miércoles, noviembre 14, 2018

Minificciones de Agustín Monsreal




















Con justicia le ha sido otorgado el Premio Iberoamericano de Minificción Juan José Arreola al maestro Agustín Monsreal (Mérida, Yucatán, 1941). Digo con justicia por la calidad y la cantidad de su obra, una obra tercamente casada con la belleza de la expresión, con la sorpresa, con la ironía y con la obsesión del amor y su contracara, el desamor.
En su dictamen, el jurado destacó que la “escritura precisa”, la “asombrosa invención verbal y la rigurosa levedad de la forma se integran en piezas que adensan significado en su brevedad y revelan una mirada penetrante y singular”. Para comprobar esos méritos, junto con la entrega del reconocimiento apareció la edición de Minificciones. Antología personal, libro armado por el autor y editado por Ficticia (México, 2018, 124 pp.). Lo configuran cien microficciones, casi una por página, todas ellas punzantes en uno o varios sentidos. Es un libro valioso porque deja percibir de una sentada la malicia de un narrador que sabe organizar sus materiales temáticos para crear efectos impregnados siempre de humor, paradoja, absurdo o todo esto junto. En el prólogo, Lauro Zavala ha destacado las recurrentes de Monsreal, los rasgos que lo definen con mayor claridad, como la cercanía decisiva de los títulos y el relato o el lenguaje coloquial salpimentado con neologismos harto ingeniosos, entre otros. Para mí, es digno de agradecimiento al maestro yucateco su planteo de situaciones a un tiempo cercanas/extrañas, y resoluciones que sin falla llegan como trancazo a la mandíbula del lector, para usar la vieja pero eternamente útil metáfora pugilística de Arlt.
Esto se explica mejor si arrancamos del libro al menos un ejemplo. En “Gente de letras”, una realidad inmediata, vivida alguna vez por todos, es llevada a las orillas del absurdo:
“Mi mujer y yo hemos peleado. No nos dirigimos la palabra. Antes de acostarnos, le dejo una nota sobre el buró:
‘Por favor, despiértame a las siete’.
A la mañana siguiente, un exceso de luz me hace abrir los ojos: las nueve y media. Junto al reloj, un recadito:
‘Despiértate. Ya son las siete’”.
El Arreola de minificción 2018, justo premio para el maestro AR.

miércoles, noviembre 07, 2018

La muerte y yo, casi abrazados















Como sabemos, la muerte es uno de los más grandes misterios de la vida. Este enunciado encierra una férrea paradoja: para pensar en la muerte es necesario estar vivos, así que no podemos pensar en ella desde ella misma, es decir, pensar en la muerte desde la muerte misma. Por tal razón, porque la muerte es un hecho inasible, no me siento particularmente dotado para pensar en tal asunto desde la filosofía. Soy un hombre demasiado terrenal, demasiado ordinario para acometer semejante empresa. Sin embargo, me considero un ser sensible y capaz al menos de acusar el estremecimiento interior que la sola palabra nos produce: muerte, la muerte. Como cualquiera, pues, he convivido con la muerte como noción, como idea, pero siempre he percibido la muerte concreta como algo lejano, como algo que no está cerca de mi vida, esto hasta noviembre del año pasado, cuando tras la muerte de mi padre terminó mi niñez y con ella mi inmortalidad: yo también, como mi padre, moriré, fue el veinte que me cayó.
La revista Andamios, volumen 14, número 33 correspondiente a enero-abril de 2017 y publicada por el Departamento de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México dedicó buena parte de su abundante y notable contenido al tema de la muerte. Allí, entre esas páginas, Norma Garza y Teresa Rodríguez, dos laguneras con larga radicación en la capital de nuestro país, trabajaron en la confección de un dossier que ofrece cinco artículos abrazados por el título “Pensar e imaginar la muerte”. Uno de ellos, el que más nos interesa en este momento, es “La muerte del otro”, del maestro Armando Garza Saldívar, quien fue profesor en la Ibero Torreón por más de 25 años y fue, hasta el año de su fallecimiento, incansable promotor del pensamiento filosófico en nuestras aulas, por lo cual se granjeó el cariño y la admiración de toda nuestra comunidad. El ensayo de Armando se desarrolla bajo la sombra de cinco preguntas: “¿De qué hablamos cuando hablamos de la muerte?”, “Podemos vivir la muerte del otro?”, “Qué es lo que llega con la muerte?”, “Qué podemos saber acerca de la muerte?” y “¿Qué sigue: aniquilación o inmortalidad?”.
Debo confesar, insisto, que es un tema apenas sobrevolado por mi reflexión desde ese punto de vista trascendente, filosófico, pero centralmente abordado como realidad cotidiana en mis textos y en muchos ajenos que tengo en gran estima. El ensayo de Armando, un disquisición libre a la manera de Montaigne, me ha permitido poner sobre la mesa, sobre mi mesa, una noción que juzgo importante desde ya para mi mejor entendimiento de la muerte: si bien parece que en general la muerte que nos interesa es la propia, la única posibilidad que tenemos de conocerla es vicariamente, o sea, mediante el otro. La muerte de un ser querido, explica Armando, es una muerte aproximadamente nuestra, pues tras ella se achica nuestro mundo y también nos morimos un poco: “solamente a través de la muerte concreta del prójimo puedo llegar a un entendimiento esencial de mi muerte”, observa el filósofo lagunero.
Leer a Armando —quien en el trance de su cavilación se apoya en Sócrates, Heidegger, Ortega, Quevedo, Kierkeggard, Shakaspeare, Tolstoi, Russell, Epicuro, Lucrecio, Gide y Camus—, leer a Armando, decía, me llevó a recordar algunos de mis encuentros con la muerte literaria. Dije que soy un hombre de a pie, una mezcla viscosa de calle con libros o de libros con calle, y en ambos espacios he tenido el placer de hallar referencias harto conmovedoras a la muerte. En cualquier lugar, por ejemplo, pude y puedo oír al José Alfredo de “El jinete”, huapango en el que la muerte del ser amado alimenta el deseo de la propia:

Por la lejana montaña
va cabalgando un jinete
vaga solito en el mundo
y va deseando la muerte.

