miércoles, septiembre 13, 2017

Información y desastres














Tras el sismo del jueves pasado que golpeó principalmente a Chiapas y Oaxaca se desató una ola de rumores cuyo contenido prevenía a la población de aquellos y otros rumbos sobre más movimientos telúricos. En algunos casos se informaba (es un decir) no sólo sobre el lugar, sino sobre la hora en la que se daría el nuevo siniestro, como si los sismos y sus réplicas ya fueran predecibles por la ciencia. De inmediato, claro, se desató igualmente una ola de aclaraciones: muchos en las redes sociales explicaban, en serio o con burlas, que pronosticar con tino la ocurrencia de los temblores no está todavía al alcance de los instrumentos creados por el hombre, de manera que creer en los rumores rayaba en el candor más bobo. Aclárese lo que se aclare, sin embargo, algo del enredo queda, la comunicación ahora está despatarrada y eso obliga a que vivamos atravesados por esta ironía: la superabundancia de información provoca que no estemos informados o que lo estemos fragmentaria y superficialmente, a punta de encabezados y de memes.
Hoy, pues, todo en el mundo informativo se amontona para que captemos una pizca insignificante de verdad sobre cualquier tema, y todavía no desarrollamos los reflejos necesarios para reaccionar ante el inagotable menú de notas que sin freno llueven sobre nuestros celulares y computadoras. ¿Qué es mejor ahora, leer información u opinión? ¿Sirven las investigaciones amplias para modificar la realidad? ¿La prensa puede acotar en algo los excesos del poder o el poder también puede excederse en el envío de cañonazos obregonistas que la mantengan a raya?
A estas preguntas les dio lúcida respuesta Daniel Salinas Basave en el artículo “Reportear en el país de no pasa nada”. Su idea eje es ésta: “En teoría, en un país de leyes e instituciones tendría que pasar algo a partir de esta revelación [la de la llamada Estafa Maestra]. La mala noticia es que vivimos en el país de no pasa nada. Paradójicamente, el gran aliado de la corrupción en este caso es la cotidianeidad y multiplicidad de los escándalos. (…) El exceso de mala prensa opera aquí a favor del gobierno. Qué tanto daño les puede hacer otro bombazo periodístico, si igual ya salieron ilesos de la Casa Blanca, el condominio de lujo en Miami y tantas noticias que han sido la comidilla del sexenio para después quedar en el olvido”.
En suma, tener información de más no necesariamente ha sido bueno. Hay tanta mala nueva que ya ninguna nos importa. Punto para el poder.

martes, septiembre 12, 2017

La novela judicial













En busca de otro documento encontré la reseña que escribió el maestro Federico Campbell sobre Leyenda Morgan, el libro policial con el que en 2005 gané el premio Nacional de Cuento de San Luis Potosí convocado por el INBA. Las palabras de Campbell fueron (para mí) elogiosas y ya no pude agradecerlas, pues él murió en febrero de 2014. El comentario del maestro tijuanense apareció el 28 de marzo de 2010 en la columna “La hora del lobo” de la revista Milenio Semanal, y ahora, tras hallarlo, he decidido subirlo al blog y compartirlo. El monito que adereza este post es de mi amigo Rubén Escalante Alonso, quien me ayudó a ilustrar el libro. Un detalle peculiar es que se trata de un libro de cuentos, pero dada su estructura compacta se hibridó un tanto con la novela, de ahí el encabezado.

