miércoles, octubre 01, 2014

Visiones de nuestro policial




















En los tres años precedentes recibí sendas invitaciones a la Conferencia Internacional de Literatura Detectivesca en Español (CILDE) organizada por la Texas Tech University sita en Lubbock, Texas. Mi visa se venció en 2008 y no he podido/querido renovarla, así que en aquellas ocasiones me quedé con las ganas. Este año, sin embargo, Gerardo García Muñoz, mi enlace con la CILDE, me informó que la cuarta edición se celebraría en coordinación con la UNAM, y ahora sí asistí. Fue una experiencia sumamente grata, pues tuve la oportunidad de escuchar y conversar con colegas interesados en la vertiente narrativa de lo policial, un área de nuestra literatura que en los años recientes ha producido obras de altísimo calibre.
Luego de años y años en los que la narrativa policiaca fue confinada en el gueto de lo comercial debido sobre todo al facilismo de sus tramas y al esquematismo de sus personajes, muchos escritores la usan ahora para expresar la complejidad de nuestras sociedades, y ya no como divertimento asequible a bajo precio en puestos, o kioscos, de revistas. El invento de Poe tuvo que pasar en América Latina por un sinnúmero de prejuicios hasta llegar, pues, a cultores como Leonardo Padura, Élmer Mendoza, Juan Sasturain o el mismo Vargas Llosa, artistas que sin renunciar a los guiños de lo policial han convertido sus relatos (por los personajes, por las estructuras, por los estilos, por el tratamiento de lo político) en obras que no le piden nada a las historias no detectivescas.
El prejuicio contra lo policial no existe entonces en autores y críticos que, al contrario, ven en esta modalidad narrativa una veta casi inagotable de tramas y personajes y, por ello, la consideran uno de los mejores espejos de la realidad en la que nos movemos. Y no puede ser de otra manera: si nuestra realidad es azotada por plagas como la corrupción, la impunidad, la opacidad administrativa, la violencia, la inequidad y sus respectivos etcéteras, todos delincuenciales, el registro de ese universo pesadillesco no tiene mejores moldes que el cuento y la novela policiales.
Por eso el gusto que tuve al conversar con Rodrigo Pereyra y Jorge Zamora, los organizadores de la TTU de Lubbock, y con todos los participantes. Por ejemplo, con la maestra Yolanda Bache, de la UNAM, quien describió la novela El México de Egerton, escrita con tintes policiacos por Mario Moya Palencia. También, el acercamiento al género en Perú con “Violencia política, denuncia social e identidad nacional en la obra de Santiago Roncagliolo, Abril rojo”, por Roberto Fuertes (Midwestern State University), o la brillante exposiciónMasculinidades en competición: la violencia, la consecuencia y los cambios de hegemonía representados en Un asesino solitario y Balas de plata de Élmer Mendoza”, del académico David Hancock (University South Carolina). También, “Una revisión esquizofrénica de cuatro narconovelas mexicanas contemporáneas”, por Gerardo Castillo (Benemérita Universidad Autónoma de Puebla), y José Salvador Ruiz (Imperial Valley College) y Filemón Zamora (Sul Ross State University), respectivamente, con “Baja criminal: una revisión de la literatura negra y policial reciente de Baja California” y No me da miedo morir de Guillermo Muro, ¿un nuevo tipo de novela de la frontera?”. Para cerrar, Gerardo García (Prairie View A&M University) habló sobre “Adolfo Pérez Zelaschi y la doble faz del cuento policial argentino” y Jelena Mihailovic (The City University of New York) de “Pasados presentes y crímenes sugestivos: reconstrucción de la memoria en la novela policial argentina de los últimos años”. Como maestro de la Ibero Torreón, compartí un comentario titulado “Violencia y vulnerabilidad en Teoría del desamparo, novela de Orlando Van Bredam”.
No creo exagerar, y por eso mi interés en lo policial, si digo que la literatura de este corte (y sus derivados) goza de excelente salud en América Latina, de ahí la importancia de no perderle la huella y seguir, hasta donde sea posible, explorándola.

sábado, septiembre 27, 2014

Viaje alrededor del mundo en 250 páginas












Desde hace unos cinco años pienso con frecuencia en aquel libro. Llegó a la casa familiar como regalo en la compra de una enciclopedia, la Británica o la Grolier, quizá la Salvat, no sé. Recuerdo su formato grande, como tabloide, su pasta dura, su buen encuadernado y el papel brillante y bien impreso a color de todas sus páginas, como de revista gringa. Lamento no recordar el título, lo que contrasta con la excelente calidad de las fotos que conservo en la memoria. Era un libro gordo, de al menos 250 páginas, y por su tamaño pesaba tanto que sólo podía ser hojeado en una base de apoyo, sobre una mesa.
Las fotos hacían un recorrido por las edificaciones más importantes construidas por la humanidad y algunos portentos de la naturaleza: edificios, puentes, casas, presas, catedrales, museos, cataratas, ríos. De cada obra o escenario natural, varias tomas full color desde distintos ángulos. Además, un texto aledaño, sencillo e instructivo. Para despachar cada zona del planeta, creo que su índice procedía por continentes, pero eso no puedo asegurarlo.
Una de mis secciones favoritas era la inicial. En las primeras páginas, antes de llegar a las edificaciones modernas más impresionantes, el libro describía, también con abundantes imágenes, las siete maravillas de la antigüedad. Sin información previa ni guía de nadie, yo metía los ojos en aquellas páginas y con verdadera delectación leía y releía lo que se afirmaba sobre la gran pirámide de Guiza, los jardines colgantes de Babilonia, el templo de Artemisa, la estatua de Zeus, el mausoleo de Halicarnaso, el coloso de Rodas y el faro de Alejandría. Todo eso era mágico, tanto como ver después, en las fotos siguientes, la muralla china, la torre Eiffel o el puente de San Francisco. De una forma que por supuesto ya da risa, aquel fue mi primer internet, el viaje por el mundo entero que jamás, por cierto, he realizado más que en las páginas de aquel libro maravilloso.
Tengo 48. Ese libro estuvo cerca de mi vida, al menos, desde mi adolescencia hasta mis treinta años. Por dado el uso rudo que le infligió una familia llena de manos infantiles, al final lo recuerdo sin el forro, pero todavía bien unido por el lomo perfectamente cosido con resistente cáñamo.
¿Cuándo desapareció aquel libro, a dónde fue a parar? Si tuviera su título, el nombre de la editorial, lo que sea, estoy seguro que trataría de conseguirlo nomás para revivir el gusto de emprender aquellos viajes alrededor del mundo en 250 páginas.