Este tema es recurrente en la lírica popular: el de la muerte del ser amado que casi inevitablemente acelera el acabamiento de quien lo piensa con amor, como en aquel rock and roll de suyo simplón, pero revelador del sentimiento que describo:

Por qué se fue
y por qué murió
por qué el Señor me la quitó
se ha ido al cielo
y para poder ir yo
debo también ser bueno
para estar con mi amor.

Otros también encierran la tragedia de desear la muerte propia luego de la muerte del ser querido, pero en el camino buscan refugio en la fe o en cualquier otro resguardo, como en “Ruega por nosotros”, huapango de Rubén Fuentes:

Señor, eterno Dios,
ante tu altar hoy vengo a suplicante
y a rogar por el alma de mi amada
que la muerte tan cruel me arrebatara.

Yo sé que tu poder es infinito,
que eres igual con pobres y con ricos,
y es por eso que en ti busco el consuelo
para este corazón que está marchito.

Si estoy dormido la sueño 
si estoy despierto la miro
y por donde quiera que ande 
su recuerdo va conmigo.

Llorando paso las noches,
paso las noches llorando,
para mí ya el sol no brilla 
entre sombras voy vagando.

Señor, eterno Dios,
ante tu altar estoy aquí de hinojos,
ella se fue y yo quiero morirme
perdónanos, señor, y ruega por nosotros.

Por supuesto, poemas menos elementales se han encargado del asunto, como la famosa “Elegía interrumpida”, de Paz:

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa. 
Al primer muerto nunca lo olvidamos, 
aunque muera de rayo, tan aprisa 
que no alcance la cama ni los óleos. 
Oigo el bastón que duda en un peldaño, 
el cuerpo que se afianza en un suspiro, 
la puerta que se abre, el muerto que entra. 

O el todavía más famoso “Algo sobre la muerte del mayor Sabines”, homenaje al padre recién ido; en una de sus breves estancias toca de frente la negación ante la pérdida (“irreparable”, como dice el adjetivo del lugar común):

No podrás morir.
Debajo de la tierra
no podrás morir.
Sin agua y sin aire
no podrás morir.
Sin azúcar, sin leche,
sin frijoles, sin carne,
sin harina, sin higos,
no podrás morir.
Sin mujer y sin hijos
no podrás morir.
Debajo de la vida
no podrás morir.
En tu tanque de tierra
no podrás morir.
En tu caja de muerto
no podrás morir.

Armando Garza plantea sus reflexiones para invitarnos a pensar en la muerte propia. Los caminos para hacerlo son infinitos, y uno de ellos es el de la poesía. ¿Pueden los poemas reflexionar en la muerte de quienes los escriben? ¿Puede la poesía imaginar lo que hay más allá de la vida? Sí, y para evidenciar eso recurro a Borges. En 1965 publicó un libro poco celebrado, “Para las seis cuerdas”. No es el libro del Borges intelectualizado, sino un Borges que condesciende a escribir milongas. Pues bien, todas me parecen perfectas y profundas más allá de que aparenten ser poca cosa, historias de cuchilleros brutos, valga el pleonasmo, como la “Milonga a Manuel Flores”:

Manuel Flores va a morir,
eso es moneda corriente;
morir es una costumbre
que sabe tener la gente.

Y sin embargo me duele
decirle adiós a la vida,
esa cosa tan de siempre,
tan dulce y tan conocida.

Miro en el alba mis manos,
miro en las manos las venas;
con extrañeza las miro
como si fueran ajenas.

Vendrán los cuatro balazos
y con los cuatro el olvido;
lo dijo el sabio Merlín:
morir es haber nacido.

¡Cuánto cosa en su camino
estos ojos habrán visto!
Quién sabe lo que verán
después que me juzgue Cristo.

Una de las obras de Borges que más me gustan tiene como tema, curiosamente, el de la muerte. Se trata del “Poema conjetural”. Un tipo que está punto de morir por muerte violenta piensa en ese acontecimiento y trata de descifrarlo:

Zumban las balas en la tarde última.
Hay viento y hay cenizas en el viento,
se dispersan el día y la batalla
deforme, y la victoria es de los otros.
Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.
Yo, que estudié las leyes y los cánones,
yo, Francisco Narciso de Laprida,
cuya voz declaró la independencia
de estas crueles provincias, derrotado,
de sangre y de sudor manchado el rostro,
sin esperanza ni temor, perdido,
huyo hacia el Sur por arrabales últimos.
Como aquel capitán del Purgatorio
que, huyendo a pie y ensangrentando el llano,
fue cegado y tumbado por la muerte
donde un oscuro río pierde el nombre,
así habré de caer. Hoy es el término.
La noche lateral de los pantanos
me acecha y me demora. Oigo los cascos
de mi caliente muerte que me busca
con jinetes, con belfos y con lanzas.
Yo que anhelé ser otro, ser un hombre
de sentencias, de libros, de dictámenes
a cielo abierto yaceré entre ciénagas;
pero me endiosa el pecho inexplicable
un júbilo secreto. Al fin me encuentro
con mi destino sudamericano.
A esta ruinosa tarde me llevaba
el laberinto múltiple de pasos
que mis días tejieron desde un día
de la niñez. Al fin he descubierto
la recóndita clave de mis años,
la suerte de Francisco de Laprida,
la letra que faltaba, la perfecta
forma que supo Dios desde el principio.
En el espejo de esta noche alcanzo
mi insospechado rostro eterno. El círculo
se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.
Pisan mis pies la sombra de las lanzas
que me buscan. Las befas de mi muerte,
los jinetes, las crines, los caballos,
se ciernen sobre mí... Ya el primer golpe,
ya el duro hierro que me raja el pecho,
el íntimo cuchillo en la garganta.

Armando Garza Saldívar y el dossier de la revista Andamios preparado por Norma y por Tere son un poderoso estímulo para que cada quien, con sus armas y sus gustos, reflexione en su muerte, en su destino y, gracias a eso, en el significado y el valor de su vida y la de los demás.

*Texto-guía del comentario expuesto el 1 de noviembre pasado en la Ibero Torreón con motivo del día de muertos. Participé junto a Norma y Sergio Garza Saldívar.

sábado, noviembre 03, 2018

Elogio del cuartaforrista




















Algún día alguien, quien sea, incluso yo, debe dedicar unos párrafos a ponderar el valor de las cuartas de forros o contratapas (esa parte de los libros que los lectores de a pie suelen llamar "contraportadas"). Sin darme cuenta, sin valorar lo suficiente su gravitación en mi entusiasmo, he leído contratapas tan buenas que de inmediato me han llevado a comprar o a leer el libro. Por supuesto no han sido pocas las ocasiones en las que, luego de conocer el contenido del libro, las palabras de "la cuarta" se antojan excesivas, lo que de ninguna manera le resta mérito al autor, generalmente anónimo, de esos breves textos, pues él hizo su chamba al persuadirnos.
Aunque no lo creamos, tal jale supone cierto grado de especialización. Esto significa que no cualquiera que se sienta buen escritor tiene en automático las aptitudes para escribir buenas contratapas. Quien se anime a abrazar el oficio, creo, debe tener buena prosa, capacidad de síntesis, poder de convencimiento y, lo más importante, malicia para elogiar sin parecer lambiscón, pues es obvio que estos textos deben ponerse al servicio del libro, pero es recomendable, por obvio buen gusto, que no se excedan en azucarados elogios o lluvias de confeti.
Hay libros que no tienen nada en la contratapa o cuando mucho exhiben, hoy, el código de barras. Otros contienen allí la semblanza del autor, una pequeña cita textual del contenido o algunas palabras de reseñistas (del New York Times, El País, Reforma o La Gaceta de Parácuaro…) sobre las virtudes ya observadas en el autor. Algunos libros combinan todo esto y otros añaden lo que aquí estoy tratando de considerar: las palabras bien escritas de un cuartaforrista a sueldo. La prueba de que es bueno, lo reitero, radica en que logre entusiasmar, en que nos urja sutilmente a ingresar en las páginas.
No lo había pensado, pero lo pienso ahora: mi respeto a los escritores de contratapas que seguramente por unos cuantos pesos (o dólares o libras esterlinas o maravedíes de supervivencia) nos convidan con elegancia, sin apapachos desmedidos, a leer. Su firma jamás figura en los libros, nadie los toma en cuenta, pero ellos beben el trago acérrimo de escribir contratapas con las que incluso no necesariamente deben estar de acuerdo. Pese a todo eso, allí andan rodando en el mundo editorial, solos y olvidados, cuidando en casa, tal vez entre apuros alimenticios, que queden impecables unos renglones puestos a vivir sin huella digital.

