sábado, mayo 23, 2015

Cortázar y la "mecánica de chicle"
























Un campesino me describió la situación con esta metáfora: “Los que se van del rancho son como las sandías: crecen más allá de donde los plantan, pero no se despegan del origen”. Asombra la sencillez de la imagen porque describe a la perfección lo que frecuentemente pasa con quienes se van: que por más tierra o agua que pongan de por medio, se llevan la atmósfera de la niñez y la juventud adherida como un fantasma en el alma y jamás terminan por desprenderse.
Entre los escritores hay muchos ejemplos de distanciamiento forzado o voluntario. Uno de los más famosos es el de Cortázar, quien luego de nacer, casi por accidente, en Bélgica (1914), pasó de niño a su espiritualmente natal Argentina. En Banfield, un suburbio del llamado Gran Buenos Aires, transcurrió su decisiva juventud y allí comenzó el largo camino que décadas después lo llevaría a convertirse en uno de los protagonistas de la literatura mundial.
En Cortázar por Buenos Aires, Buenos Aires por Cortázar (Seix Barral, 2013), el escritor y periodista Diego Tomasi (Morón, 1982) rastrea el pasado del autor de Rayuela entre las calles, las amistades y los oficios que luego, cuando tomó la decisión de brincar definitivamente el Atlántico, alimentarían su nostalgia y sus papeles. Se trata entonces de un libro importante en la amplia bibliografía sobre Cortázar, ya que saca a la luz la enorme influencia que la Capital Federal tuvo sobre un autor que pese a su ulterior radicación europea jamás dejó de mirar con gratitud su pasado porteño.
Tomasi escudriña sobre todo en las amistades que sobreviven a Cortázar y en su abundante correspondencia. El trabajo de investigación, ciertamente complicado debido a que entre 1930 y 1950 el inmenso cuentista era un joven absolutamente desconocido, rinde frutos espléndidos, tantos que Tomasi puede incluso calcular los días exactos que Cortázar pasó en Buenos Aires: alrededor de seis mil días, “menos de una cuarta parte de su vida”. Sin embargo, más allá de ese cómputo a todas luces aproximado, apunta: “ese juego matemático es eso. Un juego. Un juego de números que no guarda relación con la enorme influencia que la ciudad ejerció sobre él”.
La gravitación de Buenos Aires en el espíritu de Cortázar tiene que ver directamente con lo desafiante y enriquecedor que fue, a un tiempo, su etapa de formación. La capital fue el primer estímulo de su voraz cosmopolitismo, el sitio donde halló la literatura francesa, el jazz, la pintura, el cine, el aprendizaje de la traducción profesional como trabajo alimenticio, los afectos para siempre.
Tomassi examina cronológicamente los pasos de Cortázar, sus estancias de trabajo en Bolívar, Chivilcoy y Mendoza, su relación con familiares y amistades, el encuentro con Aurora Bernárdez, su contacto con Borges, su trabajo en la Cámara del Libro, su despacho de traductor y en general su relación, entre tersa y áspera, con una ciudad que, sin que él lo sospechara, estaba marcando para siempre su literatura.
Es de suponer que la vivencia europea de Cortázar está mejor documentada que la porteña, pues la fama que construyó en París a partir de los sesenta propició una avalancha de entrevistas, reconocimientos, ensayos y fotografías. Se sabe menos, mucho menos, sobre la andanza cortazareana en el ámbito argentino, el de su juventud. Por ejemplo, sobre la nula relación con su padre. Tomasi la recuerda en un pasaje memorable, cuando Julio Cortázar padre le escribe a su hijo ya adulto y le pide que firme sus textos de prensa con el añadido del segundo nombre. El escritor, distante, le respondió así: “Con mi nombre Julio Cortázar he publicado un libro, y numerosos ensayos en revistas de B.A. Por una simple razón de mantenimiento profesional de mi nombre, sumándose a otra de eufonía que me interesa más que la anterior, no puedo incorporar mi segundo nombre, ni siquiera su inicial”. La inicial a la que se refiere es la “F”, de “Florencio”.
Cortázar tomó la decisión de abandonar Buenos Aires. Se va de allí en octubre de 1951, en barco y despedido por sus cercanos. Lo que siguió fue adueñarse de París, cierto, y comenzar el amplio armado de sus mejores libros. Pero no pudo evitar que los aires de Buenos Aires llegaran hasta su buhardilla y alimentaran sus relatos. La ciudad formativa y rechazada se convirtió entonces en una especie de chispa permanente para encender la nostalgia creativa. Lo expresó en una carta a su amigo Eduardo Jonquières, variante metafórica de la sandía que mencioné al principio: “Irse no es nada. La cosa es darse cuenta que hay una mecánica de chicle, que te has quedado adherido y te vas estirando”.

miércoles, mayo 20, 2015

Esos imbéciles












En menos de cuatro o cinco días vimos, gracias a la magia de la comunicación chirinolera y global, tres escenas imbéciles relacionadas con el fanatismo futbolero. La primera en la Bombonera, estadio de Boca Juniors; la segunda en el Jalisco, sede del Atlas de Guadalajara, y la tercera en el aeropuerto de El Prat, de Barcelona. A su modo, de bulto, esas tres manifestaciones equivalen a lo mismo: la intolerancia estúpida a la que ha llegado cierta afición para demostrar que su equipo es “el mejor” y para evidenciar que en el negocio de la supremacía no sólo se requieren goles y campeonatos cosechados en la cancha por los jugadores, sino también la participación directa de los aficionados dispuestos a cualquier barbaridad con tal de lastimar a quienes los contradigan, léase jugadores o aficionados de los equipos rivales.
Vistos por partes, advertimos que en los tres hechos hay un componente de frustración gratuita. Al medio tiempo del Boca-River iban 0 a 0, marcador que en la vuelta de la Libertadores clasificaba a los llamados Millonarios gracias al 1-0 obtenido en la ida. ¿Y qué pasó? Que algunos “barras” (apócope de “barrabrava” o hincha radical) de Boca no pudieron esperar el segundo periodo y con gas pimienta decidieron ayudar a los enemigos, pues era lógico que el agente químico impediría la continuación del partido. Eso pasó, y junto con el escándalo, la eliminación de Boca sin segundo tiempo, la obligación de jugar cuatro partidos a puerta cerrada y una multa, todo por la crasa imbecilidad de cinco o seis pelotudos, dicho esto en el caló de allá.
Durante el domingo de Liguilla en México algunos aficionados del Atlas, atravesados por una frustración legítima pero que jamás merecerá importancia, saltaron a la cancha cuando las Chivas ya habían aplicado cuatro vacunas al atlismo. En lugar de enojarse y gritar con toda la energía de sus pulmones, límite al que debe llegar cualquier catarsis futbolística, los macacos acometieron con el fin de lastimar. El resultado: una mayúscula ridiculización y un veto al estadio Jalisco, o sea, nula ayuda a su equipo.
Y por estos mismos días, lo del aeropuerto levantino, lugar donde unos aficionados del Madrid atacaron a sus homólogos y archirrivales catalanes. En suma, una bestialidad absurda y muy ingenua, pues sólo un cabeza chata puede atacar físicamente a otro por motivos de futbol. Imposible concebir mayor descenso a la agresividad —sin asideros lógicos— de parte de la mente humana, por adjetivar de algún modo la bicoca gris de esos imbéciles.

