miércoles, abril 23, 2014

Emmanuel Carballo, un cartógrafo













El libro es un librote, tiene 578 páginas y caminó por todo México, a un precio de risa, en 1986, durante el atropellado delamadridato. Su colofón señala algo que hoy no vemos tan a menudo pese a que el país ha seguido creciendo: que su tiraje fue de treinta mil ejemplares. No quiero ni imaginar lo que significa en volumen de papel un libro literario con más de 500 páginas multiplicado por treinta mil. Eso ya casi no se ve. De hecho, yo jamás he admirado tamaña ínsula. Tales tirajes fueron los últimos que recuerdo en materia de difusión nacional de nuestra literatura, en ese caso de la colección Lecturas Mexicanas auspiciada por la SEP en colaboración con varias editoriales del país.
Protagonistas de la literatura mexicana es su título, y no vacilo al afirmar que desde el mismo 86 es un libro que me acompaña. O al revés: es un libro al que acompaño, pues él a mí no me necesita y, en cambio, su contenido es para mí básico, casi como el que puede ofrecer un maestro de tiempo completo. Su autor es Emmanuel Carballo (Guadalajara, 1929), uno de los ahora numerosos escritores que se nos han estado yendo cada media hora.
Se trata de un clásico mexicano del género entrevista. Más: si me apuran un poco, creo que es el mejor libro de entrevistas mexicano de la historia, pues además de que cada pieza es excepcional per se, el conjunto es apabullante, un pozo de referencias y orientaciones como pocos puede haber.
Su primera edición data del 65, y Carballo señala que comenzó a trabajar en él hacia el 58. Por ello, apenas alcanzó vivos a Vasconcelos y a Reyes, quienes murieron un año luego. Además de estos tótems, la lista incluye a Fernández McGregor, Guzmán, Torri, Valle-Arizpe, Jiménez Rueda, Barreda (Octavio G.), Pellicer, Gorostiza, Torres Bodet, Novo, Muñoz (Rafael F.), Yáñez, Campobello, Arreola, Garro, Castellanos, Fuentes, es decir, escritores nacidos entre 1800 y 1930. Podemos sentir que la incorporación de algún “protagonista” es injusta, pero es un hecho que la mayoría fue (es) determinante para agrandar el valor de la literatura nacional. Yo mismo tengo allí mis favoritos (Reyes, Guzmán, Yáñez, Arreola, Castellanos), pero no dejo de apreciar el titánico esfuerzo del joven Carballo por recoger, en amplios diálogos, apreciaciones que si no hubiera sido por su empuje, hoy no tendríamos.
Vi a Carballo una sola vez, esto entre 1987 y 1990, no recuerdo bien. Vino a Torreón para participar en una mesa redonda, o algo así, sobre Torri. Para entonces ya tenía la referencia, claro, de sus Protagonistas…, así que el hombre ya cargaba algo de mítico. Vino acompañado de su esposa, la escritora Beatriz Espejo, y del también crítico Serge I. Zaïtzeff. Quizá me equivoco, pero creo que quien organizó todo fue Felipe Garrido, para entonces casi radicado en La Laguna. El caso es que, mutatis mutandis, Carballo entró al Teatro Isauro Martínez por la avenida Matamoros y casi en la puerta lo saludamos Gilberto Prado, Saúl Rosales y yo. Hubo un cruce cordial de saludos y allí quedó todo, entramos a la presentación y nunca más volví a escucharlo en persona.
En persona no, pero su libro, como ya dije, ha sido una presencia frecuente en mi dinámica de relecturas. Tan frecuente que, como quedó asentado en un tuit escrito tras saber la noticia de su muerte, hace apenas unos días releí el diálogo con Martín Luis Guzmán, una entrevista que todavía, lo repito, huele a pólvora.
Regatear a un crítico, como suele ocurrir, el estatuto de escritor me parece necio. Carballo lo fue, y de los buenos y fecundos. Su gran creación parece la de cartógrafo: trazó coordenadas, indicó el sentido de algunos vientos, orientó. Murió el pasado 20 de abril. Pero como sucede en estos casos: murió pero sigue vivo.

sábado, abril 19, 2014

Cuando era aprendiz e indocumentado
















Mi buena relación con Gabriel García Márquez tiene la edad de mi biblioteca: 32 años. Lo sé porque en octubre de 1982, año en el que ganó el Nobel, yo acababa de entrar a la universidad con el deseo no tan difuso de dedicarme, imagínense, a escribir. Coincidió entonces que accedí a la universidad y casi al mismo tiempo comenzó la búsqueda de los libros que en teoría me han ido, imagínense otra vez, formando. Si nos atenemos a la idea pigliana de que toda biblioteca encierra una autobiografía, en mi vida bibliográfica están, sin duda, la literatura, el periodismo, la historia y el arte como protagonistas, pues la mayor parte de los libros que pueblan mis entrepaños se relacionan con esas disciplinas.
Guiado entonces, nomás, por el instinto y el internet de aquella época, los periódicos de papel, supe como cualquier hijo de vecino que un colombiano se había agenciado el mayor premio literario del mundo. Como aprendiz de lector y todavía más aprendiz de escritor entendía que allí donde los diarios hicieran énfasis estaba la posibilidad de hallar un buen escritor, así que un día salí de casa, como lo hice innumerables ocasiones, rumbo a la avenida Morelos, de Torreón, zona donde se ubicaban todas nuestras librerías. Este recuerdo es imborrable. En el local de Librolandia, montado frente al estudio fotográfico de Julio Sosa, hallé varios libros del premiado. El dinero sólo me alcanzó para comprar el más delgadito: El coronel no tiene quien le escriba en la edición de Oveja Negra. Tenía un pegote dorado en la portada: Premio Nobel 1982.
Lo leí de una sentada, claro, y me deslumbró. Es un libro que conservo, pese a que los libros de Oveja Negra terminaban convertidos en un póker, con todas las hojas zafadas de sus lomos. Por una razón irracional, considero que con ese libro comenzó la construcción de mi biblioteca. Puede ser que antes hubiera conseguido algunos pocos títulos, pero el hecho de recordar cómo hallé y cómo leí El coronel… me mueve a pensar que ese puñado de páginas son la piedra fundante de una biblioteca que, lo he dicho muchas veces, me enorgullece sólo por debajo del orgullo que me producen mis tres hijas.
A partir de entonces, pues, un libro o una revista o una conversación me llevaban a otros libros, de manera que pude hacerme de varias obras completas o casi completas de muchos autores, entre los que se encuentra García Márquez. Sin apremio, sin ceñirme a ningún plan, lo he recorrido casi completo. En la misma Librolandia compré luego Cien años de soledad (edición que muchos años después regalé a mi ex alumno Beto de la Fuente) y en muchos lugares más sus otros libros. Creo tener dos de sus primeras ediciones: la de La mala hora y la de Crónica de una muerte anunciada. En librerías de viejo he encontrado sus libros recientes, pues ya no solía comprarlos cuando eran novedades editoriales. Tengo otro recuerdo importante con un libro de GGM: en la librería del Güero ubicada en un local del mercado (que en paz descanse) Pancho Villa, encontré Cuando era feliz e indocumentado, crónicas y reportajes de GGM publicadas en editorial Rotativa, española. Para mí se trata de un libro modelo, tanto que, entre los títulos periodísticos del colombiano, es el que más aprecio.
Por todo esto el 17 de abril escribí un tuit que fue más o menos celebrado: “Ya que Gabriel García Márquez murió, ignoro por qué razón su ida me parece extraña. Sospecho que en el fondo yo pensaba que era inmortal”. Ahora creo entender por qué: él es simbólicamente mi biblioteca y uno se niega a aceptar que eso, lo verdaderamente bueno, también termina.

