domingo, diciembre 16, 2018

Reflexiones en torno al vaso de cristal















Un texto de mi hija publicado en la revista Estepa del Nazas número 63, Teatro Isauro Martínez, Torreón, octubre de 2018, p. 49.

Reflexiones en torno al vaso de cristal
Renata Iberia Muñoz

I.
Conocí el D.F. de la mano de mi padre. Era 2013 y de la ciudad me impresionó todo: el ritmo de la gente, cuánta gente, el ruido de los coches, cuántos coches, el metro, la magnitud de los edificios. Todo. No lo sabía aún, pero me había impresionado la fuerza de lo gigante, de las cosas que no se pueden medir y no se pueden controlar.

II.
Antes de dormir mi primera noche en la ciudad, mi padre colocó al borde de mi mesita de noche un vaso de cristal. “Por si tiembla”, me dijo. “¿Por si tiembla qué?”, respondí. “La tierra. La tierra puede temblar en cualquier momento y se caen los edificios en segundos”.

III.
Tengo 18 años. Vivo sola en la ciudad que conocí acompañada. Que la tierra tiembla, sí, pero eso no me concierne. A mí me sigue impresionando  el ritmo de la gente, cuánta gente, el ruido de los coches, cuántos coches.

lV.
El domingo de mi primera semana capitalina la alerta sísmica me despertó. Me puse mis zapatos confiada, pausada. Desde un octavo piso, bajé las escaleras a paso acelerado, pero no desesperado. Cuando llegué ilesa al suelo, reí un poco para mis adentros y dije: “Papá, tu método del vaso es una tontería. La alerta te avisa todo. La alerta te ayuda a librarla. La alerta te da tiempo”.

V.
No tembló aquella vez, de todos modos. Ya abajo, entre la muchedumbre de vecinos, se me ocurrió decir que qué lástima, me hubiera gustado saber cómo se siente. Una señora volteó hacia mí y sentenció: “No sabes de lo que hablas”.

VI.
Dos años después, todavía no sabía de lo que hablaba. Seguía sin haber sentido temblar a la tierra y sentía un poco de orgullo por eso. Incluso, llegué a pensar que durante mi estadía en la ciudad, durara cuanto durara, no llegaría a conocer un sismo.

VII.
Llegó el 19 de septiembre, sin embargo. El 19 de septiembre de 2017. Tengo 20 años, menos cinismo y más miedo.

VIII.
Estaba sentada en mi cama leyendo un ensayo sobre Keats. ¿Puede la Muerte estar dormida, si la vida es sólo un sueño, / Y las escenas de dicha pasan como un fantasma? El primer movimiento fue un mareo. El vaso, ahí, se hubiera quebrado, y yo hubiera corrido despavorida. Pero no había ningún vaso en mi mesa. Tampoco hubo alerta. No hubo aviso de nada ni de nadie. La tierra agarró fuerza e hizo sentir sus entrañas. Sentí, por primera vez, el motor debajo. La fuerza de lo gigante, de las cosas que no se pueden medir y no se pueden controlar, estaba debajo de mis pies. Y debajo de mí, en otros pisos, personas, que a su vez tenían personas abajo.

IX.
Casi tres meses después, no puedo sacar de mi cabeza la imagen de miles y miles de personas bajando al mismo tiempo las escaleras. En ese descenso breve y confuso se decidió mucho de los días posteriores al 19 de septiembre. En el momento justo que yo bajaba, lo veo ahora, muchos dejaron de ser. El umbral de las escaleras: vives o no vives.
Nosabíadeloquehablabanosabíadeloquehablaba.

X.
Me paraliza saber que conozco la hora y el minuto exactos de la muerte de cientos.

sábado, diciembre 15, 2018

Reyes en el Servicio Exterior




















Heredamos del Romanticismo el estereotipo más recurrente del escritor. Quien escribe, pensamos, suele ser un tipo sombrío, melancólico, astroso, impráctico, inepto para trabajar en equipo y asiduo a los paraísos artificiales del alcohol y sus adláteres. Puede ser que, mutatis mutandis, tal o cual escritor abrace alguna o algunas de esas características estandarizadas, pero no son pocos los casos de escritores que son casi lo contrario. Uno de ellos es, fue, Alfonso Reyes.
Hace más de quince años reseñé Misión diplomática (FCE, 2001), un valioso par de tomos que reúne textos escritos por el polígrafo regiomontano en su paso de dos décadas por el Servicio Exterior mexicano. Antes y después de tales libros, he ido reuniendo su correspondencia con diferentes personalidades, y ya voy para diez libros de ese corte, el epistolar. Nunca, desde que comenzó mi admiración a Reyes, ha dejado de asombrarme esa fabulosa combinación: con una mano atendía asuntos en legaciones y embajadas, y con la otra escribía. ¿Cómo logró esto? ¿Fue fácil?
Podemos hallar una respuesta a las dos preguntas retóricas —así son llamadas, y también “erotema” y “exsuscitatio”, las preguntas que uno mismo se formula en un texto o en una conversación— en el libro Alfonso Reyes, diplomático (UANL, 2017, Monterrey, 68 pp.), de Francisco Valdés Treviño. Es una obra breve pero muy ilustrativa sobre el itinerario trazado por el autor de Visión de Anáhuac como representante de nuestro país en tierras lejanas. Aunque ingrato a momentos, el trajín diplomático del escritor fue ejemplar, y nos deja claro que esa labor no reviste el glamour que le suponemos. Al menos no en los tiempos de Reyes, de 1920 a 1940. Entre apreturas y sobresaltos, logró don Alfonso representar a nuestro país con sobrada dignidad y al alimón armar, como sabemos, una de las obras más importantes de la lengua castellana. Es, por todo, un librito muy valioso, como lo evidencian estas palabras de Reyes citadas por Valdés Treviño: “La labor del diplomático es toda de abnegación y sacrificio (…) llevan una vida contra natura, de extranjería perpetúa hasta en su propio país (…) Si la tierra es posada provisional para todos, para el diplomático lo es en grado sumo”.

