sábado, noviembre 28, 2020

Más que una alerta

 







Durante los largos meses del confinamiento muchos atravesamos ya por todos los sentimientos posibles. Cierto que hemos podido conocernos mejor, que la vida nos encaró de golpe con una situación global inédita. Es deseable, aunque no se haya dado así de manera uniforme, que muchos hayan mejorado como seres humanos, que el encierro y las largas horas de reflexión personal que el aislamiento ha posibilitado deriven en un mentalidad colectiva más solidaria y empática. Eso, como digo, es lo deseable, pero ya sabemos que el trecho entre lo deseable y lo real a veces es muy amplio, tanto que en cierto momento es posible que en lugar de mejorar hayamos empeorado. Esto lo iremos sabiendo poco a poco.

Comento lo anterior porque en la semana que recién se apaga circuló entre nosotros un comunicado de la Mesa de Salud de La Laguna. El estilo de estos mensajes oficiales suele ser (debe ser) siempre prudente, mesurado, para no infundir alarma en los receptores. Ciertamente, el mensaje que cito cuida con celo ese detalle, pero no puede ocultar lo inocultable: la Mesa de Salud de La Laguna se muestra preocupada ante el poco cuidado de la población para adoptar las medidas preventivas. Lejos de hacerlo, da la impresión de que en muchos casos se ha relajado la atención de la ciudadanía hasta llegar al colmo de organizar fiestas con numerosa concurrencia. Esto es terrible desde cualquier ángulo que se elija para verlo: es terrible para la ciudadanía, pues se pone en riesgo gratuitamente, sin sentido; es terrible para los familiares y amigos cercanos de esas personas, pues al día siguiente de la fiesta pueden convivir con personas contagiadas; y es terrible para las autoridades y el heroico personal de salud, que no se dan abasto para atender todos los casos de contagio que genera la propagación del padecimiento.

Resume el comunicado: “El llamado a la conciencia social para mitigar los impactos negativos de esta pandemia parece no dar resultado. Apelar al buen comportamiento y a respetar en todo momento las medidas sanitarias está fracasando. Tan solo en esta última semana se registraron más de 1,400 nuevos casos de covid-19 y más de 150 defunciones. Al día de hoy existen más de 500 personas hospitalizadas en La Laguna representando un 87% de ocupación hospitalaria. Se estima que el 40% de las pruebas de laboratorios privados están resultando positivas. Muchas camas no cuentan con personal médico para atenderlas, ni equipamiento para recibir pacientes. Semana tras semana la historia se repite, cientos de reportes a la autoridad de casos que violan los protocolos, que se traduce en más y más contagios, y una falta de empatía con los ya agotados médicos, enfermeras y resto de trabajadores de la salud. Han fallecido más de 30 personas del personal de salud, más otro tanto está hospitalizado, lo que representa un peligro ante una posible falta de atención médica. No podemos esperar resultados diferentes si seguimos haciendo las mismas cosas. Sí es posible estar peor si no implementamos a tiempo medidas más estrictas”.

En efecto, la Mesa de Salud de La Laguna propone medidas más severas para controlar la difusión de la pandemia en nuestra localidad. Están en internet, todos podemos tener acceso a su conocimiento, pero de nada servirá leerlas si no las acatamos con rigor personal y familiar. Evitemos pues que todo esto se desborde.

Nota. Estas son las recomendaciones de la MSLL:

A las autoridades y a la ciudadanía en general, les pedimos:

• Restringir la movilidad de 10:00 pm a 5:00 am de jueves a domingo (está probado científicamente, qué al reducir la movilidad, se reduce el contagio).

• Suspender toda clase de eventos sociales y valorar su reapertura según mejoren condiciones de salud (Bodas, bautizos, celebraciones religiosas, etc.)

• Suspender todo tipo de reuniones privadas por el momento. (Se requiere bajar la curva de contagios).

• Incluir a Gómez Palacio en la aplicación de la vacuna de ensayo de Cansino Biotech.

• Homologar medidas sanitarias y de movilidad entre todos los municipios de la Laguna.

• Continuar dispersando reuniones sociales y comercios, además de aplicar las sanciones económicas ya dispuestas en caso de no acatar los protocolos.

• Evitemos los festejos navideños en esta navidad, hagamos algo diferente. Si queremos a la familia hay que protegerla.


miércoles, noviembre 25, 2020

A mí se me hace cuento

 









Así como a muchos les gusta la filatelia, la cocina, los cómics o la matemática, a mí me gusta el futbol. No fue una elección racional, pensada, sino algo que se atravesó en mi vida durante la infancia. Estaba cerca de llegar a la secundaria, digamos que poco después de los diez años, cuando el contacto del pie con la pelota se convirtió en un vicio adquirido en el barrio de Gómez Palacio en el que nací y viví hasta los trece años. Me hice jugador callejero y como todos los niños del mundo que acusan la pasión futbolística, no sólo intentaba jugadas durante los partidos, sino en la mente, a toda hora. Para aprender más, abracé los colores de un equipo profesional, vi muchos juegos en la tele, compré revistas especializadas, seguí jugando en la calle y en el llano, y así, con la cabeza copada por el futbol, atravesé la adolescencia.

Poco después del mundial del 78, en 1979, supe que la selección juvenil argentina tenía un jugador extraordinario, un tal Diego Maradona. En aquel momento la información fluía lentamente o al menos con una velocidad muy distinta a la actual, pero poco a poco fueron llegando más noticias. Maradona llevó a los argentinos a ganar el mundial juvenil en Tokio y tras eso comenzaron a cundir las repeticiones de su desempeño en las canchas. Era evidente lo que permaneció siendo evidente durante varios años: Maradona era distinto, pero no distinto a la manera de tantos distintos relativamente ordinarios: el gambetero, el buen filtrador de pases, el buen tirador de penales... Maradona no sólo era distinto a los 21 jugadores que participaban junto a él en cualquier cancha, sino distinto a los millones de jugadores amateurs y profesionales del mundo entero. El suyo parecía un cuerpo perfectamente articulado para la práctica del futbol, de suerte que todos sus movimientos eran los óptimos en cualquier acción dentro de la cancha. Hasta el toque de balón menos comprometedor tenía en su caso algo de mágico y perfecto, como si ese toque se enriqueciera apenas lo tramitaba el cuerpo de aquel 10 inaudito.

Claudio Borghi, quien alguna vez jugó con él, dijo que Maradona pensaba muy rápido. Cierto. En un deporte en el que la rapidez, los reflejos y la intuición son fundamentales, una milésima de segundo de anticipación hace la diferencia. Maradona, en efecto, antes de recibir el balón siempre tenía ya dibujada en la cabeza su jugada. Esto, sin embargo, no es suficiente para ser lo que Maradona fue. La jugada primero era pensada y de inmediato, sin solución de continuidad, ejecutada a la perfección, de suerte que los rivales y hasta sus mismos compañeros parecían jugar siempre en otra dimensión, una dimensión lenta e imperfecta. El problema con otros jugadores es que no piensan tan rápido, y aunque lo hagan, no ejecutan con solvencia lo que pensaron, y en Maradona se dio esa feliz y recurrente coincidencia entre la concepción de la jugada y la ejecución impecable, todo casi al mismo tiempo, con una mecánica corporal sin tacha, inventiva, que parecía natural, pero era portentosa y por ello única.

El don futbolístico de Maradona iba acompañado, además, de un carácter peculiar, también indispensable para ser un líder dentro de la cancha. No se arrugaba ante las patadas, encaraba a quien lo acosaba con malas artes y ponía el pecho a las balas para ayudar a sus compañeros como lo que era, el jefe de todos. Por eso, y pese a que el futbol que le tocó no protegía al jugador con técnica, lo bañaban de patadas, le rompían los tobillos y las rodillas, y él seguía de pie, luchando por ganar.