Posdata media hora después. Luego de escribir los párrafos anteriores, le rasqué a la memoria y di en internet con el mentado libro. Hay muchos ejemplares a la venta en España. No me equivoqué en nada, salvo en el número de páginas, pues no son 350, sino cien menos (ya hice la enmienda en el título y en el cuerpo del texto). Lo compraré, no importa que me salga cariñosa la mensajería que cruza el Atlántico. He aquí abajo la portada. Su ficha bibliográfica es ésta: Maravillas del mundo: prodigios de la naturaleza y realizaciones del hombre, desde las cataratas del Niágara hasta las bases espaciales, Roland Gööck, Círculo de Lectores, 1968, 250 pp. Me siento muy contento.


miércoles, septiembre 24, 2014

Animales y precaución













Caminaba con mis hijas en la plaza del Eco, era sábado 5 de abril de 2014 y en el área de juegos infantiles había muchas familias. A contramano, en una esquina, un joven como de veinte años avanzaba con un perro atado a su correa. Era uno de esos perros chaparros, chatos y fortachones que uno suele asociar con la bravura, con el combate y las apuestas en escenarios prohibidos. Por mera precaución, traté de alejarme y alejar a mis pequeñas, pues por curiosidad o instinto el perro tiró hacia nosotros sin ladrar. El joven, con el brazo y la correa tirantes, me miró y me dijo “no hace nada”. Farfullé dos o tres palabras de inquietud y seguí adelante con mis hijas, quienes después me oyeron una explicación acerca de la imprudencia de cargar con esos animales intimidatorios en un lugar tan concurrido.
Una vuelta después vi un tumulto en el área de juegos. Pensé en un accidente, la caída de algún niño del resbaladero o un golpe en los columpios. Era algo peor, como me reseñó una señora azorada en la muchedumbre: el perro que ya sabemos se zafó de la correa y se fue directo, con todo el poder de sus mandíbulas, contra una niña como de seis años. Según la narradora, el animal dio simplemente el jalón, de golpe, sin que su dueño pudiera reaccionar tan pronto. El perro mordió en la cintura a la niña, la apresó perfectamente, mientras un hombre grande (quizá el abuelo de la pequeña) acudió en su ayuda. Sin medir el riesgo, movido también por un instinto de defensa, el hombre metió las dos manos a las mandíbulas del perro, hizo fuerza, y trató de destrabarlas. En eso llegó también el dueño de la bestia, le dio órdenes y la tomó del cuello, sin éxito. Al fin, el perro soltó a la niña pero pasó ahora a lanzar colmillazos hacia las manos del hombre hasta que el joven pudo retirar al animal y sujetarlo con la correa.
Lo que vino poco después fue lo previsible. Atención inmediata a la niña sobre una mesa del área de juegos, trapos y servilletas bañados en sangre, mucha tensión, pues la pequeña temblaba de dolor y espanto. El joven fue rodeado por muchos padres de familia, quienes le hacían, airados, los reclamos y las preguntas obligadas acerca de vacunas y demás. Algunos le decían que no iban a dejarlo retirarse hasta que llegara la autoridad, y en efecto lo mantuvieron bajo una improvisada custodia mientras, en otro punto de la zona, varias mujeres y un doctor que andaba por allí procedían con los primeros auxilios a la agredida.
No soy de asomarme a los desaguisados callejeros, pero esa vez el percance estaba literalmente frente a mí y poco antes de ocurrido, pensé, una de mis hijas pudo ser el blanco del ataque. Sentí un gran malestar y me acerqué al muchacho, quien esperaba silencioso, impotente, acariciando las cerdas de su perro, la llegada de la autoridad. Le dije lo primero que me nació en la irritación: “¿No hace nada? Qué imprudencia traer ese animal a este lugar, ¿qué no ves que hay niños?”. Mis hijas y otras personas oyeron ese reclamo. El joven no dijo nada, sólo agachó la cabeza. Pasaron varios minutos de tensión en espera de la policía y la ambulancia que al llegar atendió directamente a la niña sobre el vehículo.
Mis hijas habían sido testigos de toda la situación, y por eso me sentí obligado a buscar una explicación sensata y civilizada. Les comenté lo que creo desde siempre: que los animales deben ser elegidos como mascotas en función de muchas factores, uno de ellos su peligrosidad. En el caso de lo que vimos el perro había sido el menos culpable de la situación, pues en ningún caso se movió por su voluntad, sino por su instinto. El responsable del daño físico y psicológico a la niña (un daño que conozco bien porque fui mordido en mi infancia por un perro que jamás olvidaré) fue el joven. Primero, por elegir un animal que de manera natural tiende a atacar, y, segundo, por pasearlo sin la precaución adecuada en una zona atestada de niños.
Cierto, concluí, que todos tenemos derecho a elegir libremente el animal de nuestro agrado, o a no elegir ninguno, pero también es cierto que no podemos adoptar así nomás aquellos animales en los que aumenta notablemente el riesgo de ataques fortuitos. Si la elección es ésa, como en el caso del joven que aquel sábado viajó en una patrulla, no queda otra que agudizar la vigilancia y los controles, usar doble correa o bozal. De no hacerlo, el goce de tener un animal puede derivar en tragedia.

sábado, septiembre 20, 2014

Adiós a la privacidad















Hasta antes de la llegada de internet, y particularmente de la aparición allí de sus redes sociales, la vida privada era realmente privada, patrimonio casi exclusivo de quien la vivía. Claro que la compartíamos con familiares y amigos, siempre con personas que tenían nombre, apellido, rostro, una entidad tangible. Se daba, sí, el caso del chismorreo a nuestras espaldas, la intromisión en nuestras vidas de curiosos o enemigos; sin embargo, esto quedaba en un ámbito más o menos pequeño y controlable, también concreto: el barrio, la escuela, la oficina, el club. Fuera de esos espacios, era muy difícil que los chismes se desbordaran y llegaran a mucho. La mayor o menor privacidad también dependía, obvio, de la visibilidad social. Los políticos, los deportistas, los “famosos” eran (son y seguirán siendo) el objetivo favorito de la persecución, así que en el pasado preinternético eran blanco ideal del acoso a su privacidad y de lo que en México denominamos “periodicazo”. De vez en cuando, sin muchas pruebas a la mano, la vida privada de un sujeto prominente era balconeada por los medios, puesta al sol como un trapito.
Con internet, hoy, la vida privada prácticamente ha desaparecido o al menos debemos entenderla de otra forma, redimensionarla. Por voluntad propia, muchos exponen mensajes e imágenes que al insertarse en la red escapan de su control, ya no les pertenecen. El problema no es ése, pues de alguna forma el usuario de una cuenta sabe si expone a cuentagotas o en torrentes su privacidad. El problema radica más bien en lo que todo usuario no quisiera mostrar y de todos modos no queda completamente bajo su control. Me refiero, claro, a los discos duros, a las memorias, a las permanentes huellas que deja cualquier contacto con las nuevas tecnologías de la comunicación personal. Si uno cree, con crasa ingenuidad, que tiene vida privada, basta desafiar a cualquier hacker de medio pelo para comprobar que la privacidad total sólo podría gozarla hoy algún Robinson Crusoe contemporáneo, y tal vez ni él, pues las cámaras y los micrófonos ahora están en todos lados, indetenibles en su afán de capturarlo todo.
La preocupación, empero, no debe devorarnos si no andamos en el desfile de la fama pública. El problema lo tienen quienes por alguna razón son ubicados como sujetos de interés, potencialmente favorables o peligrosos al Big Brother. Si no, basta leer que “El espionaje a gran escala realizado por los servicios de inteligencia estadunidenses comienza a tener impacto sobre la democracia y la libertad de prensa, en virtud de que las revelaciones acerca de cómo las autoridades pueden rastrear personas por medio de teléfonos, correos y otros registros electrónicos dificultan a los periodistas reportar sobre lo que hacen los gobiernos, aseguraron hoy la Unión Estadunidense por los Derechos Civiles (ACLU) y Human Rights Watch (HRW) (AP, 29 de julio). O: “‘En 2007, el gobierno estadunidense enmendó una ley, para exigir información de los usuarios, a quienes ofrecen servicios en línea. Nos rehusamos a acatar con lo que percibimos era una vigilancia inconstitucional y demasiado extendida, y retamos a la autoridad del gobierno de Estados Unidos’, se lee en un comunicado de Yahoo”. La negativa de Yahoo no prosperó y “la corte le ordenó que le diera al gobierno estadounidense los datos de los usuarios que requería”.
En resumen, la invasividad está más que legalizada en EU y, dado esto, todo lo que queda resguardado en los servicios de correo electrónico, blogs, webs, telefonía celular o redes sociales puede ser usado por terceros sin rostro para  lo que sea, aunque es de suponer que no será para exaltar virtudes o algo que se le parezca, sino para anular o destruir.

