sábado, agosto 16, 2014

Monedas y alfajores
















El dinero es muy extraño y jamás ha dejado de sorprenderme la permanente abstracción de su valor. Uno suele pensar que sólo compra objetos y servicios, por eso cuando el dinero compra dinero hay algo que me atrevo a llamar "mágico". Lo que cuento me ocurrió a una cuadra de la plaza principal de Morón, en el Gran Buenos Aires.
Como lo viví allá con frecuencia, me quedé sin cambio para el bus que usa un sistema de cobro electrónico, similar al del teléfono público. Como el chofer no carga dinero, es imposible subir al bus sin dinero de baja denominación y en metálico para el tragamonedas. En Argentina pude notar de inmediato que hay escasez de morralla, así que me sentí desamparado cuando vi que en mis bolsillos no había monedas sueltas, sólo billetes, y ya se me hacía tarde para buscar cambio con la compra de cualquier cosa, pues lo más seguro es que en las tiendas me darían el vuelto con billetes de baja denominación, no con monedas. Entonces hallé mi salvación: una especie de casa de cambio improvisada sobre una mesita en la acera (o “vereda”, para decirlo en argentino). La atendía un tipo de facha torva, a quien le pregunté por las pilitas de monedas que tenía exhibidas allí. Me respondió que me daba siete pesos en monedas y dos alfajores por cada diez pesos que yo le diera en billete. Así arreglé mi asunto. De golpe, con un avejentado billete de diez pesos argentinos, compré siete pesos en monedas argentinas y dos alfajores de la más ínfima calidad.
Como cualquiera, yo había cambiado pesos mexicanos por moneda extranjera: dólares, euros, pesos argentinos, pesos chilenos y alguna vez libras esterlinas. Lo que jamás imaginé fue, literalmente, comprar dinero de un país por dinero del mismo país. Traté de hacer el cálculo de la ganancia que tuvo el vendedor de monedas. Por cada diez pesos argentinos en billete argentino daba siete pesos igualmente argentinos en monedas y los dos susodichos alfajores. Calculo que la golosina costaría, a lo mucho, cincuenta centavos cada una, así que la ganancia neta del cambista callejero era, digamos, de dos pesos por cada transacción. Mis pesos en morralla, pues, eran pesos caros, pero luego de darle algunas vueltas en la cabeza alcancé un poco de mayor claridad sobre el asunto: el tipo no vendía monedas argentinas por billetes argentinos, sino un servicio: el de ahorrarme el estrés de andar buscando morralla por toda la ciudad a una hora inadecuada, además de agasajarme (es un decir) con la golosina.
De todos modos, nunca olvidé la situación y todavía recuerdo que me alegré al tener de golpe, y sin sufrir, siete pesos en monedas que me servirían casi para cuatro accesos al bus. De los alfajores ya no digo nada; traté de mordisquear uno, y dejé el otro olvidado a propósito en un asiento de la unidad que cubre la ruta 166, tan odiada por mi querido amigo Fernando Veríssimo.

Nota: Me preguntan sobre el alfajor argentino, que si allá es igual que el de México. Mi respuesta es no. Yo también creí eso cuando leí que Borges lo menciona en “El Aleph”: “Beatriz Viterbo murió en 1929; desde entonces, no dejé pasar un treinta de abril sin volver a su casa. Yo solía llegar a las siete y cuarto y quedarme unos veinticinco minutos; cada año aparecía un poco más tarde y me quedaba un rato más; en 1933, una lluvia torrencial me favoreció: tuvieron que invitarme a comer. No desperdicié, como es natural, ese buen precedente; en 1934, aparecí, ya dadas las ocho, con un alfajor santafecino; con toda naturalidad me quedé a comer. Así, en aniversarios melancólicos y vanamente eróticos, recibí las graduales confidencias de Carlos Argentino Daneri”. Durante algunos años, pues, antes de internet y antes de conocer Buenos Aires, creí que el alfajor que a veces nos compraba mi madre era casi universal, pero luego advertí que era un producto harto distinto al mexicano. Ambos alfajores sólo se asemejan en su condición de golosinas, de postres harto empalagosos. El mexicano es (como se ve en la foto de acá abajo) coco casi molido y mezclado con azúcar, luego deshidratado y compactado en barras sólidas que en una de sus caras tiene un pigmento rosa Tamayo. El argentino es una especie de sándwich de galleta con una especie de leche quemada (o cajeta) en medio y cubierto con chocolate oscuro o blanco, una golosina similar al Mamut mexicano de aquel imborrable anuncio: “Para ese apetito feroz, ¡Mamut, Mamut!”. La palabra “alfajor” (un arabismo sin duda) es de mi total querencia porque siempre me recuerda a mi madre, quien toda su vida ha gustado de los dulces regionales que tantas veces supo compartirnos. Por eso, cuando vi esa palabra en un cuento de Borges me sentí más cerca de la escena, pese a que no era ni será el alfajor materno.



















miércoles, agosto 13, 2014

Teibolear o no teibolear, he ahí el dilema












Cuando estalla un petardo de ese tipo (son petardos, no bombas, y en el fondo no hacen nada) lo peculiar no es el escándalo en sí, sino las explicaciones ulteriores de sus protagonistas y la moraleja de la fábula. Me refiero al video que parece videoclip de Bandamax pero en realidad ilustra parte de lo ocurrido en una fiesta organizada por o para señalados panistas que luego de sus arduas labores se regalaron unos momentos de salaz (escribí “salaz”, no es errata) y esparcimiento.
Si usted no lo ha visto, no se pierde de nada. Sólo imagine un lujoso penthouse (escribí “penthouse” y eso me hizo recordar aquella magazine ya legendaria en el mundo de las pubertas manualidades) en el que unos pirruris otoñales interactúan amenamente con varias chicas superpoderosas, todas salvajemente gruperas. Uno de los comensales, el más animado, es Luis Alberto Villarreal, diputado federal panista que en el video se desenvuelve sobre la improvisada pista con unos pasos que le envidiaría el mismísimo Latin Lover en el certamen Bailando por un sueño. Villarreal abraza a una chamaca prominente sólo en términos corporales, y lo hace con un estilacho que delata miles de kilómetros de dancing club recorridos. Su compañera es la única identificada, aunque con un seudónimo: la llaman “Montana”, y es una beldad esculpida en laboratorio, de ésas que también mueven a sentir nostalgia por el glorioso Libro Vaquero.
Por allí, sentado en la mamalona terraza, anda también Martín López Cisneros, quien parece estar sólo al acecho de las chicas que quedan a su alcance para propinarles pellizquitos en la kardashiana retaguardia. Otro que se nota alegre, aunque sobrio, es Alejandro Zapata Perogordo: su diálogo con una de las acompañantes contratadas ex profeso para alegrar la difícil vida de los diputados parece desarrollarse casi diplomáticamente, aunque no falta que entre frase y frase comience cierto cachondeo preludial, anuncio de mejores lides.
Uno más, no legislador de nuestra hermosa república teibolera sino achichincle identificado como José Alfredo Labastida, entra al penthouse con dos chicas más, ambas con la misma catadura videorrolesca que ameniza con sus curvas el guateque. No podemos dejar de lado la mención al conjunto que interpreta melodías ad hoc, un tributo a Venus Rey, aquel cuasisempiterno líder sindical acuñador del dictum “La música viva siempre es mejor”.
Los diputados del blanquiazul y sus fieles colaboradores buscan un poco de relax en tal ambientazo. Es imposible saber, claro, si la sana diversión fue pagada con dinero de particulares o público, pero nunca falta que los receptores del mensaje maliciemos que gastos de dicha naturaleza han tenido como origen alguna caja chica gubernamental o en este caso legislativa.
El diputado Villarreal mandó una carta de risa loca a Reporte Índigo (medio que difundió el videclip); dice: “1.- Asistí como invitado a un evento privado, fuera de cualquier actividad relacionada con la reunión plenaria. 2.- El Grupo Parlamentario a mi cargo, no organizó dicho evento, por tanto, niego categóricamente que haya existido uso de recursos públicos para solventar tal evento, como se sugiere en la nota periodística. 3.- Ofrezco una disculpa a quienes haya lastimado mi participación en ese evento. Los hechos no reflejan mi trabajo y compromiso al frente del Grupo Parlamentario como Coordinador. Esta ha sido la Legislatura con mayores logros, que fueron construidos por el GPPAN”. No sé a ustedes, pero a mí me encanta el eufemismo “evento” metido tres veces con calzador en la explicación.
Al final, la moraleja: hoy no es suficiente con evitar recintos como el téibol u otros de semejante envergadura (sin albur). Con los celulares modernos el balconeo es ubicuo y llegó para quedarse.

