miércoles, marzo 04, 2015

El neologismo papal y las goteras














Estaré publicando en Miradas al Sur, semanario político y cultural de Buenos Aires. El texto que viene es la entrada del que publiqué el domingo pasado. Completo está en la página del semanario y aquí, en este blog.

Como casa vapuleada por las lluvias y ya debilitada de su techo, la imagen actual del gobierno mexicano ha comenzado a sufrir filtraciones por todos lados, de ahí que el canciller José Antonio Meade Kuribreña ande de aquí para allá con los baldes, ahora permanentemente dedicado al control de daños, afanoso de que no se moje la alfombra tricolor. Son pues tiempos difíciles para el gobierno mexicano, y aunque en general el país de la bandera con el águila y la serpiente sobre el nopal no interese mucho en el exterior, algo va sabiéndose dentro y fuera, algo, poco a poco, llega a (y de) los periódicos del exterior y eso propicia comentarios, opiniones, juicios, conjeturas sobre un régimen en crisis y con goteras críticas provenientes de donde menos se les espera.
Hace algunas semanas, en noviembre apenas, un famoso personaje del Río de la Plata abrió una grieta importante. Debido a la resonancia mundial del caso Ayotzinapa y los 43 estudiantes normalistas desaparecidos, Pepe Mujica declaró a Foreing Affairs Latinoamérica que la situación de México le parecía “terrible”, y agregó que a la distancia nuestro país le da la impresión de que es “una especie de Estado fallido, que los poderes públicos están perdidos totalmente de control, están carcomidos”. Ese puñadito de palabras bastó para que la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) moviera sus engranes con el fin de motivar una “rectificación”. Y la consiguió. Muy poco después, el mandatario uruguayo “precisó”: “Las crudas noticias que nos llegan sobre las consecuencias del narcotráfico en países como Guatemala, Honduras y ahora México, nos gritan una verdadera lección de dolor (…) no son, ni serán, estas naciones, estados inocuos o fallidos”. Curiosamente, por esos mismos días, casi por esas mismas horas (el 24 de noviembre de 2014), Le Monde colocó una foto grande en su página principal, y encima de ella una frase elocuente: “La revuelta de los mexicanos contra el ‘estado mafioso’”. Una simple coincidencia.
La percepción comienza a ser generalizada: en México pasa algo grave. El narcotráfico, la violencia y la corrupción política, todo en la misma ensaladera, está armando una turbulencia imprevisible, un caos que los voceros del gobierno encabezado por Enrique Peña Nieto están tratando de contener dentro y fuera del país con boletines de prensa más que con acciones que en efecto desactiven los problemas y frenen las declaraciones incómodas, sobre todo las que caen como granadas desde el exterior.

Días de tormenta
Los días que van del 22 al 25 de febrero fueron particularmente complicados para el gobierno mexicano. Fue como si tirios y troyanos se hubieran puesto de acuerdo para lancetear un mismo objetivo. Por esos días, el ex presidente Fox, quien pese a sus evidentes limitaciones jamás se distinguió por la continencia verbal, dijo en Hermosillo, Sonora, al norte de México, que “Al presidente Peña ya nos lo pusieron en jaque, solo le falta el jaque mate, que esperemos no llegue, pero francamente va a estar cañón [difícil] que este gobierno se recupere de la tranquiza [golpiza] de los últimos seis meses, que es desafortunada para el país”. Este triste diagnóstico quedó en casa, fue de autoconsumo, y el aparato gubernamental no movió piezas para desautorizarlo, casi como si confiara en que Vicente Fox se desautoriza por sí solo.
No ocurrió lo mismo con Alejandro González Iñárritu, el director de cine mexicano que el domingo 22 de febrero ganó el Oscar como mejor director. Aunque no se ha caracterizado por una combatividad política insistente, el Negro, como le apodan, aprovechó el foro mundial que abren los premios de Hollywood para hacer una declaración de alfombra roja, en vivo y en cadena mundial: “Ruego para que podamos encontrar y tener el gobierno que nos merecemos (…) la generación que está viviendo en este país pueda ser tratada con el mismo respeto y dignidad que la gente que llegó antes y ayudó a construir este país de inmigrantes”.
Este breve speech ameritó inmediato control retórico de daños. El presidente Peña Nieto, en su cuenta de Twitter, le escribió como sin acusar el efecto del cross a su mandíbula: “trabajo, entrega y talento. ¡Felicidades! México lo celebra junto contigo”. Pero no fue suficiente: como al fin se trataba de un mexicano regando la sopa en el extranjero, la “precisión” plena de gerundios llegó esta vez del Partido Revolucionario Institucional (PRI, donde milita Peña Nieto): “Coincidiendo en el orgullo mexicano, es un hecho que más que merecerlo estamos construyendo un mejor gobierno. Felicidades #GonzálezIñárritu”.
Para el lunes 23 la gotera abierta durante la noche de los Oscares parecía bajo control, pero una nota cundió, primero, en las redes sociales, y después en todos los medios: en un intercambio epistolar y por lo tanto privado pero que se hizo público, el Papa había escrito que debido al avance del narcotráfico temía la “mexicanización” de Argentina. Esa palabra, ese neologismo creado por Jorge Luis Bergoglio bastó para agitar opiniones en México y para, otra vez, movilizar los baldes de la SRE: era necesario evitar que la tremenda gotera llegara a la alfombra, pues además el Pontífice había rematado, de volea y contundente, como si fuera centro delantero del San Lorenzo, esto: “Estuve hablando con algunos obispos mexicanos y la cosa es de terror”. En una primera respuesta, la SRE manifestó, mediante el canciller Meade, “tristeza y preocupación respecto de los comunicados que se hicieran de una carta privada del papa Francisco (…) México ha hecho enormes esfuerzos, ha manifestado un gran compromiso, ha señalado la necesidad que respecto a este tema se dé un diálogo amplio (…) nos parece que más que estigmatizar a México o cualquier otra región de los países latinoamericanos, lo que debiera hacerse es buscar mejores enfoques, mejores espacios de diálogo”.
Por su parte, del Vaticano salieron estas declaraciones conciliatorias: “La Santa Sede considera que el término ‘mexicanización’ de ninguna manera tendría una intención estigmatizante hacia el pueblo de México y, menos aún, podría considerarse una opinión política en detrimento de una nación que viene realizando un esfuerzo serio por erradicar la violencia (…) en ningún momento ha pretendido herir los sentimientos del pueblo mexicano”.
Claro que se trata de una respuesta diplomática más o menos previsible, pero en México fue quizá mejor recibido el neologismo papal que el comunicado de la Santa Sede.

