sábado, mayo 27, 2017

Mi futbol














Fue en la Peña futbolera de Patachueca, programa de internet auspiciado por mi amigo Chuy Aranzábal en su restaurante, donde comenté que para bien y para mal el futbol que me gusta es el mexicano. Cierto que no es, ni de lejos, el mejor del mundo, pero es el que me cupo en suerte desde niño y al que mayor interés le he depositado en poco más de cuarenta años. En varias razones puedo apuntalar esta preferencia.
Hace cuatro décadas, cuando comencé a ver futbol en televisión y a presentarme en los estadios locales (el Moctezuma —después llamado Corona— y luego el TSM), el único futbol que había en el mundo era, para mí, el mexicano. Ciertamente llegaban algunas noticias periodísticas sobre las ligas del exterior, pero eran pobres y por lo general sólo impresas, sin mucho soporte audiovisual. En mi niñez me enteraba de los equipos fuereños gracias a las contrataciones que comentaban los periódicos y las revistas: se decía, por ejemplo, que el argentino Miguel Marín procedía del Vélez Sarsfield, y ya con eso nos dábamos por bien servidos: aprendíamos, sin ver nada más, que en Argentina había un club llamado Vélez Sarsfield. El centro del interés —y también las orillas del interés— estaba en nuestro campeonato. Nuestra pasión se dividía entre América, Guadalajara, UNAM, Cruz Azul, Atlético Español, Atlas, Toluca, Atlante, Monterrey, Laguna, Potosino y todos los demás equipos que jugaban un torneo de 38 fechas, kilométrico, con miles de puntos en discordia y campeones de goleo que por fuerza debían rasguñar, al menos, la zona de los 25 goles.
En aquella época me acostumbré, pues, sólo a un futbol, el mexicano. Para mí, y sospecho que para muchos niños-adolescentes como yo, Barcelona, Real Madrid, Juventus, Boca Juniors, Manchester, Bayern, Botafogo, Chelsea, Panathinaikos, River, Colo Colo y todos esos grandes equipos eran una vaga referencia, tanto que nadie hinchaba por esos colores que ni siquiera llegaban a México en forma de jersey.
Todo comenzó a cambiar en nuestro país, creo, con dos fenómenos simultáneos: la aparición de la tele por cable, que amplió el espectro de canales, y la llegada a Europa de Maradona y, particularmente para el interés mexicano, de Hugo Sánchez. De repente, cuando yo ya era joven adulto, cundió en México el deseo de ver jugar al sucesor de Pelé y al mejor futbolista azteca de todos los tiempos. Comenzó la transmisión de partidos en vivo y de repeticiones los domingos. Poco a poco, luego de ver los resúmenes de la liga mexicana los noticieros dominicales como Acción o DeporTV dejaban un espacio para dar los resultados y las tablas generales de España e Italia, de suerte que los jóvenes comenzaron a sentir fervor no sólo por un equipo local, nuestro, sino por algún otro europeo, principalmente español, y más principalmente todavía de color blanco o blaugrana.
La llegada de internet y el desarrollo de las nuevas tecnologías —la conexión automática, la infintud de canales especializados las 24 horas del día—supuso la globalización del gusto futbolero, de suerte que hoy cualquier joven abraza los colores de un equipo local, mexicano, y otro u otros dos europeos. Cuando hay partidos de la Champions o de la Premier, por eso, el universo de la afición futbolera también se paraliza acá, en México, y el encono de las aficiones queda bien ilustrado en las redes sociales, espacio donde dos mexicanos pueden llegar a mentarse mil veces la madre sólo porque uno apoya al Barcelona y otro al Bayern.
En mi caso, como ya dije, veo de reojo, con interés y admiración, es cierto, pero de reojo al fin, lo que ocurre en aquellas ligas donde se juega con una calidad de otra galaxia. Lo que sí me interesa, lo que sí me emociona, lo que me lleva a ser niño cada fin de semana, es nuestro futbol, el feo, el limitado futbol mexicano, mi futbol. Tan enamorado estoy de la Mx que a veces, si no hay más remedio, puedo ver un Puebla-Veracruz sólo para medir cómo andan los equipos, qué novedades traen.
Así pues, ya pueden imaginar lo contento que estoy con la liguilla del Clausura 2017. Está Santos Laguna, hay dos clásicos (Monterrey-Tigres y Chivas-Atlas) y esto es para mí lo más emocionante. Sé, insisto, que es un gusto modesto, que parezco poquitero, pero qué le puedo hacer. Esto no lo elegí yo: lo eligió mi infancia, esa infancia que revive cada vez que veo mi futbol.

