miércoles, junio 24, 2015

Y cada día canta mejor

















Hace justamente ochenta años murió Gardel. Su desaparición física se dio, lo sabemos, en un avionazo ocurrido en Medellín, Colombia, y desde ese momento, el 24 de junio de 1935, quedó fija en la memoria colectiva del mundo la idea de que sería el cantante insignia del tango, algo así como el arquetipo del género, una voz clásica e inconfundible. Su cuna, lo dice hasta la biografía más chafa, se la disputan Francia, Uruguay y, claro, Argentina, país donde, en el cementerio de la Chacarita, descansan sus restos.
Como cualquiera que habla sobre las músicas que le son entrañables, para mí es imposible hablar sobre Gardel sin espigar algún recuerdo personal sobre el lejano momento que detonó la admiración. Es como los platillos amados, como los sabores de la infancia: no llegan a la mente sin que carguen con todo el equipaje de recuerdos. Pues bien, yo era adolescente cuando un disco de acetato, un LP, lo que quería decir long play, llegó a casa no sé cómo y lo escuché. Contenía los temas básicos del repertorio gardeliano, aquellos tangos que grabó acompañado por la guitarra casi solitaria de Guillermo Desiderio Barbieri (quien perdió la vida en el mismo accidente que el cantor) y algún pasajero violín.
Supongo que algo ocurrió cuando llegué a “Volver”, “Garufa”, “Mano a mano”, “Cuesta abajo”, “Barrio reo”, “Melodía de arrabal”, “Tomo y obligo”, “Yira yira” y alguna que otra de aquel disco. Supongo también que a falta de libros, a falta de orientación, a falta de casi todo, hallé en las extrañas letras de esas canciones un cúmulo de imágenes que dislocaba sin que yo lo supiera mi diminuta zona de confort con las palabras. No entender muchos lunfardismos y sentir de lejos el rudo aliento de algunas imágenes (“en tus muros con mi acero / yo grabé nombres que quiero…”) era entrar a un mundo distinto, ciertamente edulcorado en muchos versos, definitivamente cursi en muchos más, pero al fin con flecos literarios que desde aquel momento me obligaron a buscar sentido, a entender, casi a traducir.
Han pasado casi cuarenta años desde aquel remoto encuentro con Gardel, mi encuentro. A lo largo de este tiempo he vuelto una y otra vez a él como quien regresa a terreno bien conocido, y gracias a tal gusto he localizado a otros cultores del género que quizá hoy me gustan más, como el último Rubén Juárez y, ya lo confesé alguna vez, como Adriana Varela, pero la primera marca siempre le corresponderá, sin duda, a Gardel, ese Gardel que en la sentencia ya común, la frase que enuncia cualquiera fulano cuando habla sobre él, “cada día canta mejor”.

Nota. Ya escrita, enviada a Milenio Laguna y publicada me di cuenta de un error grave en esta columna. En la lista de canciones citadas de memoria incluí "Uno", el famoso tango de Discépolo. Dada la fecha de su composición (1943), era imposible que Gardel lo hubiera cantado, así que borré su mención. Mi inconsciente jugó chueco: quizá deseaba que esta gran pieza hubiera salido de la garganta gardeliana, e inventó el disparate. Una disculpa para Gardel, para Discépolo y principalmente para mis tres lectores.

sábado, junio 20, 2015

Lanzar como Marlene


















¿Qué puede ser Marlene Espinoza Casiano, niña de Matamoros de La Laguna, Coahuila? A sus doce años ya sabemos que tiene un talento excepcional para el deporte y que, por si fuera poco, es una estudiante ejemplar. Apoyada básicamente por sus padres, Marlene ha ganado competencias nacionales, la más reciente en la Olimpiada Nacional Escolar de Educación Básica Jalisco 2014-2015 organizado por la Conade y por la SEP; allí ganó medalla de oro en atletismo, rama femenil, categoría de nacidos en 2003. La competencia, habitual en justas de este tipo, fue de lanzamiento de pelota de beisbol, donde estableció una marca de 67.94 metros.
Sé que alcanzar casi 70 metros no es poco para una niña de doce años. Marlene ha desarrollado esa aptitud en su casa, gracias al apoyo de sus padres, y aunque la competencia que hace poco le dio una medalla nacional es de lanzamiento de pelota, la pequeña destaca en la práctica de beisbol (y por lógica de soft), futbol y carreras. Es entonces una gran promesa del deporte lagunero.
Me conmovió enormemente saber que Marlene estudia la primaria en una humilde escuela pública de Matamoros, la primaria Rosalinda Ramírez Esquivel. Allí obtiene buenas notas durante las mañanas, y en las tardes entrena guiada por su padre en la Deportiva de aquel municipio. Supe que cuando Gabino Espinoza, su padre, no puede acompañarla, el entrenamiento no cesa, pues Virginia, su madre, entra en acción y se convierte en segunda entrenadora. El caso es que Marlene siga adelante, de frente a su futuro de notable deportista.
En los juegos nacionales que ya mencioné, los celebrados en Jalisco, Marlene representó a Coahuila. Logró lo que logró por su talento, por el apoyo de sus padres y de algunos maestros, pero de todos modos compitió en desventaja. Una anécdota lo pinta todo: cuando salió a competir frente  niñas de escuelas más pudientes —algunas hasta con entrenador extranjero— , todas más desarrolladas y con ropa deportiva de alta calidad, Marlene titubeó un poco, nerviosa. Gabino, su padre, se acercó y le dijo que no se achicara, que lo importante estaba dentro de ella y no en la apariencia ni en los trapos. Y Marlene ganó el oro.
¿Cuántos niños y niñas como Marlene hay en México? Francamente creo que cientos, miles. Lo que falta, como siempre, es el apoyo, la oportunidad, el deseo familiar o institucional de no dejar que los talentos se diluyan. Desde aquí, aunque no la conozco personalmente, felicidades a Marlene, a sus incansables padres y a toda la ciudad de Matamoros, Coahuila.

Nota. En la foto que encabeza este post, la pequeña Marlene posa con Horacio Piña, el Ejote, ex pícher nacido en Matamoros, Coahuila, el primer mexicano en ganar una Serie Mundial con un equipo de las Ligas Mayores de beisbol. Aquello ocurrió en octubre de 1973 con los Atléticos de Oakland. En la Liga Mexicana el Ejote logró la máxima hazaña que puede alcanzar un lanzador: un juego perfecto. Lo logró jugando para los Rieleros de Aguascalientes en un partido contra los Diablos Rojos de México celebrado el 12 de julio de 1978 en Aguascalientes.

