miércoles, abril 26, 2017

Cine amateur












Urgido por la legítima necesidad de arrimar simpatizantes, Morena ha abierto sus puertas a cualquiera que lo solicite. Esto ha permitido la llegada de muchos hombres y mujeres genuinamente inconformes y esperanzados, y de otros tantos que ven en el joven partido una renovada oportunidad para hacer business. En cualquier caso Morena la tiene peliaguda: si se cierra, será acusado de sectario, de coto exclusivo para unos cuantos elegidos; si se abre, como lo ha hecho, será tildado de ligero y permisivo, con las consecuencias que ya vemos: nuevos militantes cuyo expediente no permite vislumbrar más que problemas. Morena está entrampado, pues, en una disyuntiva rumbo al 2018, y aunque ha optado por el camino de un aperturismo indiscriminado, tiene todavía tiempo para rectificar con dispositivos que permitan, al menos, una selección rigurosa de sus candidatos.
Si ya Yunes Linares había filtrado algunos audios que no sirvieron para reverenda sea la cosa, la extrema laxitud de Morena a la hora de acoger adeptos ha provocado ahora el primer gran torpedo en su contra: el video de la candidata Eva Cadena recibiendo mazos de billetes muy enfáticamente donados a López Obrador. Algunos opinólogos de la prensa nacional, como Loret, analizaron el peculiar documento, pero un experto en política y un puberto podrían llegar a la misma conclusión: el cuatrito tiene tanta facha de cuatrito que no resiste ni la visualización completa del video. Cuando, desde el principio y con el fin de que quedara buen registro fílmico de la maniobra, la persona que entrega la plata procede fajo tras fajo y reitera que todo es para López Obrador, uno termina por pensar que en el mejor de los casos la diputada de Morena es una tarada y los amateurs que produjeron el video requieren asesoría urgente de Cuarón o de González Iñárritu.
A estas alturas, por otro lado, es increíble que no se hayan afinado los reflejos políticos de Morena y de su líder ante la frecuencia de esos golpes. AMLO debió declarar, en efecto, que la mafia en el poder y blablablá, pero también espigar algunas palabras, así sea tenuemente autocríticas, sobre la necesidad de examinar a sus militantes, principalmente a quienes aspiran a alguna candidatura o son ya candidatos.
Aunque se han gastado y ya, por flagrantemente distorsivos, son poco verosímiles, los madrazos de esta índole seguirán. La fiesta apenas comienza.

sábado, abril 22, 2017

Los cachorros, medio siglo




















Tres veces he leído Los cachorros, novela corta publicada en 1967, hace cincuenta años. Mario Vargas Llosa la escribió, supongo, casi como un divertimento, como un experimento articulado entre dos de sus novelas mayores, La casa verde (1966) y Conversación en La Catedral (1969). Poco antes, en 1963, se había estrenado como novelista con La ciudad y los perros, su primera obra maestra. Así entonces, antes de llegar a los 35 años ya había escrito y publicado tres de los libros más importantes del boom, y en esa suerte de trinidad deslumbrante fue incrustada Los cachorros.
No puede pensarse que este libro se ubica a la altura de las muchas grandes novelas creadas por el peruano, pero sin duda se trata de un relato estimable. La primera lectura que le hice se dio en una de sus primeras ediciones; en mi época más vargasllosista, cuando comencé mi admiración (que era ya la de miles) a la obra ficcional del peruano, supe de Los cachorros, busqué el libro, y, aunque parezca increíble, no lo hallé en Torreón. Fue entonces cuando se lo pedí a Saúl Rosales, quien me lo prestó y a quien lamentablemente se lo devolví. Tras recorrer esas páginas, allá por 1987 u 88, quedé deslumbrado.
La historia es sencilla: un casi adolescente de clase media, Cuéllar, estudia en un colegio marista de Lima, donde, además de obtener buenas notas, es integrante del equipo de futbol de su salón. Luego de un entrenamiento, los jovencitos corren a las duchas y es allí donde a Cuéllar, desnudo, lo ataca el perro gran danés de la escuela, que escapó de su jaula. El animal lo emascula, lo castra de un mordisco. Cuéllar no sufre mayores daños, se reintegra al colegio, pero ahora debe vivir su vida de hombre en un entorno que no ignora la pérdida, que sabe que no tiene “pichula”, palabrota peruana que sirve o servía para designar al pene. Lo que sigue, para el lector, es ver la evolución del personaje, de “Pichulita” Cuéllar, como lo apodan, hasta llegar a un desenlace casi inevitable en el contexto social donde se despliega la trama.
Pero más allá de la anécdota, lo que me asombró, y me sigue asombrando, es la composición formal de la novela, su narración en primera y en tercera personas del plural ensambladas simultáneamente. Esta es una técnica que sólo puede usarse una vez, la que habilitó MVLl en Los cachorros, novela ya cincuentona pero, sin duda, fresca todavía.