miércoles, mayo 24, 2017

Nómadas en libro
























Los caminos de la coedición son venturosos. Gracias al esfuerzo conjunto del Teatro Isauro Martínez, la revista Nomádica y la Universidad Iberoamericana Torreón tenemos a marced un libro más sobre el entorno de nuestra comarca. Los textos de Héctor Esparza y Armando Monsiváis integrados en Nómadas de papel. De la cima a la sima: por los caminos de la crónica permiten al lector un recorrido por los ámbitos naturales que nos cupieron en suerte, espacios que por lo general olvidamos sobre todo quienes vivimos en la mancha conurbada.
Se trata pues de un libro con textos periodísticos en los que —al margen del autoescarnio que hace grata la lectura y honra a sus autores— son pintados de maravilla muchos lugares próximos, y no tanto, a La Laguna y sus alrededores. Recibí la invitación para prologarlo y no escatimé elogios para ponderar una labor, la de Nomádica, que bien merece, estoy seguro, nuestro reconocimiento. Así pues, pude describir la dinámica de los trotadores del semidesierto que han sido, ya durante quince años, Esparza & Monsiváis: “… la dupla se ha movido por las cuatro zonas del cardinal tanto en territorio de Coahuila como de Durango, los estados que pellizca la Comarca Lagunera. Valles, cadenas montañosas, desiertos, ríos, cuevas, minas, puentes colgantes, haciendas fantasmales y demás parajes hóspitos e inhóspitos han sido visitados con cámara, papel y pluma en ristre; tales lugares están sobrepoblados por serpientes, moscos voraces, osos, hormigas, alacranes, terratenientes, policías y demás especies sin modales que han visto pasar los vehículos oficiales de Nomádica. Sus dos tripulantes dan cuenta de algunas de esas andanzas en este libro y nos muestran recovecos desconocidos de nuestro entorno, parajes en los que no deja de latir algo de virginal, de salvaje, de nuevo y por lo tanto de inseguro, ajeno al privilegio urbano de tener cerca, para empezar, ambulancias y hospitales”.
Habituados como estamos a pensar que el espacio de La Laguna se reduce a ciertas ciudades, Nómadas de papel, al trazar crónicas sobre espacios naturales más bien agrestes, fuerza una reflexión: en este lugar ayuno de comodidades logramos construir, durante siglos ya, una región próspera y de fuerte personalidad. Recordar esto, hacerlo ver a los lectores, no es flaco mérito para un libro con perfiles periodísticos.

sábado, mayo 20, 2017

Otro sexenio inolvidable














Sin novedad: vivimos bajo la mirada de la delincuencia con fuero. No sé cuántos más piensen lo mismo, pero creo que nos hemos instalado desde hace muchos años, décadas incluso, en una realidad en la que sin ambages ni misericordia, pero sí con ampulosos discursos, nuestro gobierno extiende su poder en el tiempo y en el espacio (real y simbólico) aunque los resultados sean catastróficos. El gobierno es, pues, una manga de bucaneros, el ente que con mayor depravación se hace de riqueza a costa de las personas a las que en teoría deben servir. No por nada la miseria material y espiritual luce hoy en todos los desgarrados parches del (disculpen la sobada metáfora sastreana) tejido social.
La muerte de Javier Valdez, como la de Miroslava Breach en marzo y tantas más, ha vuelto a poner sobre la mesa de debate los alcances del actual gobierno federal en materia de seguridad. Para mí son nulos, tanto que el de Peña Nieto compite cerradamente en ineptitud con el de Felipe Calderón, lo cual, al principio de este sexenio, parecía una comparación imposible. Pues no: la vuelta del PRI a Los Pinos, vendida como quimioterapia capaz de arrasar con los cánceres panistas, ha traído como consecuencia una brutal agudización de la penuria. Tan mal estamos que, para seguir con el campo semántico de la medicina, muchos ciudadanos ya se han aplicado una especie de eutanasia política, no desean participar pues “todos los partidos son iguales”. Esta desesperanza no es menos dolorosa que los otros flagelos del país.
A poco más de año y medio de que termine este sexenio inolvidable y luego de decenas de periodistas asesinados, es inaudito que el responsable del poder ejecutivo tome apenas la palabra para referirse al caso. Cabría otra vez la pregunta: ¿habrá algún país civilizado en el que maten a tantos periodistas y su presidente no dé la cara? ¿Por qué en México sí ha ocurrido esto? ¿Qué maldita mala suerte ha sido capaz de jugarnos tal broma? No entiendo, no entiendo nada.
Vi, como todos, el momento en el que EPN pidió, luego de las alocuciones leídas con voz grave, un minuto de silencio por los periodistas caídos. Oí los tímidos gritos de algunos reporteros que pedían justicia y no discursos. Los funcionarios de un lado, inalcanzables, los periodistas del otro, invisibles, encorsetados por el cordón de seguridad marcado por el EMP.
Esa pequeña situación, creo, pinta al país.