miércoles, septiembre 17, 2014

Cumpleaños de César Aira




















Al cumplir los cincuenta, en mayo pasado, pensé que experimentaba sentimientos de difícil exposición. Y lo eran, lo son todavía. Por esa manía de cortar caja cada que cierra una década, yo también esperaba hacer algo distinto, ser “otro” luego del asombroso onomástico. Recuerdo que amanecí en el DF, en donde despaché un asunto de trabajo, y luego de volar hacia Torreón noté que nada se movía, que todo iba a seguir igual pese a que yo bullía de inquietud. Ya para entonces había hojeado las primeras páginas de Cumpleaños (Era-UANL, 2012), de César Aira, pero no me animé a leer la novelita completa porque me atemorizaba hallar allí algo que me desacomodara más.
Lo hice por fin, en una lectura tranquila y cuidadosa, durante el puente que acabamos de dejar. Releí las primeras páginas, las que había leído hacía meses, y seguí adelante hasta llegar al último renglón. Jamás es lo que busco en los libros, pero digamos que encontré un consuelo, la sensación de que alguien había escrito por mí lo que se siente cuando uno corta caja y nota que los números en general tienden al rojo. En efecto, César Aira (Coronel Pringles, Argentina, 1949) había escrito ya buena parte de lo que me rondaba al acercarme y llegar y atravesar los cincuenta.
En primera persona, conversacional, el protagonista narrador de Cumpleaños (a quien podemos y no podemos, si queremos, identificar como alter ego del autor) nos cuenta que acaba de cumplir cincuenta y a partir de allí comienza su relato. La novela, por llamarla de algún modo, abunda en digresiones, en honduras que toman como pretexto cualquier guiño de la realidad para extenderse durante varias páginas. Lo extraño es que lejos de hacernos recular nos comparten la densa experiencia del personaje con el procedimiento narrativo de la libre asociación de ideas. Mediante este recurso podemos ingresar a los pasadizos de una mente en combustión, lúcida y contradictoria, irónica y severa consigo misma.
Experto en novelas cortas, concentradas, compactas como un puño, Aira bucea en Cumpleaños por los saldos del suyo cuando llegó a cincuenta. Quien narra se deja ver apenas, pues, como un fantasma de personaje, el boceto de un ser ficcional que permite al autor compartirnos vivencias interiores de primera mano, como en este relámpago del arranque: “No veía el cumpleaños como un punto de partida, y aun sin entrar en detalles ni hacer planes concretos me había hecho esperanzas muy brillantes, si no de empezar una vida totalmente nueva, al menos de librarme, por lo rotundo del aniversario, de alguno de mis viejos defectos, el peor de los cuales es justamente la postergación, el repetido incumplimiento de mis promesas de cambio”.
De paso en su pueblo natal, el personaje (un escritor) creado por Aira (otro escritor) dialoga con su sombra y llega a conclusiones aterradoras: “Muchas veces me he preguntado en qué ocupa su tiempo la gente normal, cuando a mí el trabajo de seguir con vida me ocupa hasta el último minuto, y apenas si me alcanza”.
El problema de fondo, creo, está en lo mayúsculo e inabarcable y abstracto del quehacer literario, artístico en general. El personaje divaga sobre esto y aquello porque sabe que por más que haya concluido proyectos (“pasé [los años] escribiendo mis novelitas”) siempre quedará inconcluso algo, quizá más de lo imaginado, lo que no suele ocurrir en otras profesiones con metas concretas e ímpetus dimensionados en escala humana. Pero el artista, el escritor de Aira, medita triste, sin sobresaltos, y escribe por/para todos los que ya pasamos el trance de la quinta década: “Uno se da cuenta de que no tiene veinte años; de pronto, advierte que ya no es joven…”. Con eso basta para frenar o, tal vez, acelerar el paso si quedan reservas de energía, y en esa disyuntiva me debato.

sábado, septiembre 13, 2014

Madera de José Santos Valdés



Recuerdo que en dos ocasiones escuché de Carlos Montemayor el comentario que aquí traigo; la primera vez, en la presentación de Las armas del alba allá por 2003 en el Museo Regional de La Laguna; la segunda, apenas dos semanas antes de morir, en una breve charla sostenida con alumnos de la Normal Superior de Gómez Palacio. Dijo el escritor parralense que unas pocas horas después del asalto al cuartel militar de Madera, Chihuahua, leyó en los periódicos de la ciudad de México, donde hacia sus estudios en la UNAM, que los jóvenes participantes en aquel acontecimiento eran calificados como delincuentes, revoltosos, gavilleros y demás. No cito textualmente, pero creo que soy fiel a las palabras del maestro Montemayor: señaló que le pareció sumamente extraña la categorización que los medios hacían de los guerrilleros, pues él había tenido la oportunidad de trabar relación con algunos y sabía que lejos de ser delincuentes, los caídos en el emprendimiento revolucionario contra el cuartel de Madera eran personas nobles, preparadas y generosas, con un sentido de la justicia muy afinado y congruentes en todo sentido. Aquel día a Montemayor le quedó claro, cuando aún era estudiante universitario, que los hechos de esa naturaleza, críticos al poder, contaban con dos versiones: la que ofrecían los medios al servicio de los intereses de unos cuantos, y la otra, la verdadera, oculta en montones de brumas deliberadamente creadas para que el dato cierto no tocara la luz, lo que desde entonces determinó en él la necesidad de formarse como investigador y esclarecedor de la verdad en temas relacionados, en general, con los grupos guerrilleros del país, y, en particular, con el caso de Madera.
Esta necesidad de Montemayor es la misma que palpita a corazón abierto en las páginas de Madera, razón de un martirologio, del profesor lagunero José Santos Valdés. Escrito entre abril y octubre de 1967, Madera es un documento valioso no tanto para entender el hecho en sí, el asalto al cuartel, que en términos reales ocupa una parte breve del libro, sino los antecedentes que dieron pie a la desesperada iniciativa de un puñado de jóvenes radicalizado en la idea de oponerse a un estado de cosas notablemente injusto.
El profesor Santos Valdés, autor de una amplia bibliografía que ojalá siga revisitando las imprentas, escribió su Madera casi al calor de los hechos, cuando todavía no se había disipado el olor a pólvora del asalto. Es por esto, quizá, que la información disponible para reconstruirlo resulte todavía vaga, sostenida en documentos recién elaborados y en no pocos casos contradictorios.
Más importante en este libro es, creo, el propósito que lo anima, un propósito insinuado desde el mismo título. Donde leemos “razón de un martirologio”, lo que debemos entender es que el estudio no tratará de describir pormenorizadamente el asalto, sino los resortes que lo motivaron, de ahí el largo recorrido monográfico por la realidad de Chihuahua a principios de los sesenta, de ahí la detalladísima exposición de las condiciones que guardaba esa entidad que hasta le fecha sigue siendo, como todas las mexicanas, mártir, sacrificada por la ambición y la rapiña de sus inmensos recursos naturales.
El profesor lagunero entendió bien, a dos años del asalto al cuartel, que el hecho no fue un exabrupto de unos locos o, mucho menos, un zarpazo de la delincuencia, sino el gesto de unos jóvenes convencidos de que se habían dado en Chihuahua las condiciones de injusticia como para emprender la lucha armada. El libro trata entonces de explorar el pasado inmediato al asalto, principalmente el relacionado con las condiciones de vida, profundamente desiguales, de privilegiados y desheredados, de suerte que al leerlo comprendemos mejor (no mejor, sino bien) la lógica del proyecto encabezado por Arturo Gámiz García y Pablo Gómez Ramírez.
El libro consta de catorce capítulos, un apéndice fotográfico y un colofón. En estricto sentido, sólo el capítulo 11 está estrechamente vinculado al asalto al cuartel. Los otros, como dije líneas antes, son el andamiaje que sostiene, con abundancia de datos estadísticos, históricos y sociológicos, la lógica del asalto. Esto es importante en un tema de esta índole (más si lo ubicamos en el contexto de su redacción), pues en aquel momento el control y la cerrazón de los medios de comunicación eran casi absolutos, de suerte que lo más escaso era la información y el análisis confiables, al menos las cartas completas sobre la mesa del ciudadano de a pie. El profesor Santos Valdés, hombre comprometido hasta los tuétanos con la verdad de los desvalidos, hizo en Madera un aporte importante, fundamental incluso, a la historia de los movimientos revolucionarios mexicanos que luego, en la década de los setenta, tendrían mayor ímpetu y recibirían del implacable echeverriato la represión atroz por todos nosotros conocida.
Vuelvo al arranque de esta vertiginosa y muy superficial reseña: así como Carlos Montemayor enfatizó, en los veinte años recientes, que a los héroes de Madera se les difamó con todo tipo de adjetivos ruines y que su trabajo narrativo e histórico serviría para vindicarlos, Santos Valdés, el humilde y generoso profesor lagunero José Santos Valdés, escribió en 1967 que “los mártires de Madera fueron eso: Mártires y de ninguna manera bandidos y salteadores como los calificó precisamente el hombre que tiene la culpa de que hayan muerto”. Cumplido, creo, fue ese objetivo en Madera, razón de un martirologio.
Madera, razón de un martirologio, José Santos Valdés, Universidad Juárez del Estado de Durango, Durango, 2011, 214 pp.

