miércoles, mayo 23, 2018

Virajes cercanos












La sorpresa del segundo debate es que su saldo ha resultado prácticamente nulo. Si no fuera por las encuestas previamente diseñadas y los bots que ahora colocan a Meade como segundo lugar y hombre más capaz del sistema solar, todo indicaría que nada se movió luego del 20 de mayo. Si esto es verdad, se trata de una buena noticia sólo para el puntero, no así para los dos que lo siguen todavía de lejos (el Bronco se cuece aparte, en una zahúrda). Digo lo que digo porque estamos a cuarenta días de la jornada electoral y la disputa por el segundo lugar persiste en sus números sin que Pepe y Ricky, trabados ya como palitos con liga, dé su candidatura a torcer.
Los números no se movieron significativamente por tres razones: Meade, Anaya y López Obrador. En efecto, Meade salió al ruedo con su mismo esgrima técnico e inocuo, plano como el desierto de Mojave. Le echa ganas, no tropieza en sus alocuciones, arroja datos, hasta parece buena persona, pero tiene menos imán que un Godínez en horas extras. Además, carga como Pípila todo el pasado reciente de su jefe Peña Nieto, personaje cuyo gobierno está batiendo marcas en los rubros de violencia, corrupción e impunidad. En este sentido, la candidatura de Meade desafía toda lógica: clama por votos en el reino de la incredulidad y el rechazo.
Anaya salió casi igual que en el primer debate. “Habla bien” (así dicen muchos), se nota entrenado en cursos de oratoria comercial, no se descuadra, sonríe con pétrea afabilidad, se desplaza en el escenario como pastor evangélico, trata de tú y por su nombre a todos los interlocutores, termina justo a tiempo sus intervenciones, pero ahora cometió un error de cálculo: fue declarado ganador del primer debate en función de su agresividad contra AMLO, y ahora bajó el voltaje. Creo que vio una encrucijada: si agredía, iba a pasar como golpeador de tiempo completo, y si se tornaba más técnico, más Meade, quizá dejaría incólume al Peje. Eso ocurrió. Usó menos carteles, más propuestas abstractas y menos golpes, y los debates de la tele no están diseñados para el votante intelectualizado, sino para el que se deja guiar por la personalidad, por el tono, por “la química”. Los candidatos tienen encuentros con empresarios, con académicos, con comunicadores, así que los debates televisivos más bien sirven, aunque muchos quieran ver “propuestas”, para calzar bien el tacuche y ejercer el pugilismo retórico, lamentablemente.
Al contrario, AMLO ahora sí mostró los colmillos y fue mejor percibido, se reafirmó entre los suyos y quizá pueda hasta sumar. Lo cierto es que salió ileso, sigue en la punta y eso obligará pronto a un viraje de sus rivales.

sábado, mayo 19, 2018

El día 21











Si algo produjo el primer debate de candidatos a la presidencia fue una enorme expectativa nacional para ver el segundo. Las tendencias, los números generales de las encuestas no sufrieron una modificación profunda, pues el puntero siguió siéndolo y los demás continuaron en el orden que ya conocemos, tal y como se han mantenido desde hace varios meses. Sólo en los días recientes hubo algunos conatos de cambio pero no arriba, sino en el fondo de la tabla, pues al parecer el Bronco superó a Margarita (esto requiere signos de admiración: ¡el Bronco superó a Margarita!), lo que a la postre provocó la declinación de la candidata presuntamente independiente y su esquivamiento de otro innecesario papelón en el debate de mañana.
¿Qué podemos esperar del encuentro de los candidatos en Tijuana? Para empezar, la situación ha cambiado en relación al primer debate. Si el primero dio la oportunidad de que todos le pegaran al negrito, puede que el segundo no sea igual. La lectura que muchos hicieron del anterior match es que lejos de ofrecer propuestas todos se dedicaron a golpear un mismo objetivo. El resultado fue que el votante ya más o menos decidido por AMLO lo victimizó y al hacerlo se radicalizó, de ahí que el Peje no haya bajado un ápice en las encuestas. Como vimos, el candidato de Morena fue al primer debate a nadar de muertito, a no entreverarse en discusiones, a no responder señalamientos. Muchos percibieron eso como un error, pero entre responder y no responder, creo que en efecto convenía lo segundo dada la holgada posición del tabasqueño en la porcentual.
Sospecho ahora, en todo caso, que mañana el pleito se puede centrar entre Meade y Anaya. Será la última oportunidad que ambos tendrán para colocarse en el segundo peldaño, de ahí la importancia del encuentro. Sé que está programado un último debate no obligatorio, pero anticipo que a ése ya no asistirá, por dos razones, el puntero: si mañana pierde, no tendría caso concurrir a un tercero donde podría darse otra derrota; si gana, igualmente no sería pertinente arriesgar en una tercera confrontación las canicas ya obtenidas. Por eso creo que el de mañana será el último debate de AMLO, y sospecho que su idea será, de nuevo, no agitar las aguas, desdeñar puyazos, no enfrascarse en sainetes contra sus dos lejanos persecutores.
Lo cierto es que el lunes será un día muy importante en el proceso electoral. A esta altura del partido sabremos cómo quedará el puntaje en el segundo y tercer sitios, quién sigue adelante y quién va diciendo adiós a sus aspiraciones. Lo más importante del día 20 será pues el día 21.