La novela judicial
Federico Campbell

Jaime Muñoz Vargas, que escribe en La Opinión-Milenio de Torreón su columna “Ruta Norte”, ha propuesto a los numerosos y atentos lectores del género policiaco un conjunto de cuentos muy divertidos y originales: Leyenda Morgan, que acaba de publicar Ana María Jaramillo en una editorial de escritores: Ediciones Sin Nombre.
Se ha dicho que en México la novela judicial no es creíble porque en nuestro país los policías son los delincuentes o porque no se sabe dónde termina el policía y empieza el asaltante, el ladrón, el torturador o el sicario. La verosimilitud de la novela judicial depende de la cultura jurídica que se tenga en el país donde sucede la historia o bien de la manera en que el mexicano vive e introyecta la ley. Si detectives de la ficción, como Auguste Dupin y Sherlock Holmes, dieron su fama al género por los brillantes razonamientos que tejían sólo a partir de la composición de lugar que deducían del escenario, hoy en día sabemos que cada vez que hay un crimen lo más probable es que los indicios hayan sido alterados, modificados (como en el caso Colosio), borrados e incluso robados. En este contexto palpita Leyenda Morgan, volumen de cuentos policiacos que combina víscera y neurona.
Jaime Muñoz Vargas ha publicado crónicas, cuentos, poemas, ensayos y novelas. Su primera novela, El principio del terror, tiene como marco la Revolución francesa. Se trata de la vida imaginaria de Nicolas-Jacques Pelletier, el primer guillotinado real, hacia 1792. Es un monólogo descarnado, crudo, narrado con oscura elegancia. Juegos de amor y malquercencia, su segunda novela, obtuvo en 2001 el muy codiciado premio Jorge Ibargüengoitia. Nos revela hechos ocurridos en el norte de México y está construida con un habla mucho más coloquial. Desde el comienzo (y no desde el “inicio”) advierte que “todo es relato y ambas disciplinas, historia y literatura, se prestan y se quitan con descaro”.
Si el mero nombre pudiera ser destino, el protagonista Primitivo Machuca Morales no hubiera tenido otra opción que ser policía. Apodado Morgan por su parecido con Joe Morgan, beisbolista que jugó en el cuadro de los Rojos de Cincinatti, es un agente de la judicial (un representante del Estado) con excelente intuición para investigar y con un buen instinto de conservación. No come lumbre. Sabe dónde no meterse.
El teniente Morgan trabaja solo, fuma uno tras otro como si el humo no afectara la hidráulica del corazón (que es una bomba); bebe cuando está en servicio y escucha a Los Alegres de Terán y a Los Cadetes de Linares. Y lo más importante: es un asiduo lector de revistas policiales de monitos: y por ello fantasea con que él mismo protagoniza una de estas publicaciones. Eso lo convierte en el legendario teniente Morgan, del mismo modo en que Alonso Quijano se volvió don Quijote gracias a una adicción: las novelas de caballerías.
Leyenda Morgan obtuvo el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí en 2005. El jurado (Daniel Sada, Ana Clavel, Hernán Lara Zavala) dictaminó que se trata de “un libro orgánico y notablemente estructurado, escrito con una prosa ágil, paródica y humorística que contribuye a la innovación del género al incorporarse a la estética de la novela negra y del cómic a la tradición cuentística mexicana”.

sábado, septiembre 09, 2017

Crudeza de Calabacín












Me dicen que está disponible en Netflix, así que puede ser vista ya por casi cualquier interesado. Me refiero a La vida de Calabacín, película que recién fue ofrecida en la Muestra Internacional de Cine organizada en La Laguna por la Ibero Torreón en coordinación con la Cineteca Nacional. ¿Por qué la recomiendo? Entre las siete películas exhibidas durante la Muestra hubo, según los expertos, alta calidad, pero sólo quiero detenerme en esta obra francohelvética.
Generalmente asociamos los filmes de animación a la más pura fantasía. Así lo hemos visto desde que se descubrió, a la par de los dibujos animados, la técnica para dotar de vida a figuras elaboradas con sustancias maleables, como la plastilina u otras parecidas. La vida de Calabacín (Ma vie de Courgette, Suiza-Francia, 2016, 66 minutos), del animador suizo Claude Barras en colaboración con la cineasta Céline Sciamma, es un gran ejemplo de la contundencia que puede llegar a tener la animación cuando se aplica no tanto a la fantasía desbordada sino a la “vida real”, a la más cruda circunstancia humana.
Calabacín —sobrenombre de Ícaro— es un niño que ante la pérdida de sus padres debe ir al orfanato. Su profunda tristeza es inocultable, y con ella llega a cuestas al espacio que en teoría debe resguardarlo y sustituir hasta donde sea viable la falta de un hogar y, en lo posible, llenar el vacío dejado por las dos tremendas ausencias. El orfanato no le depara, sin embargo, muy buenas noticias: sus compañeros han pasado, cómo él, por experiencias altamente traumáticas, dolorosas en grado superlativo, incluso más duras que las padecidas por el pequeño Ícaro.
Sin mejor opción, Calabacín comienza a suturar las heridas y establece, no sin conflictos, lazos de amistad y camaradería, e incluso de amor tras la llegada de Camille, niña igualmente azotada por la vida. No se trata, empero, de la cinta chantajista que presupondríamos. La crudeza del pasado que carga cada inquilino del orfanato entra en juego para mostrarnos relaciones conflictivas, reincidencias en el hundimiento emocional de cada niño.
Nominada al Oscar como mejor película de animación, La vida de Calabacín es, en su especie, un producto estimable. El relato de la existencia a contracorriente, sin concesiones, evidencia lo mucho que todavía podemos aprender sobre la fortaleza humana y su capacidad para rehacer lazos de afecto allí donde aparentemente ya hay muy poco por reconstruir y por salvar.

