sábado, febrero 18, 2017

Sentencioso Piglia














Vuelvo a Piglia por razones académicas. Lo uso, o uso algunos de sus textos, más bien, para reflexionar sobre la estructura del cuento y sus malicias. Pocos escritores como él, ávidos siempre de pensar y repensar las estrategias del relato, de sus engranes y sus resortes internos, razón por la que muchos miembros de su abultado club de fans lo veneran con admiración cercana a lo totémico. Pero más allá de este culto, es un hecho que Piglia siempre es útil y motivante, una especia de escritor-catapulta: al leerlo —me pasa y por eso lo consigno— uno siente el impulso de escribir, de ficcionalizar la realidad como él lo hace. Es decir, acusa el “efecto Piglia”.
Se ha escrito mucho, con innegable justicia, de su gusto por la edificación de historias en las que bullen otras muchas, fragmentadas. En efecto, si uno lee al autor de Plata quemada no es infrecuente encontrar desviaciones, ramificaciones. En un relato amplio nos asaltan pequeñas historias que de momento parecen intrusivas, satelitales y por ello prescindibles, pero vistas desde otro ángulo las encontramos atrayentes porque simulan el flujo de la vida, de cualquier vida. Digamos, por ejemplo, que uno sale a la calle para hacerse revisar por un médico (ese es el relato mayor), y en el camino al consultorio se topa con una querida y casi olvidada ex compañera de la preparatoria. Ahí se abre el boquete narrativo: es pospuesta la zozobra por la enfermedad personal y entramos a la historia de la ex compañera, a su ruina. De esta manera, los relatos de Piglia guardan microhistorias que ingresan al torrente y forman cascadas trágicas.
Este rasgo destacable en el escritor argentino me parece que ha opacado otro no menos interesante, digno de alguna atención. A falta de mejor etiqueta, me atrevo a llamarlo “sentenciosidad”. Piglia fascina por muchas razones, y una de ellas tiene que ver, presiento, con la manera en la que incrusta sentencias dentro de sus relatos. Mientras cuenta algo, remata una descripción o una acción con una frase lapidaria, hiperbólica y generalizadora, como aforística. En el cuento “La caja de vidrio” (Cuentos con dos caras, UNAM, 1999), mientras narra la historia eje aparecen estás frase bien administradas: “Un momento de debilidad y la vida de un hombre pierde todo su sentido”; “… es tan fácil hablar en presente cuando ya nada se puede cambiar”; “La oscuridad está en nuestros corazones”; “¿A quién no le gusta pensar que ha hecho morir de amor a una mujer?”; “Todos somos culpables de algo”; “Nadie es capaz de escribir la verdad”.
Entre otras virtudes, esas frases son culpables, creo, del efecto Piglia. 

miércoles, febrero 15, 2017

En modo meme
















Poco después de los cuarenta, y peor luego de los cincuenta, nuestra infancia contada a los jóvenes parece relato sobre la prehistoria al que nomás suelen faltarle los terodáctilos. Los jóvenes no creen que existió una época sin internet, sin celulares, sin Netflix. Así pues, sin querer queriendo, como dijo un filósofo mexicano, incurro en el relato de vivencias relacionadas con mi pasado, que es el pasado de cualquier coetáneo mío.
Cuento, por ejemplo, y esto asombra a mis estudiantes, que en mi niñez, cuando rasguñaba los cuatro o cinco años, sólo había programas de tele infantil en un horario módico, apenas unas horas en las tardes. Les cuento que iba al cine los domingos y allí veíamos tres películas, sobredosis fílmica que de todas maneras nos parecía pichicatera. Les digo también que los trabajos escolares los hacíamos, si bien nos iba, con alguna enciclopedia obsoleta y desmadrada, no con Google o Wikipedia.
Algo que los asombra (estoy exagerando, claro, pues ahora el asombro es un producto más bien escaso) es lo que les cuento sobre la difusión y el consumo de noticias. Les explico, por ejemplo, que la información deambulaba por el mundo en cámara lenta si comparamos ese ritmo con el presente: los diarios tenían tiempo para procesar la información, para jerarquizarla y luego difundirla. Hoy, al contrario, todo esa cadena se ve comprimida, y no hay hecho programado o fortuito que no sea cubierto-procesado-jerarquizado-difundido casi en el mismo instante en el que se da.
Les digo más, el fenómeno que he percibido desde hace algunos años, no muchos: hoy los jóvenes se informan y se forman una opinión a partir de memes, acaso el vehículo más rápido de nuestra época para hacer “periodismo” informativo-opinativo. Yo mismo, que me sigo considerando lector ordinario de noticias, me he sorprendido leyendo memes sin saber exactamente a qué noticia se refieren, y luego sucede que ya no leo la noticia y malamente me conformo con el meme, pues a cada uno lo desplaza otro con un frenesí poco apto para la digestión humana.
No puedo dudar de la eficacia del buen meme, además de valorar el hecho de que implica una clara democratización del trabajo “periodístico”. Lo único que me preocupa en este caso es que no pasemos de él, resignarnos a vivir la vida entera en modo meme.