Arrecia la granizada
El martes 24 comenzaron las repercusiones en la opinocracia mexicana. Uno de los primeros en comentar con cierta amplitud las palabras papales fue el columnista Julio Hernández López, del periódico La Jornada. El periodista hizo un breve recuento de las condiciones epistolares en las que se dio la declaración de Francisco, para luego considerar que el Papa no programó viaje a México y sí a EU y algunos países de Sudamérica; luego recordó que el nuncio había estado en Ayotzinapa para decir a los familiares de los estudiantes que “Francisco está con ellos”. O sea, algunos signos de solidaridad, así sea tenues, del clero con afectados por la violencia en México.
En su columna Campos Eliseos del martes (El Universal, uno de los diarios más influyentes del país), Katia D’Artigues observó un detalle peculiar expresado también con peculiar sintaxis: “Lo que sí ahora entiendo yo es cómo se sentían los colombianos hace unos años cuando aquí en México se hablaba del peligro de la ‘colombianización’ de México”. Ciertamente en los noventa, durante el gobierno de Ernesto Zedillo, en México se temía a la “colombianización” —que así era planteada—, de manera que esto de los neologismos con gentilicio no suena del todo nuevo en suelo azteca.
En su editorial del miércoles 25, La Jornada resume la actuación reciente del servicio exterior mexicano en relación a sus dificultades para contener la granizada: “En estos meses la cancillería mexicana ha debido procesar, entre otras, observaciones críticas del presidente saliente de Uruguay, José Mujica; el de Bolivia, Evo Morales, y el de Estados Unidos, Barack Obama; de legisladores del Parlamento Europeo; del Comité de la ONU contra la Desaparición Forzada (CED); de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y de organismos independientes como Amnistía Internacional”, en suma, mucho laburo, como dicen los argentinos, para evitar que el techo —la imagen— del gobierno mexicano en el extranjero se venga a tierra.
Por su parte, hasta Joaquín López-Dóriga, conductor del noticiero televisivo más visto del país (del archipresidencialista grupo Televisa), señaló en su columna de Milenio que hay sutiles diferencias entre Francisco y el gobierno mexicano. Lo planteó en estos términos: “El mensaje pegó en el casco del gobierno de México, donde había pegado el misil anterior, nuclear, del anuncio de que no vendría a México este año ni el próximo, cuando en el encuentro del 7 de junio del año pasado, en la biblioteca del Palacio Pontificio del Vaticano, el papa Francisco dijo al presidente Peña Nieto que sí, y le autorizó anunciarlo en público como lo hizo. El aplazamiento indefinido de esa visita ha provocado algo que va más allá del malestar en Los Pinos y en la Cancillería, donde hay quienes lo toman como un pontificio desaire”. Los Pinos es la residencia oficial del Ejecutivo mexicano.
Jenaro Villamil, reportero y articulista de la revista Proceso y del portal Homozapping, entró así al tema: “Que se calle el Papa, que se calle Obama, que se calle Clinton, que enmudezca González Iñárritu, que dejen de indagar los reporteros extranjeros, que se vayan los forenses argentinos, que la ONU deje de juzgar y que dejen en paz a este gran gobierno que ha decidido responder ‘golpe por golpe’ la ola de críticas y animadversión que genera su actitud ante cada expediente conflictivo. Esta parece ser ‘la línea’ de Los Pinos. No lo dicen así, por supuesto, pero las respuestas y las correcciones tienen el tufo regañón de quien no sabe cómo salir de una para entrar a otra crisis”.
En suma, la carta de Francisco agitó el avispero de la opinión pública mexicana, y si bien es cierto que muchos mexicanos rechazaron el parecer del máximo representante del clero católico, otros tantos, acaso resignados, vieron que el Pontífice había atinado, gracias a la información de los obispos emplazados en México, que ciertamente en el país de la virgen de Guadalupe la cosa está “de terror”.
En su artículo del viernes 27 de febrero (publicado en Milenio Laguna), el historiador Sergio Antonio Corona Páez ha resumido bien todo este asunto: “En días pasados, diversas organizaciones no gubernamentales de carácter internacional han denunciado a nuestro país como una nación con una crisis humanitaria. La Comisión de Derechos Humanos de la ONU y Human Rights Watch así lo han hecho. Diputados del Parlamento Europeo han llegado a la misma conclusión.  Incluso el papa Francisco, enterado por los informes de los obispos mexicanos, menciona un hipotético e indeseable proceso de ‘mexicanización’ para la Argentina. De esta manera, México se convierte en paradigma del estado fallido, en gran medida gobernado por narcopolíticos, tiranizado por los grupos de poder a costa de los derechos humanos. Es una verdadera tragedia que un país como el nuestro, llamado a ser grande tanto por su historia y su población como por sus recursos, se haya convertido en una nación de dudosa categoría. (…) La verdadera tragedia es que, como nación, México ha optado no por el ejercicio de la justicia, sino por el amañamiento y las inconfesables complicidades del poder político y económico a costa del bien de los ciudadanos. Esto es la ‘mexicanización’”.

martes, marzo 03, 2015

Cumplimiento de la supervivencia













Cuando un escritor recibe la encomienda de entresacar piezas de su obra con el fin de armar una antología, el libro resultante suele llevar el apellido “personal”. La antología personal —que a mí me gustaría llamar, mejor, “selección personal” para evitar el sutil gesto de soberbia que supone la palabra “antología”— es entonces una especie de automutilación: al elegir, el autoantólogo elimina partes de su propio espíritu encarnado en textos que por alguna razón no dan el ancho o no alcanzan a decir mejor que otros lo que el escritor/seleccionador cree que él mismo es. El producto de esa poda es la antología personal, una especie de autobiografía perfilada oblicuamente, un espejo de mano.
Nadia Contreras (Quesería, Colima, 1976) ha trabajado sobre sus numerosos poemas con el objetivo de definirse en aquellos que a su juicio la retratan con mayor precisión. El resultado es Cumplimiento de la voluntad, hermoso título para un libro que expresa una esencial y conciente profesión de fe literaria, poética en este caso, que desde ya podemos describir como vocación de superviviente.
Autora de Presencias, Caleidoscopio, Visiones de la patria muerta, Pulso de la memoria, El andar sin ventanas, entre otros libros de poesía, ensayo y relato, en Cumplimiento de la voluntad Nadia Contreras agrupa varios de sus poemas y permite apreciar, de un vistazo, que la esencia de su voluntad ha estado puesta al servicio de una minuciosa captación de instantes que a su vez han sido asideros para seguir en pie.
Miniaturista del tiempo, Nadia Contreras toma entre sus manos —que es tomar entre su versos— aquellos flashazos de vida que a la larga son o serán la memoria. Somos lo que recordamos, y lo que recordamos es una coruscante sucesión de momentos que en este caso, gracias al poema, quedan resguardados, protegidos, galvanizados contra la corrosión del olvido y sirven luego como báculos para mantenerse con vida.
La poeta, atravesada por el azoro, observa el exterior y se lo apropia, lo problematiza en su sangre, y clava el pasado no para regodearse en la nostalgia, en lo perdido, sino para reverdecer el presente, para volver a la plenitud de la existencia en el hoy.

Años después, dejo de tomar en serio
los capítulos de mi vida.
Quiero vivir.
Vivir es el término que más se acerca
a mi propósito.

Heredera sin aspavientos de la Nin, la Plath, la Pizarnik y la Peri Rossi, a quienes tributa homenaje en alguna de las páginas que componen Cumplimiento de la voluntad, Nadia Contreras es, como aquéllas, una escritora que proviene del deporte extremo conocido como introspección, ese buceo en agua profunda que permite apreciar, de golpe y sin mayor equipamiento, que en el fondo todo ser humano es un superviviente de los demás y, sobre todo, de sí mismo:

Soy yo la que se desgaja,
la que una mañana despertó en mitad
de las sombras
y al abandono
logró sobrevivir.

