miércoles, septiembre 10, 2014

Boxeo con Alejandro Toledo




















El estereotipo del escritor generalmente lo aleja de ciertas aficiones consideradas poco edificantes, como el box. Hay sin embargo muchos aporreadores de teclados que simpatizan, algunos hasta el fanatismo, con el arte de las narices chatas y las orejas de etcétera. Recuerdo, entre los más famosos, al centenario Cortázar o a Norman Mailer, quienes en su momento escribieron páginas valiosas sobre pugilismo. En México, no escasearon antes ni escasean ahora los escritores que con genuino interés ven y escriben sobre el tema, como Ricardo Garibay, Luis Spota, Gilberto Prado, Rodrigo Márquez Tizano, Mauricio Salvador, Rodrigo Castillo y el que me ocupa en estos párrafos: Alejandro Toledo.
Periodista, ensayista y narrador, Toledo (Ciudad de México, 1963) tiene una amplia producción bibliográfica en su flanco temáticamente literario: Josefina Vicens: los márgenes de la palabra, Cuento mexicano/cuento hispanoamericano: conversaciones con Luis Leal y Seymour Menton, La fidelidad del relámpago: conversaciones con Roberto Juarroz, Aperturas sobre el extrañamiento, Creación y poder: nueve retratos de intelectuales, Los márgenes de la palabra, Dujardin y el monólogo interior, Atardecer con lluvia, Cuaderno de viaje y Lectario de narrativa mexicana. Cito esta lista de títulos con el fin de evidenciar que la exigencia crítica es la base del trabajo que define la trayectoria de Toledo, lo que, sin embargo, no lo ha puesto lejos de un gusto que a simple vista parecería distante: el box.
En De puño y letra. Historias de boxeadores (Ficticia, 2005) encontramos la mejor guardia de cronista y entrevistador que hay en Toledo. Ahora que bien o mal el box ha cobrado nuevo impulso gracias a las transmisiones en señal abierta y al tomaidaca entre Televisa y TV Azteca, no estaría mal que los aficionados al uppercut le echaran un vistazo al libro de Toledo. Creo que se trata de un mosaico digno de observación, pues con el estilo sobrio y ágil del periodismo indaga en la vida y en la obra de varios pugilistas mexicanos y del casi mexicano De la Hoya.
El libro ha sido armado en nueve rounds, cada uno con un reportaje en el que destacan, como ya dije, los recursos de la crónica y la entrevista. Hábil conversador, Toledo interroga a los personajes y nos trae de ellos el fluido de sus recuerdos. El primer texto, por ejemplo, es sorprendente, pues pone a dialogar a la boxeadora Laura Serrano con Jaime Sabines. Nos enteramos que ella también escribe versos. Luego de escucharla leer un poema, Sabines le recomienda: “Para llegar a ser buen poeta se necesita trabajo, oficio, disciplina. Como aprendiste a boxear, así hay que aprender a escribir”.
Luego de recorrer los tiempos de gloria del boxeo en el DF (“Cuando la ciudad se ponía los guantes”), Toledo trabaja sobre la figura ya legendaria de Salvador Sánchez. Va a Santiago Tianguistenco, el pueblo natal del campeón, en el aniversario quince de su fatalidad. La estampa es conmovedora, entrevista a los padres de Sal Sánchez y uno como lector/aficionado sale de estas páginas con la misma pregunta de aquella vez: ¿Por qué se fue tan joven?
En seguida asistimos a los rounds con Ladislao Mijangos (el peso pesado mexicano que se atrevió a pelear contra el monstruo Foreman), Daniel Zaragoza, Julio César Chávez (a quien le hizo marcaje personal durante mucho tiempo), Óscar de la Hoya, Miguel Ángel González y el Finito López.
De puño y letra cierra con un acercamiento a tres mánagers de época: Jesús Rivero, Cristóbal Rosas e Ignacio Beristáin, hacedores de campeones. Contiene, además, un apartado fotográfico de Víctor Mendiola. O sea, es un libro que recorre mucha lona y la recorre muy bien, siempre con elegante bending.

miércoles, septiembre 03, 2014

Agoreros en cámara Phantom













Los mexicanos que ya peinamos muchas o pocas canas recordamos como si fuera ayer el sexenio cómico-trágico-musical de José López Portillo (“musical” porque la hija de este presidente grabó un disco). Fue un sexenio oscuro, lleno de tropiezos, amargo hasta lo intragable —como todos, de hecho—, aunque marcado por la peculiar e involuntariamente chistosa retórica del primer mandatario. A quienes no sumaron su voz al coro del triunfalismo y vieron que en el futuro sólo había nuevos nubarrones, Jolopo los llamó, para la historia, “agoreros del desastre”. Pues bien, los susodichos no se equivocaron: el desastre sobrevino y aquel patilludo sexenio terminó en las peores condiciones imaginables.
Luego ocurrió que De la Madrid, Salinas, Zedillo, Fox y Calderón siguieron cantándose alabanzas y en todos los casos, obvio, hubo agoreros que pronosticaron los desastres. Lo extraño del caso es la infalibilidad de los vaticinios, como si todos los agoreros tuvieran la puntería de Guillermo Tell. Lo que pasa es que más allá del tino, es relativamente fácil anticipar lesiones al país cuando es gobernado así, con políticas antipopulares, de espaldas al ciudadano, como si el país y sus enormes riquezas fueran patrimonio exclusivo de unos cuantos y no un espacio propicio para impulsar políticas públicas con un sentido indeclinablemente social, justo y generoso.
Y no. Los intereses de pocos han sido siempre puestos por encima de la mayoría y por eso en el México actual reina lo menos parecido al bienestar. Por esto, pese al país venturoso que ayer nos dibujó el mensaje a la nación de Peña Nieto, la realidad se obstina en mostrar sus horrendas turbulencias. ¿Es, en consecuencia, disparatado calzarnos la casaca de agoreros del desastre frente al gobierno que hoy nos está salvando del apocalipsis? Mi respuesta es no.
Por su partido, sus intereses cercanos y lo que siempre ha querido EU para México es cabalmente imposible que el grupo político gobernante nos saque del hoyo negro. Las reformas salvadoras están pues condenadas a ser un ingrato recuerdo, como lo son ahora todos los remedios maravillosos que otros presidentes nos meroliquearon y nos vendieron y al final terminaron en rapiña. Por eso provocaron reacciones de indignación que derivaron en movimientos sociales (1988 y 2006) cuyos desenlaces bien conocemos: un par de fraudes que han abierto nuevos márgenes a reacomodos y manipulaciones, al reciclamiento de mesianismos que a su vez dan tiempo para seguir con el saqueo.
Pero así como existen los agoreros del desastre que sin despeinarse anticipan catástrofes que nunca fallan, en México no escasean los (me atrevo a denominarlos así) agoreros a toro pasado. Son aquellos que sólo ven defectos en la maquinaria del gobierno federal cuando ese gobierno ya quedó atrás, cuando ya sus cabecillas vacacionan en Dublín, en Miami, en Boston o donde sea, pero siempre lejos del ya de por sí tullido brazo de la justicia mexicana. Un ejemplo: durante la administración genocida de Felipe Calderón fue evidente que su lugarteniente, Genaro García Luna, estaba implicado en crímenes de lesa humanidad. Los señalamientos en contra de ese despiadado funcionario no cesaron, pero era intocable, tanto como el mismo usurpador de la presidencia. Uno de sus pequeños ilícitos, el montaje para atrapar a la banda de Los Zodiaco, pasó por Televisa “en vivo” hacia diciembre de 2005. Ni eso ni nada movió los hilos del poder para destituirlo de la SSP calderonista. Loret de Mola, eso sí, cuando había pasado el toro, es decir, siete años después, en enero de 2013, ya en el peñanietismo, reconoció con espléndida firmeza que aquello fue un montaje.
Como este ejemplo hay muchísimos, lo que obliga a pensar que en el fondo todos somos agoreros del desastre. La única diferencia es que unos lo son en tiempo real y otros en cámara Phantom, ya cuando el toro está muy lejos.