miércoles, diciembre 12, 2018

Un librero alerta




















Apenas tres libreros he conocido en Torreón con un bagaje de respeto. El primero fue don Javier Lazalde, ya fallecido, dueño de la librería Renacimiento ubicada hace años sobre la Morelos al lado de la panadería La Giralda; el segundo es Jaime Martínez, dueño de la librería Otelo hoy ubicada sobre la Hidalgo y Treviño; y la tercera es Ruth Castro, de la librería El Astillero, situada sobre la Morelos casi esquina con Ildefonso Fuentes. Lo común es, sin embargo, tratar con dependientes de librerías que en general no saben de libros, sobre todo jóvenes que por necesidad podrían trabajar en eso o en cualquier mostrador. El librero de la vieja guardia, el librero que sabe de autores, libros y editoriales, está pues en peligro de extinción.
Crónicas desde el piso de ventas (Paraíso Perdido, Guadalajara, 2018, 90 pp.) es el título del más reciente libro del escritor Iván Farías. En él ofrece veinte crónicas (incluyo la presentación y la despedida) en las que despliega su experiencia como librero in situ, es decir, como trabajador de librería al que le ha tocado lidiar con la curiosa fauna de cientos de clientes entre los que hay de todo. Se trata pues de un libro con una temática harto singular, pues gracias a que su autor no sólo sabe de libros, sino que además escribe, puede dar testimonio de lo que hacemos los compradores cuando nos movemos en aquellas ínsulas atestadas de papel.
Las crónicas de Farías son muy agudas y en ellas no escasea el humor. Gracias a estas páginas podemos internarnos en el comportamiento y la mentalidad de muchos clientes, de otros vendedores de piso, de clientes que además son autores de libros y de varios locos que en silencio, como escarabajos, hacen de las extrañas suyas entre los pasillos y los anaqueles. Memorable, por ejemplo, es el caso de aquellos clientes que sistemáticamente van a la librería, toman un libro y le quitan el celofán, pagan un café y luego de leer y leer como si estuvieran en una biblioteca, dejan perjudicado el ejemplar; o de aquellos autores con autoestima mal calibrada que a cualquier hora llegan con el fin de que sus mamarrachos figuren siempre en la mesa de novedades.
Iván Farías ha escrito un libro muy original; si usted pertenece a la secta de los lectores, se lo recomiendo sin duda.

martes, diciembre 11, 2018

Entrevista sobre Grava suelta



















En septiembre de 2018 me entrevistó Christian García, del periódico el Zócalo, sobre Grava suelta.

1. Grava suelta se conforma de cien relatos de un solo párrafo. Me gustaría saber por qué utilizar la historia breve en este libro? ¿Cuál fue su motivación.
En 2016 me propuse trabajar con un proyecto algo distinto, mezclar lo periodístico y lo literario en un solo producto. Para consumarlo usé la columna que publico dos veces a la semana en un diario de La Laguna, y la idea fue alimentar ese espacio con ficciones, con relatos breves, todos de una extensión similar, es decir, la extensión fija de la que dispongo en ese espacio. El reto abrazaba los dos propósitos que me impuse: que los textos fueran literarios en su contenido, ficciones, y periodísticos por la puntualidad de las entregas. La literatura generalmente no es publicada de esa forma. Uno escribe un cuento o una novela y alimenta la inquietud de publicarla algún vago día del futuro. Con los relatos de Grava suelta no pasó eso. Los escribí a sabiendas de que cada uno iba a llenar mi espacio tal o cual día de tal semana, casi con total precisión. Es un proyecto que en el camino me hizo dudar, y varias veces pensé en no continuarlo pues sentía que los personajes y las tramas se me habían agotado, pero al final pude llegar a los cien y después todo eso, con alguna pulimentación ulterior, configuró un libro cuando en la UANL se abrió la oportunidad de publicar. La brevedad de los relatos se debe entonces al tamaño del espacio que tengo en mi columna y la cantidad de cien se debe a que publico dos veces a la semana y eso da casi la centena exacta de mis apariciones en el año.