miércoles, abril 19, 2017

Capturas sin épica













“Épico” es un adjetivo que los jóvenes usan actualmente con perseverancia y vacuidad.  En sus tres primeras acepciones el lexicón de la RAE le da estos significados: “Perteneciente o relativo a la epopeya o a la poesía heroica”; “Dicho de un poeta: Cultivador de la poesía épica” y “Propio y característico de la poesía épica, apto o conveniente para ella. Estilo, talento, personaje épico”. En la cuarta acepción, eso sí, plantea que se trata de un adjetivo ponderativo que significa “Grandioso o fuera de lo común. Un esfuerzo épico. Una comilona épica”. Hoy, ya lo insinué, tiende a ser usado coloquialmente para calificar algo “Grandioso o fuera de lo común”, aunque lo adjetivado de esa forma sea cualquier hecho bobo. El rollo es decir que ahora todo es “épico” casi con el sentido de que estuvo “chido”.
La épica, en cualquiera de los sentidos arriba mencionados, incluso en el tontolón del habla juvenil, no se dio en la reciente captura del ex gobernador de Veracruz. Las imágenes que todos pudimos ver no muestran un despliegue de fuerzas especiales ni escondites secretos donde se ocultaba la presa. El estilo antiguo de las capturas con producción televisiva ya está desacreditado, así que en estos tiempos será difícil ver, oh viejas glorias de la pantalla chica, operativos como el montado para echar el guante a la Quina o, mucho más cerca, para rescatar a Romano o prender infinitamente al Chapo. Esta vez se impuso la mesura: en un lujoso hotel de Guatemala, sin sobresaltos y pasando por el lobby como quien camina por la plaza, Duarte de Ochoa avanza esposado junto a dos jóvenes policías, sube a una camioneta, posa sonriente para los memes, y fin.
Parece pues que estamos ante un nuevo paradigma de captura: el de Yarrington sin imágenes y el de Duarte sin alharaca, como si el énfasis del ruido en los operativos fuera un elemento que de antemano quedara desestimado porque asimismo de antemano se sabe que despertará la suspicacia del respetable público. Quizá tienen razón quienes bajaron el voltaje del morbo: ya nadie se traga las acciones justiciaras de estilo Rambo y ahora, principalmente en el caso de Duarte, lo importante no es la captura en sí, sino el uso político que se le va a dar, como ya lo dejó ver, hace varias semanas y con pruebas irrefutables que no probaron nada, Yunes, el nuevo peligro para Veracruz.

sábado, abril 15, 2017

Feudos estatales












Agustín Basave añadió una “u” y con eso amonedó una palabra-alebrije que le viene muy bien al México actual: “feuderalismo”, que en síntesis se refiere a un país, el nuestro, dividido en feudos que en muy poco se diferencian de los medievales. En ellos manda un Señor (uso la mayúscula para que consuene con el estilo oscurantista) que extrae toda la riqueza posible sin más límite que el que demarque su ambición. Este régimen ha echado por los suelos al federalismo que supone el interés armónico de tres estratos de gobierno: el federal, el estatal y el municipal. Sin que se salven en su voracidad, el primero y el tercero parecen poca cosa junto a las trapacerías que hoy más que nunca cometen los gobernadores.
Insisto: sin que el gobierno federal y los municipales puedan ser eximidos de culpa, los estatales han venido demostrando que atraviesan por su época dorada. Tengo para mí que el fenómeno despuntó desde el zedillato, cuando la figura presidencial, omnipotente todavía hasta Salinas, comenzó a perder peso, a diluirse en sujetos ora grises, ora ignorantes, ora obsesivamente crueles, ora zafios. Mientras un presidente los mantuvo en cintura, los gobernadores podían hacer de las suyas con buen margen de maniobra y hasta enriquecerse para toda la vida y la de muchas de sus generaciones sin que se notara, nomás lo estrictamente necesario. Hay casos como el emblemático de Flores Tapia en los que el propasamiento devino jalón de orejas y hasta caída para frenar el exceso. Aunque suene indeseable, el teatro era controlado desde el centro, y los gobernadores sabían a qué atenerse.
Ahora parece que eso ya no existe, que pasamos de un desequilibrio a otro igualmente nocivo o quizá peor, pues la corrupción extrema, al pulverizarse, termina por habituarnos al escándalo diario de cada estado. Los gobernadores de esta hora no tienen llenadera y en apariencia no hay modo de fiscalizarlos. Más allá de simulacros excepcionales como el de Padrés, los gobernadores sangran las arcas públicas, se vinculan con la delincuencia, controlan a la prensa con plata o plomo, crean cuerpos parapoliciacos que siembran el terror, y al final, cuando terminan sus rapaces mandatos, tratan de cuidar la retirada con algún delfín o de plano se fugan como lo que son, prófugos de la justicia desde que ejercían en sus casas de gobierno.

miércoles, abril 12, 2017

Del juego colectivo















Desde hace pocos y orgullosos años, casi diez, gozo la amistad de Alejandro Dolina. Es una amistad distante, pues el Negro, como le dicen, vive en Buenos Aires, donde es un tipo apabullantemente famoso por varias razones: un programa radiofónico nacional ya mítico, entrevistas a pasto en radio y en televisión, alguna aparición en teatro y, no puede faltar en esta lista, varios libros que han corrido con merecida buena suerte. Decía que es una amistad distante en el aspecto geográfico, pero no por ello en el afectivo. Respeto, admiro y quiero a Dolina, y creo no equivocarme si digo que él me estima bien, que soy quizá su amigo mexicano más próximo.
Opinador lúcido y lúdico de todo, para observar sabe colocarse sin falta en un mirador que no por diferente es excéntrico. Siempre que lo escucho, siempre que lo leo, tengo la incómoda impresión de que lo comentado por él estaba allí, a la mano de quien fuera, incluido yo, pero que a nadie se le ocurrió reflexionarlo de esa forma. Es como si el Negro pensara siempre por un camino lateral al que recorre la mayoría, pero no necesariamente remoto. Por eso, cuando aquí y allá me topo con alguna de sus ideas, digo inevitablemente “caray, eso debí pensarlo yo, es tan evidente y lógico”.
Este sentimiento lo experimenté cuando leí, hace ya más de diez años, un relato suyo algo conocido. Lleva por título “Instrucciones para elegir en un picado de futbol” (“picado” es en Argentina lo que para nosotros es “pica”, “cascarita”). Es un texto brevísimo y conmovedor, pues en una baldosa nos gambetea para encaminarnos hacia la reflexión de asuntos trascendentes: la amistad, el trabajo colectivo, el destino, la solidaridad, el triunfo, la derrota. Lo recordé y lo cito porque siento que es harto jodido lo que está pasando ahora: los vientos de la educación exitista que soplan en el mundo nos han convencido de que no hay nada más allá, o más acá, de la victoria, que ganar es lo único que existe, que quien pierde no merece ningún respeto. Bien mirado, no está mal desear el triunfo, pero tampoco está mal saber perder, aprender a asimilar las derrotas como parte inherente, querámoslo o no, de la vida.
Las derrotas suelen ser frecuentes cuando trabajamos solos y quizá lo son más cuando tratamos de conseguir el triunfo en un equipo donde es necesario armonizar estados de ánimo y talentos. Lo comento de nuevo por el caso Messi. ¿Nos hemos puesto a pensar en lo que pasaría si él hubiera sido tenista o boxeador? ¿Habría alguien que pudiera ganarle? Pero no, es futbolista, trabaja en conjunto con otros, y jamás podremos medir qué tanto exactamente le pertenece en las derrotas y en los triunfos.
Por esta razón me regresó a la mente el relato de Dolina. Recordé con claridad que el futbol no es una actividad que practicamos solos, y que en la victoria y en el fracaso debe haber ganancias o pérdidas compartidas, y encima de ellas, si se puede, respeto indefectible por el compañero. Este es el texto del Negro. Díganme si no es verdad lo que contiene:

