sábado, septiembre 15, 2018

Macedonia c’est moi




















Conocí a Fabián Vique en 2007. De pelo largo y enmarañado, lentes pequeñitos y una sonrisa algo volteriana, no recuerdo quién me lo presentó en San Miguel de Tucumán, ciudad a donde ambos habíamos asistido para participar en unas jornadas de minificción organizadas por la facultad de literatura de la Universidad Nacional de Tucumán, en el noroeste argentino. En una sobremesa escuché con cierta vaguedad que a aquel sujeto lo vinculaban con Serbia, de ahí que en un principio, antes de conversar con él, le atribuí un origen balcánico. En aquellas jornadas, muy concurridas por académicos y cultores multinacionales del género, nunca pude conversar con Vique. Muy al final, casi en la despedida, se acercó a mí con una actitud amistosa y me regaló un juego de copias: “No me quedaron ejemplares del libro, pero hice esta copia para vos”. Ese gesto me pareció muy generoso, pues me tomaba en cuenta como participante de las jornadas, me individualizaba.
Las copias contenían algunas páginas del libro La vida misma y otras minificciones publicado por el Instituto Cervantes, en Belgrado, hacia el 2007, así que se trataba de una edición recién salida de la imprenta. Por modestas que fueran, esas hojas representaron el paso inicial y necesario para la configuración de una amistad que dura hasta hoy, pues gracias a otros viajes y a la tecnología sé lo que está haciendo en este momento mi querido amigo Vique, vecino de la ciudad de Morón ubicada en lo que allá conocen como “conurbano bonaerense”, es decir, las localidades que rodean a la Capital Federal.
Un año después de ocurrido lo que conté en el primer párrafo, en 2008, Vique fundó solo, con las uñas, una editorial. La llamó Macedonia, y se especializó en un género: la microficción. No desdeñó, claro, la poesía, el ensayo, el cuento y la novela, y poco a poco, con menos plata que ilusión, como dice un tango, el sello editorial fue agrandando su catálogo con títulos de autores que le ofrecieron su confianza y que no se sintieron defraudados. Hoy Macedonia es, como Ficticia en México y Micrópolis en Perú, un referente importante de la microficción latinoamericana, lo que se debe al tesón de ese tipo juguetón, irónico y talentoso que es Fabián Vique.
Macedonia acaba de cumplir una década, y como varios de sus libros me acompañan en La Laguna no quise dejar pasar el onomástico para celebrar que a veces aparecen personajes como Vique. Sin creerse nada, con las herramientas de la imaginación y el trabajo, logran hacer más por la literatura que muchas instituciones juntas. Y quien no crea que Fabián es un Quijote, que lea esta anécdota. Era 2011, estábamos en un encuentro literario en Santiago del Estero, Argentina, organizado por el escritor y también querido amigo Antonio Cruz, y Vique se repartía entre las conferencias, las lecturas y la atención a su mesa de libros a la venta. En eso llegó una señorita de la localidad y preguntó a Vique (fui testigo): “Perdone, tengo un libro y ¿cómo puedo hacer para localizar al representante, editor o gerente de Macedonia en Buenos Aires?”. La respuesta de Fabián no deja de ser verdad: “Macedonia soy yo”.
Felicidades a Vique. En efecto, editorial Macedonia es él.

miércoles, septiembre 12, 2018

Agua y caos














Ya nomás se acerca septiembre y me pongo a temblar. Lo digo por experiencia: en años anteriores no me ha tocado estar en el lugar idóneo cuando acontece la calamidad de una tormenta. El resultado de aquellas experiencias, sorprendido en la calle cuando el cielo se viene encima, ha sido ver lagunas innavegables desde el coche o aquella legendaria granizada que casi me sepulta alguna vez. En estos meses, por ello, permanezco con los focos amarillos de alerta y trato de no ser sorprendido por las lluvias que en la comarca lagunera no necesitan alcanzar el rango de diluvios para hacer estragos.
Como sabemos, la nuestra es zona de escasas lluvias. Por mucho, la mayor parte del año vemos días despejados, con sol o con estrellas, y a veces con nubes que poco después se alejan sin decir ni pío. La energía solar, dicho esto de pasada, sería en La Laguna un éxito si cuajara una política pública que emprendiera su fomento en casas, comercios, empresas e instituciones. Pero acá nos damos cuenta de que existe el sol sólo cuando queda escondido tras los nublados, lo que ocurre muy pocas veces en el año. El sol, para nosotros, es tan evidente que ya no lo vemos.
No se necesita gran cosa entonces para que La Laguna quede maltrecha por inundaciones. Pese a que en apariencia es una inmensa planicie, en la región hay zonas un poco más bajas que de manera sistemática sufren a propósito de cualquier temporal. Eso ocurrió en el arranque de septiembre: varias colonias (Zaragoza Sur, La Fuente, Residencial del Norte…), se convirtieron una vez más en rumbos inaccesibles y requirieron el apoyo de las autoridades para zafar un poco del problema. Las fotos y los videos no mienten: en algunos casos el agua alcanzó el metro de altura, lo que, por el reblandecimiento de los muros, forzó la evacuación de familias mientras se desarrollaban tareas de bombeo.
Sobre este asunto se ha insistido que el drenaje pluvial es un rubro muy mal atendido por las administraciones municipales, sin excepción. Es de esas carencias con las que ha convivido la comarca al grado casi de maldición egipcia: nuestro drenaje pluvial es lastimoso y ninguna autoridad ha lanzado proyectos que acaben de una vez por todas, o al menos mitiguen, los estropicios recurrentes que azotan a ciertas colonias. La razón está en lo caro que es tal obra pública, lo conflictivo y lento que es llevarla a buen término y, sobre todo, lo poco redituable que resulta en el plano del efectismo propagandístico. Dadas estas circunstancias, el único camino que queda a muchos laguneros es la fe en que no sobrevengan aguaceros y, si se dan, que dios los agarre confesados. Lo otro, que alguna autoridad meta mano al asunto, es pedir demasiado.