2. ¿Para usted cuáles son los retos y virtudes de la narrativa breve?
Felizmente he podido escribir muchos cuentos de extensión convencional, de diez a quince cuartillas en promedio. Es una extensión que me gusta, la extensión ideal del cuento clásico, la extensión en la que me siento más cómodo y en la que, creo, es posible desarrollar el mejor cuento posible. Sin embargo, no veo con aversión las formas breves e incluso las brevísimas, desde un párrafo a una cuartilla o cuartilla y media. En estos pequeños moldes es dable vaciar una historia completa con todos los ingredientes del relato mayor, sólo que de manera ultracompacta, sintética, sin rodeos de ninguna índole. La intención es sorprender al lector en un palmo de terreno, gambetearlo en una baldosa, como dicen en el futbol sudamericano. Por supuesto, y como pasa con todos los libros articulados en forma de bufet, no hay un sabor parejo y en ese sentido el lector podrá disfrutar, si bien le va a mi libro, unos textos más que otros, pero todos los relatos fueron escritos con la noble voluntad de que fueran eficaces.

3. Algo interesante de los cuentos que contiene Grava suelta es el hecho de que son textos realistas, anécdotas que podrían pasarle a cualquier persona, pero aún así, los giros que se dan en los finales son muchas veces desconcertantes. El género de la microficción en cierto sentido trastoca la realidad del lector, ¿para usted qué tanto de fantasioso hay en la realidad que vivimos y cómo es posible que la narrativa breve retuerza lo real y la lleve hacia el camino de lo fantástico?
En efecto, salvo cuatro o cinco, todos son relatos realistas, pero no autobiográficos o calcados de una realidad determinada. La apariencia de realidad los atraviesa, pero son ficciones. Lo que pasa es que a mí me agrada contar historias de lo inmediato, esos pequeños conflictos en los que a todos se nos diluye la existencia. Mis personajes tienden entonces a ser tipos frustrados, tristes, siempre en apuros, ajenos por completo a la idea de felicidad cabal, que de todos modos no existe. Para mí, por ello, la realidad inmediata es asombrosa y con ella trabajo, con ella reinvento, con ella hago una especie de modelado de alfarería hasta lograr que del barro original (cualquier historia, cualquier anécdota, cualquier vivencia, cualquier sueño) surja un relato con rasgos literarios. En este sentido, obvio, no creo que la historia en bruto sea lo principal, sino que la mezcla de historia, estilo, estructura y tratamiento apuntan en una sola dirección: la eficacia del relato.

4. Las historias de su libro son hechos que le suceden sobre todo a seres muchas veces perdedores: enamorados que no alcanzan a dar un beso a la chica que le gusta, escritores que ya no escriben, extranjeros que son conquistados y derrotados por la gastronomía mexicana. ¿Por qué escoger a estos sujetos para que habiten sus páginas, cómo nacen y se desenvuelven?
Ya soy un hombre mayor y se supone que a estas alturas de mi vida no sólo he vivido muchas situaciones, sino que también las he oído, las he soñado, las he conjeturado, las he leído. La vida humana es muy compleja, está llena de caídas grandes y pequeñas, de traumas, de problemas de todos los colores. Como por naturaleza estoy alerta y el mundo, a mi manera, me duele, no creo que sea tan difícil acopiar historias, anécdotas. Pero ya dije líneas arriba: no sólo con historias se nutre la narrativa, sino que a las historias hay que aplicarles un tratamiento, escribirlas con un determinado tono y resolverlas en desenlaces congruentes. Mis personajes son perdedores porque casi todos lo somos, incluso muchos que creen que no lo son.

5. El espacio en el que se desarrollan y viven los personajes de Grava suelta es un Torreón o mejor dicho La Laguna, ¿cree que el lenguaje que se utiliza en el norte de México sea adecuado para escribir narrativa corta?
La literatura puede ser articulada con las palabras de cualquier lengua. Las peculiaridades del habla norteña mexicana, si las hay, pueden sumarse bien a cualquier relato simplemente porque ese relato ha sido previamente escrito en el código mayor del español patrimonial, el español que compartimos millones de hispanohablantes e hispanoescribientes. Siempre hay que ser cuidadosos, por ello, de no incurrir en demasiado coloquialismo, en giros del habla regional, porque luego se corre el peligro de incurrir en el color local, en un pintoresquismo de aldea. Cada escritor debe ir templando su instrumento y saber hasta dónde permite que sus textos abunden o no en expresiones coloquiales.

