sábado, junio 22, 2019

Nostalgia sin imágenes













Una tarde de hace dos o tres meses recibí un mensaje de Whatsapp. En él, cierto amigo me sumaba a un grupo de ese ya ubicuo sistema de comunicación. La idea (que se mantiene hasta hoy) era la de tratar de sumar a todos los excompañeros de la sección C de la escuela secundaria federal Ricardo Flores Magón de Ciudad Lerdo, generación 76-79. Es decir, cuarenta años después el intento era reunirnos al menos, por ahora, en el ámbito de la digitalidad. Poco a poco el grupo ha ido creciendo. De los más de cincuenta que egresamos, veinte ya estamos en contacto whatsappero y hace dos semanas nueve pudimos reunirnos en la vida real, tomar un café y recordar a pujidos aquel remoto pasado.
En la reunión real uno de mis excompañeros dijo una frase que pareció cercana a lo terrible: no tenemos fotos de nuestro paso por la secundaria. Sí hay, comentó alguien más, pero son pocas y muy malas, casi todas borrosas. El mismo compañero (Gerardo Martínez Parada se llama) sacó su celular y con expresión asombrada y triste dijo: “¿Se imaginan si hubiéramos tenido esta cosa en aquel tiempo?” En efecto, el celular ahora es fábrica y bodega de fotografías, tantas que un solo adolescente puede rebasar en tres días todas las fotos que sesenta alumnos se tomaron en tres años hace cuatro décadas.
El registro total de la vida cotidiana no asombra a los llamados centennials, pues ellos ya nacieron capturando con fotos, videos y algunas precarias palabras todo lo que hacen. Hoy no pueden vivir nada sin desenvainar el celular y tomar nota. El cúmulo de registros que hacen al día será, si lo conservan, una especie de memoria del Funes borgesiano: el recuerdo de 24 horas durará 24 horas, pues prácticamente no hay acto, por minúsculo que parezca, que no quede archivado en una memoria digital o en alguna red o en la nube o donde sea.
Quienes fuimos jóvenes en los setenta/ochenta/noventa estuvimos a punto de tener un registro fotográfico decoroso de nuestro paso por el mundo, pues ya había cámaras de uso no profesional. Lamentablemente, los rollos eran caros para los jóvenes y a eso se sumaba el revelado y la impresión, de suerte que las fiestas, las actividades deportivas, los viajes y otras oportunidades nos pasaron de noche. Si acaso, alguna foto esporádica nos detuvo en el tiempo, pero eso es nada comparado con todo el tiempo que nos tocó vivir.
Nuestro grupo de Whatsapp no tiene, pues, muchas fotos para testimoniar que en efecto fuimos compañeros; como a tantos adultos, lo único que nos queda es el recuerdo convertido en palabras, la nostalgia sin imágenes.

miércoles, junio 19, 2019

Letras y sudor ajeno













Las letras y el deporte han mantenido desde siempre una relación si no tirante, sí distante. Los escritores no han sido muy afectos a practicar algún ejercicio físico y los deportistas no han sido, que digamos, ni remotamente adictos siquiera a la lectura. La lejanía del escritor no ha sido radical, pues si bien no han condescendido a la práctica de algún deporte, muchos han colocado la experiencia de ser espectadores, algunos devotísimos. Con esto me refiero a los escritores que hacen panza, que fuman y beben, que comen como desalmados, que se desvelan y no muy al margen de esos hedonismos siempre tienen un ojo puesto en el televisor o incluso gustan de moverse en escenarios dispuestos para el deporte-espectáculo.
Conozco algunos casos de ese tipo, varios cercanos. Yo mismo considero caber en esa especie, y aunque no me reviento y el pellejo ya no me da para las desveladas (lo que quizá es tenido por poco literario), sigo haciendo algo de deporte y sigo, como siempre, atento a los vaivenes televisivos del futbol profesional y demás prácticas. Como espectador, por ejemplo, asisto con enfermiza frecuencia a la lucha libre lagunera, y no tan de vez en cuando voy también, cuando hay, al beisbol. Y como digo, tengo amigos que pese a su enorme cultura suspenden todo cuando juega el Santos Laguna o la Selección, o cuando hay Serie Mundial o Superbowl; en esos momentos la tele es su altar, y ellos no ven conflicto en esto, menos hoy, época en la que ya se ha relajado la imagen del escritor, antaño percibido como bicho refractario a la sociedad y su mundanal consumo.
Recién me regalaron los Diarios (FCE, 2015, 339 pp.), libro de Salvador Elizondo, y al botarle el celofán y abrirlo al azar caí en la página 243 donde el 1 de febrero de 1976 consignó: “Habló Octavio Paz a las 9:30. Yo estaba dormido. Anoche fuimos al box. Fue una gran noche de combates. Dormí satisfecho”. Hay cierto tipo de escritores a los que sería más o menos fácil asociar con la afición deportiva. Salvador Elizondo no sería uno de ellos. Autor refinado, culto hasta la exquisitez, jamás me dio la impresión de que podía moverse en espacios próximos al sudor. Siento una especie de alegría al leer que alguien como él iba al box y lo disfrutaba, que podía dormir “satisfecho” luego de ver varios cruces de mandobles. Tal vez en el fondo la literatura y el deporte no estén tan distantes; tal vez, incluso, sean lo mismo.