miércoles, abril 16, 2014

La erudición tutti frutti




















Es difícil saber qué sabe uno. Lo más probable es que nada, más si nos comparamos con Alfonso Reyes o con Wikipedia, soportes que dan la impresión de guardar en su seno todo el conocimiento habido y por haber. Pero algo, aunque sea poco, resguardamos dentro del cráneo, principalmente el conocimiento de lo que más nos apasiona. En el caso del escritor, hasta donde sé, ese conocimiento es diverso, multiforme, amplio y caótico, con frecuencia oscilante entre lo culto y lo no tan culto.
Uno de los mejores libros que tengo de la editorial Cal y Arena en realidad son dos libros en uno: lo cocinaron a cuatro manos Rafael Pérez Gay y Luis Miguel Aguilar. El primero, Cargos de conciencia, va de un extremo al centro del libro; desde el otro flanco hace lo mismo Nadie puede escribir un libro. Es, pues, un tabique siamés publicado en 1997. En la página 158 del área que corresponde a Pérez Gay podemos leer esto: “… Aguilar disertó sin descanso acerca de: 1) T.S. Eliot, 2) la enorme obra poética de Jorge Luis Borges, 3) la poesía latina (citó de memoria algunos epigramas formidables que, estoy seguro, inventó sobre su loca marcha discursiva), 4) la trayectoria de Hugo Sánchez en el futbol internacional (tema en el cual lo derroté duramente), y al final 5) la vieja colonia Condesa que nos vio crecer”.
Esta lista de cinco incisos da una idea más o menos cercana a lo que quiero escudriñar. El escritor —en este caso Luis Miguel Aguilar descrito por su amigo y copiloto de libro Pérez Gay— es un pozo de saberes más o menos amplio y a veces desordenado, tanto que del exquisito poeta de Misuri es posible pasar al Niño de Oro con cierto descaro, como si fueran dos temas afines.
Recuerdo que mi amigo Gerardo García Muñoz, lector memorioso y ensayista con visión aguda, era capaz de sacar en cualquier charla nombres y andanzas de escritores, músicos, filósofos, pintores y al mismo tiempo de boxeadores, beisbolistas y fauna diversa de la farándula. Hasta donde recuerdo, él es el único que me ha mencionado el nombre real del luchador pelón que salía de malo en las películas de Santo (Nathanael León Moreno) o de Wally Barrón, actor que siempre hizo papeles de sujeto abyecto. No por otra razón, luego de reír, hablábamos sobre la imposibilidad de borrar esa información del disco duro.
Por su lado, y sigo con los amigos que tengo más a la mano, Saúl Rosales tiene una cultura amplia sobre materias como literatura, música y teatro, y puede discurrir sobre Mayakovsky o Sartre o Haydn con la misma solvencia con la que lo hace sobre Julio Jaramillo o Elizabeth Taylor.
Y no se diga el caso de Gilberto Prado, quien en las sobremesas suele fluctuar sin aduanas entre los poetas del Siglo de Oro español, los filósofos del medievo y Los Ángeles Negros y Lalo Mora.
Es posible que en esa capacidad para deambular por territorios tan dispares se base la superstición periodística de entrevistarlos en toda ocasión. Hay, sin embargo, límites, y todo escritor conoce los suyos. Salvo Papini, el mencionado Reyes y algún otro que de momento olvido, los demás tienen o suelen tener una digna erudición tutti frutti, pero con frecuencia nada cercana, por ejemplo, a la economía, la medicina, la ciencia y la cosmetología. Así que cuando vean que un escritor pontifique sobre los avances de la oftalmología o el peligro de la gripe aviar es probable que sólo se esté luciendo.

sábado, abril 12, 2014

Mejor de lejitos




















Álvaro Uribe (México, 1953) tiene un relato espléndido en el que narra su encuentro con Cortázar. Está en el libro Cuadrángulo (Aldus, Conaculta, colección La Centena, México, 2001), y lleva por título “Es fama que el cronopio murió”. De hecho, uno tiene que cuidarse de no llamarlo cuento tan a la primera, pues más bien parece una crónica sobre la admiración de Uribe al autor de Rayuela. Por lo anómalo, su final es hilarante, un final cortazareano a un cuento sobre Cortázar.
Deliciosamente escrito (me impresiona siempre la adjetivación de Uribe), describe en primera persona las estancias del personaje-narrador en París, cómo a los 18 años lee por primera vez a Cortázar y cómo queda flechado para siempre sobre todo por Rayuela y 62 modelo para armar. Así hasta llegar a un momento crucial, a medio cuento-crónica: el primer encuentro con el maestro. Poco antes de darse, el personaje-narrador declara: “Nunca hasta entonces me había interesado tratar en persona a mis escritores tutelares. Muchos compañeros de mi edad compartían esa reticencia. Casi todos temían decepcionarse: temían que el individuo de carne y hueso fuera menos atractivo que sus libros. A mí en cambio me aterraba decepcionar”.
Poco más adelante comparte pues una comida con Cortázar y un amigo común. Es un fracaso, siente que dice un par de imprudencias que ni la exquisita educación del argentino podía perdonar, y concluye sobre aquel encuentro: “Yo en su lugar [en lugar de Cortázar] habría reflexionado que hay algo de cierto en la perogrullada de que no vale la pena conocer a los escritores, pero que en muchos casos puede valer aún menos la pena conocer a los lectores. Sería sin embargo arrogante suponer que el encuentro conmigo le sugirió siquiera esa pobre reflexión. Es más sensato creer que olvidó el incidente a los pocos minutos y que nunca volvió a pensar en el prescindible mexicanito que deliberada o torpemente lo había importunado”.
Este comentario me lleva a pensar en la inquietud que seguido experimentan muchos lectores: conocer a sus escritores favoritos, una inquietud que puede llegar a ser patológica cuando se trata de escritores que desean conocer a sus “escritores tutelares”. Esto, sin embargo, es normal. ¿Quién no desea saludar de mano al tótem del oficio que más le apasiona? ¿Quién no anhela un autógrafo, una foto, una prenda puesta a la venta en Sotheby’s o casas por el estilo? Pienso por ejemplo en lo que daría un admirador de Marlos Brando por el moño que usaba para personificar a don Corleone, o en lo que costaría, si lo vendieran, el balón que entró a la portería impulsado por la mano de dios. Cuando se trata de escritores todavía vivos, muchos admiradores no se contentan con el mero libro y desean conocer al ídolo. Para eso sirven ahora las ferias: los autores de alto prestigio son arreados allí por las editoriales sólo para que la gente sacie un poco su hambre de cercanía. Los escritores jóvenes, sin embargo, suelen buscar algo más: conversar, echar unas copas con el idolazo, y cuando eso se da suele ocurrir que no ocurre nada, salvo, a veces, alguna decepción mutua: el escritor en cierne ve que el maestro es seco, distante, a veces hosco, y el escritor consagrado advierte timidez extrema o ganas de lucirse en el admirador, y suele olvidarlo en el acto. Esto que digo es muy esquemático, por supuesto, pero es lo que más suele pasar, por eso lo consigno.
En lo personal, he trabado muy poco contacto en comidas o cenas con escritores famosos. Lo más que he alcanzado es una breve mesa, en SLP, con Vargas Llosa. No sé si me equivoco al pensar que es preferible el trato con los libros que con sus autores. Esto puede ser explicado con facilidad: a los libros no tenemos para qué serles simpáticos o inteligentes, así que nunca los decepcionaremos. Con comprarlos y leerlos, si antes no nos decepcionan, basta.