sábado, mayo 16, 2015

Puertas de papel




















Las preguntas aparecen cada vez con mayor frecuencia: ¿qué han sido y qué son hoy los libros, qué pasará con ellos, cuál es su destino en un mundo gradualmente dominado por la comunicación electrónica, en qué se convertirá la lectura si todo sigue como hasta ahora? Arnoldo Kraus (Distrito Federal, 1951, médico y profesor de medicina en la UNAM, articulista y autor, entre otros libros, de Apología del lápiz y Cuando la muerte se aproxima) ha pensado en esas preguntas y en Apología del libro (Conaculta, México, 2012) ofrece algunas respuestas atendibles no sólo por quienes creemos en este objeto —es decir, lectores que no necesitamos ninguna conversión— sino, sobre todo, por quienes desconocen o han renunciado al libro como transformador del alma humana.
Este libro sobre el libro es un ensayo libre, personal, sereno, como pensado con el chip de Montaigne puesto en la cabeza. Sin dogmatismo, sin desgarrarse la piel para demostrarnos que es verdad lo que poco a poco afirma, sin atestar de citas eruditas su reflexión, Kraus nos convida un paseo por su pasión bibliográfica. Es un paseo lento, a pie, como bien cuadra a un recorrido sobre este tema.
En las páginas va quedando pues asentada su certeza sobre el valor todavía fundamental del libro como organizador de la sensibilidad y la memoria de nuestra especie. El contraste, claro, se establece entre el libro y los soportes que lo han colocado en una zona marginal, más marginal que la padecida por el libro antes de la aparición de internet. Kraus exalta las bondades del objeto, las enumera: el contacto con el papel, el olor de la tinta, la posibilidad de escribir con mano humana sobre sus hojas y todo eso. En la acera opuesta, la lectura sobre pantallas, siempre vertiginosa, irreflexiva, facilista, entrecortada, fragmentaria y superabundante, tanto que hoy se ha hecho de códigos (“mensajes abreviados, casi sin idioma”) en los que nada entra en real contacto con nada y todo se consuma en el plano de la virtualidad.
Apología del libro, objeto editorial bellamente ilustrado por el maestro Vicente Rojo, es en el fondo un sereno llamamiento a quienes todavía sientan que puede ser posible, sin renunciar a las nuevas tecnologías, creer en el libro como arma civilizatoria principalmente porque con él podemos hacer algo que no excede las capacidades humanas: pensar con calma, reflexionar con hondura, sentir que gracias a estas puertas de papel entramos de veras en contacto con nuestros semejantes debido a la magia de la impresión real.
Podrá ser un clamor en el desierto, no sé, pero yo lo acepto y, como Arnoldo Kraus, seguiré siguiéndolo.

miércoles, mayo 13, 2015

Ciudadano postergado




















Es un fenómeno común en México y en los países que, como el nuestro, padecen un registro alto de corrupción e impunidad. Me refiero a la eterna postergación del bienestar ciudadano. Aunque no sea parámetro pese a que debería serlo, en países civilizados el Estado de bienestar es la prioridad: que todos tengan todo lo que se requiere para pasar la existencia con dignidad, sin carencias ni sobresaltos de todos los colores.
Insisto en que no podríamos compararnos con Finlandia o Alemania, aunque no hay razón para no hacerlo al menos con el fin de colocar la mira donde la dignidad del ciudadano es respetada, porque terminaríamos llorando. No hay que soñar con tanto, es verdad, dado que si algo nos caracteriza es el rezago y acaso ya la imposibilidad de salvación, pero tampoco debemos ponernos demasiado laxos. Es intolerable, por ello, la propaganda que primero simula mesura, mediana insatisfacción, para luego arremeter con una sarta de logros que sólo son momentáneamente reales para los actores del anuncio. Son esos mensajes proselitistas, todos vulgares, que abren con un diálogo en teoría espontáneo, familiar, amiguero, y pronto brincan a la demagogia más desenfadada.
Que la electricidad está bajando, que la gasolina ya no va a subir, que los principales campos del narco ahora sí están cayendo, eso y mucho más suministran tales anuncios. ¿De veras la electricidad está bajando? Jamás lo he notado. ¿En efecto ya no subirá la gasolina? Ah, qué bien, como si fuera posible olvidar el megagazolinazo de enero. ¿Que están cazando a los capos más pesados? Uy, qué bárbaros, como si tuviéramos la certeza de que el Chapo es el Chapo.
Como los funcionarios que se hicieron cínicos cuando fueron pillados un fraganti haciéndose de casas en lo oscurito, los jefes de propaganda ya no tuvieron opción: o mentían pesado o mentían pesado, y es lo que están haciendo. En la vida real el ciudadano sigue comprando menos con lo que gana, sigue sufriendo servicios médicos y educativos de octava, sigue recibiendo pensiones de limosna, sigue zozobrando en la falta de seguridad, sigue, en suma, postergado como ciudadano, humillado y ofendido por quienes deberían servirlo.