Hace 25 días, el 30 de octubre, cuando Maradona llegó a sesenta años, Óscar Ruggieri dijo algo muy cierto: que le hubiera gustado, como a cualquiera, ser Maradona dentro de la cancha, pero no fuera, pues la vida de Diego era invivible por los grados extremos de acoso público a los que fue sometido las 24 horas del día, por la anulación absoluta de la privacidad y todo lo que esto significa para el equilibrio mental. Tuvo razón: sólo se puede saber lo que implica la terrible vida de Maradona-fuera-de-la-cancha si se es Maradona-fuera-de-la-cancha.

En una entrevista disponible, como casi todo lo relacionado con Maradona, en YouTube, el actor Gastón Pauls, hermano del escritor Alan del mismo apellido, le preguntó a Diego qué hay en el lugar al que llegó en términos de fama. “Hay soledad, hay frío…”, respondió Diego. Esa soledad y ese frío minaron su salud, y hoy acabaron con su cuerpo.

Borges, otro inmortal, escribió en un poema sobre la ciudad donde nació: “A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: / La juzgo tan eterna como el agua y el aire”. Sobre el 10 puedo pensar algo semejante: a mí se me hace cuento que murió Maradona. Desde ya lo juzgo tan eterno como el agua y el aire.

                      Comarca Lagunera, 25, noviembre y 2020

Nota. Tomé la foto en 2007 frente a La Bombonera, el estadio de Boca Jrs.


Pasado próximo y remoto

 












Durante el confinamiento he recibido, como a todos, invitaciones para dialogar por la vía digital. Una de ellas fue la rara entrevista del reportero Eugene Rupinski para una web deportiva norteamericana. El texto apareció en inglés. Dado que él cubre al Santos Laguna, me interrogó sobre La Laguna, sobre su gastronomía y su gente, y ahora que husmeo las respuestas me asombra que, aunque cercano, todo parece parte de un pasado ya remoto, el pasado prepandémico. ¿Volveremos a vivir esa vida y salir a donde nos apetezca? Este es el diálogo-paseo por La Laguna y otras yerbas. Debo recordar que en la edición gringa apareció en inglés:

Cuéntame un poco sobre ti y tú conexión de la Comarca Lagunera.

Una semblanza fría de mi vida supone lo siguiente: Jaime Muñoz Vargas nació en Gómez Palacio, Durango, en 1964, y reside en Torreón, Coahuila, desde 1977. Siempre ha vivido pues en la Comarca Lagunera. Actualmente es responsable del Centro de Difusión Editorial y maestro de la Ibero Torreón, y coordinador del taller literario del Teatro Isauro Martínez. Entre otros libros, ha publicado las novelas El principio del terror, Juegos de amor y malquerencia y Parábola del moribundo; los libros de cuentos El augurio de la lumbre, Las manos del tahúr, Monterrosaurio, Ojos en la sombra, Leyenda Morgan, Polvo somos y Grava suelta; y los libros de periodismo Tientos y mediciones, Solazos y resolanas y Gambeta corta, además de haber sido incluido en numerosos libros colectivos como la antología La otra mirada, publicada en Palencia, España. Ha ganado los premios nacionales de Narrativa Joven, de novela Jorge Ibargüengoitia, de composición del himno del Instituto Mexicano del Seguro Social, de cuento de San Luis Potosí, de narrativa Gerardo Cornejo y de novela Rafael Ramírez Heredia. Reseñas y artículos suyos han aparecido en periódicos y revistas de México, España y Argentina. Escribe la columna “Ruta Norte” para el periódico Milenio Laguna y es articulista de la revista Nomádica. Desde 2006 mantiene actualizado el blog rutanortelaguna.blogspot.mx

Al margen del currículum está lo más importante: tengo tres hijas, todas nacidas en Torreón y todavía estudiantes (de literatura inglesa en la UNAM, de psicología en la Ibero Torreón y de preparatoria en la Universidad Autónoma de Coahuila); tengo seis hermanos (todos nacidos en Gómez Palacio, igual que mis padres, ambos ya fallecidos), y mi pareja es de Matamoros de La Laguna, ciudad aledaña a Torreón. Esto significa que mi vida y mis relaciones más cercanas tienen que ver con La Laguna, de suerte que para mí ser lagunero es entrañable. En suma, todo lo que soy y hago se relaciona de alguna manera con esta amada región.


Cuéntame de la cultura y la gente de la Comarca Lagunera. El centro es una metrópolis, pero fuera de las ciudades (Torreón, Gómez Palacio, y Lerdo) es un rancho. Toda la gente que conocí fui muy amable y agradable.

Nuestra comarca se llama así, Comarca Lagunera o La Laguna porque se autoconcibe como una región, no como un conjunto de ciudades aisladas. Si bien una parte de La Laguna pertenece al estado de Durango y la otra a Coahuila, y si bien cada municipio es administrativamente autónomo, todos aquí nos asumimos como laguneros, como parte de una misma comarca, y en general no tenemos pugnas entre nosotros. Todas las ciudades de la región tienen más o menos los mismos rasgos culturales en gastronomía, habla, acento, iconos históricos, voluntad para el trabajo, equipo de futbol y beisbol, etcétera. En efecto, la zona metropolitana (Torreón, Gómez Palacio y Ciudad Lerdo) configuran un conglomerado compacto con rasgos de mayor desarrollo comercial e industrial; los municipios cercanos como Matamoros de La Laguna, San Pedro, Francisco I. Madero, Viesca, Mapimí, Tlahualilo y Cuencamé tienen un menor desarrollo económico y todavía, por suerte, hermosos y pintorescos tintes de carácter rural. No me parece exagerado afirmar que la naturaleza de los laguneros es amable, cordial, dispendiosa, compartida, alegre, y esto se manifiesta principalmente frente a los fuereños. Creo que difícilmente un lagunero trata mal a alguien que viene de fuera. Al contrario, rápidamente busca incorporarlo, ayudarlo, convertirlo en “lagunero”.

En el desierto los recursos son escasos. En inglés hay un dicho “doing more with less” (hacen más con menos, utilizando todo a la máximo). ¿Es el caso de la comida de la región, es igual?

Nuestro principal problema en la región es la escasez de agua. Acá casi no llueve, es un semidesierto. Lo que aquí se siembra debe ser regado con agua diestramente guiada por canales y acequias, además del agua extraída del subsuelo. Pese a esto, La Laguna como región ha configurado una de las economías más pujantes de México. Dado que esta zona fue poblada por grupos étnicos de muchas partes del mundo, tiene una gastronomía exquisita aunque a mi juicio no muy variada. Sus platillos más populares son sencillos y deliciosos, como la emblemática “gordita” o el poderoso “lonche”. Su carne es muy buena, de la mejor del país, y creo que en ninguna parte del mundo hay hamburguesas como las que se han diseñado por acá. Es además, por el calor, una región altamente consumidora de gaseosas y cerveza, y buena para la creación de golosinas saladas y dulces. Soy un informante muy parcial, puesto que nací y radico aquí, así que créanme la mitad si afirmo que nuestra comida popular es la mejor del mundo.

En el caso de Santos Laguna, dicen que una de sus fortalezas es que hace más con menos. ¿Tienes ejemplos en tu experiencia viviendo todo relacionado con el equipo?