Cumplimiento de la voluntad, Nadia Contreras, Secretaría de Cultura de Coahuila, colección Arena de poesía, Saltillo, 63 pp.

sábado, febrero 28, 2015

Match en las nubes














En México decimos “voladito” al niño que luego de hacer una gracia pública es aplaudido y luego no cesa sus intentos de repetir la hazaña: divertir de nuevo a la concurrencia. El resultado, claro, es lamentable: el niño insiste tanto que es necesario frenarlo: “Ya, no seas voladito”, le indica su madre. Ese niño voladito y desconocido para mí es un poco el Gabriel García Márquez que a principios de los setenta entrevista al Pablo Neruda recién premiado con el Nobel.
El testimonio está en YouTube como “Gabriel García Márquez entrevista a Pablo Neruda”, y llegué a él como uno llega a tanta información en la red: por vagabundeo internético. El diálogo fue producido, todavía en blanco y negro, por la televisión chilena. Lo introduce y lo cierra un locutor que habla en cámara lenta y tiene un extraordinario dominio de la torpeza retórica. Si uno resiste las palabras preliminares o simplemente las brinca, al fin aparece lo bueno o se ahorra tiempo valiosísimo y llega rápido a los figurones.
Luego de ese preámbulo saludablemente omitido comienza pues la entrevista, insólita para mí, entre los dos tótems latinoamericanos. Neruda se había agenciado el Nobel en 1971 y a García Márquez le faltaban como diez para que la Academia Sueca se lo diera. Por lo que se puede ver, u oír, mejor dicho, Neruda tiene ya en ese momento una gran admiración por el narrador colombiano, quien para entonces mantenía intacta la imagen de triunfador que de hecho ya no perdió desde el 67, cuando apareció Cien años de soledad, hasta que murió, en 2014.
La conversación es amable, sencilla, nada complicada por referencias culteranas. En uno de sus pasajes ambos confiesan que de alguna manera apetecen ser el otro: García Márquez dice que como novelista sabe que su narrativa tiende a poetizar, y Neruda subraya que su poesía no tiene miedo a ser atravesada por cierto impulso narrativo. El chileno observa algo que vale la pena destacar: dice que envidia a los novelistas, que lee muchas novelas, que le hinca el ojo incluso a las policiales y que, para él, la novela es “el bistec de la literatura”, es decir, la parte más fuerte del platillo.
Lo mejor es ver “en vivo” esta entrevista y aguardar su sorpresivo y jocoso final. De paso podemos sonreír ante la mesura y la madurez de un Neruda ya cabalmente cuajado y un García Márquez algo imprudente, un poco en la pose de genio voladito que asume el escritor cuando la fama lo invade demasiado joven. El colombiano, claro, pronto abandonó ese estilo. Ya no requirió de la pedantería cuando la gloria le cayó encima.

miércoles, febrero 25, 2015

Los grandes foros














Los grandes foros son muy importantes para la manifestación política de quienes no se mueven habitualmente en el periodismo ni en la militancia. El primero que viene a mi mente es acaso el más recordado: aquél en el que los norteamericanos Tommie Smith (oro) y John Carlos (bronce) subieron al podio de ganadores y mientras sonaba el himno de EU levantaron sus manos enfundadas en sendos guantes negros. Ambos asistieron a la ceremonia, además, sin calzado, sólo con calcetines. El gesto de los guantes representaba la lucha de la comunidad afronorteamericana frente al racismo y, en el caso de los pies descalzos, el símbolo de la pobreza en la que vivía la misma comunidad. Pese a que no hubo palabras sobre el escenario, aquello fue, por supuesto, un escándalo. El Comité Olímpico expulsó para siempre a los atletas y cuando regresaron a su país ambos recibieron trato de apestados, no consiguieron trabajo y fueron incluso perseguidos por los grupos racistas más radicales.
Como Smith y Carlos, con palabras o con gestos simbólicos, muchos atletas, artistas y ciudadanos sin notoriedad han aprovechado espacios adecuados para hacer visible tal o cual realidad con implicaciones políticas. No todos tienen el beneplácito general del respetable público, como pasó en aquella Cumbre de 2006 en la que una reina de belleza argentina, Evangelina Carrozo, interrumpió la foto oficial de mandatarios con un cartel de protesta ambientalista. Lo peculiar fue que la chica subió al foro enfundada en un bikini relativamente breve y tan bien instalado sobre su cuerpo que dejó ver al mundo una protesta de curvas escultóricas.
El domingo pasado se oyeron y leyeron en todo México las palabras de Alejandro González Iñárritu durante la noche de su Óscar: “Ruego para que podamos encontrar y construir el gobierno que merecemos”. Más allá de que “encontrar” es producto del azar y “construir”, de la voluntad —de manera que parecen términos contradictorios—, y más allá de que nos guste o no su trabajo, se agradece que el cineasta no haya pasado de largo la oportunidad para intentar una crítica de lo que ocurre en nuestro país.
En lugar, pues, de chaquetear con espots para partidos rémora, o de quedarse callado, dijo unas palabras allí donde resuenan, y eso ya es ganancia en un mundillo (la farándula o “ambiente artístico”) donde los personajes sólo suelen cantar, actuar, dirigir y producir en burbujas de privilegio y millonarias ganancias.

sábado, febrero 21, 2015

Mi dream team gaucho













Acomodar carpetas en el permanente caos de mi computadora siempre trae consigo sus sorpresas. Una de ellas me acaba de alegrar. Hace diez años más o menos trabajé una serie de retratos de los argentinos que más admiro. Mi idea de aquel momento era diseñar una pegatina o sticker (así le llaman ahora, creo) para adherirla en no sé dónde. A esa lista no podría quitarle, hoy, ningún personaje, pero sí añadirle varios, como a José Pedroni y Alejandro Dolina en la literatura, Jorge Cafrune en la música y Osvaldo Bayer en la historia. Sin embargo, así dejo la imagen por ahora, tal y como la diseñé hace una década. Nomás digo brevemente quiénes son y por qué siguen estando en mi dream team gaucho.

1. Atahualpa Yupanqui. El más grande compositor de letras en el folclor argentino y tal vez latinoamericano. Para mí es una especie de padre, un tótem al que oigo con veneración.
2. El Che. Mi primer ídolo político juvenil, el hombre que encarna para mí la totalidad a la que puede aspirar un ser humano.
3. Diego Maradona. El cabrón que ha jugado mejor que nadie, a mi juicio, lo que ya sabemos. Veo las repeticiones de sus jugadas una y otra vez y el asombro me resulta asombrosamente inagotable.
4. Roberto Fontanarrosa. Creí durante muchos años que era sólo Boogie el Aceitoso. Luego supe que era muchos otros personajes diseminados en historietas, cuentos y novelas. El tipo más divertido e inteligente, en esa perfecta combinación, que he escuchado en mi vida.
5. Mercedes Sosa. La voz que a un tiempo representa, para mí, el dolor y la esperanza de nuestros lastimados pueblos. Un amor, la Negra.
6. Jorge Luis Borges. El mejor escritor que he leído y leeré en mi corta vida.
7. Julio Cortázar. Mi primer contacto con la literatura argentina. Sus cuentos fueron el detonante de mis aventuras narrativas iniciales. A su obra le deberé siempre ese estímulo inaugural.
8. Rodolfo Wash. Otro redondo, un hombre de acción y de pensamiento, ejemplo por donde quiera que lo miremos.
9. Roberto Arlt. Una especie de síntesis de lo que es Buenos Aires: soledad, nostalgia, espanto, ternura, fiereza, creatividad, malicia, todo en un solo paquete.
10 Adriana Varela. El tango fue otro cuando oí su voz áspera y pausada. La Gata hizo que por fin yo diera con el intérprete ideal de un género que escucho atento desde la adolescencia.

domingo, febrero 15, 2015

Cascarita con balón de papel















Daniel Lomas me regaló el año pasado esta reseña sobre Polvo somos. Dado su ateísmo futbolero, como él dice, agradezco el esfuerzo y la generosidad.

