sábado, febrero 06, 2016

Encontronazo













Paco recordó a su padre y pensó que recordarlo allí era una confirmación de su buena suerte. Recordó nomás el gesto, la manera despreocupada de tomar el salero y todo lo demás. No recordó palabras, sólo aquel gesto seguro, casi insignificante pero denso de fuerza para decir con él que no pasaba nada, que la tranquilidad sería lo último que perdería. El tipo que venía a amenazarlo medía casi dos metros y usaba el pelo al rape, como militar. Era algo blancuzco, como un vikingo o un árbol en otoño. Se había presentado de golpe en el bar, y casi dio la impresión de que había entrado luego de tirar una patada a la puerta. Airado, sin intimidarse ante los parroquianos, preguntó dónde estaba el tal Paco. El cantinero señaló hacia la mesa del fondo y el monstruo aquel avanzó con el paso firme de quien va directo a derramar su odio. Traía los puños cerrados y la cabeza como echada para adelante, ya todo listo para el zafarrancho. ¿Paco?, preguntó seco y miró casi al mismo tiempo a los tres tipos que bebían cerveza. Paco dijo soy yo y entonces el animal comenzó con su estallido. No te vi, pero te vio mi vecino y sé que fuiste tú quien le dio un golpe a mi coche. Tiene quebrada una calavera y hundido un pedazo del cofre. Es un auto nuevo, dijo, y lo que más me emputa es que no te hayas hecho responsable del daño. Todo lo decía a gritos, y en medio de los gritos incrustaba maldiciones que añadían violencia a la situación, y salivaba. Paco se mantuvo en silencio. Tenía miedo, casi terror, pero algo le decía que lo mejor era permanecer quieto, no soltar una sola palabra hasta saber claramente la intención del agresor. Sabía que sí, que tuvo la culpa del golpe al coche nuevo del grandulón, y que en vez de quedarse a responder por el perjuicio se había ido sin mirar atrás, pero no dijo nada. El monstruo repitió la descripción de la escena y exigió el pago inmediato de los daños. Paco ya sabía qué iba a responder. Le diría al bruto que sabía que al dar reversa le pegó a algo, pero tenía mucho apuro y pensaba volver luego para pagar. También sabía que ese día estuvo en la casa del bruto y se vio con su mujer, y que salió corriendo cuando supo que el monstruo volvía intempestivamente del viaje. Traía dinero para pagar el daño —un daño menor si se miraba bien— y entonces recordó a su padre. Sin alterarse, antes de buscar su billetera en la nalga derecha, se arrojó un poco de sal al envés de la mano izquierda y se dio un tranquilo, un confiado lengüetazo con sabor a paz.

miércoles, febrero 03, 2016

Reencuentro


















A diez metros estaba Nancy escogiendo sus legumbres, su fruta de la temporada. Omar la miraba con los ojos casi pegados a la visera, fija la gorra de beisbolista en el cráneo que dejaba escapar unas patillas cortas y un poco de melena sobre la nuca. Notó que le seguía gustando, que había ganado kilos, como todos, pero tenía aún ese aire distinguido que tanto lo maravilló cuando ambos entraron a la escuela de administración. Habían pasado 25, 30 años, daba lo mismo, era mucho tiempo sin verla. Quiso abordarla en seguida, sorprenderla con un toquecito en el hombro, esperar que diera la vuelta y estallara en un gesto de desconcierto y luego una sonrisa de alegría, de esas sonrisas un poco incrédulas de los reencuentros inesperados. Omar buscó otro ángulo, simuló que calculaba la madurez de una sandía mientras ella apretaba levemente la consistencia de unos tomates. La indecisión de abordarla sin más demora tenía varias razones. La primera era simple: ¿y si en cualquier momento aparecía el esposo o el novio o lo que fuera? Omar no quería verse forzado a saludar hipócritamente, a que lo presentaran como amigo de la universidad y luego dos o tres frases más de trámite hasta llegar al “bueno, un gusto verte”, de despedida. La segunda razón era más difusa y se perdía en el recuerdo de un malentendido. Él le ofreció noviazgo, ella dijo espérame, él se hizo mientras de otra novia y cuando ella estuvo lista él ya no reaccionó; luego el trabajo fuera de La Laguna y más de dos décadas sin saber de ella hasta esa mañana en el supermercado. Seguía linda, cómo no, lo confirmó cuando, a cinco metros y colocado tras una barricada de papas y de precios fosforescentes, la vio de espalda. Unos jeans ajustados, bien embutidos, una blusa sobria y la cola de caballo muy juvenil, pese a la edad. ¿Estaba sola? ¿Tenía hijos? ¿Terminó la carrera? ¿Trabajaba? La ropa delataba que no le iba mal, y para confirmarlo ahí estaba el carrito bien cargado de víveres. Logró aproximarse un poco más, mirarla de perfil. La blusa se levantaba firme en el pecho mientras ella, muy concentrada, calculaba ahora el punto de los aguacates con sus hermosas manos blancas de siempre. No aparecía el esposo o el novio, Nancy andaba sola. Había llegado el momento de abordarla. Omar avanzó cinco pasos y le dio los golpecitos en el hombro. Al voltear, dijo el nombre mágico como afirmación, no como pregunta: “Nancy”. Ella dibujó una sonrisa educada: “No, no soy ella, señor”, dijo y siguió con los aguacates.

