miércoles, febrero 20, 2019

Also sprach Claas Relotius















Una noticia que esta semana hizo boom mundial se relaciona con el alemán Claas Relotius, periodista estrella de Der Spiegel, la más importante revista de todo Deutschland y una de las más importantes de Europa. Según los diarios, el tal Relotius tenía tiempo dedicado a la redacción de reportajes verdaderamente impactantes, llenos de crudas revelaciones, informantes casi inaccesibles y prosa de alta gama, pero ficticios en su totalidad o parcialmente. Antes de ser crucificado, Relotius, joven de 33 escasos años, ganó con sus trabajos un montón de premios que lo encumbraron a la cúspide del oficio. Nadie, pues, podía sospechar nada de este rock star del reporteo.
El hecho que terminó por desenmascararlo tuvo que ver con la casualidad. Juan Moreno —nombre sin glamour— es un periodista freelance del Der Spiegel. Español radicado desde hace muchos años en Alemania, recibió una orden para trabajar cierta investigación a cuatro manos con Relotius, lo que no le agradó tanto pese a las altas credenciales de su coequipero. Poco antes había notado algo raro en los textos del Relotius. Pero en fin, acató la orden. Cuando recibió el primer borrador de su compañero, quiso comprobar información, pero en la redacción no lo atendieron:Después, Relotius le envió un nuevo borrador en el que aparecía una escena final nueva, en la que un miliciano disparaba contra algo que se movía, insinuando que era un migrante. Ese pasaje no aparecía en la primera versión. ‘Es imposible que un buen periodista presencie una escena semejante y no la incluya desde el primer momento’, pensó” (El País). A partir de allí indagó, cruzó información, hizo preguntas y poco a poco dio con la verdad: Relotius era un farsante, un inventor de fabulaciones que de contrabando hacía pasar por periodismo.
Cuando la careta del reportero estrella se vino a tierra, la noticia cundió por todo el mundo y Der Spiegel tuvo que publicar un número casi exclusivo al mea culpa. El caso del impostor inverosímil —que por supuesto, como todo ahora, quedará para la anécdota— dio pábulo al debate sobre las llamadas fake news. Para mí comprueba que pese a la superabundancia de medios y redes, o quizá precisamente por ello, las mentiras pueden circular con o sin el aval de los medios. Para comprobarlo basta ver que also sprach Claas Relotius, con puras malditas mentiras.

sábado, febrero 16, 2019

La insistencia de Leo Dan


















Siempre que dos viejos se reúnen, en algún momento hablan sobre la comunicación actual y la comparan con lo que no hace muchos años tenían a la mano para enviar mensajes. Por “viejos” abrazo —dada la velocidad con la que se nos vino encima el desarrollo de las nuevas tecnologías, principalmente de internet— a todos los que ya atravesaron, atravesamos, la frontera de los cuarenta años.
En alguna reunión de hace tiempo crucé, entre otros muchos sabrosos comentarios, uno sobre este tema con mis amigos Chava Perales, Heriberto Ramos, Chuy Haro y Édgar Salinas. Les cité una canción de Leo Dan que hoy es, creo, incomprensible para los muchachos. Es “Extraños”, aquella en la que el protagonista dice que le llama a su chica sin obtener resultados positivos.

Cómo poder saber si te amo
si la vida que llevamos
no nos da tiempo a pensar;
cómo poder saber si te amo
si además cuando te llamo,
me contestan que no estás. 

Esa es ahora una situación casi impensable. Con los celulares y todo lo demás, nadie llamaría sistemática, infructuosamente a su amorcito para encontrar del otro lado de la línea la voz cortante de la madre, el padre, el hermano o la tía solterona que con mayor razón se convertirá en dique contra la insistencia del pobre enamorado.
No existe la nota al pie de canción, así que podemos atrevernos a modificar, en una sola grafía —una “s” por una “n”—, la letra del cantautor santiagueño para que no parezca anómala a las nuevas generaciones. Mi propuesta es la siguiente, aunque es inevitable atropellar la lógica:

Cómo poder saber si te amo
si la vida que llevamos
no nos da tiempo a pensar;
cómo poder saber si te amo 
si además cuando te llamo,
me contestas que no estás.

La comunicación amorosa es ya absolutamente distinta a la de antaño, y por “antaño” me ubico apenas quince o veinte años atrás. Así, las cartas de enamorados, los desencuentros motivados por imprevistos, la falta de evidencias sobre infidelidades, todo ha sido anulado o trastrocado por Whatsapp y otros medios afines. Ahora ya no se dará aquella escena heroica de nuestra adolescencia: uno cuchicheando con la novia en el único teléfono de la casa, en la sala y con toda la familia frente a la tele, con un oído al gato y otro al garabato.