Puesto que no me preocupa ser un aguafiestas y ganarme la rechifla general, empezaré confesando que soy ateo del futbol. Aclaro: como deporte me parece excelente; como espectáculo, lo más que me suscita son bostezos y zapping. El último mundial que vi con gusto fue México 86; por entonces mis padres habían bautizado a mi hermano menor y de tal festejo había sobrado una cantidad innúmera de cajas de refresco, así que prácticamente desfondé un sillón de la salita por tantas horas que pasé arranado mirando el mundial y emborrachándome con Coca-Cola, a mis irracionales ocho años. Ha pasado el tiempo y hoy ignoro qué me gusta menos: si la Coca-Cola o el futbol. Pero en fin, ni esta parrafada ni tampoco mis preferencias personales han sido obstáculo para que mi lectura de Polvo somos (treinta relatos futbolísticos), de Jaime Muñoz Vargas, fuera placentera y haya arrancado carcajadas a un descreído del balompié.
Obvio que el eje del libro es el futbol; sin embargo, creo que a la par se trata de un pretexto para que salten al papel diversos jugadores: las pasiones, la envidia, la sed de fama o dinero, los destinos truncos, la resurrección de rencillas por viejos amores y hasta una conmovedora cátedra de ética impartida por la batuta de un alcohólico en la pizarra de la traición. En suma: una ración de la vida de la gente, o la representación en letra de la vida.   
De los diez cuentos con que arranca Polvos somos, me agrada especialmente que los personajes sean deportistas de los llanos (o de la Liga Municipal de Gómez). Es decir, son seres minúsculos, de escasísima gloria. Así vemos a los empleados de Carnicería Bustamante, de Güicho Ferreteros, de Tortillería La Chinita o de Vulcanizadora Goliat, saltar al terreno de juego con muchas ganas de aterrarse (de tierra, claro está, y no de miedo). Por cierto, los motes o alías bajo los cuales se dibuja a los personajes son muy buenos y en ocasiones irónicos. Efraín Quiñones, El Mula, posición central, es más que nada un quebrantahuesos de profesión que ya les molió las tibias y peronés a varios de sus contrincantes. Zoilo Pantoja, Metralleta, un flamante goleador que a la hora de la verdad y en medio de un partido de campeonato vuela un penalti. Lauro Meza, el Trucutrú, quien jamás ha acertado un gol, cierta noche se va de farra con sus cuates y goza de los excesos del tabaco, el alcohol, la comilona, las mujeres y el bailongo; al día siguiente, aunque extenuado por la resaca, le ocurre un milagro: anota tres goles de un jalón; supersticiosamente cree que su buena estrella radica en la serie de disparates cometidos la noche anterior, de ahí que tratará de reproducirla (sin éxito) y morirá de catarrín. Un vendedor de aguas frescas que entra de relevo a ocupar el silbato del árbitro; un estilista afeminado que arma su escuadra sobornando a la palomilla del barrio: promete pagar uniformes, arbitraje, carne asada; un vendedor de semillas que anota fortuitamente un gol, son algunos de los detonantes para crear y crecer las historias. De alguna forma, esta primera sección nos retrata pequeñas biografías, teñidas por el recuerdo de las penas y glorias a que pueden aspirar estos héroes anónimos. Recuerdo aquí lo que escribió Marcel Schwob: “El arte del biógrafo sería otorgar el mismo valor a la vida de un pobre actor que a la vida de Shakespeare”.
En Polvo somos hay un manejo cuidadoso del detalle. En alguna entrevista Rulfo comentó que en la literatura los árboles no se llaman árboles ni los pájaros se llaman pájaros: se llaman sauces, ahuehuetes y mezquites, se llaman cuervos, zopilotes y colibríes. Sólo interesa pues lo particular, lo único. Hay un refrán que quizás viene a cuento: “Dios está en todas partes y el Diablo en los detalles”. En ese sentido, el libro de Jaime Muñoz Vargas está escrito con mucha pezuña de diablo, con fina minucia; al grado que a veces, valiéndose del truco de la reticencia, se contiene la respiración y se esconden maliciosamente los detalles para que el lector no los vea sino en el momento preciso y entonces lo golpeen con la contundencia de la sorpresa.
En la segunda sección de Polvo somos figuran 19 relatos. Si lo pensamos bien, es un amplio desfile de personajes. “Willy desde dentro” narra la historia de una joven promesa del balompié que ha acabado metido en el fracaso: ni más ni menos que en una botarga, con la que anima los partidos a ras de pasto, mientras por dentro lo achicharra la envidia y el odio que le despierta un amigo, un compañero de cascarita que sí ha triunfado en primera división. “Para escapar de Malisani” es un aguafuerte de gánsteres futboleros en que un mexicano ha ejecutado una trácala y ha estafado así a unos estafadores argentinos, que ya es mucho decir, y ahora por tanto es víctima de una persecución a muerte. “Cábala gitana” cuenta la historia del más raro amuleto con que ha cargado un futbolista: un hámster vivo entre las ropas durante los 90 minutos. “Futbol intergaláctico”, uno de los cuentos que más disfruté, nos narra un partido ocurrido en el año 6044 o 4066, cuando ya no quede ni un átomo del mundo que hoy habitamos; es una visión futurista y alocada del futbol. “Charla con Pelé”, una visita del astro brasileño a La Comarca Lagunera. “Partido eterno”, un juego que dura poco más de quince horas. Asimismo, un árbitro abucheado no sólo en las canchas sino también en calles, autobuses y cantinas; un poeta futbolero, y hasta una sutil crítica del fanatismo con que se vive la religión del futbol en un país desmoronado por la violencia de incontables muertes, son algunas de las premisas desde las cuales se catapultan las ficciones.
Es válido afirmar que los relatos de Polvo somos parecen recién salidos de la peluquería, pues vaya que su autor (que en otros libros ha dado muestras de largo aliento, por ejemplo en su última novela Parábola del moribundo) ha decidido esta vez frenar la pluma y usar la tijera de la poda y encapsular al máximo las historias, en las que no sobra ni un flequillo de más. Son pues ficciones bien recortadas como calcomanías.
Cierra el volumen un cuento largo y (el adjetivo no es exagerado) genial: “Mancha sobre mi padre”. El meollo de esta historia es la traición, pero no una traición cualquiera sino una ética traición. El personaje central es el viejo don Aristeo, quien por cierto aparece excelentemente dibujado desde las primeras líneas, desde ya pegado a perpetuidad al vaso de cerveza. Es una especie de paradoja ver a este alcohólico consuetudinario que se dedica al deporte, así sea por detrás de la raya de cal, pues dirige a un equipo infantil, y, por si fuera poco, lo hace con bastante tino. Ajá, pastorea al equipo a lo largo de jornadas y más jornadas, hasta que logra conducirlo a la gran final. Pero entonces acontece algo extraño: el viejo Aristeo vende el partido, pacta la derrota. ¿A cambio de qué se ha prestado a cometer semejante infamia?, he ahí la incógnita. Por otra parte, amarillea en el cuento un aire bellamente nostálgico, como de fotografía del pasado. Quien nos narra la anécdota es el hijo del director técnico, que a su vez fue jugador del equipo y que muchos años después de ocurrida la traición todavía seguirá sin comprender por qué demonios su padre vendió el partido más importante, y no descubrirá la verdad sino al cabo de un velorio. Sin duda el lector tiene garantizada aquí una historia de profundo humanismo.
Creo que he dejado claro que prefiero por mucho revisitar Polvo somos que extasiarme en bostezos ante cualquier partido del mundial que se avecina (por si alguien lo ignora, informo: la sede será Groenlandia 2015). Lo bueno del futbol en la vida social de la Comarca Lagunera es que arrastra consigo carne asada, cervezas y festiva amistad. Agrego una posdata: del mundial México 86 no solamente recuerdo la legendaria tijerita con que Manuel Negrete convulsionó al estadio Azteca, llevándolo al borde del infarto colectivo; también recuerdo los comerciales televisivos con cancioncilla y baile sexy: los de la Chiquitibum.