sábado, agosto 09, 2014

Sistema de alarma












Es una mera percepción, pero tal vez ustedes la comparten: dialogue con cualquier familiar, amigo, compañero de trabajo o hijo de vecino ocasional, saque el tema de los gastos habituales y tal vez comprobará lo que califico, en mi caso, de “mera percepción”: que todos andan a gritos y sombrerazos. Los economistas lo explican bien, pero necesariamente, por exigencias de su instrumental teórico, deben apelar a tecnicismos que la raza de bronce no alcanza a comprender. ¿Qué es lo que sí comprende, entonces? La respuesta a esta pregunta la encontramos incluso sin querer en cualquier charla: apenas conversamos sobre los gastos quincenales y de inmediato salen a relucir los faltantes, las estrecheces, las deudas, todo aquello que nos tiene arrinconados y contra las cuerdas. El deterioro del poder adquisitivo ha llegado a tal extremo que en general (revise cada quien su caso) el sueldo de quince días no alcanza ni para una semana, de suerte que la vida es hoy un permanente zozobrar en el sentido náutico de la palabra: “Dicho de una embarcación: Peligrar por la fuerza y contraste de los vientos”.
Ante la pérdida galopante de bienestar lo lógico es pensar en dos reacciones: el enojo, que se da y queda de manifiesto en las susodichas charlas y, por supuesto, en las redes sociales. Todo es, por ejemplo, que lleguemos al gasolinazo nuestro de cada mes para que cundan por el país millones de mentadas de madre tuiteras y feisbuqueras contra Peña Nieto. E igual con las reformas, e igual con todo lo que el ciudadano percibe como puñalada trapera a la economía doméstica. La otra reacción, consecuencia obvia del enojo, sería la búsqueda de un cambio. ¿Qué debo hacer para que mi economía no se venga a pique, para que no “zozobre” como el barquito ya mencionado? Pues chambear más, bajarle al gasto, racionar el pan, buscar nuevas entraditas (“rebusques”, como dicen los argentinos) y si se tienen picardía y pocos escrúpulos, chingar al que se deje.
La lista de acciones a seguir para emigrar del hoyo es previsiblemente individualista. Quizá incluya a la pareja, o al amigo que anda en las mismas y quiere convertirse en socio, o al hermano que puede echar la mano en algún jale, o a la divina providencia que en teoría nunca nos deja solos, pero al final de cuentas es la lucha de un hombre contra el mundo, una iniciativa que en ningún momento piensa en lo verdaderamente colectivo, en la participación de muchos que atraviesan la misma mala circunstancia y desean revertirla.
El sistema de alarma social está inevitablemente encendido. La irritación real, aunque dispersa, de las redes sociales nos habla de verdaderas legiones, por ejemplo, de antipeñanietistas, pero el foco rojo y las sirenas no convocan a nadie. La pregunta aquí es también lógica: ¿por qué? La respuesta, como cualquier respuesta a un fenómeno social, es compleja, pero sin duda pasa por el desprestigio inducido de todo lo político.
No sé cuándo, no sé cómo, pero el poder en México fue descubriendo, hasta dominarlo con maestría, que la mejor política para mantenerse en pie y seguir medrando era desprestigiándose a sí misma, tanto que hoy todos los políticos son, en el imaginario nacional, una mierda; todos los partidos, nidos de pránganas; todos el aparato electoral, un armatoste sin credibilidad, lo cual no está muy lejos de ser cierto, pero no al grado de que incurramos en generalizaciones desactivadoras.
Más que nunca se da hoy la vieja paradoja: no hacer ninguna política es hacer mucha política. La parálisis es pues la contracara de la hegemonía a la que estamos sometidos por quienes sí hacen, así sea nauseabunda, mucha política.