miércoles, septiembre 06, 2017

Cinismo de sobra













Día tras día, sin freno, “espalda con espalda” como dicen en el beisbol cuando hay jonrones consecutivos, los escándalos de corrupción perpetrados por el gobierno de Enrique Peña Nieto se derraman por las redes sociales y, a veces más, a veces menos, llegan a los medios tradicionales. Entre el lunes y el martes de esta semana, por ejemplo, todavía no digeríamos el bocado del Ferrari del procurador Raúl Cervantes cuando ya teníamos otro encima y no bocado, sino bufet: los contratos establecidos por varias dependencias del gobierno federal con empresas fantasma, enjuague que abrió un socavón de 3.4 mil millones de pesos, cifra que ni escrita puede dimensionar una cabeza habituada a los salarios mexicanos.
Así como el agujero del Paso Exprés fue propiciado por la basura acumulada en un desagüe y así como lo del Ferrari ya fue atribuido a “un error”, el caso de los numerosos contratos con empresas de cartón piedra puede terminar en un mar de excusas o, a lo mucho, con algunos funcionarios menores en la picota. Nunca pasa nada ante las más contundentes revelaciones ni ante la evidencia palmaria del saqueo de los recursos públicos. Es impresionante.
Frente a los hechos, no queda otro camino más que pensar en lo que se sabe desde siempre: la vocación del PRI que recuperó el gobierno federal es el latrocinio, el robo descarado, la succión de la riqueza que en términos hipotéticos debería servir para crear obras de infraestructura y lubricar programas sociales. Hace tiempo se acabaron los tapujos, la simulación: ahora son exhibidos, desnudados en plena plaza pública, y articulan un discurso autoexcuplatorio que tiene mucho del “yo no hice nada” de los niños descubiertos en una travesura. Pero no es eso, una travesura, sino la más brutal rapiña que registre la historia del país, y en qué tiempos.
Si la vocación es robar, no es corrupción. La corrupción es una anomalía, un engrane enmohecido del sistema, un hecho que impide la operación óptima de una máquina. Lo que vemos ahora es una conducta programada, casi un Plan Nacional de Saqueo perfectamente explícito en sus directrices. No se trata entonces de un Bejarano agarrando billetes con ligas o de un burócrata de ventanilla pidiendo moche para agilizar el trámite, sino de una operación federal orquestada para canalizar recursos del país hacia bolsillos de particulares. Pero no pasará nada. Para esto y para todo lo demás hay cinismo de sobra.

sábado, septiembre 02, 2017

Tareas de más















Siempre he tenido una relación tensa con las tareas escolares. A veces me gustaban, a veces no, todo dependía, como sucede en cualquier caso, de los grados de dificultad y de satisfacción obtenidos tras encarar y concluir un objetivo. Sé que, por la costumbre, tendemos a pensar que las tareas son imprescindibles en la formación del estudiante, tanto que establecemos una relación automática entre la cantidad de tareas y la calidad de la educación: a mayor encargo de tareas, mejor es la escuela o el profesor, y a menor encargo etcétera.
Sospecho que la sobrecarga de tareas no necesariamente redunda en lo esperado, a saber, que el alumno sea mejor alumno y, de paso, que sea feliz, que pase una infancia/adolescencia asociada a la idea de la alegría escolar. La postura contraria no garantiza mucho, pero al menos abre la posibilidad de discutir y poner en crisis, problematizar, la imposición de tareas vespertinas como mecanismo que sin mayor cuestionamiento es así porque debe ser así y sanseacabó.
Si bien son etapas diferentes de la vida, la del adulto y la del niño se parecen en algún sentido. De hecho, la noción que predomina es la de formatear al niño para que poco a poco tienda a ser como un adulto, por eso el fomento de responsabilidades en los pequeños, por eso el suministro de consejos que aceleren su maduración, para que en el menor tiempo posible sea “grande” y se haga cargo honradamente de su vida.
Si esto es así, si queremos que el niño sea pronto un adulto, no veo razón para castigarlo con kilos y kilos de tareas escolares para las tardes, tareas que por cierto muchas veces deben maquilar los padres pues implican la consecución de materiales (cartulinas, marcadores, plastilina, silicones, pinturas…) cuyo manejo adecuado demanda por fuerza el concurso de un adulto. Mi mayor argumento es éste: el equivalente al trabajo del adulto es la escuela del niño; su chamba, digamos, empieza a las 8 y termina a las 2, y a partir de allí puede hacer alguna muy pequeña tarea y luego distraerse o recuperar fuerzas. En esta misma lógica, y aunque sé que muchos adultos llevamos trabajo a casa, lo ideal es que no sea así. Lo ideal, lo que todo adulto sueña, es ocupar su tiempo libre en el esparcimiento, en el descanso, en lo que sea, menos en el trabajo que ya, se supone, fue desahogado en el horario laboral. Si esto es así para los adultos, no veo la razón de engrillar al niño durante las tardes, de no dejarlo jugar ni verterse en otras actividades.