Polvo somos (treinta relatos futbolísticos), Jaime Muñoz Vargas, Axial-Colofón-Arteletra, México, 2014, 134 pp.

sábado, febrero 14, 2015

Otra vez: supérenlo














Ya lo sabemos pero nunca está de más repetirlo: hace rato que pasamos lo malo y ahora estamos en lo pésimo. Cuando pensábamos que nada podía ser peor que el sexenio calderonista, ese pasado inmediato en el que los crímenes de lesa humanidad fueron política de gobierno, ahora vemos que todo desastre tiene posibilidades de empeoramiento. Lejos de restañar las incontables heridas que dejó aquel régimen asesino y todos los demás desde que llegó Hernán Cortés a Veracruz, el actual parece empeñado en batir marcas, en agrandar su mendacidad y terminar convertido en lacra histórica.
Cada semana acumula tantos agravios que por lo cotidiano ya casi ni gravitan en el ánimo de la opinión pública. Nos hemos acostumbrado hoy y mañana y todos los días a convivir con información que ni en el caso de la prensa más entreguista alcanza para cubrir la desnudez del aparato de la corrupción institucionalizada. Todas las mañanas, antes de que salga el sol que en teoría debe renovarnos la esperanza, despertamos con una pregunta que infaliblemente obtiene respuesta: ¿ahora quién nos dio un llegue? Sin falta acude luego la noticia: José Murat el de Oaxaca o cualquier José Murat con otro nombre es pillado con las manos en la casa. Y si no es en la casa, es en el penthouse gringo o en las inversiones en dólares o en el tráfico de influencias o en el peculado o en la asociación delictuosa. El saqueo, pues, es diario y es infinito, pero como no se traduce en movilizaciones de alto impacto (un paro nacional, por ejemplo) todo concluye en memes sumarios.
Además de la balconeada inmobiliaria al ex góber oaxaqueño, esta semana nos reportó una noticia que en teoría debió provocar un horror similar al provocado por un ingreso al castillo de Drácula, pero que, al contrario, pasará como anécdota a los anales del enmierdamiento nacional. Me refiero, claro, a las transferencias de dólares que muchos patriotas de México colocaron en cuentas norteamericanas. La cifra es diabólica sobre todo porque significa un incremento de 35.5 por ciento con respecto de la que había en 2012: 54 mil 550 millones de dólares. Con los ahorritos en dólares ahora las cuentas de mexicanos en EU alcanzan los 73 mil 927 millones, es decir, en lo que va de este justiciero sexenio las transferencias han sido de 19 mil 377 millones.
Pero no pasa nada. Esto y todo lo demás queda resuelto con un verbo imperativo: supérenlo.

miércoles, febrero 11, 2015

La máquina delincuente











A veces en un tuit puede caber, muy compactamente apretada, una idea apta para algún despliegue ulterior. Eso hago aquí. Hace poco escribí en el soporte de los 140 caracteres el siguiente barrunto: “Este es el paraíso del poder. Manipula el juego electoral, concede migajas, controla desde los medios, reprime a tiempo. Una máquina exacta”. Me refiero en tal puñado de palabras a lo que ahora llamaré “la máquina delincuente”, ese aparato aparentemente mal hecho, deficiente y destartalado pero en realidad perfecto, funcional a sus fines.
Esto que comparto es apenas una intuición, y sé que requeriría a su vez, como el tuit, mayor desarrollo. Pese a eso, no creo que se ubique tan lejos de la realidad. Los mexicanos de a pie sentimos y afirmamos todos los días, casi tras cualquier provocación, que nuestro gobierno, del nivel que sea, es una porquería. Percibimos que nada funciona bien, y en efecto nada funciona bien, como en el “primer mundo”. Si vamos a un hospital público, notamos que todo es precario, que la atención es menos que mediocre; si metemos las narices en el sistema educativo, advertimos que nuestros rezagos en la materia son catastróficos; si indagamos en la condición del medio ambiente, notamos que la cosa pinta horrible. Y así sucesivamente, todo parece estar tocado por el defecto, por el desacierto, por la carencia. Nada funciona en términos cercanos al ideal de buen funcionamiento, y así vivimos, siempre bajo el peso de una permanente e impotente insatisfacción.
Lo que no solemos pensar es esto: para que todo siga funcionando mal —o si mucho de manera mediocre— sin que la sociedad estalle es necesario que algo funcione muy bien, casi me atrevo a decir que de maravilla. Eso que funciona con excelencia en México es, precisamente, la máquina delincuente. El engranaje de este aparato es una proeza de la mecánica social. Si lo observamos con detenimiento, todas sus partes funcionan a la perfección, sin alterar nunca su exacto tic-tac.
Todo está previsto en esa máquina. Tiene elecciones legitimadas por los ciudadanos, pero el control y las reglas son propiedad exclusiva del aparato. Tiene, gracias al insumo electoral, el dominio de presupuestos y leyes, de manera que orienta todo hacia el beneficio de la misma máquina. Si algo sale mal, ella misma investiga y resuelve, por supuesto siempre a su favor. Y si hay desbordamientos, no le falla nunca el dispositivo para vigilar y castigar. Controla asimismo la información, el manual del usuario. En una palabra: controla todo.
Su principal virtud, sin embargo y como ya dije, es parecer defectuosa y hasta desechable. En suma, el triunfo de su perfección es hacernos creer que es imperfecta.

sábado, febrero 07, 2015

Amarrado como puerco












Ninguna fiscalización mexicana goza de cabal independencia, del margen de operación que le permita, en efecto, auscultar imparcialmente y encaminar sanciones. Todo esto se mueve con hilos, los hilos del poder, así que en el mejor de los casos los ciudadanos sólo vemos algún señalamiento que jamás pasa a mayores, alguna observación menor y, cuando la cosa está que arde, algún chivo expiatorio de baja monta.
Por eso no dejó de ser una pachanga la designación de Virgilio Andrade Martínez como secretario de la Función Pública, un guiñol muy mal disfrazado de zar anticorrupción. Lo primero que me vino a la mente, y en este sentido me guié por la inevitable impresión de botepronto, es aquella frase de Juan Belmonte: “Para ser torero, primero hay que parecerlo”. Confieso que más allá de cualquier segunda y necesarísima consideración, el señor Andrade no da ni siquiera lejanamente el gatazo de zar anticorrupción, y en un país como el nuestro, tan dado a la corrupción, para empezar, y a las reacciones basadas en la facha del pelao, dudo que el nuevo secretario haga temblar siquiera a los cuicos que abusan del charolazo.
Así el abarrote, la primera misión del secretario recién elevado a los cielos del gabinete será menos que un sketch de Jojojorge Falcón. Se supone que “En su nuevo puesto será el responsable de investigar si hubo o no conflicto de interés en las compras de casas que Peña Nieto, su esposa Angélica Rivera y el secretario de Hacienda, Luis Videgaray, hicieron a empresas contratistas del gobierno federal, según lo anunció el propio mandatario”.
Bueno. Digamos que suspendemos por un momento la suspicacia y no le hacemos caso al humor necesariamente involuntario; digamos que creemos en la objetividad del señor Andrade; digamos que en verdad hace valer el sueldazo de secretario y decide portarse como los merititos perros; digamos que de verdad indaga pistas y cruza la información y consulta con homólogos extranjeros y después de todo eso llega a conclusiones terribles: el presidente, su esposa y su secretario más poderoso salen de la investigación más sucios que las papas. Digamos todo eso y luego pensemos qué sucedería, qué reacción tendrían el patrón, la señora del patrón y el brazo derecho del patrón.
Yo sí sé qué pasaría. Nada, pues de antemano entendemos que en este caso es imposible suspender la incredulidad. Todos sabemos de antemano que Andrade está, dicho con las sabias palabras del inmortal Canaca, “amarrado como puerco”.