miércoles, agosto 06, 2014

Juan Gelman tras bambalinas

















Por segunda vez en cinco años vino Juan Gelman a Torreón. El autor de Gotán ofreció un espectáculo, precisamente, de gotán y poesía, lo que a muchos nos cuadró al grado de considerarlo una maravilla de la combinatoria artística. Oír los poemas de Gelman en la voz del propio Gelman, oírlo acompañado por contrabajo, guitarra y bandoneón, fue una suerte de momento hipnótico que por instantes, lo aseguro, detuvo el tiempo en la conciencia de los espectadores. Pocas veces, o nunca, más bien, yo había visto en La Laguna una solicitud imperativa, con aplausos, de más poesía al final del espectáculo. ¿Un encore para seguir oyendo poemas? Sí, así fue, los más de cuatrocientos laguneros que allí estábamos nos levantamos de la butaquería para exigir que el poeta saliera otra vez del camerino y nos leyera un extra, un puñadito más de versos acompañado por el bandoneón de Rodolfo Mederos.
Yo anticipaba algo grande, pero no tanto. Hace cinco años, en 2007, Gelman estuvo con nosotros y leyó, sólo leyó, e igual recibimos con emoción su extrañamente poderosa literatura. En aquella visita le organizamos una cena a la que concurrimos como veinte laguneros y en la que pudimos dialogar en corto y hacer fotos. Recuerdo que esa cena se debió a mi previa alarma: “¿Cómo —les dije a muchos compañeros—, viene Gelman a Torreón y no vamos a celebrarlo como merece? Ese hombre es candidato al Nobel”. Recuerdo que lo entrevisté en el restaurante del hotel Marriot (nunca vacié aquel diálogo de la grabadora al papel) y, creo, le regalé algún libro. Gelman, amable, me pidió datos domiciliarios y pocas semanas después, en algo que ya conté, me llegó un sobre con un libro dedicado el mismo día en el que todo mundo supo que le otorgaban el premio Cervantes. Aquella coincidencia fue perfecta, tanto como las otras que hace dos semanas descubrí y paso a contar.
Llegué al teatro Martínez y pasé directamente al camerino. Gelman estaba allí, conversaba con el poeta saltillense Miguel Gaona y con Juan Huerta, ambos de la Secretaría de Cultura de Coahuila, organizadora de la presentación. Los saludé y noté que el pelo canoso y más largo del poeta lo avejentaba un poco más; le recordé, sin forzarlo a que lo recordara, nuestro breve encuentro de 2007. Hizo un gesto amable y de golpe le disparé mi inquietud:
—Mire lo que traigo, maestro.
—¡Mirá, bueno!, ¿de dónde sacaste esto? —dijo.
Lo que le mostré es Violín y otras cuestiones (Gleizer, 1956), la primera edición de su primer libro. El poeta sonrió incrédulo, tomó el ejemplar y lo hojeó sin dejar de hablar bajito, un poco desconcertado por la sorpresa.
—Hace tanto… —agregó—, no puedo creerlo.
—Pues sí, ojalá pueda dedicármelo —pedí.
Mientras tomaba asiento para escribir sobre la primera página del libro, le comenté rápido la coincidencia del libro que me envió desde el DF y llegó a Torreón exactamente el día en el que los periódicos anunciaban su premio Cervantes. Le dije que ahora yo había notado otras coincidencias: que el libro que me mandó aquella vez era Carta a mi madre, y que él, Gelman, nació en 1930, justo el mismo año que nació mi madre, y que si publicó Violín y otras cuestiones en 1956, él tenía entonces 26 años, justo la edad que yo tenía cuando publiqué mi primer libro. Gelman oía esto mientras escribía la dedicatoria. Como remate, le dije que me agradaban esas coincidencias. Levantó entonces la cabeza, me dio el libro, me devolvió la pluma y dijo con su tono de porteño ya cansado:
—Bueno, nada es gratuito, todo es lo que es por algo.
Tres minutos después, Gelman pasó al escenario y nos emocionó con sus versos.

sábado, agosto 02, 2014

Instrucciones en la heladería




















En mi reciente viaje a Parras me prometí una total, o casi total, desconexión de mis actividades habituales. Esos cinco días estaban destinados por completo para mis hijas, así que no cargué con la lap top, me quité el reloj de pulsera y aunque cargué el celular me impuse el encargo de no echar un ojo al buzón del correo electrónico, ni al blog ni a tuiter. Más: ni siquiera cargué un libro para evitar que un pedazo de papel robara tiempo a mis pequeñas. La fórmula me funcionó casi a la perfección: sólo leí links a notas periodísticas acarreadas por tuiter y algunos mails que por supuesto no contesté. Creo no equivocarme si afirmo que no tuve un solo sobresalto durante el viaje y todo transcurrió con nirvánica tranquilidad.
Bueno, también “casi”. Me sentía en la paz absoluta de aquel oasis cuando en una heladería vi el instructivo que me inquietó. Parecido a los que nos indican qué hacer en caso de incendio o sismo, éste lucía un encabezado peculiar: “Qué hacer en caso de balacera”. Siempre he tratado de ser observador, y reparé en el aviso porque jamás lo vi en negocios laguneros. Le hice una foto, claro, porque me pareció extraño que en Parras, súmmum de sosegado aislamiento, se aleccionara a los clientes sobre cómo reaccionar ante la contingencia del fuego cruzado.
La sintaxis del instructivo no era precisamente la de un estilista de la lengua castellana, y los dibujos de señalética de alguna manera incurrían en cierto humor involuntario, pero todo junto lograba el propósito de ayudarnos a maniobrar en medio de los hipotéticos plomazos. Las indicaciones eran, obvio, sintéticas: “1. Ante todo conserva la calma”, y aquí el monito de señalética que simplemente nos mira de frente. “2. Tírate al piso y busca dónde resguardarte, no te levantes rueda y arrástrate”, y aquí el monito en posición de gateo. “3. Utiliza los muros de concreto y permanezca acostado, tranquilo(a) y lejos de ventanas”, y aquí el monito recargado en una pared de ladrillo que al lado luce la imagen de un estallido como de bomba. “4. En vehículo, agáchese y proteja con su cuerpo a los menores, y evite salir huyendo a alta velocidad”, y aquí un mono adulto y otro niño dentro de un coche”. “5. Resista la tentación de levantarse o correr”, y aquí un monito corriendo dentro de un círculo atravesado con una raya para indicar la restricción. “6. Evita ser un héroe, no confrontes a los delincuentes”, y aquí el mismo círculo, la raya restrictiva y dentro las siluetas de Batman y Robin. “7. No tome fotos ni trate videograbar la situación”, igual, el círculo, la raya diagonal restrictiva y una cámara fotográfica. “8. Sea paciente. Espere que la actividad cese por lo menos 20 minutos”, y aquí un monito de señalética haciendo yoga en la famosa posición de loto.
Durante el calderonato genocida e impune los laguneros padecimos balaceras un día sí y otro también. Nunca, que yo recuerde, las autoridades federales responsables de la violencia inducida y funcional al propósito intimidatorio del gobierno nos informaron con claridad sobre nada. Ni sobre lo que estaba pasando ni sobre lo que debíamos hacer en caso de balaceras. No le importaba.
Mejor una mano anónima, con mala prosa y deficiente diseño gráfico, pero buena voluntad, trató de orientarnos ante una realidad que en cualquier parte, hasta en Parras, nos podía colocar en medio de ráfagas propiciadas por la delincuencia de los delincuentes y la del gobierno, que fue y sigue siendo la peor.

