domingo, diciembre 21, 2014

Cacería en el barrio















La nostalgia por muchos de nuestros juegos infantiles sobrevivirá los años que nos quedan por vivir, o en otras palabras, morirá junto nosotros. Quiero decir, por ejemplo, que quienes recordamos con cariño las serpientes y escaleras, la lotería, los naipes, las canicas, el trompo y, en el caso de las mujeres, aquello de los vestiditos y la comidita con los juegos de té, no volveremos a ver pequeños que los practiquen con pasión, como los practicamos nosotros.
Hoy —lo sabemos porque es evidente— los juegos que monopolizan el tiempo de los niños están en las pantallas de televisor, computadora, tableta y celular. Por eso no pude más que sonreír cuando en alguna ocasión supe de un proyecto por rescatar los juegos antiguos. Pensé: ¿cambiarán los niños de hoy su xbox con mil juegos interactivos por un cartón y un dadito para echarse unas partidas de serpientes y escaleras? Ni por curiosidad lo harían, así que aquellos juegos ya sólo habitan el recuerdo y sólo están esperando nuestro fin para desaparecer por completo también ellos.
Entre los juegos que igualmente han desaparecido, y esto sí me alegra, hay algunos que practiqué en mi libérrima y callejera niñez, y se relacionan con la cacería. No de venados u otras especies que desde siempre ha estado reservada para los adultos, sino de insectos y otras especies de animales pequeños. Recuerdo al menos cinco que enumero para que quede claro que hoy me arrepiento de aquellos ocios, pues segaban muchas vidas inocentes por mera y estúpida diversión.

Mariposas. En ciertas épocas del año cundían mariposas en la comarca lagunera. Volaban por todos lados, pero era más fácil ver sus desplazamientos en espacio abierto, en el campo o al menos en terrenos baldíos. Hordas de niños —a las que me sumaba— se convertían entonces en aduana terrible de los alados insectos. Para cazarlos era necesario contar con una rama de árbol. La escogíamos larga y flexible, para que al quitarle las hojas quedara como esqueleto vegetal. Cada niño traía pues su rama y todo era que pasara una mariposa, cuyo vuelo nunca era muy alto, para que la persiguiéramos hasta tirarla de un ramazo. La idea es que cayera sin mucho daño, con las alas intactas, pero resultaba inevitable destrozar alguna que otra. Las mariposas más apreciadas eran unas que llamábamos “cola de cigüeña”, cuyas hermosas alas tenían una mezcla simétrica de amarillo y negro; le seguían los “papalotes”, como conocíamos a las mariposas monarca que hoy son tan famosas. Al final de la escala estaban las amarillas o verdes, más pequeñas. No recuerdo que hiciéramos algo especial con los ejemplares obtenidos. Supongo que cazar mariposas sólo tenía como fin cazar mariposas, no más.

Mojarras. Varias veces fui a los ríos de La Laguna, sobre todo al momento de agua que pasaba por Raymundo, en Ciudad Lerdo. Los amigos comprábamos hilo de pescar (que enredábamos en algún bote de jugo) y anzuelos. Con eso podíamos pescar mojarras. Como carnada usábamos bolitas de migajón bien apretadas, y con ese sistema elemental tuve la suerte de obtener algunas presas. Tampoco sé para qué, pues luego de pescar no seguía la actividad de cocinar y comer. Como en el caso de las mariposas, la pesca de mojarritas era un fin en sí mismo.

Hormigas. La cacería de hormigas, lo digo de una vez, no tenía ningún sentido. Era totalmente absurda. En alguna botella —de vidrio, pues en aquellos años escaseaban las de plástico­— cada quién metía tantas hormigas como pudiera. La técnica era simple: tomar la hormiga con las yemas de los dedos y de inmediato, antes de que picara, echarla a la botella, con rapidez de prestidigitador. Una o dos horas después de esta práctica se lograba un hacinamiento de espantadas hormigas en el fondo de la botella.

Palomas. Las cazábamos con la técnica del hilo, el palito y el cajón, como lo hemos visto en innumerables caricaturas. Sí funcionaba, pero requería paciencia. Lo más difícil de conseguir era el cajón, que debía ser relativamente pesado, para que cayera de inmediato luego de jalar el palito con el hilo. No recuerdo qué hacíamos con las palomas atrapadas. Supongo que liberarlas.

Renacuajos. Tampoco sé para qué los cazábamos. Era un tonto divertimento practicado luego de los escasos periodos lluviosos que acarician a región. En los charcos amplios aparecían esas ranas en etapa infantil y las cazábamos con bolsitas de plástico donde las pobres sobrevivían por poco tiempo. Por eso digo que su captura, como las otras ya mencionadas, no tenía ningún sentido.

Como estos son recuerdos de mi niñez, me pega algo de nostalgia al evocarlos. Sin embargo, al mismo tiempo siento pena y malestar. Hoy no haría nada de eso, ni siquiera matar una hormiga. Supongo, no sé, que ya hice todo el daño contra los animales que estaba reservado en mi existencia. Ojalá y esos juegos (y otros peores, como la tauromaquia) desaparezcan para siempre.

Nota de última hora: había un juego que nunca jugué, pero que sí vi jugar: volar mayates. Según supe, era necesario atrapar ese tipo de escarabajos color (precioso color) verde-metálico, luego pasarles un hilo por cierta parte de las alas y después soltarlos. Volaban hasta donde el hilo se los permitía (no más de dos o tres metros), así que eran como avioncitos de control remoto. Creo que el juego no duraba mucho, pues el mayate se cansaba de huir infructuosamente y terminaba por renunciar, exhausto, a sus escapatorias.