Cuando un grupo de amigos no enrolados en ningún equipo se disponen para jugar, tiene lugar una emocionante ceremonia destinada a establecer quienes integrarán los dos bandos. Generalmente dos jugadores se enfrentan en un sorteo o pisada y luego cada uno de ellos elige alternativamente a sus futuros compañeros. 
Se supone que los más diestros son elegidos en los primeros turnos, quedando para el final los troncos. Pocos han reparado en el contenido dramático de estos lances. 
El hombre que está esperando ser elegido vive una situación que rara vez se da en la vida. Sabrá de un modo brutal y exacto en qué medida lo aceptan o lo rechazan. Sin eufemismos, conocerá su verdadera posición en el grupo. A lo largo de los años, muchos futbolistas advertirán su decadencia, conforme su elección sea cada vez más demorada.
Manuel Mandeb, que casi siempre oficiaba de elector observó que las decisiones no siempre recaían sobre los más hábiles. En un principio se creyó poseedor de vaya a saber qué sutilezas de orden técnico, que le hacían preferir compañeros que reunían ciertas cualidades.
Pero un día comprendió que lo que en verdad deseaba, era jugar con sus amigos más queridos. Por eso elegía a los que estaban más cerca de su corazón, aunque no fueran tan capaces.
El criterio de Mandeb parece apenas sentimental, pero es también estratégico. Uno juega mejor con sus amigos. Ellos serán generosos, lo ayudarán, lo comprenderán, lo alentarán y lo perdonarán. Un equipo de hombres que se respetan y se quieren es invencible. Y si no lo es, más vale compartir la derrota con los amigos, que la victoria con los extraños o los indeseables.

sábado, abril 08, 2017

Piedra, papel o tableta














En 2015 no desaproveché la oportunidad para hacerme una foto con Roger Chartier (Lyon, Francia, 1945), famoso especialista en la historia del libro y la lectura. Lo vi en el recibidor del hotel donde pernocté durante la FIL Guadalajara de aquel año. Cordial, con una sonrisa quizá demasiado grande para su cara, Chartier accedió a posar. Antes y después de ese instante me lo había topado en fotos, artículos y entrevistas que bordean sus temas eje, temas en los que es tenido, harto justificadamente, como autoridad.
Una de esas entrevistas me cayó ayer. La publicó Clarín, diario Argentino de cuyo pasado no quiero acordarme. En la intro se hace una pregunta que me inquietó: “¿Es la apropiación de un texto la misma si este se lee como una entidad textual materializada en un objeto impreso o si está propuesto en una forma digital que multiplica los enlaces y permite la descontextualización de los fragmentos?” Aunque no específicamente a ella, responde el mismo Chartier: “La lectura frente a la pantalla es generalmente una lectura discontinua, que busca a partir de palabras claves o rúbricas temáticas el fragmento textual del cual quiere apoderarse sin que necesariamente sea percibida la totalidad textual de la que proviene ese fragmento”.
El cambio de la materialidad del libro de piedra o de papel —por citar los dos extremos de su historia— al libro digital no supone, creo, un shock en la noción de pertenencia o posesión, pues a final de cuentas una persona requiere objetivar el libro, su libro, de una u otra manera. Lo que sí se alteró de manera sustancial fue la recepción sobre todo por la mezcla de dos factores destacados por Chartier: en un mundo donde gravita la idea de almacenamiento total de la información y su consecuencia ideal, el acceso de todos a todo, los lectores tienden a obtener datos recortados, fragmentos.
Pongamos este ejemplo: no es necesario recorrer la biografía completa de Mozart si de antemano sabemos que siempre es posible encontrar cientos de relatos sobre él, así que googleamos el dato apetecido y lo recortamos para apropiarnos del resultado: un fragmento. No viene al caso, pero quizá sirva de algo decir que vivo, como muchos otros, entre dos aguas, entre el papel y la digitalidad, y ambas me asombran. ¿Qué pasará en el futuro? ¿Desaparecerá el papel? No sé, y creo que ni el amable monsieur Chartier podría anticiparlo.