sábado, enero 30, 2016

Escritor




















Sentía que había perdido la inspiración, y ya no escribió nada, se dejó morir como escritor. Sólo a veces, como esa noche, imaginaba historias en la aridez de su mente, como aquélla del asesino que avanza sigilosamente. Va a la casa —a la caza— de un tipo al que no conoce. Sólo sabe que es profesor, que se llama Julio Pastrana y que se involucró con la mujer equivocada. En la gabardina trae el arma. Hace frío y el viento lo intensifica, lo hace calar hasta el esqueleto. Piensa en el plan que ha diseñado. Tocará la puerta, el tipo abrirá y entonces cruzarán un breve diálogo. “¿Es usted Julio Pastrana?”, preguntará el asesino. Pastrana dirá que sí, desconcertado. En la mano seguramente tendrá un libro, y también seguramente vestirá ropa cómoda, quizá una bata de franela, el atuendo ideal para un domingo de invierno. El asesino le dirá que trae un mensaje, y Pastrana lo hará pasar unos metros sólo para no mantener libre la entrada del aire helado. Ya dentro, el asesino dirá que no trae ningún mensaje, que mintió, y de inmediato sacará la pistola con la que matará a Pastrana. Tras disparar, se pondrá los guantes, saltará el cadáver, llegará hasta la habitación del profesor y hasta el escritorio ubicado en la biblioteca. Lo que sigue es simple: revolverá papeles, cargará una cámara fotográfica, un reloj y dos anillos, lo que haya de valor para simular un robo. Poco después, cuando ya haya desbaratado lo suficiente el orden de la casa, volverá hacia el cadáver o lo que el asesino ha creído que es un cadáver, quien ensangrentado lo esperará ya con una pistola lista para ser activada. El asesino no tendrá tiempo para tomar su arma ya oculta en los pliegues de la ropa, pero entonces sucederá algo extraordinario: Pastrana no conserva fuerza y se derrumbará sin disparar. Ahora sí, el asesino ganará la calle luego de cerciorarse, por la ventana, que no pasa un alma. Cuando ya se alejó lo suficiente, reparará en un detalle: si el muerto no estaba completamente muerto una vez, bien podría no estarlo dos veces, y lo delatará. Decide regresar para el remate. En el camino se arrepentirá. No es necesario hacer nada. Recuerda que en efecto es un asesino a sueldo, pero sin consistencia física, ni siquiera consistencia escrita. Se trata apenas de un pobre asesino imaginario, de un hombre cuya historia apenas existe en la agotada mente de un escritor retirado. El asesino reanudará su huida y por dentro maldecirá al escritor que no lo ha escrito.

miércoles, enero 27, 2016

El castigo














Ahora le dicen bullying, tiene un nombre. Antes, cuando fui niño, sólo le decíamos burla o golpe. Supongo que era lo mismo: un tipo o una tipa sin escrúpulos, más fuertes, más hábiles y más cínicos, arremetían contra alguien hasta pulverizar su ánimo y dejarle bien sembrado el terror. Eso fue lo que sentí cuando me tocó la hora de sufrirlo. Quien me aplicó la tortura fue un niño de ojos achinados al que apodaban El Meñe, uno de esos babotas que reprueban un año y cuando entran a otro grupo ya han crecido y se convierten en jefes sólo porque tienen más centímetros de estatura. Lo detecté de inmediato. Cuando llegué a ese grupo vi que El Meñe era el hostilizador. A todos, sin excepción, los dominaba con la pura amenaza de los golpes, de manera que nadie se le insubordinaba. Además, dos o tres compañeros conformaban para él una guardia pretoriana que en sí misma era disuasiva. Quien se atreviera a algo con El Meñe podía sufrir, antes que nada, el ataque de su séquito. Quejarse ante un maestro, denunciar sus métodos en la dirección, confesar el miedo ante una madre, todo era demasiado riesgoso, pues si no lograban detenerlo su venganza podía ser inmediata y brutal. Esa circunstancia permitía que El Meñe y sus secuaces se apoderaran de las actividades estudiantiles, eran los que pedían cooperaciones y de allí sacaban, obvio, raja. Yo no lo entendía con claridad, estábamos en secundaria, pero borrosamente sospechaba que El Meñe sería algo en el futuro, un líder o algo así. Sólo una vez vi que alguien se le puso enfrente; un compañero muy callado se le plantó, lo encaró. El Meñe aceptó el desafío y se dieron un tiro afuera de la escuela. Ganó el que tenía que ganar, por mucho: El Meñe. Tenía además una costumbre: agarrar un puerquito rotativo. Lo humillaba un mes y luego pasaba a otro, y a otro y a otro. Cuando tocó mi turno padecí el horror, como ya dije. Recuerdo que varios días lloré en silencio, pues El Meñe era cruel e invulnerable. Pasó encima de mí y luego siguió con otro, pero los estragos de miedo que me dejó duraron mucho tiempo. Todavía en las épocas de mi carrera lo recordaba, sentía una especie de estremecimiento y un vago deseo de venganza. Pero, sin darme cuenta, lo olvidé. Creo que la disolución de mi odio era signo de que el tiempo me sanó. Pero hoy, mientras esperaba el verde en un semáforo, lo vi con alegría. Era él. Repartía volantes políticos a los conductores, como candidato. El destino se había vengado por mí y por muchos agraviados: El Meñe aspiraba a ser diputado por el Partido Verde.

sábado, enero 23, 2016

Despedida

















Cuando mi prima iba a casarse organizó una despedida para sus amigas de la oficina. Dijo que estaba algo corta de presupuesto y que en la fiesta quería un bailarín. Agregó que sus compañeras eran muy escandalosas y no se asustarían. Al contrario —amplió con un guiño malicioso y realmente encantador—, todas agradecerían ese picante en la reunión que ella esperaba “inolvidable”. Por eso me llamó. La veía muy poco, pero hace dos semanas nos topamos y celebró mis músculos, lo “bien dadote” (así dijo, tocándome el bíceps y frotando en cámara lenta hasta el hombro) de mi facha. Le comenté que tenía ocho meses sin parar en el gimnasio, y que me estaba nutriendo bien, incluso con recomendaciones gastronómicas de un especialista. Lo malo, añadí, es que esto resulta muy caro. Pagar la mensualidad en Hércules Laguna Gym, comprar la ropa deportiva de moda y comer como dios manda no es un gasto menor. De ahí se agarró, creo, para ofrecerme el trabajo. Dijo que sólo era aparecer a las diez, de sorpresa, sin decir que éramos primos, e inmediatamente comenzar el espectáculo de baile. Ella iba a tener preparado un reguetón en el estéreo y listo, todo era cuestión de recorrer la sala, bailar un ratito frente a cada una de sus invitadas, animarlas a tocarme el lavadero, la espalda, lo que ellas quisieran en la ruidosa espontaneidad del momento. Me animé porque era mi prima y porque me ofreció mil pesos por media hora de zarandeo al ritmo de una pieza musical imbécil. Y bueno, todo se dio bien. Me moví por instinto en medio del griterío femenino y puede decirse que hasta tuve cierta apariencia de profesional, de esos bailarines que se ponen las manos en la nuca mientras menean la pelvis como simios. Lo gracioso fue que las invitadas, ya en el colmo de la desinhibición, me alentaron a bailar sobre mi prima. Sin remedio, sin que las chicas supieran que era mi pariente, moví mis musculazos frente a ella, y casi casi le unté el calzón (de frente y de espalda) en la cara. Asumí mi responsabilidad, no sé, el caso es que no decepcioné. Jamás repetí el experimento, pero mi prima, aunque ya se casó, sigue atenta a mi ejercicio y es mi juez más severo. Cada mes me obsequia dos mil pesos y nos vemos en un lugarcito secreto donde le bailo un poco y todo lo demás. Y lo más importante: sigo trabajando durísimo en Hércules Laguna Gym, claro.