miércoles, mayo 17, 2017

Permanente Rulfo















Ayer celebramos el centenario de Juan Rulfo. Para quienes vivimos en esto (conste que no digo “de esto”), para quienes accedemos a la literatura por sus dos puertas principales, la de la lectura y la escritura, el fervor de Rulfo es permanente, tanto que no resulta necesaria una fecha tan importante para tenerlo presente. Los rulfianos de ley volvemos a él, a sus dos obritas inagotables, cada que podemos, es decir, cada siempre.
En mi modesto caso de lector, han pasado cerca de 35 años desde que visité sus páginas por primera vez. Conseguí los dos títulos señeros (ambos ya prestados y perdidos) en las ediciones populares del FCE, cuando entré a la carrera. Todavía viven en mí las dos o tres tardes en las que me senté en el patio de mi casa, que era particular, para devorar esa rara prosa, por engañosamente sencilla, y ese universo poblado por criaturas elementales, rústicas y conmovedoras. La primera lectura se dio por obligación académica, pero luego vinieron otras que casi me alarmaron: ¿cómo era posible que esos dos libritos fueran capaces de renovarse a cada recorrido? ¿Es posible que dos libros puedan parecer interminables? Sí, El llano en llamas y Pedro Páramo, lo eran, lo son.
Los años, ya muchos, han pasado y durante el decurso de ese largo tiempo he vuelto incontables veces a don Juan Nepomuceno. Las obligaciones de la docencia literaria me han impuesto la forzosa alegría de convivir con sus páginas, de entrar y salir, semestre tras semestre, por sus cuentos, sobre todo por sus cuentos. Los comento siempre con entusiasmo, como si fueran obras escritas hace poco, ayer apenas, pues ellas, por su inextinguible lozanía, se dejan examinar así. Tres cuentos son mis favoritos, los conozco de memoria: “Talpa”, “Luvina” y el mejor de todos a mi juicio: “¡Diles que no me maten!” Esto no significa que desdeñe los demás, claro.
¿Cuál será, me he preguntado muchas veces, el secreto de esos libros? Mi respuesta se ramifica al menos hacia dos rutas: como nadie, Rulfo supo escribir el silencio. Su prosa parece contenida, de labios apretados, reticente. Es una prosa que apenas quiere serlo. En segundo lugar, con ella, con esa prosa, contó historias llenas de sentimientos primarios, las pasiones de una especie de ser humano esencial, el ser humano que podemos ser todos.
Con o sin centenario, Rulfo es un artista que jamás deja de asombrar. Volvamos siempre a sus páginas.

sábado, mayo 13, 2017

Un asedio a la violencia escolar




















Acequias, revista de la Universidad Iberoamericana Torreón, ha llegado en estos días a su número 72 y contiene, como siempre, materiales de interés. Está en línea dentro de la web de la Ibero Torreón y si la visitan van a encontrar, también como siempre, artículos, reseñas, crónicas y más sobre muy variados temas. La revista abre con una peculiar serie de textos escrita por cuatro maestros de la Ibero. Digo peculiar en tanto bloque, en tanto conjunto de aportes que se refiere a un tema que caló profundo en la realidad mexicana: la violencia en las escuelas.
Su editorial observa lo siguiente: “Aquella inolvidable mañana el acontecimiento nos estremeció: en Monterrey, Nuevo León, un joven disparó a su maestra y a varios de sus compañeros en el salón de clases, y luego se suicidó. Inmediatamente después de pasada la primera conmoción, vinieron el morbo, el deseo de obtener más datos sobre el suceso y las especulaciones de sobremesa. En México, sobre todo en los ambientes estudiantiles, no dábamos crédito al hecho que —como casi todo lo que ahora se viraliza en internet— quedó registrado en un video. ¿Qué sucedió, por qué un adolescente pudo atentar así contra la vida de sus cercanos en un aula de secundaria?
Pasados pocos días, el terrible acto pasó al olvido. Otros mil acontecimientos lo opacaron y lo convirtieron en anécdota, en ‘algo’ que ocurrió en una escuela regiomontana. En la Ibero Torreón, sin embargo, fue pensada una mesa redonda para dialogar no tanto sobre lo que pasó aquella mañana aciaga, sino en sus posibles resortes, en las implicaciones de las conductas de alto riesgo en las escuelas y en lo que estamos haciendo mal como sociedad para encarar tales situaciones y, fundamentalmente, para prevenirlas. Los maestros e investigadores Sergio Garza, Francisco Rodríguez, Laura Orellana y Javier Ramírez escribieron un resumen de sus exposiciones…”.
Como ha ocurrido con muchos temas de esta o parecida gravedad social, el tiempo y la vertiginosidad de la información en la era de las redes sociales provocan que todo se diluya en la indiferencia. ¿Qué asunto sobrevive más de dos o tres días en el interés de los lectores? Al parecer, ninguno. Pese a tal situación, la violencia en el ámbito escolar no debe ser un tema pasajero. Acequias ha intentado ahora darle permanencia. Ojalá puedan leer esas opiniones.