miércoles, febrero 13, 2019

Abundancia de libros
















Por leer sigo entendiendo algo distinto a leer aquí y allá, con prisa, fragmentos ocurrentes lo mismo de Twitter que de Facebook, de Instagram o de Whatsapp. Más allá de que en esencia es el mismo acto, es decir, deslizar la mirada encima de palabras para construir sentido, leer, lo que se dice leer, es un acto aún relacionado estrechamente con la concentración y con el libro o sus adláteres: las revistas y los periódicos. Ahora bien, el debate sobre los nuevos tipos de lectura da sólo por hecho una certeza: ya no leemos igual que hace apenas quince o veinte años, pero yo tengo para mí esta corazonada: la gente que se contenta con leer los aludidos fragmentitos es, en promedio, la misma que antes no leía nada o casi nada, y la gente que sigue teniendo el apetito de la lectura un tanto más profunda es, también en promedio, la misma que antes tenía avidez por las publicaciones de papel.
Así pues, el acceso al libro debe seguir siendo facilitado en la medida de lo posible en todas las instancias que participan en la cadena de distribución: editoriales, librerías, escuelas, padres de familia y, por supuesto, el Estado. No es pues mala idea tratar de, en los casos viables (libros clásicos, por ejemplo), bajar el precio de los libros, de suerte que más ejemplares lleguen a más usuarios al precio más reducido posible. Esto no garantiza el incremento del número de lectores, pero amplía el abanico de títulos disponibles a los lectores predispuestos.
Señalar como aberrante la política actual de buscar precios accesibles para ciertos libros es, al menos, excesiva. Muchos lectores —yo entre ellos— podrán recordar lo ventajoso que fue tener al alcance de unos cuantos pesos algunas colecciones que sin duda ramificaron nuestros intereses hacia autores, géneros y temáticas que de otra manera, con libros caros, hubiéramos tardado en ubicar. Por ejemplo, toda la serie SEP Setentas que en esa década puso decenas de excelente libros en circulación a precios de risa, o la de Lecturas Mexicanas que en los ochenta concilió el trabajo de la SEP y varias editoriales comerciales para poner en la calle más de 300 clásicos mexicanos.
La abundancia de libros accesibles quizá no incremente el número de lectores, pero sí afianza los que ya hay. Bienvenidos sean, por ello, los bajos precios para este producto.

sábado, febrero 09, 2019

Alí sobre (no bajo) el ring
















A los diez años, o muy poco antes, me interesé en el boxeo. Ya he escrito que ese gusto nació por acompañar a mi padre en las funciones sabatinas transmitidas por televisión desde la Arena Coliseo, el “embudo coliseíno”, como le decían Jorge Alarcón y Antonio Andere, para mí la dupla más destacada de relatores boxísticos que en el mundo ha habido. Durante años y años vi box los sábados por la noche, aquel box en el que se sentía aún la impronta del barrio, el aroma a verdadero sacrificio para llegar al estrellato. Cada dos o tres meses, además, había alguna función internacional y no la omitíamos. En vivo vi, por citar algunos nombres, a (el último Púas) Olivares, Nápoles, Zárate, Zamora, Pintor, Sal Sánchez, Pipino, Limón, Villasana, Zaragoza, Canto, Ursúa y muchos otros hasta que el “pago por evento” arruinó todo. Durante la mejor época de Chávez, como sabemos, el gángster Don King ya administraba de otro modo la difusión del boxeo, así que perdí algo de interés.
Las funciones sabatinas de la Coliseo cesaron en algún momento, no recuerdo cuándo exactamente, y con eso se fue una etapa importante de mi afición al box. Por aquellas épocas también —hablo del paso de los setenta a los ochenta— vi peleas internacionales de tronido, muchas de ellas con la participación de mexicanos. Inolvidables fueron las de Pipino (contra Hearns) y Salvador Sánchez (contra Wilfredo Gómez), ambos de gran arrastre. Vi también, claro, funciones que no involucraban a compatriotas, como las de Hearns-Leonard, Argüello-Pryor o Leonard-Durán, aquel vergonzoso pleito en el que Manos de Piedra prácticamente dio la espalda, se rajó ante el velocísimo wélter norteamericano.
Entre las peleas internacionales que no olvido están las de Muhammad Alí, incluida la fársica contra el luchador nipón Antonio Inoki. Lamentablemente sólo lo vi en vivo en su decadencia, con algunas lonjas, sin la rapidez de puños, sin los quiebres de cintura ni la soltura de piernas que lo hicieron el mejor (“el más grande”) apenas cinco años atrás. Recuerdo, por ejemplo, sus pleitos en el amanecer de los ochenta contra Holmes y Berbick. En ambos se veía ya pesado, lento, sin fuerza en la pegada. Conservaba, eso sí, la pasmosa técnica de eludir mandobles con movimientos de cintura hacia atrás, sobre todo cuando podía recargarse en las cuerdas. Aunque recibó demasiados golpes, no lo humillaron al grado de noquearlo y dejarlo inconsciente, pero era claro que su mejor época ya se había ido. Ese fue el Alí que vi en vivo.
Mucho antes de que Youtube tuviera todo, en repeticiones de la misma tele pude gozar de los mejores momentos impresos por Alí en la historia del boxeo. Dos peleas hubiera querido ver en vivo. La primera, aquella contra Óscar Bonavena en la que Ringo le pegó un susto al inicio del combate (el argentino, por cierto, fue uno de los pocos que, creo, le ganó a la hora de las burlas para calentar publicitariamente la pelea); la segunda, obvio, la más importante y acaso una de las mejores de todos los tiempos: la que ganó frente a George Foreman en Kinsasa.
Mucho, muchísimo se ha destacado ahora su flanco de figura pública, su rostro (por decirlo así, muy laxamente) político. No soy de tomar en serio esas mezclas entre lo deportivo y lo otro, y es por eso mismo que puedo gozar a Maradona sin necesidad de subrayar sus opiniones (así como disfruto a Borges sin hacer demasiado caso a las ocurrencias que de manera intencional o forzada por la prensa hizo sobre la democracia, el periodismo, las dictaduras y etcétera).
Muhammad Alí, o Cassius Clay, como queramos, fue un gran, un inmenso boxeador, quizá el más técnico y contundente (a la vez) que haya pisado un cuadrilátero hasta ahora. Pedirle más atributos me parece excesivo, pasto fácil para una interminable e innecesaria polémica.