miércoles, abril 09, 2014

Gabo frente al respetable público
























Creo que son ya cuatro los libros de García Márquez que sin querer he podido leer de un jalón. En la lista no están los extensos, obvio, sino aquellos ubicados cerca o relativamente cerca de las cien páginas, como Miguel Littín clandestino en Chile, Crónica de una muerte anunciada, Relato de un náufrago (los tres hace muchos años) y ahora, el pasado fin de semana, Yo no vengo a decir un discurso (Mondadori, 2010, 155 pp.) regalo que en 2013 me hiciera, enviado desde el DF, mi amiga Marcela Medina. Obviamente se trata de un libro menor en la bibliografía del Nobel colombiano, pero, como todos los suyos, no deja de tener la virtud de la buena prosa y el encanto de muchas referencias sobre sus andanzas sobre la pelota terrestre.
El libro recorre parte de la trayectoria garciamarquiana como orador. O más precisamente, como lector de discursos, pues la oratoria de voz atronadora y gestos histriónicos nunca fue lo suyo ni es, que yo sepa, hábito de escritores desde las épocas de Emilio Castelar. Los textos que componen Yo no vengo a decir un discurso fueron escritos para ser leídos en voz alta, y ahora aparecen arracimados en un libro porque de García Márquez se venderían, organizados, hasta los postits con sus pendientes de la semana entrante.
Este libro puede ser, sobre todo para los fans del Gabo, un grato complemento de los muchos otros que han granjeado fama al autor de Cien años de soledad. Está en la línea de El olor de la guayaba, la conocida entrevista de Plinio Apuleyo Mendoza, o Textos costeños, el ladrillote de columnas firmado con el seudónimo Séptimus. Es decir, se trata de un título complementario y armado desde fuera, más por exigencias editoriales que íntimas, quizá un poco contra la voluntad del propio autor. Cristóbal Pera señala, en una nota final, que trabajó “codo con codo” junto a GGM para organizar y revisar los discursos. Sospecho por eso que la idea del libro fue ocurrencia de otros, no del escritor.
Yo no vengo a decir un discurso presenta 22 textos de GGM en secuencia cronológica. El primero data de 1944, cuando su enunciador tenía apenas 16 años; el último, de 2007, año en el que estaba a punto de cumplir los ochenta. Más que ver la “evolución” de un estilo o de una personalidad, evolución que no me parece significativamente marcada —salvo, claro, en el brinco que se nota del primero al segundo discurso, del año 44 al 70, puesto que estamos hablando de la transición del adolescente al adulto ya bien entrado en años—, somos testigos del salto descomunal que significó Cien años de soledad en la vida de su creador. Antes del discurso de 1970 sólo está el anecdótico de la adolescencia, por lo que fácilmente se puede colegir que es a partir de 1967, o sea, a partir del lanzamiento de su novela cumbre, cuando GGM comienza a encarar la ingrata situación de leer discursos, “el más terrorífico de los compromisos humanos”.
Para beneplácito de sus lectores, el oriundo de Aracataca pasa involuntaria revista, mediante los discursos, a sus temas, a sus viajes y a varios de los espacios que lo han acogido en auditorios abarrotados. La política, el cine, la historia, el periodismo y, claro, la literatura son las disciplinas que navegan sobre estas páginas. De todas las piezas, tres me parecen memorables: el discurso ofrecido durante la ceremonia de recepción del Nobel (una brillante condensación de la historia de Europa y América), el dedicado a la figura de su amigo Cortázar, y el último, leído en la conmemoración del cuarenta aniversario de Cien años… Estos fueron los que más me agradaron, pero es innegable que en todos, hasta en el de 1944, campea la escritura de calidad, la adjetivación restallante y el compromiso con la belleza de este clásico vivo.

sábado, abril 05, 2014

Pulir la onza




















¿El escritor nace o se hace? Esta pregunta podemos dedicarla a cualquier profesional: ¿el matemático, el ajedrecista, el carpintero, el vulcanólogo, el estilista, el cantante, el plomero, el “lo que sea” nacen o se hacen? La respuesta resulta sencilla en todos los casos y es, como dice el albañil al preparar la mezcla, ésta: micha y micha. Cualquier profesión asumida vocacionalmente, es decir, no por obligación sino por genuino gusto, demanda una mixtura de capacidad innata, de inclinación física y anímica natural, y de trabajo, de chamba similar a la del galeote.
Los casos que rompen esta dualidad cunden en el planeta. En toda actividad hay profesionales que no traen la onza y le echan fervor a la chamba, o que traen el diamante y se tiran a la hamaca porque creen que se pulirá solo, o que no traen nada de nacimiento y de paso asumen esa carencia rascándose el ombligo. En menor cantidad están los que cuentan con el talento y se empeñan en perfeccionarse, los conscientes de una capacidad que saben escalable gracias, sin más, al trabajo.
En Escribir es un tic (Ariel, Barcelona, 2008), libro-bufet de Francisco Piccolo, esto es afirmado mediante una parábola deportiva: “Conviene recordar siempre que McEnroe y Carl Lewis, lo mismo que Maradona, son una combinación de talento y entrenamiento. Más de uno pensará: si yo tuviera las piernas de Carl Lewis no perdería el tiempo entrenándome. Pero si Carl Lewis hubiera decidido levantarse cada cuatro años para ir a los Juegos Olímpicos a correr y saltar, su talento habría quedado en muy mal lugar. Basta con informarse un poco para saber que Carl Lewis se entrenaba más que nadie, más que los que no eran Carl Lewis. Así que no será difícil creer que el mismo concepto (método, justamente) se les puede aplicar a Tolstoi y a Flaubert, a García Márquez y a Calvino”.
Si Carl Lewis entrenaba más que los que no eran Carl Lewis, imaginen entonces lo que debe hacer, en el caso de la literatura, quienes no son Faulkner o Mann. Deben entregar su vida, lo que se pueda de su vida, a la pulimentación, sin fatiga, de la piedrita que ya traen de nacencia, pues de lo contrario no llegarán a escribir lo que en potencia, por el talento natural ya dado, guardan en su cabeza.
Sobre los métodos de trabajo no hay regla que valga, pues en este caso cada quién se inventa sus entrenamientos y se inscribe en sus competencias. Pienso por ejemplo en Juan Rulfo. A simple vista parece un escritor huevón, un genio que no quiso dar a la posteridad más allá de dos o tres libros. Rulfo tenía, es incuestionable, un talento especial, único e inaudito, un oído conectado con la sonoridad profunda del español mexicano del mundo rural. Eso estaba en él desde siempre, desde que nació, pero lo pulió en silencio, abnegada, tozudamente, a lo largo de los 35 años que le sirvieron de entrenamiento para llegar a El llano en llamas y Pedro Páramo. ¿Y qué fue exactamente ese entrenamiento? Leer, leer como loco, con la vista puesta en las tripas de la prosa, en la estructura de historias ajenas que orientaron y afinaron su sensibilidad a un grado casi aéreo. Luego de esa breve totalidad, de esa carrera de cien metros planos que fue “su” única carrera, Rulfo se llamó a silencio y ya jamás volvió a las pistas.
Lo malo es que los Rulfos, como los Bolts, no se dan en maceta. Los demás tienen, tenemos, que trabajar y trabajar sin freno, todos los días leer y escribir cuanto sea viable para poder dar lo poco o lo mucho a lo que estuvimos destinados, sea lo que sea.