sábado, junio 15, 2019

Volver a las ucronías
























Hace poco vino Óscar de la Borbolla a La Laguna y no sólo pude saludarlo, sino que compartimos una mesa para, con el detonador de La rebeldía de pensar (FCE, 2019), su libro más reciente, conversar sobre sus trajines de escritor. Mencioné en público que he disfrutado varios de sus libros (tengo al menos siete de su cuño y letra) y mencioné sus títulos en desorden, como me llegaban a la cabeza, una cabeza que en ese momento improvisaba frente al público. Al terminar y repasar lo que enuncié, sentí esa inquietud bien conocida de quienes saben que saben algo pero no saben lo que no saben.
Y bueno, poco después supe lo que me inquietó: olvidé mencionar Ucronías (Joaquín Mortiz, 1990), cuya primera edición tengo y cuya lectura alguna vez disfruté como desconcertado niño. En efecto, las ucronías de De la Borbolla fueron colaboraciones periodísticas (a Excélsior) caracterizadas por apelar a la mentira para terminar diciendo verdades con chanfle, afirmaciones que pasaban por encima de la barrera de los prejuicios y la estolidez para luego llegar, por el ángulo, hasta las piolas.
El engaño, recurso caro en las canchas, fue usado por el también autor de Las vocales malditas para fintarnos por un lado y salir airoso con el balón por el otro. Ahora que lo he hojeado/ojeado reencuentro ese gambeteo, por ejemplo, en “Historia de las esquinas”, donde nos describe un pasado lleno de agentes de tránsito —llamados en el DF “tamarindos”— que tiempo después fueron extinguidos por los semáforos. Esto que parecería signo de primermundismo derivó en el crucero semaforizado como enclave del tercermundismo, ya que allí se apiña, hasta la fecha, la herencia principal del capitalismo salvaje: los desheredados que arrojan lumbre o venden periódicos y baratijas.
Otro ejemplo entre todos los buenos ejemplos que contiene este libro revisitable es “Ratas gigantes”, texto que juega con la noticia de que han aparecido en el DF roedores del tamaño de un perro grande. De alguna manera, De la Borbolla anticipa el recurso hoy tan usado de las fake news, pues al hablar de las alimañas cita a unos “investigadores universitarios especialistas en genética”, tal y como ahora, tras la frase “recientes investigaciones han demostrado”, se afirma lo que sea y la gente lo cree.
En suma, no me gustó haber omitido unas palabras sobre las Ucronías de De la Borbolla. Aquí he tratado de enmendar ese error.

sábado, junio 08, 2019

El pasado y Stanley















Leí hace algunos días un libro de Ricardo Ragendorfer, mejor conocido como el Patán. Este sujeto es el cronista latinoamericano que más admiro en el rubro del periodismo policial, una autoridad en esta viscosa materia. Nació en Bolivia, pero ha vivido la mayor parte de su vida en Buenos Aires, donde radica hasta la actualidad. Sé que alguna vez deambuló por el DF, ciudad en la que por cierto consiguió algunas chambas de reportero gracias a mi amigo Carlos Ulanovsky, quien también pasaba su exilio en nuestro país.
En el libro de RR (Crónicas de la vida turbia) hay una pieza que no se refiere a la realidad argentina, sino a la mexicana: su título es “El narco enamorado” y trata sobre la captura de Rafael Caro Quintero. Al atravesar esos renglones volvieron a mí algunos datos que tenía olvidados. No recordaba por ejemplo que lo pescaron en Costa Rica, y que el escándalo mayor fue que Sara Cosío lo había defendido como pareja sentimental. Pensé en lo cerca y lo lejos que nos va quedando todo cuando comenzamos a ser viejos: todo es cuestión de que veamos ciertos datos para rehidratar los recuerdos aparentemente erosionados de la memoria.
Eso me pasó hoy, o sea ayer 7 de junio. Al azar, entre las noticias que aparecen cuando uno abre cualquier web, vi que el asesinato a Paco Stanley cumplía veinte años de edad, y aunque he olvidado pormenores, el hecho fue tan explotado en los medios que inevitablemente lo relaciono con un momento exacto de mi vida.
Cuando Stanley fue acribillado yo andaba en el DF por razones laborales. Era padre primerizo y buscaba la manera de afinar mis medios de vida. Ya editaba libros, pero siempre batallaba para imprimirlos bien y a precios bajos. Alguien, no recuerdo quién, me puso en contacto con una buena imprenta del DF, llamé, acordé una cita y organicé un viaje en camión. Recuerdo que me hospedé en un modesto hotel del centro histórico y el 7 de junio de 1999, luego de desayunar ya tarde, salí en busca de la imprenta. Tenía la dirección y por preguntas supe que debía tomar el metro hasta una estación remota y luego un microbús que me llevaría al fin del mundo chilango. En el camino vi periódicos amarillistas en las manos de todas las personas: habían atestado de plomo a Paco Stanley. En un puesto callejero de comida levanté la cabeza hacia una tele en la que linchaban a Cuauhtémoc Cárdenas. Luego de dos horas, llegué asqueado a la imprenta y con la sensación de que todo se había podrido un poco más en nuestro país.

miércoles, junio 05, 2019

Plan lagunero de lectura














En el auditorio de la Universidad Lasalle fue puesta ayer en marcha la campaña “Laguna: región de lectores”, proyecto coordinado por la Subsecretaría de Educación en la Región Laguna de Durango y apoyado por dependencias culturales, bibliotecas y universidades laguneras de ambos estados. La ceremonia contó con la presencia de Paco Ignacio Taibo II, escritor y promotor de la lectura que desde enero pasado encabeza el Fondo de Cultura Económica, la editorial más importante del Estado mexicano.
El programa de actividades que abarcará la campaña está precedido por una introducción que, entre otras ideas, afirma: “La deficiente lectura afecta la adquisición de nuevos aprendizajes en las escuelas, razón por la cual se ha buscado apoyar a maestros y directivos por medio de cursos, talleres, conferencias y eventos especiales con especialistas tanto de la SEP como de la UNAM. A partir de ello y considerando que la lectura es un asunto que no sólo compete a la escuela, sino que también corresponde a la familia y a la sociedad en su conjunto…”; así pues, el plan es incidir en diferentes espacios de la vida social para conquistar lectores, una de las metas a las que ha aspirado más insistentemente, aunque sin mucho éxito, la educación mexicana.
Desde que recuerdo he visto aquí y allá, siempre, emprendimientos cuyo fin es crear lectores. La pregunta que me hago es simple: ¿es posible hacer lectores donde no los hay? La respuesta me orilla invariablemente a los callejones sin aparente salida del realismo: es difícil crear lectores porque leer es un hábito que nace y se desarrolla, la mayoría de las veces, misteriosamente, es decir, sin una razón que parezca muy clara. No hay fórmulas, no hay manuales ni recetas. Sabemos, sí, que en la medida en la que los libros anden en casa, en la medida en la que haya bibliotecas, en la medida en la que sean accesibles por su precio y su buena distribución, en la medida en la que haya ferias, en la medida en la que los maestros también lean y entusiasmen, en la medida en la que el Estado y los medios de comunicación se involucren, todo junto, es viable la utopía de ganar nuevos lectores.
Se trata de un hábito que nace y crece con lentitud, principalmente por contagio, no por obligación, así que el primer paso es comenzar por no creer que es fácil. No, no lo es, menos ahora con tanta tecnología distractiva, y por eso mismo toda cruzada es bienvenida.