viernes, mayo 18, 2018

Mi retiro de la Primera División















Una conversación con mi hija derivó en el tema del futbol durante la infancia. Claro que quise ser jugador profesional, hija, le respondí. Todos los que alguna vez fatigamos canchas en la niñez/adolescencia sentimos el deseo de vestir un uniforme consagrado. Quien, ya adulto, diga lo contrario, miente o no jugó futbol. Yo sí jugué, ergo quise llegar a la Primera División.
La historia de mi renuncia a ese anhelo tiene que ver, creo, con una mañana sabatina de 1978 o 79. Antes de ese día yo había jugado mucho futbol en la calle, en la cancha de básquet de la escuela y en canchas de tierra, casi todas de Gómez Palacio y Ciudad Lerdo. Tenía como quince años, entrenaba lo suficiente y no me sentía tan malo, pues tenía técnica, decorosa gambeta, visión de campo y buena ubicación, aunque no le pegaba fuerte a la pelota, no era muy veloz ni era rudo. Me consideraba —la autoestima puede ser muy dadivosa a esa edad— un mediocampista con talento, con toque, un enlace entre defensas y delanteros. Luego, cuando vi a Zidene y a Riquelme, creí que yo creía ser como ellos. Pero no era así, como lo supe brutalmente en la vivencia que relato.
Aquella mañana del 78 o 79 mi equipo de la secundaría jugaría un partido en el agreste campo aledaño al IMSS de Gómez Palacio. Ese campo atroz, irregular y con abundante piedrecilla de río, estaba exactamente donde años después se instaló el supermercado Casa Ley. Mi equipo era solvente, teníamos buenos jugadores y yo era titular, como se dice, “indicutible”. Recuerdo que nuestro centro delantero era Héctor Macías, un chico de Lerdo a quien no olvido porque jugaba de maravilla, anotaba muchos goles, era rápido y preciso en sus disparos, la mejor de nuestras armas. El partico comenzó y fue en ese momento cuando recibí un golpe de realidad.
En el equipo contrario, del que no recuerdo nada, ni su nombre, alineaba un joven de mi edad. Era espigado tirándole a flaco, no muy alto, veloz y correoso, de pelito cortado a lo escolar, con raya al lado. Jugaba en la media pero muy adelantado, casi como eje de ataque. Lo peculiar era su mando. Como Maradona, exigía que todos le dieran el balón y se molestaba cuando sus compañeros decidían soltar la pelota a otro compañero. Su liderazgo era evidente, gritaba, indicaba, dirigía todo, casi quería jugar solo. Cada que le llegaba un balón, lo recibía perfectamente, levantaba la cabeza, y si era necesario gambetear, gambeteaba; si era necesario pasar, pasaba; si era necesario tirar, sacaba disparos hermosos. Todo lo hacía bien y a una velocidad asombrosa. Por mi posición de medio, tuve la mala suerte de toparme contra él en varias jugadas. En todas lo vi pasar como quien ve pasar fantasmas, en todas me sacaba un eterno segundo de ventaja, en todas pensaba más rápido y en todas elegía bien la siguiente jugada. No iba el minuto veinte del primer tiempo cuando yo ya lo consideraba un extraterrestre, un jugador que estaba a años luz de mi capacidad futbolística, y eso que yo, en teoría, “era bueno”.
Es innecesario añadir que perdimos el choque y que quizá para mis compañeros fue un partido más. Para mí no. Para mí fue el punto de inflexión entre un pasado con ilusiones de llegar a la primera y un presente en el que estalló esa burbujita inflada con ingenuidad. Rumbo a mi casa, con mi mochila deportiva en la espalda, caminé pensando que a la primera división llegaban los jugadores como el flaco, no los que, como yo, lo deseamos pero no nacimos con las condiciones para lograrlo. Supongo que también allí, de paso, sin que yo lo supiera, nació mi primera vinculación con estas cosas de leer y escribir en las que al menos, quiero creer, quizá sí podría ganarle, esté donde esté, al pinche flaco que me retiró de la Primera División.

miércoles, mayo 16, 2018

La cereza que falta


















Hay altas posibilidades de que Santos Laguna obtenga esta semana el campeonato, su sexto, de la Liga mexicana de futbol profesional. No es seguro, claro, pues enfrente está un equipo, Toluca, que desde hace varios lustros ha disputado como los laguneros un buen número de liguillas y finales. Pese a la fortaleza de los rojos, sin embargo, los santistas han demostrado que están para campeones, que su buen futbol se ha combinado con un entusiasmo que roza la locura y eso puede provocar el resultado que anhela La Laguna.
Como debo ser optimista y esperar buenas noticias dado mi lugar de nacimiento y residencia, creo que, si el equipo de la comarca se alza con su sexta estrella, será una de las más valiosas que haya conseguido en sus exactos 35 años de vida como club profesional. No minusvaloro las anteriores, pero ésta sería alcanzada tras doblegar a tres de los más poderosos equipos de nuestro balompié: Tigres, América y, si todo sale como espero, Toluca.
El trofeo de campeón en este Clausura 2018 sería, creo, un premio justo a la buena temporada del equipo albiverde. Comenzó con goleadas, encumbró a Djaniny y dejó ver un juego de conjunto vistoso y eficaz. Cierto que hubo un bache en las últimas semanas, sobre todo por la lesión de Néstor Araujo, lo que disminuyó la defensa hasta la adaptación de Alcoba, y ciertamente también porque el equipo se relajó luego de conseguir con tanta anticipación su pase a la liguilla. Al final de la temporada quedó en cuarto sitio, tuvo al campeón goleador y fue nada menos que contra el quinto: Tigres, conjunto armado con todos los recursos para ser campeón. Lo que pasó ya lo sabemos: Santos Laguna fue derrotado en el Volcán por 2 a 0, pero en la vuelta, ya en el Corona, los de casa dieron su mejor partido de la década, y no exagero: tenían diez hombres y dos goles en contra, e hicieron la hombrada de anular a los universitarios y pasar a semifinales.
La semana pasada tuvo también su grado de dificultad, pues encararon al América con la desventaja de cerrar como visitantes. El 4 a 1 de la ida fue el marcador clave, pues en el Azteca, un poco con ayudita del silbante que marcó un penal dudoso, el equipo de Coapa ya se estaba insubordinando. Los santistas lograron contenerlos y en el segundo tiempo llegaron incluso a secarlos, de suerte que el América quedó fuera.
Sigue, pues, Toluca, que en teoría tuvo una liguilla más laxa contra Morelia y Tijuana. Si Santos Laguna pone la cereza del pastel, insisto, será uno de los campeonatos más meritorios de su joven y exitosa historia. Ojalá, ojalá.