Yo soy fanático de dos equipos mexicanos: Cruz Azul y Santos Laguna. Del primero por mi infancia: cuando yo era niño, el Santos Laguna no existía y dado su tricampeonato, adherí a los colores de la Máquina Celeste. Luego, en 1983, nació el Santos Laguna y de inmediato, por ser el equipo de mi tierra, comencé a apoyarlo. El equipo lagunero es un equipo joven, cierto, pero ya muy exitoso, y nunca lo ha sido por su dinero, sino porque juega bien y es aguerrido, luchón, orgulloso como la gente de aquí. Estas características han permitido que crezca exponencialmente su número de seguidores no sólo en México, sino en Estados Unidos, país en el que su playera es muy solicitada. Cuando uno piensa en un equipo triunfador como en Santos Laguna y al mismo tiempo lo relaciona como oriundo de un semidesierto, crece el valor de sus logros.

Eres de la Comarca Lagunera, ¿cuáles son tus lugares favoritos para comer?

Por lo común voy a establecimientos populares, no muy caros, pues acá hay de todo, desde lo muy muy económico hasta lo muy caro. Yo me muevo en la mitad de la tabla de precios, o quizá un poco más abajo. Me agrada la comida popular. En gorditas me gustan dos establecimientos: Gordirricas (Javier Mina y Escobedo, en Torreón) y Garza y Garza (Abasolo y Donato Guerra). En hamburguesas me gustan las de un lugar llamado Fofoy (Victoria y Zaragoza, en Gómez Palacio) y La Laminita (Allende y Donato Guerra, en Torreón). En tacos me gustan los de una taquería sin nombre ubicada en la Bravo y García Carrillo, en Torreón, y los de Juanchorrey (González Calderón y Juan Terrazas, en Torreón). El menudo o pozole me gustan en El Danubio (Escobedo y Leandro Valle, en Torreón), y la mejor birria que he probado la preparan en un modesto estanquillo llamado Beto (Allende y Valdés Carrillo, en Torreón). Los lonches que más me placen son los de El Sabrosito (Escobedo y González Ortega, en Torreón). También me agrada comer pescados y mariscos en El Güero (Donato Guerra e Hidalgo, en Torreón), y por último, cuando quiero darme un agasajo un poco más caro, voy al restaurante Pampas Gaucha (mall Galerías, en Torreón) o a un café llamado Makiata, no tan caro pero de tipo y menú menos popular.

¿Cuáles son tus lugares favoritos en la región que no sea de comer?

No soy de mucho salir, de ir al cine o eso. Los lugares que más me gustan de La Laguna son el Teatro Isauro Martínez y la Universidad Iberoamericana, donde trabajo. Soy adicto a la lucha libre, así que voy tan seguido como me resulta posible a la que ofrece la Arena Olímpico Laguna de Gómez Palacio. También me gusta la alameda de Torreón. Soy habitué, eso sí, de nuestras pocas librerías: muy seguido voy a ver y comprar libros en El Astillero, hermosa librería ubicada en la Morelos y Leona Vicario, en Torreón. También voy a Gonvill, en el mall Cuatro Caminos, y a la librería Educal ubicada en el Museo Arocena, un espacio bellísimo. Asimismo, compro en El Libro Usado, librería de viejo ubicada en Falcón y Morelos, y, también de viejo, a la Otelo, en Juárez e Ildefonso Fuentes, Torreón.

¿Qué dirías a la gente sobre la ciudad en donde vives?

Puesto que me gusta como es, a nuestra gente le diría lo que a la patria le escribió el maravilloso poeta Ramón López Velarde: “te doy de tu dicha la clave / sé siempre igual, fiel a tu espejo diario”. Insisto: no soy un entrevistado imparcial si hablamos de esta región y de su gente. Para mí, la Comarca Lagunera es un lugar más bien feo, de clima difícil, incluso hostil, pero no importa: para mí es la mejor región del mundo, por eso la llevo tatuada en el brazo y en el corazón.

Nota. La foto del Teatro Isauro Martínez y el arcoíris es de mi hija más pequeña.


sábado, noviembre 21, 2020

Cambiar de género













¿Qué pasa cuando uno cambia de género? ¿Es cómodo o se trata de una experiencia muy distinta? Como todo en la vida, la respuesta a estas preguntas depende plenamente de cada subjetividad, pero sospecho que en la generalidad de los casos un cambio radical de género tiene ingratas implicancias. Esta idea me asaltó durante la lectura de El norte, novela de Emilio Carballido. Su ficha bibliográfica es un dato que doy por mera disciplina, pues es casi imposible conseguirla: fue publicada en 1958 por la Universidad Veracruzana; es el tercer título de la benemérita colección Ficción, sólo precedido por Polvos de arroz y Los huéspedes reales de, respectivamente, Sergio Galindo y Luisa Josefina Hernández. Luego de estos títulos vendrían muchos más, hasta la fecha, de aquella editorial universitaria dirigida hoy por el lagunero Édgar Valencia.

Leer El norte me llevó entonces a pensar en el cambio de género, en el paso de la dramaturgia a la novela, que no son lo mismo aunque ambas sirvan para contar historias. Siempre he pensado en Carballido como escritor de teatro, nada más ni nada menos que el autor de las famosas Rosalba y los llaveros, Te juro Juana que tengo ganas y Rosa de dos aromas, entre muchas otras. La única vez que lo vi, hace como veinte años en una feria del libro lagunera, era ya un dramaturgo consagrado, tal vez el más cotizado del país en aquel momento, así que yo ni siquiera hacía en el mundo novelas de su cuño.

El norte me reveló una faceta desconocida de Carballido. El pulso de su prosa es seguro y el trazo de la anécdota, así como la caracterización psicológica de sus personajes, permiten imaginar que pudo dedicarse de lleno, por qué no, a la narrativa. He indagado en la página del INBA y en efecto consigna un considerable corpus novelístico, aunque no tan abundante y conocido como el teatral: La veleta oxidada, 1956. El norte, Universidad Veracruzana, 1958. Las visitaciones del diablo, Joaquín Mortiz,1965. El sol, Joaquín Mortiz, 1970. El arca de Noé, EMU, 1979. El tren que corría, FCE, 1984. La veleta oxidada, El norte y Un error de estilo, Conaculta, 1991. Flor de abismo, Planeta, 1994. Egeo, Conaculta, 2002. Lilí, etcétera, Alfaguara, 2005.

Cuando un escritor abraza un género se debe en primer término a que en él se siente cómodo, cuando le calza bien, pues en literatura nada hay más fastidioso que escribir con los zapatos apretados. Eso suele ser descubierto casi desde las primeras cuartillas, las de juventud, y es un proceso misterioso, de seguro profundamente influido por la lectura.

Así tenemos entonces que Rulfo no haya escrito poesía (aunque su obra la contiene en grado sumo, pero de otro modo) o Sabines no haya relatado nada (aunque en varios de sus poemas se sienta un aire de narración). Uno, en suma, trabaja en su o sus géneros y desdeña los demás no por menosprecio, sino porque “algo” impide la comodidad plena en su práctica.

Ignoro cómo se sentía Carballido en la novela; lo hacía bien, según pude apreciar en El norte, pero quizá tal género a él no lo colmaba y por ello prefirió, estaba en su derecho, la dramaturgia.

 

miércoles, noviembre 18, 2020

En el interior del silencio











El libro Fervor intacto. El libro, el lector y la lectura (Arlequín, Guadalajara, 2008) contiene tres ensayos en los que vale la pena colocar el ojo. El primero es archifamoso, la conferencia de Borges sobre “El libro”, aquella cuyo primer párrafo sale a relucir aquí y allá a propósito de cualquier conmemoración del libro como la que atravesamos el 12 de noviembre (“De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro…”). El segundo lleva como título “El lector infrecuente”, de George Steiner, y el último, “El encuentro con los libros”, de Albert Béguin. Hoy quiero detener la vista sólo en el segundo.