martes, mayo 12, 2015

Dos, dualidades que estallan
























Oriunda de Gálvez, Provincia de Santa Fe, Argentina, Giselle Aronson sigue sin tregua la configuración de una obra narrativa sólida y atractiva, espesa de sentido humano. Luego de publicar dos libros con microficción (Cuentos para no matar y otros más inofensivos, Macedonia Ediciones, 2011, y Poleas, Textos Intrusos, 2013) se lanzó al desafío de la novela y, por lo que puedo notar, salió bien librada. Dos, título de su relato, nos planta sin demagogia frente al tema del sometimiento y la liberación de la mujer en la vida cotidiana, asunto difícil porque coloca al autor, en este caso autora, en la peligrosa zona del panfleto en el que unos personajes —todos los hombres— son criaturas monstruosas, y otros —todas las mujeres— padecen inexorablemente el poder opresivo de los machos.
Aunque esto en efecto está cerca de la realidad o, si pasamos por alto las escasas excepciones, es la realidad, su planteo literario resulta complicado, pues si algo tiene el arte de la novela, de la buena novela, es que elude hasta donde es posible todo maniqueísmo y nos coloca en un espacio más ambiguo y entre personajes que, como el ser humano estándar, no son ni totalmente santos ni totalmente demonios. Aronson es hábil en Dos para no incurrir en tal maniqueísmo: nos cuenta, entrelazadas, dos o hasta tres historias de mujeres que ven sus destinos obliterados por el hombre, aunque en muy distinto grado. Es aquí entonces donde la novela adquiere densidad de vida real: la autora no quiere que veamos a sus mujeres como víctimas estandarizadas, uniformadas por la compasión del lector, sino como víctimas que de acuerdo a su circunstancia y su personalidad pueden zafar (este verbo es caro en el habla coloquial argentina) o no zafar, liberarse o quedar presas en la telaraña de poder tendida desde la dominación machista.
Construida como un pequeño mecano en el que zigzaguean dos planos narrativos, Dos cuenta la historia de Carmen, ama de casa y esposa de Sergio Foglia, intendente (en México sería presidente municipal) de Río Calmo, una pequeña ciudad de la provincia argentina donde en apariencia no debe ocurrir gran cosa más allá del transcurso (obviamente calmo) del tiempo. En realidad, sin que Carmen lo sepa, el lugar es un hervidero de chismes donde el chisme mayor la tiene a ella como protagonista: su marido, el sagaz y apuesto y exitoso político local, la engaña. Carmen no advierte, al parecer, ni los cuernos ni los chismes, pero gradualmente avanza, por su propia experiencia en casa, hacia la certeza radical del desamor. No se equivoca, pues Sergio, sin que veamos sus andanzas, denota en los encuentros domésticos y maritales el interés que puede tener un esquimal por la nieve. Aunque su mujer se afana al principio en creer que la relación sigue en pie, lo cierto es que Sergio ya no le da bola (otra expresión coloquial de allá) y hasta se ausenta en largos viajes de trabajo que mucho tienen de sospechoso. La vida de Carmen —madre de dos hijos, hombre y mujer, ya profesionistas y radicados lejos del sopor riocalmense, y esposa de un político que no la mira y mucho menos la toca— deviene desconcierto, aburrimiento, resentimiento y rabia, todo más o menos en este orden.
A la par, entre los capítulos correspondientes al borrón humano que va quedando de Carmen, se cuenta la historia de Silvia, empleada de un colegio donde trajina entre escobas y trapeadores. Ella es esposa de Ramón, un don nadie que ni siquiera es capaz de arrimar un peso para el gasto familiar y con quien no ha podido tener hijos. A diferencia de Carmen, Silvia tiene arrestos para cuestionar a su pareja, incluso para desafiarla y echarle en cara su ineptitud. Trabajadora casi insignificante, sin letras, sin “clase”, Silvia se muestra sin embargo vivaracha, astuta, intuitiva y, lo que no es poco significativo, económicamente independiente de Ramón.
En el pespunteo entre las historias vamos esperando lo que termina por ocurrir: el destino las junta, y ambas son una misma moneda, la cara y la cruz de un agravio casi idéntico.
No creo poco relevante mencionar un tercer personaje femenino. Contra lo que podamos pensar, Imelda, la sirvienta eterna de la familia Foglia, aparece en el relato no como personaje secundario, como fortuita compañía emocional de Carmen o como instructora en el arte de cebar mates. Imelda, quien tiene sus orígenes en el ámbito rural, es una mujer que está en el punto medio entre la sumisión atávica de la mujer y la total independencia: tiene un marido al que casi no menciona, ella gana su dinero, ayuda con el gasto familiar, trata de estar cerca de sus hijos y su vida jamás parece en shock. Esto es muy importante: un relato maniqueo —y ya dije párrafos atrás que éste de Aronson no lo es— hubiera agarrado parejo: todas las mujeres son humilladas y ofendidas, y no hay redención posible para ellas mientras los machos sigan actuando como actúan. Imelda deja entrever que todavía es posible, en estos tiempos de caos, que una mujer se encuentre al menos medianamente bien en su relación y que sea por ello imposible el uso de tabulas rasas para declarar la derrota total, por culpa de la barbarie masculina, de la monogamia o cualquier relación que se le parezca.
Ahora bien, salvado el caso de Imelda, es evidente que no son escasos los que se asemejan a la vivencia atroz de Carmen y no menos adversa de Silvia, de ahí la identificación (la mixtura, la dualidad) que se da entre ellas en cierto punto del relato. Es imposible avanzar en la descripción de la trama, al menos en su cierre, sin incurrir en la impudencia de insinuar el desenlace. No lo hago, pero sí traigo, para terminar, unas palabras de Juan Martini, el lujoso prologuista de este libro: “Los prejuicios del infierno grande, la solidaridad instantánea entre dos mujeres que pertenecen a diferentes segmentos sociales y que no se conocen, la humillación pública y privada, el rendirse ante los hechos consumados y una especie de locura liberadora actúan con  sincronización ejemplar, para hacer de esta novela, también, un relato al que no le tiembla el pulso cuando llega la hora de asomarse al abismo y, si es necesario, dejarse caer”.
Como pasó con Cuentos para no matar y otros más inofensivos, libro que a mi juicio jamás pareció primer libro, esta primera novela de Giselle Aronson tampoco parece primera experiencia con el género y augura, esto es lo mejor, nuevas historias de largo aliento tan eficaces, esperemos, como Dos.