domingo, septiembre 09, 2018

Un Maradona posible















Gracias a la generosidad de un aficionado sin rostro aparece en Wikipedia la cádula biográfica de Diego A. Maradona. Abarca cuatro renglones de prosa esquemática y debajo de ellos figura un par de cuadros: “Diego A. Maradona (Lanús, Buenos Aires, Argentina, 30 de octubre de 1960). Ex futbolista profesional, mediocampista. Debutó en el equipo Argentinos Jr. Jugó además para el Valladolid, Temperley, el FAS de El Salvador y otros. Tras su retiro, ha entrenado a varios equipos”. Luego de esa información, los cuadros completan la lista de los equipos que recibieron sus servicios en la cancha y en la banca: Deportivo Azoátegui de Venezuela, Figueirense de Brasil, Blooming y Oriente Petrolero de Bolivia, Comunicaciones de Guatemala y Almirante Brown de su país, donde se retiró. Como DT, rodó en equipos de la segunda y la tercera divisiones de Argentina, Uruguay, Honduras y Ecuador. Ni el párrafo ni los cuadros establecen el número de sus partidos, ni sus goles, ni sus asistencias ni sus campeonatos. La entrada de Wikipedia carece de foto.
Más allá de estos precarios datos, sé quién es el tal Maradona porque juntos comenzamos la ilusión de jugar futbol profesional. Fue en Argentinos donde lo conocí. Yo vivía en el entorno de La Paternal, el rumbo de mi familia. Maradona llegó un poco después de que yo ingresara a las reservas; venía de un barrio llamado Fiorito, y sin duda tenía talento. Jugaba de 10, era zurdo, bajo de estatura, fuerte y veloz. Comenzó a destacar muy joven, tanto que llegó pronto al primer equipo, a los quince. Yo llegué un poco después, a mis 17, y formamos en la misma alineación durante un año; con Maradona hice una breve amistad, pues curiosamente consiguió una casa cerca del estadio y era casi mi vecino. No tuvimos una mala temporada, y por eso al final, como Argentinos necesitaba recursos, comenzaron a colocarnos en otros equipos. Yo llegué a México, al Santos Laguna, un club joven. Maradona fue el mejor fichado: se fue a Europa, al Valladolid de España, y ya no supe más de él durante varios años.
Transcurrió un año y medio, jugué con el Santos Laguna casi todo ese lapso como titular, me casé con una belleza de la aristocracia local y vino mi lesión en la rodilla. Tras la operación y el convalecimiento no quedé bien, así que decidí retirarme. Ya casado era muy difícil moverme de aquí, así que conseguí trabajo como entrenador de niños y de jóvenes en clubes recreativos y en universidades. No me fue mal, supe moverme y acomodarme, trabajé mucho. Una década después de mi lesión, hice un viaje urgente a Buenos Aires: mi padre estaba hospitalizado y su muerte se anunciaba próxima. Luego de verlo morir, pasé una semana junto a mi madre y mis hermanos, y volví a México. En Ezeiza, el día que tomé mi vuelo al Distrito Federal, me topé a Maradona. Ambos teníamos un par de horas libres antes de abordar, así que decidimos diluirlas en café y conversación.
Él viajaría también al Distrito Federal para luego tomar un vuelo a Guatemala. Seguía en activo, lo había contratado el Comunicaciones. Eso me asombró. Me contó que al llegar al Valladolid lo recibieron muy bien, y de inmediato se hizo de la titularidad. Traía ritmo, comenzaba a funcionar como él quería cuando se dio un partido contra el Atlético de Bilbao. Allí, en una jugada cualquiera, el vasco Andoni Goicochea le pulverizó el tobillo izquierdo, y aunque pudo salir adelante luego de varios meses de recuperación, ya no fue lo mismo. Valladolid lo dejó libre y desde entonces deambuló por Venezuela, Brasil, El Salvador y Bolivia hasta que lo reencontré, cerca de llegar a Guatemala. También conté mi historia, la lesión, mi retiro casi inmediato y mi vida más o menos tranquila en el norte México. Nos despedimos, cruzamos datos y la promesa de buscarnos alguna vez. Abordamos el mismo avión, pero no hubo posibilidad de viajar en asientos contiguos y al final, ya en el DF, sólo lo vi de lejos rumbo a la banda del equipaje.
Pasaron como veinte años desde aquel encuentro hasta que volví a saber de él. Una llamada extraña indicó que me marcaban desde Argentina. Contesté, como lo hago siempre que me llaman desde allá aunque el número sea desconocido. Asombrosamente, era Maradona. Dijo que había conservado mi número fijo desde la vez que nos vimos en Ezeiza, y tenía la esperanza de que yo no lo hubiera cambiado. Hablamos un ratito. Me informó que los Dorados de Sinaloa lo habían contratado como entrenador, y que pronto viajaría a la Ciudad de México. Amplió que había pedido a las autoridades del club un poco de tiempo para llegar, cinco días, y se los concedieron. En ese lapso llegaría a la capital y, como vio en el mapa que era una hora de vuelo hasta Torreón, me visitaría para que lo pusiera en antecedentes sobre la realidad del futbol mexicano. Me pareció una necedad, pero acepté.
Aterrizó dos días después, pasé por él al aeropuerto Francisco Sarabia y lo llevé a comer. Ya estaba gordo, algo descuidado. Me informó que tras su retiro había entrenado equipos en Argentina, Uruguay, Honduras y Ecuador, y que ahora seguía México. “La aventura mexicana”, dijo. Antes de llevarlo a un hotel, paseamos y conversamos por Torreón. Fuimos al centro histórico, a la alameda, al museo de Peñoles, al estadio local, donde le compré un souvenir de los Guerreros. En varios lugares no faltó, como me ocurre de vez en cuando, que algunos viejos aficionados —siempre afectuosos— del Santos Laguna me reconocieran y me pidieran fotos, selfies. Maradona veía eso con tranquilidad, cordial y distante. Incluso en tres ocasiones fue él quien manipuló las cámaras ajenas. Antes de dejarlo en el hotel para que a la mañana siguiente emprendiera su viaje a Culiacán, dijo sin verme a los ojos, mirando hacia la calle.
—Me da gusto que seas famoso y querido en este lugar, te envidio. Yo todavía sueño con aficionados que me traten así, que quieran tomarse fotos conmigo.

