miércoles, junio 20, 2018

Ojos de gorila













Sabía que iluminaban diferente
que hermético guardaban un misterio
busqué la pista bien, el referente
hallé uno: parece un improperio.

Gorila, tienes ojos de gorila
ojos cafés, profundos, qué rareza
un café casi naranja que aniquila
café botella, vidrio de cerveza.

Qué importan las metáforas, amor.
Amo tus ojos, amo tu mirada
me gusta su sencillo resplandor
su ternura y su no creerse nada.
Imágenes fallidas puedo darte
tus ojos siempre llegan a salvarte.

Una alegría inoxidable












“El futbol es un juego simple que inventaron los ingleses: 22 hombres persiguen un balón durante 90 minutos y, al final, los alemanes siempre ganan”, es la célebre definición de futbol ofrecida por el delantero inglés Gary Lineker. Como podemos apreciar, hasta los ingleses, a quienes no les falta autoestima en absolutamente ninguna rama del quehacer humano, saben lo que es hablar sobre Alemania en el futbol. Y lo sabemos todos, de hecho, pues mundial tras mundial, torneo internacional tras torneo internacional, los alemanes han demostrado ser un equipo cercano a la invencibilidad.
Por eso, precisamente, el juego del domingo 17 representaba un desafío en el que casi nos dábamos por derrotados. Un empate, lo dije, equivalía en este caso a una victoria, pero ni en eso me atrevía a soñar con optimismo. Sin sobresaltos, tranquilamente, daba por hecho que perderíamos contra los germanos y luego debíamos remar a todo pulmón contra Corea y Suecia. No me afectaba gran cosa saber de antemano que caeríamos contra el equipo teutón, pues lo más lógico, según los anales futboleros, es que casi todos pierdan contra ellos. Así amanecí el domingo, con previa resignación y esperando el milagro del empate.
Luego ocurrió lo que ya vimos y enloqueció al país. México saltó a la cancha con una alineación más o menos esperada en la que destacaban los apellidos de Ochoa, Herrera, Guardado, Hernández, Vela y Lozano. Durante el primer tiempo —el mejor de México en muchos años— creo que por primera vez vi jugar mal a los alemanes; pero ni así, ni jugando con limitaciones, los hijos de Bekenbauer dejaban de ser peligrosos. Los mexicanos la tenían clara: abrumar a la selección alemana con presión en casi toda la cancha, esperar sus embestidas y contragolpear con toda la furia cuando los europeos perdieran un balón.
Así cayó el gol. Los mexicanos hurtaron una pelota en su terreno y la descolgada comenzó con una pared vertiginosa entre Guardado y Hernández; luego el Chicharito vio la entrada de Lozano quien se quitó a Mesut Özil y clavó uno de los goles destinados desde ya a figurar en la historia de nuestro futbol. En el segundo tiempo, lógico, los teutones se echaron encima pero un tanto desordenadamente, con más empuje que buen futbol, y no lograron anotar. Así se consumó lo que ni yo ni nadie esperaba, acostumbrados como estamos a caer cuando, en los mundiales, rasguñamos el paraíso.
Ignoro, como todos, qué vaya a pasar en los partidos venideros de México. Por lo pronto, el equipo cumplió con excelencia y nos dio una alegría inoxidable: México 1, Alemania 0. Increíble.

sábado, junio 16, 2018

Votar según Krauze













Sereno, con voz pausada y de excelente timbre, como siempre, el doctor Enrique Krauze difundió el jueves un video de tres minutos con “una reflexión sobre el poder absoluto”. Dado que Krauze es Krauze y no va a portarse como si fuera un vulgar Luis Pazos, la susodicha reflexión no requirió aspavientos ni palabras fuertes. De hecho, ni siquiera requirió nombres propios, pues sólo se planteó como breve disquisición sobre una idea: la del poder absoluto.
“El poder absoluto en manos de una sola persona —señaló el doctor Krauze— ha dejado una estela de destrucción a lo largo de la historia. Los ejemplos abundan. En el siglo XX, en Europa y Asia, el poder absoluto recayó en manos de líderes de derecha e izquierda, fascistas o comunistas, que destruyeron a sus países y provocaron la muerte de decenas de millones de personas. En América Latina, el poder absoluto en manos de líderes de derecha e izquierda, militares genocidas o dictadores revolucionarios, sofocó las libertades y provocó hambre, desolación y muerte”. Esta introducción nos instala en lo que, si estamos al menos alfabetizados, ya sabemos: que abundan los ejemplos de poder absoluto mal usado, brutal en la mayoría de los casos. También sabemos que han operado en la derecha y en la izquierda (repetido por él un par de veces: derecha e izquierda), pero en este caso el doctor Krauze no debe preocuparse de que lo acusemos de parcial, pues sabemos que el abuso operó en ambos flancos del espectro político.
Lo que viene luego nos instala en el caso mexicano: “En el siglo XX, en México, el poder absoluto de los presidentes, todos del partido oficial, tenía al menos el límite de la no reelección, y sin embargo, el poder absoluto hizo mucho daño. Basta recordar la matanza de Tlatelolco ordenada por Díaz Ordaz, la represión del diario Excélsior ordenada por Luis Echeverría, la quiebra del país causada por la administración de López Portillo y la corrupción impune en tiempos de Salinas. Desde 1997, año en que el PRI perdió la mayoría en el Congreso de Diputados, ningún presidente ha tenido poder absoluto en el Congreso. Ni Zedillo, ni Fox, ni Calderón, ni Peña Nieto”.
Krauze resume entonces que el voto dividido ha viabilizado la democracia mexicana, sobre todo la libertad de expresión, pues mermó el poder absoluto al presidente. Lo que pide, entonces, en el fondo, es votar por uno para presidente y por otros para diputados y senadores, es decir, quizá votar, si gustan, por su mesías tropical, pero frenarlo en las Cámaras ahora que se ve venir un carro completo por la vía que Krauze más ha aplaudido y, suponemos, juzga legítima: la democrática, no la del voto corporativo.