sábado, mayo 12, 2018

Carrusel de impresentables




















La acusación por cercanía de “impresentables” es uno de los ataques más frecuentes contra los candidatos. Tanto es así que esto se ha convertido en pregunta recurrente tanto del primer debate como de los programas de entrevista colectiva a la manera de Tercer Grado o MilenioTV. Como hemos visto, los periodistas han insistido en nombres y apellidos, y lo único que han podido hacer los candidatos es tragar, como decimos en México, camote. En este miserable rubro nadie se salva, y esto se debe a que todos los aspirantes están atravesados por el pragmatismo político, por sumar votos y adhesiones a costa de lo que sea, con o sin afinidades ideológicas. Los nombres bochornosos no ralean. Al contrario, todos parecen contar en sus filas con ejemplos ilustrísimos de impresentabilidad.
El PRI, por ejemplo, contiene por naturaleza, sin esfuerzo, una nómina abultada de personajes cuyas trayectorias podrían hacerlos ingresar, sin problema, a la borgeseana Historia universal de la infamia. Carlos Romero Deschamps, Emilio Gamboa Patrón, Enrique Ochoa Reza, Gerardo Ruiz Esparza, César Camacho, Rubén Moreira, un oscuro puñado de gobernadores y no se diga Enrique Peña Nieto, operador principal de la candidatura de Meade. A ellos hay que sumar, sin duda, casos perdidos como el de Jorge Emilio González, siniestro personaje cuyo único interés en la vida se ciñe a dos verbos en infinitivo: conseguir (plurinominales) y hacer (negocios). Si aquí sumamos a los ex gobernadores en apuros penales, se entiende por qué está naufragando la candidatura de #YoMero.
No le va a la zaga el PAN, pues Diego Fernández de Cevallos sigue allí. Detrás de él, Salinas, y muy cerca, fichajes recientes del PRD y de MC, como Mancera tras su papelón en la Ciudad de México y Barrales tras sus viajes a Miami, o Dante Delgado que jamás la ha brincado sin huarache.
Hace doce y hace seis años, ni una alianza estratégica se le conoció a López Obrador. Abrazó un propósito de pureza y sabemos lo que pasó. En su versión 2018 y ya con Morena, AMLO bajó la canasta para que los encestes fueran más fáciles. Así, han entrado a la cancha sujetos como Napoleón Gómez Urrutia y el yunquista Manuel Espino, por citar a dos de los más destacados. Son, creo, contrataciones transitorias, amarres al calor del interés mutuo.
Por último, Margarita tiene en su entorno un lastre cabal: su marido, olor a whisky y pólvora. El Bronco no tiene impresentables de alcurnia a su alrededor, pero por sí mismo basta y sobra para producir repulsas; digamos, en suma, que es autosuficiente.

miércoles, mayo 09, 2018

El boxeo de Meade














Dos lecturas puede tener la obstinada presencia de López Obrador en el discurso de José Antonio Meade. Antenoche, en el redivivo programa Tercer Grado, el abanderado del PRI y las rémoras del Verde Ecologista y Nueva Alianza no dejó de responder ninguna de las preguntas sin cepillar al tabasqueño. Para un espectador medianamente informado sobre la posición que viene ocupando Meade en las encuestas, no deja de ser curioso que en vez de percutir sobre AMLO debió, al menos, campechanear algunos mandobles para Anaya. No fue así: el candidato “sin militancia” sólo tenía dos palabras en la mira: Andrés Manuel, e incluso manejó una innovación: el Peje ya no nomás es culpable por el caos del futuro si es que gana, sino que en el pasado a él se han debido varias turbulencias del peso frente al dólar y otros desaguisados que, bendita sea la democracia, no han pasado a mayores gracias a que ha perdido.
Ágil y burocrático, con un discurso libreteado en casi todos sus trazos, Meade fue zafando de las preguntas que, sin ser incisivas, eran obvias: ¿Enrique Peña Nieto es honesto? Sí, es honesto, y dejemos a un lado su nombre porque él “no está en la boleta”. ¿Romero Deschamps es corrupto?, y en lugar de una respuesta rápida e incontrovertible el despliegue de una larga explicación sobre la necesidad de denunciar y acabar con la impunidad que es un terrible flagelo etcétera. Pese a la suavidad del tono en el que fue cuestionado, los lastres del partido que lo impulsa son tan grandes que Meade no pudo evitar los picotazos de la realidad. Sin freno, con un relato técnico y vertiginoso, el ex secretario de Hacienda capeaba el temporal a verbosidad turbo con tal de escurrirse pronto, y siempre con un discurso honestista, de estafas maestras, casos Odebrecht, casas blancas y demás proezas.
En toda la deshilachada entrevista lo que fue quedando claro es que los males pasados, presentes y futuros del país son hechura exclusiva de López Obrador. ¿Y algún coscorroncito para Anaya, el segundo lugar? Nada, y es aquí donde entra en escena la conjetura. Tal vez Meade no tocó al candidato del PAN para dejar volando la idea de que no le interesa, de que ese rival ya casi fue despachado al tercer puesto, o quizá, como se ha venido diciendo, porque no debe aporrear a quien, luego del 20 de mayo, podría ser su aliado en la lucha por alcanzar al puntero.
En suma, la comparecencia de Meade en Tercer Grado no ayudará a levantar, creo, su barra demoscópica. Lo que sí produjo, en todo caso, fue una cauda terrible de memes tras no recordar el título de su libro.