Steiner, sabemos, nació en 1929 en Francia, era de origen alemán y se nacionalizó norteamericano. Especialista en cultura europea, fue autor de una rica bibliografía ensayística y algunas piezas de ficción. Entre otros reconocimientos, en 2001 obtuvo el Príncipe de Asturias. Murió recién, en febrero de este año. Que yo recuerde, pocas veces he sido mejor persuadido sobre las bondades del libro y la lectura que con el ensayo que me topé en Fervor intacto. Es una joya sin renglón ocioso, un dechado de acercamiento crítico en este caso al acto de leer como quehacer histórico, movedizo.

El ensayista comienza su tanteo con un amplio comentario sobre el cuadro “Le Philosophe lisant”, de Chardin. Comenta a detalle todo lo que envuelve el sentido de esa obra en apariencia simple: un hombre o una mujer, no puede saberse, leyendo un libro sobre una mesa. A partir de tal imagen, Steiner reflexiona sobre el sentido de la lectura en el XVIII francés y poco a poco se va acercando a nuestra época.

En el camino del recorrido nos topamos con valoraciones sobre muchas de las ideas que nos asaltan, sin digestión posible, cuando hablamos sobre libros y lectura. Dice, por ejemplo, que todos los lectores sienten inevitablemente la culpa de no poder leer más que una pequeña porción de todo lo publicado: “Todo lector auténtico (…) arrastra consigo el eco regañón de la omisión, de las estanterías de libros por las que ha pasado a toda prisa, de los libros sobre cuyos lomos ha pasado los dedos con ciego apresuramiento”; a veces no es necesario ir a la Biblioteca Británica que menciona Steiner para acusar esa culpa: yo la siento frente a mi propia y siempre inacabada (de leer) biblioteca personal.

Esta otra idea me confirmó el hábito de corregir que me hice desde hace muchos años; no sabía que alguien le había dedicado tamaño elogio: “El lector que pasa por los renglones tipográficos sin corregirlos no es sólo un filisteo: es un renegado del espíritu y del sentido. Podría decirse que en una cultura secular la mejor forma de definir el estado de gracia consistiría en decir que es aquel en que el lector no deja sin corregir las erratas —literales o sustantivas— del texto que lee y pasará a manos de otro”, y poco más adelante, este énfasis: “El intelectual es, sencillamente, un ser humano que cuando lee un libro tiene un lápiz en la mano”.

Insisto: este ensayo no tiene palabra huera, y para hacerle justicia habría que citarlo completo. No puedo hacerlo aquí, sólo invitar a que sea buscado y leído para encontrar perlas como ésta sobre la desmemoria provocada por la ruidosa enseñanza actual: “El vigor de la memoria sólo puede sostenerse allí donde hay silencio, el silencio tan explícito en el cuadro de Chardin. Aprender de memoria, transcribir fielmente, leer de verdad, significa estar en silencio y en el interior del silencio”.

sábado, noviembre 14, 2020

Gabo guionista


 






Los caminos de la fama pública, bien se sabe, son innumerables. En el caso de Gabriel García Márquez ha sido la novela el género que más prestigio le ha granjeado, pero no es posible olvidar que una considerable cuota de reconocimiento se la han obsequiado los lectores gracias a la labor del colombiano en el cuento (Doce cuentos peregrinos, que luego mudaría de título a Extraños peregrinos), en la crónica (Cuando era feliz e indocumentado), en el reportaje (Miguel Littin clandestino en Chile), en la columna (Textos costeños) y en la autobiografía (Vivir para contarla). Además de eso, ya de por sí abrumador, el Nobel 1982 se ha dado tiempo para autorizar a las casas editoriales la publicación de libros en donde frontal u oblicuamente toca un género apendicular de la narrativa: el guion.

La bendita manía de contar no es, obvio, un libro capital en la producción garciamarqueciana, ni siquiera es posible anotarlo en su ya copiosa lista de títulos imprescindibles, la que encabeza Cien años de soledad. Es, en cambio, un libro periférico, una de esas obras que engordan la bibliografía de un autor sin agregarle demasiados nutrientes, una de esas obras que satisfacen la voracidad del mercado editorial hoy acostumbrado a publicar, si se trata de un famoso, lo que sea, absolutamente lo que sea.

Pese a ello, La bendita manía de contar puede ofrecer, como sus congéneres Cómo se cuenta un cuento y Me alquilo para soñar, una idea de lo que ocurría al interior de los talleres de guionismo coordinados por García Márquez, y no es inoportuno señalar que sus lectores primarios son aquellos escritores que comienzan la escalada de armar guiones de carácter narrativo, obras que serán el punto de arranque para la producción de televisión y cine.

El libro contiene una introducción de ggm, cuatro partes a su vez divididas en nueve segmentos y un breve anexo donde se enumera a los integrantes del taller, entre los que destaca el cubano Senel Paz. En la entrada es el propio colombiano quien explica a qué se refiere con “la manía de contar”, rasgo que deberán tener los que aspiren a trabajar en el sacrificado mundo del guionismo. Para empezar, observa a sus talleristas:Siguen pensando en términos de imagen, estructuras dramáticas, escenas y secuencias, ¿no es así? Pues bien: olvídenlo. Estamos aquí para contar historias. Lo que nos interesa aprender aquí es cómo se arma un relato, cómo se cuenta un cuento. Me pregunto, sin embargo, hablando con entera franqueza, si eso es algo que se puede aprender. No quisiera descorazonar a nadie, pero estoy convencido de que el mundo se divide entre los que saben contar historias y los que no (...) Lo que quiero decir es que el cuentero nace, no se hace. Claro que el don no basta. A quien sólo tiene la aptitud, pero no el oficio, le falta mucho todavía: cultura, técnica, experiencia... Eso sí, posee lo principal. Es algo que recibió de la familia, probablemente, no sé si por la vía de los genes o de las conversaciones de sobremesa”.

García Márquez describe, en general, la vocación del narrador nato, para luego particularizar en la del guionista. Esta introducción, como todo el libro, ha sido transcrita directamente de las sesiones del taller, así que tiene el tono campechano y desenfadado característico en la conversación del Nobel. Al dirigirse a los sesionantes, la voz del colombiano se despoja de almidonamientos y explica los secretos del oficio como si conversara en el café. Así, describe por ejemplo que “Para nada se necesita más humildad en este mundo que para ejercer con dignidad el oficio de guionista. Se trata de un trabajo creador que es también un trabajo subalterno. Desde que uno empieza a escribir sabe que esa historia, una vez terminada, y sobre todo una vez filmada, ya no será suya”.

Cada segmento de La bendita manía de contar encierra pasajes de las reuniones en las que el autor de El amor en los tiempos del cólera dialoga con sus discípulos en torno a la confección de historias. La dinámica es sencilla, y la organización formal del libro la refleja con mucha claridad: cada participante asume la voz con libertad, y aunque uno supone que el moderador de esas reuniones es García Márquez, él queda inmerso en la conversación y aparece como un interlocutor más, acaso el más experimentado y brillante, pero con una voz que no sofoca la de sus alumnos.