jueves, enero 21, 2016

Una historia cloacal













Hasta hace algunos días no había ni chispa de esperanza: el actual grupo mafioso en el poder parecía invulnerable, dueño de una impunidad total e inamovible. Pese al desastre ya visible en los primeros tres años de Peña Nieto, los delincuentes que nos gobiernan habían capeado el temporal. Una de las mayores crisis, Ayotzinapa, estaba instalada en una especie de inevitable postergamiento aderezado con discursos justicieros pronunciados sólo para contener la irritación y llegar a la otra orilla del sexenio.
Además, con todo y que la economía daba desde hace meses demasiadas muestras de declive —las de siempre—, era posible distraer la atención del público con cualquier espectáculo, como el del Chapo fugado y reaprehendido. Todo esto, de alguna manera, se ha cocinado dentro, y aquí, como ellos mandan y mueven casi todos los hilos de la política y los medios, no pasa realmente nada más allá de algunos sobresaltos expresados en marchas o en diluviales memes.
El problema se dio el viernes 15 con la captura de Humberto Moreira en España. El asunto es complicado no tanto por los vericuetos judiciales que implica, sino por algo más elemental: el personaje está detenido y será interrogado fuera del país, e igualmente dos de sus secuaces ya soltaron demasiada sopa en el extranjero. Tan peliagudo fue el desafío que la estructura de poder quedó muda o balbuceante durante varias horas. Nadie esperaba la noticia, inédita en la historia de México si la analizamos bien, y no había plan B para desactivarla. El sistema se vio falto de reflejos, aturdido por el obús. El problema de fondo se ubicaba en un punto: Moreira se movía libremente por el país, nunca lo amagó ni siquiera un agente de tránsito aunque merecía que lo persiguieran hasta los bomberos, como escribió Piglia. Todas las acusaciones en su contra fueron desestimadas, vistas por el sistema que lo arropa como mero ardor de la oposición. Se dijo que no hubo delitos en su mandato y de golpe salió a la luz, en España, un expediente más gordo que el del caso Kennedy. Al ser capturado quedó en evidencia, con toda claridad, la impunidad habitual en nuestro país, lo que echó abajo, al menos por un momento, la careta de permanente y demagógico respeto priísta a “las instituciones”, incluidas las supuestamente encargadas de perseguir delitos relacionados con corrupción.
Ha pasado una semana y es seguro que este lapso ha dado margen a la delincuencia política para mover piezas. ¿Lo protegerán más? ¿Lo dejarán abandonado a su suerte? ¿Buscarán negociar alguna pena menor? No podemos saberlo, pero un hecho cierto es que la figura de Moreira es importante —peligrosa— para el actual gobierno porque fue él quien trabajó la operación política inicial para encaramar a Peña Nieto en donde está, costara lo que costara.
En suma, hay vasta podredumbre en esta gigantesca cloaca.

miércoles, enero 20, 2016

El gordo














El sujeto era gordo, alto y de pelo crespo, pero su rasgo más sobresaliente estaba en que se movía con la lentitud de un tráiler a punto de estacionarse. Lo vi durante cinco años, siempre en el mismo rincón del café, siempre vestido con pantalón caqui y una camisa inmensa, de cuadros chicos y desfajada. Me caía bien porque, como yo, no saludaba a nadie, simplemente entraba y a paso cansino llegaba hasta su mesa, se instalaba con dificultad y le servían un café que ya no pedía pues los meseros sabían que eso deseaba, además de una canastita con pan dulce. El gordo caía allí de lunes a viernes de seis a siete, siempre en punto, exacto como las desgracias. Cargaba un libro y leía unas páginas, bebía tres tazas y despachaba sin falla dos piezas de pan. Toda su rutina era parsimoniosa y precisa, e igual, sin decir palabra, en cámara lenta, dejaba dinero sobre la mesa, se levantaba otra vez con dificultad y salía. Recuerdo que noté algo: cuando abandonaba el local todos los comensales lo mirábamos intrigados. Seguramente había unanimidad en los pensamientos: ¿quién era ese gordo inquietante?, nos preguntábamos. La ciudad ya no es lo que era hace algunos años, cuando todos se conocían y el chisme era comunitario, pasto para mitigar el aburrimiento. Ahora podía llegar un gordo al café y aunque su presencia fuera notoria y recurrente ya se daban casos de aislamiento total, de anonimato perfecto. Cierto jueves reparé en su ausencia. Pregunté a un mesero y me dijo sólo una palabra: murió. Dije ah viendo a otro lado y no pregunté más. Pasaron unos días y una tarde llegué al café. Todas las mesas estaban ocupadas, salvo la del gordo. Fui hacia allá, me senté y pedí lo de siempre. Al día siguiente ocurrió de nuevo, caí en la mesa del gordo. Al tercer día había muchos espacios disponibles en el local, pero adrede fui a sentarme en el mismo lugar. Poco a poco, tarde tras tarde, tomé posesión de aquel espacio y repetí la rutina tal y como lo hacía el gordo, sólo que yo nomás fulminaba una pieza de pan. Aprendí a cargar libros y a simular interés en ellos. Una tarde, al salir, vi que todos me miraban. Sospecho que se preguntaban quién era yo. Me gustó vivir en ese misterio, desconcertar a la concurrencia, crearme un aura intrigante. Más que el café, más que el pan, más que el libro mentiroso, lo que comenzó a deleitarme era sentir que otros me veían como veíamos al gordo, que en paz descanse.