miércoles, agosto 30, 2017

Arte de orejear















No pude no pensar en aquel político español de nombre Jaime Mayor Oreja cuando supe que Rafael Moreno Valle, ex gobernador de Puebla y actual aspirante del PAN a la candidatura por la presidencia de la República, había dedicado parte de su vida al espionaje de altos vuelos. El poblano acaparó los reflectores nacionales porque al parecer ha sido una de las “mayores orejas” de este sexenio caracterizado, entre otras fechorías, por ordeñar información comprometedora mediante los más sofisticados sistemas de succión disponibles en el mercado, como el software llamado Pegasus de fabricación hebrea.
No sabemos todavía si el señalamiento contra Moreno Valle —quien por cierto hace poco fue portada de la revista Vértigo, ¡waw!— es infundado o si, al contrario, en efecto se inmiscuyó como James Bond camotero en peliagudos asuntos de espionaje. Si es cierto, se dice que grabó harta sopa soltada, entre otros, por Miguel Ángel Osorio Chong, Rosario Robles, Juan Antonio Meade, Luis Videgaray, Ricardo Anaya, Margarita Zavala de Buchanan y muchos más. ¿A cuánto asciende la colección de grabaciones obtenidas por la Productora RMV? En caso de existir, ¿qué tan comprometedores son esos documentos conseguidos a la mala? La denuncia es, creo, un primer asomo de lo que muy probablemente escucharemos cuando las campañas entren en calor, lo que calculo comenzará a darse en el mismísimo arranque de 2018.
No es posible desvincular este caso de un antecedente muy cercano a los coahuilenses. En alguno de los días de campaña política panista en Coahuila anduvo por acá Rafael Moreno Valle. Se le vio contento, saludador, entregado al placeo de su imagen. Eran los momentos de mayor tiroteo, de lodo a toma y daca entre anayistas contra riquelmistas. Curiosamente esa visita coincidió con la puesta en órbita, vía YouTube, de algunos audios perfectamente grabados, hasta de alta fidelidad, en los que es (no “era”, pues todavía están en la red) posible oír al candidato del PRI en su más íntimo esplendor. Destacan dos: aquel que permite apreciar sus pocas pulgas pues casi sin eufemismos ordena reprimir una manifestación pública en su contra, y otro, un tanto peor, en el que reacomoda varios millones para mostrar que un informe de gobierno no costó lo que costó.
¿Es posible pensar que la oreja de Moreno Valle también nos dio un llegue por acá? No lo sé, pero en el México actual es posible lo inaudito.

sábado, agosto 26, 2017

Libro de Madera
























En mayo de este año me comuniqué con Saúl Rosales para saludarlo y ver cómo iba todo en sus actividades. Lo encontré, creo, de buen ánimo porque en ese momento estaba por cerrar la organización de un libro. El esfuerzo para configurarlo, me enteré, había sido arduo, y ese esfuerzo estaba a punto de entrar a la etapa de la edición. Ignoro por qué, pero Saúl pensó en mí para esa chamba, y me convidó. Pronto, pues, tuve el original en Word de El guerrillero Raúl Florencio Lugo: su palabras y contextos, que Saúl y Eusebio Vázquez venían armando desde hacía meses. Era una labor sin apoyos institucionales, puesta en marcha por dos hombres admirados ante la vida de otro hombre.
Bastó asomar a las primeras cuartillas del documento para que mi admiración por Raúl Florencio Lugo enraizara en mi espíritu. Él, hace poquito más de cincuenta años, había participado en una de las más grandes hazañas que registre la historia libertaria de nuestro país, el ataque al cuartel de Madera. Junto con otros jóvenes, Lugo Hernández decidió el camino de la lucha armada en una época en la que el sistema “emanado de la revolución” comenzó a hacer agua por todas partes. Como sabemos, el presidencialismo de los sesenta dominaba, mediante el instrumento de un partido y dos o tres corporaciones obreras y campesinas maniatadas, la vida del país, y muchos grupos no adictos o cercamos al poder eran centrifugados o directamente reprimidos. La matanza de Tlateloco es, por ello, un hecho bisagra entre el México del presidencialismo omnímodo y el del presidencialismo en crisis que aún sufrimos.
El guerrillero… es un libro periodístico. Rosales Carrillo y Vázquez Navarro —ambos laguneros como José Santos Valdés, autor del primer libro sobre Madera— se interesaron en dialogar con Florencio Lugo y para lograrlo lo invitaron a Torreón. Ya acá, el ex guerrillero, hoy radicado en Agua Prieta, concedió la larga entrevista que constituye el espinazo del libro. Saúl Rosales tomó las palabras desgrabadas y las intercaló con comentarios y breves glosas, de suerte que en esta parte los lectores pespunteamos entre lo anotado por el escritor lagunero y lo declarado tal cual por el héroe sobreviviente de Madera. La parte correspondiente a Eusebio Vázquez contiene algunos artículos y crónicas publicadas en la prensa lagunera.
Este importante título puede ser encontrado en la librería El Astillero, en Morelos y Leona Vicario, de Torreón.