sábado, diciembre 20, 2014

El monopolio de la pureza













Sé que no es su tesis doctoral, que se trata sólo de una columna y debe ser sintético, pero de todos modos Carlos Loret se pasó de lanza con el simplismo en su análisis a Twitter (“Historias de reportero”, El Universal, jueves 18 de diciembre de 2014). Para empezar, no dice nada nuevo a quienes tienen tres centímetros de convivencia con las redes sociales (en este momento, casi todos los que usamos internet). Es pues una sarta de lugares comunes en la que procura demostrar que es fácil esparcir mentiras impunes en esa red. Caray, qué novedad.
Comienza con una estrategia adecuada: cita ejemplos de mentiras flagrantes diseminadas en Twitter: “Ban Ki-moon exige la renuncia de Peña Nieto, científicos de la NASA dicen que ADN del normalista identificado en Innsbruck fue sustituido, (…) aquí está la foto de los chavos de Ayotzinapa tendidos en el suelo”. Luego de esto, reflexiona sobre el rumor que, “lo saben los políticos desde la antigüedad, es un arma poderosa”, “se esparce y causa daño”. De inmediato llega a una primera conclusión: “En la era digital, los profesionales del rumor han encontrado su mina de oro en las redes sociales”. Me detengo aquí, en la última afirmación, y planteo algunas preguntas: ¿de veras cree Loret que los “profesionales del rumor” han encontrado una “mina de oro”? Si lo señala así, categóricamente, ¿por qué no aclara quiénes son los “profesionales del rumor”? Luego de definirlos, ¿por qué no ofrece una descripción más minuciosa sobre la “mina de oro”, el desglose de, al menos, algunas cifras relacionadas con las ganancias de esos misteriosos “profesionales”? Y ya entrados en materia, ¿puede asegurar Loret que las ganancias, si las hay, de un rumorólogo en Twitter son equivalentes a las ganancias que pueden obtenerse con un rumor (o cualquier matiz informativo o el simple silencio) en horario triple A de televisión abierta? ¿Dónde estará pues la “mina de oro”?
Mientras avanza en su aparentemente equilibrada reflexión, Loret va dejando ver lo que en realidad defiende. Dice que la política en las redes sociales es articulada por “individuos que quieren participar y son espontáneos de una causa, pero también ejércitos pagados de rumorólogos”. Otra vez, dado que la afirmación es taxativa y no tiene siquiera un precavido adverbio de duda, se imponen algunas preguntas: ¿quién paga esos “ejércitos” de bots?, ¿son auspiciados sólo por sponsors de la oposición al régimen?; si no es así, ¿por qué en sus ejemplos de rumores (Ban Ki-moon, NASA, Ayotzinapa) no hay uno que parezca echado a andar por el gobierno? Sin querer queriendo (recuerden que el conductor de 1:N es devoto de San Chéspiro de los Barriles), en su crítica al destemplado y canallesco mundillo de las redes insinúa que la rumorología profesional (el jale de bot) sólo puede ubicarse en la oposición.
“Muy pronto la aparente inocencia de Twitter y Facebook, las más populares, se fue derrumbando para los más analíticos y observadores. Pero ante la masa, su poder positivo, democrático, de participación libre sigue intacto… y también su poder desinformador”, apunta, y por supuesto podemos deducir que sólo los medios tradicionales —la tele en primer término, de donde seguro salen “los más analíticos y observadores”—, no han perdido el monopolio de la pureza informativa y son y seguirán siendo benéficos para “la masa”.
Es fácil “Creer que la verdad o, peor aún, que la realidad está en Twitter”, agrega. Y sigo preguntando: ¿es fácil para quién?, ¿para los usuarios habituales de internet o para quienes sólo se han formado una idea de la verdad/realidad mediante la inmaculada televisión?
Al final, ya en plan buenísima onda, recomienda “vacunas contra las mentiras virales” a los obsesos de las redes. Tiene razón. Sólo añadiré que esas “vacunas” también deben ser inoculadas, principalmente y en muy altas dosis, a los usuarios de la mina de oro conocida asimismo como televisión abierta.

jueves, diciembre 18, 2014

Voz del campo













Claro que no todo es ganancia en este mundo caracterizado por la omnipresencia de los medios de comunicación. Uno de los daños que provoca la ubicuidad y sobre todo la monopolización de los mensajes —esto lo ha visto muy bien Subirats— es el aplanamiento de las diferencias culturales. Mientras el aislamiento del pasado permitía el desarrollo espontáneo de culturas muy diversas, en la actualidad es cada vez más marcada la estandarización a la que llevan los medios, una estandarización que tiene como meta, los sabemos, el consumo, nuestro masivo tributo al mercado.
Pese a esto, es todavía más que posible acceder a hombres y mujeres distintos, casi todos muy entrados en años, para hallar en ellos el sabor de otras mentalidades, la huella de formas distintas de entender la realidad. Sé por ejemplo que en La Laguna hay ancianos que no leyeron, que jamás hablaron por teléfono y que acaso nunca tocarán siquiera una computadora, y por lo tanto son sabios de una manera ajena a lo que para nosotros es la sabiduría. Ese mundo rural de los viejos, por esto, es el que mejor ubico como modelo de lo aquí dicho: lejos de parecerme mínimo, insustancial, inútil, en él encuentro rasgos que lo distinguen por completo de lo que habitualmente nos roza, una profundidad ética que en otros contextos se ha extraviado o perdido definitivamente.
Voy a traer un ejemplo literario un tanto lejano, pero muy ilustrativo, de lo que ando queriendo decir. Es la letra de la canción “El alazán”, de Atahualpa Yupanqui. Como sabemos, este artista argentino jamás negó su pasado campero, su juventud errante en la inmensidad de la pampa. Sus canciones reflejan, por ello, la mentalidad del llamado “paisano”, del hombre que en su sencillez atesora un concepto de la vida que se ciñe con solidez a ciertos valores hoy extintos, o casi extintos, en el mundo. En este caso es la relación amistosa, casi fraterna, con el animal doméstico, relación que siempre es más difícil hallar entre el hombre de la ciudad y sus animales próximos.
La canción arranca con una descripción del caballo en la que se hace énfasis en dos imágenes relacionadas con lo ígneo, símbolo de la pasión:

Era una cinta de fuego,
galopando, galopando.
Crin revuelta en llamaradas,
mi alazán, te estoy nombrando.

El remate de la estrofa fue celebrado nada menos que por Borges, quien alguna vez le comentó a Bioy Casares, su amigo, el hermoso color de aquel vocativo. El más grande escritor de América Latina entendía muy bien que nombrar es dar entidad, “materializar” lo nombrado, de ahí el tino de Yupanqui al repetir esa frase para hacer notar que el caballo seguía de alguna manera vivo no sólo en el recuerdo, sino también en la realidad gracias a la palabra dicha en voz alta: “mi alazán, te estoy nombrando”.
El compositor menciona luego los trajines vividos con el caballo, su integración estricta con el animal:

Trepó las sierras con luna,
cruzó los valles nevando.
Cien caminos anduvimos,
mi alazán, te estoy nombrando.

En las dos estrofas intermedias habla sobre el accidente del alazán y su agonía en un barranco. El conmovido diminutivo suena a autorreclamo, a dolor por no haber estado allí para consolarlo:

¿Qué oscuro lazo de nieve
te pialó junto al barranco?
¿Cómo fue que no lo viste?
¿Qué estrella andabas buscando?

En el fondo del abismo,
ni una voz para nombrarlo.
Solito se fue muriendo,
mi caballo, mi caballo.

Lo que sigue es el vacío para el jinete. El tala es un árbol y el abatimiento por la ausencia del caballo está reforzado con las imágenes del morral y del corral. De nuevo, el poeta lo “corporiza” al nombrarlo:

En una horqueta del tala
hay un morral solitario,
y hay un corral sin relinchos,
mi alazán, te estoy nombrando.

Finalmente, el jinete remite al animal hacia un espacio que por la tradición sólo reservamos al ser humano: el cielo. Lo hace con una imagen inmejorable, imaginando a su caballo en lo que mejor hacía: galopar.

Si es como dicen algunos,
hay cielos pal'buen caballo,
por ahí andará mi flete,
galopando, galopando.