sábado, junio 01, 2019

Trato a Trump





















Como ocurre ya no con frecuencia, sino siempre, la carta de López Obrador a Donald Trump provocó una epidemia de especialistas en diplomacia que en todos los soportes a su merced explicaron por qué sí y por qué no habían sido correctas las líneas dirigidas por nuestro presidente al de los Estados Unidos. Colocado al margen, lo más que puedo, de la simpatía por lo que sigue quedando del proyecto de reconfiguración nacional emprendido por el actual gobierno mexicano, leí la carta y salvo dos o tres frases innecesarias, no veo mal su contenido ni su forma, y tampoco veo mal algo más sutil: su tono, la coloratura del tratamiento que la anima.
Lo primero que uno debe preguntarse es elemental: ¿cómo puede ser tratado Donald Trump? Por supuesto, si somos mexicanos de a pie, ciudadanos como usted y como yo, la tentación de la dureza es muy grande, casi el único camino: señalar con toda solidez al mandatario norteamericano que se equivoca y que México juzga inaceptable la medida propuesta, la de los aranceles escalonados ¡y blablablá! Enrique Krauze dio una brillante idea: “Al tirano no se le apacigua, Al tirano se le enfrenta. En todo tiempo, en todo lugar”. Así, de golpe, el autor de Biografía del poder pasó de ser empresario de la comunicación a Che Guevara en las Naciones Unidas. El problema de esa afirmación está en la ambigüedad del verbo “enfrentar”, literalmente “ponerse en frente de”. ¿Qué significa en este caso? ¿Levantar los puños como boxeador? ¿Amenazar con romper relaciones? ¿Blindar la frontera? ¿No mandarles aguacate? No sé. Lo único que sé es que enviar una carta inmediata y respetuosa es una forma de enfrentar, por poco que parezca (que en términos diplomáticos es, de hecho, lo primero y lo único que debe proceder, no declarar la guerra).
Leí la carta de López Obrador e, insisto, salvo dos o tres frases que quizá yo quitaría, lo demás me parece atinado. La postura es la misma, ciertamente, que en un caso análogo podría asumirse si fuera Haití el país que nos amenaza. AMLO y sus asesores recurren a la historia para no dejar la respuesta en un párrafo taxativo, hacen aseveraciones sobre personajes de los dos países y se colocan con firmeza ante el interpelado, no con bravatas. Es verdad que no se logra mucho aterciopelando la palabra frente a Trump, tipo de suyo atrabiliario, pero menos se obtendría si el tono fuera vidrioso. En resumen, ante un toro que embiste hay que sacar el trapo y tratar de hacer la faena.

miércoles, mayo 29, 2019

Ocho segundos












Hace unos días asistí a una conferencia sobre la generación Y o centennial, una franja etaria (¿así se dice?) que abarca a los jóvenes nacidos con celular, y no torta, bajo el brazo. Esos chicos ahora deben tener, creo, alrededor de 16 o 17 años, y están por ello a punto de acceder a la universidad. No sé si entendí bien, pero entre sus características más visibles están, claro, el apego visceral al celular, su casi total incapacidad para hilar una conversación, su fobia a quedarse desconectados y lo que más me alarmó: su dificultad para centrar la atención por más de ocho segundos seguidos. Supongo que es una exageración, pues no puedo imaginar la vida sin la atención prolongada que permite aprender a profundidad o, simplemente, escuchar a un conferencista o a un amigo sin la inquietud de salir huyendo. Pero es así, dijo el experto: un centennial fija ocho segundos su mirada en un asunto y después de eso debe brincar a otro. Pedirle más es casi imposible.
Quienes oímos, padres y/o maestros, esa exposición participamos en general de ciertas características centennial: también encendemos el celular (con ansia) al despertar, también volvemos a casa como locos si llegamos a olvidarlo y también le echamos permanentemente el ojo a la pantallita en charlas, misas, conferencias o juntas de trabajo, pero creo que somos todavía capaces de concentración, al menos la mínima para dar la impresión de que nos interesa lo que escuchamos. Gracias a esta capacidad (la capacidad de atender algo) podemos escuchar una conferencia sobre la falta de atención de los centennials y al final sacar la conclusión de que debemos hacer algo.
Lo que inquieta —y en esto hay, seguro, mucho de ancianidad en mi pensamiento— es que las soluciones que nos planteamos siempre tienden a dar por su lado a quienes se nos escapan, es decir, resolvemos que si los jovencitos no hacen caso en el aula debemos hacer que nuestra clase sea “dinámica”, echar maromas, hacer magia, stand-up, diversificar nuestro hacer magisterial en peripecias que logren conquistar la atención de los chamacos ya reacios a escucharnos.
¿Estará bien hacer eso? No lo sé. Sospecho que no totalmente, pues lo que haremos es fomentar la cultura del divertimento, del fragmentarismo y la superficialidad. Calculo que el método debe apuntar, más o menos, a un pacto con los jóvenes: nosotros nos acercamos a su mundo, chateamos y todo, pero ellos también deben leer un poco y estar dispuestos a rebasar los ocho segundos de atención sin celular.