miércoles, abril 05, 2017

Heberto presente




















Dos días después de que naciera mi primera hija, acaso el acontecimiento más determinante de mi vida, yo estaba todavía en estado de shock, como sumido en una felicidad desconcertante. Algo que se había repetido millones de veces en la historia de la humanidad, ser padre, ahora me ocurría precisamente a mí. Recuerdo que a ese parto asistí sólo ensombrecido por un vago temor, pues la ignorancia del hecho por venir hizo que atravesara el momento previo como si fuera un trámite de ventanilla. Cuando, todavía dentro del quirófano, vi a mi hija, todo cambió. Fue como si con ella naciera yo también, o al menos renaciera. La felicidad fue tanta que sentí tocar sus orillas, trascenderlas incluso. Esa alegría se transformó en una especie de hipersensibilidad que a su vez se tradujo en conmoción por todo lo que me rodeaba. De natural tristón, pesimista de clóset, pasé a ver sólo luz por culpa de mi hija. No es que ella hubiera cambiado mis filias y mis fobias, sino que todo lo hizo más claro. Secretamente, ella afinó lo que yo era, me hizo captar mejor el espesor de las ideas que me habitaban.
Así, pasmado por aquel ramalazo de dicha, me agarró la noticia sobre la muerte del ingeniero Heberto Castillo Martínez (Ixhuatán de Madero, Veracruz, 23 de agosto de 1928) ocurrida el 5 de abril de 1997 en el Distrito Federal. Por la hipersensibilidad que ya mencioné, aunque sé que de todos modos lo hubiera resentido, lloré (literalmente) su deceso. Recuerdo que por esos días cometí el error de mencionar esa muerte en una clase de la universidad. No lo hubiera hecho, pues fue inevitable que se me trabara la garganta y me escurriera el llanto frente a unos alumnos que de seguro no entendieron bien a bien la razón de tanta pena por el fallecimiento de un señor que no había sido ni pariente ni amigo cercano de quien allí nomás les daba una clase de literatura.
En efecto, yo no era pariente del ingeniero y ni siquiera amigo, pero, así fuera de lejos, se trató de un ejemplo de mexicano como yo deseaba (y todavía deseo) ser. La historia que está detrás de esta admiración no es tan larga. Empieza más o menos en 1982, cuando comencé a estudiar mi carrera, la de comunicación. Para entonces, aunque sin guía, ya era buen lector de libros y periódicos, y fue al comienzo de los años universitarios cuando me aficioné con toda convicción a la revista Proceso. Durante aquellos años la compraba semana tras semana, sin falta, y en casa la leía con lupa. Por supuesto mi mundo informativo y el de todos era de papel, pues al internet le faltaban cerca de veinte años para cundir por todo el mundo. En las páginas de Proceso conocí al ingeniero, pero no tenía más antecedentes sobre la persona que estaba detrás de aquella firma.
A la altura de 1984 u 85, en alguna conversación con Saúl Rosales, quien ya había sido mi profesor en la universidad, supe que no sólo conocía a Heberto, sino que había tenido mucho trato con él. De hecho, Saúl era fundador del Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT) que todavía encabezaba Heberto, y dada la reciente radicación de Saúl en La Laguna, estaba en la etapa de configuración del partido en nuestra región. Sin problemas me sumé al Mexicano de los Trabajadores y comenzamos un trabajo político hormiga, pequeñito aunque, para mí, emocionante y enaltecedor.
Así supe más sobre Heberto, sobre su figura de científico y militante de izquierda, sobre su cárcel en Lecumberri y sus incansables trajines como organizador político. Había algo extremadamente valioso en su condición: capaz de hacerse millonario con su profesión de ingeniero, en la cual destacó como pocos en su tiempo, había optado por la lucha política sin tregua. Honestidad, congruencia, respeto a un ideal, inteligencia al servicio de una causa, todo se apiñó armónicamente en su persona, y eso me lo presentó desde muy joven como un sujeto a seguir.
Llegó luego el ajetreo preelectoral por la sucesión de 1988. Los partidos de izquierda, cuya militancia más numerosa estaba en el Partido Socialista Unificado de México (PSUM), formaron el Partido Mexicano Socialista (PMS), al que adhirió el PMT, donde yo militaba. El candidato a la presidencia que salió de esa conjunción fue Heberto, quien comenzó su campaña, como siempre, a contracorriente. Fue en ese proceso cuando lo conocí, pues vino a La Laguna para promover el voto a favor de nuestra agrupación política y su candidatura. Yo había asumido, casi porque no había de otra, labores de comunicación en el partido, y entonces dispuse mi cámara Pentax K1000 para seguir la gira del ingeniero por nuestra región.
Me lo presentaron cuando llegó, y me pareció más alto y más blanco de lo que yo imaginaba. Era muy cordial, de sonrisa bonachona, nariz chata y pelo ya completamente cano, todo echado hacia atrás en largas hebras, como lo trazó Rogelio Naranjo en el dibujo que ilustra este post. Recorrimos lugares de La Laguna como Torreón, Gómez Palacio, algunos ejidos, y le tomé tantas fotos como pude (supongo que las conservo). En todo lugar Heberto se movía con tranquila naturalidad, y muy paciente escuchaba a las personas. En Dinamita, ejido de Gómez, invitaron a toda la comitiva a comer asado rojo y arroz, y allí lo tuve frente a mí, entre otros varios comensales, pero yo no dije una palabra por temor a regarla.
Algunos meses después ya sabemos qué pasó. Salinas fue destapado por dedazo y del PRI se dio la escisión de, entre otros, Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, quienes articularon un frente cuyo impulso cobró fuerza de inmediato. Heberto había sido amigo cercano de Lázaro Cárdenas, con quien recorrió muchos lugares del país, y conocía a su hijo desde hacía años. Luego de varias reuniones, el PMS hizo pública la declinación de Heberto a la candidatura por la presidencia y el apoyo de esa organización a la de Cuauhtémoc, lo que devino, como también ya lo sabemos, triunfo escamoteado, es decir, el primer fraude de nuestra era neoliberal.
Nunca más volví a ver al ingeniero Castillo. Seguí leyéndolo en Proceso y atento a su trabajo político en el recién conformado PRD y en la Cámara de Senadores. Así llegó el 5 de abril de 1997 que hoy, veinte años después, recuerdo nuevamente conmovido.
Heberto Castillo Martínez es, creo, el político mexicano al que más admiro del siglo XX mexicano. A dos décadas de su muerte física, larga vida a su memoria.