El profundo sentido de respeto a la vida, la amistad, el agradecimiento, la nostalgia, todo esto se mezcla en una milonga que aparentemente no guarda mayor jiribilla. Pero sucede lo contrario: trae debajo la voz del campo, un mundo que ya casi no vemos por el ruido que produce la cultura dominante y sus banalidades.

miércoles, diciembre 17, 2014

Cuentas y cuentos chinos















Lejos de apanicarse, enconcharse, limitarse, la llamada “clase política” nacional sigue en sus arreglos de siempre, más cínica que nunca, exonerando hampones o amenazando a los “desestabilizadores” sin morderse la lengua. Hay, claro, indicios de represión dosificada aquí y allá, y la descomposición que podemos atribuir a la delincuencia conserva el buen ritmo que tuvo en el calderonato genocida. O sea, no hay mucha novedad en el frente oficial ni en el frente narco que al final terminan confundidos, enredados, aliados casi bicefálicamente.
Donde es muy evidente un ligero cambio de dinámica es en la exhibición pública de los bienes materiales que poseen quienes detentan alguna forma más o menos grande de poder político. Como las declaraciones patrimoniales, aunque parciales y amañadas, ya son públicas, no pasa día desde hace rato en el que no nos enteremos de las posesiones que, para hacer honor a la justa medianía juarista, acumulan ostentosa o discretamente quienes han estado/están cerca del queso y lo han mordido hasta más allá de la saciedad.
Con la casa de EPN como Transa Insignia de este sexenio, poco a poco se ha ido desgranando la mazorca y aquí y allá, hasta en medios afines al gobierno, son balconeados algunos lujos de la élite. Es, digamos, lo ya bien sabido, pero con evidencias documentales obtenidas de las mismas declaraciones patrimoniales. Pese a que se trata de riquezas, de lujos, de bienes obscenos, soy de los que creen que pese a las exigencias de la ley para hacer públicos los bienes, lo que vemos es apenas la cresta del iceberg, pues con prestanombres o simple ocultamiento de información se quedan muchas verdades tras el biombo.
Inquieta por el también descarado caso Videgaray, CNN exploró nomás tantito en el gabinete de EPN y encontró que la camarilla, obvio, también tiene el colmillo largo y afilado. La puesta periodística de esa información la hizo en tono chacotero. Por ejemplo, con incisos como éste: “Las 222.4 hectáreas de Enrique Martínez y Martínez”, donde se dice que el actual secretario de Ganadería, Agricultura, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación cuenta con “una superficie total de 2 millones 224,625 metros cuadrados, es decir, 222.4 hectáreas. Para dar una idea, los terrenos de este funcionario equivalen a una tercera parte del área del Bosque de Chapultepec”. Otra: “Un gusto por los clásicos”, donde se refiere a que “El secretario del Trabajo y Previsión Social, Alfonso Navarrete Prida, reportó ser propietario de siete vehículos, entre ellos un Jaguar clásico del año 1960. Entre sus otros autos se encuentra un BMW 550 GT de 2012 (el cual adquirió a crédito), Mercedes Benz E 500 de 2012, y un Mini Cooper Country Man de 2011”. Y así, pocos datos solamente de todo lo que fue reportado en las declaraciones patrimoniales.
Junto con la violencia agudizada en Guerrero, Michoacán, Tamaulipas, Estado de México y demás, estamos viendo, así sea lentamente, una mayor apertura de la información relacionada con el patrimonio de quienes manejan recursos públicos. Ya sabíamos que en general —por no decir llanamente que todos— se enriquecían en poco tiempo y si es en mucho se enriquecen más; lo que no sabemos bien, y no debemos olvidar, es que sólo vemos una parte de todo lo que acumulan. Por ello lo que queda oculto, lo no declarado, es lo más interesante y cuando es descubierto, como en el caso de Luis Videgaray, lo justifican con cuentas y cuentos chinos, con créditos blandos o inversión de ahorritos o “donaciones” (el clásico de EPN). Ah, lindo país.

lunes, diciembre 15, 2014

Tres balas de malicia narrativa




















Constructor de pequeños y divertidos infiernos existenciales, Daniel Lomas (Torreón, Coahuila, 1978) confirma en Tres balas de juguete lo que ya había anunciado en Morena de mar, novela publicada en 2013: que su narrativa reúne las características necesarias para ser considerada apreciable y siempre bienvenida. Al leer lo que ofrece en su nuevo libro no puedo menos que celebrarlo, pues he pasado dos o tres horas de lectura verdaderamente gozosas, de ésas que uno sabe de antemano perdurables en la memoria. Precisamente es eso, el regusto que deja en la mente y el corazón, lo más apreciable en el hacer ficcional de Lomas. Es como si escribiera no sólo para que lo disfrutemos en el presente de la lectura, sino para que gracias al recuerdo volvamos más delante a ver sus situaciones, sus pequeños y divertidos infiernos existenciales.
Tres balas de juguete contiene tres piezas narrativas de muy diferente extensión: la primera es casi una novela corta, la segunda es un cuento más ubicable en la ortodoxia del género y la tercera es un microrrelato descarado y juguetón. En este sentido el libro se va achicando conforme avanzamos sobre él. La que no se va achicando, sino que se sostiene pareja, es la buena calidad se las peripecias que fueron derramadas en estas narraciones, todas escritas con la prosa envolvente, por su alta dosis de poesía, que Lomas ha encontrado ya como timbre de su hacer.
Quiero enfatizar esto: ¿por qué me gustan tanto los relatos de este joven, todavía joven y por ello prometedor prosista lagunero? En realidad encuentro muy redondo su trabajo, pero quizá sea hora de revelarme este misterio. Creo que los relatos de Lomas me son muy disfrutables por su tono, esa mezcla de fino humor espolvoreado sobre el platillo de la desdicha en la que siempre están inmiscuidos sus personajes. Reitero la palabra fino, ya que al trabajar en la literatura es peligroso ser, o pretender ser, humorístico, cómico, chistoso. Lo más común en muchos narradores sin este timbre, pero obsesionados por hacerse los desenfadados, es que no logren el efecto, que lejos de hacer reír sus relatos se conviertan en un patético desfile de intentos fallidos, de invitaciones al rechazo.
Lomas ha sabido ubicarse en la distancia justa para narrar con humor sin caer jamás en el tono del pastelazo. Es una pericia delicada, muy especial, y sólo se logra, creo, con dos recursos: uno, el natural, es decir, el talento; y dos, el artificial, es decir, la lectura, la paciente y minuciosa lectura. El también autor de Una costilla de la noche es, lo sé y se nota, un lector que ha atravesado con lupa sobre las páginas de grandes escritores, y gracias a eso y a su capacidad ahora puede darse el lujo, el muy escaso lujo, de contar la desdicha humana sin parecernos lacrimógeno, sino fresco, punzante, agudo como un dardo que siempre atina a la frase precisa, a la situación creíble y al mismo tiempo detonante de sucesivos agrados en el lector.
Destaco otro valor, acaso más sutil, en los relatos de Lomas: es la aplicación de una laca existencial, muy delgada, casi invisible pero al mismo tiempo necesaria para impregnar sus historias de densidad humana. Mientras lo habitual ahora es el regodeo desestetizado en la inmoralidad, en el descreimiento total de cualquier mínimo valor humano, Lomas pone en marcha un mecanismo narrativo en el que sus personajes viven vidas viscosas y sin embargo se preguntan permanentemente, con dudas, con vacilaciones, si actúan correcta o incorrectamente, como lo hace cualquier o casi cualquier ser humano. En “Química de un desliz”, por ejemplo, el personaje narrador navega permanentemente en la incertidumbre, jamás sabe si hizo o no hizo bien al describir a su amigo la escenita de pasión que inicia el relato. Igualmente, el personaje engañado queda prácticamente fuera de su zona de seguridad cuando recibe la noticia del desliz perpetrado por su esposa. Ella, por su parte, también vacila, queda a medio camino entre la duda y la certidumbre, aunque al final también jala hacia la zona de confort que representa mantener el matrimonio y de hecho reforzarlo con signos sobreactuados de solidez.
Igual ocurre en “Viaje al Éxxxtasis”, cuento verdaderamente antológico porque en verdad se trata de un viaje redondo. No al extranjero, no sofisticado ni glamoroso, sino sobre la ciudad mil veces recorrida por el taxista-narrador. El relato pormenoriza, con el taxi en marcha, una vieja andanza del chafirete contada a un cliente fuereño. Es una aventura entre las muchas que le acontecen trepado en ese jale siempre lleno de maromas generalmente enturbiadas por la noche. A bordo de su poderoso, el taxista-narrador cuenta que una vez recogió (no nos adelantemos albureramente con el uso de este verbo) a una clienta madura. Ella salió de un canta-bar y le hizo la señal de parada. Luego de llorar, de desmoronarse en el retrovisor, el taxista es enterado de que la relación entre la clienta y su marido acaba de llegar al extremo de la desavenencia, y es entonces donde, con filosofía ad hoc de Marco Antonio Solís, pero convincente, va moldeando sin querer la voluntad de la señora. Una historia “B”,  no evidente y paralela, al mejor estilo del cuento clásico, se desliza mientras transcurre el viaje, de suerte que al final del recorrido hay un mazazo para el lector, se cierra el viaje de manera absolutamente sorpresiva y satisfactoria.
El último texto es la inauguración de Lomas en la micronarrativa, pues sólo cuenta con dos dinosáuricos renglones. Se trata de una agradecible insolencia, de un no tomarse tan en serio, pues ese minúsculo relato es el que insinúa el título del libro, además de que confirma que el amor contrariado no siempre lleva al abismo, que por él muchas veces nos suicidamos (como en los tres cuentos que aquí son tres homenajes al despecho) con balas de juguete.
Celebro la aparición de estos relatos porque en ellos queda bien remachada mi certeza (ésta sí sólida, nada titubeante) de que Daniel Lomas tiene abierta una autopista sin casetas de cuota, valga la metáfora automotriz, hacia el destino que él elija como narrador.