sábado, mayo 25, 2019

Peatones somos y en el peligro andamos









En una de nuestras muchas conversaciones sobre todo y sobre nada, mi amigo Gerardo García Muñoz observó que en Houston, donde vive, ya no hay aceras. Allá, como en tantos otros lugares de Estados Unidos, el coche ha terminado por borrar del croquis esos espacios de la ciudad que antes servían para caminar. Acostumbrados como están a las distancias enormes, de muchas millas, para ir al trabajo o a lo que sea, los gobernantes del país vecino supusieron que no ya hay loco que se atreva al desplazamiento a pie. Nadie podría sobrevivir a cincuenta millas de marcha forzada. Tampoco hay, me comenta Gerardo, abundantes líneas de transporte público. En el fondo del asunto hay una razón fincada en el progreso o lo que en algunos lugares se entiende como tal, como progreso: las aceras y el trasporte colectivo no son necesarios porque allá todos tienen auto. Quien no, está frito, y debe resignarse a la estaticidad.
Hay países y ciudades, sin embargo, que todavía contienen millones de transeúntes y esto implica que sus arterias tengan espacios reservados para ellos. No sólo me refiero aquí a las aceras, sino también a los “pasos de cebra”, a los paradores de transporte público, a los puentes peatonales y a las rampas diseñadas para personas con discapacidad. En estos lugares el peatón es una presencia ineludible, así que las normativas sobre movilidad deben tomarlo en cuenta sí o sí, aunque en los hechos sepamos que el rey de la ciudad es el vehículo de cuatro o más neumáticos.
Lo que todo peatón debe saber es que tiene derecho a la movilidad, y que ese derecho no debe ser restringido para ceder cada vez más cancha al transporte privado. Uno de los derechos más elementales, acaso el principal, es cruzar la calle con calma y seguridad, lo que no ocurre en nuestro entorno. Hasta el peatón ignora este derecho cuando apura el paso para que pueda avanzar un coche en una calle sin preferencia, o cuando corre por el paso de cebra aunque el semáforo marque rojo, esto para no molestar a los conductores que aguardan el verde.
Otro derecho es el de las banquetas amplias o al menos despejadas. Como ya lo señalé en algún otro comentario, cada vez es más frecuente ver la invasión de objetos extraños en las banquetas, desde coches trepados hasta montañas de arena y cascajo, desde carritos de comida hasta estacionamientos en batería que no dejan ni medio metro libre al transeúnte. En esta circunstancia, quien camina debe aprender a sortear obstáculos, a subir y bajar desniveles porque cada quien hace de su banqueta lo que le apetece.
Caminar no debería ser traumático ni peligroso, sino lo contrario, un placer que deje al ciudadano la sensación de que vive en la civilización, no en la jungla. Esto no será posible mientras siga la merma de los espacios para el desplazamiento a pie y el avance irreductible, descontrolado y absurdo de los espacios para vehículos con motor, a los que debemos sumar el cúmulo de obstrucciones fijas que convierten a los andadores urbanos en un trauma de todos los días para quienes, por la razón que sea, las recorren a pie, con muletas o en sillas de ruedas.

miércoles, mayo 22, 2019

Prosa sobre la marcha
























Quizá en otro momento fue así, pero hoy no creo que sea el caso. Salvo algunos privilegiados, la mayoría de los escritores trabajan muchos de sus textos sobre el regazo, en las pausas que dejan los numerosos oficios a los que irremediablemente los orilla la vida de este tiempo. Fuera, como digo, de casos aislados en los que nada enturbia la tranquilidad para que cuaje una novela o un gran ensayo, los tundeteclas del común avanzan por la vida soltando aquí y allá, como si fueran los tiros mencionados por López Velarde en “La Suave Patria”, textos cuya catadura suele enseñar mucho la oreja del apuro, del sprint cortito.
Un experto en esos textos escritos sobre la marcha y al lado de mil actividades fue Alfonso Reyes, maestro cuyo 130 aniversario de nacimiento y 60 de muerte recordaremos durante este 2019. Ciertamente, Reyes esculpió libros amplios (El deslinde, La antigua retórica, La crítica en la edad ateniense, Trayectoria de Goethe…), obras que a la fecha son apreciadas por la crítica como notables por su erudición y bella prosa, pero jamás en su más de medio siglo como escritor dejó en paz la máquina para urdir de botepronto, de primera intención, brevedades que hasta la actualidad y pese a todo siguen vivas porque evidencian un tono suelto, relajado y a veces hasta festivo del más grande escritor del siglo XX mexicano.
Una pequeña pero representativa parte de ese quehacer ha sido reunida en La cosa boba. Prosa incidental (UANL-El Equilibrista, Monterrey, 2019, 176 pp.), colección de textos de AR organizados y prologados por Jesús Silva-Herzog Márquez. Es, creo, otra buena oportunidad para acceder a Reyes sin el conflicto de la densidad implícita en sus grandes libros. Acá hallamos al regiomontano ligero pero nunca simple, al Reyes que conversa por medio de la palabra escrita, al hombre que comparte sutilezas como si nos acompañara en una sobremesa.
El título desconcierta de entrada pero está plenamente justificado en la intro de Silva-Herzog Márquez, quien cita a Santa Teresa: “es cierto que algunas veces tomo el papel como una cosa boba”, es decir, como queriendo y no, sólo porque está a la mano y la mente se afana en asentarle alguna idea. Conviven en esta Prosa incidental obritas de Reyes que no tienen desperdicio. Ojalá fueran más conocidas y leídas.