Ochenta de mi jefe
























En “Llegar a viejo”, una de las muchas canciones que han envejecido bien del gran Joan Manuel, hay un verso que siempre me deslumbra por sencillo y verdadero: “Si no se llegase huérfano a ese trago”. El trago al que se refiere es, por supuesto, la vejez, etapa de la vida complicadísima para la mayoría. No estoy en ella aún, o al menos eso creo, pero ya le piso los talones y quizá por ello entiendo mejor el verso de Serrat: si a la vejez no se le sumara la orfandad, sería definitivamente más llevadera.
No he llegado entonces a la vejez, pero como ando cerca puedo saborear la alegría que significa contar todavía con mis dos padres. Durante muchos años, quizá cuarenta o más, ese hecho formidable me pareció normal, parte de la (de mi) vida cotidiana. Tener padres, esa cosa tan simple… Luego, ya en los años recientes, he entendido que no es así, y que uno es un cabezadura: tener a mis viejos ha sido y es, como tener a mis tres hijas, el mayor privilegio que podré gozar en mi paso por el tiempo.
Rogelio Muñoz Macías, mi padre, nació el 5 de abril de 1937 en San Felipe, Durango, y fue hijo de Zeferino, de oficio carpintero, y Antonia, ama de casa, ambos hidrocálidos. Muy pequeño sufrió la desventaja de quedar huérfano de padre, lo que sólo le permitió estudiar, con excelentes notas, la primaria. Enfrentado a la adversidad de colaborar con su familia, comenzó a trabajar desde la adolescencia, allá por el cuarenta y tantos, y hoy es día que sigue activo. Durante toda mi infancia vi cientos de veces a mi padre rumbo a su trabajo en la Pasteurizadora Nazas de Gómez Palacio. Su llegada diaria a casa es un tatuaje en mi memoria: cruzaba nuestro zagancito de la calle Madero con seis litros de leche envasada aún en botellas de vidrio. Cada tres días añadía una barra inmensa de queso, así que por falta de insumos lácteos no sufrió aquella familia de siete hijos.
Al jubilarse de tal trabajo, mi padre se reinventó, puso un negocio y allí sigue, fiel a su fervor laboral. Heredé de él, creo, ciertos hábitos: el pelo corto, la camisa fajada, el zapato lustrado, la música mexicana, el afecto por la cerveza y la conversación; y en lo físico, las entradas desde la juventud y los brazos peludos. Creo, sin embargo, que lo que más nos une es el amor por el beisbol. Es un hombre responsable, callado, cordial, de palabra. Felicidades a mi jefe por sus ochenta, y gracias públicas por todo.

Foto: mi papá y yo en la inauguración de un torneo de beis y futbol. San Felipe, Durango, circa 1970.

sábado, abril 01, 2017

Palabras y sustento














Uno de los problemas más agudos que tiene el escritor, como casi cualquier ser humano, es conseguir los recursos necesarios para vivir, acaso para sobrevivir. Si damos por sentado que escribir poesía, cuento, novela, ensayo y dramaturgia no son precisamente una garantía de éxito económico, quien se dedique a urdir párrafos debe pensar qué puede hacer para seguir comiendo sin renunciar a la literatura, para seguir en la grata compañía de las palabras escritas y leídas. Hablo de los ingresos sostenidos, recurrentes, incluso quincenales o semanales, no de los premios u otras venturas esporádicas. El asunto es peliagudo, y más en la periferia, allí donde la cultura no es bocado de consumo habitual entre la población.
Cuando comencé a escribir, en el “clima de época” (como le llama Eduardo Jozami) de mi primera formación, todavía estaba de moda escribir desde una posición, digámoslo con una palabra convertida hoy en burla, progre. El escritor no ambicionaba una vida material ostentosa y para él era preferible pasar algunos sacrificios antes que entregarse a la mundanal explotación. Aceptaba empleos fijos o “semifijos” en la burocracia cultural, en la docencia, en el periodismo, en el mundo editorial o en el azar, todo para pagar, con el dinero estrictamente necesario, el alimento y el alquiler de la buhardilla. Generalizo, por supuesto, pero creo recordar que ninguno de los escritores que traté en aquella época tenía como prioridad hacerse rico o siquiera vivir con cierta holgura. Sospecho que era hasta motivo de vergüenza aspirar a (o ser) pequeñoburgués, de ahí que en ese tiempo, el de los “escritores comprometidos”, conocí casos de sacrificio que rayaban en la ascesis.
Prosigo en la inevitable generalización, pero sé que, pese a esto, algo queda en claro para saber qué puede hacer un escritor para sobrevivir. No ha sido infrecuente que en talleres literarios me haya tocado trabajar con estudiantes de carreras nada literarias. Con alguna preocupación me han confesado que les gusta la literatura y que tal vez debían dedicarse a ella desde la mismísima universidad, pero que no habían tenido otra opción que estudiar ingeniería, derecho o cualquier otra carrera vinculada al mundo práctico. Invariablemente les respondo que no es necesario estudiar letras para dedicarse a ellas. Con leer mucho y bien es suficiente para tratar de escribir, aunque tampoco esto garantice que los resultados vayan a ser notables. Grandes escritores han existido que se ganan la vida en oficios nada literarios, pero es un hecho que ninguno ha podido prescindir de, al menos, una formación autodidacta, es decir, ninguno se ha olvidado de leer. Allí está la clave: leer, leer rigurosamente, con todos los sentidos puestos en lo que se lee, es fundamental para aprender a escribir, no tanto asistir a cursos o talleres u obtener títulos.
Es algo raro, sin embargo, que un escritor se gane la vida, digamos, con la medicina o la plomería. Por una especie de inevitabilidad —y si bien no se ganan la vida directamente con lo que escriben—, la mayoría de los escritores trabaja en las cercanías de lo literario: dan clases, hacen periodismo, editan, corrigen, traducen, conferencian, investigan, hacen guiones, dictaminan, promueven la cultura… Es raro pues que un escritor no se coloque cerca de su oficio, pero insisto que no hay reglas. La única regla es, en todo caso, cuando hay verdadera vocación, mantenerse vivo para seguir, no importa cómo, escribiendo.