domingo, mayo 06, 2018

Carta abierta al Santos Laguna



















Querido equipo:
Hoy sí me estremecieron en serio, hoy sí volví a vivir la experiencia de ver unos Guerreros en la cancha. Por ello sólo tengo palabras de felicitación, agradecimiento, y un abrazo emocionado para todos. El futbol, ciertamente, no es ni de lejos lo más importante en la vida, pero hay pequeños momentos en los que se convierte en nuestra pasión central, en una pasajera forma de la alegría. Hoy domingo 6 de mayo de las seis a las ocho de la noche eso pasó: fuimos testigos de una hazaña futbolística, es verdad, pero más importante que eso fue el permanente ejemplo de tesón, de pundonor, de entusiasmo, de lucha que mostraron sobre el césped de nuestro estadio. Hoy no hubo mejor ni peor jugador: todos salieron a partirse el cuerpo y el alma para que la camiseta verdiblanca siguiera adelante en el torneo. Lograron otra vez, como en otros tiempos, que vibrara la afición del Nazas. Los habitantes de los diez municipios de nuestra amada comarca, y todos los que fuera de nuestra región quieren al Santos Laguna, se unieron en un solo pálpito y admiraron la persistencia indoblegable con la que ustedes salieron a pelear. Como en cualquier partido, hubo pequeños y grandes errores, pero todo queda opacado por lo que presenciamos en el estadio y en los televisores: cada balón fue disputado como si fuera el último, cada jugada fue encarada como pocas veces se había visto en los años recientes. Extrañábamos lo que vimos este día, y venturosamente ustedes lograron revivirlo.
Una costumbre muy común es minimizar al equipo derrotado. En este caso, creo, no es prudente hacer eso: el tamaño de su triunfo se agranda en función del rival que tuvieron enfrente. No era nada fácil vencer y anular a Tigres, un gran equipo, y ustedes lo lograron. Todavía en el minuto ochenta era posible que los rivales anotaran, pero en un momento de lucidez en medio de la tensión pensé esto y lo confieso sinceramente: ¿qué importa perder si uno ve a sus jugadores en ese plan, remando con esa heroica convicción contra una corriente tan adversa? Perder jugando así no hubiera sido perder, pero ni eso: ustedes ganaron y hoy se merecen, creo, el aplauso de esta tierra seca, árida, luchona y alegre llamada La Laguna. Muchas gracias por revivir así, este día, el espíritu de Guerreros, el espíritu de nuestra amada estepa.

Elogio del escupidor















No recuerdo con exactitud los detalles, pero fueron más o menos los siguientes: desde no sé dónde, Esteban Dublín me escribió para informarme que estaba organizado una especie de antología colectiva de microficciones con el auspicio o el aval, algo así, de La Internacional Microcuentística. A cincuenta escritores les preguntarían cuál era su minificción favorita, y con la lista resultante se armaría la colección. Pensé en lo obvio: Monterroso, Cortázar, Samperio, Shua… alguien así, un consagrado del género. Supuse que muchos de los invitados iban a inclinarse por algún escritor ya muy visible, y entonces recordé el grato sabor que siempre me han dejado los relatos micro de Fabián Vique. Bueno, pensé, y cuál de todos elegir entre la gran cantidad de historias súbitas creadas por el oriundo de Morón, mi amigo Vique. Entonces, de golpe, me llegó el recuerdo de “El escupidor de Rafael Castillo”, un microrrelato perfecto, y tal fue mi propuesta.
“El escupidor…” es un dechado de creatividad, exactitud y humor. El planteamiento es inmediato: en el primer párrafo sabemos el cuándo, el quién, el qué y el dónde, una proeza de la condensación narrativa. El segundo párrafo describe, mediante un narrador innominado en primera persona, a quienes ya conocen las andanzas del escupidor. La información del tercer párrafo despliega el cómo, y de paso obtenemos el nombre propio del protagonista. El último párrafo, dos renglones, baja la velocidad de la historia y nos informa que este tipo extraordinario es en realidad un sujeto ordinario, lo cual puede verse como una paradoja: quiere mudarse de Rafael Castillo, localidad del partido de La Matanza en el conurbano bonaerense, porque, suponemos, allí hay gente como él, lo que de paso recuerda la famosa boutade del club atribuida a Groucho Marx. De hecho, todo el texto es paradojal, pues el acto grotesco de escupir a la gente es contado como si fuera el de dar las buenas tardes.
Celebro además la puntería —puntería similar a la de Alberto— de ciertos adjetivos: “boca certera”, “buen semblante”, “interesante volumen”. En fin, creo que se trata de un estupendo microrrelato, un ejemplo que podemos tener a la mano cuando alguien nos pregunte qué es una microficción y qué puede hacerse para que un puñado de palabras llegue a ser memorable.
Aquí dejo la pieza:

El escupidor de Rafael Castillo
Fabián Vique 

Todas las noches, a la una en punto, el escupidor de Rafael Castillo sale a escupir a la gente. El recorrido abarca las dos veredas de Carlos Casares, desde Don Bosco hasta las vías. 
Quienes lo conocemos evitamos la zona en la media hora que dura la vuelta. Pero siempre encuentra inocentes que deambulan a merced de su boca certera.
Alberto apunta a los ojos y lanza un líquido casi blanco, no muy espeso pero de interesante volumen. Los escupidos se asombran del buen semblante, de la discreción y hasta de la elegancia del escupidor. Nunca reaccionan. Se limpian la cara y siguen su camino. Se dice que en las mejores noches Alberto ha proporcionado más de una docena de escupitajos.
Durante el día, sin embargo, el escupidor es un hombre común y corriente. Suele decir que no le gusta el barrio y que tiene ganas de mudarse con su familia a un lugar más tranquilo.

sábado, mayo 05, 2018

Enrique García Cuéllar, decatlonista en Facebook
























El decatlón, lo sabemos, es una disciplina olímpica que agrupa diez competencias: cuatro carreras, tres lanzamientos y tres saltos. Se trata pues de una justa que cada cuatro años pretende hallar al atleta con mayor número de capacidades combinadas entre la fuerza, la resistencia y la velocidad. Esto significa que el decatlonista no es el más rápido ni el más fuerte, sino un sujeto que gracias a su complexión y su entrenamiento puede equilibrar dignamente los resultados tanto de rapidez en una carrera de velocidad como de fortaleza en una de lanzamiento. Es, digamos, una especie de mecano multidisciplinario, un renacentista de la actividad física.
Debo confesar que siempre he sentido envidia de ese deportista; dicho sea de paso, por ser el de complexión más escultórica, pues no es ni fortachón como el lanzador de martillo ni flacucho como el maratonista. El equilibrio es, digamos, su medida, y manejarse bien en varias pruebas es su meta. Como él, sé que muchos tenemos algún conocido que le tira a todo y todo lo hace holgadamente bien. Esos tipos no abundan, claro, y menos en este época de hiperespecialización, pero todavía los hay. Un caso que tengo a la mano es el de Enrique García Cuéllar (Torreón, Coahuila, 1949), quien como buen decatlonista de las ideas y el arte ha sabido moverse sin miedo y con solvencia entre muchas disciplinas, como lo evidencia no sólo su currículum, sino su diaria y poliédrica actividad.
Periodista, maestro, músico, dibujante, publicista, asesor político, músico (otra vez, pues toca más de un instrumento), pedagogo, poeta, García Cuéllar es una demostración tangible de que la capacidad humana no tiene por qué conformarse con uno o dos apetitos. Si hay curiosidad y entusiasmo, en el continente de un solo cuerpo pueden caber muchos contenidos, tal y como ocurre con el humilde vaso de la infancia en el que tomábamos de todo.
Enrique García Cuéllar egresó de la Primaria Centenario, de la Secundaria Venustiano Carranza y de la Preparatoria Andrés Osuna, esto en Torreón, Coahuila. Luego hizo su licenciatura en Ciencias y Técnicas de la Comunicación en la Universidad del Valle de Atemajac, donde obtuvo mención honorífica. Hizo estudios de Semiología en el Tec de Monterrey y de Lingüística en la Universidad Autónoma de Chiapas, y durante décadas ha sido articulista en varios periódicos y revistas; ente otros medios, ha trabajado para El Sol de México, donde fue director. Autor de libros como Nuestro modo, Ortografía chaiapaneca y Cuando el imperio de la ley llegó a Chiapas, en Facebuquismos, obra que prologan estos párrafos, nos regala una selección de apuntes misceláneos.
Aguijado por sus lectores, que en algunos casos también son sus amigos, el lagunero se animó a reunir lo que parece insólito: estados o posts publicados originalmente en Facebook. Lo que podría parecer una frivolidad es lo contrario: gracias a esta selección advertimos que en un espacio generalmente usado para el texto apresurado y mal escrito, para la broma fácil o la injuria con aberraciones ortográficas y sintácticas, para el meme o el gif que arrancan una risa e inmediatamente pasan al olvido, pueden aparecer textos bien escritos y bien pensados, propuestas de debate con los pelos bien peinados, críticas aseadas en su forma y nobles en su contenido.
Los estados de García Cuéllar en Facebook, como se puede comprobar en este libro, nadan a contracorriente de lo que solemos encontrar en las redes sociales, y he allí su aporte, su novedad, el lujo que significa ser amigo o contacto de García Cuéllar y despertar a diario con dos, tres, cuatro o cinco microtextos que no pasan inadvertidos, que motivan opiniones y forman/educan en el sentido firmemente didáctico de estas dos palabras.
En las redes sociales nuestro autor despliega su variopinta enciclopedia, su bien amueblada inteligencia, su calidad de decatlonista espiritual, y de vez en vez también su enojo ante la escritura pedestre, ésa que conjuga inmejorablemente la pésima forma con el fondo malintencionado o bravucón, que él tanto detesta.
Fui uno de los que recomendaron a García Cuéllar la recolección y puesta en libro de sus comentarios facebookeros. Me alegra que haya escuchado la sugerencia y tengamos hoy aquí, en papel, el fruto de su incesante reflexión.
Comarca Lagunera, 3, agosto y 2017

Nota. Prólogo a Feisbuquismos, Tuxtla Gutiérrez, 2017.