6. El crítico Lauro Zavala en su ensayo “De la teoría literaria a la minificción posmoderna” contempla que la microficción es un género nacido en Latinoamérica y que fue trabajado por autores como Julio Torri, Juan José Arreola y Augusto Monterroso. ¿Por qué piensa usted que la narrativa breve sea tan cercana a la literatura latinoamericana, y —como señala también Zavala— con el pensamiento posmoderno?
Ciertamente, es en América Latina donde se ha catapultado con mayor fuerza a la microficción. Muchos escritores hay que la han cultivado como eje de su escritura, y tales son los casos de Torri, Monterroso, Arreola, Denevi, Filisberto, Shua, Lagmanovich, Muñoz Valenzuela y muchos más. Hay otros ejemplos de escritores que practicaron la ficción breve con mucho acierto sin que por ello haya sido el centro de su quehacer literario. Es el caso de Borges, de Cortázar, de Avilés Fabila y Samperio. La microficción hoy ha corrido con mucha suerte porque las nuevas tecnologías permiten una difusión amplia de este tipo de relato, de manera que se trata de un género muy popular en estos tiempos de escritura y lectura vertiginosas y fragmentarias.

7. Como escritor ¿cómo ve el trabajo de los escritores en cuanto a la narrativa breve como la de usted? ¿Qué le parece la salud de ésta en el país? ¿Cree que debería escribirse más?
Creo que se escribe mucha y buena narrativa breve en México. Hay casos destacados como los de Marcial Fernández y Rogelio Guedea, pero no son los únicos. Gracias a las redes sociales, casi no pasa día en el que uno no pesque por allí una buena microficción en los periódicos, las revistas o las redes. Se dan incluso involuntariamente, y esto me hace ver que el ánimo literario del microrrelato puede nacer donde menos lo esperamos.

sábado, diciembre 08, 2018

Cuentos que sí son cuentos




















La contratapa que escribí para Cuentos cortos para gente que duerme sola (Iberia, 2018, 61 pp.), primer libro individual de Elena Palacios, no me deja ya mentir ni exagerar, pues es lo que sentí ante las piezas que habitan este título: “Estas historias de Elena Palacios son pequeñas piezas de ingeniería narrativa, arquitectura de palabras en la que cada enunciado cumple una función precisa, esencial, nada accesoria. Atenta a los detalles, ajena a la noción del cuento como microcosmos abierto y desprolijo, la autora se empeña en guiarnos permanentemente hacia una sorpresa luego de habernos permitido atravesar mundos que no por cotidianos dejan de parecer algo aneblados, como impregnados siempre por una pátina de ensoñación no pocas veces pesadillesca. Cuentos cortos para gente que duerme sola ratifica el permanente desafío que implica el cuento, desafío que Elena ha encarado y resuelto con justo equilibrio de pasión y destreza”. Esta noche tengo la oportunidad de ampliar tal parecer.
El cuento es, como la poesía tradicional —el soneto, por ejemplo—, un molde literario que nació con delimitaciones precisas. Si bien es cierto podemos entender que un cuento es cualquier relato ficticio breve en el que uno o varios personajes interactúan con determinados propósitos, no está de más añadir que esta primera noción es, al menos, insuficiente. Según Poe, su inventor, hay rasgos en el cuento que determinan su estructura bimembre: lo más importante, como reafirma Piglia, es que cuente o intente contar dos historias en una. He ahí la dificultad: el cuentista es un escritor que se ve obligado, si su propósito es armar un cuento indiscutible, a inventar una trama visible y otra invisible. Los mejores cuentos serán aquellos, pues, que desarrollen ambas tramas satisfactoriamente: la visible, en la que conocemos a los personajes y sus propósitos, y la invisible, hecha de alusiones veladas, de sutilezas camufladas en la trama visible. Cuando un cuentista atina a dar con un cuento (uno) que haya implicado un hábil manejo de este imbricamiento de tramas, puede darse por satisfecho. Muchos lo intentan toda su vida y jamás lo logran; otros prefieren no intentarlo.
Elena Palacios no sólo ha logrado dar con un cuento de esta índole en Cuentos cortos para gente…, sino con varios. Y más allá de este mérito, que no parece menor por tratarse de un primer libro, hay uno más alto que me atrevo a denominar “impulso cuentístico”. ¿Qué quiero decir con esto? Lo explico: que más allá de los resultados, que de todos modos son harto buenos, me gusta y celebro que Elena tenga el arrojo, el legítimo deseo, de escribir cuentos en los que se líen las dos historias mencionadas, es decir, cuentos que incurren en la malicia de no soltar la prosa así nomás, al destino que el azar quiera otorgarle, sino gobernada por el propósito de conseguir asombros ciertamente premeditados.
La obsesión formal de Elena se nota desde el curioso plus de contar las palabras de cada cuento; algo de obsesividad hay en esto, precisamente la obsesividad del perfeccionista. Los cuentos de la vieja escuela nacen, creo, de ese afán y no del otro, el de escribir con desenfado. Elena nos ha dado el número de palabras que compone cada uno de sus cuentos para recordarnos lo que se aduce sobre este género: que en él todo está medido, pesado, y una palabra de más o una de menos pueden derrumbar el delicado equilibrio de la pieza.
Al editar y por ello releer (ya las había leído en el taller literario del TIM) estas historias confirmo que el mejor cuento escrito por Elene es “Algo entre Carolina y yo”, el último que aparece en el engarce. Es el que sin titubeo yo sumaría a una hipotética compilación de cuentos laguneros, de esas abusivamente llamadas “antologías”, pues además de acatar celosamente una estructura sólida se extiende a varias páginas y crea una tensión/curiosidad crecientes, como debe ocurrir en todo cuento bien nacido. Esto no significa que las piezas hermanas queden a la zaga. Lo que afirmo lo afirmo desde mi subjetividad de lector, pero ya puede cada quien internarse en las páginas de este libro y destacar el que mejor le parezca, pues hay muchas historias estimables como “A la luz del encendedor” (que tiene algo de thriller) o “Vestido blanco” que también juega maliciosamente con un equívoco sostenido hasta la línea final. Pero enfatizo: todas las historias de este libro han sido calculadas, no son meras instantáneas/espontáneas de vida cotidiana o paseos por el color local, sino artefactos literarios construidos con base en un engranaje de relojería.
Quiero destacar por último otra virtud de Elena Palacios a la hora de escribir: su intuición narrativa. En algunos casos narrar es un talento que puede no ser innato, y cuando se adquiere por voluntad y se trabaja en consecuencia da buenos frutos, pero los granjea mejores cuando la susodicha intuición se trae desde la cuna y se le añade trabajo, esmero, gusto al escribir. Es el caso de Elena, quien a las claras evidencia una facilidad natural para desarrollar historias bien condimentadas de peripecias humanas y creíbles. En este sentido también, el flujo narrativo va acompañado de un estilo poético sobrio y muy literario en todo momento, no estorbado por rebuscamientos innecesarios.
Elena Palacios nació en Torreón en mayo de 1967. Desde 2015 participa en el Taller literario del Teatro Isauro Martínez. Ha publicado en las revistas Estepa del Nazas y Acequias. En 2017 editó Brotes de tinta, libro colectivo de cuentos. Cuentos cortos para gente que duerme sola es su primera publicación individual y por todo lo dicho en los renglones precedentes, lo recomiendo sin vacilar —sin vacilar incluso en el sentido mexicano de esta palabra— y la auguro una cálida recepción. Sé de antemano que sus lectores no se sentirán defraudados. Al contrario: lo agradecerán.