miércoles, febrero 06, 2019

Espíritu de las áreas verdes














En el debate público sobre las necesidades de una ciudad poco se enfatiza el valor de las áreas verdes como aglutinante social. Mientras los candidatos andan en campaña, prometen lo que ya sabemos: honradez, buena administración de los recursos, drenaje, alumbrado, atracción de inversiones que generen empleo, seguridad, apoyo al deporte y la cultura y así, una batería más o menos estándar de ofrecimientos que son el pan de cada campaña. En los discursos aparece la necesidad de las áreas verdes, ciertamente, pero siempre de manera algo tangencial, casi como nota al pie de página, sólo por no dejar.
Las áreas verdes son el equivalente a un jardín en la casa, un espacio para el reposo y la contemplación, para el solaz de la lectura y la sensación de bienestar en soledad o en compañía. Si todo fuera concreto y pavimento, como hoy muchas ciudades lo son, la sensibilidad del ser humano no tendría margen para el descanso de su mirada en medio del estrés que producen los problemas cotidianos. Una plaza, un parque, un bosque y a veces hasta un andador bien provisto de plantas hacen la diferencia entre una ciudad hostil, amenazante, y otra grata a los sentidos, amable con el espíritu del ciudadano local y del foráneo que la visita.
En el entorno que me queda cerca, el de Torreón en su zona céntrica y su segundo cuadro, hay pocos espacios verdes. La plaza de armas, la alameda, el bosque y un poco más al nororiente la plaza Madero, son los tres únicos puntos cuyas características son equiparables a lo que denominamos áreas verdes. La Plaza Mayor, por más que en un extremo tenga las jardineras colindantes con la avenida Morelos, es lo menos parecido a un área verde, pues se trata de una plancha de concreto que por otro lado es viable para lo que fue construida: un espacio adecuado para organizar actividades cívicas y presentaciones (sobre todo musicales) masivas.
La carencia de áreas verdes se puede cuantificar de inmediato, casi a simple vista. Por ejemplo, todo el bulevar Independencia, desde la Múzquiz hasta la Plaza Galerías, no las tiene, ninguna. Todo lo que hay son edificios, comercios, plazas comerciales, concesionarias de automóviles, gasolineras... Ni siquiera hay allí una florería, algo que se relacione —así sea oblicuamente— con la naturaleza.
En este aspecto, la política pública de un ayuntamiento no sólo debe consistir en el remozamiento de lo que ya hay. Eso está muy bien, pero debe ser acompañado por un esfuerzo permanente para pellizcar terreno al cemento, para ganar cancha a la “civilización” que suponen los negocios. Porque sembrar árboles es ciertamente un emprendimiento relacionado con la salud pública en sentido físico, pero no sólo eso: el espíritu del hombre también se beneficia cuando camina, cuando ve, cuando huele espacios verdes, aireados, propicios para el encuentro y la conversación libres del ajetreo habitual en calles y oficinas.

sábado, febrero 02, 2019

Desafío de estacionarse











La disputa por los espacios para estacionarse roza ya cotas chilangas en el primer y segundo cuadros de Torreón. Quienes vivimos por alguno de los rumbos que cubren, más o menos, de la Madero a la Múzquiz (oriente a poniente) y del bulevar Revolución al Independencia (sur a norte), sabemos perfectamente de lo que estoy hablando. Ahora bien, si uno va por ese cuadro sólo con la idea de hacer un trámite o comprar algo, es imperativo reaprender a caminar, pues jamás hallará cancha disponible al lado del negocio o la oficina que busca. Yo, experto como pocos en el difícil arte de andar a pie, no batallo o batallo menos: siempre salgo de casa alegremente resignado a estacionarme a cinco o seis cuadras del lugar al que voy. No falla: para cualquier conductor siempre habrá un lugar a medio kilómetro del sitio anhelado.
Mi amigo Beto Ruiz, periodista deportivo, tuvo un tiempo “Me estaciono como pendejo”, un muy gustado tag en sus redes sociales. Allí subía fotos y más fotos de vehículos estacionados con las patas en el ámbito de nuestra región. No escaseaban entonces las imágenes de autos estacionados, ¿cómo decirlo?, “en batería”, pero tan inclinados que tenían la asombrosa capacidad de ocupar casi tres lugares de un jalón: el del padre, el del hijo y el del espíritu santo; o de coches estacionados con la inclinación correcta, pero no metidos en su cajón, sino con la raya amarilla en medio. Esos eran los casos extremos, pero había muchas variantes.
El experimento sirvió sobre todo como detector de conductores con pericia nata para fastidiar al prójimo, tipos y tipas dignos de mentada de madre o, al menos, de Manual de Carreño, lo que es peor. Pero aun estacionando bien las naves, la falta de espacio es mayúscula. Hay calles y avenidas, por ejemplo la Matamoros en el cruce con Degollado, asfixiantes a cierta hora de la tarde y de la noche. Allí y en muchos sitios como ese se ha puesto de moda, incluso, trepar coches a las banquetas, encaramarlos como si poco a poco fueran a devorar las casas, las manzanas enteras. En tales lugares el transeúnte ya no importa. Quien camina debe sortear por fuerza laberintos sin mayor señalética que un franelero o cubetas de pintura vinílica, ese sofisticado invento necesario para apartar espacios.
Así está el centro de Torreón, y las ciclovías y el respeto al peatón siguen brillando por su etcétera.