miércoles, mayo 02, 2018

El Rafa














Luego de su juego contra Pachuca el fin de semana pasado, Rafael Márquez Álvarez se despidió de las canchas. Con él se va una historia que lo coloca, sin duda, entre los nombres señeros de nuestro futbol, el último verdadero grande que ha vestido la casaca tricolor.
Rafa Márquez es ya un jugador encarrilado hacia la perduración, y más lo será, aunque ya no lo necesite, si participa en una quinta copa del mundo. Su trayectoria en el futbol es sin duda una de las más destacadas y creo que como futbolista mexicano sólo está debajo de Hugo Sánchez, aunque en esta caso la comparación es harto odiosa pues las posiciones de uno y otro hacen imposible barajar ese tipo de escrutinios. Así como Hugo es el delantero más contundente que ha dado nuestro país, Rafa es el defensa más seguro y, acaso, el líder que menor discusión ha provocado desde que porta brazaletes de capitán con nuestro seleccionado.
Su carrera, lo sabemos, tiene un hito que se llama Barcelona, equipo en el que consiguió la titularidad y en el que fue base de muchos logros conseguidos durante siete años. Sus otros clubes, en orden de importancia, son el Mónaco de la liga francesa, Atlas y León, de la mexicana, Nueva York de la MLS, y el modesto Hellas Verona de la Serie A italiana. Seis equipos solamente, además de la selección tricolor, para edificar una carrera que en 21 años se ganó el respeto de la prensa local y foránea.
El zamorano fue siempre el mismo jugador que triunfó en España. Alto, recio y técnico a un tiempo, pasador seguro y buen cabeceador, sumaba un liderazgo que hacía casi imposible disputarle la titularidad. Una imagen que, creo, todos tenemos en la mente es aquélla en la que dialoga con un árbitro o discute con algún rival ante jugadas de sanción polémica. Rafa jamás se arrugó, fue nuestro Beckenbauer, nuestro Pasarella, nuestro emblema de lucha sin apocamiento, un tipo frontal, con las agallas que se necesitan para meter fuerte la pierna y exigir justicia ante las decisiones inciertas del silbante.
En suma, el aplauso unánime que ha logrado por su calidad como defensa con buen trato de balón y cualidades de líder no se basa en especulaciones: tres títulos importantes con el Mónaco y ocho con Barcelona, además de dos con León y varios con la selección azteca hacen de este jugador mexicano un histórico cuyo recuerdo será difícil apagar.
Ojalá no pase mucho tiempo para que surja otro como él.

sábado, abril 28, 2018

Dos malicias narrativas en Chernóbil
























Son muchas las virtudes que es posible destacar en Chernóbil (México, 2018, 177 pp.), primera novela de Ileana Olmedo, obra con la que ganó el Premio internacional de narrativa Siglo XXI-UNAM-Colegio de Sinaloa 2017. Entre otras, la habilidad para contar simultáneamente el destino de varios personajes cuyas vidas, unidas al principio, estallan y se disparan hacia realidades completamente distintas, se desperdigan y se convierten en jirones hasta desconfigurar la llamada (sé que de manera conservadora) “célula fundamental de la sociedad”: la familia.
Chernóbil es una ficción articulada en formato de diario personal. Daniela Arenas, fotógrafa de la Ciudad de México, es quien lo escribió durante, al menos, tres décadas, de 1986 a 2016. Decir, empero, que se trata de “un diario personal” es engañoso, pues en realidad se trata de muchos diarios, todos escritos, eso sí, por la misma mano. En el amanecer de la narración, Daniela recibe la noticia de que su hermana Paula se ha suicidado, lo que la obliga a viajar. Al volver a casa, reencuentra los diarios acumulados durante varios años y es allí donde se nos insinúa la estrategia de lectura para este libro: Daniela, quien en el presente narrativo sigue llevando un diario, consigna allí que vagabundea entre las páginas de sus viejos diarios y es por ese medio que accedemos a su mundo y al de su familia. Nosotros somos, por ello, los ojos de Daniela leyendo los antiguos diarios de Daniela.
Turbada por la muerte de su hermana, la autora ficcional de los diarios deja errar la mirada, a saltos, por su propia escritura. Todo comienza en el primer diario, regalo de su padre. La fecha inaugural del registro coincide con la hecatombe de Chernóbil, y a partir de allí, simbólicamente, la catástrofe de la planta nuclear ucraniana avanza tomada de la mano de la catástrofe vivida por la familia Arenas y acotada en los diarios.
Iliana Olmedo tenía dos caminos para adentrarse en el contenido de su escritura, el cronológico y el no cronológico. Suena simple, pero de esta decisión dependía gran parte del efecto que debía producir, y produce, el libro. Quizá para el lector hubiera sido más cómodo seguir una línea uniforme de tiempo, de pasado a presente, pero la autora optó el camino no cronológico. El pespunte entre las páginas de los distintos diarios, justificado, como digo, al principio de la historia, compromete al lector en el armado del rompecabezas y le crea una sensación de incertidumbre y dislocamiento, lo mismo que acaso siente Daniela al deslizar su mirada por el pasado retenido en los volúmenes que ella misma fue colmando de palabras. La historia, por todo, avanza a trancos cortos, de un año a otro, que son como rendijas que se abren y se cierran para que vislumbremos la fragmentación de la familia Arenas constituida por las mencionadas Daniela y Paula, además de Rafael, su hermano, y sus padres Fernando y Patricia. El efecto de la composición entrecortada es el de, si se pudiera decir así, un sutil caos. Los personajes están bien delineados, son inconfundibles en términos de carácter (como en el caso de la madre y su neurosis), pero su andanza por la vida se nos va iluminando con estroboscopio, a marchas y contramarchas. No podía ser de otra manera, pues los diarios de Daniela son ojeados por Daniela, como ya lo señalé, sin un orden preciso, azarosamente, como quien, en la perplejidad del luto, quiere abrazar el sentido de su pasado y el de su familia de un solo vistazo. Este recurso supone, por todo, un lector cómplice, lo que no sería tan necesario si la novela se hubiera ajustado a una cronología convencional, del antes al ahora.
Digno de resaltar en Chernóboil es el estilo. Como en la estructura temporal cronológica o no cronológica, aquí nos enfrentamos a otro dilema: el que siempre nos plantea el narrador en primera persona. ¿Cómo debe hablar (o escribir) un narrador en primera persona? Es común, lo sabemos, que como lectores demos ciertas permisos a este narrador, como que escriba/piense con cierto vuelo lírico, o que reflexione con imágenes literarias y demás, siempre y cuando no se torne inverosímil sobre todo en el plano del léxico. Es un artificio, una convención literaria, y por esto los lectores muchas veces debemos suspender nuestra incredulidad o al menos mitigarla, pues de otra manera el relato no cuajaría. Ileana Olmedo resolvió la disyuntiva entre lo lírico y lo no lírico de una manera harto sensata: si lo que leemos es escritura en un diario, justo era que el estilo se apegara a la sencillez, a la economía de recursos, para que fuera creíble. Y más allá de esto, otra malicia: Chernóbil no tiene un estilo, sino varios, pues entre segmento y segmento de los diarios hay matices, tonalidades, registros que se ciñen a la madurez de quien vacía sus experiencias en los diarios: no es lo mismo, claro, una página de 1986 a otra de 2000 a otra de 2016. Uno siente el cambio, la simplicidad o la agudeza de las observaciones según convenga a la edad de la Daniela que “redacta”.
Por supuesto, muchas otras virtudes fortalecen las páginas de Chernóbil, como su sentido general relacionado con el tema, creo, de la desconfiguración social, de la disolución y de la pérdida simbolizada por el extinto pueblo de Príapiat (colmena de los trabajadores de Chernóbil) y por la familia de Daniela Arenas, principalmente de Fernando, el padre, especialista mexicano en energía nuclear que termina siendo arrasado, pese a la distancia y aunque parezca increíble, por el desastre ucraniano, símbolo del desastre científico. Eso y más contiene la novela, pero basten estas palabras para alentar a que todos seamos pronto sus azorados cómplices.