miércoles, septiembre 10, 2014

Boxeo con Alejandro Toledo




















El estereotipo del escritor generalmente lo aleja de ciertas aficiones consideradas poco edificantes, como el box. Hay sin embargo muchos aporreadores de teclados que simpatizan, algunos hasta el fanatismo, con el arte de las narices chatas y las orejas de etcétera. Recuerdo, entre los más famosos, al centenario Cortázar o a Norman Mailer, quienes en su momento escribieron páginas valiosas sobre pugilismo. En México, no escasearon antes ni escasean ahora los escritores que con genuino interés ven y escriben sobre el tema, como Ricardo Garibay, Luis Spota, Gilberto Prado, Rodrigo Márquez Tizano, Mauricio Salvador, Rodrigo Castillo y el que me ocupa en estos párrafos: Alejandro Toledo.
Periodista, ensayista y narrador, Toledo (Ciudad de México, 1963) tiene una amplia producción bibliográfica en su flanco temáticamente literario: Josefina Vicens: los márgenes de la palabra, Cuento mexicano/cuento hispanoamericano: conversaciones con Luis Leal y Seymour Menton, La fidelidad del relámpago: conversaciones con Roberto Juarroz, Aperturas sobre el extrañamiento, Creación y poder: nueve retratos de intelectuales, Los márgenes de la palabra, Dujardin y el monólogo interior, Atardecer con lluvia, Cuaderno de viaje y Lectario de narrativa mexicana. Cito esta lista de títulos con el fin de evidenciar que la exigencia crítica es la base del trabajo que define la trayectoria de Toledo, lo que, sin embargo, no lo ha puesto lejos de un gusto que a simple vista parecería distante: el box.
En De puño y letra. Historias de boxeadores (Ficticia, 2005) encontramos la mejor guardia de cronista y entrevistador que hay en Toledo. Ahora que bien o mal el box ha cobrado nuevo impulso gracias a las transmisiones en señal abierta y al tomaidaca entre Televisa y TV Azteca, no estaría mal que los aficionados al uppercut le echaran un vistazo al libro de Toledo. Creo que se trata de un mosaico digno de observación, pues con el estilo sobrio y ágil del periodismo indaga en la vida y en la obra de varios pugilistas mexicanos y del casi mexicano De la Hoya.
El libro ha sido armado en nueve rounds, cada uno con un reportaje en el que destacan, como ya dije, los recursos de la crónica y la entrevista. Hábil conversador, Toledo interroga a los personajes y nos trae de ellos el fluido de sus recuerdos. El primer texto, por ejemplo, es sorprendente, pues pone a dialogar a la boxeadora Laura Serrano con Jaime Sabines. Nos enteramos que ella también escribe versos. Luego de escucharla leer un poema, Sabines le recomienda: “Para llegar a ser buen poeta se necesita trabajo, oficio, disciplina. Como aprendiste a boxear, así hay que aprender a escribir”.
Luego de recorrer los tiempos de gloria del boxeo en el DF (“Cuando la ciudad se ponía los guantes”), Toledo trabaja sobre la figura ya legendaria de Salvador Sánchez. Va a Santiago Tianguistenco, el pueblo natal del campeón, en el aniversario quince de su fatalidad. La estampa es conmovedora, entrevista a los padres de Sal Sánchez y uno como lector/aficionado sale de estas páginas con la misma pregunta de aquella vez: ¿Por qué se fue tan joven?
En seguida asistimos a los rounds con Ladislao Mijangos (el peso pesado mexicano que se atrevió a pelear contra el monstruo Foreman), Daniel Zaragoza, Julio César Chávez (a quien le hizo marcaje personal durante mucho tiempo), Óscar de la Hoya, Miguel Ángel González y el Finito López.
De puño y letra cierra con un acercamiento a tres mánagers de época: Jesús Rivero, Cristóbal Rosas e Ignacio Beristáin, hacedores de campeones. Contiene, además, un apartado fotográfico de Víctor Mendiola. O sea, es un libro que recorre mucha lona y la recorre muy bien, siempre con elegante bending.