miércoles, agosto 23, 2017

Leer para atrás












“Yo leo cosas viejas. Yo ya releo. Otras veces, leo. Pero más releo. (…) en general leo para atrás”, dijo Juan Sasturain en una entrevista reciente. Como él, muchos gustamos del nado en albercas ya conocidas, pues eso es, de alguna forma, releer: echar un clavado en piscinas cuya agua hemos braceado con anterioridad. ¿Y por qué es así? ¿Qué no son infinitos los libros publicados después de que ya leímos? ¿Vamos a dejarlos a un lado?
Creo que releer no necesariamente margina el acto de leer. Yo releo, o leo para atrás, como dice Sasturain, pero también leo tanto como puedo. En ambos casos se trata de un placer similar, no exactamente el mismo. Al releer reconozco, revivo una experiencia. Con frecuencia me llevo la sorpresa de que lo releído vuelve a gustarme, y también con frecuencia, gracias al olvido, siento que estoy leyendo por primera vez lo releído. Ocurre que los vagos recuerdos que quedan de un libro visitado hace treinta años, digamos, no dejaban entrever su calidad, una calidad que resucita con la relectura. También sucede lo contrario: que el recuerdo sedimentado hace de tal o cual libro un gran libro, y los años, la experiencia, en suma las pérdidas y las ganancias de la vida, provocan una reacción negativa en el presente y modifican el pasado. Releer también destruye.
Y hay algo más. Uno relee por la misma razón por la que escucha la música que lo sedujo en su juventud. Al hacerlo no sólo entramos en contacto con la canción o la página que en el pasado nos atraparon, sino con la época en la que eso sucedió. Si no es un libro clásico —esos libros que leemos con “previo fervor”— puede ser que el reencuentro con el pasado sea más hondo, ya que en las páginas hay marcas, gestos, pequeñas circunstancias que nos remiten a un pasado compartido. Un ejemplo podría verse en la literatura de Revueltas. Si ya de por sí fue de difícil acceso en su momento, lo es más ahora, dado que su mirada (la del escritor durangueño) no se corresponde con la de cientos de autores actuales. Me refiero a lo más evidente, que los personajes de Revueltas tienen actividad política, y por ello una actitud peculiar ante la vida. Hoy es difícil, por no decir imposible, que un joven autor construya personajes revueltianos. Sus atmósferas y sus tramas no podrían “politizarse”. Estamos en otro momento, la percepción cambió mucho, y eso lo nota un lector viejo, un lector que relee.