Nota. Comentario leído el jueves 26 de abril de 2018 ante estudiantes de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Autónoma de Coahuila, Torreón. Acompañé en la mesa a Iliana Olmedo, la autora, y a Vicente Alfonso, quien presentó junto conmigo. Esta actividad fue organizada por el Instituto de Educación y Cultura de Torreón a través de Ruth Castro, su coordinadora de literatura.

miércoles, abril 25, 2018

Debate en modo bolita













En mi infancia/adolescencia solíamos practicar un ¿juego? algo idiota que denominábamos “bolita”. No sé si todavía existe, si los jóvenes de hoy lo mantienen vivo o ya murió como han muerto el “chinchilagua”o el “brinca tu burro”. El juego no tenía reglas. Su único precepto consistía en acatar un grito. Requería que en un grupo de jóvenes alguno de ellos abrazara a otro y lo derrumbara en el suelo mientras emitía el grito de convocatoria: “¡Bolitaaaa!” En ese instante, sin perder tiempo, ya con la víctima tirada, inerme, todos los compañeros cercanos hacían eco del primer grito, gritaban a su vez “¡bolitaaa!” y comenzaban a formar una montaña humana sobre el sujeto anulado. Cierto que este juego era entre inofensivo y babotas, aunque a veces se sumaban tantos al tumulto que el sometido quedaba casi asfixiado, molido por el peso que le caía de golpe.
Cuando alguien, fortuitamente, convocaba a la bolita, la víctima no tenía escapatoria. Si de casualidad se zafaba de un primer agresor, otros acudían y lo tumbaban. El caso era hacerle bolita, montón, sin remedio. Pues bien, eso vimos el domingo en el primer debate de los candidatos a la presidencia. Cuatro contra uno, todos al unísono gritando bolita contra López Obrador, quien hizo lo que pudo para mantenerse sereno y salir adelante y con la menor cantidad posible de raspones. Ciertamente no es nada fácil que alguien escape incólume cuando el destino (o quien sea) lo elige como objetivo de la bolita. AMLO y su equipo sabían que todos, por diferentes razones, lo iban a atacar, que el instinto de pitbulls con preferencia de una sola carne iba a reinar entre sus oponentes. Y así fue. Aunque entre los cuatro se tiraron uno que otro mordisco, el propósito eje fue masacrar al candidato que encabeza hasta el momento, y por mucho, las encuestas. Creo que lo lograron a medias, no lapidariamente como esperaban, pues da la impresión de que el galvanizado a favor de AMLO sigue librándolo de mermas.
El Peje ha insistido hasta el choteo que existe una cosa horrible denominada “mafia del poder”. Muchos han convertido tal afirmación en meme, como si los hechos no demostraran que un grupo de hampones ha usurpado las tareas del gobierno no para comprar dos departamentitos, sino para hundir a todo un país. En el debate pareció visible quién se opone a tal camorra y quiénes están por mantenerla con vida. Pero bueno, en tales ejercicios se habla de corrupción, inseguridad, pobreza, impunidad y todos esos problemas abominables del país, y ninguno lo ha provocado Morena. Qué raro. Es como acusar al PRI o al PAN de la hambruna en Somalia.