sábado, agosto 30, 2014

La doctrina Zuckermann













Si nos atenemos a la doctrina Zuckermann, todos los recursos que el Estado invierte en cultura deben ser destinados a paliar las necesidades de los más pobres. La trampa es demagógica y por tanto obvia: que no se gaste dinero en libros porque en el México de hoy hay millones y millones de pobres que no tienen comida, luz, agua, salud, vivienda y demás. Cierren el Conaculta, apaguen la señal del Canal 22, tumben el edificio del Fondo de Cultura Económica, que la plata allí invertida sólo sirve para acariciar a los clasemedieros urgidos de una barnizadita intelectual. La medida no es, piensa, tan grave, pues el mercado e internet llenarán las lagunas culturales dejadas por el Estado y se encargarán de satisfacer la demanda de productos artísticos y educativos, de libros en el caso que nos ocupa.
Como sabemos, Leo Zuckermann escribió el jueves pasado un comentario (“¿Se justificala existencia del Fondo de Cultura Económica?”) en el que propuso, sin broma mediante, la desaparición del FCE. Señaló que esta editorial ya había cumplido su labor, y que ahora muchas de sus publicaciones pueden ser halladas con facilidad en internet o serán prontamente impresas en sellos comerciales. La respuesta a tal disparate no se hizo esperar sobre todo en las redes sociales. ¿Cómo, se preguntaban los tuiteros, va en serio lo que propone el columnista de Excélsior? Y como al parecer no había migaja de choro en la propuesta zuckermanniana, zumbó de todo en internet: desde insultos hasta ironías, desde burlas hasta enconadas mentadas de máuser.
Que yo recuerde, nadie en la historia del FCE desde que lo fundó Cosío Villegas —ni siquiera en los tiempos fascistizados de Díaz Ordaz o Calderón Hinojosa— había tenido la ocurrencia de ahorrar algunos pesos en libros para pasarlos misericordiosamente al rubro “atención a la pobreza extrema”. Por eso mismo despertó inquietud que un intelectual, con razonamientos infantiles de pesos y centavos, planteara el cierre de una de las editoriales más importantes del mundo hispanoleyente. La propuesta hubiera sido tomada con naturalidad, no sé, de haber sido escrita por Pepillo Origel o el Perro Bermúdez, pero la dijo un tipo cuya vinculación con los libros y la cultura en apariencia es sólida. Eso fue lo que desconcertó, aunque ahora es frecuente que por devoción al mercado muchos lo supongan panacea y digan lo que sea con tal de rendir tributo al tótem de la ganancia.
Soy, como Zuckermann, de los muchos mexicanos privilegiados por las ediciones del FCE. Creo que es el sello editorial que más abunda en mi nutrida biblioteca y no es mentira ni exageración si digo que para alguien que, como yo, no heredó libros, que no tuvo las ventajas de vivir en una metrópoli importante ni estudiar en el extranjero, el FCE ha sido una especie de universidad en casa, la mejor que he podido hacerme sin gastar tanto dinero. Supongo que muchos más están en mi caso, y nomás por eso nos parece estulto pensar en la clausura de una institución cultural con ese peso. Y si la cierran, ¿los sellos comerciales publicarían lo que deje de imprimir el FCE? Nomás con reflexionar en los sitios donde es publicada la poesía (casi todos instituciones públicas) se da uno cabal cuenta de que el mercado no llenaría el hueco. Y lo mismo pasaría con muchos disciplinas culturales y científicas más, pues no venden y sólo tienen como válvula los sellos públicos, entre ellos el del FCE, acaso el más importante entre nosotros.
El razonamiento sobre las bondades de la publicación comercial me lleva a pensar, por ejemplo, en la televisión cultural. Si lo que dice Zuckermann es correcto, que cierren también el Canal 22 y el Canal 11, pues su programación pronto puede ser asumida por Televisa y TV Azteca.
El columnista critica el servicio que rinde el FCE a la clase media y piensa por ello que el gasto de dinero público es imprudente. Con mentalidad asistencialista, no cree en la cultura como factor de cambio social, sino en la dadivosidad al menesteroso, esa dadivosidad que por cierto jamás ha resuelto nada en las instancias electoreras de “desarrollo social”.