sábado, agosto 19, 2017

Puñaladas de muerte














La pregunta no era infrecuente: ¿cuál es el mejor diccionario, profe? Dije “era” porque en estos días ya no lo es, a casi nadie le preocupan en serio los diccionarios. Mi respuesta era la misma y la sostengo hasta la fecha: el mejor diccionario es muchos diccionarios. En efecto, desde muy joven noté que un diccionario era insuficiente para atrapar, como en una sola redada (esta palabra significa lanzar la red), todos los peces verbales, de suerte que al Diccionario Usual de Larousse de la carrera añadí el Pequeño…, el Porrúa en el que hallé muchos mexicanismos bien definidos, el de la RAE en seis tomos y varios más especializados (en sociología, política, filosofía…) del FCE y otros como el de español-latín, español-náhuatl, modismos, lunfardo y demás curiosidades. Mis dos joyas en esta materia son el Tesoro de la lengua castellana o española, de Sebastián de Covarrubias, y el de la Academia Española en su tercera edición, el libro más viejo que tengo (1791).
Esta breve enumeración puede dar una idea aproximada de todo el papel que puede convocar una cierta obsesión por los diccionarios. Todos, a su modo, sirven para el propósito de aproximarnos a un significado general o preciso, antiguo o actual. Pues bien, las enciclopedias, muchos manuales y otros libros llamados “de referencia”, como los diccionarios, han pasado, o están pasando, a mejor vida. Internet, dada su capacidad para actualizar de inmediato cualquier información, ha fulminado al papel, lo ha convertido en una cháchara de la cual se puede prescindir con cierta facilidad si uno tiene, digamos, un teléfono celular.
Por ello Ignacio Bosque, lingüista y académico de la RAE, ha señalado que  “se han conseguido muchos logros en los diccionarios digitales: contamos hoy con un gran número de recursos en línea, entre ellos diccionarios multilingües (…) de ayuda a la traducción y la redacción. Se construyen nuevos multidiccionarios que añaden otras muchas posibilidades, como conjugaciones, citas, refranes, ideas afines…”, e incluso habla del orden alfabético —tal vez el recurso más caro en el diccionario impreso— como “una servidumbre del papel”, dado que ahora las búsquedas se pueden hacer como sabemos: escribiendo lo que necesitamos precisamente en un “buscador”.
No echaré mis diccionarios al tambo. Me gustan y los aprecio, pero es un hecho que cada vez que los miro percibo en sus espaldas muchas tristes puñaladas de muerte.

miércoles, agosto 16, 2017

Como las ratas













Alguna vez platicaba con un experto en ratas (sin metáfora) y me explicó que esos bichos tienen una capacidad de adaptación digna de cualquier asombro. Tal competencia la muestran en todo momento, por eso son ubicuas y prácticamente indestructibles. Por ejemplo, si no tienen buena comida a la mano, pueden recurrir a papel, a madera y hasta a polímeros, no sé; si una rendija es muy estrecha, son capaces de achiclarse (o sea, convertirse en chicle) para ingresar como si fueran una plasta de pintura en movimiento; si hay que trepar, tienen virtudes escalatorias casi circenses. En suma, son uno de los animales más capacitados por la naturaleza para encarar cualquier desafío y aguantar cualquier adversidad.
Más allá de que a ciertos políticos se les asocie con ellas (en México casi a todos), es evidente que en el PRI se encuentran los ejemplares de mayor capacidad y por ello han llegado a noventa años sin sucumbir pese a que sus resultados son, por decir lo menos, desastrosos. ¿A qué se debe esto? Como en el caso de las ratas, a su poder de adaptación, a que ante ningún reto se quedan a la expectativa, pasivas y en espera del desastre. Nada de eso. El PRI es un partido que se achicla, que como plastilina ha ido reconfigurando su organismo frente a las necesidades que le plantea la realidad por él deteriorada.
Cuando topó, en 2000, contra un muro opositor que parecía indestructible, se adaptó (comió plástico) a “la transición” con Fox y Calderón, y volvió gracias a ellos en 2012, lo que significó una catástrofe de magnitud todavía incuantificable. Ahora, luego del previsible papelón de EPN y su pandilla, es un partido impresentable, con un tercio de la simpatía electoral (su núcleo duro y los despistados que nunca faltan) que sólo necesita dos o tres mutaciones para garantizarse seis años más de poder. Una de ellas ya la “instrumentaron” (este asqueroso verbo me recuerda a las épocas de Miguel de la Madrid) con el cambio de sus estatutos para que un “simpatizante”, casi no se nota quién, pueda ser presidente. Luego vendrán las alianzas con el Partido Verde, los Chuchos y otras rémoras que elevarán aunque sea un piquito el tercio ganador, y tutti contenti.
El caso es adaptarse, como las ratas en estricto sentido, para no sucumbir y seguir haciendo de las suyas como las ratas en este caso con metáfora.