sábado, septiembre 08, 2018

Contra el lastre porril












Entre muchos perjuicios, uno de los beneficios que han traído las nuevas tecnologías de la información es el acopio de evidencias. Si bien la vida privada, y muy seguido hasta la íntima, se ve invadida por cámaras y micrófonos indiscretos cuyos productos luego atizan escándalos políticos y faranduleros, es indudable que la superabundancia de materiales captados sobre todo con teléfonos celulares genera pruebas que, bien usadas, rinden o pueden rendir formidables servicios a la justicia. Pongo como ejemplo las numerosas y clarísimas fotos de los porros que atacaron a estudiantes en la UNAM, documentos que no abren cancha a la duda sobre la actitud y los rostros de los agresores, de ahí que casi sea fácil dar con ellos.
No pasaba lo mismo en otros tiempos. A finales de los sesenta, traigo un caso similar que involucra a estudiantes en justa protesta, era más complicado retener en fotos la identidad de porros y reventadores. Las imágenes que tenemos del 68, recogidas por excelentes fotoperiodistas como Héctor García, jamás podían ser tantas como las que hoy, en un mundo lleno de cámaras, logran recogerse sobre cualquier acontecimiento público. Y un detalle adicional, no nimio: las fotos que hace poco circularon, relacionadas con los porros en tren de ataque contra los estudiantes, se complementaron con otras muchas de los mismos agresores en plan —digamos— casual, en poses de foto para redes sociales. Con tamaña evidencia no deja de sorprender que tras las denuncias esos tipos no están inmediatamente en el tambo.
Con voluntad (política o como queramos llamarla) es pues relativamente sencillo desarticular bandas porriles, bichos que por desgracia siguen pululando en las universidades públicas. Sabido es que en otros tiempos eran un tumor casi inextirpable, pues muchos funcionarios —directores, coordinadores, rectores y hasta maestros— creaban jaurías de golpeadores con el fin de mantener los feudos y los presupuestos a merced, de allí que no son pocos los casos de enriquecimiento a veces superlativo de quienes mantuvieron facultades o universidades enteras como principados a la usanza de los que desmenuzó Maquiavelo en su más famoso libro.
Tras lo acontecido en la UNAM da gusto que quien sea que haya azuzado al clan de porros sólo recoja muestras de repudio no sólo de la comunidad universitaria, sino de otras instituciones, de numerosísimos periodistas y de todos los que percibimos como inadmisible el regreso de prácticas violentas contra estudiantes y en general contra nadie.

miércoles, septiembre 05, 2018

Las vocales de Óscar










Hace como tres años fui invitado al Encuentro Internacional de Escritores José Revueltas organizado en Durango y allí me tocó coincidir con Óscar de la Borbolla, también invitado. Mi mayor gusto fue que en una de las mesas finales participé junto con él, su esposa, Beatriz Escalante, y el maestro David Ojeda. Leímos obra personal, un fragmentito cada uno, como se estila en esos trotes, y aproveché mi turno para encaramar un elogio acaso destemplado, pero indiscutiblemente sincero, a De la Borbolla. Lo hice porque en realidad lo admiro (creo que él y Enrique Serna son de lo mejor que tenemos y sin embargo no les apuntan los reflectores que merecen) y porque siempre quise decir en público lo que dije en aquel momento: que Ó de la B es de los pocos seres humanos que han escrito un libro inimitable, un experimento literario que nadie jamás podrá emular sin ser ostensiblemente comparado con el original.
Me refería a Las vocales malditas, cuya primera edición tengo y leí, hace ya décadas, con un estupor que permanece invicto hasta la fecha. Años después, cuando trabé amistad con el crítico argentino David Lagmanovich, vi que uno de sus ensayos se refería a De la Borbolla y a Héctor Libertella como dos escritores latinoamericanos “raros”, de esos que dan la impresión de ser inclasificables. David tuvo razón, y para probarlo sin dejar sitio al debate allí está Las vocales malditas, conjunto de cinco relatos en el que cada uno sólo apela a una vocal. Así desde los títulos: con la “a”, “Cantata a Satanás”; con la “e”, “El hereje rebelde”; con la “i”, “Mimí sin bikini”; con la “o”, “Los locos somos otro cosmos”; y con la “u”, “Un gurú vudú”.
Como es previsible, los cuentos de la “i” y la “u” no son tan eficaces, pero los de las vocales abiertas (a, e, o), son portentosos juguetes narrativos. El que más me gusta, lo repito cada que abordo el tema para invitar a su lectura, es el de la “o”. Termino este apunte con un fragmento, pues nada mejor que el ejemplo in situ de la que vengo ponderando: que Ó de la B es uno de nuestros mejores escritores y merece ser más leído. Va aquí el arranque de “Los locos somos otro cosmos”:
“Otto colocó los shocks. Rodolfo mostró los ojos con horror: dos globos rojos, torvos, con poco fósforo como bolsos fofos; combó los hombros, sollozó: ‘No doctor, no... loco no...’ Sor Socorro lo frotó con yodo: ‘Pon flojos los codos —rogó—, ponlos como yo. Nosotros no somos ogros’. Sor Flor tomó los mohosos polos color corcho ocroso; con gozo comprobó los shocks con los focos: los tronó, brotó polvo con ozono. Rodolfo oró, lloró con dolor: ‘No, doctor Otto, shocks no...’ Sor Socorro con monótono rostro colocó los pomos: ocho con formol, dos con bromo, otros con cloro. Rodolfo los nombró doctos, colosos, con dolorosos tonos los honró. Como no los colmó, los provocó: ‘Son sólo orcos, zorros, lobos. ¡Monos roñosos!’ Sor Flor, con frondoso dorso, lo tomó por los hombros; sor Socorro lo coronó como robot con hosco gorro con plomos. Rodolfo con fogoso horror dobló los codos, forzó todos los poros, chocó con los pomos, los volcó; soltó tosco trompón, sor Socorro rodó como tronco…”.