jueves, junio 14, 2018

Delirios en la red

















Las redes sociales son hoy la pantalla donde se proyecta buena parte del ánimo ciudadano. Suelen crear, por ello, cierta credulidad en sus usuarios. En Twitter, por ejemplo, dado que uno sigue cuentas afines, sentirá que todo se cantea hacia su flanco ideológico, que todo marcha de maravilla para los nuestros. Se da el caso, incluso, del fanatismo que desorbita la credulidad y la convierte en redonda estupidez. Ocurre cuando alguien difunde información (videos, sobre todo) espesa de patrañas flagrantes pero ornamentada con alguna pátina de seriedad.
No me refiero, pues, aquí, al video chusco o paródico hoy tan de moda, sino al que se quiere pasar de lanza con sospechoso tono sobrio. Gracias a esta basura he llegado a pedir, casi a suplicar, que seamos menos laxos a la hora de estampar un like o retuitear, pues lo único que hacemos con eso es diseminar falacias. Una buena política, por ello, sería bloquear a los impulsores indiscriminados de sandeces, hacerles ver que en el reborujo actual de la comunicación no es pertinente hacer más ruido.
Sin embargo, a veces no es fácil discernir qué documento parte de la autenticidad y qué otro es un reptil engañoso. Excluyo de esta lista los videos dramatizados que buscan con descaro llevar agua a sus molinos (véase en este momento uno, sin firma y harto idiota, en el que ladrones y secuestradores piden perdón a sus víctimas tal y como “va a hacerlo ya sabes quién” con los delincuentes). No, hay otros más sutiles, como uno que vi hace poco y en realidad es, o al menos parece ser, una extraña vuelta de tuerca en el mundo de la propaganda negativa. Lo describo.
Un tipo con voz de locutor se graba a sí mismo en su computadora. Viste una playera blanca muy simple y una gorra de pelotero con el logo del PRI harto visible. Comienza con un saludo para la comunicadora Martha Debayle y luego emprende una crítica sospechosamente delirante contra los opositores de Peña Nieto. Señala que el precio de la gasolina es benéfico para la salud, ya que la gente camina más y mitiga el problema de la obesidad; apunta que el precio del dólar es ventajoso ya que si un turista llega y da un dólar de propina, es mejor que sean 20 pesos y no 14; por último, explica que el alto precio de la tortilla obliga a que la gente no se haga tacos con dos tortillas, sino con una, lo que también redunda en una mejor salud.
Este documento es tan grotesco que parece producido por los enemigos del PRI, aunque en el río revuelto ya no se sabe. Lo mejor, como digo párrafos arriba, es cerrar la puerta a lo sospechoso, bloquear lo que parezca no tener abuela.