miércoles, febrero 04, 2015

Corazón en audiolibro: una versión espléndida


















Los caminos de la lectura son inescrutables. Leer, el maravilloso acto de descifrar signos sobre el papel o el monitor, no se agota hoy en estos dos soportes. Desde hace algunos años, quizá cerca de cincuenta, la literatura halló en las grabaciones de audio un mecanismo distinto para acercarse al entendimiento y el corazón de las personas. Recuerdo sobre todo las cintas magnetofónicas con las que pudimos captar el tono, la respiración y la cadencia de algunos autores hoy consagrados. Oír a Neruda diciendo sus poemas, a Rulfo leyendo sus cuentos, a Cortázar y su erre afrancesada recorriendo sus historias, a Sabines expresando sus versos, al avejentado Borges elevándonos con su palabra temblorosa y genial. Sí, gracias a las grabaciones de literatura tuvimos acceso a un mundo distinto: a la viva voz de los escritores, y hasta la fecha no conozco a alguien que reniegue contra ellas.
Poco después, sospecho que en los ochenta, comenzaron a cundir los audiolibros. Recuerdo haber leído varias opiniones sobre esta nueva posibilidad de la difusión literatura. Tuvo detractores, críticos que señalaban la fatuidad de este soporte. Creo que el defecto no lo tenían en sí las grabaciones, sino la publicidad que las propuso como sustitutos de la lectura. Los anuncios insinuaban, por ejemplo, que si uno escuchaba un audiolibro de Viaje al fondo del mar, se podía obviar tranquilamente la lectura de esa novela. Eso provocó, como era previsible, la ira de los bibliófilos, que de inmediato levantaron la guardia para oponerse al audiolibro.
Hoy, pasados los años y ya con todo el mundo organizado alrededor de la audiovisualidad digital, creo que debemos cambiar el enfoque y abrir cancha al audiolibro no como un rival del libro y la literatura, sino como un detonante de la curiosidad y un formidable complemento, y en algunos casos sustituto, de lectura. Oponerse al audiolibro con los argumentos de hace treinta años es, me parece, necio, y equivale a despreciar las versiones fílmicas de cientos de obras primeramente literarias.
Así como el cine se apropia, recrea, reinterpreta grandes obras y lo celebramos, el universo tecnológico de lo auditivo tiene todo el derecho de apropiarse, recrear y reinterpretar grandes obras. El problema no es el soporte, insisto, sino la selección de las obras y la calidad de las adaptaciones. Si los audiolibros se aproximan a la literatura clásica sobre todo infantil, si hay un trabajo meticuloso de acoplamiento en las voces, la música y la condensación, entonces estaremos en presencia de productos que despliega beneficios tanto al público en plenitud de facultades como, principalmente, a los niños en proceso de formación, a los adultos no asiduos a la lectura y a otros posibles usuarios en desventaja física o cultural.
Una prueba de la excelencia que es posible alcanzar en estas producciones la encontramos al alcance de nuestra lagunera mano: los cinco discos compactos producidos cabalmente por Carlos Acosta Rodríguez. Se trata de la adaptación al formato de audiolibro (en inglés y en español) de la novela Corazón, del liguriano Edmundo de Amicis. Clásico de la literatura infantil, esta obra de ficción vestida con el atuendo de un diario (como La tregua, de Benedetti) es recreada con esplendidez que deja atónita la sensibilidad de quien la escuche.
El esfuerzo de Carlos Acosta para producir el audiolibro de Corazón es una prueba fehaciente, incontestable, del poder de la literatura. Gracias a que en su infancia leyó y fue conmovido por el diario del pequeño Enrique salido de la imaginación de Edmundo de Amicis, sentía que allí había una deuda que sólo podía ser pagada con un homenaje mayúsculo. Durante años, Acosta se empeñó en un objetivo: hacer que Corazón tuviera una elevada versión en audio. Reunió un equipo de colaboradores que ayudaron en las voces, la creación de la música, la grabación y el diseño, y puso su producto en los más exigentes anaqueles del mercado. Vaya tarea titánica, inexplicable sin un impulso emocional originario, el que despertó en Carlos la personalidad de una novela decimonónica cuyo mensaje sigue siendo emotivo y poderoso.
Es de veras deleitoso escuchar cada cuadro (o “día” o “cuento mensual”) en la voz grata y matizada de nuestro paisano Raúl Adalid, quien al leer los pasajes de Corazón dio una muestra de pluralidad de registros vocales. Yo escogí, para oír aquí, el día de la presentación, “La biblioteca de Estardo”, que me encanta porque siempre anhelé una biblioteca similar y sólo pude edificarla al bordear la primera etapa de mi vida adulta.
El trabajo de Carlos Acosta Rodríguez confirma muchas cosas. Como ya dije, el poder de la literatura, la fuerza que puede contener una obra que nos enaltece y nos motiva a mejorarnos y a mejorar el entorno en el que vivimos. También confirma que La Laguna tiene ya trabajadores de la comunicación que pueden competir lealmente con los mejores del mundo. Y por último, confirma que el formato de audiolibro, bien cuidado, puede ser un instrumento significativo para llevarnos hacia el libro de papel.
Mi felicitación a Carlos y mi orgullo por su tremendo Corazón.

Comarca Lagunera, 3, octubre y 2013

Texto leído en la presentación del audiolibro Corazón, diario de un niño, producido por Carlos Acosta Rodríguez. Se celebró el 3 de octubre de 2013 en el Museo Regional de La Laguna. El audiolibro está a la venta en las librerías Gandhi o directamente en la dirección electrónica carlostrc@yahoo.com

sábado, enero 31, 2015

Los negocios son los negocios

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Mientras la situación está en calma sus opiniones contra “los políticos” suelen ser críticas, a veces hasta feroces, pero todo es que se desconfigure la situación del querido aliado para que asome la oreja de sus intereses, los intereses del poder tras el trono: el empresarial. Y con toda razón: ¿a quién que gana lo que ellos ganan le interesa que los vientos soplen para otra dirección? El cierre de filas empresarial en torno al gobierno “encabezado” por Peña Nieto no está pues para andar con miramientos. El interés económico, que todo siga como siempre, está por encima de la verdad y la justicia, está por encima de todo. El antecedente más cercano que recuerdo en este mismo ruin sentido, aunque radicalizado en aquel momento, se dio en 2006, cuando el CCE articuló aquella campaña en la que no se mordieron la lengua para decir que el candidato más aventajado era “un peligro para México”.
Mutatis mutandis, en la coyuntura actual han comenzado a opinar, obvio, para colocarse en la línea de golpeo y otra vez a favor, como siempre, de la satrapía en funciones. Con la confianza que da el control de inmensos capitales, sin un análisis que tome en cuenta la ya evidente actitud delincuencial del Estado, se muestran preocupados por los acontecimientos y vuelven a las andadas colaboracionistas: Ayotzinapa fue magnificado, no es para tanto, qué importan unos cuantos muertos cuando está de por medio la estabilidad del país.
Luego de reaparecer con toda la autoridad moral que apareja el éxito económico, siguió el carpetazo oficial y a renglón seguido, sin pausa mediante, comenzó a circular con fuerza la especie de los “desestabilizadores”. El mensaje fue claro: todos los que de aquí en adelante no hayan quedado conformes con “la verdad histórica” quedan automáticamente colocados en el casillero rojo que también automáticamente justifica el uso de la fuerza.
Para los dueños del capital, en suma, no hay versiones oficiales descabelladas, pistas revueltas, inconsistencias en cada hoja del legajo judicial. No hay abusos, no hay crímenes, no hay injusticias. No hay dolor, no hay incertidumbre, no hay quebranto del estado de derecho. Lo único que hay es un gobierno servil a sus intereses, un gobierno en estado de shock y muy necesitado de apoyo.
Dicho en una frase manoseada: los negocios son los negocios.