sábado, septiembre 01, 2018

Inmensidad del Mágico

















Poco a poco, silenciosamente, como una “culebra” que asimismo es el nombre de la jugada que él mejor hacía, se ha ido deslizando en mi vida la querencia por Jorge Alberto González Barillas, mejor conocido como Mágico, Mágico González. Nacido en la capital de El Salvador el 13 de marzo de 1958, por lo que acaba de cumplir sesenta, Mágico milita en mi lista de diez o quince futbolistas imperdibles. Esa lista la encabezan Maradona y Pelé indistintamente, aunque quizá más el primero que el segundo, y crece con Platini, Ronaldinho, Romario, Messi…, y sin duda incluye ya a Mágico González. No importa si otros lo colocan o no en sus propias listas, pero a mí me parece indispensable porque cada vez que reviso en YouTube los videos que de él y sobre él hay disponibles, hallo una suerte de grandeza reiterada: son las mismas jugadas, no tantas como quisiera, pero esas pocas muestran que se trataba de un futbolista con una capacidad técnica deslumbrante, tan grande que no deja de asombrarme pese a los años que lleva en el retiro.
Lo vi por primera vez, como todos los mexicanos, en la eliminatoria para el mundial del 82. Jugaba en la selección salvadoreña y bastaba que tocara el balón para saber que él era toda la selección salvadoreña. Gracias a su talento y su velocidad, un talento y una velocidad que Leonardo Cuéllar jamás pudo alcanzar en la jugada con la que nos echaron del premundial, el país centroamericano pudo llegar a España y allá fue maltratado incluso con goleadas como la de 10 a 1 que le propinó Hungría en el primer partido. El pobre juego de El Salvador no representó el opacamiento del Mágico, quien tuvo pinceladas de futbol que terminaron por llamar la atención del Cádiz, equipo en el que elevó su condición de futbolista a la de mito. Domingo tras domingo durante casi una década, la prensa española —y hasta Maradona, quien andaba por esos mismos años en el Barcelona— destacaba la crónica de los goles o las jugadas del Mágico en el equipo gaditano, y en ocasiones bastaba con un pase, una gambeta o un gesto técnico inusitados para que todos volvieran a coincidir en una afirmación: Jorge González era un jugador superdotado, un tipo con mucho más futbol que el habitualmente concedido a los jugadores de primera división.
La repetición de sus goles y algunas de sus jugadas disponibles en YouTube no dejan mentir. Con Cádiz jugó en dos momentos, interrumpidos en 1985 por su breve estancia en el Valladolid; en el equipo andaluz anotó sesenta goles, algunos de los cuales podemos disfrutar eternamente en las repeticiones internéticas. Destaca uno anotado a los blaugranas: toma el balón a mitad de la cancha, elude rivales a velocidad de flecha y al final vence al portero con un toque de billar. Algunos dicen que no llegó más lejos por vago, por poco ambicioso. Él negaba eso, simplemente argüía, como chico de barrio, que le gustaba la fiesta tanto como el futbol. Tengo para mí que el Mágico es encantador por eso mismo: un genio irresponsable que jugó al futbol profesional para divertir y divertirse, no para triunfar en el más o menos miserable sentido que desde hace varios años tiene la palabra triunfo en el deporte.

miércoles, agosto 29, 2018

Final sin turbulencias















Recuerdo como si fuera ayer, disculpen el lugar común, los augurios de especialistas y no tan especialistas: se aproxima un choque de trenes, las elecciones de 2018 dejarán al país convertido en un pandemonio. En cierto momento, quizá entre 2016 y 2017, era imposible calcular el tamaño del incendio que venía en camino. Al definirse las candidaturas y con ello la difusión de las primeras encuestas, todas o casi todas permitieron apreciar que el proceso electoral no planteaba una carrera parejera, sino una disputa que comenzó, siguió y terminó muy dispareja, con López Obrador “fugado”, como se dice en el argot del ciclismo. El primero de julio la sorpresa fue que no hubo sorpresa y el lunes 2 desayunamos con la noticia de que Morena y su líder se habían adueñado políticamente del país.
Los que esperaban turbulencias ignotas, y esto incluía baño de sangre y no pocos desaguisados económicos relacionados sobre todo con el dólar, se habían equivocado con extraordinaria puntería, pero muchos especuladores de todos los bandos esperaban, en el fondo y no tan en el fondo, que se cumplieran los pronósticos. Por diferentes motivos, simpatizantes y no simpatizantes del morenismo triunfante exigían, unos, ruptura violenta con el pasado y castigo ejemplar a los desvalijadores, y otros, los enemigos, demostraciones de poder que ilustraran la catadura real del embusteramente pacífico presidente electo. Lo que ha pasado es lo que hemos visto y seguimos viendo: que pese a las legítimos deseos de castigo o presentimientos de venganza, el líder de Morena se ha acercado sin embozo a Peña Nieto, lo ha visitado casi como pariente a Palacio Nacional y ha armado parte de su equipo con colaboradores sospechosos de priísmo superficial o profundo, lejano o reciente, cuyo caso más representativo fue el de Manuel Bartlett.
Tengo para mí, aunque apenas sea en el plano del pálpito, que López Obrador y su equipo más cercano han acordado llegar a diciembre sin agitar de más las aguas, contenidos por la certeza de que en los dos caminos a elegir (entrar a saco al poder o instalar un puente de plata para el enemigo que huye), optaron por el segundo derrotero. Ciertamente en muchos late la apetencia de ver picotas por toda la república, y en ellas las cabezas de tantos y tantos bribones, pero si nos atenemos al cálculo político en su estado menos impetuoso, la dinámica de negación a la vendetta, e incluso de negación tal vez coyuntural a la mera enunciación de justicia, han permitido que el cambio de guardia en el gobierno federal avance sin sobresaltar a la población, a los mercados, a nadie, como si todo fuera parte de una táctica aterciopelada para llegar, por fin, al poder con la menor cantidad de focos rojos.
Contra lo que difundían como karma sus contrincantes, el “peligro para México” lo que menos ha hecho, hasta ahora, es poner en peligro a nuestro país.