miércoles, junio 17, 2015

Cuestión de enfoque: una autobiografía indeclinable




















Conocí a Lupita Urbieta gracias al libro que presentamos esta noche. Mediante Leonor Lobo, su tía, recibí el original impreso en hojas de máquina y en cuanto pude comencé a leerlo. Era evidente desde el principio que se trataba de un texto valioso, de un testimonio de vida absolutamente digno de ser compartido en formato de libro. Eso ocurrió a principios del 2014, y por aquellas mismas fechas la autora me contactó por la vía del correo electrónico. Lupita había sido advertida por su tía en el sentido de que yo podía ayudarla como lector y editor, así que comenzamos a trabajar con el original. No porque estuviera mal, sino porque deseamos que quedara muy bien, dedicamos varios meses a ese trabajo. Fue, si mi bandeja de entrada no me engaña, un ir y venir vertiginoso de mails, tantos que se trata de una correspondencia que casi da para otro libro.
Lupita estaba fuera de La Laguna, creo en Querétaro, cuando emprendimos la edición. Cartas y más cartas fueron y vinieron para precisar palabras, para colocar enmiendas, para descubrir mejores soluciones a una frase, para reconfigurar un título, para escoger otra foto. Fue una labor, como ya dije, de meses, pues ambos teníamos trabajo aledaño que nos impedía concentrar toda la atención en la autobiografía. Pero avanzamos. Poco a poco íbamos viendo la luz, el nacimiento de Cuestión de enfoque. Cuando terminamos, creo que al menos seis o siete meses después de haber iniciado la edición, sentí que el diálogo había rendido frutos: el libro mostraba a plenitud la entereza, la vitalidad, las cualidades y, sobre todo, la indoblegable voluntad de Lupita Urbieta, lagunera de la que muchos podemos tomar ejemplo para entender mejor lo que estamos obligados a saber ante la misteriosa oportunidad de vivir.
Lupita fue una autora receptiva, propositiva y autocrítica a la vez. En ningún momento sentí que tuviéramos un desacuerdo que nos llevara a la tensión, y esto ocurrió desde su primera carta. Noté en su diálogo a una persona que no se deja vencer por la impaciencia, que sabe escuchar y plantear sus opiniones, y que defiende sus ideas con indeclinable respeto por las ajenas. Leí su vida tres veces y supe que estaba ante un ser humano acostumbrado no al esfuerzo ordinario, el esfuerzo común que hacemos para adquirir las habilidades y condiciones que nos permiten vincularnos con la realidad. La paciencia de Lupita está en otra dimensión. Ella ha aprendido a esperar, a lograr todo o casi todo lo que ha sido posible luego de intentar innumerables veces, pacientemente. Una anécdota resume lo que digo. Luego de varios meses de trabajar en su libro, ella me escribió este mail: “Tengo tiempo queriendo pedirle algo, no me animaba pero creo que ante las circunstancias que se están presentando [se refiere a la inquietud de muchas personas por conocer su autobiografía] me veo en la necesidad de hacerlo. Quisiera que me diera su opinión profesional con respecto al libro, de alguna manera todos los que lo habían leído me conocen pero me son importante opiniones de personas ajenas y en especial de alguien profesional como usted; ojalá pueda decirme también si le parecen acertados los cambios que acabo de hacer junto con el texto extra...”.
Desde su nacimiento, Lupita tuvo que imprimir dos, tres, cuatro veces más esfuerzo que la mayoría en cada acción, en cada aprendizaje, en la búsqueda de cada meta trazada para su porvenir. A la desventaja física supo imponer una voluntad de granito, un alma que sin importar las adversidades aprendió a sobreponerse con una solidez que muchos jamás conoceremos. Parados en una realidad que nos pone desventajas en el camino, cierto, sin embargo no estamos capacitados para saber lo que son realmente las adversidades, lo que es vivir con la necesidad permanente de librar obstáculos de todos los tamaños y a cada segundo. Podemos vislumbrar, eso sí, lo difícil que es vivir cuando las circunstancias físicas no son favorables, y tras esto tratar de entender mejor el respeto que nos merecen las personas que pese a lo que sea logran ser mensajes vivientes, lecciones de esfuerzo sin fatiga.
Cuestión de enfoque es una autobiografía escrita desde la experiencia y la sinceridad, no desde el ánimo unilateral de ser edificante. Narrada es una primera persona que jamás busca nuestra compasión, nos enseña más de lo que quizá se ha propuesto. Por eso, cuando Lupita me preguntó vía mail que qué opinaba yo de su libro, les respondí por ese mismo medio estas palabras, con la carta del 4 de abril de 2014 que sirve ahora como cierre de mi presentación:

“Lupita estimada:
Vas a recibir buenos comentarios de la gente por tres razones importantes:
1) Porque te quieren.
2) Porque el corazón de la mayoría, aunque no te conozca, es sensible a la adversidad.
3) Porque tu libro es espléndido.
No es necesario que yo lo diga, pues el libro se defenderá solo. Tu testimonio es uno de los más auténticos, dolorosos e inspiradores que jamás he leído, y sospecho que la gente así lo va a percibir. No exagero si te expreso que me conmovió muchísimo tu lucha sin descanso (literal, sin descanso) por hacerte de un lugar digno en una realidad adversa, siempre difícil. Mi opinión es, por ello, de absoluto respeto y admiración al ejemplo de vida que compartes en cada página de Cuestión de enfoque. Ya quisiéramos muchos tener tu fortaleza para encarar los problemas que la vida pone en el camino. Si así fuera, el mundo sería otro, más generoso, más limpio, más noble para todos. Adelante, pues, que he trabajado con alegría y respeto en este proyecto. Tú al final pensarás que te ayudé. Creo que te equivocas. Tú me ayudaste a mí y ayudarás a muchos cuando te lean. Felicidades y mi gratitud.
Trabajaré en lo que falta del libro este fin de semana”.

Catorce meses después opino exactamente lo mismo.

Nota. Texto leído en la presentación de Cuestión de enfoque (Torreón, 2015, 238 pp.) celebrada en el auditorio del centro comercial Cimaco Cuatro Caminos, de Torreón, el 16 junio de 2015. Estuvimos en la mesa Mary Carmen Espada, Lupita Urbieta y yo.