Hay muchos puntos muertos en el libro, participaciones cuya omisión no sería gravosa, pero en todo momento no deja de latir el interés gracias a que los talleristas y su maestro arman verdaderas polémicas en torno a las historias que tratan de articular; lo principal allí es ver la pertinencia de una acción, de un personaje, la necesidad de buscar el inicio y el final de una anécdota, el acomodo de la cronología en una larva de guión. No discurren los participantes —como lo advirtió GGM en su presentación— por el andamiaje teórico del relato, sino que entran directamente a la armazón de los posibles guiones, es decir, cuentan historias que luego se convierten en dinamos del debate, en historias llenas de vericuetos desarmables.

Para los interesados en el cine y en la televisión, en el guion y en García Márquez, La bendita manía de contar puede ser un título atractivo, la puerta de acceso a la semilla de donde surgen las películas y las series de tv.

La bendita manía de contar, Gabriel Márquez, eictv/ Ollero & Ramos/ DeBolsillo, Barcelona, 2003, 201 pp.

miércoles, noviembre 11, 2020

Gol del alma













Murió de viejo, a los 85, solo, viudo, en su cama y convertido en una pasita de ser humano. No puede decirse que haya vivido con lujos, jamás los tuvo, pues en sus mejores épocas pagaban nada o casi nada aunque fueras una estrella y jugaras como príncipe y con tu equipo encima, en la espalda. Don Manuel “Araña” Bustamante lo fue, fue estrella. Regional, pero lo fue. Aunque eran otros tiempos. Allí sí se jugaba, como dicen, por amor al arte, un arte que en este caso era el futbol. Se vivía entonces de otros trabajos, no del deporte aunque le llamaran “profesional”. Claro que les pagaban, pero digamos que con lo que se echaban al bolsillo se hacían de algo, de una casa o un carrito nomás, apenas de lo necesario para retirarse con cualquier cosa en las manos, no como ahora que en una o dos temporadas en primera hacen lo que no soñaban hacer los jugadores de antes en toda su vida. Bueno, pero no me pierdo. Decía que don Manuel murió de viejo, solo pero muy querido. Enviudó a los setenta, cuando ya no podía caminar. Había tenido un hijo que murió joven, en un accidente allá por Piedras Negras. El caso es que al quedar solo todos pensaban, quizá hasta él, que su vida también se apagaría, pero sobrevivió. Sobrevivió quince años. Lo asombroso es que no tenía nada, ni trabajo ni pensión ni familia ni nada, y aguantó porque en 1960 anotó un gol que salvó a nuestro equipo de caer en la segunda división. No hay video, no hay nada que lo testimonie, ni una foto siquiera, pero dicen los que vieron eso que ya nos íbamos a la segunda, faltaba tal vez un minuto para que pitara el árbitro cuando don Manuel, en aquel tiempo de treinta años a lo mucho, tomó un balón rebotado en media cancha, se quitó a dos cabrones con una finta, luego se llevó al último defensa con una carrera corta en diagonal, por su lado derecho, y cuando el portero enemigo le salió, ambos como máquinas de tren, frente a frente, don Manuel metió la pierna con todos los güevos del universo, se estrelló contra el arquero y tras el choque el baloncito de gajos salió como tornillo hacia la portería. Y claro, fue gol. Cuentan que los aficionados nuestros, que hicieron el viaje hasta Morelos con una mínima esperanza de sobrevivir como visitantes, celebraron aquello como si hubiéramos ganado una guerra contra Estados Unidos. Don Manuel llegó a nuestra región y ya jamás perdió el respeto de la gente, sobre todo de la que vivía en su barrio. Al enviudar, postrado y con achaques crecientes, no faltó que los vecinos le llevaran permanentemente de comer, o le ayudaran con su aseo, o le acercaran un doctor para sus revisiones.
Sin saberlo, hacía poco más de cincuenta años que don Manuel “Araña” Bustamante amarró la pensión de su vejez con un gol salvador, uno de esos pepinos que caen a punta de riñón, a pura dignidad, metidos con el alma, no con el pie.

sábado, noviembre 07, 2020

Cuentos juveniles en Acequias 82



















Como lo comenta el escritor Daniel Salinas Basave en el texto que abre el número 82 de Acequias (“Los rapsodas de la peste”), en todos lados y en todos los medios los seres humanos estamos dejando constancia escrita e icónica de nuestras ideas y nuestros sentimientos ante la actual pandemia. Este material servirá quizá, no lo sabemos, para que en el futuro los historiadores y cualquier curioso del pasado tengan mejor conocimiento de lo que intelectuales, políticos, periodistas, artistas y demás expresaban mientras un virus asolaba —como todavía lo hace hasta hoy— al planeta.

Para promover la creatividad de las y los jóvenes y para saber al menos aproximadamente cómo han atravesado la pandemia, la Escuela Carlos Pereyra y la Ibero Torreón convocaron a un concurso de cuento en dos categorías: preuniversitaria y universitaria. El resultado es muy interesante, pues muchos jóvenes que tal vez no iban a escribir nada al respecto se vieron estimulados a crear relatos en los que asoma su percepción del momento actual, de este anómalo 2020. Llama la atención que en sus ficciones se sienta una especie de hilo conductor que asemeja los relatos pese a sus diferencias. Por ejemplo, que sus personajes hablen en primera persona, casi como un alter ego que expresa sentimientos entrañables, muy próximos; también, la presencia de cierta desesperación que termina por enloquecer, por crear fantasmagorías tras el encierro prolongado, lo que nos habla de la alta valoración de la libertad como prerrogativa social que de momento les ha sido restringida. Si este concurso sirve para favorecer la escritura literaria de las y los jóvenes y de paso saber lo que piensan durante/tras el confinamiento, la convocatoria ha cumplido su propósito. En similar tenor, el número 82 de Acequias suma dos trabajos de otro concurso, el de reseña bibliográfica. Dos jóvenes lectoras de la Ibero Torreón abordan cada una libros muy distintos, ambos valiosos.

Además del ensayo inicial del también reportero Salinas Basave, Acequias 82 suma un artículo de la maestra Laura Elena Parra sobre las fake news; un largo y pormenorizado reportaje del periodista Iván Hernández sobre el auge del ajedrez en tiempos de pandemia; una reseña del escritor Miguel Báez Durán sobre la serie/película Downton Abbey; una reseña sobre una novela de Enrique Medina (escritor argentino lamentablemente poco conocido en México) y un cuento del maestro Raúl Blackaller.

Acequias puede ser leída en la web de la Universidad Iberoamericana Torreón. Su presentación se llevará a cabo este lunes 9 de noviembre a las 5 por la vía del Facebook Ibero Torreón.


miércoles, noviembre 04, 2020

Ficciones y celulares

 








El fin de semana vi dos películas y supongo que debido a que ambas son thrillers vinculé muchas de sus situaciones a la posibilidad de tener o no un celular. Dado que en la ficción ayuda mucho el ingrediente de la incertidumbre, y dado que muchas veces la incertidumbre se debe en gran medida a la incomunicación, tener un celular haría más fácil el desbaratamiento de las tensiones provocadas por el hecho de no poder comunicarse para pedir ayuda.

Esto lo vio claro Hernán Casciari y lo planteó en el artículo “El móvil de Hansel y Gretel”. Arranca así: “Anoche le contaba a la Nina un cuento infantil muy famoso, el Hansel y Gretel de los hermanos Grimm. En el momento más tenebroso de la aventura los niños descubren que unos pájaros se han comido las estratégicas bolitas de pan, un sistema muy simple que los hermanitos habían ideado para regresar a casa. Hansel y Gretel se descubren solos en el bosque, perdidos, y comienza a anochecer. Mi hija me dice, justo en ese punto de clímax narrativo: ‘No importa. Que lo llamen al papá por el móvil’”.