miércoles, enero 30, 2019

Caza de poetas




















La casa abierta. Conversaciones con 25 poetas, es un libro de entrevistas publicado en 2016 por la Secretaría de Cultura de Coahuila (Saltillo, 281 pp.) Se lo debemos al trabajo disciplinado y paciente de la periodista cultural Sylvia Georgina Estrada, quien al ejercer su oficio de reportera ha seleccionado estos 25 diálogos con poetas; ellos, los poetas en general, señala en su presentación, “han llamado mi atención [entre muchos otros artistas] de una forma particular”. Así, al asumirse cercana al mundo de la poesía, la autora hizo la criba luego de diez años dedicada a la práctica de la entrevista.
Recuerdo al menos otros dos libros valiosos editados en Saltillo y dedicados a la conversación con escritores: Todos somos culpables, de Gerardo Segura, con escritores de policial; y Puntos cardinales, de Raúl Olvera, de charlas con escritores de diferentes géneros. Ahora, La casa abierta de Sylvia Georgina Estrada hace una recorrido específico por las opiniones de poetas nacidos y radicados en diferentes épocas y lugares, respectivamente. La nómina de autores es sorprendente y por ello atractiva: Alí Chumacero, Tomás Segovia, Juan Gelman, Eduardo Lizalde, Gioconda Belli, Ricardo Yáñez, Raúl Zurita, Eduardo Milán, Marianne Toussaint, Javier Sicilia, Minerva Margarita Villarreal, entre muchos otros.
Para ser equitativa con sus interlocutores, la entrevistadora procedió de acuerdo a un esquema que reitera en todos los diálogos: luego de una introducción compendiosa en la que destaca algún rasgo sobresaliente en la trayectoria de cada poeta, da lugar a la formulación de las preguntas y al espacio de las respuestas generalmente breve, pues las entrevistas estuvieron destinadas originalmente al formato cada vez más estricto de la prensa diaria.
Pese a la vertiginosidad de cada diálogo, o precisamente por ello, el lector puede tener opiniones harto concisas sobre el quehacer poético particular de cada escritor y sobre temas aledaños surgidos a la vera de la conversación, como la afirmación de Francisco Hernández sobre la poesía con la cual cierro esta pequeña nota: “La poesía es una forma de respirar, de estar vivo, y no podemos olvidarla aun en tiempos de zozobra. La poesía está ahí y estará ahí aunque no se escriba, aparecerá donde la veas, donde la sueñes”.