sábado, febrero 11, 2017

El talismán que le fue dado




















Los románticos —me refiero a los románticos de antes, como Víctor Hugo y sus congéneres, no a los edulcorados de hoy— hicieron mucho esfuerzo para que no se les notara la alegría. Ellos, se sabe, crearon para la posteridad la imagen del artista atormentado, del creador cuyo apasionamiento (en todos los órdenes de la vida, sea el del amor, el de la política o el que fuera), se tomaba totalmente en serio y llegaba al extremo del suicidio, en el caso del amor, o del heroísmo que los convertía en mártires, en el caso del patriotismo.
Décadas y décadas han pasado y la asociación de ideas prosigue: artista es igual a sujeto atormentado. Por supuesto, los tiempos han cambiado mucho, ya no vivimos en el caldo social de los románticos y el artista se da el lujo de que lo puedan ver sonriendo en sociedad. Sin embargo, y esto lo creo sinceramente, el verdadero artista es un sujeto al que por cualquier razón, la que sea, colectiva o individual, el mundo le duele por dentro, como decía Piero de Benedictis. Esto no significa, claro, que cualquier sujeto sensible, agudo a la hora de observar, pueda ser artista, pero sí que todo artista ve la realidad humana y la halla imperfecta, demasiado mal hecha.
Ahí está pues esa proclividad al enojo, a la tristeza, al rechazo. Lo prodigioso en este caso es que de tal desacomodo nace la obra, como si la desdicha o la rabia fueran combustibles necesarios para crear. Yupanqui, en “El aromo”, lo dijo en dos versos referidos a esa planta, metáfora del hombre solo y apesadumbrado: “Que en vez de morirse triste / se hace flores de sus penas”. Borges, por su lado, tiene un soneto deslumbrante, uno de los que más me gustan de su fulgurante catálogo, el que le dedica al poeta Enrique Banchs (en la imagen que encabeza este post). Ahí está todo. En el poema, como en la realidad, Banchs es desdeñado por una mujer. Sufre por eso, y Borges resume esa calamidad en estos versos (prepárense para acceder a una maravilla): “Un hombre gris. La equívoca fortuna / hizo que una mujer no lo quisiera; / esa historia es la historia de cualquiera / pero de cuantas hay bajo la luna / es la que duele más. Habrá pensado / en quitarse la vida. No sabía / que esa espada, esa hiel, esa agonía, / eran el talismán que le fue dado / para alcanzar la página que vive / más allá de la mano que la escribe / y del alto cristal de catedrales. / Cumplida su labor, fue oscuramente / un hombre que se pierde entre la gente; / nos ha dejado cosas inmortales”.