Y continúa: “Yo entonces pensé, por primera vez, que mi hija no tiene una noción de la vida ajena a la telefonía inalámbrica. Y al mismo tiempo descubrí qué espantosa resultaría la literatura —toda ella, en general— si el teléfono móvil hubiera existido siempre, como cree mi hija de cuatro años. Cuántos clásicos habrían perdido su nudo dramático, cuántas tramas hubieran muerto antes de nacer, y sobre todo qué fácil se habrían solucionado los intríngulis más célebres de las grandes historias de ficción”.

Efectivamente, la ubicuidad de celular ha provocado que muchas historias tanto de la literatura como del cine, sobre todo del cine, primero lo incluyen y debido a las exigencias de tal o cual argumento luego provoquen que sea perdido por los personajes o, en el peor de los casos, que se quede sin carga en situaciones extremas. Este obstáculo para las historias (es decir, la ventaja de tener celular) no lo enfrentó Seven (1995), una de las cintas que recién vi. Más bien volví a verla creo que por tercera vez, y ahora me obsesionó el detalle de imaginar en su trama un celular. Sobre todo en el clímax, pues David Mills (Brad Pitt) pasa mucho tiempo metido en el asunto vertebral de la historia y en todo ese lapso no llama ni manda un mugre mensajito de Whatsapp a Tracy (Gwyneth Paltrow), su mujer, lo que da estupenda pauta a la construcción de la sorpresa final. En 1995 ya había celulares, pero todavía no se popularizaban, así que los guionistas de Seven pudieron prescindir de ellos. A lo mucho, por allí, en alguna escena, el detective William Somerset (Morgan Freeman) usa lo que parece ser un “beeper”, aparato que tuvo cortísima vida.

La otra película que vi es de 2016. Su título es No respires, y en ella los jóvenes que entran a robar la casa de ciego todopoderoso no pueden no tener celulares. En cierto momento amagan con usarlos para salvarse, pero deciden no hacerlo y luego los pierden, lo que impide su comunicación, torna casi imposible su escapatoria y viabiliza la zozobra.

Cierto que en la vida diaria los celulares han hecho más frecuente y fluido nuestro contacto, pero en algunas ficciones son un estorbo con el que los guionistas deben lidiar, principalmente en las películas de suspenso. En ellas, casi indefectiblemente, los celulares deberán perderse, descargarse o, si el thriller fuera mexicano, quedarse sin saldo del Oxxo.


sábado, octubre 31, 2020

Ochenta años de Saúl Rosales


 







Saúl Rosales cumplió ochenta años el pasado jueves 29 de octubre. Nació en Torreón el mismo mes y el mismo año, lo digo como coincidencia onomástica, que Lennon (el 9) y Pelé (el 23), sólo, pues, con algunos días de diferencia. Él es, como muchos sabemos sobre todo en La Laguna, uno de los escritores más queridos y respetados en nuestra comunidad, acaso el hombre a quien en la literatura lagunera mejor le calza el título de maestro. Lo ha sido, y amigo también, de muchos que con mayor o menor talento y fortuna ejercemos aquí el oficio de escritores, y creo que en general le tenemos una mezcla pareja de admiración, cariño y gratitud.

De Saúl he dicho y escrito mucho, y creo que me ha cabido en suerte, no sé, ser uno de sus amigos literarios más cercanos desde hace casi cuarenta años. En los más recientes he tenido además la suerte de trabajar junto a él en la edición de sus libros, lo que nos ha llevado a conversar durante muchas horas no sólo de literatura, sino de todo lo que le/me interesa. Aunque de natural, digamos, melancólico, Saúl es un tipo con extraordinario sentido del humor, agudo siempre en sus observaciones sobre lo que le rodea y un obsesivo apasionado de la palabra. Ha sido, también lo sabemos, un espíritu abierto a las manifestaciones más altas del arte en la música, el teatro, la pintura, de lo que ha escrito mucho, y esto no significa que desdeñe el arte popular cuando en él nota autenticidad y vena. Son abundantes pues los elogios que puedo volcar a su persona, pero no necesito hacerlo porque ya lo he hecho en muchos foros y espacios impresos, además de que él sabe bien que el afecto que le tengo viene de muy lejos y es genuino.

La suma de sus libros, sólo de sus libros, alcanza veinte títulos. De temas misceláneos (como él denomina este rubro), están Dichos de Sor Juana; Sor Juana. La Americana Fénix; Un año con el Quijote; Don Quijote, periodistas y comunicadores; Cronistas, historiadores y crónicas; Mi iconografía del barrio de Yáñez; Jales sobre habla lagunera; Poesía de la música grande; El guerrillero Raúl Florencio Lugo; Reseñas y señales de narrativa y poesía laguneras y Jesús Morales Hernández. Un vikingo en la guerrilla urbana. De cuento, Autorretrato con Rulfo, Memoria del plomo y Vuelo imprevisto. De poesía, Vestigios de Eros, Floración del sueño, Dialéctica de la pasión y Recolecta en el ocaso, además de la novela Iniciación en el relámpago y la obra de teatro Laguna de luz. Aunque es una producción a un tiempo vasta y valiosa, la obra dispersa de Saúl en artículos y otros materiales para la prensa alcanzaría para fraguar varios libros más.

Además de todo lo anterior, uno de los flancos más importantes de su trabajo como hombre literario ha estado hondamente marcado por la docencia y la edición. Saúl ha sido, desde su retorno a La Laguna en los albores de los ochenta, un incansable editor de publicaciones en las que muchos han visto su obra impresa por primera vez (me cuento entre ellos) tanto en suplementos culturales como en revistas y libros. Podemos mencionar, sólo como ejemplos, el suplemento Opinión Cultural, El Juglar de la UAdeC, la revista Estepa del Nazas y libros colectivos de cuento, ensayo y poesía que han nacido de su entusiasmo por difundir la escritura ajena, sobre todo de los jóvenes.

A los ochenta de su edad, puedo decirle de mi parte gracias, Saúl, por tanto, por todo lo que me, por todo lo que nos has dado. Nos quedan aún muchas conversaciones por delante.


miércoles, octubre 28, 2020

Novedades en el Archivo Histórico












El Archivo Histórico Juan Agustín de Espinoza, SJ (AHJAE) de la Ibero Torreón ha dado recién un nuevo paso en su evolución como resguardo y difusor de documentación principalmente vinculada al pasado de La Laguna. Bajo la dirección de la doctora Laura Orellana Trinidad, la semana pasada el AHJAE puso en marcha un servicio que seguramente será de gran utilidad para los investigadores: un catálogo digital y un blog con novedades. Ambos espacios se erigen desde ya como herramientas útiles para acceder, desde cualquier lugar del mundo, a los fondos catalogados de acuerdo a normas internacionales hoy vigentes en el ámbito de los archivos históricos.

“El Archivo Juan Agustín de Espinoza, SJ (AHJAE) tiene un importante acervo documental de personas, familias, organizaciones y empresas, todos ellos de interés para la comprensión de los procesos históricos de la Comarca Lagunera. El impacto de algunos de nuestros fondos alcanza un nivel nacional e incluso internacional. Para proporcionar un mejor servicio a nuestros usuarios, hemos comenzado un proceso de transición hacia la digitalización de los fondos documentales. Sin embargo, este procedimiento llevará algún tiempo; por esta razón mantendremos las dos modalidades en que los fondos y colecciones documentales de nuestro archivo pueden ser consultados”, señala en su presentación.