sábado, agosto 25, 2018

Breve antropología del tango



Leopoldo Lugones y Jorge Luis Borges, dos de los más grandes escritores argentinos, malquisieron el tango. El primero fue muy duro al definirlo “reptil de lupanar”; y el segundo, cada vez que hablaba sobre el tema, lo trataba casi con lástima: “el inconsolable tango-canción”, decía. Tanto Lugones como Borges, vale añadir, prefirieron a la hermana rural, la milonga. Pero más allá de sus filias y sus fobias musicales, el caso es que los dos hablaron mal del género tal vez porque les tocó vivir el esplendor del tango, la época de Gardel, y quizá se vieron abrumados por el aluvión de piezas que, en efecto, eran sólo bailadas al principio y luego bailadas y cantadas en sitios de mala muerte, además de ser mayoritariamente lloriqueantes, quejumbrosas, “inconsolables”.
No fueron muchos, sin embargo, los adherentes a la posición opositora. En la amplia y populosa zona del Río de la Plata (lo que incluye al Uruguay, por supuesto), miles de hombres y mujeres de todas las edades, de todos los estratos y de todas la profesiones, cultivaron y siguen cultivando el fervor tanguero. El género caló tan hondo que en la transición del siglo XIX al XX cundió tanto en los bulines tenebrosos donde comenzó su gesta como en los salones de pipa y guante. Se sabe incluso que uno de sus avales más importantes fue París, ciudad que le concedió al tango un pasaporte internacional que hasta la fecha mantiene actualizado, pues prácticamente no hay lugar en la Tierra donde las cadenciosas notas del bandoneón, su instrumento emblemático, sean desconocidas.
El tango, heredero del candombe, fue primero pura música. Las cuerdas de la guitarra, luego el piano y al final el bandoneón se mestizaron para acompañar a los primeros bailarines que en los barrios rioplatenses solían desempeñarse en parejas, en parejas de hombres. Sí, el tango fue en sus orígenes un baile que ejercían dos machos y parecía una especie de pelea. Luego, como es lógico, las aguas entraron a su cauce y uno de los hombres fue sustituido por una mujer. Entonces se volvió hechizo, arrebato, apasionamiento vertical.
Ya entrado el siglo XX, las letras se encimaron a la música y nació el llamado tango-canción. Un torrente infinito de versos ingresó al tango. Todos los asuntos, todos los temas, todos los recovecos de la compleja vida humana acudieron al llamado del tango y se deslizaron sobre las ardientes notas del bandoneón. Letras pícaras y hasta procaces, patrióticas, filosóficas, políticas y amorosas dieron cuenta, cada cual a su modo, de la condición humana. Predominaron, claro está, las amorosas, sobre todo aquellas que hacían referencia a la desdicha del ser humano que ve declinar hasta convertirse en Nada, sin remedio, por inmenso o modesto que haya sido, todo amor.
El fenómeno Gardel apuntaló al tango en los veinte. Tras la temprana y trágica muerte del llamado Zorzal Criollo y su inmediata mitificación, llegaron muchos más que cantaron, compusieron, tocaron, dirigieron, filmaron tangos. Imposible no citar a Enrique Cadícamo, acaso el mejor letrista del género; a Enrique Santos Discépolo, acaso el escritor más profundo del género; a Homero Manzi, acaso el más poético del género; a Pichuco Aníbal Troilo, acaso el mejor arreglista del género; al Polaco Goyeneche, acaso la más callejera voz del género; a Susana Rinaldi, acaso la primera gran diva del género; a la Gata Adriana Varela, acaso la última grande entre tantos y tantas grandes.
Entre ellos, entre un mundo de cultores excelentes, buenos, regulares y malos de tango, vive hasta hoy ese “pensamiento triste que se baila”, como lo definió, con inmejorable literatura, la inteligencia de Discépolo.

miércoles, agosto 22, 2018

Terquedad del náhuatl














Llegué tarde al aprendizaje del náhuatl y acaso al aprendizaje de todo, pero eso no es obstáculo para disfrutar algunas de sus voces y considerarlas grato santo y seña de mexicanidad. Me gusta pues verlas aparecer en casi cualquier diálogo mexicano y concluir secretamente que en el comercio de esas palabras está buena parte de nuestra manera de comunicar. El caso de esta lengua y su arraigo en un país, México, nos permite ver al paso que la lengua vencedora no borra completamente la lengua del vencido: pese a que el español se impuso, el náhuatl dejó una enorme cantidad de palabras que hasta la fecha convive con nosotros y nos identifica.
Como bien lo sabemos, el español que traían Colón y sus hombres muy pronto comenzó a poblarse de americanismos. Se dice que la primera palabra del llamado “nuevo mundo” inmiscuida con el castellano —esto en el Diario de Colón— fue “canoa”, pues el almirante vio desplazarse a los aborígenes en almadías, hermosa palabra árabe, que renglones después designa con la palabra que oye a los nativos: canoa (hecha “del pie de un árbol, como un barco luengo y todo de un pedazo. Remaban con una sola pala como de fornero”, es decir, pala de hornero, de panadero). Como este sustantivo del taíno, otros han sobrevivido: “huracán”, “maíz”, “macana”, “caníbal”, “tiburón”, “hamaca”, todas palabras que pasaron a ser útiles en el castellano global.
Los pueblos originarios enriquecieron con algunas de sus palabras al español, y el náhuatl no fue la excepción. Repito por ello con frecuencia que el nahuatlismo más popular en el mundo es “chocolate”, dado que el producto al que designa es de uso mundial. Lo mismo, siento, pasa con “tomate”, y un poco menos con “chicle”, “aguacate” y “cacahuate”. Pienso que gracias a una caricatura, la del correcaminos, el nahuatlismo “coyote” alcanzó una presencia parecida. Similares a estos nahuatlismos, hay quechuismos famosos en todo el mundo como “pampa” y “cancha”, o guaranismos también populares: “tucán” y “maraca”. En este último caso, creo que la palabra guaraní más famosa en el mundo es yaguareté, que occidentalizada ha llegado a ser una marca de carro: “jaguar”. Para hacer este breve paseo me he ayudado de Historia de las palabras (Sudamericana, Buenos Aires, 2011), delicioso libro de Daniel Balmaceda.
Un libro menos difícil de encontrar es el Diccionario del náhuatl en el español de México (UNAM, México, 2008), coordinado por el maestro Carlos Montemayor. Fue dividido en varias secciones, todas sumamente atractivas: “Sección de nahuatlismos”, “Sección de herbolaria”, “Sección de toponimias” y “Sección de dichos y refranes”. En la última, por ejemplo, aparecen frases como “Caerle a alguien el chahuistle”, tan común entre nosotros cuando llega una visita inesperada o sucede alguna calamidad. Con frases como esta nos entendemos bien en México.