sábado, junio 13, 2015

Por enésima: viva México




















Me voy aparentemente por las ramas: sir Tim Hunt había sido distinguido en 1991 como miembro de la Royal Society de Inglaterra y en 1999 fue elegido como asociado externo de la Academia Nacional de Ciencias de EU. Poco después, en 2001, ganó el premio Nobel de Medicina. Luego fue nombrado Caballero en la lista de honores del cumpleaños de la Reina Isabel II de Inglaterra del año 2006. Pues bien, nada de eso le valió para salvar la chamba. En una conferencia dictada en la Conferencia Mundial de Periodistas de Ciencia celebrada en Seúl, el sir dijo, entre otras jocosidades, que las mujeres son “un problema” en los laboratorios, pues “nos enamoramos de ellas, ellas se enamoran de nosotros, y cuando las críticas se ponen a llorar”.
Tras la llegada de las declaraciones a Inglaterra, gracias esto a las redes sociales, estalló el escándalo. Hunt fue acusado de sexista, se disculpó, matizó, dijo que sólo había sido irónico, que lo descontextualizaron, pero al final tuvo que apechugar, y renunció. Ser un sir y tener el Nobel en la faltriquera no fueron escudos suficientes para protegerlo: quedó chamuscado como mosca en Insectrónic.
Desciendo ahora de las ramas y aterrizo en México: antes, durante y después de las elecciones se vieron desaseos diversos en el INE. Uno de los más notorios, el alboroto mediático que desató la llamada telefónica en la que Lorenzo Córdova decía pestes, dizque con jocosidad, a ciertos indígenas con los que tuvo la mala suerte de dialogar sobre asuntos electorales. Ya sabemos qué expelió: que hablaban mal, que eran ignorantes, que aquella charla daba para escribir otras Crónicas marcianas (¿?). Y ya sabemos también la conclusión: el tipo se disculpó con algunas maromas argumentativas y, aunque no es sir ni tiene un premio Nobel, siguió en el cargo.
Poco después, movido por los intereses electoreros de siempre, el secretario Chuayffet dijo que los exámenes planteados por la reforma educativa se “suspendían indefinidamente”. Más allá de que él fue sólo el operador o la cara visible de una jugada pensada más arriba, lo cierto es que recular un día después de las elecciones daba para, mínimo, no escuchar las razones de la “suspensión indefinida” y renunciarlo de inmediato, cuidar las formas. Pero también ya sabemos la conclusión: el secretario Chuayffet sigue en la SEP y no pasa nada.
En resumen, en otras partes un sir y premio Nobel suelta una ocurrencia sexista y lo fulminan, y aquí dos funcionarios enlodan un proceso esencial para la vida democrática de un país y siguen cobrando en su paraíso como si sólo hubieran dicho “hoy es sábado”. Por enésima: viva México.

miércoles, junio 10, 2015

La rueda del infortunio












País asombroso. Luego de no sé cuántas décadas en marcha decidida hacia el desastre, cada día con peores indicadores en todo, los mexicanos volvemos al principio y actuamos como si no pasara nada. Es, como dicen, un círculo vicioso: no pasa nada porque no actuamos y no actuamos porque no pasa nada. Y aquí seguimos, de vuelta a lo mismo aunque cada vez que volvemos quedemos en peores circunstancias. Es increíble.
Con el voto duro en las manos, sumado al voto movilizado con dádivas y al no -voto del abstencionismo y ahora también del anulado, ni un pelo se le mueve a la realidad poselectoral. Si acaso, algunos leves avances y retrocesos partidistas, pero nada que termine por evidenciar un cambio genuino en el futuro. Digamos, para no sonar pesimistas, que todo sigue como seguía: el país paralizado y la depredación con la puerta todavía abierta, cada día con menos pudor de quienes atraviesan por allí para continuar con el saqueo.
¿Y qué elecciones pueden funcionar cuando el arbitraje no es neutral y cuando los mismos partidos operan sólo para repartirse tajadas de pastel y cuando los gobiernos encaminan recursos públicos al clientelismo y cuando sólo queda un margen testimonial a la verdadera disidencia? Es poco lo que puede hacerse sobre la mesa de juego cuando se pelea en contra de tantas cartas marcadas.
El Partido Verde, por ejemplo, ya no tuvo empacho en ocultar su condición delincuente. Ni las formas cuidó al evidenciar que se trataba del brulote diseñado desde el poder para incendiar los puertos del proceso electoral. El mismísimo día de los comicios, cuando la veda propagandística debe ser respetada ya no porque lo manda la ley sino por lealtad en la contienda, los rufianes del tucán orquestaron una campaña de difusión en Twitter. Usaron celebridades —macacos de la farándula y estrellas del deporte— para simular una espontánea avalancha de apoyo. ¿Y las sanciones? Si no hubo antes, no habrá luego, así que esa gavilla de bandoleros verdes alcanzará con fondos públicos y mil triquiñuelas una buena cantidad de curules donde, entre otras cosas, seguirá alcanzando más fondos públicos y más curules, todo impune.
Otra novedad es la del Bronco “independiente”. Simulación, despilfarro, lucha entre grupos mafiosos del mismo signo, y todo esto es vendido ahora como triunfo “independiente”.
Mientras esto pasa, los intereses de México siguen al margen. Lo que vimos otra vez fue la ya muy previsible rueda del infortunio, no de la fortuna. Eso nunca.