Laboratorio de análisis cínicos















Gerardo:

Vi tu comentario, la “carta abierta” o “artículo” que no hubieras querido escribir ahora que te has autoerigido Procurador para la Defensa del Chismorreo. Tiene muchas observaciones atendibles sobre el actual manejo de las redes sociales y sobre los recovecos de la vida noticiosa y cultural. Podría apreciar parte del mensaje que en la carta anotas al pie de página web (“Eres un escritor y un ser humano que respeto y admiro. Te considero el mejor Director de Cultura que hemos tenido en esta ciudad”), pero no soy yo quien debe opinar sobre mi “gerencia”, como jamás lo he hecho. En estos casos sólo agradezco sobriamente, a veces sin enunciar una sola palabra.
Paso a responderte.

De lo especioso
En tu alegato noto flecos especiosos y varias suposiciones infundadas, incluso algunas plenamente instaladas en la ruindad (no todas las atenderé, pues, como verás, hay algo que me detiene en el primer párrafo de tu texto). Por ejemplo, entre los especiosos, que debe interesarnos igual la vida de las islas Fidji que la de La Laguna. En primer semestre de periodismo enseñan que el interés noticioso depende sobre todo de la cercanía, así que yo no manejaría en los mismos términos un link sobre Oceanía que otro sobre Torreón.
Otro especioso o al menos parcialmente equívoco: que me opongo a las actividades de “relumbrón”. Sí, claro, me opuse a eso y me seguiré oponiendo, siempre y cuando tal sea el eje de la política cultural de un municipio. Es decir, si una administración pública trae un cantante o un conferencista foráneos y de alta cotización cada dos días, claro que me parece y me seguirá pareciendo (a mí) incorrecto, pues eso demanda recursos que pueden aplicarse en actividades de amplio espectro social, por llamarlas de algún modo. Pero la dinámica de una administración pública se ciñe a ciertos tiempos, y aquí no te digo nada nuevo. Yo llegué a la DMC para trabajar la mitad de un periodo, los dos últimos años, los más difíciles en términos presupuestales. No promoví la visita, por ello, de un solo conferencista o cantante o grupo de fuera, pues apenas había recursos para lo local, y esto con serias limitaciones. Lo anterior no significa que en otra coyuntura más propicia me niegue a la presencia de artistas o intelectuales foráneos. Lo único que haría es evitar personalidades muy onerosas o actividades demasiado frecuentes con invitados de esta índole.
Otro comentario especioso: que supongo “elitismo” en Maldonado y en ti. Sin palabras, nunca dije eso, pues no lo pienso.
En suma, puedo afirmar que el manejo de tus argumentos raya en lo cómico, tanto que despide un cierto tufo chimoltrufio: como digo una cosa, digo la otra. Dices “Que Renata Chapa y Jaime Muñoz son esposos y se están divorciando no se revela aquí por primera vez; el dato aparece en más de un periódico y más de un sitio en internet”. Y sin decir agua va, concluyes: “A mi parecer, debiste mencionar en el blog tu parentesco conyugal con Chapa, pues forma parte inesquivable del contexto de la discusión. Debiste informar, asimismo, que ocupabas la dirección cultural de Torreón mientras tu esposa ocupaba la de Gómez Palacio, y que ahora ella te sucede en la administración torreonense”. Bien, dado que cuando polemizo debo confesar incluso lo que ya está en “más de un periódico y más de un sitio en internet”, comenzaré diciendo que mi nombre es Jaime Muñoz Vargas, que nací en mayo de 1964 en Gómez Palacio, Durango, que me dedico…
De lo ruin
Una suposición ruin tiene que ver con mi llamada al director de una revista para quejarme de ciertas publicaciones y demás. Que yo recuerde, ni ahora ni nunca he llamado a ningún director de algún medio de comunicación para quejarme de nada. Repito: ni ahora ni nunca he llamado a ningún director de algún medio de comunicación para quejarme de nada. Jamás. En ningún medio de comunicación del mundo hay una carta, ni un tibio mail, para pedir siquiera “derecho de réplica”, pues para eso tengo mis espacios favoritos y no favoritos, y también para eso aprendí a escribir. ¿Crees que ahora le voy a llamar a Pepe Lupe para darle lecciones de moral y periodismo independiente o para pedirle que te margine de su staff? ¿Crees que me interesa que le hagan de agua la publicidad allí donde la pepena? No soy quién para aleccionar a nadie sobre lo que puede publicar o no. Además, ¿alguien me haría caso si disemino querellas en los medios contra los cuáles siento desacuerdos? Lo que si hago, y lo hago con frecuencia, es opinar en mis modestos espacios sobre la recepción de los mensajes. Por eso reseño libros o comento los temas que se le atraviesan a mi mente y siento de interés y se ubican cerca de mis gustos y competencias. Más que indicar utópicamente a Televisa, a TV Azteca, a Excélsior, a Milenio, a El Siglo de Torreón, a Noticias, a Grem, a Radio Torreón, a Kiosco, al Washington Post, a La Voz de Viesca y a quien sea lo que deben difundir, procuro opinar, insisto, sobre algunos mensajes y sobre cómo creo (creo, ojo) que son y cómo creo que deben ser recibidos. ¿Eso es poco? Tal vez sí, y es lógico que me encantaría tener tiempo y capacidad para escribir teorizaciones sartorianas y contar con altavoces más grandes para que mis palabras no fueran compartidas por un público tan escaso, pero es lo que he podido hacer y he hecho siempre con la mayor honestidad, pulcritud y desinterés posibles. Por tanto, la conclusión a la que llegas (que me he convertido “en un represor de la libertad de expresión”) es, creo, risible si la basas en el invento de que hablé con el director de una revista para quejarme, más si tomamos en cuenta que tengo al menos cinco meses o poco más sin conversar, que yo recuerde, con el director de algún medio (con la última que conversé fue con Marcela Moreno, el lunes 10 de noviembre de 2013, para programar mi vuelta a las páginas de Milenio Laguna, cita que tengo documentada en mi correo electrónico). Pero no sé. Quizá en las madrugadas salgo a dialogar, sonámbulo, inconsciente, con directores de medios, y si es el caso, ofrezco una disculpa. Así entonces, quienes te publicaron y te publiquen esta “carta abierta” (y cualquier otro texto) jamás recibirán ni una sílaba de mi parte. Debes estar tranquilo. Este furioso “represor” te lee atento y te responde sin necesidad de cerrar las puertas a nadie ni aleccionar medios de comunicación chicos o grandes.