sábado, enero 16, 2016

Los ksntpka















De la afamada —aunque sólo entre cierto público— editorial Isis, el capítulo XXII del libro Costumbres describe la peculiaridad de la tribu ksntpka nativa de una isla perdida en el Índico. Es un pueblo pacífico dado que no tiene vecinos contra los cuales reñir. Por esa misma razón carece de envidia y sus miembros todo lo comparten con un sentido absoluto de la desposesión. Las mujeres y el alimento son sus dos únicas fuentes de placer, pues se trata de una sociedad dominada —y en esto no se diferencia de muchas otras— por los machos. Como todo es de todos, casi siempre tienen lo que necesitan, no lo disputan, viven en entera libertad y puede afirmarse que son inmensamente felices. Salvo una, no tienen leyes, o si las tienen, son tácitas, sobrentendidas, casi ajenas al discernimiento. La única ley que los guía es que todo es de todos. Entre ellos no existen pues los pronombres “mi” o “tu”. Para decir, por ejemplo, “mi comida”, en su código expresan algo así como “la comida”, de ahí que mientras un ksntpka come, otro puede, sin mayor conflicto, meter la mano en la vasija ajena y hacer lo mismo; esto también explica su serena promiscuidad. En cuanto a los hijos, se sabe que los crían con amor colectivo, es decir, que actúan como si todos fueran padres y madres de todos los pequeños. Los adultos enseñan a cazar a los varones de menor edad, y un joven hoy puede tener un instructor y mañana otro. Los ksntpka son excelentes en la pesca; se internan en el mar y luego de unas horas regresan con espléndidas presas. Como todo es de todos, cuando pescan un gran ejemplar todos pueden decir “yo lo atrapé” sin que se moleste el verdadero autor de la hazaña, pues él también puede afirmar, con idéntica sensación de mérito, “yo lo atrapé”. Gustan, como cualquier pueblo, de las ceremonias. Como no tienen dirigentes, cualquiera sabe invocar a los dioses y cualquiera acepta sacrificarse en una sesión bárbara de golpes. Luego de pedir que kagtaka —su diosa de la luna— descienda, todos, incluidos los niños, arremeten a puñetazos y puntapiés contra un sujeto que funge como mártir. El sacrificado queda molido, pero en su dolor entra en trance y siente una comunión con kagtaka, el éxtasis. Pese a esa liturgia bestial, no son pocos los que se anotan para representar al aykugkay , "el sacrificado", y se han dado casos en los que un aykugkay es elegido dos o tres días sin interrupción hasta que muere, lo que representa el máximo honor en esa peculiar comuna. Son dos los requisitos para ser aykugkay: no ser mujer ni menor de edad, lo que asegura la supervivencia de los ksntpka.

miércoles, enero 13, 2016

La fantasma



















Roberto aceptó ir a la casona porque le gustaba Lily. No sabía por qué a casi todas las mujeres les daba por disfrutar historias de terror, pero aprovechó esa inclinación para acercarse y ver hasta dónde podía llegar con ella si es que ella quería llegar a cualquier punto con él. A Lily le habían pedido en la carrera un cortometraje y tuvo la ocurrencia de escribir un guion pretenciosamente gótico, casi tan disparatado como un vidoclip. Un día lo citó en el café para compartirle el proyecto, pues en teoría a Roberto le apasionaba el cine y algo podía agregar al éxito del corto. Esa misma tarde quiso decirle que todo sonaba absurdo, que la oscuridad, las telarañas artificiales y ciertos efectos de sonido no bastaban para producir espanto, pero prefirió guardarse los comentarios, elogiarla por la fluidez de la pequeña trama y alentarla a "filmar". Lily le informó que ya había reunido al equipo que la ayudaría. Consiguió un camarógrafo (que también sería el editor), un músico, cuatro actores, una vestuarista, un maquillista y un asistente de dirección (su hermana). Roberto no sintió un átomo de identificación con el proyecto, pero Lily le gustaba y no podía quedar al margen. “Si quieres, yo hago la foto fija”, le dijo. “¿Y qué es eso?”, respondió ella. “Es la fotografía que se hace mientras filman. Las imágenes son un detrás de cámaras y también son útiles para la publicidad que luego se hará de la película, como se estila en las superproducciones”. Lily quedó encantada con las bondades atribuidas a la foto fija, y aceptó. Pasada una semana llamó a Roberto para convocarlo a una reunión con "el equipo". En la junta él notó que todos eran muy jóvenes, casi preparatorianos. Desbordaban atención, camaradería, el entusiasmo más o menos habitual de quien encara una gran aventura. Uno de ellos, el de mejor pinta, haría el papel protagónico y fue quien participó más en el diálogo con Lily. Llegó el día del rodaje, un sábado. La directora-guionista los había citado en una casona abandonada, aterradora sólo en el sentido polvoriento de la palabra. La grabación comenzó, todo anduvo bien y Roberto tomó fotos hasta que sucedió lo inesperado. El guion original no indicaba que al protagonista se le aparecía una fantasma vestida con deliciosas mallas de bailarina y algunos velos. Lily hizo esa modificación del clímax, y ella, por supuesto, a falta de otra actriz, actuó la escena. Como en las peores telenovelas, hubo un largo beso final entre el protagonista y la fantasma exprés. Roberto siguió en la foto fija, como se estila en las superproducciones.

domingo, enero 10, 2016

De Ax y sus maravillas
























Desde hace meses traía el pendiente de subir mi presentación, y la prasentación del propio autor, Alfredo Hernández (Torreón, 1943), a El prodigioso reino de Ax (Ayuntamiento de Torreón-SEC, 2013, Torreón, 97 pp.), libro que me sigue pareciendo, a un tiempo, desconcertante y hermoso. Subsano aquí esa deuda.