miércoles, mayo 10, 2017

Fiasco sin box













Todo mundo sabe (todo mundo en este caso son mis cuatro o cinco mejores amigos) que carezco de televisión, que prescindí de ese aparato desde hace ya muchos años. Tomé esta decisión porque un día noté que había programas excelentes y receptores con tecnología tan sofisticada que eran capaces de engullir vorazmente mis horas disponibles para leer. Todavía hoy, cuando voy a casa de mi madre y la acompaño a ver tele (en un aparato espléndido), me doy cuenta de que no debo tener televisión, de que si la tuviera no haría más que ver programas y más programas todo el maldito día.
Hay una trampa en esto que digo, sin embargo. No tengo tele, pero sí computadora, y es allí donde cada semana veo lo único que veo: uno o dos partidos de futbol mexicano y la función sabatina de boxeo. Qué le puedo hacer, eso me gusta, es mi adicción, mi cocaína de cada fin de semana desde la niñez. Lo bueno de esto es que no me quita más que tiempo, pues son drogas que pesco en internet, generalmente en las webs de las dos principales televisoras mexicanas.
Como tantos en el mundo, entonces, esperé la pelea del Canelo contra el hijo de Julio César Chávez. No lo hice con la pueril emoción del fan que recién estrena su fervor boxístico, sino como el viejo colmilludo (no fanfarroneo) que sabe distinguir el box genuino del box publicitario. Ya muchas veces me he llevado fiascos y he aprendido: ese box atestado de mercadotecnia suele ser el más arreglado, el más hecho para generar muchos millones y poquísimo pugilismo. Y bueno, ya vimos lo que pasó, no es necesario expresar algo más sobre ese embuste.
Algunos medios denunciaron que las televisoras no aclararon que su transmisión fue diferida. Eso es un poco ingenuo, pues todos los sábados pasa lo mismo. Para mí, el precio de no pagar ni un quinto por las funciones es ver las peleas una o dos horas después de que ocurren. Lo único que hago es no asomarme a tuiter, para no perder la sorpresa. Lo terrible no fue eso, sino las declaraciones del hijo de Julio César Chávez y de su padre. Que el cuerpo no le respondió, que bajó mucho para dar el peso y etcétera. Si físicamente no estaba para dar pelea (dicen que tiró menos de cien inofensivos golpes, o sea, nada), ¿a qué subió entonces? Claro, a defraudar, pues de todos modos se embolsó una millonada a costillas del público aturdido por la publicidad. Un asco.

sábado, mayo 06, 2017

Campbell maestro




















En la era de los tutoriales, o sea ésta, es imposible no encontrar instrucciones para hacerlo todo, desde encender el tabaco en una pipa o preparar chilaquiles hasta desarmar una computadora. Los manuales o los “hágalo usted mismo” del antiguo régimen han pasado pues a convertirse en libros acaso no muertos, pero sí moribundos. Hay, sin embargo, de manuales a manuales, libros que han sobrevivido a la estocada de las nuevas tecnologías. En otras palabras, no es lo mismo un manualito para aprender punto de cruz, superado ya por los videos caseros de YouTube, que otro para clarificar los detalles finos del oficio periodístico, como es el que paso a comentar.
Periodismo escrito (Secretaría de Cultura, México, 2016, 292 pp.), de Federico Campbell (Tijuana, 1941-México, 2014), es un libro sumamente valioso tanto para los jóvenes periodistas como para quienes —como el sujeto que aquí teclea— todavía invierten horas-aula tratando de enseñar este inagotable oficio. Cargado de una experiencia apabullante como periodista y escritor, Campbell es un muy confiable instructor a la hora de compartir sus secretos sobre los quehaceres ejercitados en el universo de los periódicos y las revistas.
Aunque parece el mismo libro publicado a finales del siglo pasado, este Periodismo escrito es en realidad casi otro libro. Su autor lo amplió con materiales que hacen del conjunto un megatutorial, un recorrido por el periodismo que combina el placer de la mirada cordialmente didáctica con el rigor que solemos demandar a los manuales sobre temas complejos.
Dividido en dos grandes parcelas, Periodismo escrito aborda en la primera la temática, digamos, teórica del asunto. Describe pormenorizadamente los géneros, la nota informativa, la entrevista, la crónica, el reportaje, el artículo, la columna, la reseña y el editorial. Aquí mismo el autor intercala apuntes formateados en pequeños ensayos que amplían la información técnica y suministran “nortes” que permiten visualizar mejor qué es y cómo debe ser ejecutado cada género (ojo, porque aquí Campbell incluyó un aporte de su amigo Vicente Alfonso, nuestro paisano lagunero). La segunda parte es una especie de ampliación, un delicioso plus con artículos-ensayos sobre el oficio periodístico y sus colindancias literarias.
Periodismo escrito es un gran libro. Celebro su renovada vuelta a los anaqueles.