sábado, mayo 18, 2019

Sarabia en Acequias 78













Está en línea el ejemplar 78 de Acequias, revista de la Ibero Torreón. Su editorial consigna que hace ochenta años (7 de junio de 1939) ocurrió el accidente en el que murió el piloto Francisco Sarabia Tinoco (Ciudad Lerdo, Durango, 1900), acaso el lagunero que más profunda impronta ha dejado en nuestro país si nos atenemos al número de instituciones (escuelas, aeropuertos, calles...) que llevan su legendario nombre. Para recordar sus hazañas y su temeridad, en este número 78 de Acequias la doctora Laura Orellana Trinidad, tras explorar en fuentes primarias, nos trae el retrato de un Sarabia menos conocido aunque igualmente heroico.
José Carlos Nava, académico y periodista, cede una parte de La tropa del silencio. Memorias desde un campo de batalla, libro que explora la elevada violencia vivida por los laguneros entre 2007 y 2013; esta obra focaliza su mirada principalmente en los periodistas, víctimas inmediatas de la turbulencia. Más o menos en el mismo tenor, Jorge Martínez y Fernando de la Vara colaboran en estas páginas con un fragmento de Ruta de paso, libro en el que entrevistan a migrantes que dan testimonio de las brutales experiencias que deben padecer en su intento de alcanzar la frontera con Estados Unidos.
“La violencia contra la mujer y su legitimación en la cultura”, María del Socorro Hernández Manzano, académica de la Ibero Torreón, subraya la naturalización de las conductas agresivas contra la mujer y la forma como pasan inadvertidas en el trato cotidiano.
Clara Guerra Cossío, asistente de la biblioteca de la Ibero Torreón, nos acerca a los desafíos que encara la biblioteca en las épocas que corren; enfatiza la necesidad de plantear un nuevo paradigma en la relación usuario-documento.
Cierra esta Acequias con reseñas (sobre un libro sorjuanista de Saúl Rosales, y sobre Rostros de la agresión y Extremo sur, libros de la Ibero Torreón) de Lucila Navarrete, Eiko Gavaldón y Alfadir Mireles, y aportes de narrativa y poesía firmados por los argentinos Fabián Vique, Carlos Dariel y la lagunera Nadia Posada Reyes, estudiante de comunicación de la Ibero Torreón.
Acequias puede ser leída en línea en la web de la Ibero Torreón.

miércoles, mayo 15, 2019

Semana argenmex en La Laguna





















Hago eco al boletín de cosecha propia. Luego de sus participaciones de este viernes y sábado en la Feria Internacional del Libro de Coahuila, tres actividades literario-periodísticas con acceso libre sostendrán en La Laguna los escritores argentinos Carlos Dariel y Fabián Vique; este es en un esfuerzo conjunto de la Secretaría de Cultura de Coahuila, el Teatro Isauro Martínez y la Universidad Iberoamericana Torreón.
El martes 21 de mayo en el Teatro Garibay (Bravo 245 poniente, Torreón) se llevará a cabo la mesa redonda “Santos-Boca: un amistoso periodístico-literario”, en la que Vique y Dariel conversarán con Rafael Rosell y este servidor sobre futbol y periodismo en nuestros países de origen. Luego, el miércoles 22 en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Martínez (Galeana y Matamoros, Torreón), los argentinos tendrán un diálogo sobre las relaciones entre la literatura argentina y la mexicana. Por último, el viernes 24 y de nuevo en el Teatro Garibay, ambos presentarán libros de su autoría: Peces, micronarrativa de Vique, y Donde la sed, poesía de Dariel. Las tres actividades comenzarán a las 7 de la tarde.
Carlos Dariel nació en Buenos Aires en 1956 y reside en la localidad de Haedo, Provincia de Buenos Aires. Poemas suyos integran diversas antologías de Argentina y del exterior y también fueron publicados en revistas gráficas y virtuales de Argentina, Brasil, Colombia, Italia y Rusia. Entre otros libros, ha publicado Según el fuego (Nostromo editores, 2004), Cuestión de lugar (de la misma editorial, 2007), Donde la sed (Macedonia Ediciones, 2010), Bajo el fulgor (Haiku) (Ediciones El Mono Armado, 2015), y ha ganado el Tercer Premio del Certamen de poesía de Editorial Baobab auspiciado por la Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Buenos Aires (2003) y el Primer Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes (2009).
Nacido también en la Ciudad de Buenos Aires en 1966, Fabián Vique vive en Morón, Provincia de Buenos Aires. Es profesor de literatura y editor. Publicó, todo en el género microficción, La vida misma y otras microficciones (Instituto Cervantes, Belgrado 2007, Macedonia Ediciones, Buenos Aires, 2010), Variaciones sobre el sueño de Chuang Tzu (Macedonia Ediciones, Buenos Aires, 2009), Los suicidas se divierten, (Posdata Ediciones, Monterrey, 2012), Peces (Macedonia Ediciones, Buenos Aires, 2015) y Fábulas, fantasmas y fotocopiadoras (Micrópolis, Lima, Perú, 2016).