De cómo tuve noticia sobre Ax
Jaime Muñoz Vargas

El 24 de mayo de 2013 fui invitado a enunciar unas palabras en el homenaje que rindió San Pedro de las Colonias, Coahuila, a dos de sus ciudadanos más valiosos: el matrimonio de la poeta Concha Luna y el dramaturgo y narrador Alfredo Hernández. Asistí gustoso, seguro de que el reconocimiento era más que merecido, pues Concha y Alfredo son, para mí y para muchos que los conocemos, dos excelentes escritores y dos de los promotores culturales más entusiastas de La Laguna.
Al final de la ceremonia tuve la suerte de conversar en corto con Alfredo. Recién había elogiado en público sus relatos breves, y le insistí que debíamos hacer algo para verlos publicados. Fue entonces cuando, ya casi en la despedida, exactamente afuera de la Casa de la Casa de la Cultura de San Pedro, Alfredo soltó a regañadientes: “Tengo por allí unos textos que quizá puedan servir para algo. Hace muchos años publiqué algunos en el DF, pero necesito revisarlos y ordenarlos, pues no he vuelto a ese material en mucho tiempo. Lo llamé ‘El prodigioso reino de Ax’, y es una relación de cosas útiles, animales diversos, plantas, flores, minerales, asesinos, salteadores, músicos, poetas y demás gentes de buen y mal natural que hicieron grande y poderoso al reino de Ax. De eso trata más o menos”.
Algo me latió al oír este sumario. Sospeché de inmediato, basado en las microficciones de Alfredo que poco antes leí con motivo del homenaje, un valor literario que provocó mi inquietud y, claro, mi respuesta más apurada: “Mándame eso, maestro. Suena muy bien”.
Pocos días después envié una carta a Alfredo para preguntarle por Ax. Le dije que no había olvidado la propuesta y que esperaba con ansia el material. Respondió que estaba trabajando, que debía releer, pulir, reordenar todo. Esperé, y luego de unas semanas me llegó la primera tanda de estampas de El prodigioso reino de Ax. Apenas clavé el ojo en las cuartillas y advertí que se trataba —así, sin avisar— de uno de los libros más inteligentes y divertidos escritos en la historia de la literatura lagunera, pues en él su autor nos lleva a un mundo remoto y delirante, un reino poblado por objetos y criaturas del más extraño pelaje que, entre otros méritos, obligan a reflexionar sobre la condición ficcional inherente a buena parte de la escritura histórica. Acuñadas con exquisita prosa, vi que las estampas sobre Ax hacían guiños de jocosa y borgesiana erudición, y con ellos nos instalaba en la certeza de que el hombre, haga lo que haga y viva en la época en la que viva, siempre será un bicho estrambótico, un creador de desvaríos, un ser más próximo a la locura que a la razón. Pensé que era fácil augurar un inmediato aprecio a las páginas de este libro, animal bibliográfico tan asombroso que también parece obra del prodigioso reino de Ax y no de la literatura amonedada habitualmente en la Comarca Lagunera. Lo demás fue trabajar un poco con Alfredo y pedir a Luis García González el trabajo de ilustración que tampoco dudo en calificar como excelente, un complemento gráfico digno de total admiración y gratitud.
En resumen, El prodigioso reino de Ax es un libro que no debemos eludir. Su imaginación y su filoso humor nos obligan a celebrar la presencia de Alfredo Hernández, una presencia que da gusto reencontrar y compartir.
Comarca Lagunera, 22, octubre y 2013

Introducción al prodigioso reino de Ax
Alfredo Hernández

Aquel que fue declarado territorio estéril por los descubridores ingleses y portugueses, lugar proclamado maldito por los viajantes que posteriormente rescataron unos cuantos manuscritos conservados hasta la época presente, fue el reino de Ax cuyo recuerdo estuvo a punto de desaparecer. Un yermo de planicies inmensas cubiertas con un manto milenario de sal guarda las reliquias de aquel país que se desarrolló entre el prodigio y la locura de sus gobernantes, más lo segundo que lo primero. Historiadores de todo el mundo en todas las épocas han intentado penetrar en el misterio del lugar y el tiempo de este reino.
Más espesa que la capa salina que cubrió el territorio es la conjura que se propuso borrar todo rastro del paso de los hombres de Ax sobre la tierra. Esa confabulación provocó en muchas mentes el deseo de saber más de lo que las tradiciones y leyendas han transmitido. Contando con los amarillentos y quebradizos papeles de que ya dimos noticia, muchos alientan la esperanza de encontrar aquellas ciudades con palacios de muros de esmeralda.
Algunas mentes brillantes lograron penetrar en el misterio y acordaron mantener en secreto la historia para que los hombres del futuro, tú y yo, buscáramos nuestro propio camino sin las referencias de lo sorprendente que esconde la memoria de Ax.
De la colección de documentos conservados en la biblioteca del venerable J. L. Casares pudo extraerse el «Nova Totivs Terrarvm Orbis Geographica Ac Hydrographica Tabula, del auct: Henr: Hondio». En ese mapa, realizado en el primer tercio de 1600, aparece un espacio abajo del «Mar de India», la región «Terra Australis Incognita» que algunos identifican como asiento del reino perdido. El padre G. de Ockham, poco antes de ser excomulgado por el papa Juan XXII, descartó esa idea y propuso buscar en el lugar que hoy es conocido como Triángulo de las Bermudas, muy cerca del sitio donde se dice que se encontraron ruinas que confirman la existencia de la Atlántida.
En cuanto a la época del florecimiento de la cultura de Ax, nadie se pone de acuerdo, pues si bien Pitágoras emplea como metáfora la belleza física de todos los hombres y mujeres de aquel territorio, Tucídides introduce en La guerra del Peloponeso a uno de los embajadores griegos que tiene conocimiento exacto del lugar preciso donde se desarrolló la grandeza de aquel pueblo, sólo que éste no pronuncia palabra en todo el encuentro con los lacedemonios. Pero hay más todavía. Artistas, filósofos, historiadores, religiosos y buscadores de tesoros manejan secretamente algunos trozos de información que intercambian en medio de rigurosos acuerdos y luego cada uno a su manera intenta reconstruir el mapa real donde se ubica el lugar que ha motivado tantos afanes. Han pasado muchos años desde que el primero de estos hombres dio a conocer la estatuilla de bronce de la reina Tit en aquel oscuro museo de historia natural de un remoto poblado boliviano, confirmando con ello la existencia de lo que hasta entonces sólo había sido conjetura.
Todo lo referente a los hechos que ningún historiador quiere registrar, han sido transmitidos de boca a oído. Aún no hay nada escrito, salvo estos pocos registros recuperados del arca de hierro de un anticuario egipcio muerto en extrañas circunstancias. Pero esa es otra historia y no se relatará en estos documentos por temor a caer en imprecisiones o falsedades.