sábado, agosto 18, 2018

Un soneto total




















He dicho en muchas ocasiones sin exagerar que cuando puedo memorizo los poemas que me gustan. Es una forma de tenerlos siempre a la mano y de pensarlos/decirlos incluso en los pasadizos del entresueño. No son, por supuesto, muchos, pues mi memoria carece de fuerte adhesividad, pero los que más me llegan han quedado guardados al menos parcialmente en mi disco duro. Quise alguna vez retener, por ejemplo, “La suave Patria”, pero no lo logré; lo que gané, eso sí, es que a la menor provocación me lleguen estrofas completas y las declare entre dientes, casi en silencio y siempre asombrado por la inmensidad de esas palabras inalcanzables para cualquier otro hacedor que no fuera el inalcanzable Ramón López Velarde.
Los poemas que resguardo más fácilmente son los sonetos; esto es comprensible por la brevedad de las piezas y porque a final de cuentas las estrofas y las rimas se vinculan con la mnemotecnia. Entre los sonetos que más me gustan hay unos gemelos, es decir, son dos sonetos mellizos acuñados por Borges. Su título es enigmático, por numérico: “1964”, y esto hubiera bastado para que me agradaran, pues el 64 es el año en el que nací. Borges los compuso y los publicó al mismo tiempo, como si fueran un solo poema, y ambos se refieren a la frustración amorosa. Me sé los dos, pero el que más me gusta es el segundo: “Ya no seré feliz. Tal vez no importa.  / Hay tantas otras cosas en el mundo;  / un instante cualquiera es más profundo  / y diverso que el mar. La vida es corta  / y aunque las horas son tan largas, una  / oscura maravilla nos acecha,  / la muerte, ese otro mar, esa otra flecha  / que nos libra del sol y de la luna  / y del amor. La dicha que me diste  / y me quitaste debe ser borrada;  / lo que era todo tiene que ser nada.  / Sólo me queda el goce de estar triste,  / esa vana costumbre que me inclina  / al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina”.
Más allá de la perfección formal, de los encabalgamientos y la belleza de las rimas, hay aquí una resignación ante la pérdida y no pocas ideas que hacen vislumbrar la pequeñez de nuestras penalidades frente a la eternidad. Todo es triste, exacto y hermoso desde la primera y tajante afirmación: “Ya no seré feliz”, lo que “tal vez” no importe, un “tal vez” que apenas disimula la certeza. Poco después viene este portento de imagen: “una / oscura maravilla nos acecha, / la muerte, ese otro mar, esa otra flecha…”. La muerte como un mar en el que nos liberamos de todo, de lo bueno y de lo malo, “y del amor” cuyo terrible envés es el “desamor”, también demolido al llegar el acabamiento. Luego, esta lápida: “lo que era todo tiene que ser nada”, y al final la resignación ante el advenimiento de la tristeza sólo engañada por la vana esperanza de rondar “cierta esquina”.
Visto así, a las carreras, parece un poema sencillo. Puedo asegurar que no, que tal perfección sólo ha sido deparada a unos pocos, poquísimos poetas.

miércoles, agosto 15, 2018

Con 100 pesos para comer











Hay dos caminos para comer muy mal: por exceso de recursos o por falta de. En el primer caso, cuando la plata sobra es posible que se incurra en desórdenes alimenticios vinculados sobre todo con la superabundancia de productos a merced de las mandíbulas. Es de alguna manera, a escala macro, lo que pasa en la obsesa sociedad norteamericana, precisamente obesa porque come mucho y mal, sin control. La segunda forma de comer mal es la cara B del fenómeno: muchas personas, familias enteras se alimentan mal, muy mal, porque no tienen recursos para procurarse comida adecuada, comen lo más barato y de baja calidad, y esto casi equivale a decir que comen lo que sea.
En México es más común, claro, la segunda vertiente: comer mal por falta de recursos. Si el salario mínimo mexicano para 2018 es de 88.36 pesos diarios, lo lógico es pensar que lo básico, comer, será cubierto precariamente. Dado que una familia de cuatro miembros no puede vivir con esa cantidad, es de suponer que se requiere mayor ingreso. Supongamos pues que el padre se dobletea de chamba (agarra “liebres”) o la mujer y los hijos salen también de casa en busca de dinero. Supongamos entonces que a diario pueden ingresar entre 150 y 200 pesos. Son casi dos salarios mínimos o poco más, así que en términos ideales eso debería alcanzar para cubrir la canasta básica.
Pero sigamos suponiendo. Si el pasaje del camión, en Torreón, cuesta 11 pesos por viaje, a los hipotéticos 200 pesos hay que restar 22, o 44 si son dos los usuarios. Quedan 182/156. Al ingreso hay que restar los servicios mensuales: gas, agua, electricidad, lo que, prorrateado durante el mes en cálculos muy conservadores, dejaría el ingreso diario en 100 pesos. Eso es lo que queda para comer, y al margen se colocan el vestido (resuelto con trapos de segunda), la salud (con servicio público si lo hay), el esparcimiento (con tele), la cultura (con nada).
Con 100 pesos al día es pues milagroso que coman cuatro. La carne de res molida, digamos, cuesta a 100 pesos el kilo, de manera que queda excluida en la dieta diaria. A lo mucho, se puede comprar cada tanto un cuarto de molida de baja calidad a 30 pesos, y debe ser preparada con muchas papas para que rinda. En la cantidad de dinero disponible cabe también un kilo de frijol (en promedio 20 pesos), un kilo de arroz (en promedio 20 pesos), un kilo o kilo y medio de tortillas (15 pesos el kilo), una Coca Cola de dos litros (25 pesos), un cuarto de chile serrano para la salsa (2.50 pesos). A esto hay que sumar otros insumos de compra más espaciada, como el aceite (25 pesos el litro más económico), los cubitos de consomé (12 pesos seis cubos), la sal (10 pesos un kilo).
Como podrá notarse, los 100 pesos disponibles para comer apenas ajustan para malcomer tres veces al día. En este caso debemos prescindir de carnes, lácteos, cereales, frutas y otras delicias suntuarias. Remarco aquí que los productos alcanzables con el presupuesto mencionado tienen que ser necesariamente los de más bajo precio y, por ello, de menor calidad. A diario, mucho frijol, mucho arroz, mucha tortilla, mucho chile, mucha Coca Cola y mucho aceite barato son las bases de una dieta que desafía al salario mínimo. Con 100 pesos es asombrosamente posible —a costa de una monotonía atroz y daños irreversibles a la salud— seguir en pie para conseguir los 100 pesos del día siguiente.