miércoles, enero 28, 2015

La historia que cuenta*












El ábaco fue durante muchos años el instrumento que nos enseñó a contar; no es pues gratuito que ahora use tal palabra para hilar este comentario. Si algo comparten muchos géneros de escritura es que cuentan, que acumulan —como si fueran cálculos o piedras— anécdotas, peripecias, hechos, situaciones, opiniones, juicios, ideas. Como la novela, como la crónica, como el reportaje, la historia también cuenta, narra, describe, expone una serie de ideas cuyo propósito es crear un efecto: no estético, no político, sino científico, esto al menos en la historia urdida con una metodología cuya apetencia es, justamente, cerrar lo más posible las puertas a la ficcionalización del pasado.
El asunto, así planteado, parece fácil, pero, como toda ciencia, la historia requiere la aceptación de ciertos presupuestos fundamentales antes de contar, y explicar eso no es tan sencillo. El primer presupuesto: que la historia es una ciencia social, precisamente, y, como tal, su aspiración es sembrar su semilla en los terrenos dedicados a la producción de conocimiento. Que la historia haya sido y sea usada, sobre todo, para embellecer, adulterar o adecentar el pasado, o que se le edifique para justificar discursos legítimos o ilegítimos de algún poder, no obsta para señalar que en su condición más noble (o menos espuria, según queramos) tiene como fin la generación de discursos científicamente válidos.
De esta manera, arraigada como está la noción de que La Historia es una entidad abstracta independiente del historiador y de sus mil subjetividades, nunca será ocioso el desbrozamiento del proceso mediante el cual opera la escritura (la forma de contar) de la historia en su sentido menos literario o político y, sí, más científico. Eso es lo que hace, aseguro que con solvencia, el historiador Sergio Antonio Corona Páez (Torreón, Coahuila, 1950) en Cultura y pasado. Consideraciones en torno a la escritura de la historia (UAdeC-Ibero Torreón, 2014; incluye una presentación de Salvador Hernández Vélez y varios ensayos, a modo de ejemplos, del doctor Corona Páez). Su exposición señala los errores más frecuentes planteados al historiar y propone con claridad las rutas que debe asumir el historiador si lo que desea es hacer ciencia, contar, si no verdades, aproximaciones al conocimiento del pasado que en determinado momento sean apreciadas como tales, como verdades, gracias al método mediante el cual fueron obtenidas: el científico, que es frío, severo, antisentimental y, en lo posible, apartidista.
Este es, entonces, un libro de teoría de la escritura de la historia, pero sin lágrimas. Hay en él, sutilmente subsumido, un saber y una asimilación de la nueva historia que toma en cuenta, con exuberante eclecticismo, formulaciones de todas las disciplinas, desde la economía hasta la sociología, desde la filosofía hasta la antropología, desde la lingüística hasta la economía, y que se apoya con solidez en la lingüística, dado que en suma y a fin de cuentas la historia es un discurso, una construcción, un relato, es decir, un enhebramiento verbal atravesado por la propia historicidad de quien escribe, de ahí la importancia del énfasis en el deseo de generar ciencia que debe hacer quien escribe o lee historia cuando la intención es vincularse al conocimiento y no a la estilización ingenua o mañosa del pasado.
Reitero que el doctor Corona Páez tiene las herramientas para explicarnos cómo cuenta la historia, y lo hace con prosa de suyo accesible. No puedo menos, por ello, que celebrar la utilidad de Cultura y pasado... Sé que muchos me acompañarán en esta enhorabuena.

*Texto leído en la presentación de Cultura y pasado celebrada el 27 de enero de 2014 en el Teatro Isauro Martínez de Torreón. Participamos Salvador Hernández Vélez, el autor y yo.

sábado, enero 24, 2015

Una vieja promesa














Hace diez, quince años, me prometí escribir sobre el periférico que une a Torreón, Gómez y Lerdo, el famoso “libramiento”, cada vez que por alguna razón debía atravesarlo. Creo, pues, que al menos llevo escritos y publicados tres o cuatro textos sobre ese paso de la muerte, una de las “vialidades” —así les dicen ahora— más peligrosas que vieron los pasados años y verán los venideros. Pues bien, ayer tuve la desgracia de volver a recorrerlo y aquí me tienen, cumpliendo mi vieja promesa.
¿Qué decir sobre ese largo trecho lleno de acechanzas para el conductor, el ciclista y el transeúnte? Todo, menos elogios. Desde que lo recuerdo ha sido lo mismo: una especie de monstruosidad pasada de contrabando como “periférico”, uno de los más grandes fraudes viales construidos en la Comarca Lagunera, y conste que tenemos muchísimos.
Desde que comienza, en el punto donde estaba el DVR de triste memoria, hasta la punta de Ciudad Lerdo, uno puede admirar el espectáculo del caos, de la arbitrariedad, de la incuria. Las palabras, por más gruesas que parezcan, se quedan cortas ante el desafío para la vida que representa ese mal asfaltada y mal trazada y siempre mal remozada senda mortal.
Ayer, como ya dije, atravesé uno de sus tramos —digamos que desde Galerías hasta Chilchota— y volví a quedar aterrado (en los dos sentidos del verbo “aterrar”). Mientras conducía, mientras eludía vehículos ligeros y pesados, desviaciones imprevisibles, cuchillas casi salidas de la nada, señalamientos improvisados, pensé una y otra vez a quién mentarle la madre, a quién culpar por esa tortuosa arteria. Mis insultos, todos de tono subido, estaban dirigidos para “los tres niveles de gobierno”, de los cuales, es claro, no se hace uno.
Me impresionó que a la altura de la UANE, casi bajo la Puerta de Torreón, hubiera retenes. Pensé en lo obvio: ¿retenes para cuidarnos de los delincuentes, para atraparlos? ¿No sería mejor, primero, cuidar al ciudadano con lo más elemental, con obra pública bien ejecutada? ¿De qué sirve que capturen a un narcomenudista en un retén si ese retén está en un periférico que todos los días pone en peligro las vidas de miles de ciudadanos? Y no pensé nomás en los conductores, sino en la mayoría: los obreros y las obreras que en bici o camión deben sortear, sin descanso, un punto tan peligroso.
Por supuesto, mientras yo mentaba madres en el interior de mi coche, tomé una ruta conocida, una callecita aledaña a Chilchota. Estaba cerrada. Luego avancé obligado por debajo del puente (un asco) y volví a Gómez. Salí de allí no sé cómo. Poco después respiré y escribí esto.

