las cuatrimotos? ¿Sabes que hay revistas especializadas en tatuajes? Quiero hacer negocio con quienes poseen el don de la tristeza, un bar con luces ocres, con pura música depresiva y buen trago, ideal para que los apaleados ahoguen sus desgracias en alcohol. Detrás de la desdicha hay mucho dinero y el único riesgo que corremos es que algún cliente se suicide en el baño, pero viéndolo bien eso sería un hitazo publicitario. Sólo requiero un socio que apoquine treinta mil varitos. Ya tengo ubicado el local. ¿Cómo ves, te animas?”. Le respondí que me dejara pensarlo. La verdad, sentí que era una estupidez, pero quién sabe. En el fondo la decisión de apoyar a Olmedo estaba en Mireya, si me mandaba a la chingada o no.