sábado, diciembre 13, 2014

El carpetazo viviente














Desde los primeros de octubre, hace ya dos meses y medio, la irritación social persiste emblemáticamente en el tag #TodosSomosAyotzinapa sin que se avizore una respuesta sensata y justa al estropicio que lo detonó. Antes bien, el primer intento oficial fue darle carpetazo para que Peña Nieto viajara en paz a China y Australia. Pero esta vez no ha sido posible sofocar el fuego de la inconformidad popular con las salidas tradicionales, al grado de que no ha habido semana sin noticias intensas sobre el tema. Ésta, por ejemplo, nos mostró las agallas del jovencito que en un gesto de valor y claridad colocó la bandera/protesta de millones de mexicanos; su breve solicitud (“Malala, please, México”) y su presencia en la entrega del Nobel de la Paz le dieron la vuelta al mundo con más fuerza que una marcha.
Asimismo, para atizar más el horno, se reveló que Luis Videgaray también ha recibido el cariño del Grupo Higa, lo que impulsó de nuevo hacia los primeros peldaños de la popularidad el nunca suficientemente aclarado tema del conflicto de interés que este gobierno ha lucido como si fuera una medalla.
La semana trajo además un mentís al carpetazo de Murillo Karam, un cuestionamiento severo hacia todas las “certezas” que quedaron sobre la mesa luego de que el cansino fiscal emitió la primera versión de los hechos. Me refiero a la investigación presentada por el doctor Jorge Antonio Montemayor Aldrete, investigador titular del Instituto de Física de la UNAM, y por Pablo Ugalde Vélez, maestro en Ciencias de Materiales y profesor investigador de la UAM Atzcapotzalco. Lo más valioso que aportaron ambos estudiosos no está tanto en las respuestas, sino en las preguntas, es decir, en la construcción de muchas hipótesis que hoy permiten entender esta verdad: que lejos de estar cerrado, el caso está más abierto que nunca, de ahí que me atreva a denominarlo “carpetazo viviente”.
La investigación encabezada por ambos expertos indagó sobre todo en las posibilidades de la combustión y la capacidad incineratoria. Mientras en la versión oficial fue fácil hablar de cremación masiva, en la de los investigadores hay una explicación científica. Si bien las palabras de Murillo Karam desataron el escepticismo de cualquiera, que todos nos preguntáramos, baste este ejemplo, por la columna de humo que nadie vio o por los grados de calor necesarios para convertir cuerpos en cenizas, no teníamos hasta ahora una opinión fundamentada, científica, sobre las posibilidades de cierto material combustible antes y después de ser usado.
El amplio reportaje de Shaila Rosagel (mi amiga, dicho sea de paso) publicado en el portal de SinEmbargo es elocuente desde su título: “Cocula: la versión del gobierno hace agua”. Y la hace porque la ciencia ha confrontado la palabrería elusiva. Ahora bien, como toda la presunta escena del crimen fue inaccesible y no hubo peritos ajenos a la oficialidad, el trabajo de los analistas, luego de explicar la enorme cantidad de madera y llantas necesaria para una incineración de tal tamaño, plantea preguntas a partir de la versión oficial: ¿quién arrimó las 33 toneladas de troncos y las 995 llantas para hacer la hoguera?, “¿Por qué no están quemadas las ramas de los árboles del perímetro del fondo de la barranca? ¿Por qué no se observan las rocas que según los acusados fueron utilizadas para hacer un círculo que encerrara el material a quemar? ¿Por qué no existen rocas en las cercanías que hayan sido rotas bajo el efecto de choques térmicos característicos de incendios prolongados a altas temperaturas durante los cuales escurren fluidos?”.
Como éstas, muchas otras preguntas se desprenden del informe Montemayor-Ugalde. Son pues demasiadas dudas, demasiadas hipótesis, y nula voluntad del gobierno para aclararlas.