Comarca Lagunera, a 5 de diciembre de 2018

miércoles, diciembre 05, 2018

Diez años sin doña Enriqueta




















Desde hace diez años no llegan los primeros de diciembre sin que recuerde la partida de doña Enriqueta Ochoa, y así ocurrió en los días recién pasados. Entre los tumultos de la FIL de Guadalajara, el jueves o el viernes reparé en la efemérides: “Ya viene el aniversario luctuoso de doña Enriqueta”, pensé. También pensé en el año: ella murió el 1 de diciembre de 2008, así que se cumplía una década sin su presencia física, y yo debía recordarlo. Pero el sábado pasado se atravesó la toma de posesión, a la que dediqué unos párrafos. Hoy, de regreso en Torreón, ya sin sobresaltos, recuerdo a la más alta poeta que ha dado el estado de Coahuila.
Poco antes de morir, como en 2006 o 2007, vino a Torreón. Fue su última visita a la tierra donde nació. Lo hizo para participar en la premiación del concurso nacional que lleva su nombre, pero sospecho que, como ya no viajaba, ese retorno tuvo también un aire de despedida. No sé si alguna vez he comentado, creo que sí, el alto honor que viví en aquella oportunidad. Gracias a Fernando Martínez Sánchez, amigo muy cercano a doña Enriqueta y uno de los colegas que más me han querido en La Laguna, recibí la invitación para comer con ella y con la ganadora del concurso. En aquel momento, Fernando tenía la obsesión de que la maestra y yo nos conociéramos, así que hizo todo lo posible por reservarme un sitio a su lado. Recuerdo que la comida se celebró en una especie de ala lateral al restaurante del hotel Marriott, y en efecto, entre varias personas, la silla aledaña a doña Enriqueta estaba vacía. Llegué un poco tarde; cuando aparecí, Fer se puso de pie, me saludó, me presentó y me dio el lugar disponible a la izquierda de la escritora.
Por supuesto, yo estaba nervioso. Sentía que estar junto a doña Enriqueta era como estar con una parte muy importante de la literatura nacional, y así era. La maestra conversaba con todos, se habló de comida local y de antiguos negocios de Torreón. Todavía no era tiempo de cámaras buenas en los celulares para hacerme una foto, y entre otros errores, no llevé ningún libro para solicitar una dedicatoria.
No importa. Me queda el recuerdo y persiste mi admiración por su obra.