miércoles, octubre 31, 2018

De niños para niños



















Hace 18 años mi hija mayor tenía tres y daba problemas a la hora de dormir. Para bajarle la pila hice lo que algunos padres: leerle cuentos adecuados a su edad. Descubrí que con tal de no sucumbir al sueño mi pequeña admitía de buen grado la lectura de tantas historias como yo quisiera compartirle, así que a veces éramos capaces de atravesar un libro entero en una sola sesión de cuentos. Ese descubrimiento me llevó a otro: si la niña se negaba radicalmente a dormir, le enseñé a leer poco antes de los cuatro años. Así, entre leer y escribir se fueron esas horas de la noche en las que no es temprano ni tarde para un pequeño, digamos que entre las ocho y las diez.
Más o menos a sus cinco años, ya con mi hija entrenada en las palabras, ocurrió otra casualidad. Yo escribía en mi computadora de escritorio, de esas que tenían un monitor parecido a un tanque de guerra, y mi hija merodeaba por allí. Cierta vez la senté en mi regazo, abrí un archivo nuevo de Word, y como ya reconocía las letras, la dejé escribir un cuento. Operó entonces un milagro: ella comenzó a escribir, letra por letra, con gran lentitud, “La tortuguita nadadora”, su primer relato. Eran apenas tres renglones, pero ya estaban allí la creación de un personaje, de una trama y de un desenlace. Fue entonces cuando pensé en una idea y la puse en práctica: dado que el teclado qwerty (que a mediados del siglo XIX inventara Christopher L. Sholes) tiene las letras ordenadas de acuerdo a una lógica digital algo complicada para los niños, le dije a mi hija que me dictara sus cuentos, y así lo hicimos. Ella dejaba fluir la imaginación, inventaba sin pensar dos veces sus historias, y yo escribía sin retocar ninguna peripecia. Si ella me decía, textual, que un osito caminaba por la plaza del Eco, yo escribía exactamente que un osito caminaba por la plaza del Eco. El chiste era no lastimar su imaginación, dejar que cada hecho fuera el que ella proponía, sin intermediación de mi lógica de adulto. Realicé pues un trabajo de mero secretario, de amanuense. Lo que sigue fue que a los seis años hice una sencilla edición de su primer libro (Corazón de nuez y otros relatos, 2003) y hasta llegamos a presentarlo con público, brindis y toda la cosa.
Al final de aquel libro tomé la precaución de añadir un epílogo explicativo donde conté el proceso mediante el cual mi hija creó sus ficciones. También lo hice para aclarar lo obvio: que mi hija no era una niña genio, sino una pequeña como cualquier otra con la única ventaja de que su padre la alentó a escribir en absoluta libertad. Eso me llevó a reflexionar en otro asunto: durante muchos años, y aún hoy, los libros para niños son fundamentalmente escritos por adultos que articulan textos llenos de diminutivos, duendes y abundantes misterios. ¿Pero qué pasa si un libro para niños es escrito por un niño? ¿Funcionará igual? ¿Pero qué pasa si un libro para niños es escrito por un niño? ¿Funcionará igual? ¿Pueden los niños ser atrapados con una ficción construida por un semejante de su edad? Creo que todo esto es posible, y pese a que los niños no tienen las destrezas de un escritor profesional, tienen algo mejor: el candor, la mirada fresca y una bienvenida indiferencia a la lógica de las ideas que se nos afianza en la edad adulta.
Si un niño dice que un osito camina por la plaza del Eco o va al estadio Corona para ver al Santos, todos debemos aceptar lo que hace el osito, cómo no. Para eso es niño, para que su imaginación vuele y se expanda, para que sus personajes hagan lo que les venga en gana. Esto, de paso, nos permite ver, desde otro punto, cuáles son los intereses del niño, cómo percibe su realidad, de qué manera ha introyectado la realidad que lo rodea.