miércoles, septiembre 03, 2014

Agoreros en cámara Phantom













Los mexicanos que ya peinamos muchas o pocas canas recordamos como si fuera ayer el sexenio cómico-trágico-musical de José López Portillo (“musical” porque la hija de este presidente grabó un disco). Fue un sexenio oscuro, lleno de tropiezos, amargo hasta lo intragable —como todos, de hecho—, aunque marcado por la peculiar e involuntariamente chistosa retórica del primer mandatario. A quienes no sumaron su voz al coro del triunfalismo y vieron que en el futuro sólo había nuevos nubarrones, Jolopo los llamó, para la historia, “agoreros del desastre”. Pues bien, los susodichos no se equivocaron: el desastre sobrevino y aquel patilludo sexenio terminó en las peores condiciones imaginables.
Luego ocurrió que De la Madrid, Salinas, Zedillo, Fox y Calderón siguieron cantándose alabanzas y en todos los casos, obvio, hubo agoreros que pronosticaron los desastres. Lo extraño del caso es la infalibilidad de los vaticinios, como si todos los agoreros tuvieran la puntería de Guillermo Tell. Lo que pasa es que más allá del tino, es relativamente fácil anticipar lesiones al país cuando es gobernado así, con políticas antipopulares, de espaldas al ciudadano, como si el país y sus enormes riquezas fueran patrimonio exclusivo de unos cuantos y no un espacio propicio para impulsar políticas públicas con un sentido indeclinablemente social, justo y generoso.
Y no. Los intereses de pocos han sido siempre puestos por encima de la mayoría y por eso en el México actual reina lo menos parecido al bienestar. Por esto, pese al país venturoso que ayer nos dibujó el mensaje a la nación de Peña Nieto, la realidad se obstina en mostrar sus horrendas turbulencias. ¿Es, en consecuencia, disparatado calzarnos la casaca de agoreros del desastre frente al gobierno que hoy nos está salvando del apocalipsis? Mi respuesta es no.
Por su partido, sus intereses cercanos y lo que siempre ha querido EU para México es cabalmente imposible que el grupo político gobernante nos saque del hoyo negro. Las reformas salvadoras están pues condenadas a ser un ingrato recuerdo, como lo son ahora todos los remedios maravillosos que otros presidentes nos meroliquearon y nos vendieron y al final terminaron en rapiña. Por eso provocaron reacciones de indignación que derivaron en movimientos sociales (1988 y 2006) cuyos desenlaces bien conocemos: un par de fraudes que han abierto nuevos márgenes a reacomodos y manipulaciones, al reciclamiento de mesianismos que a su vez dan tiempo para seguir con el saqueo.
Pero así como existen los agoreros del desastre que sin despeinarse anticipan catástrofes que nunca fallan, en México no escasean los (me atrevo a denominarlos así) agoreros a toro pasado. Son aquellos que sólo ven defectos en la maquinaria del gobierno federal cuando ese gobierno ya quedó atrás, cuando ya sus cabecillas vacacionan en Dublín, en Miami, en Boston o donde sea, pero siempre lejos del ya de por sí tullido brazo de la justicia mexicana. Un ejemplo: durante la administración genocida de Felipe Calderón fue evidente que su lugarteniente, Genaro García Luna, estaba implicado en crímenes de lesa humanidad. Los señalamientos en contra de ese despiadado funcionario no cesaron, pero era intocable, tanto como el mismo usurpador de la presidencia. Uno de sus pequeños ilícitos, el montaje para atrapar a la banda de Los Zodiaco, pasó por Televisa “en vivo” hacia diciembre de 2005. Ni eso ni nada movió los hilos del poder para destituirlo de la SSP calderonista. Loret de Mola, eso sí, cuando había pasado el toro, es decir, siete años después, en enero de 2013, ya en el peñanietismo, reconoció con espléndida firmeza que aquello fue un montaje.
Como este ejemplo hay muchísimos, lo que obliga a pensar que en el fondo todos somos agoreros del desastre. La única diferencia es que unos lo son en tiempo real y otros en cámara Phantom, ya cuando el toro está muy lejos.

sábado, agosto 30, 2014

La doctrina Zuckermann













Si nos atenemos a la doctrina Zuckermann, todos los recursos que el Estado invierte en cultura deben ser destinados a paliar las necesidades de los más pobres. La trampa es demagógica y por tanto obvia: que no se gaste dinero en libros porque en el México de hoy hay millones y millones de pobres que no tienen comida, luz, agua, salud, vivienda y demás. Cierren el Conaculta, apaguen la señal del Canal 22, tumben el edificio del Fondo de Cultura Económica, que la plata allí invertida sólo sirve para acariciar a los clasemedieros urgidos de una barnizadita intelectual. La medida no es, piensa, tan grave, pues el mercado e internet llenarán las lagunas culturales dejadas por el Estado y se encargarán de satisfacer la demanda de productos artísticos y educativos, de libros en el caso que nos ocupa.
Como sabemos, Leo Zuckermann escribió el jueves pasado un comentario (“¿Se justificala existencia del Fondo de Cultura Económica?”) en el que propuso, sin broma mediante, la desaparición del FCE. Señaló que esta editorial ya había cumplido su labor, y que ahora muchas de sus publicaciones pueden ser halladas con facilidad en internet o serán prontamente impresas en sellos comerciales. La respuesta a tal disparate no se hizo esperar sobre todo en las redes sociales. ¿Cómo, se preguntaban los tuiteros, va en serio lo que propone el columnista de Excélsior? Y como al parecer no había migaja de choro en la propuesta zuckermanniana, zumbó de todo en internet: desde insultos hasta ironías, desde burlas hasta enconadas mentadas de máuser.
Que yo recuerde, nadie en la historia del FCE desde que lo fundó Cosío Villegas —ni siquiera en los tiempos fascistizados de Díaz Ordaz o Calderón Hinojosa— había tenido la ocurrencia de ahorrar algunos pesos en libros para pasarlos misericordiosamente al rubro “atención a la pobreza extrema”. Por eso mismo despertó inquietud que un intelectual, con razonamientos infantiles de pesos y centavos, planteara el cierre de una de las editoriales más importantes del mundo hispanoleyente. La propuesta hubiera sido tomada con naturalidad, no sé, de haber sido escrita por Pepillo Origel o el Perro Bermúdez, pero la dijo un tipo cuya vinculación con los libros y la cultura en apariencia es sólida. Eso fue lo que desconcertó, aunque ahora es frecuente que por devoción al mercado muchos lo supongan panacea y digan lo que sea con tal de rendir tributo al tótem de la ganancia.
Soy, como Zuckermann, de los muchos mexicanos privilegiados por las ediciones del FCE. Creo que es el sello editorial que más abunda en mi nutrida biblioteca y no es mentira ni exageración si digo que para alguien que, como yo, no heredó libros, que no tuvo las ventajas de vivir en una metrópoli importante ni estudiar en el extranjero, el FCE ha sido una especie de universidad en casa, la mejor que he podido hacerme sin gastar tanto dinero. Supongo que muchos más están en mi caso, y nomás por eso nos parece estulto pensar en la clausura de una institución cultural con ese peso. Y si la cierran, ¿los sellos comerciales publicarían lo que deje de imprimir el FCE? Nomás con reflexionar en los sitios donde es publicada la poesía (casi todos instituciones públicas) se da uno cabal cuenta de que el mercado no llenaría el hueco. Y lo mismo pasaría con muchos disciplinas culturales y científicas más, pues no venden y sólo tienen como válvula los sellos públicos, entre ellos el del FCE, acaso el más importante entre nosotros.
El razonamiento sobre las bondades de la publicación comercial me lleva a pensar, por ejemplo, en la televisión cultural. Si lo que dice Zuckermann es correcto, que cierren también el Canal 22 y el Canal 11, pues su programación pronto puede ser asumida por Televisa y TV Azteca.
El columnista critica el servicio que rinde el FCE a la clase media y piensa por ello que el gasto de dinero público es imprudente. Con mentalidad asistencialista, no cree en la cultura como factor de cambio social, sino en la dadivosidad al menesteroso, esa dadivosidad que por cierto jamás ha resuelto nada en las instancias electoreras de “desarrollo social”.