Volver a Parras












Escribo en Parras de la Fuente, Coahuila. Como en otras ocasiones, he traído a mis hijas para pasar algunos días de vacaciones. Es el paraíso que los laguneros tenemos más a la mano, aunque no siento que lo hayamos valorado de esa forma. Para empezar, tiene un clima que en poco se parece al infierno que se asienta en La Laguna durante meses y meses. Acá hay varios grados menos de calor, siempre, y eso es para mí su bondad más inmediatamente celebrable.
Pero hay más. Es un sitio donde la tranquilidad es casi tangible, donde el tiempo corre a otro ritmo, y esto corresponde perfectamente con su belleza colonial. Sentado en cualquier sitio parrense, hay momentos en los que logra percibirse incluso una suerte de petrificación total del tiempo, lo que produce, si uno anda bien dispuesto al asombro, éxtasis que en algo debe parecerse al de los poetas místicos.
Voy (vengo) a Parras cada que puedo. Creo que tengo cinco o seis años sin fallarle durante las vacaciones y en todo momento siento que su sosiego me permitiría, en una estancia prolongada, escribir sin los sobresaltos habituales de las urbes dizque modernas como Torreón. Es pues un lugar ideal para un retiro creativo, y me extraña que a la fecha no haya cobrado todavía el impulso que por ejemplo tiene San Miguel como santuario de la creatividad.
En estos años de convivencia más cercana con Parras he ido conociendo mejor el discreto encanto de su simpatía. Todo su centro es fotografiable con o sin modelos, esto porque la arquitectura, las puertas y los herrajes han sido alejados del virus modernólatra que tanto cunde en el proyanqui norte mexicano. De un año a la fecha me gustó ver, por caso, que los anuncios de sus tienditas fueran radicalmente uniformados en un estilo de rótulo discreto y pintoresco, lo que aleja la invasión de viniles, espectaculares y neones que nada añaden al entorno de las ciudades con aroma virreinal.
Por lo menos para los torreonenses, gomezpalatinos, lerdenses y conexos, Parras tiene, a saber, tres ventajas: 1) nos queda cerca; 2) hay posadas, hostales y hoteles para todos los presupuestos y 3) el más importante: se trata del lugar más próximo donde podemos sentir en serio el rostro mestizo de la Nueva España.
Creo que con eso basta para hacerlo un lugar dgno de nuestra bienquerencia.


sábado, julio 26, 2014

De antología














Inolvidable aquel hombre ilusionado que me compartió la inquietud de publicar un libro de su cosecha. Me mostró el obeso engargolado que en la primera página ostentaba el registro ante Derechos de Autor. Luego, en la segunda cuartilla, el voluminoso monstruo de palabras ofrecía su título: Antología de mis poemas, y el dibujo de una flor, un tintero y una espectacular plumota de ganso. No era necesaria más información para saber de qué iba el asunto, pero atreví algunas tímidas y educadas preguntas.
—¿Quién armó la antología?
—Yo mismo, señor.
—¿Usted mismo?
—Sí, fue muy sencillo.
—¿Cómo lo hizo?
—Junté mis poesías y las convertí en una antología.
—¿Ha publicado algo antes?
—No, esta antología será mi primer libro.
—¿Entonces usted mismo seleccionó sus poemas?
—Sí.
—¿Y qué criterio usó para escoger los mejores?
—¿Cómo que los mejores? No usé ningún criterio. Los metí todos. Todos me gustan.
—Bien, bien…
No recuerdo qué alardes de prudencia usé para articular una explicación que sonara convincente acerca del arte de antologar. De entrada, le dije que la palabra “antología” no cuadraba con su proyecto. Que lo mejor era ponerle simplemente un título (Mis poemas, Sentimientos, Instantes poéticos, el que fuera), pues la noción de “antología” (o “muestra” o “selección”) encerraba la idea de que tomamos una parte de un todo, y lo que él había preparado era un “todo” tal cual, pues no había excluido nada. Mi explicación fue inútil, y se defendió.
—Bueno, sí dejé fuera algunas poesías, las primeras. No me gustaron, además de que las dediqué a una mujer con la que ya no ando.
—Pero es casi lo mismo, pues otro sobrentendido de toda antología es que trabaja sobre material ya difundido del que alguien, no el autor, escoge lo que a su juicio es “mejor” o más “representativo” de un escritor, de una generación, de un país, de un tema, de un género, de un conjunto equis.
Fue inútil; siguió la autodefensa:
—Bueno, yo no he publicado, pero creo tener el criterio suficiente para saber qué es lo mejor que he escrito. Si no fuera así, ni siquiera lo hubiera incluido en mi libro. Además, no confío en nadie para elaborar mi antología. ¿Y si el fulano selecciona las poesías que menos me gustan? ¿Eh?
A esas alturas ya me había dado plena cuenta de que estaba ante un nuevo género literario: la autoantología total, aquélla que elabora uno mismo con un procedimiento que hace imposible cometer injusticias, pues integra todo el material habido y por haber, sin discrimen alguno, con una implacable manga ancha. Pensé por ejemplo en una antología de Alfonso Reyes armada con este método: saldría un extraño libro de 25 o 30 mil páginas, poco más o poco menos.
Recordé la anécdota porque en estos días vengo trabajando en la antología de un poeta. Escogeré sus (a mi parecer) mejores poemas y escribiré la presentación de rigor. También lucharé para que el libro no lleve la palabra “antología” en el título, ni siquiera en el subtítulo, aunque eso no dependerá de mí, sino de la institución que me encargó la chamba. Confío en ganar. Antes de que termine el año lo sabré.

miércoles, julio 23, 2014

Tango con aroma mujer













Hasta 2004 yo pensaba que la interpretación del tango era un coto exclusivo para hombres. Los cantantes cercanos a mi oído eran, todos, sujetos engominados, elegantes, de voz grave o algo abaritonada. Carlos Gardel, Julio Sosa, Edmundo Rivero, Roberto Goyeneche, Argentino Ledesma, Rubén Juárez y otros eran sin remedio mis tangueros de cabecera, pues la voz de las mujeres en este género siempre me pareció incómoda, demasiado tipluda en casi todos los casos, incluso en los más rescatables, como los de Susana Rinaldi y Eladia Blázquez.
Me suprimí entonces el tango expresado por mujeres; lo hice sin tragedia, sin sentir siquiera que se trataba de una pérdida, pues, ya dije, esto debía ser cantado con una sonoridad ajena para mí al aflautamiento de jilguerillo cuyo mayor desastre fue perpetrado por doña Libertad Lamarque. Pero no se piense que sólo excluí mujeres; también hay voces de hombre demasiado agudas (como la de Agustín Irusta) y las puse al margen sin contemplaciones.
Así pasé muchos años. Mi convivencia con el tango tuvo su origen, creo, cerca de 1980, de manera que pasaron como 25 años para llegar a la tanguera que no sólo logró gustarme, sino que desplazó a punta de magníficas y extrañas interpretaciones a todos mis favoritos masculinos. Ella fue, es, Adriana Varela, la Gata, cantante que descubrí en 2005 gracias a un regalo. Me lo hizo David Lagmanovich, escritor argentino radicado en Tucumán; con él tuve una amistad que duró diez años, de 1999 hasta su muerte, ocurrida en 2010.
David, erudito total, supo de mi gusto por el tango y mandó a Torreón tres discos desde su país. Algo de Troilo, algo de Piazzolla y uno que vi al principio con escepticismo: el cidí donde la Gata Varela canta doce temas de Cadícamo con el apoyo musical de Litto Nebbia. Debo insistir en mi duda inicial: ¿qué podía contener ese disco que sirviera para conmoverme aunque fuera un poco? Nada, seguramente. Pero fue ésa, creo, una de mis más gratas equivocaciones prejuiciosas, pues lo que hallé en el disco fue un campanazo que sin miramientos hizo polvo todo mi gusto anterior en materia tanguística. Varela logró tanto que durante algunos años su voz, su peculiar voz, fue para mí el Tango con mayúscula, esto al grado de que luego ya no hubo macho que la igualara, ni uno.
Aunque erizadas de lunfardo, aprendí las letras de Cadícamo gracias a que Varela las cantaba con un toque mágico en aquel espléndido compacto. Su voz rasposa, entre dolorida y retadora y nasal, me llevó a sentir el tango de otra forma, a vivirlo como una emoción íntima y desgarrada. Ni Gardel había logrado eso en mi alma, así que poco a poco fui descubriendo nuevas canciones de Varela, como todas las del disco Encaje, que años después compré en Buenos Aires.
Luego internet me ha ayudado a conocerla mejor, a saber que fue descubierta por el Polaco Goyeneche y que el hombre de la garganta con arena marcó el acento áspero de las interpretaciones que algunos critican a la Gata. Sé que ella provenía del rock, y que casi por accidente llegó al tango para que muy poco después el Polaco la pusiera en el camino; ella sería «su sucesora».
Sé también que en la Argentina hay opiniones encontradas sobre Varela. Unos la adoran, otros la aborrecen. Para mí gusto es la mejor intérprete de algunas piezas como “Tango de lengue”, “Cumplido”, “Garganta con arena”, “La hermana de la Coneja” y otras. Y bueno, qué más puedo decir si ella canta como nadie “Los mareados”, el tango que más me cuadra. Nomás por eso la coloco en una vitrina. En ese nicho está sola, mujer, tanguera y, creo, victoriosa sobre una legión de hombres.