miércoles, diciembre 10, 2014

No es broma














Recuerdo la broma que hacía un amigo cada vez que hablaba sobre los puntos en los que se reúne la fauna política de La Laguna (aunque la ocurrencia puede servir para cualquier otra región del país). Al referirse al restaurante favorito para el ejercicio de la grilla en nuestra comunidad, decía: “¿Te imaginas como cuántas cadenas perpetuas se pueden sumar cuando está lleno ese negocio?” Tras la pregunta venía la risa, y tras la risa la sensación de que no es descabellado preguntarse cuántos años de cárcel no se han cumplido en México por culpa de la impunidad.
Porque lejos de castigar, en México el sistema está diseñado para favorecer, para premiar, para perdonar todo a aquellos que por una combinación de suerte, destreza y malas artes llegan a la cúspide. Ya allí, los beneficiarios del poder se tornan intocables aunque se difundan las evidencias de sus fechorías. Para que caigan es necesario descender a la absoluta desgracia, que los astros queden alineados parejamente, es decir, que los grupos políticos, los empresariales y los mediáticos apunten en una misma dirección. Si eso no sucede, es humanamente imposible castigar al delincuente con poder.
Ejemplo de peso completo en esta materia es Carlos Romero Deschamps, líder del Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana. Nada le ha movido un pelo pese a ser paradigma de la estulticia política que padece este país. En nota reciente de Patricia Muñoz Ríos (La Jornada, 8 de diciembre) se enumera la ristra de desmanes perpetrados por este figurón de la mexicana alegría, el mandamás con “el mayor número [en México] de averiguaciones previas, órdenes de aprehensión y de presentación giradas por jueces, así como demandas laborales y civiles”.
Lo pasmoso del caso es el desenfado con el que se mueve este sujeto, la felicidad que le ha de provocar el grado de inofensividad que contra él tienen “las instituciones” y los medios. Pues sí, mientras sus aliados en el poder político, los empresarios y los medios no se alineen en su contra, él, como muchos, puede hacer y deshacer sin el menor escrúpulo, más si el país vive convulsionado en otros contextos, como pasa ahora. Nada mejor para esta fauna que toda la atención se centre en Peña Nieto y en Ayotzinapa, pues así desaparecen ellos del escenario y la polémica.
“Tiene averiguaciones previas abiertas en 1995, 1996, 1999, y del 2001 a la fecha, seguidas tanto por la Procuraduría General de la República, como por la General de Justicia del Distrito Federal. En algunas se involucra la Secretaría de la Controloría y Desarrollo Administrativo (Secodam) y en otras, incluso, a la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos Electorales (Fepade), pues se acusó al dirigente de apoyar campañas políticas con recursos del sindicato”, dice la nota sobre el cabecilla petrolero, y por ese tenor continúa: averiguaciones, acusaciones, litigios, una cascada de emprendimientos judiciales que no ha servido ni para pellizcarle un milímetro cuadrado de pellejo.
Pero el problema no es, aunque suene horrible, Romero Deschamps como caso particular, sino el hecho de que es uno entre decenas de “figuras” públicas que en diferentes niveles se han enriquecido sin coto visible y sin sombra de fiscalización y castigo. Amparados, muchos, por fueros oficiales o extraoficiales —que para el caso son lo mismo—, no cesan de hacer política a la manera tradicional mexicana, es decir, sirviéndose con la cuchara más grande posible, con pala incluso.
Tras leer el acordeón de fechorías imputado a Romero Deschamps se hace obvio que el conflicto de interés exhibido en la increíble y triste historia de Peña Nieto y su esposa sobreactuada no tendrá jamás alguna consecuencia que vaya más allá del escarnio. Para los intocables, como les llamó Jorge Zepeda alguna vez, fue y será siempre más que suficiente una explicación de palabra salida de las vocerías, así que no se detendrán a seguir con las aclaraciones.
La ley aquí es, subrayo, simple: para que alguien caiga en desgracia deben alinearse hacia él, en esa sola dirección, lo tres ejes del poder: la política, el capital y los medios. Si alguno no entra, la impunidad queda garantizada y la broma de mi amigo sigue en pie, indestructible.

sábado, diciembre 06, 2014

Eduardo Anguita en México















Eduardo Anguita, periodista argentino, estuvo en México para participar en la FIL de Guadalajara. Tuve la suerte de conversar con él y ver su interés por adentrar su mirada del sur en nuestra realidad del norte. La charla le permitió, según me dijo, precisar algunas ideas sobre la coyuntura mexicana. Unas horas después envió un artículo a su patria y me lo compartió vía mail ("México y sus 43 desaparecidos"). Por tratarse de una visión foránea y por eso interesante, creo, para nosotros, comparto el artículo completo:

El jueves pasado, cuando todavía todavía no era pública la restitución de identidad del nieto 116, hijo de Hugo Castro y Ana Rubel, nacido en la ESMA, Estela Barness de Carlotto recibía, conmovida, al padre de uno de los 43 estudiantes secuestrados en Iguala. El hombre contaba lo que era para él, un campesino con apenas segundo grado de primaria, que su hijo pudiera haber llegado a estudiar en la Escuela Normal de Ayotzinapa, donde fue secuestrado el pasado 26 de septiembre. Hugo y Ana fueron secuestrados en 1977 y también eran estudiantes. Al rato, mientras en cada actividad de la Feria Internacional del Libro se pedía la aparición con vida de los 43, la Presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo daba la noticia del 116. No se trata de un juego de números, sino de la hermandad en la tragedia, de las formas más dignas de resistencia, del grito más íntimo de quien sufre como padre o abuela la política criminal de Estado de negar el derecho básico a saber dónde está una persona.
No es un juego de números, pero los números indican que la democracia formal y republicana puede hacer que la muerte sea un lugar común. El sexenio de Felipe Calderón (2006-2012) llevó, según la mayoría de los defensores de los derechos humanos, a que unos 80.000 mexicanos cayeran bajo las balas de carteles de la droga o de la represión de las fuerzas de seguridad. En los dos años que cumplió días pasados al frente del Ejecutivo Enrique Peña Nieto, los muertos en esas circunstancias serían 20.000. Y hay muchos mitos alrededor de esto. Uno es que la violencia no está circunscripta a Ciudad Juárez y otras zonas fronterizas con los Estados Unidos. El Estado de Guerrero, que está en el centro del país y donde fueron secuestrados los 43, tiene una fiscalía especial para radicar denuncias sobre desaparecidos. Porque allí, una región donde en los setentas hubo una guerrilla indomable, quedó la costumbre de hacer desaparecer los rastros de las víctimas. Lucio Cabañas, líder de aquellas luchas, había estudiado en la Escuela Normal de Ayotzinapa. Dos de los chicos secuestrados, según se supo días pasados, son familiares directos de Cabañas. El jueves pasado, Peña Nieto viajó a Acapulco, lugar emblemático del turismo rico, cerca de Iguala, el lugar donde se produjo el asesinato de seis estudiantes y el secuestro de 43. El presidente, antes, ordenó un impresionante dispositivo militar y policial en Guerrero, Michoacán, Morelos y Edomex, cuatro estados cercanos a la capital mexicana. El operativo se llama Tierra Caliente y está destinado a garantizar la circulación de las carreteras y la seguridad de los destinos turísticos. Es la clásica respuesta de militarizar la sociedad sembrando un sentimiento confuso de control, que no se sabe si puede afectar a los carteles mafiosos o a los que piden por la aparición con vida de los desaparecidos. En los fundamentos del operativo Tierra Caliente no hay mención alguna al tema de fondo: ¿Dónde están los 43 estudiantes normalistas?