miércoles, mayo 03, 2017

Pantallas 24/7





















No pasó mucho tiempo, en realidad unos cuantos años apenas, para llegar al estadio de la sociedad contemporánea que Jonathan Crary describió de un plumazo en el título de un libro: 24/7.  Con esos dos números separados por una barra diagonal se expresa la idea-ombligo del ensayo: vivimos hoy permanentemente atados a una pantalla, las 24 horas del día los 7 días de la semana. Esto que hace cinco, ocho, diez años parecía relato de anticipación, es ahora, un instante después, realidad visible en cualquier parte. Basta salir a la calle para ver transeúntes que ni al cruzar de esquina a esquina dejan de estar atentos al contenido de una pantalla.
Los niños y los jóvenes son, sobre todo, quienes acusan mayor adicción. Por esto sus reacciones de enojo cuando no disponen, por descompostura o pérdida, de una pantalla, o cuando carecen de señal. Frente a estas situaciones se tornan ingobernables, enfadosos, casi como farmacodependientes. Tal atadura a la pantalla preocupa a los adultos que por su misma edad crecieron en una época sin la omnipresencia de tantos aparatos. Los padres de familia y los profesores son —o somos— los más inquietos, pues no saben cómo maniobrar ante quienes, hijos o alumnos, viven con la vista fija en las pantallas.
Es esta inquietud la que ha analizado Roxana Morduchowicz en Los chicos y las pantallas. Las respuestas que todos buscamos (FCE, Buenos Aires, 2014, 134 pp.), libro peculiar no tanto por su tema, hoy caro para muchos estudiosos, sino por el método que sigue para arrojar luz hacia las dudas que han aflorado entre los adultos tras la invasión de las pantallas en la vida de sus hijos/alumnos.
Morduchowicz formula 57 preguntas y a todas ellas da una breve respuesta. Se trata pues de un libro didáctico, abarcador de una realidad que llegó para modificar todos los hábitos de las sociedades actuales. Tres son para la autora los aparatos que posibilitan el apego: el televisor, la computadora y el celular, y casi me atrevo a decir que un joven adicto se da por bien servido si tiene sólo el último aparato siempre y cuando sea bueno, moderno, y, obvio, con acceso a internet.
Al son de preguntas sencillas (“¿Por qué hay tanta tecnología en la habitación de los chicos y qué consecuencias trae?”, por ejemplo) nos hacemos, en suma, una idea general de la arrasadora pantallitis y sus peligros.