sábado, junio 06, 2015

Ulanovsky en la gran Tenochtitlan




















—¿Usted es Ulanovsky? —pregunté al hombre que había llegado a sentarse casi junto a mí en el auditorio del pabellón argentino dispuesto en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2014.
Faltaban todavía unos minutos para que comenzara la siguiente actividad organizada en el espacio usado por la comitiva Argentina, país invitado. Se trataba de una mesa compartida entre ciudadanos argenmex, argentinos que en los setenta habían llegado a México con sus padres exiliados, todos arrojados por el terrorismo de estado que echaron a andar, primero, la triple A y luego los milicos que autodenominaron su política de exterminio como “Proceso de Reorganización Nacional”. Los jóvenes —todavía jóvenes— que participarían eran Franco Vitali, Liza Casullo, Natalia Calcagno y Julieta Ulanovsky. Antes de saber que su hija estaría allí, trabé diálogo con Carlos Ulanovsky (Buenos Aires, 1943). Se sorprendió un poco de que alguien con acento mexicano lo reconociera. Para mí no fue tan difícil saber que él era él, pues en más de una ocasión oí sus programas de radio y dado que para hacerlo recurrí a internet, en la web pude ver su foto.
Mi idea era simple e impertinente. Pensé: “Es Ulanovsky, lo saludaré para ver si por su intermediación puedo hacer llegar uno de mis libros a Dolina”. Pregunté entonces: “¿Usted es Ulanovsky?”, y él afirmó que sí, que sí era, con una media sonrisa algo desconcertada. Le expliqué lo de la radio y noté que se sorprendía más. Luego, le pregunté que si de alguna manera Dolina le quedaba cerca. Me dijo que sí, que en ocasiones coincidía con él y tenían amigos comunes. Entonces le pedí el favor: “Lo que pasa es que hace poco publiqué un librito de cuentos y uno de los relatos se lo dediqué. Me gustaría hacerle llegar un ejemplar. ¿Hay manera de que pueda ayudarme? No se sienta comprometido si esto es muy complicado”. Ulanovsky entendió de inmediato la situación. Saqué el libro de mi mochila, lo dediqué a mano con mi pluma (birome, dirían los argentinos, en homenaje a Ladislao Biro, inventor de la esferográfica o bolígrafo) y se lo di. Al ver su portada, Ulanovsky reviró: “¿Y no tendrás otro para mí?”. Claro, le dije sorprendido, pues no pensé que le fuera a interesar mi narrativa sobre futbol. Saqué otro ejemplar, se lo dediqué y pensé que allí terminaba todo, pero no. Ulanovsky abrió su mochila y sacó un libro, lo dedicó y me lo dio. Se trataba de Seamos felices mientras estamos aquí, crónicas del exilio (Debolsillo, 2011). La dedicatoria era un aviso del contenido: “Para Jaime Muñoz, con sincero afecto argenmex. Carlos Ula, en la FIL, 4/12/2014”. Le prometí que lo leería con gusto y allí nos despedimos por el momento.
¿Por qué había escrito la palabra “argenmex”? Pensé que era un gesto de cordialidad binacional, pero pronto entendí que se trataba de algo más que eso. Cuando hablaron los hijos de los exiliados argentinos en México y tocó el turno a Julieta, supe lo que no sabía y de golpe quedé maravillado: Ulanovsky, el periodista e historiador Ulanovsky, había vivido seis años, su exilio, en la capital de nuestro país, y la larga crónica del libro que me obsequió era el testimonio de su paso por suelo azteca. Gracias luego a las palabras en la mesa redonda de Julieta, la hija del periodista, entendí que esos jóvenes habían pasado los primeros años de su vida entre nosotros, y que lejos de olvidarla, tal experiencia se había convertido en un poderoso dinamo de su nostalgia. Amaban a México, lo recordaban como la patria en la que abrieron sus ojos y sus oídos a la vida, y la vuelta con sus padres a la Argentina, luego de la salvaje noche dictatorial, no sólo no borró ese pasado mexicano, sino que lo amacizó hasta convertirlo en una querencia firme y bien bruñida por el recuerdo.
Cinco meses después de haberla recibido, en mayo pasado, leí la crónica de Ulanovsky con una mezcla de pasmo y alegría. Pasmo porque comprobé que el periodista repasó, casi como en una bitácora, uno por uno, los rasgos más salientes de la cultura mexicana, sus numerosos defectos y, acaso, sus más numerosas virtudes; y alegría porque —no sé la razón— me iba contentando al enterarme de que, pese a todo, mis paisanos no fueron tan malos anfitriones de los Ulanovsky y tal vez de muchos otros argentinos que llegaron luego de pasarla mal con el miedo y que la iban a pasar peor si allá hubieran permanecido.
Esta crónica del exilio tiene una estructura peculiar. Está conformada por 26 trancos, cada uno de ellos articulado en dos partes: la primera, escrita en 1982 todavía en el DF, y la segunda, escrita en 2001 —un año también traumático por razones principalmente económicas y políticas— ya en Buenos Aires. La primera parte de cada sección, digamos, es una crónica de lo (casi) inmediato, pues Ulanovsky describe aquello que ha ocurrido y sigue ocurriendo con él y su familia en la capital de México y otros puntos relativamente próximos, como Acapulco; las segundas partes —que en este caso sí son buenas— tienen una textura de memoria, de recuento, de balance sobre los años de radicación mexicana a la luz de un presente ubicado casi veinte años después.
Ante una realidad tan estimulante y barroca como la nuestra, y ante la enorme cantidad de preguntas que se hace el exiliado, Ulanovsky ha procedido con gran orden, un orden que impide el congestionamiento de la información. Así, hace recortes temáticos que posibilitan una lectura más ágil y comprensible en todo sentido. Los títulos de cada apartado ayudan también a esta claridad. Por ejemplo, el primero, “Varias vueltas posibles”, describe la persistencia de la idea del regreso y la dificultad que implicó el definitivo, cuando al volver la democracia al país de origen se abrió la posibilidad de abandonar el ajeno y concluir el exilio. Ya con una posición de periodista ganada con dificultad, Ulanovsky relata que tampoco fue fácil volver, a lo que se sumaba el hecho cierto de que en la Argentina se encontraría con otro difícil recomienzo.
Inmediatamente, en el segmento 2, “La artesanía”, el periodista explica la razón del título general del libro: es la frase ingenua, incluso mal redactada, inscrita en una modesta artesanía mexicana que se convirtió para él y su familia en una divisa de resistencia frente a la pesadumbre de la lejanía y el permanente desconcierto de no saber si la decisión del exilio había sido la mejor.
Más allá de hacer una crónica sobre la crónica, se puede ver de manera amplia que el relato de Ulanovsky es un engarzamiento de preguntas, de dudas, de vacilaciones, es cierto, pero también de certezas. El cronista mira su experiencia, como es lógico, atravesado por sentimientos polares: por un lado la aceptación, la terrible aceptación del miedo que lo obligó a salir y la culpa de saber que allá, en la Argentina, quedaba una realidad atroz como flagelo de la patria; y por otro, la gradual felicidad de haber encontrado en México un país hospitalario, lleno de oportunidades, relativamente pacífico y estable y en gran medida pintoresco hasta en sus errores.
Seamos felices mientras estemos aquí, el libro más argenmex que he leído en mi vida, es un honesto homenaje a México y es más que eso: una declaración de amor a dos realidades: una, la que recibió a Carlos Ulanovsky y su familia en el exilio; y otra, la realidad argentina que vio pasar una noche sangrientamente oscura de seis años y que hoy, pese a los descalabros, sigue mirando hacia el futuro, un futuro que de 1977 a 1983 Ulanovsky —"periodista e hincha de Racing", como dice en su espectacular página web— imaginaba preocupado y nostálgico desde un departamento del DF y frente a una flor de yeso artesanal.

miércoles, junio 03, 2015

La FIFA nostra













Como todo mundo no sabe, fui a presentar mi más reciente libro a Saltillo el fin de semana pasado y allí tuve la suerte de reencontrar y desayunar y conversar con Eduardo Milán, poeta uruguayo largamente radicado en México. Ya entrados en la charla dimos, claro, con los temas de la coyuntura y nos detuvimos un poco en el asunto de la corrupción galopante en el país. Milán comentó, palabras más, palabras menos, lo siguiente: “Si te fijas, es un fenómeno mundial terrible, el rasgo más visible del neoliberalismo salvaje; esto parece alejarnos del análisis local, pero no: simplemente es imposible examinar lo local sin pensar que hay un enorme olla en la que se guisa todo esto”.
Sé que es imposible no darle la razón, y para saber por qué la tiene podemos ver un caso concreto: el del futbol. Escándalos de corrupción van y vienen en los torneos locales de casi todo el mundo y solemos pensar que son experiencias aisladas, que nomás a nosotros nos pasa lo que nos pasa. Pero no. Si el futbol profesional acusa hoy una corrupción en las federaciones e incluso en ámbitos más pequeños, como los clubes, es porque arriba todo está podrido, todo está mediado por la voracidad económica y la corrupción.
Cierto que la FIFA es desde siempre una máquina de hacer (o de sacar, más bien) dólares, y que su espíritu deportivo equivale a nada si no se materializa en ganancias contantes y sonantes y abundantes, descomunales. Pero una cosa es ser, en esencia, una empresa, y otra convertirla en un aparato que reditúa sus principales ganancias a tipos de pantalón largo que acaso jamás patearon un balón y a quienes por tanto no les preocupa el deporte ni la salud social que puede acarrear.
Tras el escándalo de los sobornos a los funcionarios de la FIFA y tras la reelección del capo Joseph Blatter, la megafederación ha quedado casi desnuda: ya sabíamos que era un nido de ratas, pero ahora lo sabemos mejor, o al menos lo intuimos mejor, lo cual ya es ganancia en un mundo caracterizado por la opacidad.
Ahora se abre una puerta para limpiar el muladar y que la FIFA sea una empresa con un mínimo sentido humano, equitativo y decente, no la FIFA nostra que nada debe envidiar a las mejores mafias.
Si la Federación con mayor número de afiliados no aprovecha esta oportunidad (ciertamente histórica) para purgar vicios, el futbol quedará condenado a ser lo que fue durante todo el periodo blatteresco: un instrumento de control y la transnacional más grande, sucia y mezquina del planeta.