La visita fantasma
Puntualización aparte merece la mención que haces sobre una visita mía, reciente, a El Siglo. Tienes razón: lo visité por última vez el 23 de febrero de 2012 a las 8:30 pm (cita que tengo documentada en mi correo electrónico), cuando me invitaron a una cena luego de haber sido jurado de un concurso de cuento organizado por el propio diario. ¿Eso es reciente? No puedo, por tanto, más que quedar pasmado ante los fantasmales y muy frescos apersonamientos que de manera inmunda, desaseadísima, me atribuyes. Esto precisamente, el dime y el direte sin pruebas, peregrino, artero, es lo que trato de evitar, pues si tú dices que yo hice eso ahora, en idéntica respuesta puedo inventar cualquier vómito infundado y atribuírtelo (“¿por qué oculta Monroy, como supe por ahí, que fulanito le está pagando con droga por atacarme?”), lo que obviamente no haré. ¿Crees que no tengo capacidad para fabularte unas veinte o treinta o cuarenta andanzas y sólo anteponerles el “supe por allí”, el “me enteré”, el “dicen las malas lenguas” o el “me lo dijo un pajarito” y luego pasarlas de fayuca como verdades? Los “me dijeron”, “me enteré”, “supe por allí” y sus equivalentes no sirven de nada en un debate serio, pues abren un portón del tamaño del Arco del Triunfo a cualquier choro, por descabellado y asqueroso que parezca. Así qué chido: digo que me enteré “por allí” o “sé de buena fuente” que alguien hizo tal o cual mierda y luego le disparo acusaciones de “mafioso” y “represor”. Vaya preciosidad de método. Te plantearía que, si no es mucha molestia, des el nombre del funcionario de El Siglo con el que “platiqué”, y de paso el día y la hora, con pruebas. Sospecho muy de antemano que te quedarás chiflando en la llanura, pues nadie aceptará autoenjaretarse la patraña que concebiste en tu agusanado laboratorio de infundios. También, ya entrados en gastos, quisiera el nombre del director de la revista al que “le llamé” para inaugurarme como “represor” y, si se puede, una evidencia documental de la llamada registrada en su teléfono o algo así. Pídele que te ayude, que te busque una copia o foto de eso, es sencillo, pues ahora todo deja un registro. Solicito pruebas mínimas de lo que me acusáis sin razón porque si no estaremos ante otro caso flagrante de chirinolería parasitaria y quitatiempo con careta de lucha social desde La Pureza Ideológica. Si tales pruebas existen, no te será difícil conseguirlas, pues Torreón no está en las islas Fidji.
Ahora bien, ¿por qué te pido esto que no podrás conseguir ni documentar por la sencilla razón de que no existe? Para evitar que en tus próximas deyecciones (que eso son aunque las impregnes con loción seudoacadémica de notas al pie de página) me conviertas en Miguel Nazar Haro y afirmes, sin despeinarte siquiera, tan cínico como ahora, la trasquilada especie de que mando asesinar poetas.

En fin, “algo” tengo que decir
Y ya, punto, porque curiosamente el párrafo clave de tu larga exposición es el primero. No estoy tan seguro de que hayas descubierto “casi por accidente” el abarrote de comentarios míos y demás, pero no importa. Lo que importa es lo que me pides en ese primer párrafo. Cito su cierre: “El tema sobre el cual gira el debate que suscitó tu comentario es la administración cultural pública de Gómez Palacio y Torreón; pero tú desvías de esto tu atención, y la de tu lector. No tocas el tema: lo rodeas. Inspeccionas minuciosamente las orillas, pero no entras al mar. Te propongo que desarrollemos públicamente el tema que hasta ahora has evadido. Como intelectual y como ex-funcionario, seguramente algo tienes que decir. Todas las rutas convergen sobre este norte: no nos quedemos a medio camino”.
Bien. Vamos a suponer que como “intelectual” sólo inspeccioné minuciosamente las orillas sin haber entrado al mar, ese mar que es la pasada administración cultural pública de Gómez Palacio y la presente de Torreón. Para no volver a caminar por “las orillas” (mi relación personal con Renata, el uso de las redes sociales, el manejo del rumor en los medios, mi calidad de flamante “represor” y “mafioso”, mis ficticios encuentros en lo oscurito con directores, tus fábulas facilistas y todo lo demás), opino breve, directa y contundentemente sobre las administraciones culturales municipales de Gómez Palacio (anterior) y Torreón (actual). Sobre la anterior de Gómez opino —y sólo porque me lo pides, pues no soy la persona indicada para hablar sobre esto dado todo lo que mencionas en tu "carta abierta" o "artículo"— que es una de las mejores administraciones culturales que ha tenido Gómez Palacio en su historia. Y conste que no digo esto en desdoro de los valiosos esfuerzos pasados, sino en reconocimiento a una capacidad creativa y organizativa que dio buenos frutos pese a las siempre adversas circunstancias presupuestales, a la hostilidad circundante, al acoso mediático y, sobre todo, a la atroz inseguridad que vivió mi ciudad natal durante el periodo 2010-2013. Esa inseguridad, por cierto, golpeó a la directora y a su familia, pero hasta este momento lo comento (sólo porque me pides que diga “algo”, que dé una opinión) pues ¿a quién pueden importarle las circunstancias reales de trabajo de cualquier funcionaria y su familia en un entorno plagado de vicisitudes que ponen en riesgo hasta su vida?
Ahora bien, sigue Torreón. Un mes de trabajo, o menos, me parece nada para comenzar con los loores o el acribillamiento de nadie. Esto no significa que tal trabajo, por incipiente que sea, no pueda y deba ser sometido a escrutinio, pero celebrar los logros o lapidar a un director luego de un mes de labores, cuando todavía ni siquiera ha definido su equipo de trabajo y está en medio de la borrasca que genera todo periodo de transición, me parece, por decir lo menos, pueril.
Como ciudadano que paga meticulosamente sus impuestos tienes derecho a pedir y recibir cuentas sobre el trabajo de todos los funcionarios. Y las recibirás, claro, no porque tú personalmente las exijas, sino porque las dependencias públicas son obligadas, por ley, a rendir cuentas a la ciudadanía. Para eso están los informes anuales, para eso están las contralorías, para eso están las instancias de transparencia. Si te parece poco y quieres que quede estatuido un “Informe a Gerardo Monroy sobre las actividades de enero a marzo de 2014 del IMCE Torreón”, manda una iniciativa de ley para que el congreso o el cabildo la autoricen.