sábado, julio 19, 2014

Bienvenida bici














Hay una maniobra que frecuentemente encaramos los choferes de coches o transportes de motor: se trata del esguince, a derecha o izquierda, en el momento en el que un ciclista avanza a nuestro lado, o quizá un poco atrás o un poco adelante. Sé que todos dudamos en ese momento: apurar el paso y ganarle la vuelta o esperar a que pase y entonces doblar.  En ese instante veo, como en ningún otro, la diferencia entre la agresividad del vehículo motorizado y la indefensión de la bici, casi como si allí se condensara toda la ventaja y la desventaja de los unos y los otros, respectivamente, a lo largo y a lo ancho de las calles.
Aunque no me crean, en ese fugaz trance soy de los que esperan a que pasen los ciclistas. Lo hago en cualquier momento, tenga o no prisa por llegar a mi destino. La razón es simple y pasa por el más elemental uso de la lógica: ¿qué peligro implica para mí un hombre sobre dos ruedas mientras yo deambulo en cuatro? Ninguno. ¿Y lo contrario? Mucho, poner en alto riesgo su vida.
He visto, sin embargo, que no es lo común, ni en ese ni en otros casos, todos desventajosos para el usuario de la bici: los conductores de coches y demás le conferimos un lugar apenas visible a los ciclistas, los consideramos invasores en nuestros territorios asfaltados, una incomodidad que debemos tolerar desde nuestra burbuja metálica.
Como muchísimas más, esta injusticia es parte de nuestro paisaje urbano. Las ciudades han sido diseñadas para el tránsito vertiginoso, no para avanzarlas en bici y menos caminando. Sé, por ejemplo, que hay urbes en Estados Unidos —el modelo al que deseamos imitar, aunque siempre con poca fortuna— que ya abolieron los espacios que no son para los coches: las distancias son tan grandes que no tiene caso pensar en aceras o acotamientos, pues sólo unos cuantos locos o desposeídos los andarían a pie o en bici.
La emergencia del ciclismo como práctica recreativa no lejana de un cierto activismo en pro del medio ambiente y la búsqueda de convivencia social en espacios públicos es una de las mejores noticias laguneras de los años recientes. Si otras ciudades endiabladamente emproblemadas con la contaminación y el estrés, como el DF, lo vienen haciendo desde hace algunos años, en La Laguna no era necesario esperar el caos para que la bici comenzara a ganar terreno en la ciudad. Y ya lo estamos viendo, y sé que si esa práctica continúa se asentará un beneficio con repercusiones sociales múltiples, no sólo el mejoramiento de la cultura vial.
Cierto que es en muchos casos una actividad recreativa semanal, un paseo colectivo con una cauda, por suerte, cada vez mayor. Uno de los beneficios que podemos vislumbrar tras el éxito de esta fiesta en movimiento está en la gradual y a veces no tan sutil exigencia a la autoridad para que en el futuro contemple dos políticas: la consideración de acotamientos y rutas precisas en la ciudad, y la construcción de espacios para el ciclismo deportivo. Dicho de otra forma, del ciclismo recreativo se puede pasar al ciclismo por necesidad laboral (como el que practican muchísimos obreros y demás trabajadores) y el ciclismo con aspiraciones de competencia. No es poco, entonces, lo que podría derivarse de los multitudinarios paseos semanales.
En el plano personal, por una extraña razón (razón que espero no sea la flojera o algo aproximado) he pospuesto mi inserción sistemática al mundo de la bici. Compré una hace pocos años, pero creo que, por supino desconocimiento, la elegí mal y me resultó traumático andar en ella. La arrumbé, es verdad, pero nunca en meses he dejado de sentir el llamado de sus ruedas. Quizá con un arreglo pueda ser lo que deseo y entonces sí sumar mis pedaleos a los de muchos que hoy hacen su aporte para que La Laguna sea un pueblo orgullosamente bicicletero.