Desaparecer de los medios
La clase política mexicana vive un terremoto. Lo único cierto es que, esta vez, la sociedad reaccionó ante la barbarie. Desde el 26 de septiembre se producen cientos de actos y manifestaciones en todo el país, extensivos a la gran comunidad azteca en los Estados Unidos. Dado que tanto el alcalde de Iguala como el gobernador de Guerrero, responsables directos de la desaparición de los estudiantes, forman parte del opositor Partido de la Revolución Democrática (PRD), con el correr de las semanas se produjo la renuncia del máximo líder de esa fuerza, Cuauhtémoc Cárdenas. Es decir, la evidente pertenencia del alcalde Iguala, José Luis Abarca, actualmente detenido, con el narcotráfico y el secuestro de los normalistas, dejó al PRD sin argumentos para presentarse como una fuerza moralmente capaz de ser alternativa.
En cuanto al gobierno federal, es preciso reparar en que a dos semanas del secuestro de los estudiantes, el procurador general Jesús Morillo Karam fue la cara visible de un gran operativo mediático que daba por cerrado el caso. Un montaje burdo de tres arrepentidos mostrados ante las cámaras daba la versión oficial: los policías y los guerreros unidos (cara legal e ilegal del aparato montado en Iguala como en muchos otros distritos) habrían matado, calcinado y enterrado a los normalistas. La urgencia de Karam era que Peña Nieto no quería cancelar su viaje a China y Australia. La desmentida llegó días después de la mano del Equipo de Antropología Forense. Es decir, del grupo de argentinos expertos convocados como peritos de parte por los familiares de los estudiantes. De todos los restos óseos analizados, ninguno coincidía con el ADN de los estudiantes. Pero el despliegue mediático había sido montado cuando Karam dio su versión. Las protestas crecen pero el gobierno y su blindaje mediático, basado en el monopolio de Televisa del clan Azcárraga, apuntan a que con el correr de las semanas se desvanezcan sin que nada salga a luz. La información con otras fuentes circula por pocos medios de impacto masivo y son básicamente el diario La Jornada y CNN, cuya corresponsal jefe es Carmen Aristegui, una periodista de mucho prestigio, con presencia también en radio y en prensa gráfica. La pelea de la CNN con Televisa es histórica y posiciona a esa cadena norteamericana como una voz confiable contra la corrupción política. Un equilibrio solo posible por la presencia de Aristegui. Para ver cómo funcionan los medios en un país donde nunca se dio un golpe de Estado pero la clase política está contaminada de vínculos con los negocios del narco, basta ver que Telesur está prohibido en todas las cadenas de televisión paga. No es censura: es la libertad de empresa. Solo se la puede ver por internet. 
Demasiado lejos de Dios y demasiado cerca de los Estados Unidos, dicen aquí quienes no se resignan a naturalizar la barbarie. Es difícil para el extranjero entender cómo es México. Un país que creció en base al petróleo y que este año dio un paso hacia la entrega de las poderosas riquezas hidrocarburíferas a manos de las transnacionales al iniciar el proceso de privatización periférica de Pemex. Justo en un momento en el que el precio del barril de petróleo se desploma y con eso se pone en riesgo la principal fuente de divisas (legales). La otra, muestra el México lindante con el imperio: la segunda fuente de dólares son las remesas de los millones de trabajadores legales e ilegales que son mano de obra barata en Estados Unidos. Los mexicanos dan muestra de una hospitalidad y un orgullo patriótico increíbles. Tienen una vida cultural colorida, vivaz, alegre. Sin embargo, hay un manto de silencio sobre la violencia estatal que permitió naturalizar estos cien mil muertos ocurridos en menos de una década. El libro institucional de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, donde se presentan las voces más comprometidas por el cambio social, no tiene empacho en referirse a la masacre de Tlatelolco de 1968 como el trágico enfrentamiento entre policías y estudiantes, cuando se trató de una emboscada masiva por parte de los uniformados, orquestada desde el gobierno cuando Luis Echeverría era secretario de Gobernación. Luego, en 1970, fue electo presidente y tuvo un rol activo en dar asilo a miles de argentinos que huían de la represión en Argentina, en Chile o Uruguay. Es decir, sudamericanos militantes que, de haber estado en aquella plaza de las Tres Culturas, hubieran caído bajo las balas policiales. Ese México es el de un acendrado machismo: el jueves por la noche, cuatro argentinas que volvían de la Feria del Libro subieron por la noche a un taxi y pretendieron discutir el precio del viaje: el chofer, sin vueltas, arrancó y les dijo que no abrieran la boca hasta llegar al hotel, que no estaba dispuesto a que unas mujeres le hablaran en ese tono. El temor a un lugar desconocido hizo que la consigna del taxista fuera cumplida a rajatabla. El colorido de la cultura convive con la cultura de la imposición. Mande, es la primera voz que surge de cualquier empleado que cumple funciones en áreas de servicio. Esa aparente docilidad está acompañada de la militarización de miles y miles de jóvenes que se incorporan a agencias policiales. Un spot que grafica esto se ve cada rato en la televisión de Guadalajara (capital del Estado Jalisco): Únete a la Fuerza Única Jalisco, tu fuerza puede ser nuestra fuerza. Tanques, helicópteros, ametralladoras antiaéreas y hombres vestidos de negro armados hasta los dientes convocan a sumarse a la policía estatal, una de las tantísimas agencias estatales que circulan por los laberintos de un país convulsionado por el dolor.

miércoles, diciembre 03, 2014

Años y años de malaria














Junto con la información de coyuntura he leído en estos días, un poco por obligación y otro tanto por gusto, algunos ensayos que me han servido para reafirmar la certeza de que el presente convulso es consecuencia más que obvia de un pasado henchido de malos y sistemáticos resultados en las administraciones federales. ¿En qué momento comenzó a joderse no el Perú de Vargas Llosa sino el México de Paz?
La pregunta exige un corte temporal, porque de no ser así terminaríamos ubicando el principio de nuestras calamidades en la Colonia. No vayamos tan lejos, pues. Ubiquemos el proceso galopante de deterioro a partir del primer gran hurto electoral de nuestra historia: el 6 de julio de 1988. En ese año, como sabemos, aceleró el apisonamiento del camino para que pasara por allí un modelo que confía ciegamente en las bondades del mercado como eje del bienestar, la receta estrella del Consenso de Washington.
La imposición sin tregua del decálogo neoliberal durante treinta años ha traido consecuencias no funestas, sino verdaderamente terroríficas. Además, con una agravante: que no son curables con algún tónico sexenal, sino que, por ser "estructurales", requieren una transformación económica y social casi epopéyica. Esto significa que cualquier cambio que en el momento presente estemos atisbando sería el primer paso, sin hipérbole, de un maratón.
Veamos. En su columna de ayer, Carlos Fernández-Vega hace un resumen tenebroso del país que tenemos y ofrece muchos datos que nos ponen en perspectiva: "Para el año próximo a estrenar la oferta gubernamental es la de crecer 3.7 por ciento, ligeramente menor a la promesa inicial para 2014. Aun así, ya reformado todo y en el lejano caso de que esa estimación oficial se convierta en realidad, el promedio anual de crecimiento económico durante la primera mitad del actual gobierno sería de 2.2 por ciento, es decir, lo mismo que a lo largo de las últimas tres décadas, algo que, dicho sea de paso, desde entonces mantiene al país en la lona".
Ese nulo crecimiento, o dicho de otra manera, ese decrecimiento económico ha corroído la vida nacional hasta arraigarse estructuralmente, como si fuera el hueso de la realidad. Los programas sociales (aquí los datos son pavorosos) simplemente no han paliado nada y sólo han sido operados con un sentido residual y clienteler. En educación estamos rankeados en sitios cada vez menos halagüeños, y el deterioro del sistema de salud ha convertido este bien social en un sueño remoto de bienestar. Y ya para qué seguirle.
Así como treinta años de involución no pueden ser anulados por un discurso o una encuesta, tampoco puede serlo lo posibilidad de salir en poco tiempo de este abismo. El primer paso, parece, ya se está dando, pero la tarea es titánica y no sólo demandará talento y ganas. También será necesario tiempo, mucho tiempo, tanto como el que dejamos pasar haciéndonos los resistentes. Sacudirse la malaria, como llaman en el argot del futbol a las malas rachas que se eternizan, no es asunto de amanecer con el pie derecho y ya. Al contrario, hay que reconstruirlo todo y empezar, empezar en algún momento.