miércoles, febrero 08, 2017

Congreso de tarados














Siempre que escucho la frase “cultura general” recuerdo al actor Omar Fierro en la versión mexicana, creo que transmitida por TV Azteca, del programa Jeopardy. Si recordamos, se trataba de un programa de concurso en el que los invitados podían avanzar hasta el triunfo con base en sus respuestas a las preguntas, supuestamente sesudas, planteadas por el conductor. Ha habido y sigue habiendo decenas de programas de ese tipo, como el excelente Saber y ganar de la televisión española, entre otros de muy variado calibre.
En el Jeopardy mencionado ocurrió una vez que Fierro presentó a los concursantes y a cada uno le preguntó las obviedades de rigor, el nombre, el lugar de nacimiento, la edad y alguna otra minucia. Lo que jamás olvidé es que a uno de ellos le preguntó esto: “¿Te preparaste para venir al programa?”, a lo que el concursante respondió que sí. Eso me pareció insólito, pues es imposible prepararse para participar en un programa donde se pone a prueba la cultura general. Si no se sabe qué preguntas le serán formuladas, de qué puede estudiar, una o dos semanas antes, quien participa en esas justas. A cierta edad, pues, la cultura general, saber un poco de todo o casi todo, se tiene o no se tiene, y una semana o dos de macheteo no sirven para nada si las ponemos al lado de una vida entera con curiosidad intelectual.
Por cultura general debe entenderse entonces todo aquello que sabe un adulto con información promedio. La delimitación de lo que es “saber” en este caso resulta muy borrosa, pero aseguro que es posible distinguir a alguien con cultura general de alguien que no la tiene. Pues bien, en la cultura general de los mexicanos más o menos informados está saber cuáles son los artículos más importantes o más famosos de (lo que queda de) la Constitución.
Esto no es parte de la cultura general para los abogados ni para los legisladores, sino parte de su cultura a secas. Pero sucede que, como se puede ver y oír en una pequeña encuesta, ya viralizada, de la televisora Imagen, nuestros diputados no saben ni lo básico sobre la Carta Magna y responden con notable imbecilidad, lo que genera como consecuencia un espectáculo de pena ajena. Mi conclusión es simple: también para eso pagamos impuestos, para mantener tarados en el Congreso de la Unión.

martes, febrero 07, 2017

Colección Harakiri








































Como ya informé, finalmente he viabilizado la publicación de un librito mensual con textos de mi autoría, todos de tirajes pequeños. Todavía no quiero desbarrar en el optimismo, pero sospecho que al salir el primero es muy posible que aparezca el segundo y así hasta llegar a los doce proyectados. El primero, de muy próxima aparición, será Callejero gourmet, veinte aguafuertes langucientos (Iberia, 2017, Torreón, 56 pp.), un recorrido más o menos arbitrario por la gastronomía popular —tirándole a populachera— de La Laguna. En las imágenes adjuntas comparto la tapa y la contratapa.
Este libro podrá ser adquirido a cien pesos sólo en El Astillero, librería ubicada en Morelos 559 poniente, entre Leona Vicario e Ildefonso Fuentes, en Torreón, CP 27000. Si alguien de fuera desea tener este ejemplar, puede escribir a la librería El Astillero: elastillero.libreria@hotmail.com, o llamar al  01 871 711 22 60.
Debo añadir la lista de los doce títulos (salvo el primero, todos los demás títulos son tentativos hasta este momento), en un orden que en el camino también podría variar un poco:
Enero: Callejero gourmet, veinte aguafuertes langucientos
Febrero: Este desfile atónito, antología de hermosos monstruos
Marzo: Gargantas y recuerdos, instantáneas musicales
Abril: De botepronto, mazo de estampas futboleras
Mayo: Tolvanera de palabras, pizca en el habla lagunera
Junio: Entre las teclas, garabatos sobre el oficio de escribir
Julio: Dedicados, anécdotas alrededor de algunas firmas
Agosto: Me lo sé de memoria, reunión de pasajes autobiográficos
Septiembre: Pico de gallo, estampida de microficciones
Octubre: Perfume de yuyos y de alfalfa, una incursión a la gauchería
Noviembre: Prófugo de la narrativa, compacto de versos
Diciembre: Batalla campal, antología de textos raros