miércoles, julio 16, 2014

Miedo cerval: de la pena y la flor*
























El título de este libro es una frase lexicalizada. Cuando sentimos que el horror, cualquier horror, se aproxima, cuando sospechamos que está cerca una amenaza, nos invade el “miedo cerval”. Es, digamos, un miedo extremo, un miedo que nos lleva a abrir inmensamente los ojos, a detener la respiración y a preparar la huida. La frase se forma, claro, con el adjetivo “cerval”  con el que nos referimos a los ciervos o venados, animales que, como lo hemos visto en muchos documentales, mientras pastan no dejan de levantar la cabeza y abrir mucho los ojos, siempre en espera de agresiones.
Miedo cerval, poemario de Aleida Belem Salazar (Torreón, Coahuila, 1989), refleja ese sentimiento, el del miedo, y otro que comentaré más adelante. Quizá debo enmendar: no es tanto el miedo sino la desolación, o en todo caso el miedo fijo, atornillado al alma, que conduce a la desolación. Sea el sentimiento que sea, el caso es que los versos de este pequeño libro exploran con un fósforo un depósito de dinamita. Esta metáfora, creo, calza bien al libro: no hay página en la que uno no sienta la inminencia de una explosión, el estallido a punto de consumarse.
¿De dónde proviene esto? Lo asombroso es que su origen está en una joven poeta lagunera. Asombra porque a su corta edad, la edad de Aleida, los versos suelen salir, en general, impregnados por una luz más clara. No es frecuente hallar que un poeta alcance una madurez expresiva tan potente sino hasta después, luego de que se han dominado ciertas estrategias de escritura.
Aleida Belem Salazar reúne entonces dos virtudes: sabe qué siente y sabe exponer lo que siente, de suerte que su escritura nos arrima al peligro de una llama, como ya dije, en un sitio donde abunda la pólvora. Avanzamos pues junto a ella por los pasadizos de este poemario con angustia, con miedo cerval, con una sensación de temor que en más de un verso nos apabulla. Lo asombroso, lo increíble más bien, es que su autora, pese a su juventud, ha sido capaz de movernos por allí a pura fuerza de palabras, casi como si se tratara de una escritora con largo camino recorrido.
En Miedo cerval no hay zona de confort. Desde que abrimos la puerta (eso es etimológicamente la portada de un libro) nos hallamos frente al desgarramiento interior. Nada de preámbulos: “Todos los asmáticos conocemos la cara de la muerte”, dice para abrir boca. Y de allí en adelante los poemas fluyen entre lo negro y lo rojo, todo con una intensidad que recuerda, al menos me lo recuerda a mí, a la argentina Pizarnik y a nuestra Enriqueta, poetas que asimismo asociamos con la precocidad del vigor expresivo.
Dividido en cinco relampagueantes estancias que en sus títulos delatan el registro en el que se mueve Aleida (“Síntomas, enfermedades”, “Pecho, corazón”, “Infancia, cicatriz”, “Tropiezos, soledad” y “Futuro, anterioridad”), Miedo cerval finca su mérito en la claridad y limpieza de la forma y en la sinceridad del fondo. Por ejemplo, en el momento I del poema “Breve repaso de los acontecimientos”:

ellos preguntan
qué tomó
ellos dicen
abrirá los ojos en unas horas
hay una madre que se pregunta por qué
en singular
ya no es ellos
hay una madre que se culpa
en singular
hay una hija en una camilla y una
madre que siempre va a preguntarse
por qué

Insisto que pese a la brevedad de los poemas, parece expandirlos el ímpetu con el que fueron escritos. Creo, o al menos intuyo, por qué ocurre esto: por una suerte de identificación. Muchos de alguna forma somos y estamos en estos versos: seres quebrados, lastimados, aturdidos, náufragos en la inmediatez del día tras día, pasajeros del mismo camión y del mismo taxi:

Perdí la cuenta de todas las veces que lloré
en un transporte público
He llorado todas las palabras que no pude decir
He llorado todas las lágrimas
los silencios y las palabras que me dijeron
Lo he llorado tanto y muy bien
que nadie nunca lo notó
He llorado en cada autobús por cada
decepción que me gané
por cada hombre que pensé amar pero
no me amó.
Los autobuses son la casa del llanto
que más me sé a ciegas.
Pero no contaré las veces que he
llorado en los taxis
los taxis son otro poema
son mi herida amarilla alojada en mi espalda.

Es notable, en suma, la frontalidad emocional con la que han sido urdidos estos poemas. El miedo y todos los sentimientos adláteres (como el dolor y la soledad, por ejemplo) están aquí sin embozo, descarnados, expuestos sobre el blanco de la página. No es labor de la crítica indagar qué tan cercanos o tan lejanos están los versos de la vivencia real. Sin embargo, si están cerca de la vivencia de la poeta quiero resaltar lo que prometí mencionar en el arranque de este comentario: no alegra en este caso, por supuesto, que el escritor sufra para que luego nos dé un producto artístico. Sería preferible que no existiera el arte si eso hiciera posible que el ser humano, todo ser humano, estuviera lejos de la desdicha en cualquier grado. Pero eso resulta imposible, es obvio. En distintos grados, los hombres estamos aquí para batallar, para sufrir (sin que esto quiera sonar telenovelero), para nadar tarde o temprano en contra de la corriente. La mayoría padece, llora, se desgarra interiormente, pero sólo una minoría tiene la fuerza para convertir en arte la violencia de la adversidad. Como dice Atahualpa Yupanqui en “El aromo”, una de sus milongas:

En ese rajón, el árbol
nació por su mala estrella.
Y en vez de morirse triste
se hace flores de sus penas...

Miedo cerval es por todo, además de un libro excepcional en términos estrictamente literarios, un testimonio de que el artista genuino suele hacer, como el aromo de Yupanqui, flores de sus penas.

*Texto leído en la presentación de Miedo cerval celebrada el 2 de julio de 2014 en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez. Participamos la autora, Ruth Castro y yo. Miedo cerval, Aleida Belem Salazar, Luma, Zurich, 2014, 58 pp, número 86 del proyecto "1000 books by 1000 poets". Edición de Alexandra Siegrist.