domingo, abril 30, 2017

De turbio en turbio












Dos son las principales catástrofes que acaso irreversiblemente ha infligido el PRI a México: 1) agudizar la injusticia económica desde 1928 y más aceleradamente desde la era tecnocrática (1988), y 2) arraigar hasta el tuétano el hábito de la mentira, el embuste, la transa, el doblez, la hipocresía, la simulación y todo lo que se le parezca. Ambos estropicios van de la mano, como si el primero fuera resultado del segundo, y viceversa: a más precariedad económica, más patrañas, y a más patrañas, más precariedad económica, de suerte que vivimos en una gran pecera en la que es imposible sobrevivir sin participar como víctimas, victimarios o las dos cosas a la vez.
Publiqué apenas un texto cuyo título es “Vivir siempre mermados”; digo allí que en grande y en pequeño siempre recibimos, como clientes, pellizcos de parte de quienes nos ofrecen un producto o un servicio. Expongo que es inevitable ser robados, que así sea con algunos mililitros o algunos miligramos jamás recibimos litros o kilos exactos, los que pagamos. Y así todo.
Luego de subir tal texto al blog fui a desayunar. Elegí lo de todos los sábados para un lagunero convencional: gorditas. Pedí tres, una de ellas de carne con chile verde que tenía dos trocitos (no exagero) de carne y todo lo demás de papas, y es allí donde recibí mi merma por esa transacción. Entiendo que, ante la economía demolida que ya mencioné, todos busquen o busquemos nuestro acomodo, que para sobrevivir usemos técnicas de engaño similares a las del camuflaje en el reino animal, pero es evidente que una gordita de carne con chile verde no es lo mismo que una gordita de papas verdes. La mentira, pues, está enquistada en el alma de casi todas las transacciones mexicanas, y no las denunciamos también por dos razones: 1) son tantas que perderíamos la razón si las cuantificamos; y 2) sería tortuoso denunciarlas ante la ley, así que preferimos aceptarlas como parte de nuestra vida cotidiana.
En efecto, ¿nos hemos preguntado qué pasaría si ante la Profeco reclamamos por algún producto o servicio mal dispensados? Sé que nos hemos preguntado eso, y quizá algunos hayan optado por seguir el camino de la ley con los resultados previsibles: lentitud, burocracia, impunidad. La opción que queda es callar y seguir, tal vez sumarnos al embuste, añadir nuestro granito de mierda a esta realidad picaresca, de escarabajos hambrientos por quitar algo a otro, sea quien sea.
Por un lado están los robos sutiles y por ello invisibles (o casi), principalmente los relacionados con los servicios básicos: el gas, la luz, la gasolina, la telefonía, el agua. Con un peso que sumen a cada recibo, o con que sirvan poco menor cantidad de la que cobran, lo que nadie notaría, es suficiente para que se dé el robo. En eso no tenemos escapatoria, allí perder es inevitable aunque nos acompañe el Santo Niño de Atocha. En otro ámbito están los robos por bienes o servicios de segunda necesidad, esos que contratamos de urgencia o por gusto, porque podemos o porque queremos darnos un pequeño lujo. Contaré un caso relacionado con el mundo editorial para que veamos que en todos lados se cuecen triquiñuelas. Quizá esto sea muy bien sabido en la capital, pero estoy seguro que en provincia no lo es tanto. Va.
Hace algunos años recibí un mail de un hombre al que jamás vi en persona. Me lo había encarrilado una amiga común, y básicamente era para que yo le diera una somera asesoría editorial. Grosso modo, el hombre me explicó que había escrito un libro, el primero de su vida, y deseaba publicarlo. Creo que tenía un aire de libro de autoayuda. Para lograr su propósito de publicar, el autor envió la propuesta a una editorial del DF que le respondió afirmativamente, con una carta. Allí comenzaron mis sospechas. Originalmente creí que, para mi asombro, una prestigiada editorial del DF había aceptado publicar el libro de un desconocido. En la carta vi que no, que se trataba de una especie de coedición: la editorial (que se presentaba con el nombre de una empresa muy prestigiada y sin embargo en la carta tenía el membrete de una imprenta) ofrecía publicar mil ejemplares a 180 mil pesos (cerca de nueve mil dólares) por un libro de 150 páginas. El costo sería absorbido a a partes iguales (50% cada uno) entre el autor y la editorial.
Con sutileza, para no desalentarlo u ofenderlo, traté de hacer ver al autor que debía cotizar en una imprenta local, lagunera, sólo para comprobar si por la impresión de mil libros de 150 páginas le cobraban menos de 180 mil pesos. Como la editorial usaba en la carta (la conservo) un lenguaje técnico exacto, muy formal, tanto así que parecía lo más serio del mundo, mi pareció que el autor estaba entusiasmado con el negocio, pero yo sospeché. Luego de recomendarle que debía pedir un nuevo presupuesto ya no recibí más comentarios y no supe qué pasó, si ese libro salió o no, nada.
Lo que sospeché y no dije fue esto: que el editor había entusiasmado mañosamente al autor. Que con lenguaje profesional deseaba persuadirlo de imprimir mil libros a 180 mil pesos, una cotización que me pareció descomunal. Creí ver dónde estaba el truco, el gato que querían darle por liebre. Le decían al autor que el pago sería de 90 mil de cada parte, y que cada parte tendría 500 ejemplares, pero en realidad iban a imprimir 530, 540 o 550 si mucho, es decir, bastante menos de mil. El negocio era engatusar al cliente con la idea de la aceptación formal, con carta membretada y toda la cosa, para publicar en un sello importante y decirle que serían mil ejemplares, que la editorial estaba tan convencida sobre el valor del libro que se atrevía a quedarse con 500 ejemplares de un autor sin renombre, primerizo. El lector, usted, ya se habrá dado cuenta de que publicar esos 530 ejemplares no cuesta 90 mil pesos, sino 30 o 40 mil a lo mucho, de suerte que el editor, sólo por decir sí y maquilar a la carrera un libro que no le interesaba en su catálogo, ganaría 60 o 70 mil pesos libres de molestias. Un negociazo. Todo esto lo conjeturé, pero no pude comprobarlo. Luego el tiempo se encargó de poner en mi destino un caso similar.
Un amigo reciente, al enterarse de que me dedico a escribir y trabajar con libros, me puso al tanto de un proyecto emprendido por su padre, autor de un primer libro, creo una novela. Básicamente era lo mismo que le había pasado al otro autor. La editorial lo convenció de hacer la inversión, le envió sus 500 libros y una o dos fotos de su libro en el aparador de una librería chilanga. Le dijo además que los 500 ejemplares que correspondieron a la editorial serían distribuidos en todo México. Pasados algunos meses, el hijo del autor monitoreó dos o tres librerías importantes del país y en ninguna estaba el libro. Fue entonces cuando nos vimos, me platicó la historia y, pese a lo desagradable del tema, le compartí mi hipótesis: esos tiburones habían medrado con el entusiasmo de su padre, le habían tumbado 100 mil pesos para publicar 500 ejemplares. Invirtieron 30 o 40 mil y ellos se quedaron con 60 mil del águila. Sólo habían impreso unos pocos libros más para simular que los tenían en existencia, pero jamás le mostraron los supuestos 500 correspondientes a la editorial ni le dieron un reporte de la distribución simplemente porque no se puede distribuir lo que no existe. El colmo del cinismo fue que, ante el deseo del autor de ofrecer su libro en la FIL, los marrulleros editores le pidieron otro bonche grande de dinero, pero el autor declinó.
Estos dos ejemplos quieren evidenciar que ningún trato o negocio en México es totalmente confiable. El engaño acecha en todos lados, con letra chiquita o sin ella, y si nos descuidamos, si nos acercamos al mercado con ingenuidad, vamos a ser desplumados sin que nadie, ni el gobierno ni la santísima virgen, regule nada. Estamos a merced de miles y miles y miles de logreros.