sábado, diciembre 01, 2018

Expectativas y temores













Hoy comienza un nuevo gobierno federal para nuestro país y, cómo es lógico, con esto se abre un arco pleno de expectativas y temores. Para muchos se trata no sólo de un cambio de corte, digamos, habitual, es decir, de un cambio de nombres en la cúpula del poder político y la cereza de un nuevo tlatoani a la punta de la prámide, sino de una mutación de régimen que en teoría viene a barrer con los vicios de la polaca a la mexicana.
Fui y soy de los que creen en la posibilidad de que, en efecto, haya cambios significativos en las reglas escritas y principalmente no escritas del quehacer político y económico del gobierno. Cómo los esperanzados con Fox en 2000, siento que hay una oportunidad propicia, dada la sanción del voto mayoritario, para impulsar una agenda en verdad renovadora, una agenda que mitigue la corrupción y la impunidad, que abata las cifras terribles de violencia, que en realidad vea por los pobres y reconfigure y dignifique los servicios de educación, salud y trabajo. Es mucho soñar, por supuesto,  dado que las malas prácticas están muy enquistadas en el ser del gobierno y constituyen rasgos que se reproducen por inercia, de ahí la necesidad de diseñar un plan de choque nada fácil, por otro lado, de poner en marcha. Ya se verá si AMLO es el líder político que necesita México en esta coyuntura o un mesías tropical que viene a repetir historias ya conocidas de podredumbre y saqueo.
El triunfo arrasador del morenismo no fue del todo una buena noticia para el hoy flamante gobierno. Al quedar EPN y su grupo en la periferia, hubo una especie de cesión del poder simbólico hacia AMLO, casi, pues, unas vacaciones anticipadas para Peña Nieto, lo que expuso y desgastó innecesariamente, durante cinco largos meses, al nuevo gobierno.  Hoy comienza la realidad de gobernar para AMLO y su equipo. Deseo que les vaya bien, pero ya sabemos que en materia de deseos sobre gobiernos entrantes más vale andar con tiento; la historia nos ha enseñado que las esperanzas ciudadanas pueden convertirse en catástrofes. Ojalá este no sea el caso.

miércoles, noviembre 28, 2018

EPN: menos que nada














Hemos llegado al final de la película de EPN. Fue una cinta de terror en la que lejos de ver un decremento en los índices de pobreza, violencia y corrupción —furias del apocalipsis que en México se sienten como en casa—, asistimos al lamentable espectáculo de su agigantamiento. De alguna forma era previsible lo que caracterizó al sexenio del mexiquense: si su llegada a Palacio Nacional se había dado a punta de engaños, pactos secretos y sobresaltos, lógico es que su herencia fuera pésima.
Si bien la macoroeconomía nacional navegó sin sobresaltos, es notable que se ahondara la brecha entre ricos y pobres. La distribución de la riqueza siguió siendo pues una roca en el zapato para los mexicanos, de suerte que en términos reales no ha mejorado, desde hace muchos sexenios, la calidad de vida de una mayoría cada vez más amplia.
La violencia que fue rasgo característico del gobierno federal anterior no sólo no fue contenida, sino que en muchos lugares del país se incrementó hasta rebasar las cifras ya de por sí catastróficas que dejó Calderón. Otra vez Michoacán, Guerrero, Tamaulipas, Veracruz, Sinaloa, la Ciudad de Médico y alguna otra circunscripción fueron azotadas por la incesante barbarie. Se puede afirmar por ello, categóricamente, que en el gobierno saliente fuimos testigos de otro desastre en materia de seguridad.
Si algo puede caracterizar a la etapa 2012-2018, es la corrupción. De la mano de una campaña permanente y onerosa para adecentar su imagen, Peña Nieto y su equipo se van con la imagen de corruptos. Bajo su mandato, prácticamente no hubo secretario que no hiciera negocios a la sombra del poder, y fue muy visible el caso de varios gobernadores del “Nuevo PRI” que sólo llegaron para atascarse de recursos públicos. Los casos de Javier y César Duarte fueron los más escandalosos, pero en general todo lo que dependió de EPN llegó podrido al poder y se fue pudriendo más a medida que trastabillaba el gobierno hacia el 30 de noviembre de 2018.
Las cuentas de Peña Nieto son, en suma, nefastas, de ahí el huracanado castigo que le fue infligido el primero de julio. De él no se esperaba nada, e hizo un milagro: nos dio menos que nada.