Los documentos digitalizados y puestos ya en línea corresponden hasta el momento a diez fondos y colecciones, y la idea es sumar gradualmente otros materiales del acervo. Entre los diez que ya están disponibles para la consulta se encuentra, por ejemplo, “La lucha de clases en la Comarca Lagunera 1932-1952”, memoria escrita por Carlos G. Monsiváis que consta de 96 cuartillas, escritas a máquina, copia del original, que fue entregada por su nieta política, Aurelia Nájera de la Torre. En este documento, Carlos G. Monsiváis buscó dejar asentada “la lucha que llevó a cabo la organización en defensa del trabajo que contribuyó a fundar: el Sindicato Gremial de Albañiles y Ayudantes del Municipio de Torreón, que tuvo una existencia de dos décadas. Durante este periodo, Monsiváis también formó parte de una célula del Partido Comunista en la Comarca Lagunera; de ahí que dé cuenta de los hechos más sobresalientes de la vida de este sindicato, con un lenguaje e interpretación marxista”. Como este fondo ya hay disponibles nueve más, todos de suyo interesantes y perfectamente catalogados y listos para su consulta.

Además de lo anterior, fue creada la Bitácora del Archivo, blog cuyo propósito, señala en su intro, es acercar, “de manera contextualizada, a algunos de los fondos documentales del Archivo Histórico Juan Agustín de Espinoza, SJ. El objetivo es interesar a nuestros lectores en los acervos de las personas, familias y organizaciones de la Comarca Lagunera, a partir de su conocimiento, de la época en que se generaron y de las preguntas que despiertan actualmente sus documentos”. La Bitácora será pues un estímulo para favorecer el conocimiento de los fondos y su potencial consulta.

Con ambas herramientas del AHJAE (Catálogo digital y Bitácora), el estudio de la historia lagunera tiene dos nuevos aliados. No podemos más que celebrarlo.


sábado, octubre 24, 2020

Oficio de morir


 











Así pues (estos inicios desconcertantes los aprendí de Héctor Libertella), tengo una profunda admiración por ciertos libros viejos. Me gusta, como a cualquiera, que estén en buen estado, sin máculas de agua u otros agentes agresivos con el papel, como la grasa o los alimentos. No me refiero a cualquier tipo de libro, sino a aquél que por alguna razón sí deseo leer. En otras palabras, no me gustan sólo como objetos, por su sola antigüedad y para acumularlos en un museo privado con el fin de alimentar una suerte de bibliofilia ornamental. Si consigo un libro antiguo, primero me aseguro de que su tema me interese y de que su tipografía sea clara, pues la idea de la que parto tiene muy poco o casi nada que ver con el coleccionismo y sí, absolutamente, con el gusto literario y a veces con el potencial deslumbramiento ante el repentino encuentro con escritores desconocidos.

Los libros literarios de las décadas del cuarenta y cincuenta me complacen sobremanera. Esos libros de portadas sólo impresas con tipografía y, cuando mucho, una severa viñetita, son mis favoritos. Hace no tanto encontré uno publicado en 1958 por, dice el sello, Ediciones de la Revista de Bellas Artes. Su título es Oficio de cadáver, de Tomás Díaz Bartlett, poeta nacido en Tenosique, Tabasco, en 1919; su vida fue corta, pues murió en 1957. Como suele suceder cuando uno hurga en librerías de saldos y viejas ediciones, no tenía noticia de este escritor, así que volví las páginas con un tenue velo de expectativa, con el tranquilo deseo de encontrar alguna sorpresa. Lo que leí fue más que una sorpresa: hallé una voz poética madura pese a su juventud, serena pese a la angustia de estar ferozmente picoteada por la muerte.

Díaz Bartlett vivió en Puebla, Toluca y Veracruz. En 1945 se recibió de médico cirujano en el Distrito Federal, donde ejerció durante un tiempo. Una enfermedad se atravesó en su vida y quedó postrado con la esperanza de recobrar la salud, lo que no sucedió más. Allí escribió, casi muerto. Tenía cerca la amistad de Carlos Pellicer, su paisano, y su poesía, publicada poco a poco en dos libros (Bajamar, 1951; Con displicencia de árbol, 1955), despertó la admiración de algunos buenos lectores, como Andrés Henestrosa.

Oficio de cadáver es un libro póstumo. Su título es más que elocuente y terrible, y aunque parezca increíble, no condesciende al lloriqueo, a la lágrima chantajista. Es, más bien, un libro estoico, sereno, diríase que hasta luminoso, como si el poeta, para analizarse mejor, saliera de sí mismo para verse desde fuera, agónico: “Hace mucho tiempo que no vengo a verme / y ya me es necesario / platicar conmigo”. El poeta aquilata lo que tiene, ya un mendrugo de vida, porque sabe que el final lo acecha: “Si tú quieres saber si amas la vida / acércala a la muerte”. El hombre tiene plena consciencia de su prisión: la cama y su propio cuerpo: “Estoy aquí, medido por una cama, / amontonado en mí / echado hasta la esquina de una sábana”, o en este par de versos: “Y me reclamo como único / habitante de mí mismo”. En tal circunstancia, al borde del abismo, siente que ha llegado al Conocimiento: “Lo único malo es que todo se aprende / en ese mismo punto / en que acabó el camino”.

Díaz Bartlett escribió sobre sí mismo, pero dado que todos avanzamos a la muerte, en la salud o en la enfermedad podemos pensar esto o algo parecido: “Aquí me tienes, vida, / ayudando a mi cuerpo”.

A veces pasa eso: descubrí entre libros viejos a un gran, gran poeta.

miércoles, octubre 21, 2020

MI altar para Cuatro ingenios


 











Extraña, curiosa, arbitrariamente se comporta la glándula de nuestra sensibilidad cuando se trata de elegir. Entre mis libros hay algunos de mejor acabado material que otros, por supuesto, obras cuya apariencia física —y cuyo precio también— obliga a calificarlas de preciosistas. Tengo, vaya un par de casos, El renacimiento en Italia o la edición de lujo preparada para dar arranque a las Obras completas de Alfonso Reyes, pero he comprobado que, como objetos, no logran seducirme tanto como mi humilde, austera, discretísima segunda edición de Cuatro ingenios, volumen de bolsillo que la Colección Austral, de Espasa Calpe, publicó en 1950 con el número 954.

Es muy curioso. Una secreta amistad he logrado entablar con este librito de camisa verde y no tan amplia cantidad de páginas (141). Lo compré a diez insignificantes pesos en una librería de viejo, y ese precio se mantiene invicto, a lápiz, en el ángulo superior derecho de la primera página. Pero su apariencia no importa, o, si importa, lo hace de un modo que encierra algo de paradoja: el recipiente es modesto; el papel no se diga; el tamaño, más todavía. Con esas cartas credenciales se puede pensar que dicho libro no alcanza los méritos para merecer alguna veneración. Sin embargo, es precisamente por eso que Cuatro ingenios significa para mí infinitamente más de lo que vale su papel. Desde que lo compré, no recuerdo cuándo, sentí que sólo el arte de la edición era capaz de envasar en recipientes tan humildes la mayúscula obra de un escritor tan admirado y querible. Cuatro ingenios me revela, casi como amuleto ya, que la palabra literaria no requiere de soportes materiales de gran lujo para ofrendar al lector su sabia savia. Cuando la prosa tiene ese calado, esa firmeza, ese temple y esa hondura del intelecto y del alma, cualquier pedazo de papel es capaz de convertirse en un palacio.