Tres en uno












Cuando despertó, Gregorio Samsa todavía estaba allí convertido en un horrible escarabajo, pero no supo si era Gregorio Samsa soñando que era un horrible escarabajo o un horrible escarabajo soñando que era Gregorio Samsa.

sábado, enero 09, 2016

Mis azqueles
















En otros lugares les llamas hormigas u hormiguitas, y aquí les decimos azqueles o asqueles, con “s”. En verano son infalibles y aparecen querámoslo o no, como los enemigos. Cuando me cambié de departamento aparecieron en el baño, sólo allí. Entraban por el borde de la ventana y comenzaban su descenso infatigable. Pronto los vi por todo el piso de mi habitación, buscando. Mi nuevo hábitat no tenía cocina, así que esos insectos poco podían esperar. Tuve la esperanza de que desaparecieran ahuyentados por el vacío. Pero no, durante varios días seguí viéndolos. No eran muchos; tal vez, a lo sumo, alcancé a contar treinta ejemplares bien distribuidos, todos afanosos de hallar algo. Un día pensé en buscar un espray para eliminarlos. Lo malo es que siempre olvidé comprarlo. Lo anoté incluso en un papelito, pero por cualquier razón jamás fui al súper por el fumigante. Poco a poco me hice a la idea de convivir con esos insectos. Recuerdo que me sentaba en la taza y en vez de leer como acostumbro mientras prescindo de lo demás, miraba los recorridos más o menos fijos. Unos subían, otros bajaban, todos con las manos vacías (es un decir), pues ahora desayuno, como y ceno fuera y no podía haber restos de alimento en mi habitación. Vi que seguían los mismos rumbos, que se guiaban en un sendero predominante e invisible. Alguno desviaba el camino, pero la mayoría no violentaba la ruta. Cuando se topaban de frente hacían un pequeño alto, como quien se cruza con el vecino e intercambia un breve saludo. Yo, no lo he dicho, vine a vivir solo a este departamento sin cocina porque lo perdí todo tras mi separación. Pensé, en esas horas de delirio que a veces produce la soledad extrema, que los insectos eran mis compañeros, y se me ocurrió la locura de tolerarlos, de no pensar otra vez en su exterminio. Y más: de alimentarlos. Había visto que les fascinaban los huesos con algún vestigio de carne, así que una noche fui al restaurante, pedí costillas, y en vez de dejar los restos en el plato los guardé en la bolsita de supermercado que llevaba especialmente preparada para el caso. Llegué luego a mi departamento y dejé dos huesos. En la madrugada sentí ganas de orinar, fui al baño y vi que los restos eran invadidos por una legión de azqueles. No supe qué hacer, se me fue el sueño y dejé todo como estaba. A la mañana siguiente, los huesos aparecieron ya abandonados, blancos. Desde entonces ya no pongo nada. Sólo veo y observo a mis treinta azqueles, los que me han sido leales con o sin dádivas.

viernes, enero 08, 2016

Chapo reciclado




















Escribí este pequeño soneto (valga el pleonasmo) para no olvidar el bello día que estamos a punto de terminar. En México, como en cualquier parte del mundo, no hemos estado al margen de las cortinas de humo. Nuestra novedad, nuestra peculiaridad, en todo caso, está en la terca rehidratación del procedimiento, de manera tal que con esto nuestro gobierno ha inventado una forma completamente original del reciclaje. ¿Cuánto más podrá servir el mismo asunto para distraernos? No lo sabemos. Eso sólo pueden saberlo dios y la Secretaría de Gobernación.

Chapo reciclado
Atraparon al Chapo nuevamente
—a ese Chapo que dicen es el Chapo—
vaya historia sin par, sin referente
vaya manera de exprimir al capo.

Se afirma que el Estado delincuente
lo usa, le coloca cualquier trapo
y lo exhibe en el juego recurrente
del tipo que se cree muy listo y guapo.

En este laberinto de patrañas
con tanta información de nebulosa
debemos tratar de darnos mañas:
saber cuál es veraz, cuál falsa o sosa
evitar la tv, que no nos pierda
ni nos hunda entre tanta y tanta mierda.

miércoles, enero 06, 2016

Pata de pollo













Entre los proyectos no sé si realizables para 2016 me he propuesto armar un libro en mi columna, al alimón. No tengo su título, pero sí el subtítulo: "Relatos de un solo párrafo". En realidad se me ocurrió hace mucho, pero nunca puse manos a la obra. Ahora esperé el inicio de este año para dar arranque al juego, y aquí está el inicio tentativo. Su inspiración es ya algo lejana, de 2007, y se basa en esta anécdota.
Traigo otro recuerdo para justificar mi sencillo emprendimiento: allá por mil novecientos ochenta y tantos vi un dibujo espontáneo, muy suelto y, para mí, perfecto del maestro lagunero Tomás Ledesma. Un día me atreví (yo era muy joven) a preguntarle por qué los pintores no practicaban más ese tipo de trabajo de estilo desenfadado, casi ajeno a cualquier idea de esfuerzo pero, sin duda, artístico cuando la mano del dibujante muestra dominio y soltura, esa difícil facilidad que no todos tienen de su lado. El maestro Ledesma me respondió con unas palabras que jamás olvidé, más o menos éstas: los pintores trazan tales dibujos como práctica, para mantener caliente la mano, y algunos trabajos pueden ser apreciables, pero es un hecho que muchos de esos artistas siempre aspiran a más, a la pintura elaborada y de formato menos modesto. Pues bien, cuando me topé con los dibujos del maestro Iramaín recordé al maestro Ledesma, y se me ocurrió juntar sus ideas en dibujos literarios sueltos, desenfadados, no de una sola línea pero sí de un solo párrafo.
Quiero suponer que con estos trazos en prosa nutriré mi columna de Milenio Laguna y, de paso, armaré un libro, además de "mantener caliente" la mano. Ignoro si esto saldrá bien, de verse, y más ignoro todavía si cumpliré mi promesa, pues una de mis más arraigadas costumbres es defraudarme cuando abrazo propósitos de año nuevo. Ya se verá.
Por lo pronto, va el primero de estos "Relatos de un solo párrafo":