sábado, agosto 11, 2018

Reyes humano















“Para ti es fácil”, me dicen con frecuencia quienes no escriben. Piensan erróneamente que escribir es, para uno, como enchilar gordas. Se equivocan. Salvo para algunos pocos privilegiados, escribir es una actividad que comporta tercas dificultades, serios dolores de parto. Nada más inquietante que una cuartilla (hoy monitor) en blanco, razón por la que no es nada infrecuente que los proyectos serios de escritura, los que aspiran al privilegio de la publicación, se demoren y a veces terminen por salir como jalados por un tirabuzón torpe y obstinado.
Me pasa pues que, como a la mayoría e indefectiblemente, escribir siempre es una actividad no ajena al disgusto. Quiero suponer que eso se debe, entre otros motivos, a que no es frecuente el casamiento de las expectativas con los resultados: uno tiene una idea más o menos redonda en la cabeza y a la hora de materializarla en el disco duro tal idea se torna esquiva, tan escurridiza que nos arrincona poco a poco en la frustración del cazador burlado por la liebre. He aprendido, sin embargo, a lidiar y a convivir con ese sentimiento: el de las expectativas altas y los resultados insatisfactorios. El consuelo, al final, es que uno hace lo que puede, no lo que quiere.
Por eso mi asombro al hallar, en un libro que leo por estos días y quiero reseñar dentro de poco, una confesión de Alfonso Reyes asentada en la intimidad de su diario. El polígrafo regiomontano se refiere en ella a los dolores de cabeza que en cierta oportunidad le provocó un texto. Hasta antes de leerla yo pensaba que el autor de Visión de Anáhuac jamás había sufrido para desahogar palabras, párrafos, cuartillas como quien arroja tortillas al comal. Con una producción bibliográfica como la que nos legó, es decir, descomunal, Reyes me dio siempre la impresión de que era un engranaje perfectamente aceitado para no sufrir a la hora de fraguar textos.
Pero no. Aunque quizá menos que el común de los escritores, Reyes también sufrió, como podemos notarlo en estas palabras: “Llevo como 10 días encerrado en casa, consagrado a la monografía sintética ‘Las letras patrias’ concebido por el secretario de Educación Jaime Torres Bodet, que hay que hacer a toda prisa: México y la cultura. Me ha costado mucho esfuerzo concebirlo, y lo he atacado tres veces, guardando los dos estados anteriores de lo que ya llevaba hecho sobre el siglo XVI, pues ha de caber todo en 100 páginas a máquina. Ni como ni duermo. ¡Terrible! Abandoné todo lo demás”.
Casi da gusto que el indetenible Reyes también haya sufrido alguna vez durante el acto de escribir. Lo digo por la admiración que le guardo, pues lo consideraba una especie de semidiós. El párrafo citado me dejó ver que a veces fue humano, tan humano como cualquiera de nosotros.

miércoles, agosto 08, 2018

Más allá de Rusia
























El futbol es ya una fuente importante de literatura. De no ficción principalmente —reportajes, ensayos, biografías…—, pero también de ficción, es decir, de textos que apoyan su valor en el plano de lo estético, de lo imaginativo. En este caso último se encuentra Once cuentos rusos (Ficticia, México, 2018, 164 pp.), libro colectivo que, como su título advierte, convoca una alineación de once jugadores sobre la cancha de papel, equipo armado por el narrador y DT Marcial Fernández.
No es el primer libro futbolístico de Ficticia. De hecho, este sello tiene una “Biblioteca del Futbolista” que sin duda es el emprendimiento mexicano más serio en la materia. Entre otros, han publicado aquí el entrenador argentino Ángel Cappa y al ex portero mexicano Félix Fernández Christlieb, y la colección ha sabido deambular entre los géneros del ensayo, la crónica, la memoria y el cuento.
El más reciente título de la mencionada biblioteca es otra buena muestra de lo viable que es el pretexto del futbol para narrar historias. Esto lo digo como adicto al futbol, pues supongo que los cuentos de este libro son más disfrutables en la medida en que el lector es igualmente pica del asunto. No significa, sin embargo, que quien se sienta ajeno a tal gusto vaya a encontrar indignos los relatos contenidos en el racimo. La explicación de esta certeza, lo he dicho siempre, es simple: los cuentos son atractivos porque, como en otras ficciones futboleras, en los Once cuentos rusos este deporte es un detonador, el marco en el que se despliegan historias espesas de humor y vida humana.
Como es un libro múltiple resulta difícil establecer sus coordenadas temáticas en el palmo de este espacio. Baste decir que Naief Yehya narra la insolencia de perderse un partido de la selección por culpa de un perro; que Gustavo Marcovich cuenta un desdoblamiento del personaje protagónico que sustituye a un conserje-fanático futbolero; que Luis Aguilar introduce el tema de la homosexualidad en un sudoroso vestidor; que Federico Fernández Christlieb describe las peripecias de un equipo perfectamente entrenado para perder; que Pedro Serrano reconstruye la vida de la adolescencia y el futbol al aire libre; que Gabriel Martínez Bucio ingresa a la mitología del barrio y sus milagros; que Juan Manuel Orbea arma un mecano en cinco voces; que Eduardo Ruiz Sosa deambula por Brasil y los rescoldos del inolvidable Garrincha; que Jesús Ramón Ibarra nos aproxima a la peculiar existencia de un jugador “decolorado por las lesiones y la falta de estrella”, y que Marcial Fernández urde el más experimental de los relatos, un juego donde acopia mensajes parecidos a los del chat, cartas y otros trucos. Yo colaboré con un cuento, “Mancha sobre mi padre”, sobre un jugador caído en desgracia.
En suma, sé que este libro les hará pasar un buen momento más allá del mundial Rusia 2018. Ya di sus generales. Me dará gusto que lo busquen.