sábado, noviembre 24, 2018

Sherlock Holmes, suma y espejo















Una inquietud me rondó durante mucho tiempo: ¿por qué fue Sherlock Holmes quien se impuso como suma y espejo entre todos los detectives que en la literatura han sido? Recuerdo, para ayudarme a responder, una afirmación de Borges sobre Quevedo. Decía el autor de Ficciones que todo gran escritor necesitaba, para perdurar, de la creación de un símbolo. Daba el ejemplo, si la memoria no me defrauda, de Cervantes, quien desde el punto de vista técnico no es mejor escritor que Quevedo, pero que dio con un símbolo que luego le sirvió para encumbrarlo: el del caballero andante, epítome de idealismo. Igual, o parecidamente, obraron Dante con su infierno, Shakespeare con el amor imposible de RyJ, o más cerca en el tiempo Kafka con el repentino escarabajo y Rulfo con el cacique enamorado de Susana San Juan. Conan Doyle dio con Sherlock Holmes, lo convirtió en un personaje-tipo bien definido en la totalidad de sus rasgos.
Ahora bien, no es suficiente con amonedar el susodicho símbolo. Conan Doyle supo que necesitaba historias que mezclaran la sencillez y la complejidad en dosis delicadamente parejas, exactas. En el engranaje de los cuentos más que en los textos de mayor envergadura, sospecho, es más visible el procedimiento, un procedimiento algo mecánico, es cierto, pero siempre eficaz al menos para un lector, el de finales del siglo XIX, no habituado aún a las estratagemas del relato policial: alguien llega a la guarida de Holmes y desde allí comienza la investigación. El detective no pierde tiempo, y esto fascina a los lectores. Desde que el cliente en apuros cruza la puerta, Sherlock comienza el peritaje: la ropa y los gestos del visitante emiten los primeros mensajes, y el investigador los anota en su mente mientras deja que el cliente hable. Viene entonces la exposición del problema, el izamiento de la incógnita. Holmes hace preguntas ad hoc, inmediatamente ceñidas al asunto atañedero al cliente. Luego de formarse el primer esquema de la situación, Holmes promete investigar y deja que el personaje-palanca se vaya. Lo demás es la investigación de in situ, el atamiento de cabos y el desenlace lógico.

miércoles, noviembre 21, 2018

Museazo para nuestra lucha libre




































































Entre el 9 y el 11 de noviembre estuve en Tijuana para participar en un encuentro de escritores llamado Frontera Noir organizado en el marco del FeLiNo (Festival Literario del Norte). Entre otras actividades, allí presenté el libro colectivo Máscara Vs. Revólver (Artificios, Mexicali, 2018), compilación armada por Iván Farías y José Salvador Ruiz, en la que apoquiné un relato. La sede elegida por Rafael Rodríguez, editor del libro, fue el MULLME (Museo de la Lucha Libre Mexicana), y llegué allí pensando que se trataría de un espacio con nueve o diez máscaras y algún otro souvenir ad hoc. Pero no: el MULLME es un hermoso monstruo de la memoria, acaso la mayor y mejor colección de objetos relacionados con el deporte-espectáculo de los costalazos.
Articulado heroica y meticulosamente por el señor Mauricio Pino, el MULLME da una idea cabal de lo que ha significado y significa la lucha libre en la cultura mexicana. Gracias a la muestra de cada uno de los más de seis mil objetos, todos curados con orden y buen gusto, advertimos que durante décadas la lucha ha calado profundamente en el alma de los mexicanos. Todo lo que queramos imaginar sobre la lucha, y más, está resguardado en ese colorido aleph luchalibrístico: máscaras, luchadores de plástico en diferentes tamaños, rings, carteles, revistas, álbumes de estampitas, libros, tazas, tarros, vasos, bandejas, maniquíes, pins, boletos de funciones, películas, playeras, gorras, cinturones, botas, murales, cartulinas cinematográficas, cerillos, encendedores, destapadores, publicidad, ¡cabelleras!, todo original, todo a raudales.
El MULLME es un caso asombroso de iniciativa individual. Tras años de tenaz coleccionismo, el señor Pino acumuló cientos de objetos que hoy pueden ser apreciados en la calle Galeana 8186, en la zona centro de Tijuana. Un detalle harto agradecible es que se trata de un museo muy bien construido, bien iluminado e impecablemente limpio. Además, con la ventaja de que es posible hacer fotos allí dentro. Si un lagunero viaja a Tijuana, por ello, que no dude en invertir al menos una hora en ese espléndido recinto. Como aperitivo puede visitar su página: https://www.mullme.com/