miércoles, agosto 27, 2014

En los límites de la dictablanda















Si mi lectura no es exagerada, vivimos ya un conato de dictadura. Los radicales podrán decir que elimine la palabra “conato”, pero la dejo por reserva, sólo para que no hagamos una comparación inmediata y simétrica con las dictaduras clásicas de corte trujillista-duvalierista-pinchetista. Estas se caracterizaron, como sabemos, por anular cualquier garantía al ciudadano, por oprimirlo mediante el terror de la persecución-desaparición-muerte. En aquellos regímenes no había puntos intermedios de convivencia política: o se estaba con el poder o se estaba en la persecución. Así de simple. Tal extremismo hacía evidente la barbarie de los gobiernos, lo que de alguna manera estimulaba la presión internacional en sentido inverso: los gorilatos no gozaban de buena prensa en general, y debían ser desplazados. Al caer, las democracias aplaudían.
En México ocurrió, en cambio, que “la dictadura perfecta” o “dictablanda”, como queramos llamarla, en vez de diluirse alcanzó un grado casi algebraico de sofisticación: el largo estropicio del PRI fue interrumpido, teóricamente eliminado, en 2000, con la llegada de “la transición”. Aquello fue, hoy es obvio, un montaje más entre los muchos que la dictablanda ha configurado para maniobrar en la coyuntura. En 2000 era necesario “un cambio irreversible”, así que los ejes del poder político-económico-mediático se alienaron para representar la pantomima. Lo hicieron muy bien, pues lograron afianzar seis años más el mango del sartén.
Tras los resultados del foxato rufián, en 2006 tronó otra vez, o estuvo de nuevo a punto de tronar, la aceitada maquinaria de la simulación. Como nunca en nuestra historia, el aparato político-económico-mediático trabajó en conjunto para evitar su naufragio, y lo logró apenitas, con un porcentaje de votos que de nuevo, igual que en el 88, dejó rondando el fantasma de la ilegitimidad.
Ahora bien, mientras la usurpación de Salinas fue maquillada con golpes de efecto mediático instantáneo (recordemos la caída en desgracia de La Quina y Jonguitud Barrios) que atrajeron simpatía al justiciero atleta de Agualeguas, los tiempos de Felipe Calderón ya no eran los mismos, o al menos no lo eran para el flamante mandatario, quien de inmediato se ajuareó con chaquetas verde olivo y puso en marcha una política de aplastamiento que devino, así de fácil, genocidio, el peor que hasta la fecha tenga registrado la historia de América Latina. La presencia militar y de todas las policías para la lucha antinarco no tenía como fin el cacareado combate a la delincuencia, sino la hemiplegia de la sociedad civil, la desactivación de toda inquietud política y el control en pocas manos, sin cortapisas, del poder federal.
El resultado lo vemos ahora con toda claridad. Como si fuera algo ya natural, las fuerzas militares siguen en las calles, los retenes no han levantado campamento, la institución electoral está bajo férreo control, la ciudadanía no participa en nada ajeno a su cada vez más difícil manutención y los partidos (en teoría opositores) sólo ripostan en plan anecdótico.
Las ventajas de la dictablanda son, como lo comenta Subirats, infinitamente mayores que las de la dictadura, pues mientras saquean permiten eliminar/cambiar/añadir sobre la marcha componentes discursivos de cambio, de transformación, de rediseño futurista. Por eso Peña Nieto enuncia en sus declaraciones que los beneficios llegarán lentamente luego de las reformas, es decir, instala el feliz resultado en la lejanía, fuera de su gobierno, para que no haya posibilidad de reclamo cuando aquel futuro no cuaje. Así ha sido siempre, pero de todos modos ganó Fox, ganó Calderón, ganó EPN y seguirán ganando los mismos, en apariencia legalmente, mientras sigan encontrando dispositivos para mantener estable el régimen de simulación, la dictablanda en permanente posibilidad de endurecer.

sábado, agosto 23, 2014

Un ejercicio brutal












Mientras el vocero de la casta divina y rapaz se emPeña en declarar que las reformas traerán beneficios y etcétera, millones de mexicanos viven sumidos en la desesperación y la creatividad. Desesperación por la miseria a la que están condenados y creatividad por la destreza que se necesita para sobrevivir a la andanada de golpes bajos que a diario —con cualquier salida a la tienda o con cualquier llegada de recibos CFE-Simas-Telmex y demás— le propina la perruna realidad. Ahora, pues, que anda de moda hablar sobre salario mínimo nomás para dar la impresión de que es un tema preocupante, no está de más pensar en la capacidad real de compra que tiene hoy este salario cuando en teoría debe ser suficiente para cubrir las necesidades básicas de alimento, vestido, vivienda, educación, salud y esparcimiento del trabajador.
El salario mínimo, nadie lo ignora, es un trágico hazmerreír. Enunciar su monto provoca burlas inmediatas, dado que hasta el más servil de los lambiscones del poder entiende que con una cantidad de dos mil pesos mensuales sólo alcanza para barnizar el sufrimiento. La cifra es tan pequeña que en los hechos equivale a nada. Es, dicho en correcto mexicano, una mentada de madre, la forma menos sutil de borrar cualquier esperanza de bienestar —presente y futuro— para los trabajadores.
El deterioro provocado por gobiernos infalibles en su perversidad, y aquí incluyo, obvio, al actual, ha sido tan hondo que al mes se necesitan varios salarios de este monto para paliar apenas las necesidades básicas de cada familia. En otras palabras, cada trabajador sabe, con cálculos caseros, que si no le trepa otros salarios al salario mínimo, su vida se convertirá en un infierno que en sus llamas arrasará todo: el sustento, la salud, la educación, todo.
La revista Nexos tiene un ejercicio ilustrador. No podrán verlo en masa los obreros, los indígenas, los trabajadores del campo, pues está en internet y el internet es inaccesible para ellos. Sirve entonces, sobre todo, para que los clasemedieros nos demos una idea de la megamadriza que requeriría ponerse un trabajador con salario mínimo si desea alcanzar nuestros ingresos. El tanteo es planteado con esta introducción: “Más de 6 millones de mexicanos ganan el salario mínimo que, en la zona A, es de 67.29 pesos al día o de 2,019 pesos al mes. ¿Podrías vivir con el salario mínimo? Ingresa las cantidades mínimas que crees que necesitarías para cubrir las necesidades básicas ¿Tendrías que trabajar más horas?”. La pregunta final tiene sólo una respuesta: sí. Nadie que eche un vistazo al Nexos en línea quedará listo para ser feliz con los 2,019 pesos del salario mínimo que corresponde a la zona A, y a fuerza deberá trabajar más, mucho más, para pagar sus satisfactores básicos.
El formulario pregunta cuánto dinero gasta uno en comida, vivienda, educación, servicios, transporte, salud, entretenimiento y todo lo que a diario requerimos para ir atravesando por la vida. El resultado es la suma de todas esas erogaciones, cifra que a su vez es planteada en términos de tiempo laboral mediante esta afirmación: si ganara el salario mínimo, usted necesitaría (xxxx) horas de trabajo para pagar lo que necesita.
Tras hacer la prueba, el resultado es escalofriante, lo que demuestra el pavoroso estado en el que se encuentra el salario mínimo mexicano y en general el deterioro del poder adquisitivo de cualquier trabajador.
Frente a esta realidad todo optimismo declaratorio, como el que se ha dado estos días debido a las reformas, jiede a cruel demagogia.