Dos, Giselle Aronson, prólogo de Juan Martini, Milena Caserola, Buenos Aires, 2014, 177 pp.

lunes, mayo 11, 2015

Nueva edición de Ojos en la sombra
























Acaba de aparecer, y ya está en circulación, la segunda edición de Ojos en la sombra. Tiene el sello del Conaculta y estas palabras en la contratapa:

"Los protagonistas de estos relatos se mueven en una región siempre marginal de la vida cultural y literaria. Aspirantes a es­critores, editores de ínfimos pasquines, investigadores de oscuros institutos e inflados esbirros de la 'burocracia intelectual' lu­chan por el monopolio de la inquina, el recelo, la beca, la plaza y el fracaso menos estruendoso.
Desfilan por estas páginas un filósofo de buhardilla que no sabe bailar, un académico asediado por la sed de poder de una minúscula tirana, un estudiante de periodismo que debe narrar el Super Bowl desde Los Mochis. Narrados con un sentido del humor punzante y una prosa de absorbente ritmo, los cuentos de Ojos en la sombra transmiten también una melancolía: es en el territorio del recuerdo donde se desenvuelven estas historias, y su carácter cómico y a veces absurdo no evita —más bien pro­picia— que toquen ciertas fibras sensibles.
Con este libro de cuentos, Jaime Muñoz Vargas se confirma como una de las voces más reconocibles e intensas de la reciente literatura del norte de México. Un autor que ha inventado un lenguaje para narrar la vida a la orilla del desierto".

Poco a poco iré informando sobre sus presentaciones.

sábado, mayo 09, 2015

Sala David Lagmanovich I

Dedicaré en este blog un espacio fijo a la microficción, forma literaria que le interesó como teórico, crítico y creador a mi amigo y maestro David Lagmanovich (Huinca Renancó, departamento General Roca, Córdoba, Argentina, 1927-San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina, 2010).














El Malevo*
Gilda Manso

Comía la naranja sin pelarla. La partía al medio con un cuchillazo seco y la masticaba así, con cáscara. Esta costumbre le había hecho ganar el respeto de todo el pueblo. Esto, y su capacidad para desenfundar el revólver a la menor provocación.
Era conocido como El Malevo, y todos los días se sentaba en la mesa más arrinconada del bar, a la espera de algo. Todas las personas, tarde o temprano, lo buscaban para que los ayudase a solucionar problemas. El Malevo, con su revólver fácil, sus palabras escasas y sus desayunos de naranjas al mejor estilo macho que todo lo puede, tenía más poder que cualquiera.
Un mediodía de verano, arrastrando polvo y sudor, El Gigante irrumpió en el bar. Contó que venía de un pueblo remoto, huyendo del marido de alguien. Se sentó, apoyó los pies en el respaldo de la silla de El Malevo y ordenó un whisky. El Malevo lo miró con toda la incredulidad que podía permitirse y puso una mano en su arma. El Gigante no se inquietó: tomó un espléndido ananá de una frutera repleta y le pegó un mordisco feroz. Así, sin pelarlo.
El Malevo volvió a guardar la mano en el bolsillo y pagó una ronda de whiskies, por si acaso.

*Tomado de Matrioska, EyC, Colección Íntimos, México, 2012, p. 74.












Manifestación*
David Lagmanovich

Una bella periodista morena cubre la manifestación por los hijos asesinados. Desde el estudio, el conductor del programa, con estrepitosa corbata italiana, insinúa preguntas. Los padres se mantienen mudos; las madres sollozan y dan gritos de dolor frente a las cámaras; los televidentes admiran a la rubia locutora que ensaya gestos de comprensión. Cuando la manifestación llega a las puertas de la Catedral, la movilera entrega la nota a la gente del estudio: esa noche tiene una cita con el conductor. Hay agradecimientos y las cámaras se retiran. Un momento después comienza la represión policial.

*Tomado de Menos de 100, Editorial Martín, Mar del Plata, 2007, p. 98.

Mi carrera boxística















No sé por qué siempre he creído que el boxeo es el deporte más difícil del mundo. Será por eso, quizá, que cuando a los pugilistas les va bien sus bolsas alcanzan a hospedar varios millones de dólares. Pero con éxito o sin él, trepar al ring y calzar los Cleto Reyes o los Everlast es un desafío ubicado en los extremos de la exigencia física. Yo sabía eso, o lo intuía, antes de aceptar una incursión en tal negocio. Se dio más o menos en 1981, en la calle donde conviví con palomilla ad hoc desde la adolescencia hasta los veintitantos años. Durante cientos de tardes, los amigos de la cuadra, de cuyos nombres sí puedo acordarme, organizamos cáscaras de fut en pleno y transitado asfalto, pero a una hora sin mucho flujo vehicular para que los partidos no se vieran tan tijereteados. No digo nada que no haya ocurrido y siga ocurriendo en miles y miles de barrios: los partidos eran eternos, tanto que en vacaciones podían durar desde las seis o siete de la tarde hasta las dos de la madrugada. Jugábamos “retas”, o sea, se formaban tres o cuatro equipos de cuatro o cinco jugadores que entraban o salían a la “cancha” de acuerdo a los marcadores predeterminados. No había premios, no había castigos, se jugaba sólo para quemar toda la energía que la consuetudinaria masturbación no lograba extinguir. Caray, qué bien me siento al repensar que todas aquellas horas invertidas en el peloteo callejero tal vez fueron las socialmente más felices de mi juventud. En fin, no me desvío más, pues estaba hablando de boxeo.
Dije que el box me parece un deporte que está más allá de la exigencia física y me tocó sentirlo. Cierto compañero de las picas futboleras llegó una vez a la esquina de las reuniones con dos pares de guantes. Dijo que se los habían prestado. Como era de esperar, varios quisieron darse un tirito y de inmediato pactamos unos cuantos pleitos. Apenas comenzados los combates, noté que aquello se oía espantoso, que cada madrazo tenía apariencia de ser el último. Vi que ninguno era ducho para establecer una guardia y para soltar golpes con elegancia, al menos con un mínimo de naturalidad televisiva. Mis amigos usaban los guantes, pero en mucho parecían ajenos a toda la estética del pugilismo clásico.
Así llegó mi turno. Me tocó encarar al único amigo de mi edad exacta. Yo era, y soy todavía, más alto que él, pero el tipo era correoso. Me pusieron los guantes y cuando al fin los tuve en mis puños sentí una terrible incomodidad, la sospecha de que esos guantes, como en el cuento de Borges, no iban a servir para defenderme, sino para justificar que me vapulearan. Nos dieron la orden de empezar, levanté la guardia y mi rival hizo lo mismo. En aquel tiempo yo jugaba futbol durante cuatro o cinco horas seguidas, sin parar, y corría una hora diaria en el lecho seco del río Nazas, sin playera y bajo los 40 grados con sol del mediodía lagunero, a campo traviesa. Con esto quiero decir que aquellos fueron mis años de mejor condición física. Eso no sirvió a la hora de boxear. Di algunos golpes, me dieron otros, pero el caso es que en menos de tres minutos, vaciados de aire, exhaustos como relojes de Dalí, los dos hicimos el gesto de “basta, se acabó, ahí muere”.
Recuerdo que agradecí al cielo que mi rival accediera a terminar, pues poco antes de que dejamos de tirar golpes, él me había aplicado un gancho al plexo solar que vació todo mi oxígeno. Con un tremendo esfuerzo actoral, fingí retirarme un poco, me quitaron los guantes mientras me dolía el alma. Luego la atención de los demás se distrajo en otro lado y pude hacerme el desentendido para agarrar aire y recuperar la capacidad del habla.
¿Qué pasó entonces? Pues que mi carrera en el boxeo duró poco menos de un round, y callejero. Me quedó claro que ese asunto no me competía y le dije adiós así, de golpe, el mismo adiós taxativo que poco a poco, en la vida, le he dado a tantas ocupaciones para las cuales, lamentablemente, como la pintura o la música o el alpinismo o la matemática o la medicina o la danza o tantas más, carezco en absoluto de virtudes.
Pero bueno, no es tan grave. Salvo Leonardo da Vinci —el milusos renacentista, todos padecemos esa múltiple limitación, esa plural falta de virtudes que compensamos con uno o dos talentos, si bien nos va. Supongo que con eso basta para no sentirnos tan mal.