sábado, enero 26, 2019

Lunas de Arcelia Ayup














Como cualquier género literario, el cuento puede ser practicado de manera intuitiva, guiado sólo por el olfato, por la inercia humana de recurrir al arte narrativo para contar historias breves. Esto es legítimo, por supuesto, pero dado que el cuento —también como los demás géneros— es una especie de mecanismo, resulta mejor articulado cuando supone un conocimiento previo del engranaje que orienta el desarrollo de las peripecias. Así sea sencilla, la técnica del cuento servirá para que los lectores obtengan lo mejor de cada historia, sin desviaciones innecesarias que diluyan el “efecto unitario” que es, a final de todo, el más alto propósito al que debe aspirar el hacedor de cuentos.
Arcelia Ayup, comunicóloga y autora principalmente de libros sobre gastronomía y cultura, ha escrito y publicado Escondrijos de luna,* su primer libro de cuentos, como parte del aprendizaje obtenido en la maestría en creación literaria impartida en la Casa Lamm de la Ciudad de México. El resultado son trece cuentos en los que se despliegan microuniversos emotivos y personajes dignos de recuerdo. Es en estos casos, como dije al principio, donde se puede notar si el autor o la autora redondearon el conocimiento de la técnica del cuento para urdir relatos eficaces o insatisfactorios.
Escondrijos de luna (UAdeC, Saltillo, 2018, 116 pp.) muestra que Arcelia Ayup ha imaginado cada cuento para convidarnos trozos de experiencia trasmutados en literatura. Su voluntad de estilo es permanente y da con imágenes nutridas de poesía. Asimismo, la diversidad temática del libro permite que accedamos a espacios y personajes misceláneos. Las piezas, por ello, exploran lo mismo barriadas que ámbitos de clase media, esto acompañado de un tono discursivo que no desdeña ciertas asperezas del habla cotidiana.
Los libros de cuentos tienen siempre la peculiaridad de abrirnos la puerta a una especie de selección, así que en Escondrijos de luna yo también puedo intentarla. Me gustan mucho varios de sus relatos, muy destacadamente “El no cuento”, obra en la que se trabaja metaliterariamente con el acto de imaginar y escribir; igual me gusta “Las hojas de otoño”, cuyo dramatismo alcanza un registro desgarrador, y por supuesto “Luna”, texto que resume la violencia de otras piezas contenidas en el primer y bienvenido libro de cuentos de Arcelia Ayup.
Dije ya que los cuentos oscilan en dos espacios: los populares y los de, por llamarlos de algún modo, clase media. Debo precisar que es en los primeros en los que se hace mayor énfasis, de suerte que la mayor parte de los relatos arracimados en Escondrijos de luna transcurren en ambientes en los que la brutalidad de la vida es motivada por factores estrechamente vinculados con la pobreza, esa precariedad que con frecuencia lima la sensibilidad hasta —a veces— desaparecerla. Ahora bien, en esos entornos también es posible el heroísmo invisible de los que nada tienen y sin embargo se imponen a la contracorriente, como ocurre muy notablemente en el cuento “Luna”.
En resumen, este primer libro de cuentos de Arcelia Ayup Silveti me deja la buena impresión de encontrar a una narradora con impulso poético en las venas y deseo de no atravesar por la literatura como quien hace un paseo cómodo. Las historias de Escondrijos de luna nos llevan a convivir con el dolor, con la pena, acaso el rasgo más sobresaliente, por desgracia, de la vida humana tal y como se despliega en sociedades como la nuestra, ceñidas al egoísmo y la ruindad, muy poco o nada solidarias con el otro. La literatura también puede evidenciar eso.

Comarca Lagunera, 25, enero y 2019

*Texto leído en la presentación de Escondrijos de luna celebrada en la Infoteca de la UAdeC, Torreón, el 25 de enero de 2019. Participamos, como comentaristas, Gilberto Prado Galán, la autora y yo.

miércoles, enero 23, 2019

El horror en una imagen













El viernes por la noche, luego de ver el partido en el que Santos empató con Puebla en Puebla, caminé tres cuadras y volví a casa. Me había tomado cuatro cervezas y ya no quise abrir un libro. En cambio, vi Twitter y lo primero que me detuvo fue en mensaje atroz: en un pueblo de Hidalgo llamado Tlahuelilpan (topónimo muy similar al Tlahualilo lagunero) había pasado algo terrible: estalló un ducto mientras decenas de personas lo huachicoleaban. El efecto sedante de las cervezas desapareció en el acto. Un video mostraba la llamarada inmensa y por allí, ni tan cerca ni tan lejos, la imagen de personas que iluminaban la oscuridad porque corrían envueltas en llamas.
El espectáculo no podía ser más pavoroso. Las redes sociales, sobre todo Twitter, tronaba con opinantes de todas las banderías, muchos de ellos, la mayoría, aportando su cuota de impertinencia, culpando al primero que se les ocurría. Me fui a dormir, turbado, como a las dos, ya en el sábado.
Al despertar, no sin sentir que había cruzado una madrugada pesadillesca, volví a las redes sociales y leí notas informativas. Para entonces ya se contabilizaban más de sesenta muertos, muchos heridos y un número indeterminado de desaparecidos. Fue allí cuando, sin querer, me topé con una imagen monstruosa. Tengo por política no ver y menos difundir fotos de ese tipo, pero ésta era extraña, pues al principio no la entendí y, al observarla con detenimiento, inevitablemente la retuve. Sobre pasto aún verde hay un cuerpo boca arriba y con los brazos rígidos; luce negro. Los rasgos quedaron intactos, incluso creo que el pelo que se le ve, relamido hacia atrás, es su pelo real. Esa imagen me recordó la foto de un Leng Tch’e, el suplicio chino o muerte de los mil cortes que aparece en Farabeuf, el libro de Salvador Elizondo. Como dice una nota de El País, “La imagen muestra la escena final de la ejecución pública a un magnicida. Atado a un poste, con la piel del pecho arrancada hasta dejar descubiertas las costillas y los pies amputados por sus verdugos, el condenado mira al horizonte con gesto extasiado en el momento justo antes de morir”. Así como esa imagen perturbadora se impuso a Elizondo y le dio motivo para escribir un libro, la del sujeto quemado quedó lamentablemente fija en mi memoria, casi casi como una síntesis de lo que sucedíó en Tlahuelilpan. Viendo eso uno desea que nunca más vuelva a pasar, que pare la desgracia nacional del huachicoleo y que por ese lamentable motivo nadie más, nadie, vuelva a morir.