sábado, junio 09, 2018

Con un arma en la nuca
























Nuestro oficinista sobrevive a los tumbos en una urbe sombría e inhumana, demasiado inhumana. Se trata de un tipo mediocre, tan apocado que casi es invisible. La rutina lo cerca y los días van minándolo hasta límites inconcebibles. No es dueño de su vida, y todo alrededor se confabula para hacerlo papilla, para machacarlo en el mortero de la desdicha. El oficinista no tiene nombre, así que basta llamarlo así: el oficinista, quien parece ser el resultado individual de un proceso —¿económico, político, social, moral, todo eso junto?— que ha pulverizado la vida de inmensas colectividades. El oficinista, pues, es uno y millones, una sinécdoque de la devastación mundial.
Guillermo Saccomanno (Mataderos, Buenos Aires, 1948) ha formulado en El oficinista (Premio Biblioteca Breve 2010, Seix Barral, Buenos Aires, 2010, 201 pp.) una distopía ubicada en un futuro que de tan reconocible casi no pertenece al futuro, sino al presente, un huevo de serpiente. Saccomanno nos recuerda en esta novela lo que de alguna manera ya estamos resintiendo: que la civilización es una carnicería, que el progreso pasó a convertirse en un animal que nos engulle y nos defeca sin conmiseración.
El oficinista que protagoniza esta historia habita, como sus congéneres, en colmenas impersonales. Sus horas mecanizadas transcurren esencialmente en tres espacios, todos extensiones de la cárcel: la oficina, la calle y el hogar. Ninguno de ellos supone, obvio, bienestar, sino lo contario: los tres son infiernos cuyos vasos comunicantes infectan de infelicidad a quien los toca. El oficinista pasa sus horas tras un escritorio en el que desahoga trámites miserables. Son tan insignificantes que ni siquiera sabemos cuáles son. Lo que sí sabemos es que todo el tiempo, síntoma de la era ruin que padecemos, vive colgado de la zozobra que significa perder su trabajo, de suerte que conservar el empleíto es la medida de todas las abyecciones. El oficinista es por ello un paranoico que en todo ve signos de peligro, amenazas a la seguridad de conservar su puesto en la maquinaria.
Sin embargo, pese a lo terrible que resulta vivir sentado frente al escritorio, la libertad de la calle y el sosiego del hogar no son mejores opciones. Apenas se libra del trabajo y de las horas extras asumidas casi con placer, para evitar lo que sigue, el oficinista emerge hacia la calle y lo que encuentra allí es abominable: como en una fantasmagoría preapocalíptica, la ciudad se ha vuelto ámbito de depredación, de inseguridad y desprecio por la vida humana. Es, no sabemos por qué pero lo intuimos, sobrevolada por helicópteros artillados que luchan contra una “guerrilla” sin rostro e igualmente letal. Aquí y allá, por todos lados, los helicópteros, las patrullas, los autos blindados de la autoridad, vigilan, rastrillan todos los recovecos y persiguen a los rebeldes, y los rebeldes a su vez colocan explosivos sin mirar a quién ni a cuántos destrozan, de manera que el clima callejero es el de un cataclismo entre trenes subterráneos, cines, pizzerías y demás vidrieras sebosas. Nadie está pues seguro en esa selva, y si pensamos que en el hogar habrá un descanso para el protagonista, nos equivocamos: el hogar es un reflejo congruente de la barbarie padecida en la oficina y en la calle. Puede incluso ser un sitio peor de repugnante: el oficinista padece allí el hostigamiento atroz de su mujer, una sapo, y la sensación de que sus hijos son insalvables: ellos están condenados, no tienen escapatoria, su futuro es ineludiblemente siniestro, tal vez peor que el presente ya encarado/encarnado por su padre, el protagonista de esta agonía.
En tal atmósfera vidriosa ocurre un milagro de escala minúscula como todos los milagros que pueden ocurrirle a un ser de similar tamaño: nuestro oficinista se enamora. Fortuita, impensadamente es flechado por una compañera de trabajo, la secretaria-amante del jefe, y ese hecho entre accidental y prodigioso estremece la vida del oficinista. Entre dudas y pavores avanza hacia la corazonada de que el amor es su último tren, una posible redención luego de la vida de escoria que ha tenido. La secretaria, quien también carece de nombre, como todos los personajes de esta novela, lamentablemente está poco o nada de acuerdo en acceder a la pasión del personaje gris que la merodea. Si bien ella lo acepta en un primer encuentro, no está dispuesta a ceder más allá de aquella migaja: ella supone tener un camino más seguro con el jefe, de suerte que vincularse con el oficinista es un disparate que no podrá permitirse.
El microcosmos de El oficinista es asfixiante. El frío, la condición plomiza del ambiente, los barrios despojados de toda civilidad y los infinitos perros callejeros que se convierten en símbolo del salvajismo prohijado por la urbe, son el caldo de cultivo ideal para crear zombies a la manera apaleada del protagonista y quienes lo rodean.
Una clave de la novela radica en su cruel epígrafe: “Una experiencia que, por su exceso de soledad, sólo puede llamarse rusa”. En efecto, tales palabras de Kafka rajan como machetazo todas las vísceras del texto. En sus 55 breves trancos se siente que el interior de los individuos que pueblan estas páginas ha sido carcomido por el gusano de la soledad hasta convertirlo en un tormento sin pausa. Por ello, “El infierno es el subsuelo de uno mismo”, piensa el oficinista en alguna parte de su calvario.
Con el mismo recurso sentencioso el oficinista cree haber encontrado en el amor una rendija para escapar de su destino: “En la vida todos tenemos una oportunidad. Si la dejamos pasar estamos fritos”, piensa. El oficinista es un sujeto que se desdobla como buen microbio plagado de incertidumbre: por un flanco es el timorato de siempre, el bicho ínfimo que se conformó con la derrota de aherrojarse a un escritorio; por otro, un ser —su alter ego— que lo aguija a la inconformidad, a no dejarse vencer, a no ser más el pusilánime viscoso de siempre: “Piensa que desde que tiene memoria se encuentra con el cañón de un arma en la nuca”.
Precisamente, como en las historias de Kafka, en El oficinista importan menos las peripecias que la metáfora global: la vida, nuestra vida de estos tiempos humillados ante el altar neoliberal, avanza con un arma en la nuca. Todos somos o casi somos ese oficinista que trastabilla en busca de una salvación, la que sea, y sólo obtiene por respuesta el balazo de la realidad que le confirmará su lugar en el mundo: la basura.

miércoles, junio 06, 2018

Elogio del escupidor















No recuerdo con exactitud los detalles, pero fueron más o menos los siguientes: desde no sé dónde, Esteban Dublín me escribió para informarme que estaba organizado una especie de antología colectiva de microficciones con el auspicio o el aval, algo así, de La Internacional Microcuentística. A cincuenta escritores les preguntarían cuál era su minificción favorita, y con la lista resultante se armaría la colección. Pensé en lo obvio: Monterroso, Cortázar, Samperio, Shua… alguien así, un consagrado del género. Supuse que muchos de los invitados iban a inclinarse por algún escritor ya muy visible, y entonces recordé el grato sabor que siempre me han dejado los relatos micro de Fabián Vique. Bueno, pensé, y cuál de todos elegir entre la gran cantidad de historias súbitas creadas por el oriundo de Morón, mi amigo Vique. Entonces, de golpe, me llegó el recuerdo de “El escupidor de Rafael Castillo”, un microrrelato perfecto, y tal fue mi propuesta.
“El escupidor…” es un dechado de creatividad, exactitud y humor. El planteamiento es inmediato: en el primer párrafo sabemos el cuándo, el quién, el qué y el dónde, una proeza de la condensación narrativa. El segundo párrafo describe, mediante un narrador innominado en primera persona, a quienes ya conocen las andanzas del escupidor. La información del tercer párrafo despliega el cómo, y de paso obtenemos el nombre propio del protagonista. El último párrafo, dos renglones, baja la velocidad de la historia y nos informa que este tipo extraordinario es en realidad un sujeto ordinario, lo cual puede verse como una paradoja: quiere mudarse de Rafael Castillo, localidad del partido de La Matanza en el conurbano bonaerense, porque, suponemos, allí hay gente como él, lo que de paso recuerda la famosa boutade del club atribuida a Groucho Marx. De hecho, todo el texto es paradojal, pues el acto grotesco de escupir a la gente es contado como si fuera el de dar las buenas tardes.
Celebro además la puntería —puntería similar a la de Alberto— de ciertos adjetivos: “boca certera”, “buen semblante”, “interesante volumen”. En fin, creo que se trata de un estupendo microrrelato, un ejemplo que podemos tener a la mano cuando alguien nos pregunte qué es una microficción y qué puede hacerse para que un puñado de palabras llegue a ser memorable.
Aquí dejo la pieza:

El escupidor de Rafael Castillo
Fabián Vique 

Todas las noches, a la una en punto, el escupidor de Rafael Castillo sale a escupir a la gente. El recorrido abarca las dos veredas de Carlos Casares, desde Don Bosco hasta las vías. 
Quienes lo conocemos evitamos la zona en la media hora que dura la vuelta. Pero siempre encuentra inocentes que deambulan a merced de su boca certera.
Alberto apunta a los ojos y lanza un líquido casi blanco, no muy espeso pero de interesante volumen. Los escupidos se asombran del buen semblante, de la discreción y hasta de la elegancia del escupidor. Nunca reaccionan. Se limpian la cara y siguen su camino. Se dice que en las mejores noches Alberto ha proporcionado más de una docena de escupitajos.
Durante el día, sin embargo, el escupidor es un hombre común y corriente. Suele decir que no le gusta el barrio y que tiene ganas de mudarse con su familia a un lugar más tranquilo.

sábado, junio 02, 2018

Intelectuales seducidos














En las ruidosas redes leí hace poco un comentario digno de observación, ya que, creo, encierra una idea más o menos generalizada: es entendible, decía el opinador, que la pelusa harapienta, que los miles de mugrosos que atiborran el país de mal olor y otras horripilanteces propias de la chusma se sientan agraviados, ofendidos, marginados por el actual gobierno. Esos desheredados del bienestar, esos pobres diablos que viven obsesionados con el sueño de comer tres veces al día están en su derecho de dejarse seducir por un sujeto que les promete salvación sexenal. No haber pasado por la escuela, vivir en la ignorancia y apetecer aunque sea migajas justifica que anhelen el advenimiento del mesías (tropical para más señas).
Lo que resulta inexplicable, dice el comentarista, es la seducción que el mismo, exactamente el mismo redentor del populacho obra en los intelectuales. ¿Cómo es posible, anota, que un mentiroso consumado, que un caudillo de habla lenta y poco seso sea percibido como gran político por quienes se ufanan de haber hecho licenciaturas, maestrías y doctorados? Misterio. Es inconcebible que hombres y mujeres bien abastecidos de conocimientos se traguen las gambetas de AMLO y no vean en él lo que es: un obseso del poder, un iletrado, un autoritario, un vividor y muchos atributos más. Porque es un hecho, y lo demuestran los sondeos por instrucción: entre más alto es el grado de estudios, más se amplía la barra de la intención de voto por el oriundo de Macuspana. Es aberrante, un disparate que deja a los intelectuales en calidad de burros, señala el susodicho.
Tengo para mí que sólo los intelectuales (¿quiénes son “los intelectuales”?) abiertamente militantes se manifiestan a favor de AMLO con alto grado de fervor. No son mayoría. Hay otros que, sin declararlo abiertamente, escriben y opinan de viva voz en medios electrónicos y tratan, con innecesario apuro, de parecer imparciales. Pienso, por ejemplo, en casos como los de Lorenzo Meyer y Sergio Aguayo, ambos doctores. Como ellos, muchos académicos, artistas, “intelectuales”, parecen simpatizar acríticamente por AMLO. Lo que hacen en realidad, presiento, es calcular: ven un montón de defectos alrededor del candidato más adelantado, pero con el fin de permitir que siga avanzando no hacen señalamientos. Es como un mutis coyuntural, una especie de pacto tácito ahora que se ve en puerta, hoy sí, un cambio de régimen. Desde la oscuridad o desde la luz intelectual, la idea de muchos, al parecer de la mayoría, es que gane AMLO y algo cambie. Los extremos se tocan.

miércoles, mayo 30, 2018

Zaid & Bartra, sus temores














Mucha ampolla levantaron por estos días los textos de Gabriel Zaid y Roger Bartra, ambos críticos contra el candidato López Obrador. No veo de veras la razón del enojo que produjeron, pues ambos están en su derecho de expresar lo que gusten, sea o no sea grato para quien los lee. El de Zaid, titulado “La caballada”, arranca con una explicación histórica sobre el origen y el sentido de la frase, muy mexicana, “la caballada está flaca”, atribuida a un famoso tiranuelo de Guerrero. Se refirió Zaid, con ella, a la baja calidad de las opciones que tenemos en 2018: los presidenciables son una caballada de ese estilo, macilenta.
El autor de Los demasiados libros, famoso por su lucidez y su cercanía con las revistas Vuelta y ahora Letras Libres, pasa luego a explicar, ya con cierta obviedad, las características de los candidatos. Empieza con Margarita Zavala. Dice que se hundió por “las limitaciones que impone la partidocracia a los independientes” y por ser la esposa de Calderón, no por las propias y evidentísimas limitaciones de la aspirante. Luego nos deslumbra: “México nunca ha tenido presidenta”. Del Bronco describe brevemente su carrera, y, al parecer, Zaid no lo considera un tipo aberrante. Pasa luego revista a Meade y Anaya, señala sus pros y sus contras, y no se siente que lo entusiasmen mucho. Llega luego a AMLO y señala que “Es el candidato con más pinta presidencial, algo que le ayuda a tener el primer lugar en las encuestas”, es decir, que en México se puede ganar la presidencia con “la pinta”. Enumera luego sus lastres y entre otros menciona “su propuesta de amnistía a los capos del crimen, como solución a la violencia. [AMLO] Parece convencido de que, dándoles su absolución, no volverán a pecar”. Raro que Zaid simplifique así, “capos del crimen”, como si alguna vez se hubiera hablado de eso. En fin, cierra con su idea de votar por quien llegue en segundo lugar, léase Anaya o Meade.
Por su lado, en “Regreso a la jaula” Bartra nos resume su libro La jaula de la melancolía y asegura que así como al ajolote, animal maravilloso, se le regeneran varias partes del cuerpo cuando las pierde, los mexicanos vivimos una especie de regeneración priistoide encarnada en el movimiento de “Regeneración” que encabeza AMLO. Enumera las calamidades que nos caerán encima sin piedad, prácticamente el apocalipsis de México, como si en este momento viviéramos en un vergel. Al final, como buen patriota que desea lo mejor para su país, anhela que sus vaticinios sean erróneos: “Espero que no sea así”, dice y termina no sin dejarnos la sensación de que todo tiempo futuro, si es con AMLO, será peor incluso que los últimos treinta años.