Pata de pollo
Cuando vino Dieter tuve la obligación de atenderlo. Era alemán, de Hamburgo, y venía a instalar una máquina en la empresa. El gerente me dio la orden de moverlo, de recogerlo todos los días en el hotel y llevarlo a donde quisiera. Dieter, por suerte, hablaba buen español pues lo había estudiado en su universidad y durante un largo verano en Madrid, me dijo. Dieter, tipo alto, rubio, de ojo azul y nariz larga y afilada, como de albatros, pasaría tres semanas en mi región y por supuesto no estaba dispuesto a desperdiciarlas sólo en el trabajo y el hotel. Pronto me pidió que lo llevara a conocer bien la ciudad, a mirar sus escondrijos. Lo llevé a dos o tres bares de esos que se creen del bajo mundo pero sólo sirven para hacer que los niños fresas se crean malditos. Dieter me dijo que esos lugares le parecieron muy “norteamericanos”, muy de estilo texano o algo así. El imaginaba los bares mexicanos de otro tipo, como de película del lejano oeste. Me sentí un poco ofendido, íntimamente ofendido. Le dije que nuestras cantinas tradicionales no eran como de western, pero tampoco nos representaban bien los bares puñeteros que imitan estilos yanquis. Prometí llevarlo entonces a una cantina de las nuestras, de ésas que a duras penas sobreviven en el centro. Caímos en el Íntimo Irritila, un barecito casi en ruinas, apestoso a meados y cerveza y sólo decorado con pósters de encueratrices setenteras. Era un mediodía de viernes, y además de cerveza le entramos a la botana. Hasta yo sentí asco con el ambiguo caldo servido en un plato de peltre. Recuerdo que el mío llevaba una horrenda pata de pollo, y me lo tragué sólo por orgullo, sólo para no recular delante de Dieter. Él hizo lo mismo, consumió el potaje con un gusto no sé si fingido. El lugar le había parecido muy original, un sitio mexicano “perfecto”. Hasta en la rocola fue a poner varias de José Alfredo, para ambientar. El sábado le llamé al hotel, para ver si se le ofrecía otro paseo. Dijo que no, que se sentía mal del estómago, que luego se comunicaría. También le llamé el domingo, pero en la recepción me dijeron que había salido. El lunes muy temprano me llamó el gerente. Me comentó que Dieter estaba en el hospital, con una fuerte diarrea, y que por favor yo fuera a hacer guardia para llevarlo al hotel cuando lo dieran de alta. Creo que no me sentí tan mal. Era una lección para el alemán. A ver si con eso se le borraba la idea de que sólo tenemos cantinitas agringadas e inofensivas, y a ver si con eso, de paso, me evitaba el sacrificio de comer caldos con patas de pollo.

sábado, enero 02, 2016

Cuando los libros se van

















Nomás un puño de tierra, eso dice una canción al referirse a lo que nos llevamos tras la muerte: nomás un puño de tierra y a veces ni eso cuando optamos —o cuando nuestros familiares optan— por la cremación. Todo lo que poseemos, entonces, lo mucho o lo poco que poseemos, se queda aquí, en este valle de lágrimas en el que sólo respiramos un ratito.
Ante lo brutal de ese destino pleno de desposesión, ante el “no-ser” que decía Lezama Lima, suele no quedarnos más que pensar en lo que hemos acumulado, sea poco o sea mucho, y elegir en qué manos terminará. Por lo general, quienes se han preocupado mucho por tener saben a dónde irán a parar sus tesoros luego de la muerte: la esposa, los hijos, el pariente más cercano se quedan con la herencia, con las casas, los vehículos, las joyas, el dinero y todo lo que guarde algún valor visible, indiscutible.
¿Pero qué pasa si el futuro muertito ha sido un acumulador de libros y no de otros objetos fácilmente intercambiables en el mercado? Sabido es que quien abraza el vicio de los libros no toma las providencias necesarias para heredarlos; sabe qué hacer con sus otras posesiones, si es que las tiene, pero no con los libros. Algo extraño ocurre en estos casos: los libros son acaso percibidos como imperecederos y las bibliotecas como entes ajenos a la dispersión, a la pulverización. Si durante treinta, cuarenta o más años descansaron en una estantería, no hay razón para pensar en el término de su vida en comunidad, es decir, en el fin de su existencia como biblioteca personal.
Lamentablemente, el tiempo, esa sustancia invisible que siempre es cruel con el hombre, también lo es con las bibliotecas personales. Más de una numerosa, bien armada, sólida, llena de títulos fascinantes y lujosos, ha terminado convertida en nada, dispersa, diluida en librerías de viejo tras la muerte de su dueño. Lo digo por experiencia. Pertenezco a una generación que comenzó a comprar libros hacia la década de los ochenta. Además de los nuevos que adquirí desde las primeras épocas del intruso celofán, compré, y sigo comprando, en librerías de viejo. Allí he hallado joyas, libros que de otra manera jamás hubieran llegado a mis manos. Pues bien, no ha sido infrecuente que en esos espacios aparezcan títulos antes pertenecientes a bibliotecas bien armadas. Lo sé porque ostentan firmas, sellos de goma o ex libris de escritores y periodistas de mi región.
¿Y qué pasó, por qué llegaron esos libros hasta allí? Es fácil conjeturarlo. Al morir, los familiares quizá supieron qué hacer con el dinero y otros bienes heredados por el desaparecido, pero no con sus libros. Resolvieron entonces por el camino fácil: vender en las librerías de segunda mano, tal vez en bulto, indiscriminadamente, bibliotecas enteras. Luego, como pirañas, a granel, hemos ido apareciendo los compradores y nos hemos llevado por separado los libros que antes estaban juntos y formaban una biblioteca.
Mi amigo argentino David Lagmanovich tomó providencias. Murió en 2010, había nacido en 1927, y antes de llegar a los ochenta organizó y catalogó su enorme biblioteca y mediante convenio la donó a un centro cultural de San Miguel de Tucumán, en el noroeste argentino. Esa biblioteca siga en pie, reunida en un solo espacio y es útil para quienes desean consultarla.
Por más que el futuro se pinte como sólo digital, es pertinente que los dueños de bibliotecas sepan que la vida sí se acaba y que sus libros pueden quedar en buenas manos, salvados de la despiadada venta. Organizarlas y donarlas con cuidado puede ser quizá su último acto de amor por los libros, los (sus) queridos libros arracimados en una biblioteca personal.