sábado, enero 19, 2019

Veinte cuentos en mi cercanía












El cuento moderno, pese a sus casi dos siglos de vida, sigue frenado, sofocado por la novela. Esto articula una paradoja interesante: suponemos que ahora no hay mucho tiempo para leer, pero las editoriales y el lector siguen prefiriendo la novela. Y voy más lejos: salvo algunos esfuerzos editoriales, las grandes corporaciones ya no reciben nuevos cuentos ni siquiera para dictaminarlos negativamente. O sea, los descartan de antemano, tras enterarse de que son cuentos. Pese a eso, el género sigue allí, haciendo su vida de salmón desde que nació con la forma de una historia policial ocurrida en la famosa calle Morgue.
Sólo por la superstición de alcanzar un número cerrado, traigo una lista de veinte cuentos que siempre releeré. Toda selección es, lo sabemos, un acto discriminatorio, así que éste no será la excepción. Ofrezco, pues, la siguiente veintena sólo para no terminar recomendando cincuenta o más, así que dejaré al margen muchas piezas que bien pudieron haber quedado aquí. De cada autor me gustaría citar varios, pero opté por escoger uno de cada uno para tratar de que cuajara exactamente la tanda que me propuse. No escondo que mi preferencia se carga al cuento en español, y particularmente al latinoamericano, que es lo que más he leído porque a su vez es lo que más me agrada:
“La carta robada”, Edgar Allan Poe
 “El Sur”, Jorge Luis Borges
“¡Diles que no me maten!”, Juan Rulfo
“Yzur”, Leopoldo Lugones
“Deshoras”, Julio Cortázar
“Los gallinazos sin plumas”, Julio Ramón Ribeyro
“Escenas en la vida de un monstruo doble”, Vladimir Nabocov
“Enoch Soames”, Max Beerbohm
“El cuervero”, Juan José Arreola
“Tu rastro de sangre en la nieve”, Gabriel García Márquez
“La clave literaria”, María Elvira Bermúdez
“La aventura de las pruebas de imprenta”, Rodolfo Walsh
“La fiesta brava”, José Emilio Pacheco
“El candelabro de plata”, Abelardo Castillo
“La loca y el relato del crimen”, Ricardo Piglia
“La muerte tiene permiso”, Edmundo Valadés
“El crimen de San Alberto”, Fernando Sorrentino
“La muerte”, Mario Benedetti
“El caso de los crímenes sin firma”, Adolfo Pérez Zelaschi
“19 de diciembre de 1971”, Roberto Fontanarrosa

Nota. Este texto es una extracto de uno más amplio que en su origen fue el borrador de una conferencia. Puede ser leído aquí.

miércoles, enero 16, 2019

Torreón: origen demostrado














En diciembre fui con mis hijas a las Dunas de Bilbao y de allí dimos un breve salto a Viesca. En el camino y en ambos lugares recordé, como siempre que recorro nuestra región, a mi amigo Sergio Antonio Corona Páez (Torreón, 12 de octubre de 1950-1 de marzo de 2017). Ahora bien, recordarlo es recordar sus libros. El último, que por cierto tuve el honor de editar, fue El Rancho de La Concepción. Trashumancia laboral: factor del proceso de formación de una identidad regional lagunera, siglos XVIII y XIX (Ibero Torreón, 2016, 196 pp.), que es la constatación no especulativa, sino basada en documentos, de la relación de hermandad que guardan las ciudades laguneras en términos de origen racial y cultural.
Como lo dijo el doctor Corona Páez en su momento, “Este libro es el resultado de un proyecto de investigación en torno a uno de los factores que intervinieron en el surgimiento de un fenómeno social: la formación de una identidad lagunera durante los siglos XVIII y XIX (…): ¿realmente existía una identidad regional, rasgos de mentalidad socialmente compartidos en la percepción y en la acción cotidianas (rasgos culturales) que distinguían a los laguneros de los habitantes de otras regiones? ¿Eran conscientes de esa singularidad diferenciadora?”
Basado en diversas fuentes primarias, este libro tiene como base el padrón del Rancho de La Concepción. El autor lo transcribió e hizo una investigación genealógica de cada familia. “Es notable comprobar —señaló— cómo los hijos de los mismos padres nacían en diferentes lugares de la Comarca. El libro incluye historias de caso que son muy ilustrativas. Por otra parte, los habitantes del Rancho de la Concepción, lugar que aparece en uno de los mapas de Humboldt de 1804, se convirtieron en las familias torreonenses más antiguas del municipio y de la ciudad”.
En efecto, al volver sus páginas advertimos que la dinámica social de los primeros torreonenses vinculaba en lo laboral y en lo familiar —mediante los matrimonios— a laguneros de Mapimí, Parras, San Juan de Casta, Cuencamé, Viesca, Matamoros y otros lugares de la comarca. Hay pues, demostrado, un origen común predominante en los primeros torreonenses. Pueden hacerse de este libro en El Astillero (Morelos 559 poniente, Torreón).