Sé que los ensayos recogidos en estas páginas los puedo encontrar diseminados en este o en aquel tomos del regiomontano; sé que allá el líquido de la palabra puede lucir en vasos de glamorosa apariencia, pero también sé que en esta edición de Espasa Calpe argentina mi lectura fraterniza con una curiosa y delicada sensación de orgullo, de una íntima felicidad que ahora comparto. Deambular por los renglones de este libro, revisitarlo una y otra veces, eso ha sido para mí un goce que, reitero, raya en el fetichismo (por cierto, el único que me puedo permitir: el fetichismo de los libros). Leer sobre el Arcipreste, sobre Lope, sobre Quevedo y sobre el padre Gracián, avistar el esbozo de sus biografías, penetrar llevado de la mano en sus recintos vitales, hacer todo eso en la superficie de un libro tan pequeño y ordinario me permite reconsiderar el valor del espíritu y, en contraste, el menosprecio de la materia. Si la literatura es capaz de brillar, pienso, en recintos ajenos a la opulencia, ¿por qué no hacer lo mismo con la vida? El alma de Reyes, una pequeña parte, digamos, habita en mi edición de Cuatro ingenios. Nada impide pues que yo trate de ser yo sin ornamentos, sin lujos, como quizá alguna vez lo anheló, en un famoso prólogo, un no menos célebre espíritu gemelo de don Alfonso: Michael de Montaigne.

sábado, octubre 17, 2020

Aforística Sor Juana*










Casualmente hace poco, a propósito del refrán “debajo de mi manto, al rey mato”, mencioné un valioso libro de Nieves Rodríguez Valle, investigadora de la UNAM. La doctora observa lo siguiente: “El primer refrán del Quijote I aparece en el Prólogo y, significativamente, es ‘Debajo de mi manto, al rey mato’ (I, Prólogo, p. 51 ). Este refrán en su nivel metafórico, como todos los refranes, expresa una generalización que se aplica a una situación determinada, en donde el manto no es literalmente un manto, ni el rey un rey; el manto representa lo que puede cubrir, proteger, esconder, y el rey se presenta como la metáfora de lo más poderoso e infranqueable, lo intocable, la autoridad, la censura”.

La cita procede del libro Los refranes del Quijote: poética cervantina, vivisección pormenorizada de los dichos que acumula torrencialmente el Quijote a partir del mencionado “debajo de mi manto, al rey mato”. Destaco una sutileza visible en el título de la doctora Nieves Rodríguez: al decir que los refranes son parte de la poética de Cervantes se afirma, puesto que la poética es, digamos, el modo esencial que tiene un autor de insuflar literatura o belleza a su palabra, que la obra de Cervantes está signada por tal recurso, el del refrán.

Este procedimiento no es, de hecho, patrimonio exclusivo de Cervantes. Casi puedo asegurar que se trata de un ethos, palabra griega que suele ser usada para designar al conjunto de rasgos y modos de comportamiento que conforman el carácter o la identidad de una persona o una comunidad. Esto quiere decir que el uso de refranes, y en general el modo aforístico, atraviesa, permea la obra de casi todos los escritores del Siglo de Oro y su luz se extiende algunas décadas más adelante, pues todavía puede advertirse en las maneras de Sor Juana y otros escritores hispanos como Gracián o Feijoo, o novohispanos como Sigüenza.

¿Y en qué consiste el estilo aforístico? En su Diccionario de retórica y poética, Helena Beristáin, de la UNAM, apunta que el aforismo (también llamado apotegma, sentencia, refrán, adagio, máxima y proverbio) es una “Breve sentencia aleccionadora que se propone como una regla formulada con claridad, precisión y concisión. Resume ingeniosamente un saber que suele ser científico, sobre todo médico o jurídico, pero que también abarca otros campos”, y añade que “se origina en la experiencia y la reflexión”.

Tal es el estilo de Sor Juana, o al menos un rasgo saliente del estilo de Sor Juana, como bien ha subrayado Saúl Rosales en un libro de título inequívoco: Dichos de Sor Juana. Este nuevo libro glosa renglones aforísticos de la obra de la escritora novohispana. Para acometer su materia, el autor ha seleccionado fragmentos de Sor Juana en los que es posible advertir la sonoridad de una sentencia, dicho o paremia, con su consiguiente lección moral. La paremiología es, según la RAE, “tratado de refranes”, y el ensayista lagunero observa lo que de paremiológico hay en la obra de quien escribió Primero sueño. El resultado es un libro que nos abre amplias ventanas a la agudeza de la Décima Musa, a su finísima mirada sobre la condición humana.

En su advertencia, el autor señala que es “propósito de este libro acercar lectores a la obra de Sor Juana mediante giros lingüísticos que la puedan hacer aparecer próxima (prójima, o de la familia). Los dichos de Sor Juana reunidos en estas páginas proceden de poemas, obras para teatro versificadas y dos misivas: la Repuesta a Sor Filotea y la Carta a Núñez”.

Se trata entonces de 138 “dichos” de Sor Juana que el escritor lagunero entresacó para nosotros, todos con un comentario que los desmenuza clara, puntualmente, para hacerlos accesibles al lector de a pie, lector acaso menos habituado a moverse en el castellano del Barroco. Muchas veces, y esto lo he percibido con mis alumnos, el léxico y la sintaxis del español antiguo son barreras que parecen infranqueables. Muchos rechazan los Diarios de Colón o las Cartas de Cortés o la Historia verdadera de Bernal e incluso El Buscón de Quevedo porque esos señores escriben “muy raro” y no se les entiende, e incluso porque tienen “faltas de ortografía”. Si a esto añadimos la voluntad barroca de escritores como Góngora o Sor Juana, los lectores menos curtidos se agachan y se van de lado, reculan ante tal goce. Este alejamiento es lo que quiso evitar Alfonso Reyes al prosificar La fábula de Polifemo y Galatea, de Góngora, en un libro que se llama El Polifemo sin lágrimas, o ahora, entre nosotros, Saúl Rosales con Dichos de Sor Juana, que es casi como decir “Sor Juana sin lágrimas”.

Doy un solo ejemplo, no sin reiterar que hay 138 equivalentes en el libro. Tras citar los versos “Cegar por mirar al sol / es gloria del animoso”, Rosales Carrillo acota: “Cuando se fracasa en un importante propósito es grato recibir alguna consolación. La máxima de Sor Juana que titula estas palabras parece adecuada para ello, para atenuar los efectos de la frustración”. Luego, poco más adelante, abunda: “Quien se haya propuesto ganar una competencia deportiva y no lo haya conseguido, quien se haya propuesto titularse como universitario sin lograrlo, quien haya pretendido obtener una casa para su familia sin obtenerla, quien haya intentado escribir un buen libro y haya fracasado, quien haya querido conquistar una pareja sin éxito —y miles de mejores ejemplos— podrían ser consolados con paremias como ésta: ‘Cegar por mirar al sol / es gloria del animoso’”.

Leer Dichos de Sor Juana es, por todo, acercarnos a nuestra escritora mayor, rozar su grandeza; Saúl Rosales nos lleva de la mano a su aforística con comentarios que, estoy seguro, permanecerán en nosotros como “Cegar por mirar al sol / es gloria del animoso”. Animémonos pues a mirar el sol que fue, que es, que seguirá siendo Sor Juana, escritora “cuya fama y cuyo nombre se acabará con el mundo”, como la ponderó Sigüenza.

Comarca Lagunera, 16, octubre y 2020

*Texto leído el 16 de octubre de 2020 en la ceremonia de reconocimiento a Saúl Rosales con motivo de su ochenta aniversario. Participamos Arcelia Ayup Silveti, Salvador Hernández Vélez, Saúl Rosales y yo. Fue organizado en el campus de la UA de C por la Secretaría de Cultura de Coahuila y la UA de C.