sábado, mayo 11, 2019

Las afueras: el desierto desde dentro



Creo que algunos relatos no tienen personajes y acusan una suerte de deshumanización en el sentido orteguiano del término. Dicho de otra forma, no tienen personajes ortodoxos, de esos que caminan, aman, matan, bailan, triunfan, lloran y estornudan. Sus personajes —o su personaje— son menos humanos, más abstractos e inasibles. Creo que tal es el caso de Las afueras, novela de Luis Jorge Boone (Monclova, Coahuila, 1977). En efecto, este relato del joven escritor norteño tiene como eje, como sujeto permanentemente visible, al desierto o, dicho más correctamente, a la estepa del centro norte mexicano, una zona que sin vacilar puede ser considerada como “mágica” pese al rulfiano desgaste de este adjetivo.
El autor, según las fichas biográficas más actualizadas, ha publicado siete libros: Legión, Galería de armas rotas, Material de ciegos, Traducción a lengua extraña, Novela, Primavera un segundo, Los animales invisibles y La noche caníbal, libro de cuentos que próximamente será traducido al inglés. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y ha ganado siete premios nacionales entre los que destacan los de poesía Elías Nandino y Ramón López Velarde, de cuento Inés Arredondo y de ensayo Carlos Echánove.
En un puñado de páginas Luis Jorge Boone ha logrado asir el espíritu de estas tierras, el calor y el sol y la desmesura de la desolación que estos huraños ámbitos infunden en el ánimo del ser humano. Por eso creo que el paisaje y su gravitación, más que nada, constituyen el centro de Las afueras. Y sospecho que no podía ser de otra manera: animarse a narrar estos espacios (Cuatro Ciénegas, Sabinas, Múzquiz, Monclova, Frontera, Agujita, Nadadores, Lamadrid, San Buenaventura, Nueva Rosita y sus estaciones anexas) forzosamente derivaría en un relato cuyo espíritu iba a ser dominado, tiranizado, sometido por la pesada mano de los elementos. Así como Cien años de soledad es exceso de verde o El Siglo de las Luces es plenitud de azul, Las afueras es invasión de amarillo, de ocre y de sepia, los colores que representan nuestros calores, valga el juego verbal.
No sé si exagero, pero creo que esta novela de Boone sólo pudo escribirla un narrador hecho a estos andurriales y, al mismo tiempo, con experiencia en el exterior, como la que él ha tenido sobre todo en la capital del país. Lo comento por la eficacia, eficacia de lugareño, con la que logra captar el agobio de la atmósfera en el reseco pensamiento de los personajes de carne y hueso, por un lado, y, por el otro, por la sutil captación de la resignada hosquedad que sólo puede ser advertida merced al contraste, a la comparación con la alteridad. Deterministamente, taxativamente, las almas que deambulan en estos capítulos viven aplastadas por el ambiente, son tan áridas como el suelo por el que caminan. Esto, insisto, sólo es visible a quienes introyectaron por nacencia la vida de estos páramos y al mismo tiempo han tenido la suerte de comparar esa experiencia con otros mundos, con otras formas de manejarse en la existencia. Boone narra Las afueras, en suma, desde dentro y desde fuera, como juez y parte de lo que acumulan estas páginas.
El peso del ambiente es visible párrafo tras párrafo en Las afueras. Pareciera como si Boone se hubiera propuesto hacer una radiografía de la estepa, una radiografía y, luego, una lectura inusitada de la placa. Tan agudo es que, por ejemplo, desemboca en asertos cuya precisión nos pasma. Por ejemplo, en esta contradicción al concepto de desierto o estepa: “Es mentira eso que dicen de que el desierto es monótono. El paisaje con sus cerros, la carretera con sus zigzagueos que de pronto le salen a uno al paso, la vegetación que, fíjese bien, nunca es la misma, lo van a mantener distraído todo el trayecto”. Y en medio de esa nada, como aparición fantasmagórica en Las afueras, las pozas de “agua milenaria”, esos charcos con vida prehistórica que fascinan a la ciencia y hechizan al arte, pozas que son postales de belleza segura (como lo demuestra la portada del libro), intrigantes paisajes para los que no hay, como dice el autor, “forma de acostumbrarse”.
Un logro adicional, aunque no sé si el más importante, está en el estilo. Poeta al fin, Boone imprime un sello al flujo del relato, flujo de una sonoridad como de cello: lenta, apagada, cadenciosa. Es la música que traspira este espacio aplastado por el peso de la luz solar. Poeta al fin, enfatizo, Boone urde páginas enteras con poesía disfrazada de prosa, como ocurre en la grata parrafada letánica de las páginas 122-124, cuando James, acaso el protagonista humano más evidente de Las afueras, recuerda a flashazos sus visiones de la belleza femenina y los párrafos comienzan con un gerundio que transforma en presente cada acción: “Dando una moneda a un hombre sin piernas. Centro se Sabinas. / Conduciendo una motocicleta. Entrada a Altos Hornos…”. Así pues, con un cello de fondo avanzan todas las peripecias contadas, bifurcadas y vueltas a bifurcar, de Las afueras. En tal ritmo calmoso se mueven las diversas y fragmentarias historias que se cruzan en esta novela configurada con un montaje cinematográfico algo tarantinesco, sin tiempo lineal, pero confluyente. Los varios relatos entran y salen de la escena, se mezclan, dejan su huella pasajera en la arena y se fugan pero nunca escapan del todo, como no lo pudo hacer, ni muerto, el profesor Woodrow.
Aleccionar no es su propósito, es verdad, pero puede verse en Las afueras, dicho sea de paso, un flanco social, crítico, útil al activismo ambientalista que tanto ha demandado un alto a cualquier forma de descuido que ponga en peligro zonas endémicas, únicas en el mundo, como la de Cuatro Ciénegas y sus alrededores.
Las afueras es en suma una novela desafiante, por compleja, por paradójicamente barroca pese a ubicarse en la aparente nada de la estepa, su protagonista. Luis Jorge Boone ha homenajeado con ella estas tierras, el inaudito paisaje que nos cupo en suerte y ya tiene notables relatores, como él.