miércoles, diciembre 30, 2015

Noventa bienvenidos pretextos




















Recién, el 24 de diciembre, cayó en mis manos El interés más sincero, noventa pretextos para iniciar una conversación, de Heriberto Ramos Hernández. Tuve la fortuna de escribir para sus páginas unas palabras liminares, y son éstas:
Heriberto Ramos Hernández es mi amigo. No de esos amigos que llegan una vez e intercambian dos o tres chistes, dos o tres confidencias o dos o tres cervezas para luego esfumarse, sino de aquellos que aparecen para permanecer en el afecto, para proseguir en la cercanía de esa serena y generosa conversación que es, o debe ser, la amistad.
Desde mis primeros diálogos con él noté lo obvio y por lo tanto inevitable: provenimos de una misma generación y por ello compartimos la misma educación sentimental, las mismas canciones, el mismo cine, incluso la misma ramplona televisión, pero pertenecemos a dos ámbitos profesionales distantes; no hay entre lo suyo y lo mío, entonces, muchos puntos de contacto. Lo natural hubiera sido, por ello, enmudecer en una mesa de café o en la sobremesa de alguna fiesta, y no fue el caso. Heriberto, hombre de intereses misceláneos, supo colocar su charla en un punto para mí adecuado, el de la literatura y la política, de manera que en lugar del mutismo logramos establecer un ping-pong de ideas enriquecedor, ya que él no es sólo un tipo que-sabe-mucho, sino algo más importante: es un hombre que reflexiona mucho y con innegable profundidad, que bucea sin miedo en su interior y de tal pesquisa siempre obtiene ideas distintas, enfoques novedosos, puntos de vista que aclaran un concepto o van más allá de lo habitual, tanto que echan por tierra lugares comunes tenidos habitual y erróneamente como certezas, como duras y bien galvanizadas opiniones.
El interés más sincero, noventa pretextos para iniciar una conversación es una evidencia de los saberes múltiples que carga Heriberto en el carcaj. Lector tan voraz como cuidadoso del detalle, del renglón, de la palabra y sus ingrávidas sutilezas, este lagunero es un buen ejemplo de que nada estorba a la hora de pensar. Los libros, es cierto, son frecuente catapulta de sus indagaciones, pero no es menos cierto que una canción popular, una película, un programa de televisión, una foto, una nostalgia, la sobremesa con su esposa y con su hijo, el diálogo con un jardinero, cualquier recuerdo y todo lo que rodea esto que llamamos vida detonan en él un parecer gratamente dicho y, mejor, lúcidamente angulado.
Las páginas que vienen a continuación no ocultan su matriz periodística, pero en su momento, cuando las piezas aquí reunidas fueron artículos semanales, no se atuvieron a la relampagueante coyuntura ni se tragaron la gambeta del ruido mediático. Antes bien nacieron con un extraño ánimo de ser útiles más allá del diario, de orientar hacia libros e ideas que en efecto sirvieron ayer y pueden servir hoy a quien las lea. Experto en lo suyo —las finanzas, las inversiones, la economía y sus, para muchos, esotéricos flecos—, Heriberto ha logrado atravesar por su experiencia profesional y sus lecturas para condensar en animados textos lo que para tantos es opacidad, confusión y a veces pleno misterio. No dudo que sus consejos, sus aerodinámicas conclusiones y su galería de buenas fuentes disuelvan dudas al lector poco avisado en estos temas y de paso acerquen, si fuera el caso, la simpatía del conocedor, su homólogo.
Los noventa artículos que pueblan estas páginas fueron en un primer momento preparados para la prensa lagunera. Heriberto los publicó semanalmente en su espacio del diario Milenio Laguna, y algunos aparecieron además en otros medios impresos como la revista Expansión.
Al volver las hojas de El interés más sincero veo en suma al amigo con el que he conversado, al Heriberto que me ha convidado ya tantas veces al amable flujo de su charla. Es difícil explicar lo que consideramos esencial, y una personalidad lo es. La de Heriberto es respetuosa, cordial, solidaria, optimista, luchona, como decimos por acá. Jamás lo he visto airado, jamás he oído de él una palabra de quejumbre y desaliento, jamás le he percibido mala leche contra nadie, ni siquiera contra quienes la merecen, aunque sí rabia ante la injusticia y puntiagudo sarcasmo ante los brutos que la ejercen. Creo que si lo miramos con atención —en el fondo y como quería Montaigne para sus Ensayos—, él, Heriberto, es el tema de este libro.
Accedamos pues al espíritu que guardan estas páginas. Dialoguemos con los noventa pretextos de Heriberto Ramos Hernández e iniciemos con ellos alguna conversación.
Comarca Lagunera, 15, septiembre y 2015

Nota: El interés más sincero. Noventa pretextos para iniciar una conversación (Interamericana, Torreón, 2015, 262 pp.) es asequible en la librería El Astillero (Morelos 567 poniente, Torreón).