miércoles, agosto 27, 2014

En los límites de la dictablanda















Si mi lectura no es exagerada, vivimos ya un conato de dictadura. Los radicales podrán decir que elimine la palabra “conato”, pero la dejo por reserva, sólo para que no hagamos una comparación inmediata y simétrica con las dictaduras clásicas de corte trujillista-duvalierista-pinchetista. Estas se caracterizaron, como sabemos, por anular cualquier garantía al ciudadano, por oprimirlo mediante el terror de la persecución-desaparición-muerte. En aquellos regímenes no había puntos intermedios de convivencia política: o se estaba con el poder o se estaba en la persecución. Así de simple. Tal extremismo hacía evidente la barbarie de los gobiernos, lo que de alguna manera estimulaba la presión internacional en sentido inverso: los gorilatos no gozaban de buena prensa en general, y debían ser desplazados. Al caer, las democracias aplaudían.
En México ocurrió, en cambio, que “la dictadura perfecta” o “dictablanda”, como queramos llamarla, en vez de diluirse alcanzó un grado casi algebraico de sofisticación: el largo estropicio del PRI fue interrumpido, teóricamente eliminado, en 2000, con la llegada de “la transición”. Aquello fue, hoy es obvio, un montaje más entre los muchos que la dictablanda ha configurado para maniobrar en la coyuntura. En 2000 era necesario “un cambio irreversible”, así que los ejes del poder político-económico-mediático se alienaron para representar la pantomima. Lo hicieron muy bien, pues lograron afianzar seis años más el mango del sartén.
Tras los resultados del foxato rufián, en 2006 tronó otra vez, o estuvo de nuevo a punto de tronar, la aceitada maquinaria de la simulación. Como nunca en nuestra historia, el aparato político-económico-mediático trabajó en conjunto para evitar su naufragio, y lo logró apenitas, con un porcentaje de votos que de nuevo, igual que en el 88, dejó rondando el fantasma de la ilegitimidad.
Ahora bien, mientras la usurpación de Salinas fue maquillada con golpes de efecto mediático instantáneo (recordemos la caída en desgracia de La Quina y Jonguitud Barrios) que atrajeron simpatía al justiciero atleta de Agualeguas, los tiempos de Felipe Calderón ya no eran los mismos, o al menos no lo eran para el flamante mandatario, quien de inmediato se ajuareó con chaquetas verde olivo y puso en marcha una política de aplastamiento que devino, así de fácil, genocidio, el peor que hasta la fecha tenga registrado la historia de América Latina. La presencia militar y de todas las policías para la lucha antinarco no tenía como fin el cacareado combate a la delincuencia, sino la hemiplegia de la sociedad civil, la desactivación de toda inquietud política y el control en pocas manos, sin cortapisas, del poder federal.
El resultado lo vemos ahora con toda claridad. Como si fuera algo ya natural, las fuerzas militares siguen en las calles, los retenes no han levantado campamento, la institución electoral está bajo férreo control, la ciudadanía no participa en nada ajeno a su cada vez más difícil manutención y los partidos (en teoría opositores) sólo ripostan en plan anecdótico.
Las ventajas de la dictablanda son, como lo comenta Subirats, infinitamente mayores que las de la dictadura, pues mientras saquean permiten eliminar/cambiar/añadir sobre la marcha componentes discursivos de cambio, de transformación, de rediseño futurista. Por eso Peña Nieto enuncia en sus declaraciones que los beneficios llegarán lentamente luego de las reformas, es decir, instala el feliz resultado en la lejanía, fuera de su gobierno, para que no haya posibilidad de reclamo cuando aquel futuro no cuaje. Así ha sido siempre, pero de todos modos ganó Fox, ganó Calderón, ganó EPN y seguirán ganando los mismos, en apariencia legalmente, mientras sigan encontrando dispositivos para mantener estable el régimen de simulación, la dictablanda en permanente posibilidad de endurecer.

sábado, agosto 23, 2014

Un ejercicio brutal












Mientras el vocero de la casta divina y rapaz se emPeña en declarar que las reformas traerán beneficios y etcétera, millones de mexicanos viven sumidos en la desesperación y la creatividad. Desesperación por la miseria a la que están condenados y creatividad por la destreza que se necesita para sobrevivir a la andanada de golpes bajos que a diario —con cualquier salida a la tienda o con cualquier llegada de recibos CFE-Simas-Telmex y demás— le propina la perruna realidad. Ahora, pues, que anda de moda hablar sobre salario mínimo nomás para dar la impresión de que es un tema preocupante, no está de más pensar en la capacidad real de compra que tiene hoy este salario cuando en teoría debe ser suficiente para cubrir las necesidades básicas de alimento, vestido, vivienda, educación, salud y esparcimiento del trabajador.
El salario mínimo, nadie lo ignora, es un trágico hazmerreír. Enunciar su monto provoca burlas inmediatas, dado que hasta el más servil de los lambiscones del poder entiende que con una cantidad de dos mil pesos mensuales sólo alcanza para barnizar el sufrimiento. La cifra es tan pequeña que en los hechos equivale a nada. Es, dicho en correcto mexicano, una mentada de madre, la forma menos sutil de borrar cualquier esperanza de bienestar —presente y futuro— para los trabajadores.
El deterioro provocado por gobiernos infalibles en su perversidad, y aquí incluyo, obvio, al actual, ha sido tan hondo que al mes se necesitan varios salarios de este monto para paliar apenas las necesidades básicas de cada familia. En otras palabras, cada trabajador sabe, con cálculos caseros, que si no le trepa otros salarios al salario mínimo, su vida se convertirá en un infierno que en sus llamas arrasará todo: el sustento, la salud, la educación, todo.
La revista Nexos tiene un ejercicio ilustrador. No podrán verlo en masa los obreros, los indígenas, los trabajadores del campo, pues está en internet y el internet es inaccesible para ellos. Sirve entonces, sobre todo, para que los clasemedieros nos demos una idea de la megamadriza que requeriría ponerse un trabajador con salario mínimo si desea alcanzar nuestros ingresos. El tanteo es planteado con esta introducción: “Más de 6 millones de mexicanos ganan el salario mínimo que, en la zona A, es de 67.29 pesos al día o de 2,019 pesos al mes. ¿Podrías vivir con el salario mínimo? Ingresa las cantidades mínimas que crees que necesitarías para cubrir las necesidades básicas ¿Tendrías que trabajar más horas?”. La pregunta final tiene sólo una respuesta: sí. Nadie que eche un vistazo al Nexos en línea quedará listo para ser feliz con los 2,019 pesos del salario mínimo que corresponde a la zona A, y a fuerza deberá trabajar más, mucho más, para pagar sus satisfactores básicos.
El formulario pregunta cuánto dinero gasta uno en comida, vivienda, educación, servicios, transporte, salud, entretenimiento y todo lo que a diario requerimos para ir atravesando por la vida. El resultado es la suma de todas esas erogaciones, cifra que a su vez es planteada en términos de tiempo laboral mediante esta afirmación: si ganara el salario mínimo, usted necesitaría (xxxx) horas de trabajo para pagar lo que necesita.
Tras hacer la prueba, el resultado es escalofriante, lo que demuestra el pavoroso estado en el que se encuentra el salario mínimo mexicano y en general el deterioro del poder adquisitivo de cualquier trabajador.
Frente a esta realidad todo optimismo declaratorio, como el que se ha dado estos días debido a las reformas, jiede a cruel demagogia.