sábado, febrero 04, 2017

Pesca de reborujados










Me gusta el verbo “reborujar”, lo siento procedente de mi ya lejana infancia, cuando me reborujaba —no me confundía ni me embrollaba, “me reborujaba”— con alguna idea más o menos compleja. Todavía hoy, claro, me reborujo y oigo que los demás se reborujan. Todos nos reborujamos, de hecho. Lo que me reborujaba antes, como ciertas fechas históricas importantes, ya no me reboruja. Me reborujaba por ejemplo con los nombres de los presidentes desde Obregón —no sé por qué desde Obregón— a Echeverría, cuando los aprendí por órdenes de una maestra con regla para golpear. Ahora me reborujan asuntos menos simples, claro, pero mi mente sigue incurriendo en reborujos.
Hoy vivimos en el maldito reborujo. Todo parece diseñado adrede —en mi infancia decíamos “de adrede”, con una hermosa e innecesaria preposición— para reborujarnos. Pienso por ejemplo en el tema que suele caldear más no los ánimos, sino la animosidad: la política. Si aceptamos que Facebook y Twitter son las redes sociales en las que mayoritariamente se informa la población actual, basta tener unos cuantos contactos para advertir que vivimos tiempos babélicos, tiempos de pleno reborujo.
A cierta edad y con cierto bagaje en la mollera es difícil que determinados mensajes, los electorales por ejemplo, reborujen. A final de cuentas, el colmillo se va afilando y uno, ya ruco, termina por saber casi a la perfección de qué hablamos cuando hablamos, por citar sólo un caso, sobre el Partido Verde. Es imposible que alguien informativamente sano y sensible, diría que hasta humano, se vaya con la finta, se reboruje y crea los mensajes de esa sabandija política, de ese clan entregado a la venalidad más descarada.
El problema es que no todos están suficientemente capacitados para distinguir el grano más o menos comestible de la escoria. Los jóvenes, sobre todo, y eso preocupa. Vi por ejemplo el espot de una diputada del PRI coahuilense que, enérgica, ¡despotrica contra el gasolinazo! A simple vista es una monstruosidad, algo así como el lobo hablando de cuidar al rebaño. Como mensaje no tiene ningún asidero ético, pero de todos modos lo hicieron, es una red lanzada para pescar reborujados, incautos, como si el PRI no fuera en el fondo el origen de los gasolinazos y de muchas otras pestes nacionales. 

miércoles, febrero 01, 2017

Un poco de memoria














Hace escasos lustros, cuatro o poco menos, la capacidad de resguardo escrito y audiovisual era privilegio de unos cuantos. Sólo ciertas instituciones —o individuos pudientes y muy obsesivos— podían presumir acervos documentales dignos de ese nombre. Muchos poderosos, por ello, podían mentir en paz o contradecirse sin riesgo de ser exhibidos. Si algún candidato, por ejemplo, prometía algo en campaña y durante su gobierno no lo cumplía, nadie aparecía con la evidencia escrita o (peor) audiovisual que lo balconeara.
Con la popularización de las computadoras e internet llegó la posibilidad de que cualquier hijo de vecino con malicia y curiosidad pueda armar o acceder a todo tipo de documentos aptos para evidenciar públicamente, sobre todo, a los gobernantes desmemoriados. Hoy podemos ver una edición casera en Youtube con Peña Nieto prometiendo con énfasis que no habrá aumento a los combustibles, y en el mismo video el anuncio y la justificación de los incrementos. También podemos ver a EPN, sonriente, al lado del prófugo Javier Duarte, o elogiándolo en televisión, y luego, en el último acto donde coincidieron, con el ex gobernador de Veracruz mañosamente colocado lejos, ya como apestado, para que no saliera en las fotos.
Esta época desbordante de evidencias sobre corrupción y otros excesos no ha tenido como correlato una respuesta honorable de quienes son pillados con las manos en la mierda. Antes bien, se han hecho más cínicos, más tercos en la práctica de un caradurismo que los pinta como especímenes de otra era en la historia de la impudicia política. Es lo que pienso, sin dudarlo un momento, sobre el cinismo de Calderón, quien, pese a la gráfica de la revista Emeequis en la se enlistan las abundantes masacres ocurridas durante su sexenio fúnebre, sigue impulsando la campaña de Margarita Zavala, su esposa. Si en este país hubiera justicia, una simple imagen, o sea, un poco de memoria sobre la tragedia nacional que representó el periodo que va de 2006 a 2012, debería ser suficiente no solo para votar por Margarita, sino para encarcelar de inmediato a su marido. Pero no. Lo que en realidad sucede es que Calderón goza de su millonaria pensión y, en el colmo del cinismo, quiere de nuevo la presidencia ahora por la vía conyugal.