sábado, enero 12, 2019

Tres ases laguneros













Siempre he creído que La Laguna tiene algo especial, único. Por supuesto, todos los lugares acusan rasgos que los peculiarizan, así que es legítimo que cada quien ame lo suyo como le venga en gana. A mí me gusta La Laguna porque aquí nací, y pese a que es un lugar más feo que lindo, de clima casi permanentemente hostil, la amo. Sin menospreciar a cualquier otra región, siento que mi tierra es la mejor para mí, en la que me siento más cómodo y asombrosamente más seguro y bien plantado sobre la tierra. Por eso, cada vez que puedo, por escrito o en sobremesas, elogio nuestra comida, nuestras palabras, nuestros lugares y a muchos de quienes han nacido aquí y han hecho algo importante para enaltecer el nombre de la comarca. Muchos escritores, como Enriqueta Ochoa, están en este caso.
En charlas espontáneas he venido comentando, a propósito de lo anterior, un rasgo curioso que tiene La Laguna: aquí nacieron tres deportistas que lograron triunfos muy importantes para México, triunfos coincidentes que, creo, no hallamos en ningún otro lugar del país. Me refiero a Horacio Piña, Raúl Allegre y Oribe Peralta, ganadores, respectivamente, de una Serie Mundial de beisbol, de un Súper Tazón y de una medalla olímpica de oro. Otros sitios del país, claro, han visto nacer a un medallista de oro o qué sé yo, pero ninguno puede presumir la triple corona mencionada.
Horacio Piña, mejor conocido como el Ejote, nació en 1945 en el municipio de Matamoros de La Laguna. Vistió, como casi todos los beisbolistas, muchas franelas: Washington, Texas, Oakland, Chicago, Filadelfia, y en la Liga Mexicana, entre otras, la de los Rieleros de Aguascalientes, equipo en el que lanzó un juego perfecto en 1978. En el 73 ganó la Serie Mundial con los Atléticos.
Pateador de los Gigantes de Nueva York, Raúl Allegre nació en Torreón en 1959 y además jugó para Baltimore y los Jets de NY. Con los Gigantes ganó el Súper Tazón XXI y el XXV, dos veces.
Por último, Oribe Peralta, quien sigue activo como jugador de futbol en México, nació en Torreón hacia 1984. En México ha ganado varios campeonatos de Liga y entre otros méritos tuvo el de ser pieza fundamental en la selección mexicana que alcanzó la medalla de oro en las Olimpiadas de Londres 2012.
Tres ases, tres motivos más para sentir que La Laguna tiene algo especial.

miércoles, enero 09, 2019

Escribir cine




















Es misterioso el encuentro del escritor con los géneros que formarán parte de su trabajo. ¿Cuándo ocurre? ¿Por qué? O sea, ¿cómo llega un poeta a darse cuenta de que es poeta? ¿O cómo llega un cuentista a notar que lo suyo es la narrativa breve? Y dos casos más raros: ¿cuándo descubre el ensayista que su mundo está en la crítica o el dramaturgo en la escena? No sé. Lo que sí sé es que en general eso comienza a despuntar un poco antes de los veinte años. Es allí, por el rumbo de los 16 o los 17, cuando un escritor vislumbra lo que más le gusta y/o le acomoda, cuando descubre que su capacidad se orienta hacia tal o cual género. Por eso ocurre que los primeros libros generalmente delimitan los géneros con los que el escritor convivirá, razón por la que más allá, por los treinta o cuarenta años, ese chango ya no podrá aprender maroma nueva. Habrá excepciones, claro, pero en la generalidad de los casos el escritor se topa temprano con sus géneros y zafar de allí, luego, resulta casi imposible. Por eso García Márquez no le hizo a la poesía, y por eso Paz no se arrimó a la escritura de novelas.
En el camino de mi trabajo literario no ha faltado que me recomienden escribir en tal o cual género, como si uno pudiera escribir de todo. Aunque hay algunos casos de escritores que han intentado trabajar con muchos moldes, el talento no es tan grande como para ser bueno o al menos decoroso en todos los géneros. Si esto fuera música, sería como el dominio de un instrumento. Aunque hay músicos que tocan varios, el verdadero músico es especialista. Esta es la razón por la que escribir para cine es un coto muy bien delimitado. No cualquiera, pues, puede hacerlo, como lo demuestra el libro Antes de la película. Conversaciones alrededor de la escritura cinematográfica (Conaculta, 2012, 357 pp.), de Ana Cruz. En siete apartados, la entrevistadora se acerca aquí a 39 personalidades vinculadas de una u otra manera a la escritura cinematográfica, como, entre otros, Sabina Berman, Guillermo Arriaga, Paz Alicia Garciadiego y Vicente Leñero.
Ahora que Roma rehidrató el interés por el cine mexicano sobre México, Antes de la película es un libro útil sobre todo para quienes quieren dedicarse a escribir historias cuyo fin es aterrizar en la pantalla.