sábado, abril 29, 2017

Vivir siempre mermados















Enrique Serna publicó recién en Letras Libres un texto estremecedor titulado “Explotación del consumidor”. Pese a su brevedad, puedo considerarlo ya el último clavo que pongo en el ataúd de mi relación con el consumo. No quiero decir (no estoy loco) que dejaré de comprar todo cuanto habita en la publicidad y los aparadores, pero sí que radicalizaré mi ya de por sí severa relación con muchos productos y servicios que constituyen en México una forma torrencial de ganancias para muchos delincuentes famosos por su respetabilidad.
“La explotación del consumidor es un fenómeno mundial, pero en países con altos índices de impunidad, como nuestra suave patria, está cobrando visos de pesadilla. Teléfonos de México, por ejemplo, acumula enormes botines con los cobros de servicios no solicitados por su clientela”, dice Serna, y en seguida pasa a reseñar algunos de esos casi invisibles cobros que los bancos y otras empresas encajan a los clientes y terminan siendo verdaderas alfaguaras de riqueza.
En un país como el nuestro, arrasado por la susodicha impunidad, es pan diario ser asaltado sin violencia. De a pesito en pesito, los tiburones de innumerables empresas hincan los colmillos en la clientela, y cuando algo puede ser regulado sucede que los dueños del balón —los bancos son expertos en esto— hacen el lobby que no puede hacer la ciudadanía representada por legisladores entreguistas, fácilmente comprables.
Mi deseo, pues, es no firmar más contratos, sacar la vuelta a la letra chiquita como si tuviera peste negra, y comprar sólo lo estrictamente necesario. Y más allá de los contratos, es irritante saber, por ejemplo, que unas palomitas grandes en el cine cuestan más de cincuenta pesos y en la vida real no costarían ni cinco, o que una camisa valga dos mil pesos sólo porque ostenta la estupidez de una marca, o que un coche nuevo se deprecie 30% cuando se recibe la factura, antes incluso de conducirlo por primera vez.
Aun radicalzado, sin embargo, es imposible escapar del abuso. Hace poco un joven grabó el robo del que fue víctima en una gasolinera: pidió tanque lleno y le surtieron 56 litros; luego, manual en mano, demostró que a su coche sólo le cabían 46, diez menos. Fue un caso de agandalle extremo, pero si lo hubieran esquilmado con medio litrito no lo habría notado, dejaba la ganancia extra y fin. Así nos merman con el gas, la luz, todo, en este país patasparriba.