sábado, octubre 27, 2018

María Rosa Fiscal: los frutos de la inconformidad




















En 2016 fue publicado Naranja dulce, limón partido, memorias de mi amiga María Rosa Fiscal, escritora duranguense. Ella me pidió que se las prologara, lo que hice gustoso. El libro, publicado por el ayuntamiento de Durango, circuló, creo, poco, así que aquí quisiera compartir al menos un fragmento de mi prefación:
Los once capítulos que componen esta memoria son el hermoso testimonio de una vida dedicada a la inconformidad, la inconformidad de la maestra, escritora y traductora María Rosa Fiscal. Nacida en la ciudad de Durango en una época en la que el destino de la mujer era predeterminado por las fuerzas de la tradición y la costumbre, María Rosa decidió romper con aquel porvenir más o menos establecido para entregarse de lleno a la búsqueda de caminos inhabituales. Movida por su esencial inconformidad y su apetito por descubrir, desafió a la suerte y en su marcha encontró países, idiomas, estudios, libros, museos, amigos y mil y una experiencias dignas de nuestra emoción y nuestro respeto.
Todavía hoy, en esta era de comunicaciones instantáneas y personales, suena audaz que una joven emprenda lo que hace varias décadas intentó y realizó la admirable María Rosa. Si pensamos en las dificultades de aquel tiempo para hacer una llamada telefónica de muy larga distancia, y si pensamos en las características inocultablemente conservadoras de nuestra provincia, la autora de este relato rompió la camisa de fuerza que la detenía en Durango y le aseguraba un futuro sin aventuras ni sobresaltos, cómodo y casi ajeno al azar. El premio es lo que narra esta memoria: la emocionada aventura de un ser humano vital, íntegro, pleno de gusto por el conocimiento, el trabajo y la amistad, gusto que queda testimoniado no sólo con palabras, sino también con imágenes, complemento ideal e imprescindible en todo libro de esta índole.
La historia de María Rosa ha estado llena de desafíos. El de su carrera profesional no fue el primero, pero sí el que comienza el relato de su vida en este libro, casi como si arrancara —al estilo de ciertos textos ficcionales— in medias res: el 7 de junio de 1979, ya con un trabajo alimenticio a su cargo, consumó sus estudios profesionales en Letras, lo que ella denomina “Un parteaguas en mi vida”. En efecto, aunque en este punto del relato no sospechemos lo que hubo antes ni lo que habrá después, el hecho de que una joven estudiante de provincia haya concluido con éxito su carrera en la UNAM, casi sin más apoyo que su propia voluntad, es la mejor entrada para un libro de memorias. Su autora sabe que tras convencer a sus sinodales en la Universidad Nacional algo ha estallado, que el futuro le depara una vinculación estrecha con la literatura, y no se equivocó.
Organizada en once trancos, esta memoria nos comparte la aventura de una vida en la que participan muy visiblemente el deseo, el azar y la capacidad para decidir, y es impresionante advertir su imbricación en el relato: en cada acción convergen el ánimo de alcanzar algo —de avanzar honradamente en la vida— y el azar que sin querer va trabando y destrabando circunstancias para que al final llegue la decisión de quien ahora reconstruye en el recuerdo toda su vital andanza. En general tengo la impresión de que María Rosa combinó muy bien su voluntad y sus decisiones con las realidades que la vida fue planteando en su camino, y por lo visto salió airosa.
En “Las casas de mis amores”, segundo momento de la memoria, traza el recuerdo de los espacios infantiles, su relación con la familia extensa y los periplos vacacionales siempre felizmente evocados. No creo exagerar si afirmo que estos pasajes son entrañables porque dibujan el clima íntimo en el que se formó la autora, el tiempo en el que fueron colocados los cimientos que en el porvenir le darían solidez al edificio. Quiero lamentar, sin embargo, que el relato sobre el asombro infantil no tenga un desarrollo más amplio, así que muy pronto salimos de esa etapa y entramos en el mismo capítulo a la primera radicación deefeña de María Rosa, a su estancia en Washington, lugar donde, ya lo leerán, tomó una de las decisiones más importantes de su vida.
Y a propósito, no debe sorprendernos la presencia de los viajes en la vida de María Rosa. Todavía hoy, como ya dije, mueve a perplejidad que una jovencita de aquellos años haya tenido los arrestos para enfrentar realidades desconocidas con una entereza que provoca envidia. Antes de articular la descripción de varios viajes la autora se detiene, durante al menos tres capítulos, en el relato de sus experiencias formativas. En “Días de escuela”, “Tardes de lectura” y “Un año de estudios en el Southeast Missouri State College”, María Rosa nos regala con la minuciosa remembranza de sus aprendizajes: el inglés y el francés, el baile, la primaria y la secundaria. Luego la preparatoria entre puros varones (otro desafío), la importancia de sus tías como inductoras al mundo de la lectura entendida como el mejor de los hábitos, el titubeo entre las letras inglesas y francesas, y al final la decisión de amarlas casi por igual. Inmediatamente después de lo anterior, la autora reconstruye el año impecablemente maravilloso en el Southeast Missouri State College y su deslumbramiento ante la cultura de las posibilidades materialmente infinitas que le ofreció Cape Girardeau.
El capítulo intermedio titulado “Una gran aventura en automóvil a través de los Estados Unidos” es de los más jocosos porque allí es narrado eso, un viaje con amigas que si no fuera porque ella lo cuenta sería casi una road movie de jóvenes con algo, o mucho, de espíritu hippie. Es este, quizá, el apartado donde María Rosa mejor despliega su genio humorístico y no sólo eso: ignoro si para escribir su memoria recurrió a un cuaderno de notas o apeló sólo a su memoria, esto porque en cualquier caso hay debajo de cada párrafo una observación exquisita de la belleza concentrada en los paisajes y un agudo análisis de las costumbres que la relatora encuentra en todo recorrido.
María Rosa tiene la habilidad narrativa para ingresar con gracia y soltura al árido tema de lo laboral. En “La construcción de una vida de trabajo” nos lleva a conocer su experiencia en el Banco Interamericano de Desarrollo, y es poco después cuando el relato de esta vida vuelve al principio de la narración, al pasaje que la pondrá cerca de su examen profesional en la UNAM: “En 1972 tomé tres decisiones trascendentales que cambiarían el rumbo de mi vida: por una parte, me independicé de la familia y alquilé mi propio departamento;  renuncié a mi puesto bien remunerado como secretaria bilingüe y entré a la universidad”. En efecto, esas decisiones marcaron el rumbo de lo que venía, un porvenir que luego, tras la consecución de su título, derivó en trabajo docente, investigativo y ensayístico, es decir, pleno de literatura.
Después de años y años en esa dinámica, María Rosa decidió recorrer mundo. Se dio sus mañas, ahorró, buscó buenas oportunidades en el mercado e hizo tours larguísimos, viajes y más viajes por Europa, por Sudamérica y por nuestro país. Se trató de recorridos (digámoslo así) culturales, paseos con ingente apetito de aprender, formativos, no viajes de paseo o de mero shopping. Y otra vez, como en todos los lugares del libro en el que visita sitios ajenos a su entorno, agudiza la mirada y pone su recuerdo al servicio de la inteligencia.
Tras los paseos, vuelve al DF y entonces aparece el capítulo “La ciudad irá en ti siempre”, sección donde brilla como sol una pregunta, el autocuestionamiento sobre el retorno: “¿Por qué regresé a Durango? Nadie me llamó. Nadie me ofreció un puesto con buen sueldo. Y luego, cuando ya estaba aquí, ¿por qué fui cobarde y no me arriesgué a regresar al Distrito Federal como se pudiera? Son preguntas que me han desvelado muchas noches. Ya he narrado —y es la verdad— que vine porque había comprado una casita que sirvió para arraigarme (yo, que siempre había sido una desarraigada); sin embargo, hay otras circunstancias que contribuyeron a mi retorno”.
Hasta aquí podemos pensar que María Rosa deja caer en su memoria, sin vacilar, logros y más logros, puros números negros. Ninguna vida puede darse ese lujo, y ella lo sabe. Tarde o temprano vemos hacia el pasado y notamos que una decisión tomada o no tomada nos ha mandado a tal o cual derrotero, y jamás sabremos “qué hubiera pasado si…”. Es grato leer en esta parte a una María Rosa algo escéptica de su propia trayectoria, aunque también segura, como nosotros, de que, pese a todo, los frutos allí están en libros, artículos, clases, traducciones y, en suma, en una carrera ejemplar desde que fue contratada en su primer trabajo hasta el último, hasta los que por estos días sigue asumiendo con la disciplina y la responsabilidad de siempre.
La memoria de María Rosa Fiscal, a quien quiero y respeto como alumno y como colega, es o puede ser una gran motivación para las mujeres y un obsequio espeso de sentido para los hombres. Ella, que ha admirado siempre a la inmensa Rosario Castellanos, no la ha defraudado; aquí, en este puñado de páginas, está su vida para que veamos a lo que puede llegar la sana inconformidad, la inconformidad constructiva, la inconformidad que da.
Permítanme este arrebato final: lo mismo que he opinado sobre pocas, sobre muy pocas personas, opino sobre María Rosa: este mundo sería mucho mejor, notablemente mejor, si hubiera más seres humanos como ella.
Los convido a leer su vida y confirmarlo. Pasemos.