The end
Tuve la suerte (ahora no sé si la desgracia) de ocupar la dirección de Cultura —una de las carteras más complicadas desde hace años en la administración municipal de las ciudades laguneras— durante 23 dificilísimos meses. Gracias a eso sé algo que tú no sabes: que las voluntariosas fórmulas que llegan de fuera son generalmente nobles, viabilísimas y fáciles de realizar en la teoría, pero su ejecución y término ven de frente desafíos, inercias, limitaciones y golpes desaseadísimos nada sencillos de sortear. Quizá esa es la razón por la que siempre he tratado de trabajar en paz, colaborativamente, allí donde esto me ha sido posible antes y después de ser director. En algunos lugares se ha podido; en otros, no, pero por actitud no ha quedado.
A saltitos, sin mucho tiempo disponible, he ido armando y puliendo un ensayo más o menos largo sobre el trabajo cultural en un municipio como el nuestro. Son, como quien dice, las notas de trabajo que pude tomar mientras colaboré en la DMC. Si algún día lo termino, creo que tendrá un mero carácter descriptivo, aunque deseo insinuar algunas tímidas propuestas. ¿Por qué tímidas y no contundentes, implacables, como se estila entre los formuladores de panaceas? Por lo que ya te dije: la realidad, complejísima en este caso, también juega, es movediza y matrera, y aunque uno traiga varitas mágicas resulta que todo abracadabra se estrella contra los hechos y las limitaciones que llamamos “estructurales” (también aquí las hay, y de todo tipo). En el escritorio puedes crear Florencia; lo complicado es ver en el día a día quién carga las mamparas, si te dan gasolina para llevar los caballetes a la colonia de la periferia o quién se queda hasta el final de la presentación sin amagar mañana con una hecatombe en la oficina.
En fin, Gerardo. He opinado sobre tu carta un tanto a vuelatecla, pues no tengo las ventajas que da el ocio y yo sí estoy, como dicen los argentinos, “tapado” de chamba, lo que incluye mi papel de padre de tres hijas que no dispone ni de los sábados para aceptar unas caguamas Indio gracias a la amable invitación de Paco Zamora y otros contertulios. Espero que, más allá de las discrepancias grandes y pequeñas, todo salga bien. Supongo que tu decepción es irreversible. Si es así, lo lamento de veras. Si no es así, también lo lamento, pues difamas con grotescos y desaseadísimos infundios las involuntarias cátedras de honestidad que, mañosamente agradecido, dices que te brindé.
Hasta nunca.

Jaime

miércoles, abril 02, 2014

La sombra del yo




















Acaba de salir la versión definitiva (si esto fuera posible) de mi libro Polvo somos (treinta relatos futbolísticos) y como sucede con frecuencia, de mi cuota total de cinco lectores no ha faltado alguno que pregunta sobre el origen de los relatos. ¿Se basan en experiencias reales?, es su inquietud. Mi respuesta es concisa: no, todas son ficciones, inventos, creaturas puestas en pie por la imaginación. Con ella dejo contento a mi interlocutor, aunque también esa respuesta es una ficción, pues si bien se trata de textos apoyados en el fantaseo, todos tienen vasos comunicantes con mi experiencia real. Explico y aprovecho la explicación para volver al tema de la autobiografía en la narrativa, tema que hace poco sobrevolé en el texto “Con la jaulita al hombro”.
Creo que ninguna de las treinta historias que configuran Polvo somos cuenta un hecho real, pero todas requirieron mi experiencia directa para ser inventadas. Los escritores suelen dividir sus opiniones cuando hablan sobre escritura y autobiografía. Unos aseguran rehuir su experiencia real y otros dicen usarla como si fuera la mejor plastilina para modelar relatos. Yo soy de esos escritores a la antigua que suelen todavía conversar sobre sus métodos de trabajo, así que no me apura destacar que uso lo que tengo más a la mano para confeccionar historias. Nada es tan mecánico, por supuesto, pero procedo más o menos así.
En un altísimo porcentaje de los casos pienso primero en la situación, en la famosa “anécdota”. Es menos frecuente que primero se me ocurra un título, o un personaje, o una frase con cierto encanto. No, lo primero que se atraviesa en el camino es pues una situación que puede ser resumida en una frase. Tal es el embrión del relato. Lo que sigue es buscarle protagonistas. Generalmente es uno el más importante, y a ése se le añaden otros, incluido el antagonista si lo hay “de carne y hueso”. Lo demás es malicia, guiño, finta, “bicicleta” de Ganso Padilla para que el lector se vea metido en un texto envolvente y tenuemente barnizado de ambigüedad.
Y es aquí donde llego a la autobiografía oculta. Para no trabarme, para que el embrión de relato crezca y vaya más allá del puñadito de palabras, ubico la anécdota y los personajes en terreno conocido. Aparece entonces lo que denomino “la sombra del yo”. Si requiero una oficina, pienso, y de alguna manera “retrato”, alguna de las oficinas que he habitado, tal cual. Si necesito un hotel, lo mismo, pienso en alguno que se acomode al presupuesto de la anécdota. Si es un restaurante, nada mejor que mover a los tipos del relato por alguno que retenga mi memoria. Y así sucesivamente. Ubicar “una zona” guardada en mi recuerdo permite que allí los personajes se muevan con confianza y sabedores de que dominan el terreno. Por eso, no miento si digo que los terregosos campos de futbol, los estadios, los camiones, los barrios donde actúa cada personaje de Polvo somos fueron arrebatados a mi autobiografía. Las historias son inventadas; el contexto, la atmósfera, la vida que sirve de background, no.
En 1999 publiqué el relato más lejano a mi experiencia. Fue El principio del terror, novela que narra la vida (imaginaria, a la Schwob) del primer guillotinado. Las peripecias de Nicolas-Jacques Pelletier se dan, obvio, en París. Por eso algunos, cuando apareció, me preguntaron que si yo conocía esa ciudad. Les dije que no, y sigue siendo fecha que no la conozco. Mi respuesta fue simple: pude armar las correrías de Pelletier por los recovecos de París gracias a un truco: en mi imaginación lo puse a caminar por el Gómez Palacio, Durango, de mi adolescencia, y así el cabrón hizo lo que quiso.