Posdata
Vía mail recibí esta carta. Es privada, pero creo que debo compartirla tal y como me llegó. Antonio Cruz es un hombre inteligente, generoso y sensato, además de un excelente escritor y un atento corresponsal. Bienvenidas siempre, para mí, sus palabras.

"Querido amigo:

Te escribo este correo en privado porque me ha entrado el temor de que, cuando hago un comentario en tu blog o en tu muro del face,  a algún desprevenido que no conoce de nuestra amistad y nuestro mutuo respeto, se le dé por pensar que escribo solamente para dar rienda suelta a mi histrionismo. Hay una segunda razón: me asombra (y a veces hasta me asusta) las muchas coincidencias que han ido apareciendo por estos tiempos al recordar y/o relatar nuestras historias personales.
Digo esto, porque esta mañana al abrir el face, vi tu post; como ocurre ya casi habitualmente apenas veo algo de tu blog, rajé a visitarlo porque quería ver que coincidencia nueva aparecía y sorprendentemente (ya no tan sorprendentemente) leí algo que me recuerda algo (parece un juego de palabras pero no lo es).
Se trata de lo siguiente. Con mi padre solíamos ver por la tele (blanco y negro, por supuesto) las peleas por títulos mundiales o argentinos o sudamericanos y antes de la tele las escuchábamos por radio. A los dos años de instalarme en Córdoba para mis estudios de medicina y a raíz de la pasión boxística propia de los dieciséis años, comencé a entrenar boxeo en un club que se llamaba 'Club Las Flores' dedicado en exclusiva al boxeo y que, supongo, llevaba ese nombre por las flores de piñas que se ataban los boxeadores (esto último es irónico y no deberá ser tenido en cuenta por el jurado).
El entrenador que guió mis primeros pasos me decía 'para tu peso tenés la altura ideal y sos zurdo, por lo que te auguro un futuro venturoso en el boxeo'. Con un metro sesenta y nueve de estatura y cincuenta y un kilos de peso no era descabellado pensar así. La cosa es que a los dos o tres meses ya me movía con cierta soltura, aporreaba la bolsa y hacía 'puchingbol' con cierta destreza. Hacía sombra y me movía bien pero lo cierto era que, por un lado ya me creía Locche y por el otro, hasta ese momento, jamás había 'tirado guantes' con nadie.
Una tarde, apareció por el club un petisón morrudo de unos quince o dieciséis, con cara astuta y zorruna propia de esos tipos formados en la calle; verlo, preguntarle su peso aproximado y organizar una tiradita conmigo fue una respuesta inmediata del entrenador que quería ver a su pupilo en combates verdaderos. Decidí probar suerte. Nos calzaron los guantes de ocho onzas (no recuerdo bien la marca pero creo que eran Slazenger, aunque bien podrían haber sido Sportlandia) y comenzamos a danzar dando pequeños brincos. Le llevaba una cabeza y lo miraba desafiante pensando por dónde le entraba, hasta que en un momento, ni siquiera sé cómo, el tipo, que era fuerte y ladino, se metió bien abajo y me tiró primero un gancho al hígado y, cuando retrocedí abriendo la guardia, un directo al mentón que me mandó a la lona mientras las cuerdas, el entrenador y el chango giraban alrededor mío y un batallón de enanos hacía tronar tambores en mi cabeza. Allí me quedé lo que para mí fue una eternidad y comencé a levantarme recién cuando el entrenador se acercó a preguntarme como me sentía. 'Como el culo', dije, y mientras me levantaba sacándome los guantes, supe dos cosas: que el boxeo era un deporte demasiado rudo para mí y que mi incipiente camino hacia la gloria acababa de concluir. 
Mirá vos… otra coincidencia…  mi carrera boxística duró exactamente lo que a vos te duró… un  round… un solo round… un puto y maldito round por culpa de un pendejo que se interpuso entre yo y la fama.