sábado, noviembre 29, 2014

Blablablá al alto vacío














En “El atroz redentor Lazarus Morell”, una de las estampas que componen la Historia universal de la infamia (1936), de Borges, hay un pasaje que jamás he olvidado desde que lo leí por primera vez, hace 25 años. Se refiere a la habilidad oratoria del protagonista, el señor Morell. Escribe Borges: “No desconocía las Escrituras y predicaba con singular convicción. ‘Yo lo vi a Lazarus Morell en el púlpito —anota el dueño de una casa de juego en Baton Rouge, Luisiana—, y escuché sus palabras edificantes y vi las lágrimas acudir a sus ojos. Yo sabía que era un adúltero, un ladrón de negros y un asesino en la faz del Señor, pero también mis ojos lloraron’”.
Así sea mediante la exquisita sorna borgeseana, lo que podemos ver aquí es la importancia de la oratoria y del carisma a la hora de persuadir o de conmover mediante la palabra. Maquiavélicamente hablando, un hombre que trabaja para la cosa pública y tiene la obligación de dirigirse a las masas debe acusar ciertas facultades, imponer con su forma discursiva el fondo, sus ideas.
Cierto que hace rato no contamos con presidentes persuasivos (¿los hemos tenido alguna vez?). Fox fue el último que logró, pese a su estilo deshilachado y sólo cuando se encontraba en la cresta de su popularidad (2000-2001), arrancar un poco de convencida emoción al respetable público. Pero su “espontaneidad” era más bien limitación, falta total de miras, improvisación, y ya sabemos en qué terminó su tragicómico periodo.
Cuando Peña Nieto comenzó su campaña todos notamos algo extraño, algo que Juan Villoro definió mejor que nadie y de botepronto: que era una especie de robot, alguien que desde su cascarón de figurín repite y repite y repite frases, frases enderezadas por un equipo que por más lucha que imprima, por más énfasis que redacte en el teleprompter (“Todos somos Ayotzinapa… Todos somos Ayotzinapa… Todos somos Ayotzinapa…”) no logra que el sujeto reproductor comunique alguna módica emoción.
Una buena parte del déficit de credibilidad que hoy padece EPN radica por supuesto en el pasado, en los gobernantes que sin medida ni clemencia han usado las mismas fórmulas, los mismos ademanes y más o menos el mismo estilo (roto un poco por Fox y sus ya señalados atrabancamientos), pero también es cierto que el mexiquense es el enemigo número uno de sí mismo. Al desgaste del discurso en clave de cambio y promesa debemos sumar sus limitaciones: falta notable de instrucción e incapacidad casi ejemplar para transmitir alguna emoción mínimamente cálida al ciudadano que lo escucha.
Esta, aunque parezca superficial, no es una incapacidad menor. El jueves se requería una conjunción vigorosa de fondo y forma, pero estoy seguro de que la mayoría esperaba confirmar sus expectativas: el fondo fue una ristra de rectificaciones al vapor y sin átomo de autocrítica, y la forma un personaje bien acicalado, de peinado exacto, con voz engolada y gélida, de orador que no ve al pueblo de frente (ni siquiera en televisión) porque está muy concentrado en leer bien el paso de las palabras sobre el teleprompter.
EPN se encuentra pues en una situación no grave, sino gravísima al concluir el primer tercio de este sexenio: nadie le cree. El espectáculo mal librado de las casas angelicales y del tren México-Querétaro, sumado a las dudas sembradas por Murillo Karam y demás turbulencias, han apuntalado la sensación de que el único camino para el ciudadano es el de la incredulidad, el escepticismo, la desconfianza y el consecuente rechazo.
Esto lo saben allá arriba, de ahí los movimientos ajedrecísticos en la sombra, la represión hoy por goteo, pero en peligro de arreciar.

miércoles, noviembre 26, 2014

Palabras muertas




















Quizá la primera gran víctima del Estado mafioso (“Etat-mafia”, como se dice en francés) fue su discurso. A diferencia de lo que ocurría en otras etapas nada lejanas, la demagogia, el triunfalismo y la supuesta claridad de miras han cedido su lugar al repentino silencio o al balbuceo. Los personajes destacados de nuestra política pasaron de golpe a darse cuenta de una realidad inédita: se acabaron las palabras que durante muchas décadas fueron útiles para mantener las apariencias en el terreno ideológico. Frente a los hechos ya incontrovertibles, frente a la descomposición ya puesta sobre la mesa como bufet bien surtido de atrocidades, la llamada "clase política" del país ha quedado súbitamente muda.
¿Y qué otra opción le quedaba? Asombrosamente, ninguna. Hablar, escribir en esta coyuntura se convirtió en garantía de derrota al menos en el plano de lo simbólico. Nuestros politicastros, en contra de su natural dicharachero y prometedor, hoy mantienen una actitud de contención verbal que pasma a quienes siempre vimos sus despliegues retóricos a todo trapo, impúdicos. Ahora, pues, observan un inevitable silencio, les cayó un extraño veinte, casi como si tuvieran la certeza de que callados, a lo mucho, les alcanza para el empate.
El ejemplo mayor de esta renuncia discursiva es el de Peña Nieto. Nunca fue ni será un hombre de ideas claras y discursivamente bien articuladas, pues para serlo a un grado decoroso es necesario haber pasado por alguna escuela y/o algunos libros, pero al menos tuvo, antes del momento actual, la confianza para soltar frases redactadas por su equipo cuyo utópico fin era convencernos de que, más allá de que dijera o no la verdad, tenía algo qué enunciar sobre tal o cual suceso o actividad relacionada con su investidura. La combinación de Ayitzonapa y la casa turbia aplacaron su presencia oral y escrita, y junto con la suya quedaron asordinadas las voces de secretarios, diputados, senadores, gobernadores, alcaldes y toda una caterva de funcionarios que de la noche a la mañana perdió la capacidad de comunicar siquiera embustes.
Si observamos la cuenta de tuiter manejada (aunque sólo sea en términos meramente nominales) por EPN, advertiremos varias rarezas. La primera, que por allá del 24 y 25 de septiembre todo marchaba normalmente. Sus tuits consignaron participación en cumbres de mandatarios, atención a damnificados por fenómenos meteorológicos y demagogia miscelánea. Sobre el caso de Tlatlaya no escribió ni una coma, como si fuera peccata minuta. Luego, entre el 26 de septiembre y el 5 de octubre, cuando ya varios periódicos colocaban en sus primeras planas la aberración de Iguala, EPN no dijo nada. Sobre este espinoso asunto, el mexiquense apareció ¡hasta el 6 de octubre! con el siguiente tuit: “Ante los lamentables hechos de violencia en Iguala, Guerrero, instruí al gabinete de seguridad del @GobRep esclarecer el acontecimiento”. Luego vinieron, salteados, varios comentarios más intercalados con referencias a su actividad diaria hasta que el 7 de noviembre escribió esto: “A los padres de familia de los jóvenes desaparecidos, y a todos los mexicanos, tienen mi palabra: no pararemos hasta que se haga justicia”. Después, con México ardiendo de inquietud por Ayotzinapa y por la casa de Las Lomas, tuvo casi dos semanas sin decir ni pío, como si le hubieran comido la lengua los acontecimientos.
Tiene 3.28 millones de seguidores en tuiter, una cantidad envidiable para persuadir o al menos intentarlo. ¿Por qué no tuitea, como antes, aunque sea las patrañas de siempre? Esto revela lo que digo: el desgaste semántico terminal al que llegó la retórica del poder, su desguazamiento ante el peso de la realidad.
Por obligación y convicción, para hacer justicia y lograr un México en Paz, actuaremos con decisión y firmeza contra el crimen organizado”, fue uno de sus últimos tuits. Como podemos leer, son palabras nomás, palabras muertas.