sábado, marzo 29, 2014

Mirar con ojos de suegra

















El libro me hizo recordar cuatro casos recientes de carrilla antimexicana. La primera fue la desatada por el cantante Tiziano Ferro, quien se refirió a nuestras mujeres como “bigotonas”; por supuesto, le sobraron chulas mentadas de madre y un montón de fans abandonó el barco de su admiración a ese sujeto. Por las mismas fechas, un programa de radio de la BBC hizo burla de los mexicanos, lo que generó un comunicado de la embajada azteca en Londres. Por otro lado, la franquicia Burger King lanzó en España una hamburguesa llamada Texican Whopper en la que aparecían un texano y un luchador con la bandera de México, lo que motivó una queja de la nuestra diplomacia. Por último, y muy recientemente, un tiroteo tuitero en el que los argentinos, con un tag racista, nos ponía como lo peor del universo y puntos circunvecinos.
Esos vituperios internacionales no son infrecuentes. Resultan, más bien, tan comunes que incluso pasan del estereotipo a la malditez, como sucede en el caso de los chistes mexicanos contra los gallegos, gracejadas que por supuesto se basan en la nada. Tan en la nada, o a lo mucho en algún tonto prejuicio, como lo hizo George F. Ruxton, viajero inglés que en el siglo XIX atravesó México desde el puerto de Veracruz hasta Paso del Norte (hoy Ciudad Juárez), y en 1847 publicó el libro Aventuras en México (El Caballito, México, 1974), obra en la que nuestra ilustre raza queda, valga el lugar común, como lazo de cochino.
Ruxton comienza su relato desde que parte de Southampton, atraviesa el Atlántico, llega a las Antillas y de Cuba enrumba a Veracruz. Desde el principio se nota que, para él, fuera de Londres todo es Cuautitlán. Antes de llegar a México tiene unas cuantas palabras de elogio a las realidades que observa, por ejemplo cuando se le van los ojos ante la calidad de la melcocha femenina de La Habana; fuera de eso, todo o casi todo le parece pinchurriento.
Ya en nuestro país, al despectivo inglés no le faltan frases ingratas sobre “los perezosos mexicanos”. Obviamente tiene pinceladas de elogio al paisaje, a veces a ciertos climas, a algunas edificaciones. Tiene también opiniones interesantes sobre la política interna, como cuando afirma esto que quizá sigue vigente: “en este país los gobernantes derrotados son tratados bien, ya que pueden resurgir y administrar un trato similar a sus adversarios”.
En efecto, los ambientes cautivan sus sentidos, más cuando ve el Valle de México. Le gana, sin embargo, la mirada puntillosa y hiperbolizante de los defectos: “México es un cuartel de la suciedad. Las calles están sucias, las casas son sucias, los hombres son sucios y las mujeres aún más sucias, y todo lo que uno coma o beba está sucio”.
Ruxton se siente hecho a mano nada más por ser europeo, así que en todo momento ve a los mexicanos como dios mira a las liendres, según el juego de palabras de Gilberto Prado: “Para un inglés montado no hay nada más ridículo que un mexicano montado sobre su caballo”.
El viajero pasó parte de sus Aventuras en México por el rumbo de La Laguna, como “Perdizenia” (Pedriceña) y Mapimí, e incluso menciona de pasada nuestro río Nazas. Todo el recorrido fue difícil, ingrato para sus ojos de hombre refinado. Durango es para él “la Ultima Tule de la zona civilizada de México”, así que no le faltan oportunidades para atizarnos comentarios que hoy parecen cruzados a la mandíbula.
Campea en todo el libro la actitud de superioridad, como si la circunstancia de estas tierras fuera la misma que la vivida por su milenaria Europa. A mediados del siglo XIX, lo sabemos, la recién nacida República hacía esfuerzos descomunales para organizarse y alcanzar estadios de progreso que muy lentamente se han ido dando. No como quisiéramos, pero tampoco para pensar que “los perezosos mexicanos” no habíamos logrado algo en esos entonces y no logramos algo décadas luego. Basta citar nuestra pintura, nuestra arquitectura, nuestra música para saber que, patrioterismo aparte, no somos lo que algunos dicen que somos. Ni éramos.

miércoles, marzo 26, 2014

Arte de titular

























Titular un libro (o un artículo, una película, un disco, una obra de teatro, un programa de televisión, lo que sea) no es enchilar tacos. Tiene su chiste, como todo, y para hacerlo bien es necesaria cierta jiribilla. Es tan difícil que si no hay tiempo para pensar en esto, como pasa comúnmente en el vertiginoso periodismo, ocurre con frecuencia que se cuelan títulos atroces por kilométricos, sosos, obvios y demás. Por ejemplo, titular en periodismo “Análisis de la política económica seguida por el gobierno de Peña Nieto en su primer año de gobierno” es casi escribir el artículo en el título, o sea, no titular nada. Unos sosos serían “El sistema político” o “La inflación”, y así, fallidotes. Pero se entiende que en la prisa del periodismo los títulos no se dejan hallar así nomás, tanto que a veces es lo más difícil de encontrar.
En literatura se supone que no es lo mismo, pues en ella hay tiempo para barajar posibles nombres antes de llegar a la pila bautismal. De todos modos hay desaguisados, titulamientos que ni fu ni fa. No hay regla en esto, vale decir desde ya. El poeta Gerardo Deniz, por ejemplo, tiene títulos extraordinarios de una sola palabra, ideales para libros de índole poética: Adrede, Gatuperio, Mansalva; tiene otro un poco más largo, genial, para un libro con guiños autobiográficos: Paños menores. También cortos, algunos de Lezama Lima son hermosos: La fijeza, Aventuras sigilosas, y este bárbaro: Enemigo rumor.
Los mejores dos de Borges, a mi juicio, llevan la palabra “historia”: Historia universal de la infamia e Historia de la eternidad; hay otro inmejorable: El tamaño de mi esperanza. Él admiraba a los ingleses Burton y De Quincey, autores de dos libros con títulos apabullantes: Anatomía de la melancolía y El asesinato considerado como una de las bellas artes, respectivamente. Vargas Llosa tuvo la manía de usar la conjunción “y” en varios de los suyos: La ciudad y los perros, La tía Julia y el escribidor, Pantaleón y las visitadoras, Kathie y el hipopótamo. Octavio Paz logró títulos poderosos; los dos mejores son, a mi parecer, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe y La llama doble.
Los títulos de García Márquez han sido claves de su éxito. Son poéticos, de una sonoridad perfecta: El coronel no tiene quien le escriba, Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera, Del amor y otros demonios, Memoria de mis putas tristes; pero su título más famoso es, sin duda, Crónica de una muerte anunciada, que ha sido parafraseado hasta el asco, tanto que ya suena mal decir, por ejemplo, “Crónica de un fraude anunciado”.
Muchos escritores de más reciente producción han despoetizado sus títulos, casi casi a la manera de Bukowski y su Música de cañerías. Fadanelli tiene libros deliberadamente bautizados a la malagueña salerosa: Terlenka, Lodo, como Melamina o Six pack, de nuestros Daniel Herrera y Carlos Reyes. Fernando Nachón, también mexicano, llevó al extremo esta posibilidad y publicó libros con títulos escalofriantes: Cachetadas en las nalgas, De a perrito, Diario de un pendejo.
Titular, como podemos ver, no es tan sencillo. Hay sutilezas que deben ser tomadas en cuenta, no nombrar a lo burro. Eso es lo que veo en el título que me gusta más entre todos los que me gustan, uno que siempre envidiaré: Todo verdor perecerá, novela del argentino Eduardo Mallea.

domingo, marzo 23, 2014

La tarde-noche de aquel 23














Faltaban dos o tres años para que internet comenzara la invasión de los hogares, así que en marzo de 1994 todavía nos informábamos sólo con los periódicos y las revistas, la radio y la televisión. Se suponía que los medios electrónicos eran los más veloces, y lejos estábamos de imaginar que cerca de veinte años después las redes sociales permitirían diseminar una noticia por todo el mundo a sólo unos segundos de haberse dado.
Llegué aquel miércoles 23 de marzo a casa luego de ofrecer un par de clases en la universidad. Me faltaban exactamente dos meses para cumplir treinta años, era soltero y tenía un cuartito independiente en casa de mis padres. Mi biblioteca, la cama, una mesa de trabajo y la maravillosa máquina de escribir Olympia color guinda estaban allí. Creo recordar que también contaba para entonces con la tele Hitachi en blanco y negro que agarraba la señal con un gancho de ropa en calidad de antena. El caso es que llegué como a las siete o poco más, encendí la tele y al primero que vi y oí fue a Javier Alatorre, ya para entonces el lector de noticias estelar en TV Azteca.
Al principio me desconcertó que estuviera fuera de su horario. Algo había pasado. Luego lo dijo claramente, pero todavía sin datos precisos: habían atentado en Tijuana contra el candidato del PRI a la presidencia. Al parecer dos o tres balazos. Hacía enlaces un tanto torpes, no se sabía mucho en Tijuana y menos en el DF. Lo único verdaderamente cierto en ese momento era que el candidato había sido llevado con urgencia a un hospital, grave.
Poco después, casi a las nueve, en cadena nacional, el vocero de la campaña del PRI, Liébano Sáenz, dio la noticia: el candidato estaba muerto.
Lo que ocurrió después ya lo sabemos. Jamás se supo bien a bien qué pasó. Muchas pistas fueron borradas, quizá hasta cambiaron al asesino material, fiscales especiales fueron y vinieron, el país se puso más tenso que de costumbre, corrió un río de tinta, pero con claridad no se supo nada de nada.
Siempre he creído que la orden salió del lugar del que se sospechaba más, pero no podía decirse. Ni entonces ni ahora, pues de alguna forma ese poder sigue vigente y es muy grande, grandísimo, inmenso, el mayor del país desde 1988 o poco antes.