Las afueras, Luis Jorge Boone, Era-UNAM, 2011, 245 pp. Texto leído en la presentación de Las afueras organizada por la Secretaría de Cultura de Coahuila, la Dirección Municipal de Cultura de Torreón y el Museo Regional de La Laguna, sede de esta actividad. Participé en esta presentación junto a Carlos Velázquez y el autor.

miércoles, mayo 08, 2019

La reina de los descamisados
















Fuera de su país, la imagen de Eva Duarte es, creo, la que fijó la ópera rock dedicada a su figura. Dentro de la Argentina, Evita es básicamente dos mujeres: una, la odiada —por los ricos— esposa del general Perón, la aborrecida —también por los ricos— abanderada de los descamisados, y otra, el símbolo de una época de esperanza, una santa a la que muchos todavía le rinden culto. Y a propósito: recuerdo haber entrado en 2011 a una casa de clase media en Buenos Aires. Los muebles y el decorado correspondían bien (un sillón floreado, un espejo en marco rococó…) con el entorno, pero lo que más me llamó la atención fue un único cuadro de mediano tamaño: Evita con sonrisa leve y su peinado de rodete, casi presidiendo la parte más importante de la casa, como si fuera la imagen de una virgen.
No fue sino hasta que me topé una novela sobre ella cuando pude comprender mejor la estatura de símbolo que logró alcanzar: me refiero a Santa Evita (Planeta, Buenos Aires, 1995, 394 pp.), de Tomás Eloy Martínez (Tucumán, 1934-Buenos Aires, 2010), acaso una de las mejores novelas escritas en Latinoamérica durante el siglo XX. No es, sin embargo, una biografía, y sospecho que dista mucho de serlo. Se trata más bien de una exploración al mito, a una idea que sobrevive férreamente en el imaginario argentino. Para saber cómo se desarrolló ese mito, el autor apeló a su experiencia como periodista de investigación; a la par, trató de entender con su imaginación a un personaje que vivió sólo 33 años, del 7 de mayo de 1919 al 26 de julio de 1952, lapso en el que pasó de ser una niña y adolescente provinciana a actriz de tercera en la capital y luego, casi sin solución de continuidad, pareja y esposa del líder político más importante de su país hasta la llegada del cáncer que la mató.
Santa Evita es una novela con ritmo de reportaje, una historia plena de acción, pero en ningún punto renuncia, por el estilo, a su condición de literatura. En ella vemos la agitada andanza del personaje hasta que la enfermedad le da un hachazo. Luego, el asombroso periplo del cuerpo embalsamado por Pedro Ara, botín que se disputaron por igual sus adoradores y sus enemigos. Personaje central, por ello, es el encargado de borrar las pistas de aquel cuerpo peligroso, un militar de apellido Moori Koening que también figura en el cuento más famoso de Walsh, “Esa mujer”.
Evita cumplió ayer un siglo de haber nacido. Puede ser que la novela de TEM sea lo mejor que se ha escrito y vaya a escribirse sobre ella.

sábado, mayo 04, 2019

La tropa lagunera cuenta




















Deliberadamente he titulado mi comentario con una frase bisémica: “la tropa”, en este caso los periodistas de La Laguna, “cuentan” en el sentido de narrar o declarar, y también “cuentan” en el sentido de que debemos tomar en cuenta su experiencia a la hora de reconstruir los años del plomo padecidos por nuestra región entre 2007 y 2012, poco más o poco menos. Gracias al trabajo académico emprendido por José Carlos Nava Vargas, La tropa del silencio. Memorias periodísticas desde un campo de batalla (UA de C, Torreón, 2019), podemos acceder a la voz viva de quienes por su profesión fueron testigos —y en ciertos casos víctimas— inmediatos de la violencia.
Mirado desde un dron, La tropa del silencio ha sido articulado con tres textos de carácter introductorio firmados por el doctor José Luz Ornelas López y los periodistas Julián Parra Ibarra y Lucina Melesio; luego, el autor hace su propia contextualización para ofrecer después la miga del libro: 18 diálogos con periodistas que nos comparten en off su contacto con la realidad violenta del calderonato y las huellas que aquella experiencia les dejó. Cierra el documento con dos anexos, uno estadístico y otro fotográfico, y un epílogo. Se trata pues de una mirada que además de humana y conmovedora pone sobre la mesa datos duros que permiten configurar una idea de aquel pasado atroz.
Sustancialmente, La tropa del silencio es un libro de entrevistas, género que permite sentir la inmediatez del declarante. José Carlos Nava ha querido aquí que sean los propios periodistas laguneros, mujeres y hombres, quienes nos pinten el mural de la violencia padecida por toda nuestra comunidad. Como sabemos, casi de la noche a la mañana, sin metáfora, pasamos de un estadio de cierta, de relativa tranquilidad, a otro en el que ningún ciudadano podía estar en paz ni en su casa. Los reporteros, los fotógrafos, los camarógrafos, quienes hacen periodismo a ras de suelo, fueron sorprendidos por una nueva dinámica cuando quedaron destrozados todos los códigos de respeto a su trabajo: de golpe, ya no iban a poder desempañar su oficio sin poner en riesgo su integridad y la de sus familias. Mientras en las guerras existen protocolos que de alguna manera salvaguardan la seguridad de quienes reportean, en la vorágine de la lucha contra el narcotráfico se rompe todo sobrentendido: los periodistas, así, quedaron en medio de una refriega que en La Laguna dejó saldos todavía no cuantificados, y este libro es entonces, desde la perspectiva de los reporteros, uno de los primeros empeños por digerir lo que nos ocurrió, lo que vimos, vivimos y a la distancia sentimos que pasó.
En  los testimonios de cada periodista los lectores laguneros podemos escuchar ecos de los que sufrimos. Al leerlos, sentí un retortijón de miedo. Recordé, por ejemplo, el pavor del 2010, el peor que recuerdo. En aquel año se dieron al menos, si la memoria no me defrauda, cinco masacres. La del Ferrie, la del Juanas, la del Italia Inn, la de un centro de readaptación juvenil de Torreón y otro de Gómez Palacio. Cinco, todas con un saldo alto de muertos, por eso las llamamos masacres. ¿Y qué pasó entonces en la prensa nacional? Nada. Tuve y sigo teniendo la impresión, acaso demostrable, de que La Laguna significaba poco para la prensa nacional dedicada a cubrir la violencia durante aquellos años. Otras zonas del país gozaban del paradójico glamour que las ubicaba como lugares violentos: Tijuana, Ciudad Juárez, Laredo, Reynosa, Acapulco… y por ello tenían cobertura permanente en los medios nacionales. Allí, su periodismo había creado ciertos anticuerpos, ya se había calado en las lides contra la delincuencia. En La Laguna, la violencia en tono subido cayó de sorpresa, y mientras se procesaba una reacción del periodismo ante la realidad, esperamos mucho tiempo a que la prensa de la capital acercara su interés a nuestra tierra. Yo comenté entonces, de manera elíptica, que tras la masacre de la quinta Italia Inn, por primera vez Torreón ocupaba primeras planas incluso en la prensa internacional (18 julio 2010); socorrido por el traductor de Google, di con notas publicadas en la prensa de cinco países (Italia, Brasil, Inglaterra, Alemania, Francia y China) y en armé una columna. Por fin éramos tenidos en cuenta:

Teatro della strage Torreon, capitale dello Stato di Coahuila, una zona a ridosso della frontiera con il Texas. Il bilancio potrebbe aggravarsi, poiché alcuni dei ragazzi feriti, condotto negli ospedali della zona, sarebbero in condizioni molto critiche. L'attacco è avvenuto all'una e trenta del mattino nel centro Quinta Italia Inn. Il commando, che secondo gli investigatori appartiene con ogni probabilità a un gruppo di narcotrafficanti, è arrivato sul posto a bordo di cinque veicoli e ha subito iniziato a sparare all'impazzata. I sicari avevano armi pesanti (Ar15 e Ak-47, i fucili automatici preferiti dai narcos messicani)…

La masacre ocurrió en Torreón, capital (sic) del estado de Coahuila, un área cercana a la frontera de Texas. El presupuesto podría empeorar, ya que algunos de los niños lesionados, atendidos en los hospitales de la zona, estarían en condiciones muy críticas. El ataque tuvo lugar a la una y media de la madrugada en la céntrica Quinta Italia Inn. El comando, que según los investigadores probablemente fue perpetrado por un grupo de narcotraficantes que llegó a bordo de cinco vehículos e inmediatamente comenzó a disparar. Los asesinos tenían armas pesadas (Ar15 y Ak-47, los rifles automáticos favoritos de los narcos mexicanos).

Años después bajó el caudal de agresiones a la ciudadanía en general y a los reporteros en perticular, pero no ha terminado. Libros como La tropa del silencio son agradecibles porque, ya con la perspectiva del tiempo, dan cuenta de un momento que nadie quiere volver a vivir.

Comarca Lagunera, 3 de mayo de 2019

Nota. Texto leído en la presentación de La tropa del silencio. Memorias periodísticas desde un campo de batalla, de José Carlos Nava, UA de C, Torreón, 2019, 113 pp., celebrada el 3 de mayo de 2019 en el auditorio de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de Coahuila Unidad Torreón. Participamos Ana María Ávila, Sara Carrillo, Pablo Chávez, Lucina Melesio, Julián Parra, el autor y yo.

miércoles, mayo 01, 2019

Burocracia humillante












Pagué los derechos de la licencia de manejo y luego, en los sebosos pasillos del lugar, recibí la información: para proseguir el trámite es necesario aparecer en el edificio de Recaudación a eso de las cuatro de la madrugada, pues cada día, a las nueve, entregan las “fichas” que permiten continuar en el laberinto tramitológico ese mismo día. “No reparten muchas, como setenta y tantas”, me dijo alguien. No le creí. Si el objetivo de expedición de licencias y placas es, como siempre, turbiamente recaudatorio, ¿por qué la autoridad va a permitir que la recaudación se ralentice? Debe ser falso que el trámite sea tan tortuoso, pensé.
Parecía ser un asunto desagradable, pero en realidad fue horrible. Desperté a las cuatro de la madrugada con el fin de prepararme para la aventura. Me bañé, tomé algo de alimento y cerca de las cinco emprendí el camino a las espantosas oficinas de Recaudación. Al llegar, el estacionamiento dejaba ver algunos coches desperdigados, pero no vi luces, ni gente, nada. Estaba muy oscuro. Por un instante pensé en reclinar el asiento y esperar allí, semidormido, a que hubiera un poco de claridad. ¿Y si en efecto hay gente y me ganan el lugar? Bajé de mi nave en la tiniebla y caminé hacia donde presentí que hubiera algo. Al acercarme, vi una fila como de treinta personas en un paredón, tiré un buenos días al aire y recibí respuestas soñolientas. “¿Aquí es lo de la licencia?”, pregunté a quien fuera. “Sí”, me respondió sin énfasis. Volví a panear con la mirada y vi que los dos o tres primeros lugares de la fila eran ocupados por sujetos que, tendidos en el suelo y cobijados, seguramente dormían; supe luego que eran “coyotes”, apartadores de fichas. Me sumé al extremo que me tocaba y poco después de mi llegada aparecieron más sombras que continuaron la fila. Decidí esperar, faltaban cuatro horas para que abrieran las oficinas. Tras una hora de inquietud, incomodidad y asco por la autoridad que maltrata así a los ciudadanos, desistí. Dije a quien me seguía en la fila: “Señor, puede recorrerse a mi lugar”, y me largué.
Mientras estuve esperando en aquella lobreguez pude hacerme un cuadro de la situación. A la autoridad no le interesa que el ciudadano tenga licencia, sino que la pague, por eso el pago es el primer paso del trámite. Ya pagada la licencia, lo que sigue es lo de menos, de ahí que no importe dar pocas fichas, ni abrir más sucursales ni provocar humillantes filas en la madrugada.
“Cargaré el recibo de pago en la guantera —pensé—; este papel será mi licencia”.