miércoles, abril 26, 2017

Cine amateur












Urgido por la legítima necesidad de arrimar simpatizantes, Morena ha abierto sus puertas a cualquiera que lo solicite. Esto ha permitido la llegada de muchos hombres y mujeres genuinamente inconformes y esperanzados, y de otros tantos que ven en el joven partido una renovada oportunidad para hacer business. En cualquier caso Morena la tiene peliaguda: si se cierra, será acusado de sectario, de coto exclusivo para unos cuantos elegidos; si se abre, como lo ha hecho, será tildado de ligero y permisivo, con las consecuencias que ya vemos: nuevos militantes cuyo expediente no permite vislumbrar más que problemas. Morena está entrampado, pues, en una disyuntiva rumbo al 2018, y aunque ha optado por el camino de un aperturismo indiscriminado, tiene todavía tiempo para rectificar con dispositivos que permitan, al menos, una selección rigurosa de sus candidatos.
Si ya Yunes Linares había filtrado algunos audios que no sirvieron para reverenda sea la cosa, la extrema laxitud de Morena a la hora de acoger adeptos ha provocado ahora el primer gran torpedo en su contra: el video de la candidata Eva Cadena recibiendo mazos de billetes muy enfáticamente donados a López Obrador. Algunos opinólogos de la prensa nacional, como Loret, analizaron el peculiar documento, pero un experto en política y un puberto podrían llegar a la misma conclusión: el cuatrito tiene tanta facha de cuatrito que no resiste ni la visualización completa del video. Cuando, desde el principio y con el fin de que quedara buen registro fílmico de la maniobra, la persona que entrega la plata procede fajo tras fajo y reitera que todo es para López Obrador, uno termina por pensar que en el mejor de los casos la diputada de Morena es una tarada y los amateurs que produjeron el video requieren asesoría urgente de Cuarón o de González Iñárritu.
A estas alturas, por otro lado, es increíble que no se hayan afinado los reflejos políticos de Morena y de su líder ante la frecuencia de esos golpes. AMLO debió declarar, en efecto, que la mafia en el poder y blablablá, pero también espigar algunas palabras, así sea tenuemente autocríticas, sobre la necesidad de examinar a sus militantes, principalmente a quienes aspiran a alguna candidatura o son ya candidatos.
Aunque se han gastado y ya, por flagrantemente distorsivos, son poco verosímiles, los madrazos de esta índole seguirán. La fiesta apenas comienza.

sábado, abril 22, 2017

Los cachorros, medio siglo




















Tres veces he leído Los cachorros, novela corta publicada en 1967, hace cincuenta años. Mario Vargas Llosa la escribió, supongo, casi como un divertimento, como un experimento articulado entre dos de sus novelas mayores, La casa verde (1966) y Conversación en La Catedral (1969). Poco antes, en 1963, se había estrenado como novelista con La ciudad y los perros, su primera obra maestra. Así entonces, antes de llegar a los 35 años ya había escrito y publicado tres de los libros más importantes del boom, y en esa suerte de trinidad deslumbrante fue incrustada Los cachorros.
No puede pensarse que este libro se ubica a la altura de las muchas grandes novelas creadas por el peruano, pero sin duda se trata de un relato estimable. La primera lectura que le hice se dio en una de sus primeras ediciones; en mi época más vargasllosista, cuando comencé mi admiración (que era ya la de miles) a la obra ficcional del peruano, supe de Los cachorros, busqué el libro, y, aunque parezca increíble, no lo hallé en Torreón. Fue entonces cuando se lo pedí a Saúl Rosales, quien me lo prestó y a quien lamentablemente se lo devolví. Tras recorrer esas páginas, allá por 1987 u 88, quedé deslumbrado.
La historia es sencilla: un casi adolescente de clase media, Cuéllar, estudia en un colegio marista de Lima, donde, además de obtener buenas notas, es integrante del equipo de futbol de su salón. Luego de un entrenamiento, los jovencitos corren a las duchas y es allí donde a Cuéllar, desnudo, lo ataca el perro gran danés de la escuela, que escapó de su jaula. El animal lo emascula, lo castra de un mordisco. Cuéllar no sufre mayores daños, se reintegra al colegio, pero ahora debe vivir su vida de hombre en un entorno que no ignora la pérdida, que sabe que no tiene “pichula”, palabrota peruana que sirve o servía para designar al pene. Lo que sigue, para el lector, es ver la evolución del personaje, de “Pichulita” Cuéllar, como lo apodan, hasta llegar a un desenlace casi inevitable en el contexto social donde se despliega la trama.
Pero más allá de la anécdota, lo que me asombró, y me sigue asombrando, es la composición formal de la novela, su narración en primera y en tercera personas del plural ensambladas simultáneamente. Esta es una técnica que sólo puede usarse una vez, la que habilitó MVLl en Los cachorros, novela ya cincuentona pero, sin duda, fresca todavía.