Comarca Lagunera, 12, mayo y 2015

miércoles, octubre 24, 2018

Adiós al popote














La primera señal me llegó una tarde cualquiera en un restaurant cualquiera. Cenaba con mis hijas y cuando llegó el mesero con nuestras bebidas, mi hija más pequeña, de catorce años, alejó su popote y dijo algo enigmático:
—Papá, ya no hay que usar popotes.
Mi reacción favorable fue inmediata, pues ya en muchas ocasiones había pensado en la necedad de usar ese tubito de plástico que en otros lugares no es denominado con el nahuatlismo popote, sino con palabras como sorbete, bombilla o cañita. Pensé que mi hija había hecho el mismo razonamiento, pero no era así. Ella había visto no sé dónde una campaña que buscaba impulsar la discriminación del popote como adminículo para beber, y así, poco a poco, lo marginamos sin mayor conflicto en cada nueva oportunidad de usar popote en restaurantes. Tampoco quiero decir que la medida familiar lleva mucho de instaurada. Ha pasado un apenas un año, según recuerdo, y nos ha funcionado bien, nos agrada.
Lo que pensé como una política familiar, sin embargo, ha persuadido a buena parte de la población. Supongo en este caso que, ayudados por las redes sociales, los jóvenes han sido difusores fundamentales de esta campaña tal y como lo han sido de muchas otras iniciativas relacionadas con la responsabilidad civil en un mundo plagado de calamidades ambientales. En este sentido, se puede afirmar que si un gobierno desea que cale hondo una nueva conducta es pertinente que se apoye en los jóvenes: si ellos son convencidos de las bondades de una iniciativa, no será luego tan difícil que ésta sea adoptada por la mayoría.
Hace unos días, por ejemplo, reiniciaron las clases en la universidad donde trabajo, la Iberoamericana. Tengo allí horario corrido, lo que me obliga a utilizar al menos el servicio del comedor para la ingesta de mediodía. Además de usar las mesas del lugar, uno puede pedir “para llevar”, y sin cargo extra le sirven el platillo en un contenedor tripartita del llamado unicel, a lo que se puede sumar el vaso desechable de la bebida, los cubiertos y el popote, todo de plástico. Pues bien, para el semestre que corre cambió la política en este servicio: por disposiciones de nuestra autoridad universitaria ya no se servirán platillos para llevar en recipientes desechables, ninguno. Se usarán, para el caso, de vidrio, cerámica, barro o plástico rígido, todos reciclables.
Pese a que en un principio la medida generó algunas incomodidades, creo que ha sido muy bien recibida y por ello acatada, es decir, que ningún alumno se quejó. Para mí fue como volver, al menos en mi ámbito laboral, a los usos y costumbres de hace treinta años, cuando la comida para llevar se servía en papel canela (también llamado “de estraza”) o en recipientes que aprontaba el mismo consumidor, tal y como todavía se usa con el menudo dominical en muchos barrios.
Esto parece una poquedad, pero si lo vemos con atención, en una quincena de trabajo en la universidad ya no fueron usados decenas de recipientes, lo que a la larga totalizará una suma importante de plásticos que no irán a parar en basureros.
En resumen, un popote menos es un popote menos. Todo ayuda.