miércoles, agosto 20, 2014

Hora de pregonar












La primera pregunta que salta como pulga es ésta: ¿por qué los asesores de la presidencia permitieron la entrevista de Raúl Araiza y Andrea Legarreta con el más importante usuario de gel en nuestro país? Era obvio que ante el insignificante nivel de los periodistas hechos al vapor el encuentro se convertiría en una burla nacional gracias sobre todo a las redes sociales, espacios ideales para el desahogo de frustraciones en matriz chistoretera. El diálogo era, entonces, un meme cantadito, automático, la más sencilla forma de exponer al político del Palazuelos style.
Desarmados, ajenos por completo a la retórica (al menos a la retórica) del mundillo político, los entrevistadores hicieron un titánico esfuerzo por ponerse serios, tanto como la ocasión lo ameritaba. Portaron incluso ropa ad hoc, oscura, sobria, el atuendo ideal para dar el gatazo. Tanto Araiza como Legarreta, conductores del programa Hoy, escucharon al hijo predilecto de Atlacomulco con cara de interés, como si en realidad estuvieran siendo persuadidos por un gran estadista. Hicieron incluso algunas preguntas de algodón azucarado, preguntas que el residente de Los Pinos respondió con mecánica fluidez y convencida superficialidad, con el tono nada técnico de quien evidentemente no sabe nada a fondo y sólo recita un mensaje esperanzador.
Nada, pues, de miga hubo en la conversación. Ni los chicos prendidísimos del programa Hoy ni Peña Nieto se colocaron en un punto de exigencia correspondiente con el tema abordado. Se puede pensar, es obvio, que el horario del programa no permitía jiribilla política de mayor calibre, dado que en teoría la teleaudiencia de Hoy no es precisamente la más interesada en discutir los problemas de la patria. Pero no: simplemente no había más voltaje.
Luego entonces, ¿para qué va EPN a un programa caracterizado por el chacoteo en torno a las telenovelas, el espectáculo y uno que otro consejo práctico para vivir bonito? Pese a las burlas seguras, el Ejecutivo asistió a la entrevista baja en calorías porque de alguna forma este tipo de encuentros lo colocan como principal usufructuario político de las reformas. Aunque menciona que los cambios han sido construidos por consenso de los legisladores, se apersona en programas de audiencia soft con el objetivo de visibilizar los ánimos de transformación que según el actual régimen nos sacarán por fin, ahora sí, definitivamente, sin dada, con total certeza, del agujero negro en el que por motivos casi arcanos, y no por sujetos similares a EPN, llegamos a caer como el buey en la barranca.
La renovada vocación mediática de Peña Nieto no estará en este caso, por supuesto, aparejada con la democratización periodística de su figura. En otras palabras, hará los anuncios propagandísticos y aparecerá sólo en los programas de televisión que garanticen preguntas y respuestas confortables, nada espinosas. Como los temas relacionados con las reformas, además, demandan un conocimiento técnico de que EPN carece, el imperativo propagandístico será exponerlo sólo en los sitios donde pueda repetir la cantilena triunfalista que ya oyeron, más obligados que de ganas, Andrea Legarreta y Raúl Araiza en el inocuo programa Hoy

sábado, agosto 16, 2014

Monedas y alfajores
















El dinero es muy extraño y jamás ha dejado de sorprenderme la permanente abstracción de su valor. Uno suele pensar que sólo compra objetos y servicios, por eso cuando el dinero compra dinero hay algo que me atrevo a llamar "mágico". Lo que cuento me ocurrió a una cuadra de la plaza principal de Morón, en el Gran Buenos Aires.
Como lo viví allá con frecuencia, me quedé sin cambio para el bus que usa un sistema de cobro electrónico, similar al del teléfono público. Como el chofer no carga dinero, es imposible subir al bus sin dinero de baja denominación y en metálico para el tragamonedas. En Argentina pude notar de inmediato que hay escasez de morralla, así que me sentí desamparado cuando vi que en mis bolsillos no había monedas sueltas, sólo billetes, y ya se me hacía tarde para buscar cambio con la compra de cualquier cosa, pues lo más seguro es que en las tiendas me darían el vuelto con billetes de baja denominación, no con monedas. Entonces hallé mi salvación: una especie de casa de cambio improvisada sobre una mesita en la acera (o “vereda”, para decirlo en argentino). La atendía un tipo de facha torva, a quien le pregunté por las pilitas de monedas que tenía exhibidas allí. Me respondió que me daba siete pesos en monedas y dos alfajores por cada diez pesos que yo le diera en billete. Así arreglé mi asunto. De golpe, con un avejentado billete de diez pesos argentinos, compré siete pesos en monedas argentinas y dos alfajores de la más ínfima calidad.
Como cualquiera, yo había cambiado pesos mexicanos por moneda extranjera: dólares, euros, pesos argentinos, pesos chilenos y alguna vez libras esterlinas. Lo que jamás imaginé fue, literalmente, comprar dinero de un país por dinero del mismo país. Traté de hacer el cálculo de la ganancia que tuvo el vendedor de monedas. Por cada diez pesos argentinos en billete argentino daba siete pesos igualmente argentinos en monedas y los dos susodichos alfajores. Calculo que la golosina costaría, a lo mucho, cincuenta centavos cada una, así que la ganancia neta del cambista callejero era, digamos, de dos pesos por cada transacción. Mis pesos en morralla, pues, eran pesos caros, pero luego de darle algunas vueltas en la cabeza alcancé un poco de mayor claridad sobre el asunto: el tipo no vendía monedas argentinas por billetes argentinos, sino un servicio: el de ahorrarme el estrés de andar buscando morralla por toda la ciudad a una hora inadecuada, además de agasajarme (es un decir) con la golosina.
De todos modos, nunca olvidé la situación y todavía recuerdo que me alegré al tener de golpe, y sin sufrir, siete pesos en monedas que me servirían casi para cuatro accesos al bus. De los alfajores ya no digo nada; traté de mordisquear uno, y dejé el otro olvidado a propósito en un asiento de la unidad que cubre la ruta 166, tan odiada por mi querido amigo Fernando Veríssimo.

Nota: Me preguntan sobre el alfajor argentino, que si allá es igual que el de México. Mi respuesta es no. Yo también creí eso cuando leí que Borges lo menciona en “El Aleph”: “Beatriz Viterbo murió en 1929; desde entonces, no dejé pasar un treinta de abril sin volver a su casa. Yo solía llegar a las siete y cuarto y quedarme unos veinticinco minutos; cada año aparecía un poco más tarde y me quedaba un rato más; en 1933, una lluvia torrencial me favoreció: tuvieron que invitarme a comer. No desperdicié, como es natural, ese buen precedente; en 1934, aparecí, ya dadas las ocho, con un alfajor santafecino; con toda naturalidad me quedé a comer. Así, en aniversarios melancólicos y vanamente eróticos, recibí las graduales confidencias de Carlos Argentino Daneri”. Durante algunos años, pues, antes de internet y antes de conocer Buenos Aires, creí que el alfajor que a veces nos compraba mi madre era casi universal, pero luego advertí que era un producto harto distinto al mexicano. Ambos alfajores sólo se asemejan en su condición de golosinas, de postres harto empalagosos. El mexicano es (como se ve en la foto de acá abajo) coco casi molido y mezclado con azúcar, luego deshidratado y compactado en barras sólidas que en una de sus caras tiene un pigmento rosa Tamayo. El argentino es una especie de sándwich de galleta con una especie de leche quemada (o cajeta) en medio y cubierto con chocolate oscuro o blanco, una golosina similar al Mamut mexicano de aquel imborrable anuncio: “Para ese apetito feroz, ¡Mamut, Mamut!”. La palabra “alfajor” (un arabismo sin duda) es de mi total querencia porque siempre me recuerda a mi madre, quien toda su vida ha gustado de los dulces regionales que tantas veces supo compartirnos. Por eso, cuando vi esa palabra en un cuento de Borges me sentí más cerca de la escena, pese a que no era ni será el alfajor materno.



