domingo, mayo 31, 2015

El futbolista increíble














Al escribir la inverosímil historia de este futbolista debo recordar que se le veía muchísima clase desde que tenía cerca de diez años. O tal vez menos. En torneos diferentes, jugaba para un equipo de su barrio y otro de la escuela ubicada también en su barrio, así que en la semana solía despachar al menos dos partidos oficiales. Varias veces salió campeón con sus equipos y otras tantas quedó en segundo o tercer lugar en la gráfica de goleadores. Lo que pocos veían era lo otro, eso otro que en las jerarquías menores no tenía monitoreo y por tanto pasaba casi inadvertido: era el líder pasador, por mucho. Sus asistencias para gol duplicaban, al menos duplicaban, las de su rival más cercano, de manera que ése, y no anotar, era su fuerte.
Como todo buen pasador, como todo buen ordenador del juego, como todo buen “arquitecto” de la ofensiva, era inteligente, muy inteligente y sereno. En la escuela no era de los menos adelantados, pues jamás bajó del 9. Tenía notable habilidad para las matemáticas y quería, por eso, ser ingeniero; futbolista e ingeniero, en este orden.
Los pasadores como él no son lo más visible en las categorías pequeñas, así que nadie vio en su infantil destreza que se trataba de un fenómeno. Eso se hizo más evidente en la secundaria, cuando de niño pegó el estirón y fue a parar, apenas adolescente, en el 1,83 de estatura. Más alto que sus compañeros, algunos pensaron que iba para defensor central, pero erraron el augurio: la estatura no lo entorpeció. Al contrario, al hacerse más evidente su presencia en el terreno se hizo más visible, a la par, su desempeño: fue entonces que surgieron las primeras comparaciones. Ese chico era una mezcla nada despreciable de Zidane con Riquelme. También altos, aparentemente dotados sólo para el choque o el cabeceo, el francés y el argentino habían demostrado que el tamaño no les estorbaba para jugar como artistas: gracias a que tenían la cabeza más arriba que los demás, dominaban siempre las situaciones del partido, casi como si realizaran un mapeo permanente. Junto con esa elevación de la mirada, junto con esos ojos de jugador omnisciente, tenían los pies educados para hacer arte, gambetas, túneles, sombreritos, ruletas, tacos, pases insólitos, todo con soltura de bailarín.
Embarneció, pues, y ciertos adultos comenzaron a seguirlo. Lo orientaron y fue a caer en la cantera del club profesional de su tierra, al que siempre adhirió. Allí mantuvo su lucimiento como pasador e incrementó la cuota de goles a la que estaba acostumbrado. No pasó mucho tiempo para que lo colaran a las reservas del primer equipo, y menos tiempo pasó para que a los 17 debutara en primera.
Todo fue que le dieran esa oportunidad para que demostrara su función de cerebro en el equipo. Desde el primer partido repartió pases acertados por toda la cancha, casi como un engrane que se conecta con toda la maquinaria. Anoto varios goles, pero lo suyo eran las asistencias. Tenía tan afinada la obsesión de pasar que algunas veces pudo rematar y no lo hizo: su desprendimiento era absoluto, tan grande que hasta rechazaba el tiro de penales.
No fue casual, por ello, que de alguna forma consiguiera tres veces seguidas el campeonato de goleo. No para él, claro, sino para su centro delantero. A él le agradaba llevarse el título de asistencias, lanzar los pases, poner los goles en bandeja, compartir todo el futbol que brotaba de sus empeines.
Las ofertas por su fichaje a otros equipos comenzaron a llover. Los dueños de su carta resistieron los cañonazos hasta que los ambiciosos clubes de la capital pusieron sobre la mesa una suma con muchísmos ceros. Entonces su club tomó la decisión: venderlo. Los aficionados reclamaron, pero era inevitable y todos lo sabían. Ocurrió entonces algo insólito: el gran pasador, el gran símbolo del equipo se negó a salir. Argumentó algunas tonterías, se disculpó con los directivos, y dijo en resumen que él no se iba, que siempre había querido jugar aquí y que su sueldo era suficiente —más de lo que nunca hubiera imaginado—para mantener a raya sus necesidades. A los 23 años, explicó además que prefería el retiro antes que firmar con otro equipo.
Los dueños de su carta le reclamaron, trataron de convencerlo, de picarle por el lado de los lujos a los que podía acceder si se iba. Él se sostuvo: dijo que prefería el retiro en vez de representar a otros colores. Sin remedio, sus directivos aceptaron la decisión y lo recontrataron. Incluso le bajaron el sueldo para ver si con eso se enojaba y accedía a dejarse vender. No pasó nada. Él siguió jugando de lujo, siguió con sus pases magistrales y siguió con sus nada escasos goles.
Por más de una razón justificó su apodo: El futbolista increíble.

Literal




















Eran diez condenados y el juez preguntó al verdugo cuánto cobraba por ejecutarlos. "Mil pesos por cabeza", dijo el verdugo.

Entrevista para el diario Zócalo de Saltillo

















Ayer 30 de mayo apareció esta entrevista en el diario Zócalo de Saltillo, Coahuila. Agradezco a Sylvia Georgina Estrada las preguntas y el espacio.

¿Qué significado tiene la escritura en su vida?
Supongo que mucha, aunque no suelo detenerme a reflexionar en esas profundidades. Más o menos en la etapa de la preparatoria descubrí que me gustaba leer, y de allí pasé, casi sin darme cuenta y estimulado por el misterio de las palabras ya leídas, a borronear mis primeros textos. Como no tuve una familia vinculada a las artes y por ello no había ninguna orientación a la mano y ni siquiera libros, mis lecturas iniciales fueron intuitivas, desorganizadas, y eso derivó en la escritura de cuartillas armadas casi a ciegas. Luego, ya en mi época de estudiante universitario, trabé contacto con amigos un tanto o mucho más adelantados en esta misma afición por leer y escribir. Ese fue el parteaguas: encontrar buenos libros, leer con atención, aprender de las páginas visitadas todo lo posible. Creo en suma que la escritura, para mí, es apenas una tímida y siempre vacilante derivación de algo mucho mejor: la lectura.