sábado, enero 05, 2019

Gatica a ganchos y rectos




















Leí Gatica (Galerna, Buenos Aires, 1991), novela de Enrique Medina (Buenos Aires, 1937) hacia 2004. La había encontrado por azar en una pequeña librería ubicada en la facultad de Letras de la Universidad Nacional de Tucumán, a donde asistí para participar en un congreso literario gracias a la invitación de mi amigo David Lagmanovich, para entonces ya profesor emérito de la UNT. En alguno de los descansos de aquel encuentro recuerdo que vagué por los entresijos de la facultad y di sin querer con la mencionada librería. Allí fue donde la portada brutal (el rictus de un boxeador recibiendo un derechazo al mentón) llamó mi atención. Era Gatica, novela de un escritor para mí desconocido en aquel momento. Al leer sus paratextos (las solapas, la contratapa) vi que tanto el contenido de este libro en particular como la trayectoria del autor en general subrayaban que Medina no era ningún improvisado. Al contrario: para entonces ya tenía varias novelas, libros de cuentos y algunos ensayos. Si a eso le sumaba mi interés por el boxeo, no dejé que Gatica escapara de mis garras. La compré y, recuerdo, le hice una lectura apresurada y por tanto superficial en lo que me quedaba de aquel viaje argentino.
La impresión que me dejó fue muy buena, incluso puedo decir que de asombro. Lamentablemente, la leí en camiones y trenes, sin tomar notas, y además con el problema de que se deshojaba por la mala calidad del encuadernado. Cuando la terminé, quise escribir algo sobre ella, pero pronto me di cuenta de que debía releerla. Los años pasaron, casi quince, y hasta diciembre de 2018, hace apenas unos días, ocurrió la muy postergada relectura. He dicho que al leerla por primera vez me quedó un regusto grato y sentí que era una historia fascinante y bien escrita. Creo que me quedé corto: ahora que la he revisitado tengo la impresión de que es extraordinaria, de que quizá se trata de la mejor novela latinoamericana con tema pugilístico. Tendría que probar esta afirmación con ejemplos de novelas similares, pero no tengo las referencias, si es que las hay, como es el caso de una novela del mexicano Palau. Sé que hay varios cuentos, eso sí, pero es posible que novelas no haya muchas. Sea como fuere, Gatica no es un flan narrativo. Al contrario, se trata de un artefacto literario en el que Medina puso en movimiento un arsenal de pericias para contar la historia de José María Gatica, apodado el Mono o el Tigre, uno de los boxeadores reales más populares en la historia argentina.
Como casi todos los deportistas de su tipo, el Mono provenía de un entorno económico erizado de desventajas. Había nacido en San Luis, en el interior de su país, y era hijo de una madre que debió alejarse de su inepto marido. Allí, de hecho, arranca la novela, cuando la madre de Gatica y sus cinco hijos abordan el tren que los llevará, con una mano adelante y otra atrás, como se dice, hacia la estación de Retiro en la capital. Luego viene el ascenso y las caídas.

miércoles, enero 02, 2019

Regalo de Papini
























Allá por el arranque de los noventa hice una lectura cómplice de varios libros con Gerardo García Muñoz. El sistema era simple: nos veíamos dos o tres veces a la semana en el café Los Globos ubicado en la calle Cepeda, de Torreón, y a cada encuentro comentábamos el capítulo de un libro previamente determinado. Recuerdo que nuestra mayor hazaña fue despachar el Quijote, todo comentado hasta donde les era posible a nuestras herramientas críticas de aquel endenantes.
Pero no fue el único. Creo que Gerardo y yo resultamos los únicos locos laguneros que alguna vez leyeron, también con el sistema de la lectura cómplice, La historia de las ideas estéticas en España, del erudito chupacirios Marcelino Menéndez y Pelayo. En otra tesitura, mi amigo y yo tomamos cierto día un libro de Porrúa que en realidad era dos libros en uno: Gog y El libro negro, ambos de Giovanni Papini (Florencia, 1881-1956). Fue, creo, una revelación, uno de los ejercicios de lectura más gozosos que yo recuerde. No sólo por haber compartido comentarios con el agudo Gerardo, sino porque la prosa de Papini se me apareció como una fiesta espesa de humor y de lo que entonces denominamos “malditez”. En efecto, el escritor florentino logró entusiasmarme con la belleza expresiva de las estampas que gracias a Gog, su extravagante personaje, dibujan un perfil alucinante del mundo contemporáneo, un mundo como casi todos los mundos: asombroso por sus avances pero esencialmente necio, vanidoso y ridículo.
Aquella primera convivencia con Papini me marcó. Con los años, poco a poco, conseguí otros libros de su descomunal producción, como Hombre acabado (1912), prematura y brutal autobiografía. A esas alturas ya sabía, empero, que la obra del gigante italiano podía ser hallada de dos maneras: a trancos azarosos, es decir, con títulos pescados aquí y allá, sobre todo en librerías de viejo, o de golpe, si ocurría el milagro de dar con alguna de las escasísimas colecciones de cuatro tomos publicadas con el sello de Aguilar en 1957.
Y ocurrió el milagro. A principios de diciembre pasado recibí una llamada: un amigo me filtró la oferta de que cierta persona, me dijo, tenía varios tomos de Aguilar, y los vendía. Entre ellos estaban los cuatro volúmenes de Papini, y como el precio era harto asequible, los adquirí y con ello logré hacerme el mejor regalo bibliográfico de 2018. Cada tomo tiene más de mil páginas, así que se trata de un regalo para todo lo que me queda de vida. Venga pues, que el 2019 esté lleno de libros como estos o mejores, si es que eso es posible.