lunes, octubre 22, 2018

Acceso a Tomar la palabra*




















Las abundantes páginas que el lector tiene en sus manos son un testimonio bibliográfico, el segundo ya, emprendido por el profesor Gabriel Castillo Domínguez para pensar y ejercer la educación mediante la palabra escrita. Digo pensar y ejercer, al mismo tiempo, porque Tomar la palabra II es precisamente eso: un ejercicio de reflexión personal sobre la educación y sus orillas que a su vez se convierte en una manera de educar, de educar sobre el tema de la educación a partir de la escritura, que acaso es la menos perecedera forma de la enseñanza.
Armado de experiencias y lecturas parejamente ricas, Castillo Domínguez articula en las páginas de este libro un proyecto que alienta el imperativo de colocar a la educación en un pedestal que nos permita apreciar la relevancia que ella entraña. Porque querámoslo aceptar o no, todo pasa por el tamiz educativo, de suerte que nuestra sociedad empeora, se estanca o mejora en la medida en la que su sistema de enseñanza se anquilosa o se dinamiza.
En Tomar la palabra el autor ha querido enfatizar que su tema eje reviste una importancia central entre las prioridades del país. Por eso su examen acucioso de coyunturas políticas y de orientaciones y planes del Estado, y por eso también su mirada crítica en torno al rol de los maestros en la actualidad educativa mexicana. En este sentido, Castillo Domínguez interpela al maestro, al hombre de carne y hueso que trabaja en el aula y tiene la responsabilidad de formar; con él aspira dialogar, a él, principalmente, están dirigidas estas ideas que en su momento formaron parte de la columna Paideia publicada semana tras semana en el diario Milenio Laguna.
El autor ha articulado el conjunto de sus textos en cinco grandes apartados. “Magisterio”, “Educación”, “Sociedad”, “Política” y “Cultura”. En estas estancias, todas claramente delimitadas, son espigados comentarios que evidencian su preocupación por indagar en todos los recovecos posibles del quehacer magisterial. Dado que el asunto vertebral del libro es complejo, Castillo Domínguez secciona sus partes y permite a los lectores un adentramiento cuidadoso en cada subtema. Así, por ejemplo, en “Magisterio” aísla y discute el candente problema de la llamada “reforma educativa” que tanto ha dado de qué hablar durante el sexenio que va de 2012 a 2018; examina asimismo, en este rubro, la trascendencia del quehacer sindical serio y comprometido, el caso de las movilizaciones y la revaloración del profesor como agente de cambio.
En la segunda estancia, “Educación”, centra su mirada en la acción educativa en sí, en los variados ángulos desde los cuales podemos observar y discutir el imperativo de formar mejores generaciones de maestros que a su vez edifiquen mejores generaciones de estudiantes. No escapa a su examen, por supuesto, el debate sobre el papel de los nuevos modelos educativos en el contexto de la revolución informática, sobre el bullying como problema generalizado, sobre la lectura como urgencia y la matemática como rezago histórico, entre otras muchas preocupaciones.
No tan amplio como los anteriores aunque no por ello menos intenso, el apartado “Sociedad” trabaja en torno a tópicos de interés más abierto como la llamada “civilización del espectáculo” caracterizada, nos explica el autor, “por la actitud simplificadora de los individuos, orientada a la homogeneización, a la uniformidad y donde la gente padece una especie de adicción por el entretenimiento”, que, como se puede concluir, determina en grandísima medida el comportamiento y las expectativas del estudiante dentro del espacio escolar. Aquí mismo reflexiona sobre la juventud y la vejez actuales en relación con la falta de oportunidades y la desigualdad, estragos que representan dos de los lastres más dolorosos en el México contemporáneo.
“Política” es un tranco de larga zancada en esta segunda andanza de Tomar la palabra. No podía ser de otra manera, dado que la educación se ha visto atravesada en nuestro país por un sinnúmero de conflictos que la mayor parte de las veces obedece a intereses económicos de grupo y a reacomodos electoreros, de ahí las permanentes internas y la manipulación que en el espacio sindical han querido convertir al magisterio en un ente cautivo de la politiquería. Gabriel Castillo analiza, comenta, critica el acontecer político del país en relación con lo educativo y, siempre con argumentos, especula sobre aquello que más podría convenir a la sociedad en tanto recipiente de la educación, no a las camarillas que se disputan privilegios. En este terreno, pues, no desdeña la política, es obvio, pero la propone como instrumento de cambio por el bien del maestro y de la educación pública nacional, no como arma de logreros.
Por último, el apartado “Cultura” ara sobre una parcela temática que preocupa al autor tanto como las anteriores y orbita en la elipse de esta pregunta retórica: ¿es posible el renacimiento de maestros como los de la vieja guardia, es decir, profesores abiertos al infinito conocimiento adquirido por medio de las artes y las ciencias? El autor nos comparte comentarios sobre libros, música, pintura y personajes que nos invitan a pensar en la cultura general, plural, amplia, como una herramienta de transformación social que el maestro debe manejar si su propósito es alcanzar una “M” mayúscula, una “M” de Maestro.
Juzgo, en suma, que Tomar la palabra nos depara un recorrido placentero tanto por la pulcritud de su forma como por la hondura de su fondo. Si bien es el maestro su lector modelo, su lector meta, no dudo en afirmar que todos encontraremos aquí pues de alguna manera todos somos, al alimón, alumnos y maestros reflexiones estimulantes y muy agradecibles.
Bienvenidos a esta dilatada e inteligente conversación con Gabriel Castillo Domínguez.

*Prólogo a Tomar la palabra II, de Gabriel Castillo Domínguez, 2018, 388 pp.