sábado, marzo 22, 2014

Nadie te espera
















Hay una afirmación de Ricardo Garibay en Oficio de leer (Océano, 1996) que me deslumbra: “Un paradero literario es una frase donde hay que detenerse”. Esta frase es pues, también, un “paradero”. La siento justa porque siempre que leo, y también cuando escucho, hay puñados de palabras que logran decir más que otros, como si fueran sentencias o aforismos o axiomas involuntarios. Esas frases pueden salir de la pluma de Voltaire o de la boca del compita que nos cambia la Firestone en una vulka, todo depende del misterioso encanto que contenga la pizca de palabras.
Recuerdo una. Oriundo del interior argentino, un padrote fracasado (ignoro si esto es un pleonasmo) recuerda su llegada a Buenos Aires. Aparece en el cuento “El precio del amor”, de Ricardo Piglia, y a mí se me quedó adherida a la memoria. Cuando el personaje narrador describe su llegada a la capital, dice: “En esta ciudad de mierda, ¿te das cuenta? Uno llega, piensa que lo están esperando. Cuando quiere acordarse, está perdido, triturado”. Toda su tragedia ulterior estuvo cifrada entonces en ese comienzo: “Uno llega, piensa que lo están esperando”, pero en realidad no hay una sola persona que de veras tenga los brazos abiertos, la mano tendida para ayudar.
Cuando el hombre es joven y por necesidad debe dejar su primer espacio —el pueblo-útero que lo arropó en los años de primera formación—, es frecuente su tendencia a pensar que alguien, quien sea, estará esperando del otro lado de los cerros o del agua. La realidad es otra, por eso al personaje de Piglia le va como le va: es triturado. Ocurre casi lo mismo —no sé por qué siempre lo he pensado así— con el escritor muy joven acosado por el ansia de publicar. Hoy existe la válvula despresurizadora de las redes sociales y los blogs para compartir lo primero que va saliendo de la impetuosa vena, pero el libro sigue firme como fetiche ideal para paliar las urgencias de quien desea darse a conocer como “escritor” y tal vez, por qué no, alcanzar el estrellato.
Por experiencia vivida y leída sé que es muy difícil resistir la punzada de publicar recién agrietado el cascarón. Cuando alguien descubre que escribir es “lo suyo”, no falta que antes de articular algo decoroso, lo que sea, ya se imagine firmando libros y estremeciendo a la humanidad con párrafos y estrofas más bien calisténicos, de mero calentamiento. En esta etapa no cabe por lo general ni un átomo de escepticismo. Eso viene luego, después de publicar dos o tres libros y darse cuenta de que la gente recibe esas creaturas como quien recibe el martes. En tal momento se demuestra la verdadera vocación: si uno es triturado por la indiferencia y de todos modos sigue dándole al teclado, allí está clara.
Ser Rimbaud es un tanto complicado, así que es muy común que los primeros y apresurados libros sólo tengan un valor curricular. Quizá, si el escritor avanza y cuaja, la crítica los ubicará como embriones de lo que luego llegó, rastreará en ellos las preocupaciones que después se convirtieron en el hueso y la carne de la obra madura. Pienso por ejemplo en ¡Écue-Yamba-O!, Fervor de Buenos Aires y Los jefes, libros de los que sus autores (Carpentier, Borges y Vargas Llosa, respectivamente) hablaron siempre como quien confiesa sus pecados juveniles.
No veo mal, sin embargo, que el joven escritor (o a veces no tan joven) quiera publicar con la premura de una ambulancia. Lo que debe saber, aunque duela, es que nadie estará esperando y quizá nadie, jamás, vaya a hacerlo. Si prosigue pese a esto, muy bien. Si no, también.

miércoles, marzo 19, 2014

Eco, narrador confeso




















Entre los narradores hay una subespecie no abundante: la de los teóricos, quienes se caracterizan por escribir relatos y reflexionar cada que pueden sobre las estrategias que otros escritores y ellos mismos han usado para construir ficciones, para inventar personajes, tramas y atmósferas. A esta categoría pertenecen, entre otros pocos, Ricardo Piglia y Mario Vargas Llosa, escritores que en numerosos ensayos y conferencias han escudriñado en la producción propia y ajena con el único fin de destacar los pliegues y resortes ocultos en las historias que por convencionalismo llamamos “ficciones” aunque partan de la realidad y a veces intenten retratarla con detalle. No es un trabajo sencillo, pues las posibilidades de la creación narrativa y su concreción (en un cuento o una novela, por ejemplo) demandan observaciones que en algunos casos rozan incluso la filosofía.
Por eso nomás, por lo difícil que es pensar en el arte de la ficción y sus entresijos, uno no puede menos que alegrarse con la presencia de Umberto Eco y sus Confesiones de un joven novelista (Lumen, 2011, 221 pp.), libro que amablemente nos pavimenta el camino hacia el entendimiento, sobre todo, del corpus narrativo armado por el piamontés, aunque con inevitables derivaciones hacia todos los derroteros del afán ficcionalizador.
Eco, lo sabemos, arrancó ya ruco su carrera de novelista. Tenía 38 años y una sólida reputación como ensayista especializado en semiótica cuando publicó El nombre de la rosa (1980), libro que de golpe lo instaló, ayudado además por la versión fílmica (1986), en los más visibles escaparates de la literatura mundial. Ocho años después apareció El péndulo de Foucault, y de allí no ha parado hasta arracimar seis novelotas (como Baudolino, que es un libro descomunal) sin dejar de publicar, claro, cada dos o tres días, algún ensayo sobre sus temas recurrentes: estética, medios de comunicación, cultura medieval y demás.
Entre esos libros apareció Confesiones de un joven novelista, ciclo de conferencias que Eco ofreció en EU, reflexiones cuyo interés radica principalmente en ver el despliegue de datos que el italiano pone sobre la mesa para que, con el conejillo de Indias de sus propias ficciones, nos adentremos de su mano hacia las profundidades de la creación.
Cierto que algunos pasajes son inevitablemente densos, pero el tono accesible (y “socarrón”, como dicen los editores) se sostiene en la mayor parte de las conferencias. Es una rara mixtura la que se da en el Eco de estas páginas: por un lado leemos al erudito que parece saberlo todo, al anatomista del pensamiento que ve significados donde no parece haber nada; y por otro, al hombre de carne y hueso que nos lleva a la cocina de sus libros narrativos, a sus manías de investigador detectivesco, esas obsesiones que lo obligan a contar el tiempo que demora en recorrer un pasillo de abadía para ajustar a tal distancia un diálogo de sus personajes.
Para los fans de Eco, y para los no fans de Eco pero sí interesados en pasear por los sótanos de cualquier relato, Confesiones de un joven novelista es un libro muy útil. Con este Eco hay que parar oreja.