domingo, noviembre 23, 2014

Más allá de las marchas














Luego de la marcha del 20 de noviembre es posible sacar algunas conclusiones pertinentes sobre la cobertura mediática que recibió y, principalmente, sobre la metodología de las protestas que vienen.
La marcha ha sido desde hace muchos años el medio de expresión más recurrente del descontento social. Suele tener como desenlace un mitin, a veces plantones e incluso asambleas, y sin duda representa una demostración de crítica que, más allá de las consignas específicas, pesa por sí misma sobre todo cuando en efecto convoca multitudes.
Pero junto con sus bondades, las marchas tienen también limitaciones. La principal es que pueden llegar a ser molestas para el ciudadano no sumado a ellas. Este fleco ha sido explotado por los medios adictos al poder para desacreditar el reclamo, como cuando elaboran “sondeos” callejeros que con una edición simple, ad hoc, dejan ver "claramente" que las manifestaciones obstruyen el libre tránsito y por ello se convierten en una “pesadilla”.
Una desventaja más de las marchas es su desgaste. Para que en realidad tengan un alto poder de convocatoria, las marchas, como la del 20 pasado, requieren una bandera poderosa, un punto de acuerdo fuerte, una idea-símbolo que aglutine el malestar y mueva a la manifestación. Pero aún en estos casos se puede dar el cansancio, el desgaste. Dado que en la naturaleza de ciertas marchas la convocatoria es abierta, acuden a ellas lo mismo sectores muy politizados que otros no tanto, de manera que la convocatoria a muchas marchas seguidas corre el albur de terminar en el desdén de quienes en un primer impulso se acercan al reclamo con convicción, pero sin ideas políticas arraigadas.
Otro problema de las marchas radica, y aquí esto es muy visible, en lo fácil que es "reventarlas" con infiltrados. El juego es, por supuesto, perverso, y se atiene a la lógica más elemental del aparato represivo: si las marchas derivan en violencia, en vandalismo, el Estado hará uso "legitimo" de la fuerza. Por más fotos que sean hoy mostradas con el antes (sobre camiones verde olivo) y el después (lanzando bombas molotov) de los infiltrados, poco se logra, pues la pinza para evidenciar el "vandalismo" de quienes marchan es cerrada por los medios adictos al poder. En la marcha del 20 esto fue obvio: asistieron miles de manifestantes pacíficos de todas las edades, incluso niños y ancianos, pero en ciertos medios no dejaron de destacar las imágenes de los "anarcos" y su encontronazo “inevitable” con el cuerpo de granaderos.
Asimismo, tras revisar en internet la prensa fuereña uno puede ver claramente que a ella le son más atractivas las imágenes de los disturbios focalizados en unos cuantos puntos que las de los miles de marchistas pacíficos, de manera que en el extranjero queda enturbiada, infectada por el vandalismo real o ficticio, la idea de protesta pacífica.
Si a todo esto añadimos el componente del castigo a los "revoltosos", la criminalización anticonstitucional de la protesta social con el argumento de la “desestabilización”, es fácil deducir que el recurso de la marcha está en permanente riesgo. Ayer mismo, de golpe, algunos detenidos en la marcha del 20 fueron acusados de “terrorismo” y llevados a cárceles de máxima seguridad, todo como obvio, dibujado, mensaje inhibitorio para futuros manifestantes. Ya muchos opinólogos en concierto, con una inquietud sospechosamente preocupada, habían escrito sobre la posibilidad de que apareciera la represión, y no se “equivocaron”.
Lo anterior mueve a pensar en la necesidad de articular la protesta con esquemas nuevos, creativos, no tan fácilmente saboteables. No sé cuáles pueden ser, pero intuyo que las marchas tienen puntos demasiado vulnerables y por ello un usufructo político limitado. Pueden seguir, claro, pero deben ser acompañadas por otras formas de lucha cívica. Y aquí es donde la creatividad debe aparecer, manifestarse y expresar con vigor el reclamo de los miles y miles de agraviados e inconformes.

sábado, noviembre 22, 2014

Clamor con eco global














En julio de 2010 publiqué aquí uno de los muchos textos editoriales que en esta columna se han referido, con o sin estilo elíptico, al problema de la violencia en La Laguna o en México. Llevaba como título “Madrugada internacional” y, como todo lo que aparece con mi firma en estas páginas, está archivado y visible en el blog Ruta Norte Laguna desde 2006 a la fecha. En aquel texto, recuerdo, hice notar con un  recurso sencillo que por fin la violencia lagunera era nota no sólo local, pues la información sobre la matanza de la Quinta Italia Inn, una de las más brutales que han sacudido nuestras vidas, apareció en periódicos de todo el planeta.
Mi preocupación en aquel momento, también documentada en varios textos de esta columna, era que la violencia padecida por los laguneros no trascendía informativamente los cerros grises y pelones de nuestra región, que aquí era posible matar por puños y apenas aparecía algo, una arrinconada notita, en los periódicos de la capital. Luego de algún crimen multitudinario, como acto casi reflejo yo hurgaba durante las mañanas en El Universal, La Jornada, Excélsior, Reforma y Milenio, y lamentablemente no sentía el mismo eco periodístico que sí tenían ciudades igualmente violentadas como Juárez, Tijuana, Culiacán, Reynosa, Laredo y demás. Mi pregunta era obvia, y la hice: ¿por qué si en La Laguna caen acribillados por decenas no hay una cobertura periodística nacional? ¿Qué no tenemos la misma importancia que otras regiones del mapa mexicano? Mi inquietud, obvio, no tenía que ver con el ansia de glamour, sino con la urgencia de que muchos ojos del exterior vieran el infierno en el que vivíamos y quizá lo denunciaran.
Pero ocurrió la masacre de la Quinta Italia Inn, recordamos, y fue entonces cuando no sólo pasamos a ocupar las primeras planas de los diarios nacionales, sino de decenas de periódicos y portales de internet en todo el mundo. Pude comprobarlo con el traductor de Google: La Laguna era noticia internacional, por fin veían nuestro calvario más allá de Bermejillo y León Guzmán. Así, armé  mi columna con la transcripción de los primeros párrafos de notas publicadas en diferentes idiomas. Por ejemplo, en italiano decía así (con todo y el error, que no debería serlo ya, sobre la capital de Coahuila): “Diciassette morti e una ventina di feriti. Questo il bilancio drammatico dell'ennesimo fine settimana di sangue in Messico. Dove un commando armato ha fatto irruzione in un centro residenziale dove era in corso una festa alla quale partecipavano tutti giovani fra i venti e i trent'anni. Teatro della strage Torreon, capitale dello Stato di Coahuila, una zona a ridosso della frontiera con il Texas. Il bilancio potrebbe aggravarsi, poiché alcuni dei ragazzi feriti, condotto negli ospedali della zona, sarebbero in condizioni molto critiche”.
El jueves 20 de noviembre de 2014, lo vimos todos salvo quienes habitualmente no ven esto, decenas de medios de comunicación en el mundo fueron testigos del clamor que hasta la fecha, creo, es el más sonoro entre todos los que alguna vez han jalado la atención del planeta hacia nuestro país. Esto es importante, insisto, no por caché geopolítico, sino porque da fe internacional de que se ha manifestado una inquietud generalizada y legítima entre los mexicanos, lo que a su vez posibilita la presencia de organismos y más medios foráneos que puedan luego exhibir las condiciones en las que se mata, se ejerce la justicia y se distribuye la riqueza en nuestro país.
Por último y a propósito del 20-11, un diario alemán comienza su nota del 21 con estas palabras: “Tausende gingen aus Solidarität auf die Straße”, lo que en el romance del traductor Google significa “Miles de personas salieron a las calles en solidaridad”.