sábado, enero 28, 2017

El chovinismo tiene permiso




















“Chovinismo”, nos informa el DRAE, es la “Exaltación desmesurada de lo nacional frente a lo extranjero”. La palabra proviene, como ya se habrá notado, del francés, y tiene una interesante etimología. “A principios de los años 90’, Nicolas Chauvin seguía siendo un hombre de carne y hueso, con una biografía casi completa, la de un héroe nacional con fecha y lugar de nacimiento; se sabía cuántas heridas había sufrido en sus campañas como simple soldado de la República francesa y como veterano de Napoleón; e incluso cuánto cobraba de pensión cuando se jubiló. (…) Su apellido —cosa extraña— se convirtió ‘en vida suya’ en adjetivo (chauvin/chauvine en femenino) con el significado de patriotero fanático. Poco tiempo después vendrían las palabras chauvinisme, chauviniste que llegarían a varios idiomas: ‘chauvinist’ en alemán, ‘шовинист’ (shovinist) en ruso, ‘chauvinista’ en portugués, ‘sciovinista’ en italiano, ‘szowinista” en polaco, y ‘sovonizta’ en húngaro. ¡Todo un éxito internacional!”, dice la servicial página chilena de etimologías en internet. Como “boicotear” o “linchar”, palabras que provienen de Boycott y Lynch, “chovinista” tiene su origen en un apellido y hoy es palabra de uso más o menos común en nuestro idioma.
Ser chovinista suele no tener buena prensa. A su modo, es una forma de decir “xenófobo”. Un nacionalista empedernido no sólo puede terminar en la querencia desbordada por lo propio, sino en el rechazo indiscriminado de lo ajeno. Hay que tener, pues, cuidado con estos sentimientos generalmente extremos, tan cegatos que derraman toda lógica, como el disparate que revela la frase “como México no hay dos”, colmo de expresión chovinista.
Se vale, sin embargo, incurrir de vez en cuando en cierto chovinismo, recordar valores importantes para sobrevivir como región o país. Creo que el momento actual, frente a la Bestia que reside en la Casa Blanca, amerita una cierta dosis de chovinismo, revivir en nosotros alguna forma del orgullo de ser lo que somos. Pensar al menos que frente a los agravios del megalómano no deseamos poner la otra mejilla. Como López Velarde, como Pacheco, debemos creer en nuestro país por méritos inmediatos —no por su “fulgor abstracto”— y defenderlos.

miércoles, enero 25, 2017

Posmoderno Nerón











La palabra “guarura”, dicen, es de origen tarahumara; si esto es verdad, es posible que se trate del tarahumarismo más usado en todo nuestro país. Los mexicanos la empleamos, ya se sabe, para designar coloquialmente al escolta de algún poderoso chico, mediano, grande o extragrande (XXL), como es el caso de Donald Trump, quien el viernes de su toma de posesión caminó algunas cuadras de Washington junto a Melania, su mujer, y buena parte de su familia. Por supuesto que no lo hizo solo, sino acompañado por una cantidad más o menos nutrida de bien nutridos guaruras seguramente entrenados a la usanza de Rambo.
Uno de ellos, de garbardina negra y pelón para más señas, seguía a la pareja presidencial a no más de tres metros de distancia. Nada raro sería esto si no fuera porque en los videos de YouTube se ve al mentado sujeto con las manos permanentemente fijas, inmóviles. El tipo camina despacio, lleva los codos doblados, las manos a la altura de la barriga y estáticas, fijas como las de un maniquí. La especulación de quienes comentaron esa curiosidad se inclina hacia lo obvio: el guarura trae las manos reales debajo de la gabardina, la palma en la cacha, el índice en el gatillo, todo listo para sacar el arma en caso de emergencia.
Nunca había visto algo así. Más: ni siquiera se me hubiera ocurrido. Tampoco se me hubiera ocurrido, hace varios meses, que algún día fuera a escuchar un discurso imperialista tan sincero como el enunciado por DT. Lo oí con asco durante la noche del viernes 20, pero ahora que he vuelto a revisarlo no doy crédito a la desfachatez del sujeto que ahora gobierna los EUA.
Ya muchos analistas le han hincado el diente, pero, unos días después de pronunciado, no debemos dejar de enfatizar que su contenido desborda hasta las más elementales buenas maneras del trato que en política debe darse.
Trump habló de recuperar empleos, fábricas, fronteras y demás para los EUA, lo que devolverá la prosperidad “al pueblo”, su pueblo. Eso, sin embargo, lo dice hasta el alcalde de Cuencamé en su toma de posesión. Lo que rebasa todo pudor, y en el colmo del gringocentrismo, es una frase dicha al inicio de su alocución: “Juntos definiremos el rumbo de Estados Unidos y del mundo en los años que vendrán”. Ahora no sé pues qué fue lo más asombroso: si las manos del guarura o esa frase del posmoderno Nerón.