sábado, abril 21, 2018

La izquierda anhelada




















Curioso, al menos resulta curioso que los ultramontanos son quienes más anhelan una izquierda como “la de antes”. Ellos son los que principalmente se quejan de que ya no haya bolcheviques de la vieja guardia, sino rábanos y reformistas, chairos pedorros que desdeñaron la bandera con la hoz y el martillo y prefirieron asir un trapo color guinda con el acrónimo MO-RE-NA. También curiosamente, no he visto que algún rojillo sienta nostalgia por una derecha como “la de antes”, aquélla que se autoimpuso la “brega de eternidad” y “mover almas”, como quería Manuel Gómez Morín.
Los anhelantes de la izquierda “deadeveras” son, entonces, quienes jamás simpatizaron con ella, los que toda la vida transitaron por la acera de enfrente. Hoy, raptados por un sueño embusteramente reivindicatorio, declaran que la izquierda actual no representa a la izquierda, que ya no alberga personajes como aquellos que llenaron páginas heroicas en la lucha por la liberación ¡Del Pueblo! Uy, qué triste, sollozan. Los zurdos buscavotos de este tiempo han renunciado a la rebeldía, a los ideales magníficos, al amor por la camiseta marxista-leninista-castrista-guevarista-subcomandantista, y son unos vulgares chairos. ¿En dónde está su consigna incendiaria, su amada bomba molotov, su saboteo de planta eléctrica, su reunión clandestina, su tomaidaca en la Sierra Maestra, su desvío de avión a Cuba, su entereza en Lecumberri, su Declaración de la Selva Lacandona?, se preguntan.
Los condolidos por esta pérdida lamentan el presente de la izquierda y aunque antes odiaron a Bartra, hoy lo tienen por gurú y hasta lo citan: la izquierda de esta hora es decepcionante, se ha entregado de pechito al pensamiento burgués, es pragmática, conservadora, snif, snif. Años antes, claro, la izquierda de cuño sesentero nacida en el caldo de cultivo de tiempos que alentaban otro tipo de lucha, era fácilmente acusada, perseguida y condenada a caminar por la cornisa. Aquella izquierda cometía los delitos de subversión, de “disolución social”, de ateísmo y canibalismo de bebés, así que sin chistar merecía su Batallón Olimpia, su Halconazo, su Miguel Nassar Haro, su Tehuacán y su apando. Eso quieren que siga mereciendo quienes anhelan la vuelta de aquella zurda radical.
Pero, así haya sido a los tumbos, con errores y tropiezos, perseguida, aquella izquierda abrió la rendija electoral y en el camino casi ha dejado de ser izquierda para convertirse en no sé qué corriente con énfasis redistributivo. Es lo que hay, son otras épocas, y si alguien merece extrañar a la izquierda de antes es el izquierdista de hoy, no el derechairo, por favor.

jueves, abril 19, 2018

Querencia de Dolina




















Hace tres años fui invitado a colaborar con un breve texto en el libro conmemorativo del programa de radio La venganza será terrible conducido por Alejandro Dolina. Mi texto fue incluido y el libro circula desde el año pasado. El libro lleva como título, no podría ser de otra manera, La venganza será terrible. 30 años (Planeta Argentina, Buenos Aires, 496 pp.). Comparto la opinión que ofrecí y aparece en la página 418:

Nací y vivo en el norte de México y descubrí a Dolina en 2002 o 2003, cuando al vagabundear por la red me topé con algunas piezas de Crónicas del Ángel Gris. Fue un amor a primera lectura, un flechazo implacable a la mente y el corazón. Al indagar sobre el autor de aquellos textos supe que hacia 1944 había nacido en Baigorrita, en el partido de General Viamonte y todo eso que al final no dice nada o dice muy poco, pues Dolina jamás cabrá entero en la helada descripción de una solapa. Descubrí, sí, un dato interesante: para esos años ya tenía cerca de veinte como conductor de La venganza será terrible, así que busqué su voz. No había radio en vivo por internet, o la señal era pésima, pero gracias a no recuerdo qué sitio web encontré fragmentos del programa. El impacto fue poderoso: el tal Dolina improvisaba en La venganza con una mezcla hipnótica de erudición, humor, desenfado, compromiso con la inteligencia, fe en el arte y lujo verbal que de inmediato me provocó un debate íntimo: ¿a quién iba a preferir? ¿Al Dolina que escribía? ¿Al que hablaba en la radio? ¿Al que cantaba tangos? Resolví salomónicamente: preferiría a los tres.
Así, en mi segundo viaje a Buenos Aires caminé decidido por Corrientes hasta encontrar sus libros. Hallé dos, uno de ellos Bar del infierno, recién publicado. Fue el primero que leí completo, y recuerdo que en unas vacaciones de navidad escribí en El Paso, Texas, la elogiosa reseña que publiqué en mi columna mexicana. No sé cómo, Álex, hijo de Dolina, dio con ella en la red, la compartió con su padre y recibió de él la encomienda de enviarme un agradecimiento vía mail. Lo demás es una historia que ya he contado en otros espacios: he ido un par de veces a la emisión en vivo de La venganza, sigo oyendo el programa cada vez que puedo, he tomado café con Dolina en Baires y sé que gozo —y lo presumo— de su bienvenido afecto.
Ahora bien, entre las muchas que tiene, ¿cuál es la mayor virtud del poliédrico Dolina? No temo equivocarme al afirmar que es esto: el enfoque. Cualquiera que sea el tema, cualquiera que sea el desafío intelectual, el Negro sabe encararlo desde una vereda distinta a la que transita la mayoría. En esa terca originalidad de su mirada se basa la querencia de los miles que lo admiramos y el ya largo éxito de La venganza y de sus libros.

Comarca Lagunera, México, 15, agosto y 2015