Con mi mejor abrazo

miércoles, mayo 06, 2015

Arriero en la urbe















El hibridaje siempre nos depara, valga el lugar común, gratas sorpresas. Malas o buenas, pero sorpresas al fin. Las mezclas, obvio, son infinitas y en ese universo algunas pueden resultar intragables. Pese a ello, es mejor intentarlas, experimentar de vez en cuando, obtener en las probetas una sustancia diferente y en ocasiones plena de novedad y por lo tanto grata al alma. Supongo que creemos vivir, por efecto de la globalización, en una época de hibridismos, pero mestizar productos culturales es una vieja y saludable costumbre del ser humano, como lo puede probar casi cualquier cultura actual.
Un ejemplo de hibridismo exitoso lo encuentro en la interpretación de “El arriero”, milonga de Atahualpa Yupanqui cantada alguna vez por el grupo de rock Divididos. Se trata, claro, de una pieza vinculada al mundo rural, así que parecía osado escanciarla en un recipiente completamente identificado con la urbe. Divididos, sin embargo, logró lo que parecía imposible: hizo de “El arriero” un objeto distinto, igual de valioso y bello que el original yupanquiano.
Tan logrado me parece que ahora, luego de escucharlo muchas veces en la voz de su autor, “El arriero” se me aparece más con el estilo de Divididos que con el de don Ata, y conste que digo demasiado al decir esto, dada la rendida admiración que guardo desde hace treinta rendidos años por don Roberto Chavero.
Antes de pasar a las dos versiones, cuento la anécdota que le oí a Osvaldo Bayer en un documental sobre Yupanqui. Narra el historiador de la rebelde Patagonia que felicitaron a don Ata por el estribillo de “El arriero”. El viejo poeta, honesto como siempre, dijo que eso no era de él, que la frase del estribillo la escuchó en el campo. Don Ata vio pasar a un arriero, elogió la calidad de sus vacas, y el arriero, casi sin voltear, le respondió: “No son mías; las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas”.
Sea como sea, “El arriero” es una de las canciones emblema no de don Ata, sino de todo el folclor latinoamericano. La versión original de Yupanqui tiene sólo el acompañamiento de su gloriosa guitarra; la híbrida, la del grupo Divididos (del disco La era de la boludez, 1993), es metalosa, potente en sus guitarras y su batería. Ambas versiones son fácilmente hallables en YouTube y me recuerdan otra mixtura inenarrable: la de “Adiós muchachos”, el tango, cantada y profundamente modificada en ritmo y letra nada más ni nada menos que por Louis Armstrong; ésta también hay que buscarla y oírla.

sábado, mayo 02, 2015

Proyecto Comarca, libro urgente de Federico Sáenz
























Igual que muchos laguneros, aunque no tantos como sería lo deseable, he recibido y leído con una mezcla bien entreverada de atención, orgullo, indignación y esperanza el libro Proyecto Comarca, de Federico Sáenz Negrete. Estructurado en una especie de zigzag entre el diálogo de dos personajes ubicados a caballo entre lo real y lo ficticio más el ingrediente de numerosas opiniones periodísticas, este documento es valioso porque arracima y da fe de un viejo y caro anhelo lagunero: basados en el origen, las características medioambientales y la idiosincrasia del lugar, muchos habitantes de esta zona de México sienten, sentimos, que hemos sido histórica, criminalmente saqueados y ninguneados, y eso no puede durar para siempre a riesgo de comprometer, así de simple, la viabilidad material de la región. Basta traer cuatro párrafos de la página 136 para darnos cuenta del imperativo:
“Las inversiones, con recursos fiscales extraídos a La Laguna, crearon el entorno adecuado para que las capitales de los dos estados sembraran lo que ahora cosechan. Saltillo y Durango gozan de un crecimiento económico que es el resultado de un esfuerzo bien planeado. La Laguna, víctima de ese plan, ha quedado criminalmente rezagada.
Hemos tenido que tocar fondo para darnos cuenta de la estafa en la que hemos caído al creer en las promesas fáciles de los políticos coahuilenses y duranguenses. Los laguneros vivimos en un entorno de abatimiento y desesperanza al ver desaparecer nuestro alegre y optimista modo de vivir.
Los laguneros estamos dispuestos a dar la batalla para sal­var a nuestra Comarca. Coahuila y Durango no comprenden la situación en la que estamos metidos. Es preciso, urgente, indispensable, la creación del Estado de La Laguna. Los lagu­neros tenemos que decidir nuestro futuro, tenemos que aplicar las soluciones necesarias para contar con porvenir.
Es una ilusa, inconsecuente, inmoral utopía pensar que podremos sobrevivir si no creamos el Estado de La Laguna. Además, la República se va a beneficiar al recibir de nuevo los enormes recursos fiscales que nuestra región siempre aportó y que ahora, sumidos en el abandono (la palabra ‘sabotaje’ sería más precisa), no estamos produciendo”.
No estaría mal que los laguneros interesados en este libro le escriban a su autor: fsaenznegrete@hotmail.com Sospecho que después de conseguir y leer completo su material coincidirán en algo o en todo con él. Urge que todos aquí visitemos esas páginas.