sábado, enero 21, 2017

Digestión del horror














No me da el espacio para pormenorizar el reformateo mental de los adolescentes. Tengo, sin embargo, algunas ideas armadas a partir de lo que he conjeturado desde que comenzó a darse un acceso de amplio espectro a la información, a cualquier información. Para comentarlo necesito recordar —recordarme— qué era ser adolescente hasta antes de internet y, mejor aún, más precisamente, hasta antes de las redes sociales.
Para las generaciones anteriores al boom de las nuevas plataformas de la información ser adolescente consistía en aprender dosificadamente lo bueno, cierto, aunque también lo malo. Por la edad, los conocimientos eran administrados por instituciones inmediatas: más o menos, la familia formaba hábitos de conducta cotidiana (aseo, responsabilidad, respeto a los mayores), la escuela proveía de conocimientos en materias básicas como aritmética, redacción, biología y demás, y la iglesia se encargaba de infundir expectativas y temores trascendentes. Luego la calle, los amigos, iban aleccionando al joven en materias de sexualidad, malicia para defenderse y atacar, picardía varia.
Toda la información ingresaba al joven en módicas cuotas, poco a poco, hasta que, llegado a cierta edad, el joven era adulto y, se supone, alcanzaba una base axiológica firme para distinguir con toda claridad, o más o menos con toda claridad, “lo bueno” de “lo malo”. Así me formé yo y así se formaron, con las variantes que son del caso, miles de jóvenes aquí y en China. Digamos que algo tarde, cuando ya éramos maduros, nos enterábamos de las monstruosidades de la vida.
Pasa ahora que todo se ha precipitado. A una edad de suyo complicada, la adolescencia, se ha añadido una sobredosis de información muy difícil de digerir. Y no me refiero, claro, a la información constructiva, edificante, sino a toda la que, lo sabemos, es difícil que un joven pueda procesar sin atragantarse. Pienso en la información sexual, por ejemplo. ¿Cuándo vimos o nos enteramos nosotros, por ejemplo, de la penetración anal? ¿Sabemos que eso es ya pan de cada día en cualquier espacio pornográfico? ¿Qué piensa un joven sobre la sexualidad si cobra adicción por esas escenas?
No voy a caer en la moción reaccionaria de prohibir. Sólo diré que debemos acompañar más a los jóvenes, que hoy más que nunca estamos obligados a ayudarlos con la digestión del horror.