miércoles, agosto 20, 2014

Hora de pregonar












La primera pregunta que salta como pulga es ésta: ¿por qué los asesores de la presidencia permitieron la entrevista de Raúl Araiza y Andrea Legarreta con el más importante usuario de gel en nuestro país? Era obvio que ante el insignificante nivel de los periodistas hechos al vapor el encuentro se convertiría en una burla nacional gracias sobre todo a las redes sociales, espacios ideales para el desahogo de frustraciones en matriz chistoretera. El diálogo era, entonces, un meme cantadito, automático, la más sencilla forma de exponer al político del Palazuelos style.
Desarmados, ajenos por completo a la retórica (al menos a la retórica) del mundillo político, los entrevistadores hicieron un titánico esfuerzo por ponerse serios, tanto como la ocasión lo ameritaba. Portaron incluso ropa ad hoc, oscura, sobria, el atuendo ideal para dar el gatazo. Tanto Araiza como Legarreta, conductores del programa Hoy, escucharon al hijo predilecto de Atlacomulco con cara de interés, como si en realidad estuvieran siendo persuadidos por un gran estadista. Hicieron incluso algunas preguntas de algodón azucarado, preguntas que el residente de Los Pinos respondió con mecánica fluidez y convencida superficialidad, con el tono nada técnico de quien evidentemente no sabe nada a fondo y sólo recita un mensaje esperanzador.
Nada, pues, de miga hubo en la conversación. Ni los chicos prendidísimos del programa Hoy ni Peña Nieto se colocaron en un punto de exigencia correspondiente con el tema abordado. Se puede pensar, es obvio, que el horario del programa no permitía jiribilla política de mayor calibre, dado que en teoría la teleaudiencia de Hoy no es precisamente la más interesada en discutir los problemas de la patria. Pero no: simplemente no había más voltaje.
Luego entonces, ¿para qué va EPN a un programa caracterizado por el chacoteo en torno a las telenovelas, el espectáculo y uno que otro consejo práctico para vivir bonito? Pese a las burlas seguras, el Ejecutivo asistió a la entrevista baja en calorías porque de alguna forma este tipo de encuentros lo colocan como principal usufructuario político de las reformas. Aunque menciona que los cambios han sido construidos por consenso de los legisladores, se apersona en programas de audiencia soft con el objetivo de visibilizar los ánimos de transformación que según el actual régimen nos sacarán por fin, ahora sí, definitivamente, sin dada, con total certeza, del agujero negro en el que por motivos casi arcanos, y no por sujetos similares a EPN, llegamos a caer como el buey en la barranca.
La renovada vocación mediática de Peña Nieto no estará en este caso, por supuesto, aparejada con la democratización periodística de su figura. En otras palabras, hará los anuncios propagandísticos y aparecerá sólo en los programas de televisión que garanticen preguntas y respuestas confortables, nada espinosas. Como los temas relacionados con las reformas, además, demandan un conocimiento técnico de que EPN carece, el imperativo propagandístico será exponerlo sólo en los sitios donde pueda repetir la cantilena triunfalista que ya oyeron, más obligados que de ganas, Andrea Legarreta y Raúl Araiza en el inocuo programa Hoy

sábado, agosto 16, 2014

Monedas y alfajores
















El dinero es muy extraño y jamás ha dejado de sorprenderme la permanente abstracción de su valor. Uno suele pensar que sólo compra objetos y servicios, por eso cuando el dinero compra dinero hay algo que me atrevo a llamar "mágico". Lo que cuento me ocurrió a una cuadra de la plaza principal de Morón, en el Gran Buenos Aires.
Como lo viví allá con frecuencia, me quedé sin cambio para el bus que usa un sistema de cobro electrónico, similar al del teléfono público. Como el chofer no carga dinero, es imposible subir al bus sin dinero de baja denominación y en metálico para el tragamonedas. En Argentina pude notar de inmediato que hay escasez de morralla, así que me sentí desamparado cuando vi que en mis bolsillos no había monedas sueltas, sólo billetes, y ya se me hacía tarde para buscar cambio con la compra de cualquier cosa, pues lo más seguro es que en las tiendas me darían el vuelto con billetes de baja denominación, no con monedas. Entonces hallé mi salvación: una especie de casa de cambio improvisada sobre una mesita en la acera (o “vereda”, para decirlo en argentino). La atendía un tipo de facha torva, a quien le pregunté por las pilitas de monedas que tenía exhibidas allí. Me respondió que me daba siete pesos en monedas y dos alfajores por cada diez pesos que yo le diera en billete. Así arreglé mi asunto. De golpe, con un avejentado billete de diez pesos argentinos, compré siete pesos en monedas argentinas y dos alfajores de la más ínfima calidad.
Como cualquiera, yo había cambiado pesos mexicanos por moneda extranjera: dólares, euros, pesos argentinos, pesos chilenos y alguna vez libras esterlinas. Lo que jamás imaginé fue, literalmente, comprar dinero de un país por dinero del mismo país. Traté de hacer el cálculo de la ganancia que tuvo el vendedor de monedas. Por cada diez pesos argentinos en billete argentino daba siete pesos igualmente argentinos en monedas y los dos susodichos alfajores. Calculo que la golosina costaría, a lo mucho, cincuenta centavos cada una, así que la ganancia neta del cambista callejero era, digamos, de dos pesos por cada transacción. Mis pesos en morralla, pues, eran pesos caros, pero luego de darle algunas vueltas en la cabeza alcancé un poco de mayor claridad sobre el asunto: el tipo no vendía monedas argentinas por billetes argentinos, sino un servicio: el de ahorrarme el estrés de andar buscando morralla por toda la ciudad a una hora inadecuada, además de agasajarme (es un decir) con la golosina.
De todos modos, nunca olvidé la situación y todavía recuerdo que me alegré al tener de golpe, y sin sufrir, siete pesos en monedas que me servirían casi para cuatro accesos al bus. De los alfajores ya no digo nada; traté de mordisquear uno, y dejé el otro olvidado a propósito en un asiento de la unidad que cubre la ruta 166, tan odiada por mi querido amigo Fernando Veríssimo.

Nota: Me preguntan sobre el alfajor argentino, que si allá es igual que el de México. Mi respuesta es no. Yo también creí eso cuando leí que Borges lo menciona en “El Aleph”: “Beatriz Viterbo murió en 1929; desde entonces, no dejé pasar un treinta de abril sin volver a su casa. Yo solía llegar a las siete y cuarto y quedarme unos veinticinco minutos; cada año aparecía un poco más tarde y me quedaba un rato más; en 1933, una lluvia torrencial me favoreció: tuvieron que invitarme a comer. No desperdicié, como es natural, ese buen precedente; en 1934, aparecí, ya dadas las ocho, con un alfajor santafecino; con toda naturalidad me quedé a comer. Así, en aniversarios melancólicos y vanamente eróticos, recibí las graduales confidencias de Carlos Argentino Daneri”. Durante algunos años, pues, antes de internet y antes de conocer Buenos Aires, creí que el alfajor que a veces nos compraba mi madre era casi universal, pero luego advertí que era un producto harto distinto al mexicano. Ambos alfajores sólo se asemejan en su condición de golosinas, de postres harto empalagosos. El mexicano es (como se ve en la foto de acá abajo) coco casi molido y mezclado con azúcar, luego deshidratado y compactado en barras sólidas que en una de sus caras tiene un pigmento rosa Tamayo. El argentino es una especie de sándwich de galleta con una especie de leche quemada (o cajeta) en medio y cubierto con chocolate oscuro o blanco, una golosina similar al Mamut mexicano de aquel imborrable anuncio: “Para ese apetito feroz, ¡Mamut, Mamut!”. La palabra “alfajor” (un arabismo sin duda) es de mi total querencia porque siempre me recuerda a mi madre, quien toda su vida ha gustado de los dulces regionales que tantas veces supo compartirnos. Por eso, cuando vi esa palabra en un cuento de Borges me sentí más cerca de la escena, pese a que no era ni será el alfajor materno.



