miércoles, agosto 13, 2014

Teibolear o no teibolear, he ahí el dilema












Cuando estalla un petardo de ese tipo (son petardos, no bombas, y en el fondo no hacen nada) lo peculiar no es el escándalo en sí, sino las explicaciones ulteriores de sus protagonistas y la moraleja de la fábula. Me refiero al video que parece videoclip de Bandamax pero en realidad ilustra parte de lo ocurrido en una fiesta organizada por o para señalados panistas que luego de sus arduas labores se regalaron unos momentos de salaz (escribí “salaz”, no es errata) y esparcimiento.
Si usted no lo ha visto, no se pierde de nada. Sólo imagine un lujoso penthouse (escribí “penthouse” y eso me hizo recordar aquella magazine ya legendaria en el mundo de las pubertas manualidades) en el que unos pirruris otoñales interactúan amenamente con varias chicas superpoderosas, todas salvajemente gruperas. Uno de los comensales, el más animado, es Luis Alberto Villarreal, diputado federal panista que en el video se desenvuelve sobre la improvisada pista con unos pasos que le envidiaría el mismísimo Latin Lover en el certamen Bailando por un sueño. Villarreal abraza a una chamaca prominente sólo en términos corporales, y lo hace con un estilacho que delata miles de kilómetros de dancing club recorridos. Su compañera es la única identificada, aunque con un seudónimo: la llaman “Montana”, y es una beldad esculpida en laboratorio, de ésas que también mueven a sentir nostalgia por el glorioso Libro Vaquero.
Por allí, sentado en la mamalona terraza, anda también Martín López Cisneros, quien parece estar sólo al acecho de las chicas que quedan a su alcance para propinarles pellizquitos en la kardashiana retaguardia. Otro que se nota alegre, aunque sobrio, es Alejandro Zapata Perogordo: su diálogo con una de las acompañantes contratadas ex profeso para alegrar la difícil vida de los diputados parece desarrollarse casi diplomáticamente, aunque no falta que entre frase y frase comience cierto cachondeo preludial, anuncio de mejores lides.
Uno más, no legislador de nuestra hermosa república teibolera sino achichincle identificado como José Alfredo Labastida, entra al penthouse con dos chicas más, ambas con la misma catadura videorrolesca que ameniza con sus curvas el guateque. No podemos dejar de lado la mención al conjunto que interpreta melodías ad hoc, un tributo a Venus Rey, aquel cuasisempiterno líder sindical acuñador del dictum “La música viva siempre es mejor”.
Los diputados del blanquiazul y sus fieles colaboradores buscan un poco de relax en tal ambientazo. Es imposible saber, claro, si la sana diversión fue pagada con dinero de particulares o público, pero nunca falta que los receptores del mensaje maliciemos que gastos de dicha naturaleza han tenido como origen alguna caja chica gubernamental o en este caso legislativa.
El diputado Villarreal mandó una carta de risa loca a Reporte Índigo (medio que difundió el videclip); dice: “1.- Asistí como invitado a un evento privado, fuera de cualquier actividad relacionada con la reunión plenaria. 2.- El Grupo Parlamentario a mi cargo, no organizó dicho evento, por tanto, niego categóricamente que haya existido uso de recursos públicos para solventar tal evento, como se sugiere en la nota periodística. 3.- Ofrezco una disculpa a quienes haya lastimado mi participación en ese evento. Los hechos no reflejan mi trabajo y compromiso al frente del Grupo Parlamentario como Coordinador. Esta ha sido la Legislatura con mayores logros, que fueron construidos por el GPPAN”. No sé a ustedes, pero a mí me encanta el eufemismo “evento” metido tres veces con calzador en la explicación.
Al final, la moraleja: hoy no es suficiente con evitar recintos como el téibol u otros de semejante envergadura (sin albur). Con los celulares modernos el balconeo es ubicuo y llegó para quedarse.

sábado, agosto 09, 2014

Sistema de alarma












Es una mera percepción, pero tal vez ustedes la comparten: dialogue con cualquier familiar, amigo, compañero de trabajo o hijo de vecino ocasional, saque el tema de los gastos habituales y tal vez comprobará lo que califico, en mi caso, de “mera percepción”: que todos andan a gritos y sombrerazos. Los economistas lo explican bien, pero necesariamente, por exigencias de su instrumental teórico, deben apelar a tecnicismos que la raza de bronce no alcanza a comprender. ¿Qué es lo que sí comprende, entonces? La respuesta a esta pregunta la encontramos incluso sin querer en cualquier charla: apenas conversamos sobre los gastos quincenales y de inmediato salen a relucir los faltantes, las estrecheces, las deudas, todo aquello que nos tiene arrinconados y contra las cuerdas. El deterioro del poder adquisitivo ha llegado a tal extremo que en general (revise cada quien su caso) el sueldo de quince días no alcanza ni para una semana, de suerte que la vida es hoy un permanente zozobrar en el sentido náutico de la palabra: “Dicho de una embarcación: Peligrar por la fuerza y contraste de los vientos”.
Ante la pérdida galopante de bienestar lo lógico es pensar en dos reacciones: el enojo, que se da y queda de manifiesto en las susodichas charlas y, por supuesto, en las redes sociales. Todo es, por ejemplo, que lleguemos al gasolinazo nuestro de cada mes para que cundan por el país millones de mentadas de madre tuiteras y feisbuqueras contra Peña Nieto. E igual con las reformas, e igual con todo lo que el ciudadano percibe como puñalada trapera a la economía doméstica. La otra reacción, consecuencia obvia del enojo, sería la búsqueda de un cambio. ¿Qué debo hacer para que mi economía no se venga a pique, para que no “zozobre” como el barquito ya mencionado? Pues chambear más, bajarle al gasto, racionar el pan, buscar nuevas entraditas (“rebusques”, como dicen los argentinos) y si se tienen picardía y pocos escrúpulos, chingar al que se deje.
La lista de acciones a seguir para emigrar del hoyo es previsiblemente individualista. Quizá incluya a la pareja, o al amigo que anda en las mismas y quiere convertirse en socio, o al hermano que puede echar la mano en algún jale, o a la divina providencia que en teoría nunca nos deja solos, pero al final de cuentas es la lucha de un hombre contra el mundo, una iniciativa que en ningún momento piensa en lo verdaderamente colectivo, en la participación de muchos que atraviesan la misma mala circunstancia y desean revertirla.
El sistema de alarma social está inevitablemente encendido. La irritación real, aunque dispersa, de las redes sociales nos habla de verdaderas legiones, por ejemplo, de antipeñanietistas, pero el foco rojo y las sirenas no convocan a nadie. La pregunta aquí es también lógica: ¿por qué? La respuesta, como cualquier respuesta a un fenómeno social, es compleja, pero sin duda pasa por el desprestigio inducido de todo lo político.
No sé cuándo, no sé cómo, pero el poder en México fue descubriendo, hasta dominarlo con maestría, que la mejor política para mantenerse en pie y seguir medrando era desprestigiándose a sí misma, tanto que hoy todos los políticos son, en el imaginario nacional, una mierda; todos los partidos, nidos de pránganas; todos el aparato electoral, un armatoste sin credibilidad, lo cual no está muy lejos de ser cierto, pero no al grado de que incurramos en generalizaciones desactivadoras.
Más que nunca se da hoy la vieja paradoja: no hacer ninguna política es hacer mucha política. La parálisis es pues la contracara de la hegemonía a la que estamos sometidos por quienes sí hacen, así sea nauseabunda, mucha política.