miércoles, enero 18, 2017

Nostalgia de la cárcel













En una de las páginas de su libro 2922 días: memorias de un preso de la dictadura, el ensayista Eduardo Jozami comentó una característica del encierro en la que yo jamás, claro, había reparado. Observa que un preso político, y quizá cualquier preso, se va adaptando a la circunstancia como el nativo de un lugar se adapta a las condiciones de su medio natural: “Aun en los regímenes carcelarios más severos la vida se vuelve rutinaria y, por lo tanto, el preso tiende a acomodarse”. Se refiere Jozami a su cautiverio de ocho años como preso político de la dictadura que gobernó (es un decir) la Argentina entre 1976 y 1983, cuando poco después del fracaso en la guerra de las Malvinas se dio el regreso de la democracia.
Más que comentar el libro, lo que será motivo de alguna reseña venidera, deseo reflexionar ahora sobre ese rasgo en la percepción de Jozami y emparentarlo con lo que habitualmente nos ocurre a los mexicanos. El también autor de la mejor biografía sobre Rodolfo Walsh que conozco apunta que luego de sus años encerrado le quedó una especie de nostalgia, llamémosla así, con exagerada lasitud, de los momentos de serenidad vividos tras los barrotes. Es, creo, algo raro, una especie de síndrome de Estocolmo penitenciario. ¿Cómo —podemos preguntarnos— alguien puede recordar con agrado ciertos momentos de su reclusión?
El mismo Jozami da la respuesta a esa pregunta. En un régimen opresivo, donde unos pocos tienen todos los hilos del control y otros sólo deben callar y obedecer, hasta la cárcel puede ser grata durante algunos periodos, es decir, cuando por un tiempo no hay torturas, requisas, vejaciones. Ya en el destino de la cárcel puede llegar a ser hasta gozoso estar encerrado en un cuarto sin ruido y con libros. El preso agradece tal rutina y vive permanentemente atento, temeroso, a los cambios sorpresivos, a la posibilidad del empeoramiento.
Tras leer eso pensé, creo que con alguna razón, en los mexicanos: aunque sepamos que estamos mal, que muchas veces hemos tocado fondo, que nuestros carceleros no suelen apiadarse, solemos sentirnos contentos en la precariedad, pues siempre sospechamos que la situación podría ser más terrible. Por eso el poder induce el miedo: sabe que preferiremos la quietud de la opresión a la incertidumbre de un traslado o una golpiza.

sábado, enero 14, 2017

De rapiña y de cinismo












Comparto con miles, tal vez con millones de mexicanos, el asco ante los recientes discursos de Peña Nieto. Ya no es posible hablar con eufemismos. Asco, asco puro, es lo que produce su oratoria acartonada, su ensayada pose de político que sabe algo. Con o sin teleprómpter, el residente actual de Los Pinos nos comunica impostadamente grave lo que en los hechos podemos entender como devastación de la economía nacional.
En los días recientes, el sujeto que en teoría encabeza el gobierno de lo que queda de México ha tenido que salir a declarar lo impensable para justificar el hachazo perpetrado contra los mexicanos con el aumento al precio de la gasolina. El jueves pasado fue el colmo. La alocución parece improvisada, de ahí el manejo simplista y enredado sobre todo de su intro: era necesario eliminar el subsidio a la gasolina y usar ese recurso para rubros cuya atención no permite más demora: salud, educación, seguridad… Junto con este imperativo, el gobierno ha eliminado el subsidio para operar como casi todo el mundo, es decir, se trata de una medida aguijada por razones foráneas.
Ganar tiempo es, desde hace mucho, el tema implícito, lo no expresado pero evidente en los discursos enunciados durante los últimos estertores de cualquier gobierno mexicano. EPN está lejos todavía de ceder la banda presidencial a su sucesor, pero ya parece desguazado por los acontecimientos. Se habla incluso de cansancio, de un deseo ya más o menos visible por tirar la toalla. Como tal abdicación no va a darse y no hay modo de deponerlo por otros medios, debe amasar discursos en los que, como es ya una tradición cada vez más exasperante, los buenos resultados de las decisiones tomadas en el presente, un presente de fracaso, se ubican en el borroso futuro, en los sexenios por venir, es decir, cuando gracias a la impunidad que nos caracteriza sea imposible asentar responsabilidades.
En el mismo discurso, EPN articuló una de las metáforas más desafortunadas que yo recuerde en labios de un Ejecutivo federal: “se nos acabó” Cantarell, “la gallina de los huevos de oro”. Se nos acabó. Así, como si de golpe, de un día para otro y de la nada, desapareciera, sin culpables a la vista, el manantial de nuestra riqueza. Tiempos trágicos los que vivimos. Tiempos de mentirosos seriales, de rapiña y de cinismo.