miércoles, agosto 13, 2014

Teibolear o no teibolear, he ahí el dilema












Cuando estalla un petardo de ese tipo (son petardos, no bombas, y en el fondo no hacen nada) lo peculiar no es el escándalo en sí, sino las explicaciones ulteriores de sus protagonistas y la moraleja de la fábula. Me refiero al video que parece videoclip de Bandamax pero en realidad ilustra parte de lo ocurrido en una fiesta organizada por o para señalados panistas que luego de sus arduas labores se regalaron unos momentos de salaz (escribí “salaz”, no es errata) y esparcimiento.
Si usted no lo ha visto, no se pierde de nada. Sólo imagine un lujoso penthouse (escribí “penthouse” y eso me hizo recordar aquella magazine ya legendaria en el mundo de las pubertas manualidades) en el que unos pirruris otoñales interactúan amenamente con varias chicas superpoderosas, todas salvajemente gruperas. Uno de los comensales, el más animado, es Luis Alberto Villarreal, diputado federal panista que en el video se desenvuelve sobre la improvisada pista con unos pasos que le envidiaría el mismísimo Latin Lover en el certamen Bailando por un sueño. Villarreal abraza a una chamaca prominente sólo en términos corporales, y lo hace con un estilacho que delata miles de kilómetros de dancing club recorridos. Su compañera es la única identificada, aunque con un seudónimo: la llaman “Montana”, y es una beldad esculpida en laboratorio, de ésas que también mueven a sentir nostalgia por el glorioso Libro Vaquero.
Por allí, sentado en la mamalona terraza, anda también Martín López Cisneros, quien parece estar sólo al acecho de las chicas que quedan a su alcance para propinarles pellizquitos en la kardashiana retaguardia. Otro que se nota alegre, aunque sobrio, es Alejandro Zapata Perogordo: su diálogo con una de las acompañantes contratadas ex profeso para alegrar la difícil vida de los diputados parece desarrollarse casi diplomáticamente, aunque no falta que entre frase y frase comience cierto cachondeo preludial, anuncio de mejores lides.
Uno más, no legislador de nuestra hermosa república teibolera sino achichincle identificado como José Alfredo Labastida, entra al penthouse con dos chicas más, ambas con la misma catadura videorrolesca que ameniza con sus curvas el guateque. No podemos dejar de lado la mención al conjunto que interpreta melodías ad hoc, un tributo a Venus Rey, aquel cuasisempiterno líder sindical acuñador del dictum “La música viva siempre es mejor”.
Los diputados del blanquiazul y sus fieles colaboradores buscan un poco de relax en tal ambientazo. Es imposible saber, claro, si la sana diversión fue pagada con dinero de particulares o público, pero nunca falta que los receptores del mensaje maliciemos que gastos de dicha naturaleza han tenido como origen alguna caja chica gubernamental o en este caso legislativa.
El diputado Villarreal mandó una carta de risa loca a Reporte Índigo (medio que difundió el videclip); dice: “1.- Asistí como invitado a un evento privado, fuera de cualquier actividad relacionada con la reunión plenaria. 2.- El Grupo Parlamentario a mi cargo, no organizó dicho evento, por tanto, niego categóricamente que haya existido uso de recursos públicos para solventar tal evento, como se sugiere en la nota periodística. 3.- Ofrezco una disculpa a quienes haya lastimado mi participación en ese evento. Los hechos no reflejan mi trabajo y compromiso al frente del Grupo Parlamentario como Coordinador. Esta ha sido la Legislatura con mayores logros, que fueron construidos por el GPPAN”. No sé a ustedes, pero a mí me encanta el eufemismo “evento” metido tres veces con calzador en la explicación.
Al final, la moraleja: hoy no es suficiente con evitar recintos como el téibol u otros de semejante envergadura (sin albur). Con los celulares modernos el balconeo es ubicuo y llegó para quedarse.

sábado, agosto 09, 2014

Sistema de alarma












Es una mera percepción, pero tal vez ustedes la comparten: dialogue con cualquier familiar, amigo, compañero de trabajo o hijo de vecino ocasional, saque el tema de los gastos habituales y tal vez comprobará lo que califico, en mi caso, de “mera percepción”: que todos andan a gritos y sombrerazos. Los economistas lo explican bien, pero necesariamente, por exigencias de su instrumental teórico, deben apelar a tecnicismos que la raza de bronce no alcanza a comprender. ¿Qué es lo que sí comprende, entonces? La respuesta a esta pregunta la encontramos incluso sin querer en cualquier charla: apenas conversamos sobre los gastos quincenales y de inmediato salen a relucir los faltantes, las estrecheces, las deudas, todo aquello que nos tiene arrinconados y contra las cuerdas. El deterioro del poder adquisitivo ha llegado a tal extremo que en general (revise cada quien su caso) el sueldo de quince días no alcanza ni para una semana, de suerte que la vida es hoy un permanente zozobrar en el sentido náutico de la palabra: “Dicho de una embarcación: Peligrar por la fuerza y contraste de los vientos”.
Ante la pérdida galopante de bienestar lo lógico es pensar en dos reacciones: el enojo, que se da y queda de manifiesto en las susodichas charlas y, por supuesto, en las redes sociales. Todo es, por ejemplo, que lleguemos al gasolinazo nuestro de cada mes para que cundan por el país millones de mentadas de madre tuiteras y feisbuqueras contra Peña Nieto. E igual con las reformas, e igual con todo lo que el ciudadano percibe como puñalada trapera a la economía doméstica. La otra reacción, consecuencia obvia del enojo, sería la búsqueda de un cambio. ¿Qué debo hacer para que mi economía no se venga a pique, para que no “zozobre” como el barquito ya mencionado? Pues chambear más, bajarle al gasto, racionar el pan, buscar nuevas entraditas (“rebusques”, como dicen los argentinos) y si se tienen picardía y pocos escrúpulos, chingar al que se deje.
La lista de acciones a seguir para emigrar del hoyo es previsiblemente individualista. Quizá incluya a la pareja, o al amigo que anda en las mismas y quiere convertirse en socio, o al hermano que puede echar la mano en algún jale, o a la divina providencia que en teoría nunca nos deja solos, pero al final de cuentas es la lucha de un hombre contra el mundo, una iniciativa que en ningún momento piensa en lo verdaderamente colectivo, en la participación de muchos que atraviesan la misma mala circunstancia y desean revertirla.
El sistema de alarma social está inevitablemente encendido. La irritación real, aunque dispersa, de las redes sociales nos habla de verdaderas legiones, por ejemplo, de antipeñanietistas, pero el foco rojo y las sirenas no convocan a nadie. La pregunta aquí es también lógica: ¿por qué? La respuesta, como cualquier respuesta a un fenómeno social, es compleja, pero sin duda pasa por el desprestigio inducido de todo lo político.
No sé cuándo, no sé cómo, pero el poder en México fue descubriendo, hasta dominarlo con maestría, que la mejor política para mantenerse en pie y seguir medrando era desprestigiándose a sí misma, tanto que hoy todos los políticos son, en el imaginario nacional, una mierda; todos los partidos, nidos de pránganas; todos el aparato electoral, un armatoste sin credibilidad, lo cual no está muy lejos de ser cierto, pero no al grado de que incurramos en generalizaciones desactivadoras.
Más que nunca se da hoy la vieja paradoja: no hacer ninguna política es hacer mucha política. La parálisis es pues la contracara de la hegemonía a la que estamos sometidos por quienes sí hacen, así sea nauseabunda, mucha política.