miércoles, marzo 29, 2017

Plaga de júniors




















Como dos años trabajé de manera altruista en una cárcel y, obvio, fue una experiencia imborrable. De aquel pequeño esfuerzo obtuve in situ una conclusión que en México ya es lugar común: los pobres son la materia prima de nuestras cárceles. Quizá debo generalizar y decir lo mismo de Brasil, de Colombia, de Perú y de todo país rezagado, pero lo que vi lo vi en México y es aterrador. Aquellos sábados entraba al reclusorio para dirigir un taller literario y por los pasillos, en los patios, por todos los recovecos del lugar aparecían sujetos que a las claras se veían sumidos en la precariedad, eufemismo para no decir, simplemente, pobres.
Muchas veces intenté localizar algún preso que pusiera en crisis mi certeza de que allí, en el bote, sólo había jodidos. No lo logré. Seguramente los hay, algunos pocos, pero no me tocó verlos, escucharlos, saber que estaban tras las rejas, pese a su buena posición económica, por algún error de esos que cualquier ser humano puede cometer. Pero no, insisto: las cárceles sólo se alimentan de pobres, y en el envés de esta triste realidad está lo previsible: no es que los pudientes no delincan, sino que la posición económica es el factor clave para no morder barrote en el reino de la impunidad.
Por eso no me extraña que uno de los Porkys de Veracruz acusado de pederastia se haya salido con la suya. El júnior había sido detenido en junio pasado en Madrid, y luego de este lapso el juez consideró que no había quedado plenamente acreditado el delito de pederastia. La determinación tiene un aspecto churrigueresco: “… un roce o frotamiento no serán considerados como actos sexuales, de no presentarse el elemento intencional de satisfacer un deseo sexual a costas del pasivo”.
Pese a lo delicado que es examinar delitos sexuales de este tipo, es increíble que en la circunstancia en la que operaron los Porkys, y prófugos como estaban, no se considere que hubo un “elemento intencional”. El arabesco retórico se debe, creo, a la posición social de los acusados, bien ubicados como júniors de esos que hoy son plaga y se enorgullecen de su plata y de su estupidez y de su facilidad para librar cualquier lío con la justicia. De no haber sido pudientes, los acusados pasarían en automático a ser carne de presidio. Así es México. Punto.

sábado, marzo 25, 2017

El miedo cabalga de nuevo














En 1994 cubrí durante cuatro meses parte del proceso electoral en Chihuahua. Lo hice para El Diario de aquella entidad, y no recuerdo dónde conocí a Miroslava Breach, si en ruedas de prensa o en sesiones del IFE. No la traté, pero su peculiar nombre era fácil de memorizar y desde entonces la ubiqué como reportera respetada en el entorno de la capital chihuahuense. Luego, durante más el veinte años y un poco al azar de la lectura en internet, leí notas de esta periodista brutalmente asesinada el 23 de marzo pasado.
Este crimen me conmueve y me irrita por el antecedente que acabo de traer. No quiere decir que los otros valgan menos, sino que ese nombre estaba, como el de Eliseo Barrón, unido de alguna tenue forma a mi experiencia profesional: Miroslava trabajó para El Diario, donde yo publiqué en los noventa; y Eliseo, en Milenio Laguna, donde publico estas líneas. En ambos casos sus muertes se inscriben en el contexto ya largamente turbulento e ininterrumpido de la violencia que en grado superlativo padecemos desde 2006, es decir, desde el arranque del espuriato.
No estoy completamente seguro, sin embargo, sobre el origen de la descomposición que hoy se advierte al rojo vivo. Como ocurre en la escritura de la historia, en algún punto hay que hacer cortes artificiales para no comenzar todo desde el Big Bang; igual, para explicar el fenómeno de la violencia recargada en México debemos colocar un punto de arranque, una cota. Para mí es el 88. El régimen priísta ya se había agotado en ese momento y gracias a lo que ya sabemos y no es necesario recontar, fue mantenido a punta de garrote. Sorpresivamente, ese año no calcularon el efecto de la antipatía y fue necesario un golpe brusco de timón la misma noche del recuento de votos. Luego, en 1994, para prevenir otro escenario ochentayochero, sembraron antes el miedo, casi el terror, lo que derivó en el triunfo de Zedillo. Luego vino la farsa de la transición foxista y después, de nuevo, la siembra del miedo en 2006 que seis años después amerdizó en la vuelta pactada del PRI, es decir, en el retorno del apocalipsis.
Hoy, otra vez, en este mar de tsunamis recurrentes que es nuestra política, se va abriendo el expediente del miedo, ese viejo conocido electoral de los mexicanos.