miércoles, agosto 06, 2014

Juan Gelman tras bambalinas

















Por segunda vez en cinco años vino Juan Gelman a Torreón. El autor de Gotán ofreció un espectáculo, precisamente, de gotán y poesía, lo que a muchos nos cuadró al grado de considerarlo una maravilla de la combinatoria artística. Oír los poemas de Gelman en la voz del propio Gelman, oírlo acompañado por contrabajo, guitarra y bandoneón, fue una suerte de momento hipnótico que por instantes, lo aseguro, detuvo el tiempo en la conciencia de los espectadores. Pocas veces, o nunca, más bien, yo había visto en La Laguna una solicitud imperativa, con aplausos, de más poesía al final del espectáculo. ¿Un encore para seguir oyendo poemas? Sí, así fue, los más de cuatrocientos laguneros que allí estábamos nos levantamos de la butaquería para exigir que el poeta saliera otra vez del camerino y nos leyera un extra, un puñadito más de versos acompañado por el bandoneón de Rodolfo Mederos.
Yo anticipaba algo grande, pero no tanto. Hace cinco años, en 2007, Gelman estuvo con nosotros y leyó, sólo leyó, e igual recibimos con emoción su extrañamente poderosa literatura. En aquella visita le organizamos una cena a la que concurrimos como veinte laguneros y en la que pudimos dialogar en corto y hacer fotos. Recuerdo que esa cena se debió a mi previa alarma: “¿Cómo —les dije a muchos compañeros—, viene Gelman a Torreón y no vamos a celebrarlo como merece? Ese hombre es candidato al Nobel”. Recuerdo que lo entrevisté en el restaurante del hotel Marriot (nunca vacié aquel diálogo de la grabadora al papel) y, creo, le regalé algún libro. Gelman, amable, me pidió datos domiciliarios y pocas semanas después, en algo que ya conté, me llegó un sobre con un libro dedicado el mismo día en el que todo mundo supo que le otorgaban el premio Cervantes. Aquella coincidencia fue perfecta, tanto como las otras que hace dos semanas descubrí y paso a contar.
Llegué al teatro Martínez y pasé directamente al camerino. Gelman estaba allí, conversaba con el poeta saltillense Miguel Gaona y con Juan Huerta, ambos de la Secretaría de Cultura de Coahuila, organizadora de la presentación. Los saludé y noté que el pelo canoso y más largo del poeta lo avejentaba un poco más; le recordé, sin forzarlo a que lo recordara, nuestro breve encuentro de 2007. Hizo un gesto amable y de golpe le disparé mi inquietud:
—Mire lo que traigo, maestro.
—¡Mirá, bueno!, ¿de dónde sacaste esto? —dijo.
Lo que le mostré es Violín y otras cuestiones (Gleizer, 1956), la primera edición de su primer libro. El poeta sonrió incrédulo, tomó el ejemplar y lo hojeó sin dejar de hablar bajito, un poco desconcertado por la sorpresa.
—Hace tanto… —agregó—, no puedo creerlo.
—Pues sí, ojalá pueda dedicármelo —pedí.
Mientras tomaba asiento para escribir sobre la primera página del libro, le comenté rápido la coincidencia del libro que me envió desde el DF y llegó a Torreón exactamente el día en el que los periódicos anunciaban su premio Cervantes. Le dije que ahora yo había notado otras coincidencias: que el libro que me mandó aquella vez era Carta a mi madre, y que él, Gelman, nació en 1930, justo el mismo año que nació mi madre, y que si publicó Violín y otras cuestiones en 1956, él tenía entonces 26 años, justo la edad que yo tenía cuando publiqué mi primer libro. Gelman oía esto mientras escribía la dedicatoria. Como remate, le dije que me agradaban esas coincidencias. Levantó entonces la cabeza, me dio el libro, me devolvió la pluma y dijo con su tono de porteño ya cansado:
—Bueno, nada es gratuito, todo es lo que es por algo.
Tres minutos después, Gelman pasó al escenario y nos emocionó con sus versos.

sábado, agosto 02, 2014

Instrucciones en la heladería




















En mi reciente viaje a Parras me prometí una total, o casi total, desconexión de mis actividades habituales. Esos cinco días estaban destinados por completo para mis hijas, así que no cargué con la lap top, me quité el reloj de pulsera y aunque cargué el celular me impuse el encargo de no echar un ojo al buzón del correo electrónico, ni al blog ni a tuiter. Más: ni siquiera cargué un libro para evitar que un pedazo de papel robara tiempo a mis pequeñas. La fórmula me funcionó casi a la perfección: sólo leí links a notas periodísticas acarreadas por tuiter y algunos mails que por supuesto no contesté. Creo no equivocarme si afirmo que no tuve un solo sobresalto durante el viaje y todo transcurrió con nirvánica tranquilidad.
Bueno, también “casi”. Me sentía en la paz absoluta de aquel oasis cuando en una heladería vi el instructivo que me inquietó. Parecido a los que nos indican qué hacer en caso de incendio o sismo, éste lucía un encabezado peculiar: “Qué hacer en caso de balacera”. Siempre he tratado de ser observador, y reparé en el aviso porque jamás lo vi en negocios laguneros. Le hice una foto, claro, porque me pareció extraño que en Parras, súmmum de sosegado aislamiento, se aleccionara a los clientes sobre cómo reaccionar ante la contingencia del fuego cruzado.
La sintaxis del instructivo no era precisamente la de un estilista de la lengua castellana, y los dibujos de señalética de alguna manera incurrían en cierto humor involuntario, pero todo junto lograba el propósito de ayudarnos a maniobrar en medio de los hipotéticos plomazos. Las indicaciones eran, obvio, sintéticas: “1. Ante todo conserva la calma”, y aquí el monito de señalética que simplemente nos mira de frente. “2. Tírate al piso y busca dónde resguardarte, no te levantes rueda y arrástrate”, y aquí el monito en posición de gateo. “3. Utiliza los muros de concreto y permanezca acostado, tranquilo(a) y lejos de ventanas”, y aquí el monito recargado en una pared de ladrillo que al lado luce la imagen de un estallido como de bomba. “4. En vehículo, agáchese y proteja con su cuerpo a los menores, y evite salir huyendo a alta velocidad”, y aquí un mono adulto y otro niño dentro de un coche”. “5. Resista la tentación de levantarse o correr”, y aquí un monito corriendo dentro de un círculo atravesado con una raya para indicar la restricción. “6. Evita ser un héroe, no confrontes a los delincuentes”, y aquí el mismo círculo, la raya restrictiva y dentro las siluetas de Batman y Robin. “7. No tome fotos ni trate videograbar la situación”, igual, el círculo, la raya diagonal restrictiva y una cámara fotográfica. “8. Sea paciente. Espere que la actividad cese por lo menos 20 minutos”, y aquí un monito de señalética haciendo yoga en la famosa posición de loto.
Durante el calderonato genocida e impune los laguneros padecimos balaceras un día sí y otro también. Nunca, que yo recuerde, las autoridades federales responsables de la violencia inducida y funcional al propósito intimidatorio del gobierno nos informaron con claridad sobre nada. Ni sobre lo que estaba pasando ni sobre lo que debíamos hacer en caso de balaceras. No le importaba.
Mejor una mano anónima, con mala prosa y deficiente diseño gráfico, pero buena voluntad, trató de orientarnos ante una realidad que en cualquier parte, hasta en Parras, nos podía colocar en medio de ráfagas propiciadas por la delincuencia de los delincuentes y la del gobierno, que fue y sigue siendo la peor.