¿Cómo aborda la creación de un cuento? ¿Cuál es el detonante para dar forma a una historia?
En general obedezco una receta algo laxa para escribir un cuento, pero no tengo ningún método para cazarlo, para acercarme a un tema “cuentístico”. Digamos que no busco cuentos deliberadamente, sino que los cuentos me encuentran, llegan a mí de la manera más imprevisible. A veces es una frase, a veces es un personaje, a veces es una anécdota, a veces es una mera situación, el caso es que, cuando se aproxima, no estoy seguro de tener un cuento a la vista, pero sí lo sospecho, lo vislumbro como caminando desde muy lejos hacia mí, decidido a encontrarme. Cuando llega, comienzo a escribirlo con cierta vaguedad, sin tener muy claro cómo avanzará, pero casi seguro de su final, punto que es decisivo, a mi parecer, en la estructura de este género. En el trance de escribir un cuento ocurre algo misterioso: van surgiendo detalles, trazos que no estaban predeterminados y sin embargo van sirviendo para apretar la trama. Esto que digo no aspira a ser una fórmula, en todo caso es apenas, y de manera harto general, la manera en la que procedo. En este sentido, el cuento es un poco como el poema; nadie dice: “Voy a escribir un poema de tal forma y con tal tema”. El poema aparece y el poeta obedece, escribe. El cuento es parecido: llega y uno lo atiende. La novela y el ensayo son menos hijos del azar, pues uno dice: “Voy a escribir un ensayo sobre la representación de Oriente en la poesía de Octavio Paz”, o “Voy a escribir una novela policiaca ubicada en Saltillo”, es algo más predeterminado.

¿Cuáles son los elementos que debe tener un cuento para atrapar lectores?
Creo que son básicamente los siguientes: buena prosa, enigma inicial, desarrollo en el que notamos un conflicto, cierta ambigüedad en el trazado de la anécdota, pormenores con “proyección ulterior” (cómo quería Borges) y, si es posible, una resolución sorpresiva y congruente. Pero esto no es tampoco una receta. En todo caso, esos elementos no sirven para atrapar a los lectores en general, sino para atrapar a un lector en particular: yo.

En el programa de la FILA aparece que presentarás Ojos en la sombra (Conaculta, Colección El Guardagujas, 2015)¿Por qué decidió contar las historias de aspirantes a escritores y editores de medio pelo?
Tres de mis libros (dos de cuentos y una novela) narran los afanes, logros y tropiezos (sobre todo tropiezos) de personajes que se mueven en el mundillo literario: escritores, editores, periodistas, maestros. Es un espacio en el que trabajo, pero en el que suelo no sentirme cómodo. Sé comportarme en ese ambiente, pero si me dan a escoger, prefiero evitarlo, no ir a reuniones y eludir en la medida tolerable por la urbanidad todo contacto con ese medio. En otras palabras, prefiero a las personas alejadas del bullicio y de la falsa sociedad literaria y periodística.

Me parece que México es un país de cuentistas, ahí están nombres como los de Juan Rulfo, Juan José Arreola o Jorge Ibargüengoitia, por mencionar algunos. Aunque no se publiquen muchos libros de cuento, creo que sí hay muchos lectores para este género. ¿Qué opina sobre este planteamiento?
Opino que en efecto hay muchos y notables cuentistas mexicanos y no mexicanos. Lamentablemente, este género maravilloso, como todos los demás géneros, se ha visto eclipsado por la novela. Es un fenómeno que data de muchos años atrás: si uno quiere ser escritor a secas, se dedica a la poesía, al teatro, al cuento, al ensayo, a la novela. Si uno quiere ser escritor famoso —aunque también aquí todo es inseguro—, casi no hay opción: debe dedicarse a la novela y aceptar algunas o todas las reglas del mercado.

¿Cuál es su opinión sobre la literatura norteña? Más allá de las clasificaciones, creo que hay varios escritores interesantes trabajando en esta parte del país...
Interesantes y con una obra ya más que estimable, tan amplia que hoy ocupa unas dos o tres generaciones. Hay que distinguir sin embargo al escritor norteño del escritor norteño ya radicado en el DF o fuera de México. Si nos referimos sólo a los primeros, son valiosas las obras de Yépez, Gabriel Trujillo y Crosthwite en el extremo oeste, Hugo Valdés en Nuevo León, Enrique Servín en Chihuahua, Julio Pesina en Tamaulipas, Eve Gil en Sonora, Herbert en Saltillo, Jesús Alvarado y Alejandro Merlín en Durango, sin duda JJ Rodríguez y Élmer en Sinaloa, y claro, los laguneros Velázquez, Reyes, Herrera y Lomas. En fin, ya son muchos y eso es grato.

sábado, mayo 30, 2015

El audio es rey














La intervención de teléfonos —llamada en otra parte “escucha ilegal”— es por supuesto un delito. Que alguien ajeno a los interlocutores de un diálogo telefónico meta su oreja y grabe representa una violación a la privacidad, y más lo es que capte movimientos y voz en video, de ahí que muchas instituciones, como los bancos, adviertan que al entrar en sus espacios ellas tienen el derecho de usar cámaras. Pese a su ilegalidad, ya filtrados tienen un poder letal y es casi imposible detener su onda destructiva y detectar a los autores materiales e intelectuales del espionaje. Su éxito radica —hoy principalmente gracias a las redes sociales— en el morbo que despiertan y también, sin duda, en que se convierten en rendija por donde el ciudadano de a pie accede por única vez al mundo íntimo de los poderosos.
Casi como en cualquier país, México es un dechado de escuchas ilegales. Hay casos legendarios, como el del Góber Precioso, quien se ganó este apodo en aquella llamada telefónica que atentaba contra los derechos de la periodista Lydia Cacho. Inolvidable también es el audio de Fox con Fidel Castro, o el del “chamaqueado” Niño Verde que gracias a una conversación fue catapultado a la corrupta fama de la que hoy goza. Más recientemente, ahí están los audios absolutamente íntimos con los que Pedro Ferriz de Con fue bombardeado por sus enemigos o el del Gran Jefe Lorenzo Córdova.
Ahora, en estos días electorales, dos audios (uno de ellos complementado por video) han hecho las delicias de la morbocracia nacional. En uno, que ya comenté el miércoles pasado, un periodista sin escrúpulos extorsiona, según él con elegancia, a un político también sin escrúpulos. En otro, un funcionario del gobierno del Estado de México y un empleado de la empresa constructora OHL exhiben los modos de hacer obra pública en nuestro país: a punta de malas artes, a punta de arreglos apegados al más oscuro manual de procedimientos ilegales en materia de contratos.
¿Por qué tienen éxito estos productos no nacidos en el periodismo sino en la vendetta entre grupos y particulares? ¿No deberíamos darles la espalda si de antemano sabemos que son ilegales? Lamentablemente, eso es imposible, más en un entorno caracterizado por la lucha de perros que van por la misma chuleta (un abrazo al Chuletita Orozco por sus cuatro goles, añado de paso) y no cejarán en su intento por exhibir al enemigo. En el reino del amafiamiento, de la opacidad y de la venganza como código de conducta, el audio es rey.