miércoles, marzo 22, 2017

Policial a la mexicana




















Amorcito corazón (Nitro Press-Instituto Sonorense de Cultura, 2015, 127 pp.), novela de Carlos René Padilla (Agua Prieta, Sonora, 1977), pega un brinco al pasado y nos inmiscuye en una aventura situada en el DF de 1957, cuando la capital ya comenzaba a dejar de ser “la región más transparente del aire”. Con prosa agilísima, tan ágil que los diálogos se imbrican vertiginosamente con la ya de por sí vertiginosa narración, Padilla aprieta su historia en unas pocas horas, el tiempo contrarreloj que necesitan dos investigadores, los norteñotes Ezequiel Rocha y Pánfilo Díaz, para esclarecer un doble asesinato.
Dos fulanos, un hombre y una mujer, aparecen semicalcinados en un tambo. Rocha y Díaz llegan al lugar y a partir de allí comienzan una pesquisa que los (nos) llevará a recorrer varios submundos: el de las corporaciones policiales, el de los hacinamientos habitacionales deefeños, el de las estrellas de cine mexicano y el de la droga en el norte del país. Aunque parezca increíble, Padilla se las arregló para que en esta novela desarrollada en el DF quedaran varias marcas de su condición norteña: como los dos investigadores, uno de los muertos es nada menos que Pedro Infante, sinaloense cuya muerte fue aquí ficcionalizada.
A partir del enigma inicial y con la valiosa ayuda del Niño Palencia, fotógrafo de la nota roja, los sabuesos develan poco a poco el misterio que envuelve a los dos muertos. En determinado punto, no sin cierta violencia y picardía ejercidas en el trance de investigar, Rocha y Díaz logran convencer a su jefe, el señor Córdova, de proseguir una investigación que les está siendo arrebatada por un gringo cercano a nuestra alta burocracia. Gracias a Ismael Rodríguez, el cineasta, se enteran de lo que ha pasado con el ídolo de Guamúchil: María Félix y el mismo Rodríguez habían viajado a Sinaloa en el avión de Pedro Infante porque el actor deseaba mostrarles unos predios que acababa de comprar. Allí los tres se llevan una sorpresa que vinculará la historia con el narcotráfico que ya en el 57 era una realidad amenazante en la tierra del Chapo.
Dotado de habilidad para contar a todo tren, Padilla cuaja una historia envolvente, maliciosa, plena de humor negro; en suma, un acabado espécimen de literatura policial a la mexicana.

sábado, marzo 18, 2017

Primer cuento con olor a cancha















En la oscuridad del estadio y sobre el césped que ya presiente la humedad del rocío, un joven de 25 años camina hacia el centro de la cancha. Es la media noche y a lo lejos sólo se oye el leve rumor de la ciudad dormida y, acaso, algún ladrido suelto, distante. El joven lleva en la mano un arma y en el bolsillo de la camisa un par de cartas escritas la tarde anterior; dentro, en su corazón, bulle una pena, un dolor que no lo deja en paz. No soporta la idea de no jugar o, peor aún, de jugar en otro equipo, y antes de que eso ocurra terminará con todo. Al pisar el círculo central, mira o cree mirar por última vez hacia las tribunas casi borradas por la noche. Recuerda las ovaciones, los espesos gritos de aliento que se derramaban desde las gradas hasta su figura de atleta. Llora un poco, pero ya no quiere darse tiempo para pensar en lo que viene. Levanta el arma, mira apenas la solidez de su brillo y sin pensarlo más se pega un tiro.
El cuerpo es encontrado hasta el amanecer. El nombre del suicida es Abdón Porte, jugador del Club Nacional de Football, del Uruguay. La noticia corre de inmediato por los diarios y conmociona a los lectores. Porte, jugador del Nacional, fue un ídolo durante los cinco o seis años previos a la autoinmolación. Nació en el Departamento de Durazno, en el corazón del Uruguay, hacia 1893. Lo apodaban El Indio y fue un elemento recio, mediocampista defensivo con mucha personalidad y extraordinario cabeceo, lo que le aseguró el rol de líder, de capitán. Tras una inexplicable baja de juego, la directiva del equipo decidió reemplazarlo y con esto comenzó la tragedia. Era tanta la pasión de Porte por sus colores, era tan grande el sentimiento de pertenencia acumulado en más de doscientos partidos con esa camiseta que en pocos días tomó la decisión: suicidarse, lo que ocurrió el 5 de marzo de 1918.
La leyenda de Abdón Porte comenzó a andar, por supuesto, de inmediato, y hoy en la tribuna del Nacional —equipo más popular, junto a Peñarol, del Uruguay— el suicida es visto casi como santo y seña de la pasión sostenida por los llamados “tricolores”, quienes despliegan banderas con un mensaje contundente: “Por la sangre de Abdón”. Creo además que tras esa muerte no sólo comenzó la leyenda de Abdón Porte, sino la narrativa con tema futbolero en América Latina. A reserva de que algún perito investigador desentierre un relato previo, apenas unos días después del suicidio de Polti, en mayo de 1918, Horacio Quiroga publicó “Juan Polti, half-back” en la revista Atlántida de Buenos Aires.
Radicado en la capital argentina, el escritor uruguayo tenía ya una fijación profunda por las muertes trágicas, más si eran suicidios. Él mismo, como sabemos, ingirió cianuro en 1937, así que el motivo literario del suicidio era para él, digamos, una especie de sombra. Tras conocer lo vivido por Porte, Quiroga fue movido de inmediato a la escritura, y sin saberlo estaba fundando un tema o subtema literario que a mi juicio se retomaría sólo hasta 1959 con la publicación del cuento “Puntero izquierdo”, de Mario Benedetti, en el libro Montevideanos. Luego, muchos años después, por los setenta-ochenta, la narrativa futbolística se fue armando en antologías y libros individuales que poco a poco constituyeron un tópico preciso en el mapa de la literatura ficcional. Galeano, Fontanarrosa, Sacheri, Villoro, Braceli, Sasturain, García Galiano, Rivera Letelier y muchos más han dedicado tiempo a la escritura de estos relatos cuyo antecedente remoto está, insisto, en el cuento precursor de Quiroga.
Una mención colateral: en su celebrado libro sobre futbol, Eduardo Galeano —a propósito, hincha del Nacional— publicó “Muerte en la cancha”, una estampita sobre Porte:
Abdón Porte defendió la camiseta del club uruguayo Nacional durante más de doscientos partidos, a lo largo de cuatro años, siempre aplaudido, a veces ovacionado, hasta que se le acabó la buena estrella.
Entonces lo sacaron del equipo titular. Esperó, pidió volver, volvió. Pero no había caso, la mala racha seguía, la gente lo silbaba: en la defensa, se le escapaban hasta las tortugas; en el ataque, no embocaba una.
Al fin del verano de 1918, en el estadio del club Nacional, Abdón Porte se mató. Se pegó un balazo a medianoche, en el centro de la cancha donde había sido querido. Estaban todas las luces apagadas. Nadie escuchó el disparo. Lo encontraron al amanecer. En una mano tenía el revólver y en la otra una carta.
Se trata, como vemos, de una especie de microbiografía con énfasis en el momento trágico. Y no más. El cuento de Quiroga es, en cambio, una punzante indagación en el alma de un hombre que cree haber tocado el cielo con las manos y luego cae en desgracia hasta sentir que su condición de estrella ha sido devaluada (“una criatura fulminada por la gloria”, dice el autor). El encumbramiento y la caída es tema común del arte narrativo, claro, pero lo raro es que por primera vez se aplicó a la gloria y la caída futbolísticas, y eso lo consumó, acaso a ciegas, Quiroga, como acaso a ciegas Edgar Allan Poe, su remoto maestro, había inventado el relato policial. “Juan Polti, half-back” es un cuento extraordinario, uno de los mejores de Quiroga, mejor incluso que muchos otros más famosos de su producción. Lo traigo aquí completo para facilitar su acceso, aunque daría casi lo mismo que lo leyeran en donde lo tomé: la revista Sudestada.