sábado, agosto 04, 2018

Entre las teclas (disponible)




















Como Tolvanera de palabras, libro publicado en este 2018, Entre las teclas, periferia del oficio literario también está a merced en la librería El Astillero (Morelos entre Leona Vicario e Ildefonso Fuentes, Torreón). Su tiraje fue pequeño, casi de autoconsumo, así que muy probablemente se agotará de un soplido. Para que se vislumbre su contenido, dejo aquí parte del prologuito:
“Escribí muy deliberadamente poco más o poco menos de la mitad de este libro, y tiempo antes la otra había salido sin proponérmelo, movida por el viento del azar. Un día noté que cierta serie de piezas publicadas en mi columna tenía como tema de fondo un asunto que denominé vida literaria, y eso me dio la idea de escribir, ahora sí con toda intención, otros tantos apuntes que deambularan por el mismo rumbo hasta reunir el puñado de cuartillas necesario para componer un libro, éste. No son, ya se podrá ver, solemnes, pero tampoco se tiran de panza a la piscina del relajo. Tampoco arman un libro de regañones consejos ni nada que se le parezca. Desean a lo sumo, así las pienso, compartir una mirada personal, la mía, sobre algunos gestos cercanos al trabajo literario en tanto forma de pasar la vida cercado y habitado por las palabras.
Imaginé al lector modelo de estas páginas y no se me ocurrió otro mejor que el ubicado todavía en la juventud. Un joven escritor es la persona que aquí busco. Quizá a ese lector puedan servir mis ideas no tanto como brújula, sino como simple y tal vez emborronado croquis para orientarse en algunas zonas de la ciudad literaria. Al escribir me recordé joven y creí que en aquel lejano tiempo me hubiera gustado saber algo de lo que comento ahora que ya estoy bien entradito en años, casi pisando los de Aquiles a la tercera edad. Por ejemplo, entender la importancia de los títulos, vislumbrar qué tanto es necesario escribir al día para no autodesterrarse del oficio, de dónde agarrar temas, considerar si existe la inspiración o el texto sólo sale a punta de abnegada talacha. En fin, todo eso, o algo de eso que, como ya dije, constituye parte de la vida literaria y sus inmediaciones.
Lo he subtitulado periferia precisamente porque no indaga en el hueso de la actividad literaria, es decir, no es lo que los antiguos llamaban preceptiva, un manual para inmiscuirse en los géneros, por otro lado habitualmente inútiles o casi inútiles (me refiero a las preceptivas). Alguien dirá que mis apuntes son meras generalizaciones, y estaré de acuerdo, pues en materia de creatividad todo tiene sus asegunes y es imposible suministrar recetas. Quien las desee a la hora de escribir, que cambie la computadora por la estufa.
Como en muchos casos o como en casi todos los casos relacionados con lo que escribo, he dudado y sigo dudando sobre la puntería de mis afirmaciones. La seguridad al decir algo, si la hay, es siempre una falacia, la fachada que uno se inventa para no parecer lo que es: un pobre diablo vacilante.
No añado más, sólo mi propósito de no aburrir y haber escrito bien lo que he pensado y hoy comparto (con las mismas moderadas —por no decir nulas— esperanzas de siempre) en este racimo de papel”.

miércoles, agosto 01, 2018

Esas malditas llamadas
















Publiqué ayer en mis redes este post: “Por una política de autodefensa suelo no contestar llamadas telefónicas cuyo número no tenga registrado. Si alguien nos necesita con urgencia, pienso, para contactarnos antes de hablar tiene los caminos del Whatsapp, chat de FB, SMS, mail, MD de Twitter y demás. Hoy, contra mi costumbre, contesté una llamada proveniente de un número desconocido, el 5587416132. Se trataba de una extorsión con amenaza de secuestro. La voz de angustia inicial fue tan sorpresiva que sí me asusté, y mucho, pero por suerte pude maniobrar, corté rápido y comprobé que no pasaba nada mediante una llamada a otro teléfono”.
Es la primera vez que me pasa esto y se debió a un descuido, pues contesté a un número no almacenado en la memoria de mi teléfono. La técnica del delito es bien conocida: de repente recibí la llamada, contesté y por el auricular salió una voz angustiada en este caso de mujer. Como horrorizada, soltó siete u ocho palabras que por desagradables no reproduzco textualmente. Se trataba de un supuesto secuestro. Luego, sin cortar la llamada, se puso al teléfono un sujeto que con voz firme aseguraba tener a la víctima y poder lastimarla. Creo que maniobré bien para suspender el diálogo y marcar, obvio, a otro número para asegurarme de que nada había pasado.
La lógica de esas llamadas es marcar para ver quién pica el anzuelo. Si le llaman a una persona sin hijos y la primera frase que oye es “¡Papá, ayúdame!”, la extorsión se derrumba desde allí. Pero si da la casualidad de que el tal papá es en efecto papá de una joven, el oído tiende a asociar la voz querida con la voz embusteramente aterrorizada que sale del auricular y luego seguir la conversación con el delincuente que sin demora comienza a proferir amenazas y órdenes.
Yo oí la voz angustiada y de inmediato hice la monstruosa asociación. Tres segundos después desperté del aturdimiento para pensar que no, que esa no era la voz querida. Tras colgar y certificar que todo estaba bien, saqué algunas conclusiones que supongo cualquiera saca tras un sacudimiento de esta ruin naturaleza. El primero, y básico, es no contestar jamás llamadas de números desconocidos, menos si proceden de otras zonas y no tenemos mucho qué ver con lugares lejanos. El segundo, saber que si alguna vez contestamos esas llamadas (por error, prisa o lo que sea) conservar la calma y reflexionar de inmediato en el tono de la voz supuestamente querida. El tercero, en caso de duda buscar pronto a la persona teóricamente amenazada. El cuarto, denunciar de inmediato, al menos en la redes sociales, el número. Y el quinto: instruir a la familia sobre la manera de actuar en estos y otros casos.
Lo más importante, siempre, es mantener la calma y poner los cinco sentidos en el asunto. Nunca es fácil, pero ya estando en eso hay que intentarlo.