sábado, agosto 12, 2017

Tribus en Whatsapp




















Siempre sentí atinada la expresión “tribus urbanas” para designar a los grupos configurados azarosamente en las ciudades. En efecto, dentro del espacio colectivo, más si es grande como el del DF, se articulan submuchedumbres identificadas en principio por sus rasgos exteriores: la ropa, el corte de pelo, algún maquillaje o accesorio y demás, y en el interior por sus gustos culturales, sobre todo la música. Así, muchos periodistas y no pocos académicos ubicaron “tribus urbanas”, todas marcadamente distintas, como los punks, los emos, los metaleros, los rastafaris, los darks, los otakus, los skaters y varias más.
Con la llegada de las redes sociales han sido construidos los guetos digitales correspondientes, aunque también, dada la naturaleza de esos espacios, es muy fácil que, por ejemplo en Facebook, uno conviva al mismo tiempo con un darketo que con una grupie de Paquita la del Barrio. En Whatsapp es posible cerrar más las tribus, aunque aún allí es visible la individualidad. Por más tribales que seamos, pues, no deja de aflorar la personalidad de cada participante, de manera que hasta el grupo de “Whats” más ordinario tiene sus fichitas. A continuación, algunos miembros distinguidos de cualquier tribu whatsappera (pueden ser hombres o mujeres):
El Pablocoelho. Sin piedad manda mensajes de autoayuda, estampas que buscan levantar el ánimo del grupo, socorrernos en caso de depresión. Al octavo mensajito del día te motivó tanto que sientes ganas de matarlo.
El Chistín-Chistón. No cesa de enviar memes, gifs, relatos cómicos, videos de tropezones y bromas racistas, clasistas, sexistas y todo lo que termine en “istas” siempre y cuando sea jocoso. Es un Polo Polo de clóset o un Jojojorge Falcón incomprendido.
El Madreteresa. Siempre comparte buenas causas sociales y nos impulsa a cambiar el mundo, a no permanecer indiferentes ante el desastre. Le respondemos con emojis solidarios pero no hacemos nada.
El Volcán. Siempre está en ebullición, manda imágenes sexosas, chicas o chicos (según sea el caso) para alegrar la pupila. Todos se quejan de este calenturiento serial, pero nadie quiere que abandone el grupo.
El Espectador. Además de ser un periódico de Colombia, en Whatsapp es el que nomás pone manitas con el pulgar levantado. Está en el grupo sólo para sentir que es incluido en algo.
El Progreso de México. Es el que a veces es mencionado, pero de hecho no existe. No mete ni las manitas.

miércoles, agosto 09, 2017

Noventa años de David Lagmanovich




















Hace noventa años, el 9 de agosto de 1927, nació en Huinca Renancó, al sur de la provincia de Córdoba, Argentina, mi amigo y maestro David Lagmanovich. Debido a que desde su niñez fue a radicar a San Miguel de Tucumán, él se consideraba de allí, tucumano. Se doctoró en Lingüística por la Universidad de Georgetown, en Washington, y ejerció como maestro en universidades de Estados Unidos, Brasil, Alemania y, por supuesto, Argentina. Publicó una abultada cantidad de artículos y más de treinta libros divididos en ensayo, poesía y microrrelato, género del que es uno de los decanos en teorizarlo e historizarlo. Culto, amable, generoso. David es, para mí, un dechado de académico que lejos de enclaustrarse mira al mundo con deseo de mejorarlo. Para eso publicó tanto: para divulgar la literatura y la música que a él lo conmovían. Entre muchos de sus amigos menciono sólo a dos muy famosos: Cortázar y Sábato, y en más de una ocasión tuvo el privilegio de acompañar a Borges cuando Borges hacía tours como conferencista en EU. Para mí, por todo, fue un lujo conversar con él tres veces en persona y mantener una correspondencia electrónica que duró poco más de diez años y dejó un saldo de, calculo, cerca de 500 cartas. David murió el 26 de octubre de 2010. Como muchos de sus amigos latinoamericanos, norteamericanos y europeos, siempre lo tengo presente y aún me sigue orientando cuando lo releo en libro o en carta. Aunque yo esté lejos, me considero parte de la Asociación Literaria David Lagmanovich organizada en Tucumán por mis amigos Ana María Mopty, Mónica Cazón, Liliana Massara, Rogelio Ramos Signes y Julio Estefan, entre otros.
La foto que acompaña este post se la tomé a David en la plaza principal de Tucumán hacia mediados de 2007.

Un aviario en La Laguna

 


