lunes, julio 14, 2014

Fin de Mundial: un rápido balance














Brasil 2014 llega a la hora de los balances. Sin haber sido espectacular, sin haber tenido un futbol de otro planeta, creo que nos dejó mayoritariamente contentos. En la fase de grupos tuvo muchos goles y eso sirvió para construir la sensación de que fue un torneo vistoso. Luego de ese periodo vimos dos o tres choques reñidísimos en octavos y cuartos, algunos resueltos en alargues o en penales, más el histórico derrumbe, en semifinales, del anfitrión frente a Alemania. Todo esto ratificó que en general fue un torneo mundialista digno de recuerdo.
Las sorpresas llegaron de lugares imprevistos. De África se esperaba más, pero sólo Argelia ofreció un poco del futbol rápido, fuerte y vertical que ha caracterizado sobre todo a equipos como Nigeria, Camerún y Ghana. De Oceanía y Asia sólo vimos fantasmas, equipos como Australia y Corea cuyo futbol no alcanzó ni para lo mínimo, e igual pasó con Japón.
Una de las sorpresas, y grandes, hay que decirlo, fue colectiva. La dio, contra cualquier pronóstico, nuestra zona, la Concacaf. Salvo Honduras, que tuvo un desempeño lamentable, los otros equipos, incluido EU, lograron darse a respetar y ocurrió incluso que por momentos jugaron mejor de lo que pudo anticipar cualquier especulación levantada antes del 12 de junio. México y Costa Rica protagonizaron dos historias inesperadas para sus respectivos países, uno porque participó sin crédito luego de un proceso eliminatorio miserable y otro porque logró llegar hasta el quinto partido luego de atravesar por un grupo horroroso, acaso el peor de todos.
En efecto, lo que hicieron los ticos ahí queda y será recordado, nos guste o no. Haber competido contra Italia, Inglaterra y Uruguay, y haber salido airoso, no cualquiera, pues más allá de su circunstancia coyuntural esos rivales (o el peso de sus camisetas) no gravitó sobre la escuadra costarricense que salió con todo para lograr lo inaudito: el primer lugar de un grupo que antes de comenzar el Mundial le auguraba el último.
México reeditó el mito del ave Fénix. El seleccionado tricolor llegó al Mundial, nadie lo ignora, después de la eliminatoria más accidentada y traumática de su historia. De hecho, dos o tres minutos bastaron para cambiar su destino, aquellos en los que EU dio la voltereta al marcador frente a Panamá, en Panamá, y metió sin querer a México en el repechaje contra Nueva Zelanda. Literalmente liquidado, fuera de Brasil 2014, nuestro país revivió y se coló al torneo por el ojo de una aguja. Nadie esperaba pues que México hiciera lo que hizo: dos triunfos convincentes y un empate frente al anfitrión. Luego, la derrota frente a Holanda en octavos, una caída que frustró, ciertamente, pero sin diluir del todo la buena imagen que generó en la fase de grupos. El ave Fénix, entonces, no sólo revivió; también alimentó esperanzas de quinto partido, lo que sin duda fue mucho más de lo que imaginamos quienes vimos el desastre de la eliminatoria.
Europa no puede estar jamás al margen de los primeros planos, obvio, pero también produjo su cuota de sorpresas negativas. Para comenzar, España, selección a la que se auguraba la repetición de la gloria y fue eliminada de manera fulminante, por nocaut. En el mismo tenor, Inglaterra volvió a las andadas: mucho ruido en su liga y pocas nueces en los Mundiales. En cuanto a Francia, acusó una sensible recuperación luego del ridículo que hizo en Sudáfrica; es un equipo en transición y es fácil esperar que rinda frutos en los años por venir. Italia y Portugal, por su parte, hicieron sendos papelones, pero dado su historial es más lógico que se carguen las tintas al seleccionado azul. Los otros europeos que deambularon con grisura fueron Bosnia, Rusia y Croacia; cuadros fuertes y veloces, carecieron de solvencia frente al arco. Por último, Suiza, un equipo también gris que se vio favorecido por la debilidad de su grupo.
Holanda y Alemania son los dos europeos que salvaron el prestigio de su continente. Otra vez los de color naranja fueron un gran contrincante, otra vez en su estilo de buen toque, vertiginoso y contundente, pero otra vez se quedaron en la orilla, como es costumbre de estos ya-merito mundialistas. En nuestro país, dicho sea de paso, se convirtió en leyenda exprés el choque contra los holandeses y el clavadazo de Robben. Ahora hasta piñatas hay con este motivo.
Sudamérica presentó una baraja espectacular en la fase de grupos. Sólo Ecuador desentonó, y es imposible saber por qué dado el potencial de sus jugadores. Chile presentó un equipo sobrio, batallador, que se fajó en uno de los llamados grupos “de la muerte”; se fue contra Brasil en penales, pero a punto estuvo de ganar a los de casa y evitar el derrumbe que esperaba a los cariocas en la semifinal contra Alemania. Uruguay sufrió otra vez, entre lesiones y escándalos se colocó en el segundo de su grupo y llegó tan mermado a octavos que de allí esta vez ya no pasó. Colombia fue un relámpago, hizo muchos goles (incluidos los de James Rodríguez, el campeón goleador del torneo) y caminó con marca perfecta la fase grupal; luego despachó al desvencijado equipo charrúa para seguir con su ritmo invicto hasta cuartos. El buen Mundial colombiano se debió a su futbol pero también, es innegable, a que le tocó el grupo más flojo del torneo, el único con tres equipos con diferencia negativa de goles.
Párrafo aparte merece Brasil. Ya es fácil decir que esta selección lejos estuvo de haber usado dignamente la camiseta histórica, pero en la primera fase del torneo, en octavos y en cuartos nadie se atrevía a vaticinar sin titubeos que su pobre futbol, sus limitaciones y demás, iban a terminar en un cataclismo. México, Chile y Colombia le dieron mucha lata, pero Brasil salió adelante casi por el puro abolengo del jersey verde-amarillo. Todo fue que perdieran a Neymar y, sobre todo, que encararan a Alemania para que las debilidades quedaran al descubierto peor que en una cámara escondida. Esos siete minutos inolvidables (del 23 al 30 del primer tiempo) en los que Alemania los ametralló, sobrevivirán a los tiempos tanto o más, y mejor documentados, que el mismísimo Maracanazo. Pobre Brasil. Ni el guionista más macabro pudo escribirles por anticipado una película con tanto horror  en el clímax.
Argentina, como Colombia, tuvo cuatro primeros partidos con cierta comodidad. No mostró gran cosa (chispazos de Messi, Di María o Higuaín), pero en esos duelos pudo armonizar su defensa, apretarla tan bien que allí apoyó su pase a la final. Más que el brillo de Messi y compañía en la delantera, Argentina llegó casi a la orilla gracias a Mascherano, Demichelis, Garay, Zabaleta y, claro, Romero al fondo. Desde octavos sólo cometieron un descuido en la zaga, el del gol en la final, lo que les costó el campeonato.
Alemania, por último, fue el equipo más parejo en sus líneas y en su funcionamiento. Tiene estrellas, pero ninguna parece opacar a los que no lo son. En los germanos no es disparatada la metáfora maquinística; en efecto, su trabajo es ordenado, sistemático, equilibrado, y sus jugadores son tipos que operan como engranes, de ahí que no se le noten las bajas por lesión y los cambios siempre den resultado. Si se suma ese accionar matemático a la fortaleza física y el deseo de triunfo, puede entenderse más fácilmente por qué Alemania hizo historia al coronar por primera vez un seleccionado europeo en América.
Mundial con pésimo arbitraje, Mundial con sorpresas tica y colombiana, Mundial con mordida de Luis Suárez, Mundial con ojo electrónico para ver los goles dudosos, Mundial con polémica por un grito mexicano, Mundial (para nosotros) con clavado de Robben, Mundial con la peor humillación para Brasil, Mundial con una Argentina que no termina por hallar a su nuevo Maradona, Mundial con Alemania otra vez en la cima, Mundial, en suma, que ya es historia y recordaremos con agrado porque tuvo mucho, muchísimo, de todo.