sábado, mayo 26, 2018

Símbolo Santos Laguna














Para vivir no sólo necesitamos de bienes materiales, de objetos. El ser humano es el único animal que además de eso ha edificado complejos sistemas de símbolos que ahora le son tan necesarios como el alimento. Una religión, un partido, una creencia, una simple idea, una poca de fe, un pasatiempo, un personaje, una afición, una bandera, un ritual, todo esto se convierte en motor de acciones y reacciones, en estímulo. Quien cree en una divinidad no es en el fondo tan distinto a quien venera a un cantante. En ambos casos la posesión es espiritual, no física, y muchas veces deriva en la acumulación de imágenes o autógrafos que materializan la devoción. En este sentido, es asombroso lo que hace un admirador por ver a su personaje favorito. Puede gastar recursos, viajar, esperar, todo por aproximarse a la imagen idolatrada.
Hoy los equipos de futbol constituyen poderosas fuentes simbólicas de devoción. Los aficionados nacen, sobre todo, por cercanía geográfica, y debido a ello es relativamente fácil que un regiomontano se identifique con Monterrey o con Tigres tanto como un catalán puede hacerlo por Barcelona o el Espanyol, aunque dada la inmensa red informativa global ya son comunes los casos de afición pese a la lejanía: un tapatío pude apasionarse por el Inter de Milán tanto como un veracruzano puede dar todo por Boca Juniors. En cualquier caso la posesión es meramente interior, está en el alma aunque se materialice en alguna playera original.
Tras el campeonato reciente del Santos Laguna, su sexta estrella, quedó en evidencia que, lo aceptemos o no, es hoy el símbolo mejor compartido entre los laguneros. Los triunfos de este equipo “son” triunfos de toda la comunidad regional, se viven como propios y se han transformado en timbre de orgullo cuando dialogamos con los no laguneros. Esto es así, lo sabemos, por el peso mediático del futbol, por su gravitación en el mundo contemporáneo, tanto que en algunos casos se trata casi de una pasión cercana a lo religioso, a veces hasta fundamentalista.
Esta querencia local por el Santos Laguna debe ser traducida por el club en un factor de cambio, en el eje de su responsabilidad social. Si la comunidad deposita un profundo afecto por los colores del equipo, esa identificación podría volcarse en campañas que ayuden a mejorar las condiciones de vida de la comunidad, que convoquen a emprendimientos colectivos siempre necesarios. Campañas de tolerancia, de cuidado al medio ambiente, de movilidad urbana, de lectura… mucho puede logarse si la convocatoria nace en el seno del Santos Laguna. Su poder simbólico entre los laguneros es incontestable. Es buen momento para aprovecharlo.

miércoles, mayo 23, 2018

Virajes cercanos












La sorpresa del segundo debate es que su saldo ha resultado prácticamente nulo. Si no fuera por las encuestas previamente diseñadas y los bots que ahora colocan a Meade como segundo lugar y hombre más capaz del sistema solar, todo indicaría que nada se movió luego del 20 de mayo. Si esto es verdad, se trata de una buena noticia sólo para el puntero, no así para los dos que lo siguen todavía de lejos (el Bronco se cuece aparte, en una zahúrda). Digo lo que digo porque estamos a cuarenta días de la jornada electoral y la disputa por el segundo lugar persiste en sus números sin que Pepe y Ricky, trabados ya como palitos con liga, dé su candidatura a torcer.
Los números no se movieron significativamente por tres razones: Meade, Anaya y López Obrador. En efecto, Meade salió al ruedo con su mismo esgrima técnico e inocuo, plano como el desierto de Mojave. Le echa ganas, no tropieza en sus alocuciones, arroja datos, hasta parece buena persona, pero tiene menos imán que un Godínez en horas extras. Además, carga como Pípila todo el pasado reciente de su jefe Peña Nieto, personaje cuyo gobierno está batiendo marcas en los rubros de violencia, corrupción e impunidad. En este sentido, la candidatura de Meade desafía toda lógica: clama por votos en el reino de la incredulidad y el rechazo.
Anaya salió casi igual que en el primer debate. “Habla bien” (así dicen muchos), se nota entrenado en cursos de oratoria comercial, no se descuadra, sonríe con pétrea afabilidad, se desplaza en el escenario como pastor evangélico, trata de tú y por su nombre a todos los interlocutores, termina justo a tiempo sus intervenciones, pero ahora cometió un error de cálculo: fue declarado ganador del primer debate en función de su agresividad contra AMLO, y ahora bajó el voltaje. Creo que vio una encrucijada: si agredía, iba a pasar como golpeador de tiempo completo, y si se tornaba más técnico, más Meade, quizá dejaría incólume al Peje. Eso ocurrió. Usó menos carteles, más propuestas abstractas y menos golpes, y los debates de la tele no están diseñados para el votante intelectualizado, sino para el que se deja guiar por la personalidad, por el tono, por “la química”. Los candidatos tienen encuentros con empresarios, con académicos, con comunicadores, así que los debates televisivos más bien sirven, aunque muchos quieran ver “propuestas”, para calzar bien el tacuche y ejercer el pugilismo retórico, lamentablemente.
Al contrario, AMLO ahora sí mostró los colmillos y fue mejor percibido, se reafirmó entre los suyos y quizá pueda hasta sumar. Lo cierto es que salió ileso, sigue en la punta y eso obligará pronto a un viraje de sus rivales.