Cuando comencé mi trayectoria de padre de familia busqué en La Laguna lugares adecuados para pasear a mis pequeñas. Como tantos, básicamente hallé lo mismo: la alameda y sus jueguitos, el bosque y su tobogán, los cines, la plaza principal de Lerdo, nuestros museos, no mucho. La asignatura del zoológico o algo parecido no podía contarse entre las posibilidades locales, así que alguna vez la encontré fuera: en León, Guanajuato, y en El Paso, Texas. Inconcebible, pues, era la idea de tener algo parecido en la región.
El domingo pasado, sin embargo, me llevé una grata sorpresa en el Aviario Lira. Ubicado casi a la vera de la carretera a Mieleras, en Torreón, tuve la oportunidad harto rara de ver especies de animales inhallables de otro modo en La Laguna. Su especialidad, obviamente, son las aves, pero ha incluido algunos lémures y asombrosos monos tití cuya reproducción ya fue posible en ese espacio.
Durante mi recorrido, que duró al menos dos horas, leí con atención las cédulas informativas relacionadas con cada especie y sentí el misterioso vértigo de ver aves cuyo colorido y canto pasman a quien jamás las ha visto así de cerca. En todo momento pensé en dos hechos: el primero, las dificultades que entraña mantener en pie semejante emprendimiento, dado lo difícil y costoso que resulta y lo profundamente comprometido que debe estar quien lo sustenta; y segundo, lo maravilloso que debe resultar ver algo así con ojos de niño.
Nunca en mi infancia vi un tucán o una kakatúa. En el circo, ciertamente, pude apreciar la triste belleza de animales raros y condenados a un trotamundismo aherrojado, pero además de que siempre me pareció cruel, no permitía una observación próxima. El Aviario Lira es una iniciativa familiar encabezada por Yolanda Lira, su directora, quien ha conseguido algunos apoyos oficiales para levantar tan desafiante proyecto, aunque es necesario decir que son ella y su familia quienes le han dado solidez.
Sé que hay recorridos guiados para escuelas, y me da gusto pensar que decenas de niños laguneros pueden acceder a esta experiencia. Lo que desearía en todo caso es que el siguiente gobierno estatal, quede quien quede, ponga los ojos en el Aviario Lira, le asigne un apoyo fijo y permita que los laguneros y quienes nos visitan tengamos este espacio permanentemente y en excelentes condiciones, como lo merece la asombrosa fauna ya reunida por la familia Lira.

Nota. Son mías las fotos que acompañan este post. 

sábado, agosto 05, 2017

Lagunero de pe a pa















Imposible imaginarme de otro lugar que no sea La Laguna. Acá nací, en Gómez Palacio, hacia el 64, y para estos meses pero de 1977, hace justo cuatro décadas, cambié de radicación. Mi familia —padre, madre y siete hermanos, uno recién nacido— pasamos de la calle Madero gomezpalatina, por el rumbo de la fábrica El Venado, a la colonia Nogales aledaña al seminario de Torreón. La mudanza no significó un cambio de escuela para mí, pues con todo y la distancia duplicada o triplicada seguí yendo a la secundaria federal Ricardo Flores Magón de Ciudad Lerdo. Para llegar todos los días hasta allá me levantaba a las cinco, me arreglaba y a las seis tomaba el primer bus que me dejaba en el mercado Juárez. Ya allí tomaba otro que salía de Torreón, atravesaba todo el bulevar Miguel Alemán de Gomez Palacio, entraba a Lerdo y me depositaba a las puertas de la escuela exactamente a las siete luego de un trayecto de una hora, siempre a oscuras. No parece heroico, pero en retrospectiva lo veo más o menos así porque eso hice a los trece años, sin saber que poco después, cuando la realidad se tornó muy peligrosa, no iba a ser lógico que un adolescente emprendiera solo semejantes travesías.
Un vago recuerdo proyecta en mi mente la película de mi padre en un Dart-K blanco e impecablemente limpio. Vamos con él algunos de mis hermanos y yo. Atravesamos el lecho del río Nazas por la zona del vado, en la Falcón, y tomamos la dirección del otrora Canal 4. Así llegamos a la orilla de la orilla, al Torreón más lejano. La colonia Nogales fue bautizada con ese nombre porque seguramente hubo allí árboles nueceros. Todavía, entre las casas en construcción de aquel nuevo fraccionamiento, vi un nogal a punto de morir. Mi padre frenó frente a una casa en obra negra y nos ordenó que bajáramos: “Ésta es”, dijo. Recuerdo que la recorrimos y que miré alrededor. El lugar lucía desolado, y en la esquina de la cuadra comenzaba La Nada. Pronto nos cambiaríamos al último confín de La Laguna.
Cuando eso pasó, no transcurrió mucho tiempo para que el supuesto fin de La Laguna que yo imaginaba se fuera poblando sin cesar de casas y colonias. Pasados cuarenta años, esa orilla es en este momento casi el centro, pues hoy la orilla anda más allá del TSM. Ahora bien, ¿soy de Gómez? ¿Soy de Torreón? ¿Soy de Durango? ¿Soy de Coahuila? No me meto en problemas. Desde hace mucho me siento ciudadano conurbado, lagunero químicamente puro.