miércoles, abril 29, 2015

A qué jugábamos












No es infrecuente que en las conversaciones de este tiempo salga a relucir el tema de la tecnología y la enajenación. Cualquier sobremesa, cualquier diálogo ocasional lo provoca, pues no falta que mientras avanza la charla alguno de los interlocutores saque el teléfono celular y comience a revisar su Facebook, su Twitter, su Istagram o algo parecido. Es allí donde surge la inquietud en quienes lo ven: ¿vas a estar revisando tu Facebook cuando platicamos?, le dicen. Y es entonces cuando revive el comentario acerca de la tecnología (los dispositivos electrónicos) y la adicción visible en cualquier lado, incluso cuando la gente va caminando en medio de la muchedumbre, lo que recuerda el chiste del paciente que llega con su psicóloga y le revela: “Me siento aislado, no converso con nadie y siempre estoy cabizbajo; ¿qué tengo, doctora?”. “Seguramente un celular”, le responde.
Ahora bien, si esta enajenación es evidente en muchos adultos, en el caso de los niños y los adolescentes es ahora casi unánime. La escena del chico metido hasta las orejas en su celular o su tableta en una fila o en la escuela o en la iglesia o en una sala de espera o en el camión es hoy omnipresente. La  enajenación por los dispositivos con pantalla es sobre todo, casi por antonomasia, la de los niños, y mucho se especula y se especulará si eso hace bien o hace mal, si de esa adicción saldrán seres humanos pensantes o atrofiados. No se sabe todavía, lo único cierto es que se trata de una conducta inevitable, pues prácticamente ningún niño renunciará a sus pantallas touch para engancharse a otras formas del consumo informativo y del entretenimiento.
Una de las conversaciones que crecen a la vera de las sobremesas es también, por lo anterior, la de los juegos. ¿A qué juegan hoy los niños? Respondemos rápido: a lo que bajan de internet en sus celulares y tabletas o a lo que igualmente pueden instalar en el televisor. O sea, los niños sólo juegan hoy a las pantallas. Esto, si uno tiene cuarenta años o más, nos lleva de paso a recordar los juegos infantiles preinternéticos, y es entonces cuando los comensales apelan a la nostalgia para traerlos a la charla.
Me ha tocado estar allí, en esos diálogos, y mostrar la parte que me corresponde de recuerdo. Uno de los comentarios que siempre hago es el de las temporadas. Así como el año se divide en estaciones, los juegos de mi niñez y la de muchos que tienen mi edad, poco más o poco menos, eran practicados en determinados periodos. Por ejemplo, si las canicas eran disparadas de mayo a julio, el trompo zumbaba de agosto a noviembre, y así los demás divertimentos.
Una rápida ojeada a esos juegos ya extintos, heridos de muerte por las pantallas táctiles, me permite armar este breve sumario.
Trompo. Fue mi favorito. A diferencia de los que fabrican ahora, los de mi tiempo eran de madera, unos coloridamente pintados, de una madera relativamente blanda, y otros más toscos, los de mezquite, durísimos. Esos trompos eran acondicionados con un clavo mocho y brutal en la punta, para que dañaran, pues el juego principal consistía en dar “cancos” (golpes) a los trompos enemigos de acuerdo a una sencilla reglamentación. Los trompos de ahora, hechos de plástico, sirven sólo para hacer suertes de fantasía, como lanzarlos y capturarlos en la mano, de aire, sin que pierdan su rotación.
Papalotes. También llamadas güilas o huilas. Tenían su fecha específica: febrero y marzo, para aprovechar los infalibles vientos que azotan por tales meses a La Laguna. Aunque vendían unos de plástico, eran muy pesados y elevarlos sólo era posible si uno corría soltando el hilo. Por esto eran insuperables los de papel de china o, todavía más caseros, los de periódico. Su elaboración era verdaderamente artesanal, y nunca dejaré de sostener que el éxito de su vuelo se basaba en dos elementos: la cruz de carrizo y la manera de amarrarlos. Un papalote de periódico y bien hecho podía sacar del carrete hasta 200 o 300 metros de hilo. Impresionante.
Canicas. Fui un mal jugador de canicas, pero empeñoso. Las reglas tenían muchas variantes, pero todas incluían la posibilidad de ganar o perder piezas según el acuerdo de los competidores. Había expertos que pasado un tiempo acumulaban botes llenos de canicas, todas ganadas en buena lid. De este juego recuerdo las palabras que servían para definir a los jugadores duchos y a los inexpertos; los primeros tiraban “de huesito”; los segundos, “de uñita”.
Yoyo. Era menos practicado, pero recuerdo rachas fuertes de pasión por este juego. Lo impulsó sobre todo una compañía llamada Duncan que fabricó un yoyo de plástico duro y eficaz. Con él se podían hacer muchas suertes, y son para mí inolvidables las exhibiciones que la empresa ofrecía con expertos que visitaban escuelas y se plantaban en tiendas para promocionar el producto.
Bélit. Sobre este juego he escrito detalladamente en otro espacio (“Nostalgia del bélit"), y creo que es el divertimento más económico que practiqué jamás. Tenía sus reglas, divertía por horas, y sólo requería un palo de escoba vieja. Se hacían dos trozos con el mango, uno como de doce centímetros y otro como de 35 o 40, y eso era suficiente para alegrar la tarde, imagínense.
Estos y otros juegos nada pueden hace frente al Xbox. La batalla está perdida y sólo queda la memoria para vislumbrarlos.

domingo, abril 26, 2015

Invitación a Festival de Lectura en Ciudad Lerdo











Como ustedes saben, la Fundación Cultural y Educativa "Profr. José Santos Valdés" lleva a cabo, para conmemorar el Día Internacional del Libro, cada 23 de abril, un Festival de Lectura dedicado a algún escritor nacional o extranjero para leer y difundir su obra. Este año, con motivo de la XVI edición, se dedicará el Festival al escritor lagunero Jaime Muñoz Vargas y se le hará entrega de un Reconocimiento. Será el 28 de abril a las 10 de la mañana en la Plaza Principal de Ciudad Lerdo, Dgo. La intención es valorar el serio trabajo de nuestros creadores en el campo de la literatura. Es una iniciativa que arrancó con el reconocimiento a otro importante escritor, el Mtro. Saúl Rosales Carrillo, y vamos a tratar de mantenerla vigente para los próximos años.
Por lo anterior, me permito formularles una atenta invitación para que nos acompañen en el acto referido. Su presencia es de gran valor para nosotros.
Reciban un saludo cordial.
Profr. Gabriel Castillo Domínguez

sábado, abril 25, 2015

Futurología para víctimas













Según Benjamin Taylor, politólogo de la Universidad Intercontinental de Bratilonia, México está en peligro de alcanzar la máxima descomposición que un país puede sufrir si en él no se imprime una reforma sustancial del Estado. En su estudio “El futuro mexicano: de la miseria al cinismo absoluto”, míster Taylor vislumbra algunas posibles realidades para el porvenir de nuestro país. Son las siguientes:
1. Gobierno de rufianes. Si se da el caso de que los gobernantes comiencen a cometer actos de corrupción que son descubiertos y exhibidos públicamente y de todos modos no ocurre nada, puede ser que se alcance el más alto grado de podredumbre política, y esto es muy peligroso.
2. Poder legislativo sometido. Puede ser que en algún momento de su historia los mexicanos sean representados por legisladores que simulen oposición, contrapeso y debate pero en el fondo pacten y se repartan privilegios. Si esto se expresa en la realidad, las leyes y las reformas quedarán a merced de intereses particulares en perjuicio de la población.
3. Poder judicial anulado. En el futuro del país puede ocurrir que las principales instancias judiciales dependan en todo sentido de los grupos hegemónicos, lo que impedirá cualquier forma de castigo en caso de infracciones graves a la ley.
4. Institución electoral copada. Si no se hace algo pronto, la instancia encargada de organizar y contabilizar los votos en los procesos electorales no será más que comparsa directamente enchufada a los poderes fácticos, de manera que el juego electoral, indispensable como ingrediente de la vida democrática, quedará reducido a la instalación de periódicos sainetes.
5. Medios de comunicación incorporados. Si la prensa se alía con los poderes de turno y no cumple su función de investigar y criticar, es probable que se fortalezcan los monopolios y la realidad sea permanentemente matizada en connivencia con los grupos dominantes.
6. Delincuencia desatada. Si no se hace algo pronto, quizá aparezcan enclaves importantes de violencia perpetrada no sólo por los grupos delincuentes, sino infligida por el mismo Estado de manera sumaria. Algunos lugares pueden ser presas, por largo tiempo, de cárteles que detentarán el control económico y político de regiones enteras.
7. Economía destrozada. De no dar marcha atrás a las reglas impuestas por el Consenso de Washington, la economía mexicana quedará sostenida apenas con tachuelas, la moneda se devaluará (incluso pasará de la barrera de los 15 pesos por dólar), los salarios serán una burla y se perderá catastróficamente el poder adquisitivo.