Juan Polti, half-back
Cuando un muchacho llega, por a o b, y sin previo entrenamiento, a gustar de ese fuerte alcohol de varones que es la gloria, pierde la cabeza irremisiblemente. Es un paraíso demasiado artificial para su joven corazón. A veces pierde algo más, que después se encuentra en la lista de defunciones.
Tal es el caso de Juan Polti, half-back de Nacional. Como entrenamiento en el juego, el muchacho lo tenía a conciencia. Tenía, además, una cabeza muy dura, y ponía el cuerpo rígido como un taco al saltar; por lo cual jugaba al billar con la pelota, lanzándola de corrida hasta el mismo gol.
Polti tenía veinte años, y había pisado la cancha a los quince, en un ignorado Club de quinta categoría. Pero alguien de Nacional lo vio cabeceador, comunicándolo en seguida a su gente. Nacional lo contrató, y Polti fue feliz.
Al muchacho le sobraba, naturalmente, fuego, y este brusco salto en la senda de la gloria lo hizo girar sobre sí mismo como un torbellino. Llegar desde una portería de juzgado a un ministerio, es cosa que razonablemente puede marear; pero dormirse forward de un Club desconocido y despertar de half-back de Nacional, toca en lo delirante. Polti deliraba, pateaba, y aprendía frases de efecto:
—Yo, señor presidente, quiero honrar el baldón que me han confiado…
Él quería decir blasón, pero lo mismo daba, dado que el muchacho valía en la cancha lo que una o dos docenas de profesores en sus respectivas cátedras.
Sabía apenas escribir, y se le consiguió un empleo de archivista con cincuenta pesos oro. Dragoneaba furtivamente con mayor o menor lujo de palabras rebuscadas, y adquirió una novia en forma, con madre, hermanas y una casa que él visitaba.
La gloria lo circundaba como un halo. “El día que no me encuentre más en forma”, decía, “me pego un tiro”.
Una cabeza que piensa poco, y se usa, en cambio, como suela de taco de billar para recibir y contralanzar una pelota de football que llega como una bala, puede convertirse en un caracol sonante, donde el tronar de los aplausos repercute más de lo debido. Hay pequeñas roturas, pequeñas congestiones, y el resto. El half-back cabeceaba toda una tarde de internacional. Sus cabezazos eran tan eficaces como las patadas del team entero. Tenía tres pies: esta era su ventaja.
Pues bien: un día, Polti comenzó a decaer. Nada muy sensible; pero la pelota partía demasiado hacia la derecha o demasiado hacia la izquierda; o demasiado alto, o tomaba demasiado efecto. Cosas estas que no engañaban a nadie sobre la decadencia del gran half-back. Sólo él se engañaba, y no era tarea amable hacérselo notar.
Corrió un año más, y la comisión se decidió al fin a reemplazarlo. Medida dura, si las hay, y que un club mastica meses enteros, porque es algo que llega al corazón de un muchacho que durante cuatro años ha sido la gloria de field.
Cómo lo supo Polti antes de serle comunicado, o cómo lo previó —lo que es más posible—, son cosas que ignoramos. Pero lo cierto es que una noche el half-back salió contento de casa de su novia, porque había logrado convencer a todos de que debía casarse el 3 del mes entrante, y no otro día. El 3 cumplía años ella. Y se acabó.
Así fueron informados los muchachos esa misma noche en el club, por donde pasó Polti hacia medianoche. Estuvo alegre y decidor como siempre. Estuvo un cuarto de hora, y después de confrontar, reloj en mano, la hora del último tranvía a la Unión, salió.
Esto es lo que se sabe de esa noche. Pero esa madrugada fue hallado el cuerpo del half-back acostado en la cancha, con el lado izquierdo del saco un poco levantado, y la mano derecha oculta bajo el saco.
En la mano izquierda apretaba un papel, donde se leía:
“Querido doctor y presidente: le recomiendo a mi vieja y a mi novia. Usted sabe, mi querido doctor, por qué hago esto. ¡Viva el club Nacional!”
Y más abajo estos versos:

Que siempre esté adelante
el club para nosotros anhelo.
Yo doy mi sangre
por todos mis compañeros,
ahora y siempre el club gigante.
¡Viva el club Nacional! 

El entierro del half-back Juan Polti no tuvo, como acompañamiento de consternación, sino dos precedentes en Montevideo. Porque lo que llevaban a pulso por espacio de una legua era el cadáver de una criatura fulminada por la gloria, para resistir la cual es menester haber sufrido mucho tras su conquista. Nada, menos que la gloria, es gratuito. Y si la obtiene así, se paga fatalmente con el ridículo, o con un revólver sobre el corazón.