sábado, mayo 19, 2018

El día 21











Si algo produjo el primer debate de candidatos a la presidencia fue una enorme expectativa nacional para ver el segundo. Las tendencias, los números generales de las encuestas no sufrieron una modificación profunda, pues el puntero siguió siéndolo y los demás continuaron en el orden que ya conocemos, tal y como se han mantenido desde hace varios meses. Sólo en los días recientes hubo algunos conatos de cambio pero no arriba, sino en el fondo de la tabla, pues al parecer el Bronco superó a Margarita (esto requiere signos de admiración: ¡el Bronco superó a Margarita!), lo que a la postre provocó la declinación de la candidata presuntamente independiente y su esquivamiento de otro innecesario papelón en el debate de mañana.
¿Qué podemos esperar del encuentro de los candidatos en Tijuana? Para empezar, la situación ha cambiado en relación al primer debate. Si el primero dio la oportunidad de que todos le pegaran al negrito, puede que el segundo no sea igual. La lectura que muchos hicieron del anterior match es que lejos de ofrecer propuestas todos se dedicaron a golpear un mismo objetivo. El resultado fue que el votante ya más o menos decidido por AMLO lo victimizó y al hacerlo se radicalizó, de ahí que el Peje no haya bajado un ápice en las encuestas. Como vimos, el candidato de Morena fue al primer debate a nadar de muertito, a no entreverarse en discusiones, a no responder señalamientos. Muchos percibieron eso como un error, pero entre responder y no responder, creo que en efecto convenía lo segundo dada la holgada posición del tabasqueño en la porcentual.
Sospecho ahora, en todo caso, que mañana el pleito se puede centrar entre Meade y Anaya. Será la última oportunidad que ambos tendrán para colocarse en el segundo peldaño, de ahí la importancia del encuentro. Sé que está programado un último debate no obligatorio, pero anticipo que a ése ya no asistirá, por dos razones, el puntero: si mañana pierde, no tendría caso concurrir a un tercero donde podría darse otra derrota; si gana, igualmente no sería pertinente arriesgar en una tercera confrontación las canicas ya obtenidas. Por eso creo que el de mañana será el último debate de AMLO, y sospecho que su idea será, de nuevo, no agitar las aguas, desdeñar puyazos, no enfrascarse en sainetes contra sus dos lejanos persecutores.
Lo cierto es que el lunes será un día muy importante en el proceso electoral. A esta altura del partido sabremos cómo quedará el puntaje en el segundo y tercer sitios, quién sigue adelante y quién va diciendo adiós a sus aspiraciones. Lo más importante del día 20 será pues el día 21.

viernes, mayo 18, 2018

Mi retiro de la Primera División















Una conversación con mi hija derivó en el tema del futbol durante la infancia. Claro que quise ser jugador profesional, hija, le respondí. Todos los que alguna vez fatigamos canchas en la niñez/adolescencia sentimos el deseo de vestir un uniforme consagrado. Quien, ya adulto, diga lo contrario, miente o no jugó futbol. Yo sí jugué, ergo quise llegar a la Primera División.
La historia de mi renuncia a ese anhelo tiene que ver, creo, con una mañana sabatina de 1978 o 79. Antes de ese día yo había jugado mucho futbol en la calle, en la cancha de básquet de la escuela y en canchas de tierra, casi todas de Gómez Palacio y Ciudad Lerdo. Tenía como quince años, entrenaba lo suficiente y no me sentía tan malo, pues tenía técnica, decorosa gambeta, visión de campo y buena ubicación, aunque no le pegaba fuerte a la pelota, no era muy veloz ni era rudo. Me consideraba —la autoestima puede ser muy dadivosa a esa edad— un mediocampista con talento, con toque, un enlace entre defensas y delanteros. Luego, cuando vi a Zidene y a Riquelme, creí que yo creía ser como ellos. Pero no era así, como lo supe brutalmente en la vivencia que relato.
Aquella mañana del 78 o 79 mi equipo de la secundaría jugaría un partido en el agreste campo aledaño al IMSS de Gómez Palacio. Ese campo atroz, irregular y con abundante piedrecilla de río, estaba exactamente donde años después se instaló el supermercado Casa Ley. Mi equipo era solvente, teníamos buenos jugadores y yo era titular, como se dice, “indicutible”. Recuerdo que nuestro centro delantero era Héctor Macías, un chico de Lerdo a quien no olvido porque jugaba de maravilla, anotaba muchos goles, era rápido y preciso en sus disparos, la mejor de nuestras armas. El partico comenzó y fue en ese momento cuando recibí un golpe de realidad.
En el equipo contrario, del que no recuerdo nada, ni su nombre, alineaba un joven de mi edad. Era espigado tirándole a flaco, no muy alto, veloz y correoso, de pelito cortado a lo escolar, con raya al lado. Jugaba en la media pero muy adelantado, casi como eje de ataque. Lo peculiar era su mando. Como Maradona, exigía que todos le dieran el balón y se molestaba cuando sus compañeros decidían soltar la pelota a otro compañero. Su liderazgo era evidente, gritaba, indicaba, dirigía todo, casi quería jugar solo. Cada que le llegaba un balón, lo recibía perfectamente, levantaba la cabeza, y si era necesario gambetear, gambeteaba; si era necesario pasar, pasaba; si era necesario tirar, sacaba disparos hermosos. Todo lo hacía bien y a una velocidad asombrosa. Por mi posición de medio, tuve la mala suerte de toparme contra él en varias jugadas. En todas lo vi pasar como quien ve pasar fantasmas, en todas me sacaba un eterno segundo de ventaja, en todas pensaba más rápido y en todas elegía bien la siguiente jugada. No iba el minuto veinte del primer tiempo cuando yo ya lo consideraba un extraterrestre, un jugador que estaba a años luz de mi capacidad futbolística, y eso que yo, en teoría, “era bueno”.
Es innecesario añadir que perdimos el choque y que quizá para mis compañeros fue un partido más. Para mí no. Para mí fue el punto de inflexión entre un pasado con ilusiones de llegar a la primera y un presente en el que estalló esa burbujita inflada con ingenuidad. Rumbo a mi casa, con mi mochila deportiva en la espalda, caminé pensando que a la primera división llegaban los jugadores como el flaco, no los que, como yo, lo deseamos pero no nacimos con las condiciones para lograrlo. Supongo que también allí, de paso, sin que yo lo supiera, nació mi primera vinculación con estas cosas de leer y escribir en las que al menos, quiero creer, quizá sí podría ganarle, esté donde esté, al pinche flaco que me retiró de la Primera División.