domingo, julio 13, 2014

Eduardo Sacheri, el toque del crack




















Eduardo Sacheri (Buenos Aires, 1967) es una especie de Messi de la literatura sobre futbol. Otros han dicho que es una especie de Maradona, aunque también puede ser equiparado a Riquelme o algo así. El caso es que se trata de un crack, para mí el más raro crack que haya producido la literatura futbolera de América Latina. Veamos por qué digo esto.
Se sabe que el trampolín que lo resorteó a la fama fue el programa de radio “Todo con afecto”, conducido por Alejandro Apo, quien leía al aire cuentos varios sobre futbol. Sacheri le envió uno a mediados de los noventa y fue tal la conmoción de Apo y sus oyentes que la cosa ya no pudo detenerse. Uno tras otro, los cuentos de Sacheri fueron desfilando en la voz del locutor radial y el público no daba crédito a lo que escuchaba; historias perfectamente armadas, tensas, diálogos con sabor a calle y atmósferas envolventes, todo acompañado por el ingrediente del futbol. El talento de Sacheri logró poner las preocupaciones futboleras en un registro tan cercano a la vida cotidiana que sus oyentes, al principio, no sabían qué era lo más importante en esos relatos: si el drama de los personajes o el futbol como asunto propiciatorio.
El caso es que Sacheri, como buen crack novato, pasó de ser leído en una cabina de radio a ser devorado, de golpe, por cientos de lectores, ya que fue fichado por editorial Galerna. Publicó Esperándolo a Tito (2001), Te conozco, Mendizábal (2001), Lo raro empezó después; cuentos de fútbol y otros relatos (2004), Un viejo que se pone de pie y otros cuentos (2007). En 2006, además, publicó la novela La pregunta de sus ojos, que poco tiempo después fue adaptada con su colaboración al cine (como El secreto de sus ojos) y ganó, nada más, el Oscar a la mejor película extranjera en 2010.
Lo que comenzó anecdótica, informalmente, como el caso de un radioescucha que se anima a mandar textos a un programa, terminó por convertirse en una historia increíble: Eduardo Sacheri ahora publica en Alfaguara (ya no en Galerna, cuyas ediciones son lindas, pero anticuadas y con el mal hábito de deshojarse). Desde Castelar, al oeste de la Capital Federal, Sacheri sigue produciendo historias y aunque todos sus lectores piden, casi exigen, que siempre haya futbol sobre la página, Sacheri se las ha ingeniado para omitirlo y escribir también literatura sin porterías, zancadillas ni balonazos.
Al margen de su mejor libro (la novela que lo llevó al Óscar y es un portento de relato), los libros de cuentos de Sacheri son su mayor fortaleza. Lo raro empezó después, por ejemplo, contiene al menos cinco historias que sin titubeo podrían ingresar a cualquier antología no sólo del subgénero “literatura futbolera”, sino de cuento a secas. El relato que le da título al libro, “Un verano italiano”, “El retorno de Vargas”, “Por Achával nadie daba dos mangos” y “Segovia y el quinto gol” ejemplifican, digámoslo así, “el mundo narrativo Sacheri”. ¿Y qué hay en ese mundo? Reitero: siempre un conflicto individual o colectivo vinculado lejana o visceralmente al futbol, lo que tratado por este autor nos lleva a ver el entretejido de la vida con todas sus pequeñas grandezas y sus pequeñas miserias, como opera de verdad en barrios y pueblitos casi extraviados en el mapa del mundo.
Cualquier historia, sin embargo, puede ser imaginada por cualquier cabeza, o simplemente experimentada en la vida real. Lo más difícil, pues, no es tener qué contar, pues la imaginación y la realidad son fragua infatigable de asuntos. El problema de la literatura está en otro lugar, creo: en el tratamiento. Con su prosa dúctil, sutilmente risueña, dulce y agria a la par, Sacheri seduce más allá de lo contado, por eso da casi los mismo cuando añade el aderezo del futbol o cuando no, pues somos guiados por la mano de un prosista que sabe tocar bien todas las teclas más allá del tema.
Lo leí en 2004 por primera vez, cuando compré Esperándolo a Tito en la edición de Galerna ya citada. Supe de golpe, como Alejandro Apo y muchos más, que estaba ante un fenómeno, un crack de esos que corren y tocan el balón como si estuvieran jugando en el cielo. Un Bochini, para que me entiendan mejor.

sábado, julio 12, 2014

El futbol según Juan Villoro




















Como en Uruguay y Argentina es imposible hablar de literatura y futbol sin mencionar, respectivamente, a Galeano y a Fontanarrosa, en México pasa lo mismo con Juan Villoro (Ciudad de México, 1956). Escritor multipremiado, famoso, querido por un tumulto de fans y malquerido por algunos que lo miran con recelo o indiferencia, Villoro se ha colocado mediáticamente como el-escritor-que-también-escribe-sobre-futbol. Luego de publicar numerosos artículos, crónicas, ensayos y de aparecer sin tregua en televisión y radio, además de ofrecer conferencias, mesas redondas o prestarse a entrevistas, este autor ha dejado constancia de ese gusto en libros como Los once de la tribu (1995) y, el más reciente, Balón dividido (2014). En medio de tal periodo publicó el título más representativo de su producción con tema futbolístico: Dios es redondo (Planeta 2006), racimo de ensayos y crónicas que al parecer no tiene fecha de caducidad, pues sigue siendo visible en los anaqueles.
Creo que el éxito de Villoro como escritor se basa en tres aciertos. 1) El interés real por este deporte, un apego que, se nota, tiene su origen, como casi todo, en la infancia, en la pica callejera, en el debate con los cuates sobre equipos y jugadores, en la crónica deportiva que tiene o tuvo, para él, un practicante totémico: Ángel Fernández; 2) el conocimiento directo, no sólo como lector o televidente, del ir y venir futbolístico, esto es, su contacto con la gente en los estadios y su diálogo con periodistas/escritores especializados; y 3) la buena memoria y una gran agudeza para detectar puntos finos del deporte tanto en lo estrictamente atlético como en lo social. Este coctel ha convertido a Villoro, enfatizo, en el-escritor-mexicano-que-también-escribe-sobre-futbol. Aunque haya muchos otros (Felipe Garrido, Ignacio Trejo Fuentes, Marcial Fernández, Leo Eduardo Mendoza…) creo que es Villoro en quien piensa la mayoría cuando relaciona literatura (o escritura en general) con futbol.
Dios es redondo contiene piezas, en efecto, memorables aunque traten sobre futbol. Desde el punto de vista genérico poco o nada importa que uno diga “son ensayos”, “son crónicas”, “son artículos”, pues ya entrados en cada pieza advertimos el embrujo de un estilo inmejorable para trabajar con esta materia. Acuñador irrefrenable de imágenes literarias que en cierta adjetivación me recuerda, no sin un raro hibridismo, a Monsiváis y a Borges, Villoro logra que en una frase quede dicho más de lo que otros podrían expresar con una parrafada. En este sentido destaca asimismo su pulso de periodista: sabe que una crónica puede ser larga y por ello abrumar al lector, de ahí que proceda como a flashazos, acuñando siempre buenas frases mientras avanza por un hilo conductor que jamás se rompe. Ejemplifico con tres casos: su comentario sobre Maradona (mejor que lo que muchos argentinos han escrito al respecto), su estampa sobre Pep Guardiola (una joya) o su recordación del mencionado Ángel Fernández.
Sospecho que es difícil ser futbolero y no gustar, no aprender o no quedar gratamente seducido por las ideas del Villoro “filósofo” del futbol, dicho esto nomás porque Manuel Vázquez Montalbán, lo sabemos, etiquetó así a los “pensadores” argentinos del balompié. En resumen, este escritor mexicano logra su cometido: trasladar, con delicada alquimia, el festivo evangelio del futbol desde la cancha a algo que para muchos es igualmente grato: la página, ese palmo de papel donde no juegan once contra once sudorosos atletas, sino palabras, imágenes, recuerdos. Sí, recuerdos: la materia prima del futbol escrito.