miércoles, abril 22, 2015

Debacle sin responsables















¿A quién arropan los criminales en el poder? No precisamente a los niños, no a los ancianos, no a las mujeres y no, para acabar pronto, a los mexicanos ajenos a esa mafia. La calidad de vida digna en México, banderita electoral del grupúsculo enquistado en el gobierno, refulge por su desastrosa ausencia y a su paso deja como secuela millones de damnificados. Lo extraño es que nadie quiere hacerse responsable de las hordas de menesterosos que carga el país, como si la desgracia hubiera sido generada espontáneamente, sin apellidos visibles.
La disolución en ácido de la responsabilidad no alcanza a desaparecer, sin embargo, todas las pistas: hay responsables por más que se hagan los distraídos y por más que se escurran culpando a los anteriores, a los mafiosos de otro tiempo. Método fácil: EPN no es responsable de su mal gobierno porque las fallas que ha enfrentado son históricas, profundas, “estructurales”, provienen de errores cometidos en el pasado y para solucionarlas son necesarios, sobre todo, “cambios” y paciencia. La mejoría está indefectiblemente ligada al futuro, jamás es un asunto vinculado al aquí y al ahora.
Pensemos en cualquier rubro de la vida social y económica del país y eso encontraremos: sólo desastres sin responsables al alcance de la mano. Por ejemplo, los salarios, el ingreso mínimo para satisfacer todas las necesidades de un trabajador y su familia. Lo que hoy gana ese sujeto es uno de los más agrios insultos a la razón, y atenta de frente contra lo elemental, lo básico: el alimento. Si el ingreso mínimo en México no alcanza para que coma un solo ser humano, uno solo, ¿de dónde queremos que alcance también para vestido, vivienda, educación, esparcimiento, salud y todo lo demás? Es un disparate, un balazo de alto calibre en la cabeza de la lógica.
Los padres que padecen ese ingreso no lograrán que sus hijos crezcan en condiciones favorables. Hay allí una brutal clausura que deriva en taras y resentimientos colectivos, en frustraciones multitudinarias. Pero los padres trabajadores no sólo no pueden apisonar el camino de sus hijos, sino el de ellos mismos para la vejez a la que avanzan. Noticias recientes describen el panorama horrendo que ya amaga: sólo cuatro de cada diez viejos (o “adultos mayores”, según el eufemismo actual) tendrán una pensión así sea ridícula (alrededor del 20% de su salario), menor incluso que la de Haití. En esto, claro, tampoco hay ni habrá responsables a la vista.

lunes, abril 20, 2015

Las "realidades históricas"












He leído con interés y tristeza el texto que aparece abajo. La realidad inocultable para México es su deterioro material. ¿Cómo tapar la pésima calidad de vida a la que están hoy condenados millones de mexicanos? ¿Cómo eximir de responsabilidad a quienes históricamente han creado esta situación?

Las "realidades históricas"

Sergio Antonio Corona Páez

Cuando yo era estudiante de administración de empresas en la Escuela de Comercio y Administración de Torreón (actualmente FECA) y para mayores señas, entre los años de 1969-1971, un maestro de la asignatura de economía tenía un dicho (algo pícaro por cuestión de nemotecnia) para definir dos procesos. “Inflación —decía— es cuando un huevo cuesta un peso”. Y “deflación —decía también— es cuando un peso cuesta un huevo”. Si nos ponemos a hacer cuentas, un peso de aquella época equivale a un milésimo de nuestro peso actual. Y se tenía por tan disparatado el pensar que un solo huevo pudiera costar un peso, que se usaba como ejemplo del precio inflacionario.
Pues bien, una revisión de precios actuales de ese producto nos habla de una realidad tan atroz que se ha buscado ignorarla por todos los medios posibles, incluso quitando ceros a la moneda. Porque el continuo proceso inflacionario de 1977 al 2015 supera infinitamente al que pudo darse en 300 años de período colonial novohispano.  
A manera de comparación, si tomamos en cuenta la oferta de huevo de diferentes marcas comerciales en sus diversas presentaciones y categorías al 15 de abril de 2015, como lo son el “huevo extra”, “blanco”, “orgánico rojo”, “de libre pastoreo”, “jumbo blanco”, “light”, “rojo”, notaremos que sus precios (por cada huevo) oscilan entre $2.13 y $5.25, y que el promedio se sitúa en $2.76 por pieza.
Pero debemos recordar que en los términos de mi maestro de economía, estaríamos hablando de 2,130.00 pesos por cada huevo, y de los más económicos. A él ya le parecía descabellado en extremo que un huevo pudiera costar un peso.
¿Qué ha sucedido, pues, con la economía y con el poder adquisitivo? ¿Cómo ha sido posible este encarecimiento de la vida y empobrecimiento de las posibilidades familiares de bienestar?
Solamente podemos atribuir este fenómeno económico y social a la mala administración de la clase política mexicana. El proceso inflacionario galopante comenzó al final del sexenio de Luis Echeverría, cuando puso a “flotar” el peso (un eufemismo que la cámara de diputados aplaudió) en septiembre de 1977. Y desde entonces no ha parado. Fue tan grave el proceso que en 1993 el presidente Salinas puso en vigor el “nuevo peso” (con tres ceros menos). Una maniobra de carácter político que buscaba manipular la memoria histórica de los mexicanos. A pesar de que los gobiernos de 1977 a 1993 eran los responsables del enorme deterioro de la economía nacional, no quisieron asumir el costo político. Con la creación del “nuevo peso” —pensaban— crearían una cortina de humo que les permitiría continuar en el poder con gobernabilidad. Los mexicanos, sobre todo las nuevas generaciones, no serían conscientes del inmenso robo que la clase política había cometido en contra del bienestar de la ciudadanía. 
Los dispendios y malos manejos continúan hasta el presente sin que los diputados cumplan con su obligación, que es la de representar los intereses de la ciudadanía en contra de las decisiones o acciones dañinas del poder ejecutivo o el judicial. Continúan las alzas inflacionarias, los sueldos congelados, la impunidad, el enriquecimiento ilícito, los conflictos de interés, el alza e incremento de impuestos, los pésimos servicios de salud, y ni para qué mencionar las miserables tasas vigentes de jubilación.  No cabe duda de que la clase política mexicana es extraordinaria cuando se trata de crear “realidades históricas”, o bien de desaparecerlas.