Volver a Parras












Escribo en Parras de la Fuente, Coahuila. Como en otras ocasiones, he traído a mis hijas para pasar algunos días de vacaciones. Es el paraíso que los laguneros tenemos más a la mano, aunque no siento que lo hayamos valorado de esa forma. Para empezar, tiene un clima que en poco se parece al infierno que se asienta en La Laguna durante meses y meses. Acá hay varios grados menos de calor, siempre, y eso es para mí su bondad más inmediatamente celebrable.
Pero hay más. Es un sitio donde la tranquilidad es casi tangible, donde el tiempo corre a otro ritmo, y esto corresponde perfectamente con su belleza colonial. Sentado en cualquier sitio parrense, hay momentos en los que logra percibirse incluso una suerte de petrificación total del tiempo, lo que produce, si uno anda bien dispuesto al asombro, éxtasis que en algo debe parecerse al de los poetas místicos.
Voy (vengo) a Parras cada que puedo. Creo que tengo cinco o seis años sin fallarle durante las vacaciones y en todo momento siento que su sosiego me permitiría, en una estancia prolongada, escribir sin los sobresaltos habituales de las urbes dizque modernas como Torreón. Es pues un lugar ideal para un retiro creativo, y me extraña que a la fecha no haya cobrado todavía el impulso que por ejemplo tiene San Miguel como santuario de la creatividad.
En estos años de convivencia más cercana con Parras he ido conociendo mejor el discreto encanto de su simpatía. Todo su centro es fotografiable con o sin modelos, esto porque la arquitectura, las puertas y los herrajes han sido alejados del virus modernólatra que tanto cunde en el proyanqui norte mexicano. De un año a la fecha me gustó ver, por caso, que los anuncios de sus tienditas fueran radicalmente uniformados en un estilo de rótulo discreto y pintoresco, lo que aleja la invasión de viniles, espectaculares y neones que nada añaden al entorno de las ciudades con aroma virreinal.
Por lo menos para los torreonenses, gomezpalatinos, lerdenses y conexos, Parras tiene, a saber, tres ventajas: 1) nos queda cerca; 2) hay posadas, hostales y hoteles para todos los presupuestos y 3) el más importante: se trata del lugar más próximo donde podemos sentir en serio el rostro mestizo de la Nueva España.
Creo que con eso basta para hacerlo un lugar dgno de nuestra bienquerencia.


sábado, julio 26, 2014

De antología














Inolvidable aquel hombre ilusionado que me compartió la inquietud de publicar un libro de su cosecha. Me mostró el obeso engargolado que en la primera página ostentaba el registro ante Derechos de Autor. Luego, en la segunda cuartilla, el voluminoso monstruo de palabras ofrecía su título: Antología de mis poemas, y el dibujo de una flor, un tintero y una espectacular plumota de ganso. No era necesaria más información para saber de qué iba el asunto, pero atreví algunas tímidas y educadas preguntas.
—¿Quién armó la antología?
—Yo mismo, señor.
—¿Usted mismo?
—Sí, fue muy sencillo.
—¿Cómo lo hizo?
—Junté mis poesías y las convertí en una antología.
—¿Ha publicado algo antes?
—No, esta antología será mi primer libro.
—¿Entonces usted mismo seleccionó sus poemas?
—Sí.
—¿Y qué criterio usó para escoger los mejores?
—¿Cómo que los mejores? No usé ningún criterio. Los metí todos. Todos me gustan.
—Bien, bien…
No recuerdo qué alardes de prudencia usé para articular una explicación que sonara convincente acerca del arte de antologar. De entrada, le dije que la palabra “antología” no cuadraba con su proyecto. Que lo mejor era ponerle simplemente un título (Mis poemas, Sentimientos, Instantes poéticos, el que fuera), pues la noción de “antología” (o “muestra” o “selección”) encerraba la idea de que tomamos una parte de un todo, y lo que él había preparado era un “todo” tal cual, pues no había excluido nada. Mi explicación fue inútil, y se defendió.
—Bueno, sí dejé fuera algunas poesías, las primeras. No me gustaron, además de que las dediqué a una mujer con la que ya no ando.
—Pero es casi lo mismo, pues otro sobrentendido de toda antología es que trabaja sobre material ya difundido del que alguien, no el autor, escoge lo que a su juicio es “mejor” o más “representativo” de un escritor, de una generación, de un país, de un tema, de un género, de un conjunto equis.
Fue inútil; siguió la autodefensa:
—Bueno, yo no he publicado, pero creo tener el criterio suficiente para saber qué es lo mejor que he escrito. Si no fuera así, ni siquiera lo hubiera incluido en mi libro. Además, no confío en nadie para elaborar mi antología. ¿Y si el fulano selecciona las poesías que menos me gustan? ¿Eh?
A esas alturas ya me había dado plena cuenta de que estaba ante un nuevo género literario: la autoantología total, aquélla que elabora uno mismo con un procedimiento que hace imposible cometer injusticias, pues integra todo el material habido y por haber, sin discrimen alguno, con una implacable manga ancha. Pensé por ejemplo en una antología de Alfonso Reyes armada con este método: saldría un extraño libro de 25 o 30 mil páginas, poco más o poco menos.
Recordé la anécdota porque en estos días vengo trabajando en la antología de un poeta. Escogeré sus (a mi parecer) mejores poemas y escribiré la presentación de rigor. También lucharé para que el libro no lleve la palabra “antología” en el título, ni siquiera en el subtítulo, aunque eso no dependerá de mí, sino de la institución que me encargó la chamba. Confío en ganar. Antes de que termine el año lo sabré.