sábado, noviembre 17, 2018

Sombras de Javier Solís














Quizá es uno de mis recuerdos más lejanos. Supongo que data de 1967 o 68, cuando yo tenía cuatro años. En él me veo tomado de la mano de mi madre o de mi padre o de los dos, eso no alcanzo a precisarlo. Caminamos media cuadra por la avenida Madero de Gómez Palacio, donde vivíamos, y damos vuelta hacia la calle Mártires. Hay en ese tramo una pequeña fonda, quizá una taquería, y del interior de alguna casa próxima sale música a muy elevado volumen. Se trata de una consola de aquellos tiempos, de esas que gracias a sus bruñidos acabados de madera adornaban ciertas salas con aspiraciones. Seguramente no entiendo lo que dice la canción, sólo recuerdo que se me quedó grabado el ritmo, el ran-ran-ran hipnótico del guitarrón y la entrada y salida de los remates con violines y trompetas. Era música mexicana, ranchera, y se oía fuerte en el barrio, el barrio que era todo mi mundo en aquella ahora remota infancia.
En aquel momento no sabía que esa música era de mariachi y que la voz principal pertenecía, o había pertenecido, a un joven cantante llamado Javier Solís. Había muerto poco antes, así que, supongo, estaba de moda en todas las radiodifusoras y en todas las consolas familiares que tocaban discos de 33 revoluciones. Acaso ese bombardeo dejó una marca en mi subconsciente, tanto que no puedo oír a Javier Solís sin recuperar jirones de recuerdo en las polvosas calles de Gómez.
Pasaron los años de la primaria y la secundaria y allí lo que predominó fue el rock. Recuerdo a mis amigos de la Flores Magón en largos debates encaminados a determinar que Kiss era mejor que Queen, o que Led Zeppelin tocaba mucho mejor que Pink Floyd. Todavía en 1978 permanecían vivísimas, además, las brasas de The Beatles y The Doors, jefes de varias tribus. No fue sino hasta la prepa, entre 1979 y 1982, recién radicado con mi familia en Torreón, cuando en las reuniones ya medio etílicas con los amigos alguno se atrevió a poner un casete —era el sistema de reproducción de audio más adelantado— con música mexicana. Allí, sin querer, volví a escuchar a Javier Solís y allí comencé a sospechar lo que ya dije: que esas canciones me instalaban de lleno en la infancia, en el barrio de Gómez, en la querida cercanía de mis padres.
Fue durante la carrera cuando comencé a comprar, secretamente y por mi cuenta, todos sus casetes disponibles. Como toda la música que me gusta, siempre la escuché solo y hasta la fecha jamás he intentado imponer a nadie tal agrado. Sé que en esta materia nada puede hacerse para convencer, pues cada género musical y cada grupo o cantante se convierten en favoritos gracias a circunstancias tan peculiares como la mía, la que acabo de contar sobre el niño de Gómez Palacio azorado por los ruidos de la calle.
Oír durante muchas noches, solo, con audífonos y antes de dormir a Javier Solís me hizo conocer bien, quizá demasiado bien, la mayoría de sus canciones, la entrada y la salida exactas de cada instrumento, los matices de la voz que fueron el rasgo hasta hoy inconfundible de este cantante mexicano. Supe, en el sosegado silencio de muchos viernes por la noche, recorrer cada sílaba, el avance de su media voz como “velada” y el estruendo de los estribillos en los que esa voz se desliza restallante por la letra sin un solo titubeo, perfecta. En todas sus interpretaciones ocurre ese pequeño milagro. Si tomamos, por ejemplo, “Esclavo y amo”, notamos que abre con la voz como fatigada, como cantando sin aire para que salga velada, pero a medida que la pieza avanza termina por llenar el escenario sin dar la sensación de haber “brincado” de la media voz a la voz plena. En “Sombras” ocurre algo parecido, y en “Las rejas no matan”, y en “Dios nunca muere”, y en “Entrega total”, y en “Dos almas”, y en “El mundo”, y en "Esta tristeza mía", y en “Noche de ronda” y en todas hay algo de esto, porque Javier Solís hizo lo que quiso con su instrumento, la voz, una voz que después de desaparecida ha sobrevivido y ha permeado el gusto de miles de personas.
Mi padre me ha contado que a principios de los sesenta fue a verlo a la Plaza de Toros Torreón. Javier Solís venía en la caravana auspiciada, creo, por la cerveza Corona, y allí cerró el espectáculo pues era el más famoso de los cantantes que se presentaban esa noche. Dice mi padre que "Javier" cantó impecablemente cerca de diez canciones, y que pasó algo muy extraño. Cuanto entonaba los versos de “Lágrimas de amor”, donde se menciona la lluvia, comenzó a llover levemente en esta región nuestra donde jamás llueve. Eso me conmovió, y convertí el recuerdo de mi padre en algo también mío.
Luego viví otra anécdota donde Javier Solís es protagonista. Mis hijas tenían necesidad de unos arreglos a sus uniformes escolares y las llevé con una costurera. Se trataba de una mujer entrada en años, tal vez 65, y noté que vivía sola, nomás acompañada de un perrito que nos ladró mucho al llegar. Cuando entramos al espacio de trabajo de la costurera, junto a la máquina Singer y una mesa llena de telas, cintas métricas, hilos y tijeras, vi una especie de estuche gigantesco de madera donde ordenadamente tenía acomodados muchos, todos los casetes de Javier Solís, sólo de Javier Solís. Imaginé que esa señora, la señora Nena, era su fan número uno en Torreón, y yo el dos.
Javier Solís —Gabriel Siria Levario, México, 1931— murió hace exactamente cincuenta años, el 19 de abril de 1966. Seguiré oyéndolo porque gracias a él vuelvo a mi infancia, vuelvo a la juventud de mis padres, vuelvo a la avenida Madero de Gómez Palacio, y todo eso junto, por una razón tan irracional como legítima, me arrima a eso que solemos llamar felicidad.