miércoles, mayo 16, 2018

La cereza que falta


















Hay altas posibilidades de que Santos Laguna obtenga esta semana el campeonato, su sexto, de la Liga mexicana de futbol profesional. No es seguro, claro, pues enfrente está un equipo, Toluca, que desde hace varios lustros ha disputado como los laguneros un buen número de liguillas y finales. Pese a la fortaleza de los rojos, sin embargo, los santistas han demostrado que están para campeones, que su buen futbol se ha combinado con un entusiasmo que roza la locura y eso puede provocar el resultado que anhela La Laguna.
Como debo ser optimista y esperar buenas noticias dado mi lugar de nacimiento y residencia, creo que, si el equipo de la comarca se alza con su sexta estrella, será una de las más valiosas que haya conseguido en sus exactos 35 años de vida como club profesional. No minusvaloro las anteriores, pero ésta sería alcanzada tras doblegar a tres de los más poderosos equipos de nuestro balompié: Tigres, América y, si todo sale como espero, Toluca.
El trofeo de campeón en este Clausura 2018 sería, creo, un premio justo a la buena temporada del equipo albiverde. Comenzó con goleadas, encumbró a Djaniny y dejó ver un juego de conjunto vistoso y eficaz. Cierto que hubo un bache en las últimas semanas, sobre todo por la lesión de Néstor Araujo, lo que disminuyó la defensa hasta la adaptación de Alcoba, y ciertamente también porque el equipo se relajó luego de conseguir con tanta anticipación su pase a la liguilla. Al final de la temporada quedó en cuarto sitio, tuvo al campeón goleador y fue nada menos que contra el quinto: Tigres, conjunto armado con todos los recursos para ser campeón. Lo que pasó ya lo sabemos: Santos Laguna fue derrotado en el Volcán por 2 a 0, pero en la vuelta, ya en el Corona, los de casa dieron su mejor partido de la década, y no exagero: tenían diez hombres y dos goles en contra, e hicieron la hombrada de anular a los universitarios y pasar a semifinales.
La semana pasada tuvo también su grado de dificultad, pues encararon al América con la desventaja de cerrar como visitantes. El 4 a 1 de la ida fue el marcador clave, pues en el Azteca, un poco con ayudita del silbante que marcó un penal dudoso, el equipo de Coapa ya se estaba insubordinando. Los santistas lograron contenerlos y en el segundo tiempo llegaron incluso a secarlos, de suerte que el América quedó fuera.
Sigue, pues, Toluca, que en teoría tuvo una liguilla más laxa contra Morelia y Tijuana. Si Santos Laguna pone la cereza del pastel, insisto, será uno de los campeonatos más meritorios de su joven y exitosa historia. Ojalá, ojalá.

sábado, mayo 12, 2018

Carrusel de impresentables




















La acusación por cercanía de “impresentables” es uno de los ataques más frecuentes contra los candidatos. Tanto es así que esto se ha convertido en pregunta recurrente tanto del primer debate como de los programas de entrevista colectiva a la manera de Tercer Grado o MilenioTV. Como hemos visto, los periodistas han insistido en nombres y apellidos, y lo único que han podido hacer los candidatos es tragar, como decimos en México, camote. En este miserable rubro nadie se salva, y esto se debe a que todos los aspirantes están atravesados por el pragmatismo político, por sumar votos y adhesiones a costa de lo que sea, con o sin afinidades ideológicas. Los nombres bochornosos no ralean. Al contrario, todos parecen contar en sus filas con ejemplos ilustrísimos de impresentabilidad.
El PRI, por ejemplo, contiene por naturaleza, sin esfuerzo, una nómina abultada de personajes cuyas trayectorias podrían hacerlos ingresar, sin problema, a la borgeseana Historia universal de la infamia. Carlos Romero Deschamps, Emilio Gamboa Patrón, Enrique Ochoa Reza, Gerardo Ruiz Esparza, César Camacho, Rubén Moreira, un oscuro puñado de gobernadores y no se diga Enrique Peña Nieto, operador principal de la candidatura de Meade. A ellos hay que sumar, sin duda, casos perdidos como el de Jorge Emilio González, siniestro personaje cuyo único interés en la vida se ciñe a dos verbos en infinitivo: conseguir (plurinominales) y hacer (negocios). Si aquí sumamos a los ex gobernadores en apuros penales, se entiende por qué está naufragando la candidatura de #YoMero.
No le va a la zaga el PAN, pues Diego Fernández de Cevallos sigue allí. Detrás de él, Salinas, y muy cerca, fichajes recientes del PRD y de MC, como Mancera tras su papelón en la Ciudad de México y Barrales tras sus viajes a Miami, o Dante Delgado que jamás la ha brincado sin huarache.
Hace doce y hace seis años, ni una alianza estratégica se le conoció a López Obrador. Abrazó un propósito de pureza y sabemos lo que pasó. En su versión 2018 y ya con Morena, AMLO bajó la canasta para que los encestes fueran más fáciles. Así, han entrado a la cancha sujetos como Napoleón Gómez Urrutia y el yunquista Manuel Espino, por citar a dos de los más destacados. Son, creo, contrataciones transitorias, amarres al calor del interés mutuo.
Por último, Margarita tiene en su entorno un lastre cabal: su marido, olor a whisky y pólvora. El Bronco no tiene impresentables de alcurnia a su alrededor, pero por sí mismo basta y sobra para producir repulsas; digamos, en suma, que es autosuficiente.