miércoles, julio 23, 2014

Tango con aroma mujer













Hasta 2004 yo pensaba que la interpretación del tango era un coto exclusivo para hombres. Los cantantes cercanos a mi oído eran, todos, sujetos engominados, elegantes, de voz grave o algo abaritonada. Carlos Gardel, Julio Sosa, Edmundo Rivero, Roberto Goyeneche, Argentino Ledesma, Rubén Juárez y otros eran sin remedio mis tangueros de cabecera, pues la voz de las mujeres en este género siempre me pareció incómoda, demasiado tipluda en casi todos los casos, incluso en los más rescatables, como los de Susana Rinaldi y Eladia Blázquez.
Me suprimí entonces el tango expresado por mujeres; lo hice sin tragedia, sin sentir siquiera que se trataba de una pérdida, pues, ya dije, esto debía ser cantado con una sonoridad ajena para mí al aflautamiento de jilguerillo cuyo mayor desastre fue perpetrado por doña Libertad Lamarque. Pero no se piense que sólo excluí mujeres; también hay voces de hombre demasiado agudas (como la de Agustín Irusta) y las puse al margen sin contemplaciones.
Así pasé muchos años. Mi convivencia con el tango tuvo su origen, creo, cerca de 1980, de manera que pasaron como 25 años para llegar a la tanguera que no sólo logró gustarme, sino que desplazó a punta de magníficas y extrañas interpretaciones a todos mis favoritos masculinos. Ella fue, es, Adriana Varela, la Gata, cantante que descubrí en 2005 gracias a un regalo. Me lo hizo David Lagmanovich, escritor argentino radicado en Tucumán; con él tuve una amistad que duró diez años, de 1999 hasta su muerte, ocurrida en 2010.
David, erudito total, supo de mi gusto por el tango y mandó a Torreón tres discos desde su país. Algo de Troilo, algo de Piazzolla y uno que vi al principio con escepticismo: el cidí donde la Gata Varela canta doce temas de Cadícamo con el apoyo musical de Litto Nebbia. Debo insistir en mi duda inicial: ¿qué podía contener ese disco que sirviera para conmoverme aunque fuera un poco? Nada, seguramente. Pero fue ésa, creo, una de mis más gratas equivocaciones prejuiciosas, pues lo que hallé en el disco fue un campanazo que sin miramientos hizo polvo todo mi gusto anterior en materia tanguística. Varela logró tanto que durante algunos años su voz, su peculiar voz, fue para mí el Tango con mayúscula, esto al grado de que luego ya no hubo macho que la igualara, ni uno.
Aunque erizadas de lunfardo, aprendí las letras de Cadícamo gracias a que Varela las cantaba con un toque mágico en aquel espléndido compacto. Su voz rasposa, entre dolorida y retadora y nasal, me llevó a sentir el tango de otra forma, a vivirlo como una emoción íntima y desgarrada. Ni Gardel había logrado eso en mi alma, así que poco a poco fui descubriendo nuevas canciones de Varela, como todas las del disco Encaje, que años después compré en Buenos Aires.
Luego internet me ha ayudado a conocerla mejor, a saber que fue descubierta por el Polaco Goyeneche y que el hombre de la garganta con arena marcó el acento áspero de las interpretaciones que algunos critican a la Gata. Sé que ella provenía del rock, y que casi por accidente llegó al tango para que muy poco después el Polaco la pusiera en el camino; ella sería «su sucesora».
Sé también que en la Argentina hay opiniones encontradas sobre Varela. Unos la adoran, otros la aborrecen. Para mí gusto es la mejor intérprete de algunas piezas como “Tango de lengue”, “Cumplido”, “Garganta con arena”, “La hermana de la Coneja” y otras. Y bueno, qué más puedo decir si ella canta como nadie “Los mareados”, el tango que más me cuadra. Nomás por eso la coloco en una vitrina. En ese nicho está sola, mujer, tanguera y, creo, victoriosa sobre una legión de hombres.

sábado, julio 19, 2014

Bienvenida bici














Hay una maniobra que frecuentemente encaramos los choferes de coches o transportes de motor: se trata del esguince, a derecha o izquierda, en el momento en el que un ciclista avanza a nuestro lado, o quizá un poco atrás o un poco adelante. Sé que todos dudamos en ese momento: apurar el paso y ganarle la vuelta o esperar a que pase y entonces doblar.  En ese instante veo, como en ningún otro, la diferencia entre la agresividad del vehículo motorizado y la indefensión de la bici, casi como si allí se condensara toda la ventaja y la desventaja de los unos y los otros, respectivamente, a lo largo y a lo ancho de las calles.
Aunque no me crean, en ese fugaz trance soy de los que esperan a que pasen los ciclistas. Lo hago en cualquier momento, tenga o no prisa por llegar a mi destino. La razón es simple y pasa por el más elemental uso de la lógica: ¿qué peligro implica para mí un hombre sobre dos ruedas mientras yo deambulo en cuatro? Ninguno. ¿Y lo contrario? Mucho, poner en alto riesgo su vida.
He visto, sin embargo, que no es lo común, ni en ese ni en otros casos, todos desventajosos para el usuario de la bici: los conductores de coches y demás le conferimos un lugar apenas visible a los ciclistas, los consideramos invasores en nuestros territorios asfaltados, una incomodidad que debemos tolerar desde nuestra burbuja metálica.
Como muchísimas más, esta injusticia es parte de nuestro paisaje urbano. Las ciudades han sido diseñadas para el tránsito vertiginoso, no para avanzarlas en bici y menos caminando. Sé, por ejemplo, que hay urbes en Estados Unidos —el modelo al que deseamos imitar, aunque siempre con poca fortuna— que ya abolieron los espacios que no son para los coches: las distancias son tan grandes que no tiene caso pensar en aceras o acotamientos, pues sólo unos cuantos locos o desposeídos los andarían a pie o en bici.
La emergencia del ciclismo como práctica recreativa no lejana de un cierto activismo en pro del medio ambiente y la búsqueda de convivencia social en espacios públicos es una de las mejores noticias laguneras de los años recientes. Si otras ciudades endiabladamente emproblemadas con la contaminación y el estrés, como el DF, lo vienen haciendo desde hace algunos años, en La Laguna no era necesario esperar el caos para que la bici comenzara a ganar terreno en la ciudad. Y ya lo estamos viendo, y sé que si esa práctica continúa se asentará un beneficio con repercusiones sociales múltiples, no sólo el mejoramiento de la cultura vial.
Cierto que es en muchos casos una actividad recreativa semanal, un paseo colectivo con una cauda, por suerte, cada vez mayor. Uno de los beneficios que podemos vislumbrar tras el éxito de esta fiesta en movimiento está en la gradual y a veces no tan sutil exigencia a la autoridad para que en el futuro contemple dos políticas: la consideración de acotamientos y rutas precisas en la ciudad, y la construcción de espacios para el ciclismo deportivo. Dicho de otra forma, del ciclismo recreativo se puede pasar al ciclismo por necesidad laboral (como el que practican muchísimos obreros y demás trabajadores) y el ciclismo con aspiraciones de competencia. No es poco, entonces, lo que podría derivarse de los multitudinarios paseos semanales.
En el plano personal, por una extraña razón (razón que espero no sea la flojera o algo aproximado) he pospuesto mi inserción sistemática al mundo de la bici. Compré una hace pocos años, pero creo que, por supino desconocimiento, la elegí mal y me resultó traumático andar en ella. La arrumbé, es verdad, pero nunca en meses he dejado de sentir el llamado de sus ruedas. Quizá con un arreglo pueda ser lo que deseo y entonces sí sumar mis pedaleos a los de muchos que hoy hacen su aporte para que La Laguna sea un pueblo orgullosamente bicicletero.