miércoles, mayo 27, 2015

El Tlacuache superado













Pensé alguna vez, en 2009, que la frase de César Garizurieta jamás iba a ser superada. Él era conocido con el apodo de El Tlacuache y más conocido todavía por haber acuñado la máxima máxima de la sabiduría cínica mexicana: “Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”. Tengo pocos datos adicionales sobre Garizurieta; sé que nació en 1904 en Tuxpan, Veracruz (la tierra de donde zarpó el Granma con rumbo a la epopeya barbuda), y que se distinguió como abogado, político y diplomático, donde confirmó en carne propia su teoría de no vivir en el error. Murió en 1961.
Pues bien, gracias a un video pudimos ver que un periodista poblano (periodista en un sentido sumamente laxo, hay que aclarar) acuñó una frase de ésas que merecen estar en letras de oro y a la vista de todos, pues ilustra a la perfección el grado de inmundicia al que ha llegado la relación entre cierto periodismo y nuestro agusanado poder político. En esta historia ni siquiera son necesarios los nombres propios, pues da lo mismo que sean quien sean los que se mueven en estos albañales.
En el video de marras (así escribían los periodistas de la vieja guardia: “de marras”) todo es corrupto, comenzando por el lenguaje, una mezcla de insolencia carretonera con fraseo pirruris, muy en el estilo privado y seudojocoso de Lorenzo Córdova. Como delincuentes de pura cepa, un periodista y un político aclaran puntos. El periodista lo chantajea: le dice al político que si no afloja diez millones, saca a la luz una grabación. El político le explica que no tiene esa suma, se escurre por peteneras y se hace el desconcertado mientras el periodista le dicta cátedra casi de manera condescendiente, como lo haría un profe sereno frente a un fósil.
Por allí, casi al final, el periodista defeca la frase luminosa: “Mi negocio es administrar la reputación de los periodistas”. Lo que no sabía es que el político lo estaba videograbando, y que luego editaría el material para dar a conocer lo que le convenía para sacarse de encima al chantajista.
Todo aquí es pútrido: el contexto del golpeteo más bajo que arrastrarse pueda en nuestro país, la maniobra del político que graba y exhibe a su enemigo, el prepotente cinismo del periodista que amaga como si tuviera todos los cochinos hilos en la mano. En fin, cierto que se trata sólo de un botón entre los muchos que seguramente hay en la mercería, pero de todos modos, dado su valor, no es descabellado que quede impreso a cincel para beneplácito de la eternidad: “Mi negocio es administrar la reputación de los políticos”. Una finura.

sábado, mayo 23, 2015

Cortázar y la "mecánica de chicle"
























Un campesino me describió la situación con esta metáfora: “Los que se van del rancho son como las sandías: crecen más allá de donde los plantan, pero no se despegan del origen”. Asombra la sencillez de la imagen porque describe a la perfección lo que frecuentemente pasa con quienes se van: que por más tierra o agua que pongan de por medio, se llevan la atmósfera de la niñez y la juventud adherida como un fantasma en el alma y jamás terminan por desprenderse.
Entre los escritores hay muchos ejemplos de distanciamiento forzado o voluntario. Uno de los más famosos es el de Cortázar, quien luego de nacer, casi por accidente, en Bélgica (1914), pasó de niño a su espiritualmente natal Argentina. En Banfield, un suburbio del llamado Gran Buenos Aires, transcurrió su decisiva juventud y allí comenzó el largo camino que décadas después lo llevaría a convertirse en uno de los protagonistas de la literatura mundial.
En Cortázar por Buenos Aires, Buenos Aires por Cortázar (Seix Barral, 2013), el escritor y periodista Diego Tomasi (Morón, 1982) rastrea el pasado del autor de Rayuela entre las calles, las amistades y los oficios que luego, cuando tomó la decisión de brincar definitivamente el Atlántico, alimentarían su nostalgia y sus papeles. Se trata entonces de un libro importante en la amplia bibliografía sobre Cortázar, ya que saca a la luz la enorme influencia que la Capital Federal tuvo sobre un autor que pese a su ulterior radicación europea jamás dejó de mirar con gratitud su pasado porteño.
Tomasi escudriña sobre todo en las amistades que sobreviven a Cortázar y en su abundante correspondencia. El trabajo de investigación, ciertamente complicado debido a que entre 1930 y 1950 el inmenso cuentista era un joven absolutamente desconocido, rinde frutos espléndidos, tantos que Tomasi puede incluso calcular los días exactos que Cortázar pasó en Buenos Aires: alrededor de seis mil días, “menos de una cuarta parte de su vida”. Sin embargo, más allá de ese cómputo a todas luces aproximado, apunta: “ese juego matemático es eso. Un juego. Un juego de números que no guarda relación con la enorme influencia que la ciudad ejerció sobre él”.
La gravitación de Buenos Aires en el espíritu de Cortázar tiene que ver directamente con lo desafiante y enriquecedor que fue, a un tiempo, su etapa de formación. La capital fue el primer estímulo de su voraz cosmopolitismo, el sitio donde halló la literatura francesa, el jazz, la pintura, el cine, el aprendizaje de la traducción profesional como trabajo alimenticio, los afectos para siempre.
Tomassi examina cronológicamente los pasos de Cortázar, sus estancias de trabajo en Bolívar, Chivilcoy y Mendoza, su relación con familiares y amistades, el encuentro con Aurora Bernárdez, su contacto con Borges, su trabajo en la Cámara del Libro, su despacho de traductor y en general su relación, entre tersa y áspera, con una ciudad que, sin que él lo sospechara, estaba marcando para siempre su literatura.
Es de suponer que la vivencia europea de Cortázar está mejor documentada que la porteña, pues la fama que construyó en París a partir de los sesenta propició una avalancha de entrevistas, reconocimientos, ensayos y fotografías. Se sabe menos, mucho menos, sobre la andanza cortazareana en el ámbito argentino, el de su juventud. Por ejemplo, sobre la nula relación con su padre. Tomasi la recuerda en un pasaje memorable, cuando Julio Cortázar padre le escribe a su hijo ya adulto y le pide que firme sus textos de prensa con el añadido del segundo nombre. El escritor, distante, le respondió así: “Con mi nombre Julio Cortázar he publicado un libro, y numerosos ensayos en revistas de B.A. Por una simple razón de mantenimiento profesional de mi nombre, sumándose a otra de eufonía que me interesa más que la anterior, no puedo incorporar mi segundo nombre, ni siquiera su inicial”. La inicial a la que se refiere es la “F”, de “Florencio”.
Cortázar tomó la decisión de abandonar Buenos Aires. Se va de allí en octubre de 1951, en barco y despedido por sus cercanos. Lo que siguió fue adueñarse de París, cierto, y comenzar el amplio armado de sus mejores libros. Pero no pudo evitar que los aires de Buenos Aires llegaran hasta su buhardilla y alimentaran sus relatos. La ciudad formativa y rechazada se convirtió entonces en una especie de chispa permanente para encender la nostalgia creativa. Lo expresó en una carta a su amigo Eduardo Jonquières, variante metafórica de la sandía que mencioné al principio: “Irse no es nada. La cosa es darse cuenta que hay una mecánica de chicle, que te has quedado adherido y te vas estirando”.