miércoles, mayo 09, 2018

El boxeo de Meade














Dos lecturas puede tener la obstinada presencia de López Obrador en el discurso de José Antonio Meade. Antenoche, en el redivivo programa Tercer Grado, el abanderado del PRI y las rémoras del Verde Ecologista y Nueva Alianza no dejó de responder ninguna de las preguntas sin cepillar al tabasqueño. Para un espectador medianamente informado sobre la posición que viene ocupando Meade en las encuestas, no deja de ser curioso que en vez de percutir sobre AMLO debió, al menos, campechanear algunos mandobles para Anaya. No fue así: el candidato “sin militancia” sólo tenía dos palabras en la mira: Andrés Manuel, e incluso manejó una innovación: el Peje ya no nomás es culpable por el caos del futuro si es que gana, sino que en el pasado a él se han debido varias turbulencias del peso frente al dólar y otros desaguisados que, bendita sea la democracia, no han pasado a mayores gracias a que ha perdido.
Ágil y burocrático, con un discurso libreteado en casi todos sus trazos, Meade fue zafando de las preguntas que, sin ser incisivas, eran obvias: ¿Enrique Peña Nieto es honesto? Sí, es honesto, y dejemos a un lado su nombre porque él “no está en la boleta”. ¿Romero Deschamps es corrupto?, y en lugar de una respuesta rápida e incontrovertible el despliegue de una larga explicación sobre la necesidad de denunciar y acabar con la impunidad que es un terrible flagelo etcétera. Pese a la suavidad del tono en el que fue cuestionado, los lastres del partido que lo impulsa son tan grandes que Meade no pudo evitar los picotazos de la realidad. Sin freno, con un relato técnico y vertiginoso, el ex secretario de Hacienda capeaba el temporal a verbosidad turbo con tal de escurrirse pronto, y siempre con un discurso honestista, de estafas maestras, casos Odebrecht, casas blancas y demás proezas.
En toda la deshilachada entrevista lo que fue quedando claro es que los males pasados, presentes y futuros del país son hechura exclusiva de López Obrador. ¿Y algún coscorroncito para Anaya, el segundo lugar? Nada, y es aquí donde entra en escena la conjetura. Tal vez Meade no tocó al candidato del PAN para dejar volando la idea de que no le interesa, de que ese rival ya casi fue despachado al tercer puesto, o quizá, como se ha venido diciendo, porque no debe aporrear a quien, luego del 20 de mayo, podría ser su aliado en la lucha por alcanzar al puntero.
En suma, la comparecencia de Meade en Tercer Grado no ayudará a levantar, creo, su barra demoscópica. Lo que sí produjo, en todo caso, fue una cauda terrible de memes tras no recordar el título de su libro.

domingo, mayo 06, 2018

Carta abierta al Santos Laguna



















Querido equipo:
Hoy sí me estremecieron en serio, hoy sí volví a vivir la experiencia de ver unos Guerreros en la cancha. Por ello sólo tengo palabras de felicitación, agradecimiento, y un abrazo emocionado para todos. El futbol, ciertamente, no es ni de lejos lo más importante en la vida, pero hay pequeños momentos en los que se convierte en nuestra pasión central, en una pasajera forma de la alegría. Hoy domingo 6 de mayo de las seis a las ocho de la noche eso pasó: fuimos testigos de una hazaña futbolística, es verdad, pero más importante que eso fue el permanente ejemplo de tesón, de pundonor, de entusiasmo, de lucha que mostraron sobre el césped de nuestro estadio. Hoy no hubo mejor ni peor jugador: todos salieron a partirse el cuerpo y el alma para que la camiseta verdiblanca siguiera adelante en el torneo. Lograron otra vez, como en otros tiempos, que vibrara la afición del Nazas. Los habitantes de los diez municipios de nuestra amada comarca, y todos los que fuera de nuestra región quieren al Santos Laguna, se unieron en un solo pálpito y admiraron la persistencia indoblegable con la que ustedes salieron a pelear. Como en cualquier partido, hubo pequeños y grandes errores, pero todo queda opacado por lo que presenciamos en el estadio y en los televisores: cada balón fue disputado como si fuera el último, cada jugada fue encarada como pocas veces se había visto en los años recientes. Extrañábamos lo que vimos este día, y venturosamente ustedes lograron revivirlo.
Una costumbre muy común es minimizar al equipo derrotado. En este caso, creo, no es prudente hacer eso: el tamaño de su triunfo se agranda en función del rival que tuvieron enfrente. No era nada fácil vencer y anular a Tigres, un gran equipo, y ustedes lo lograron. Todavía en el minuto ochenta era posible que los rivales anotaran, pero en un momento de lucidez en medio de la tensión pensé esto y lo confieso sinceramente: ¿qué importa perder si uno ve a sus jugadores en ese plan, remando con esa heroica convicción contra una corriente tan adversa? Perder jugando así no hubiera sido perder, pero ni eso: ustedes ganaron y hoy se merecen, creo, el aplauso de esta tierra seca, árida, luchona y alegre llamada La Laguna. Muchas gracias por revivir así, este día, el espíritu de Guerreros, el espíritu de nuestra amada estepa.