miércoles, octubre 17, 2018

De erratas y derrotas




















Quizá nadie sabe más de erratas, de lo que fastidian y de lo que duelen, que quienes tenemos la suerte o no sé si la desgracia de editar libros, revistas y/o periódicos. Pero no sólo nosotros, claro. Los autores las cometen y las resienten cuando no las cometen, y los lectores las subrayan como para clavar más hondo el puyazo en la piel del editor. Por eso digo que este oficio tiene su lado lindo: hacer las cajas, escoger la tipografía, determinar si el arranque de los textos se acicalará con una bella capitular, ver en qué sitio queda bien algún renglón en versalitas... Eso, la parte del diseño general, es una chamba por lo común grata y hoy, gracias a los programas de computadora, algo mecanizada luego de decidir los parámetros de cada cosa.
Lo difícil no es eso, sino leer y releer el contenido no sólo para pescar las erratas del autor, que por lo general vienen porque vienen en el original, sino para que el texto avance en la tesitura que le corresponde, sea poética, narrativa o de prosa expositiva, sea sobria o lúdica, sea conservadora o experimental. Entonces, sea cual sea el caso, leer y releer —y en ese trance corregir en acuerdo con el autor, si se puede— es el oficio real de quien edita, y no sólo pasar un documento de Word a otro programa sin detenerse a pensar en las sutilezas de la escritura.
Pese a los cuidados extremos, sin embargo, las erratas siguen floreciendo. La tecnología moderna ha logrado, creo, aplacar su funesta aparición, pero no las ha vencido. Antes, cuando las publicaciones se componían a mano, de manera artesanal, sin electrónica, con tipos móviles, las erratas podían multiplicarse a grados escalofriantes, todo dependía muchas veces de que el cajista tuviera sueño o fuera muy desenfadado para que cualquier párrafo viera aparecer, de la nada, pifias de todos los colores.
Neruda opina al respecto en un textito titulado “Erratas y erratones” (del libro Para nacer he nacido, Seix Barral, Barcelona, 1978). Comenta allí que la narrativa puede padecer erratas sin desmoronarse, y confía en que el contexto ayuda a subsanar cualquier error. La poesía, al contrario, es una arquitectura tan delicada que cualquier cambio puede echar abajo el edificio de lo escrito. Comenta el caso de su próximo libro (próximo hasta el momento de escribir “Erratas y erratones”); dice que al revisar las galeras encontró que, gracias a los duendes de la zancadilla tipográfica, donde decía “el agua verde del idioma” le cambiaron a “el agua verde del idiota”. Espantoso. Luego narra una anécdota ocurrida a su amigo Manuel Altolaguirre, poeta y editor. Cuenta que tras editar un poemario, Altolaguirre se vio con el autor, a quien le aseguró que el libro no contenía errores, “Pero al abrir el elegantísimo impreso, se descubrió que allí donde el versista había escrito: ‘Yo siento un fuego atroz que me devora’, el impresor había colocado su erratón: ‘Yo siento un fuego atrás que me devora”.
Las erratas son invencibles. Lo bueno es que a veces hacen de lo trágico algo cómico. Viéndolo bien, no es poco logro.

sábado, octubre 13, 2018

Amanecer de América













Vuelvo por obligaciones docentes y mucho más por gusto al Diario del almirante y su testamento, de Colón. Ayer, en el aniversario 526 de la gesta, volví a pasar los ojos por allí. Algunas de sus páginas, como digo, son materia de comentario y en ocasiones de discusión frente a mis grupos, ya que dan pie al debate sobre el llamado “encuentro” o “choque” de dos mundos. A lo largo de mis años en el aula he advertido que los alumnos reciben con una mezcla de interés y desconcierto las descripciones asentadas por Colón durante su viaje, el diario en el que fue trazada la primera aventura con registro textual entre Europa y el también llamado, eurocéntricamente, “Nuevo Mundo”.
El almirante, como sabemos, comenzó su relato apenas zarpó. De éste no hay copias, originales de su puño. Lo que tenemos es la transcripción que hizo fray Bartolomé de las Casas, quien, papeles del genovés en mano, transcribió pasajes enteros y otros los resumió “con sus palabras”, lo que en metodología moderna se llama “cita resumen”. El español de Colón no es el español actual, por supuesto. Es un español que ahora nos parece sintácticamente torturado y en el que aparece algo de léxico en desuso, uno que otro arcaísmo (se le llama así a las palabras viejas y ya caducas para significar, con hipérbole, que fueron acuñadas en tiempos del arca bíblica). Si uno hace el esfuerzo y logra adaptarse al estilo colombino, la crónica es harto interesante, un tesoro de documento venturosamente salvado del olvido y la polilla.
Esto, asentado el 11 de octubre de 1492, es claro: “Tuvieron mucha mar y más que en todo el viaje habían tenido. Vieron pardelas y un junco verde junto a la nao. Vieron los de la carabela Pinta una caña y un palo y tomaron otro palillo labrado a lo que parecía con hierro, y un pedazo de caña y otra hierba que nace en tierra, y una tablilla. Los de la carabela Niña también vieron otras señales de tierra y un palillo cargado de escaramujos. Con estas señales respiraron y alegráronse todos”. Lo único difícil para nosotros radica aquí, un poco, en el léxico, pero lo resolvemos si acudimos al diccionario: “pardelas” (aves, como gaviotas); “escaramujos” (donde puede referirse a una planta o a un crustáceo también llamado “percebe”); el caso es que, para Colón, son señales de tierra próxima, de ahí que se alegre. Más adelante, ya el 12 de octubre, asienta que los nativos de Guanahaní, la isla donde los europeos tocaron tierra, hacen lo siguiente: “Ellos vinieron a la nao con almadías, que son hechas del pie de un árbol, como un barco luengo, y todo de un pedazo, y labrado muy a maravilla, según la tierra, y grandes, en que en algunas venían cuarenta o cuarenta y cinco hombres, y otras más pequeñas, hasta haber de ellas en que venía un solo hombre. Remaban con una pala como de hornero, y anda a maravilla”. Los nativos se acercan pues a los barcos europeos en almadías —luego llamadas “canoas”— hechas de un tronco largo y tallado en las que viajan de una a cuarenta personas, y se desplazan con un remo como pala de panadero (“hornero”), y lo hacen con pericia.
Esta es la primera crónica de América escrita en español. Lo que vino después fue una vidriosa mezcolanza de vilezas y heroicidades, el doloroso parto, hasta hoy, de nuestro mestizaje.