miércoles, mayo 20, 2015

Esos imbéciles












En menos de cuatro o cinco días vimos, gracias a la magia de la comunicación chirinolera y global, tres escenas imbéciles relacionadas con el fanatismo futbolero. La primera en la Bombonera, estadio de Boca Juniors; la segunda en el Jalisco, sede del Atlas de Guadalajara, y la tercera en el aeropuerto de El Prat, de Barcelona. A su modo, de bulto, esas tres manifestaciones equivalen a lo mismo: la intolerancia estúpida a la que ha llegado cierta afición para demostrar que su equipo es “el mejor” y para evidenciar que en el negocio de la supremacía no sólo se requieren goles y campeonatos cosechados en la cancha por los jugadores, sino también la participación directa de los aficionados dispuestos a cualquier barbaridad con tal de lastimar a quienes los contradigan, léase jugadores o aficionados de los equipos rivales.
Vistos por partes, advertimos que en los tres hechos hay un componente de frustración gratuita. Al medio tiempo del Boca-River iban 0 a 0, marcador que en la vuelta de la Libertadores clasificaba a los llamados Millonarios gracias al 1-0 obtenido en la ida. ¿Y qué pasó? Que algunos “barras” (apócope de “barrabrava” o hincha radical) de Boca no pudieron esperar el segundo periodo y con gas pimienta decidieron ayudar a los enemigos, pues era lógico que el agente químico impediría la continuación del partido. Eso pasó, y junto con el escándalo, la eliminación de Boca sin segundo tiempo, la obligación de jugar cuatro partidos a puerta cerrada y una multa, todo por la crasa imbecilidad de cinco o seis pelotudos, dicho esto en el caló de allá.
Durante el domingo de Liguilla en México algunos aficionados del Atlas, atravesados por una frustración legítima pero que jamás merecerá importancia, saltaron a la cancha cuando las Chivas ya habían aplicado cuatro vacunas al atlismo. En lugar de enojarse y gritar con toda la energía de sus pulmones, límite al que debe llegar cualquier catarsis futbolística, los macacos acometieron con el fin de lastimar. El resultado: una mayúscula ridiculización y un veto al estadio Jalisco, o sea, nula ayuda a su equipo.
Y por estos mismos días, lo del aeropuerto levantino, lugar donde unos aficionados del Madrid atacaron a sus homólogos y archirrivales catalanes. En suma, una bestialidad absurda y muy ingenua, pues sólo un cabeza chata puede atacar físicamente a otro por motivos de futbol. Imposible concebir mayor descenso a la agresividad —sin asideros lógicos— de parte de la mente humana, por adjetivar de algún modo la bicoca gris de esos imbéciles.

sábado, mayo 16, 2015

Puertas de papel




















Las preguntas aparecen cada vez con mayor frecuencia: ¿qué han sido y qué son hoy los libros, qué pasará con ellos, cuál es su destino en un mundo gradualmente dominado por la comunicación electrónica, en qué se convertirá la lectura si todo sigue como hasta ahora? Arnoldo Kraus (Distrito Federal, 1951, médico y profesor de medicina en la UNAM, articulista y autor, entre otros libros, de Apología del lápiz y Cuando la muerte se aproxima) ha pensado en esas preguntas y en Apología del libro (Conaculta, México, 2012) ofrece algunas respuestas atendibles no sólo por quienes creemos en este objeto —es decir, lectores que no necesitamos ninguna conversión— sino, sobre todo, por quienes desconocen o han renunciado al libro como transformador del alma humana.
Este libro sobre el libro es un ensayo libre, personal, sereno, como pensado con el chip de Montaigne puesto en la cabeza. Sin dogmatismo, sin desgarrarse la piel para demostrarnos que es verdad lo que poco a poco afirma, sin atestar de citas eruditas su reflexión, Kraus nos convida un paseo por su pasión bibliográfica. Es un paseo lento, a pie, como bien cuadra a un recorrido sobre este tema.
En las páginas va quedando pues asentada su certeza sobre el valor todavía fundamental del libro como organizador de la sensibilidad y la memoria de nuestra especie. El contraste, claro, se establece entre el libro y los soportes que lo han colocado en una zona marginal, más marginal que la padecida por el libro antes de la aparición de internet. Kraus exalta las bondades del objeto, las enumera: el contacto con el papel, el olor de la tinta, la posibilidad de escribir con mano humana sobre sus hojas y todo eso. En la acera opuesta, la lectura sobre pantallas, siempre vertiginosa, irreflexiva, facilista, entrecortada, fragmentaria y superabundante, tanto que hoy se ha hecho de códigos (“mensajes abreviados, casi sin idioma”) en los que nada entra en real contacto con nada y todo se consuma en el plano de la virtualidad.
Apología del libro, objeto editorial bellamente ilustrado por el maestro Vicente Rojo, es en el fondo un sereno llamamiento a quienes todavía sientan que puede ser posible, sin renunciar a las nuevas tecnologías, creer en el libro como arma civilizatoria principalmente porque con él podemos hacer algo que no excede las capacidades humanas: pensar con calma, reflexionar con hondura, sentir que gracias a estas puertas de papel entramos de veras en contacto con nuestros semejantes debido a la magia de la impresión real.
Podrá ser un clamor en el desierto, no sé, pero yo lo acepto y, como Arnoldo Kraus, seguiré siguiéndolo.

miércoles, mayo 13, 2015

Ciudadano postergado




















Es un fenómeno común en México y en los países que, como el nuestro, padecen un registro alto de corrupción e impunidad. Me refiero a la eterna postergación del bienestar ciudadano. Aunque no sea parámetro pese a que debería serlo, en países civilizados el Estado de bienestar es la prioridad: que todos tengan todo lo que se requiere para pasar la existencia con dignidad, sin carencias ni sobresaltos de todos los colores.
Insisto en que no podríamos compararnos con Finlandia o Alemania, aunque no hay razón para no hacerlo al menos con el fin de colocar la mira donde la dignidad del ciudadano es respetada, porque terminaríamos llorando. No hay que soñar con tanto, es verdad, dado que si algo nos caracteriza es el rezago y acaso ya la imposibilidad de salvación, pero tampoco debemos ponernos demasiado laxos. Es intolerable, por ello, la propaganda que primero simula mesura, mediana insatisfacción, para luego arremeter con una sarta de logros que sólo son momentáneamente reales para los actores del anuncio. Son esos mensajes proselitistas, todos vulgares, que abren con un diálogo en teoría espontáneo, familiar, amiguero, y pronto brincan a la demagogia más desenfadada.
Que la electricidad está bajando, que la gasolina ya no va a subir, que los principales campos del narco ahora sí están cayendo, eso y mucho más suministran tales anuncios. ¿De veras la electricidad está bajando? Jamás lo he notado. ¿En efecto ya no subirá la gasolina? Ah, qué bien, como si fuera posible olvidar el megagazolinazo de enero. ¿Que están cazando a los capos más pesados? Uy, qué bárbaros, como si tuviéramos la certeza de que el Chapo es el Chapo.
Como los funcionarios que se hicieron cínicos cuando fueron pillados un fraganti haciéndose de casas en lo oscurito, los jefes de propaganda ya no tuvieron opción: o mentían pesado o mentían pesado, y es lo que están haciendo. En la vida real el ciudadano sigue comprando menos con lo que gana, sigue sufriendo servicios médicos y educativos de octava, sigue recibiendo pensiones de limosna, sigue zozobrando en la falta de seguridad, sigue, en suma, postergado como ciudadano, humillado y ofendido por quienes deberían servirlo.