miércoles, enero 21, 2015

Cementerio de futuro


En el número más reciente de la revista Nomádica aparece el artículo que traigo a continuación. Como siempre, esa revista sobre medio ambiente, historia y arte ofrece muchos textos y fotogafías de interés.
Una purga de roña en el cuarto de los triques me llevó a reflexionar en el destino de la tecnología obsoleta y en nuestra tecnoglotonería. La revelación de este asunto se dio cuando vi dos gabinetes de computadora (cepeús), dos monitores, dos teclados, un escáner, una impresora, un amasijo de cables y como cuatro ratones (mouses, quiero decir) inhabilitados y listos para convertirse en carne de pepenador. Eran, pues, varios kilos de plástico, vidrio y no sé cuántas tripas más ya rebasados por el futuro, objetos que en 1998, poco más o poco menos, fueron el fabuloso presente de mi cibernética hogareña. Aquel cementerio de cachivaches me llevó a pensar en lo rápido que ahora se nos va el futuro. Basta una década, basta un lustro para que los aparatos que nos hicieron sentir modernos parezcan luego piezas de museo paleontológico. Ver ahora un cepeú, por ejemplo, es contemplar el voraz destino de la tecnología: en muy poco tiempo nos parecen incómodos, feos, mastodónticos, tanto que irradian un deprimente aire de inutilidad. Y pensar, pienso, que esas herramientas alguna no lejana vez fueron anunciadas como lo mejor, como el futuro que nos haría la vida más cómoda. En un lapso cortísimo, ya vemos, se convirtieron en nada, a lo mucho en objetos lamentables que durante algunos años fueron a dormitar en un cuarto de triques hasta que una purga de chácharas inviables los condenó al camión recolector. Ya no hay producto de ese tipo, tecnológico, que no reciba publicidad excesivamente fanfarrona sobre sus virtudes anticipatorias. Todas las computadoras, los coches, los teléfonos y sus afines nacen, según los anuncios, para brindarnos la dicha de que gocemos el futuro hoy. Es una estrategia cliché de los mercadólogos, lo sé, y también sé que ya no reparamos tanto en esa publicidad para comprar los aparatos que requerimos. La simple obsolescencia de los que ya tenemos nos obliga a comprar una versión actualizada. Yo qué más quisiera: si me dieran a elegir, me hubiera quedado con la misma computadora de 1993, pero lo que ocurrió luego es pasmoso: mi PC del 93, un armatoste de seis o siete kilos, un cajón de medio metro cuadrado de tamaño, no tiene la memoria que ahora cabe en un dispositivo portátil usb que pesa no más de veinte gramos y mide lo que una goma de borrar. Imposible, pues, aferrarse a un pasado que no por cercano parece cavernario, remotísimo. La basura tecnológica que ha producido mi consumo de enseres computacionales me lleva a recordar algo en lo que frecuentemente pienso: defenderme, no caer en las garras de una adicción que parece no tener fin y sólo garantiza erogación tras erogación. Es innegable la revolución personal y colectiva provocada por estos aparatos, pero también hay mucho de falaz en sus virtudes. Es cierto: tenemos todos los periódicos del mundo a nuestra disposición, cualquiera con un click puede acceder (no accesar) a ellos, pero si nos fijamos con atención, los diarios, los buenos diarios, no son el pan habitual de los cibernautas. Tenemos cientos de páginas con libros a merced, gratuitos, muchos de ellos pirateados, pero con todo y eso la gente no lee (antes, la escusa se relacionaba con el precio de los libros; ahora, con el disgusto y la incomodidad de leer “en la pantalla”). Ni caso tiene hablar sobre el uso generalizado de la computadora y su más pudiente y maravilloso engendro, el internet; todos sabemos cómo, en qué, para qué se usan esos monstruos. La tecnología es bienvenida, negarla es obtuso, pero también admitirla a ciegas, consumirla sin discrimen y sólo para el hedonismo y la estulticia, lejos de ser liberador, nos ata, “coloniza nuestra subjetividad” (como dice José Pablo Feinmann sobre los medios en general) y nos mantiene haciendo que suenen las máquinas registradoras de marcas a las que no les preocupa en verdad nuestro bienestar presente o futuro. La mejor prueba de que el porvenir no habita los aparatos en sí es el montón de plástico, cables y chips que eché a la basura cuando el futuro que simbolizaron se convirtió en pasado, en polvo, en nada. Todo en una simple y veloz década.

sábado, enero 17, 2015

Dos formas de decir esta milonga















La poesía no pasa idéntica de la literatura a las canciones. Con la música se da, de alguna forma, una traducción o al menos una reinterpretación, así que quizá algo se gana y quizá algo se pierde en tal proceso. Sin regatear la fortuna que pueden tener muchos poemas pasados al formato musical, hay obras que me gustan sólo como letras. Una de ellas es “Milonga de dos hermanos”, incluida en el libro Para las seis cuerdas (Emecé, 1965), de Borges. Trataré de explicar por qué.
Si escuchamos las interpretaciones de Jairo y de Jesús Suaste advertiremos que ambas son excelentes, aunque creo que algo, así sea levemente, les sobra. Supongo que es el dramatismo no sólo de la voz, sino de la música. Borges compuso esas milongas para ser dichas sin tono lloriqueante o exaltado, ni siquiera mínimamente conmovedor. Recordemos su opinión, por cierto, sobre “el inconsolable tango-canción”, género que solía rechazar con el argumento de que gimoteaba demasiado. Las milongas de Borges, pienso, deben ser enunciadas como él las dijo: sin adornos vocales, sin alardes interjectivos. Debemos pronunciarlas pues como si lo contado allí no nos afectara, pues hay en todos esos versos una especie de indiferencia ante el dolor y la muerte que de ser posible debe coincidir con una lectura de estilo sobrio y hasta seco. Borges lo expresó así, como lo oímos en esta desapasionada enunciación.
“Milonga de dos hermanos” está en el libro de poesía que más me gusta de este autor. Algunos pensarán que estoy loco, pero el Borges que siempre he sentido más cerca no ha sido el genio creador de laberintos intelectuales a la manera de “El Aleph” o “El jardín de senderos que se bifurcan”, sino el Borges conmovido y atraído por compadritos y gauchos, por cuchilleros, por esos pobres diablos cultores del coraje en los que el ciego vio una especie de secreta épica. No por nada escribí hace poco que los cuentos que más releo de él son, por ejemplo, “La intrusa”, “El Sur” y otros de la misma familia, donde aparecen el campo, el caballo, la payada, el ombú, el silencio de la llanura y el admirable y gratuito coraje de hombres ajenos a la civilización.
Aprender de memoria la “Milonga de dos hermanos” me costó casi una semana de repetición a baja intensidad. Al fin logré asirlo y me lo repito a solas para no sentirme obligado a releerlo. Todo es perfecto, pero la estrofa final es la que termina por hacer universal, intemporal, la profana y anónima competencia de los hermanos Iberra. Meter a Caín en el remate es más que genial luego de lo expuesto en el camino; al hacerlo, Borges parece decir “Miren, amigos, hasta aquí la milonga puede parecer de quien sea; gracias a la última estrofa cualquiera sabrá entender que es mía”.
Se las comparto, a ver si me dan la razón.

Milonga de dos hermanos

Traiga cuentos la guitarra 
de cuando el fierro brillaba, 
cuentos de truco y de taba, 
de cuadreras y de copas, 
cuentos de la Costa Brava 
y el Camino de las Tropas. 

Venga una historia de ayer 
que apreciarán los más lerdos; 
el destino no hace acuerdos 
y nadie se lo reproche 
ya estoy viendo que esta noche 
vienen del Sur los recuerdos. 

Velay, señores, la historia 
de los hermanos Iberra, 
hombres de amor y de guerra 
y en el peligro primeros, 
la flor de los cuchilleros 
y ahora los tapa la tierra. 

Suelen al hombre perder 
la soberbia o la codicia: 
también el coraje envicia 
a quien le da noche y día 
el que era menor debía 
más muertes a la justicia. 

Cuando Juan Iberra vio 
que el menor lo aventajaba, 
la paciencia se le acaba 
y le fue tendiendo un lazo 
le dio muerte de un balazo, 
allá por la Costa Brava. 

Así de manera fiel 
conté la historia hasta el fin; 
es la historia de Caín 
que sigue matando a Abel.