miércoles, enero 11, 2017

En barrena




















“Se define barrena como pérdida prolongada, en la cual el avión cae en una posición de morro bajo describiendo una trayectoria helicoidal (como un sacacorchos) alrededor de su eje vertical. Esta situación también se conoce como autorrotación. Es una maniobra peligrosa si se hace a poca altura debido a la mayor o menor dificultad de salir de ella (dificultad que depende básicamente del tipo de avión y del ángulo de su eje longitudinal respecto al horizonte)”, expresado así, al modo de Wikipedia, el texto es algo complicado para quienes no nos movemos en el ámbito de la física o, más precisamente, de la aeronáutica. Lo que describe es la caída en picada de un avión, tal y como está cayendo nuestro país desde hace varios años.
Antes no advertíamos tanto este descenso porque, como lo observa la explicación técnica, el desplazamiento en caída libre es más peligroso en la medida en la que nos aproximamos al suelo. Hace algunos años ya avanzábamos en dirección al desastre, pero de una u otra forma sospechábamos que todavía había tiempo para reaccionar, para elevar la nave. Sin embargo, nada, absolutamente nada (ni con Salinas, ni con Zedillo, ni con Fox, ni con Calderón) indicaba que el destino de la nave fuera otro que el choque con el horizonte; hoy entonces, en los también pavorosos años de Enrique Peña Nieto, la certeza del impacto está cada vez más cerca.
Disculpen la metáfora aeroespacial, pero de momento no se me ocurre otra para imaginar la trayectoria del país. Está en caída libre y sin piloto en los comandos, si señales provenientes de la torre de control y además, por si fuera poco, amenazado por un gigantesco cazabombardero con matrícula norteamericana. Los pasajeros, por eso, estamos en vilo, viendo con vértigo que el relamido piloto nos tira choros tranquilizadores mientras sentimos el vértigo del desplome.
Sin dejar de señalarlo con incertidumbre, muchos analistas en medios de todos los pelajes apuntan, ahora sí, que queda poco margen de maniobra, que el país ya no está lejos del colapso y que por tanto es imperativo hacer algo. El problema es cómo dar ese viraje, cómo escapar de la coyuntura en la que nos han metido varios gobiernos hasta llegar, para colmo, a uno particular, apabullantemente inepto: el actual.

sábado, enero 07, 2017

Héroes congelados














Cada dos o tres meses practicamos algún ritual para venerar a nuestros héroes. Desde el gobierno, por la vía de la SEP, los niños son sumariamente informados sobre las gestas de personajes que de una manera u otra, a veces sin mucha claridad, “nos dieron patria”. Nos enteramos por lo general, con un maniqueísmo y un vaciamiento contumaces, de que los héroes se rebelaron contra alguna tiranía, contra algún déspota adecuado, encarnación de la perversidad. No vemos nada mal que así haya sido: el pueblo, encabezado por líderes henchidos de convicciones, tuvo todo el derecho a reclamar justicia, libertad, bienestar, soberanía, etcétera, y si algún autócrata se opuso no hubo más remedio que defenestrarlo. Esa es la didáctica general de las efemérides inscritas en el santoral patrio.
Lo curioso de este respeto irrestricto a la heroicidad es su abstracción. Los próceres y sus hazañas son objetos de museo, son parte del injusto pretérito y hoy sólo sirven para que en los patios escolares y en las plazas públicas les mostremos gratitud. Las injusticias contra las que lucharon aquellos hombres probos ya no existen, como tampoco los tiranos que las impusieron. En el presente, pues, gozamos de las instituciones conquistadas gracias a hombres y mujeres bien acaudillados.
Soy de los que creen (y lo creo así desde hace al menos treinta años) que en México padecemos un régimen cuya esencia es beneficiarse a sí mismo y crear injusticias de todos los colores y de todos los sabores. Atrincherada en la hueca historia de bronce y en el “respeto a las instituciones”, una manga de pillos ha prevaricado el servicio público hasta convertirlo en acto ya visiblemente peligroso. Para lograrlo, se ha apoderado de todos los instrumentos que tiene la República para legitimar sus trapacerías y permitir su impunidad. Con algunas pálidas excepciones, son dueños, mañosamente dueños, de todos los hilos: la presidencia, las secretarías, las cámaras, el INE, el aparato económico, el sistema de seguridad, los gobiernos estatales… y no se han saciado.
No digo que calquemos a los héroes, pero sí que pensemos en lo obvio: las injusticias, la opresión, la falta de respeto a la ciudadanía, el despotismo en suma, no son padecimientos del ayer, lepras del pasado. Los vivimos hoy, y hay que hacer algo.