miércoles, julio 27, 2016

Helicóptero











Nos dijeron que veríamos al presidente de la República, y fue inolvidable. Todo comenzó cuando el problema se puso profundamente grave y en asamblea decidimos organizar las protestas. Lo primero fue el bloqueo: tapamos durante varias horas la carretera de paso hacia Torreón y eso no sólo nos arrimó a la prensa, sino al delegado federal con el que dialogamos durante dos horas. Prometió solución en menos de una semana, de manera que levantamos el bloqueo y esperamos la respuesta. La semana pasó, claro, y el delegado no dio trazas de haber conseguido nada. Lo localizamos por teléfono y nos pidió una semana más de margen: “Estoy en México, no es fácil contactar al señor secretario, comprendan, estoy en eso, les suplico una semana más”. Volvimos a convocar una asamblea y acordamos conceder la semana extra. El problema seguía, pero tampoco quisimos pasar por intransigentes, así que era mejor esperar otro tanto. La semana casi terminaba y el delegado se nos adelantó con un telefonazo desde la capital: “Sé que tal vez les parezca poco, pero ya tengo cita con el señor secretario. Es dentro de quince días, conviene que esperen”. Para saber si esperábamos o no fue convocada otra asamblea. Los más acelerados recomendaron, no sin mentadas de madre al delegado, otro bloqueo, y los más sensatos, entre los que me contaba, propusimos calma, pues ya estábamos casi ante las puertas de la Secretaría. La votación nos favoreció, por suerte, y dejamos pasar esa quincena. El día llegó y la respuesta del secretario fue que esperáramos hasta fin de año, fecha en la que se calcularía el nuevo presupuesto. Estallamos. Organizamos un nuevo bloqueo y hasta quemamos llantas para añadir drama a las fotos periodísticas de la protesta. El delegado llegó entonces con una noticia espléndida: el presidente, dijo, nos recibiría en su rancho de Nuevo León. Según esto había hablado con él. Organizamos una comitiva y en troca salimos tres comisionados rumbo a Saltillo. Allí nos recibió el delegado y esperamos varias horas sin saber en qué momento nos encontraríamos con el presidente. Ya comenzábamos a impacientarnos y amenazamos con regresar cuando el delegado nos llevó hasta donde estaba un helicóptero: “Los dejará en el rancho del señor presidente”, dijo. Subimos emocionados y nerviosos. Al llegar, bajamos y nos recibió un licenciado fino y falsamente amable. Nos dijo que el señor presidente vería nuestro caso, que le dejáramos algún papel, y nos retacharon otra vez por aire. Han pasado cinco años. El presidente, a quien jamás vimos, ya es ex presidente y nuestro problema sigue intacto. Pero volamos tres en helicóptero, eso es lo inolvidable.

martes, julio 26, 2016

Marcial sobre Ruta Norte Laguna




















El escritor y editor Marciál Fernández publicó este cebollazo sobre Ruta Norte en su columna de El Economista (17 de julio de 2016). Lo reproduzco aquí con impudicia y reiterado agradecimiento:

Ruta Norte Laguna

Marcial Fernández

Jaime Muñoz Vargas (Gómez Palacio, Durango, 1964) es un autor todo terreno. Lo mismo escribe poesía que novela, microficción que periodismo, ensayo que biografía, etcétera, y su cuentística se caracteriza por ser una de la más interesantes y variadas de México.
Hará cosa de seis o siete años Vicente Alfonso me recomendó para publicar a un autor del norte, amigo suyo, del que decía maravillas. Le respondí que me interesaba conocer su obra y me mandó un libro inédito que, por exceso de trabajo, se fue al final de la lista de maquinescritos por dictaminar.
Un año después, Chema Espinasa, editor de Ediciones sin Nombre, me regaló Leyenda Morgan (cinco casos de sensacional policiaco), de Jaime Muñoz Vargas, quien con dicho trabajo había ganado el Premio Nacional de Cuentos San Luis Potosí, y, de pronto, me vi escribiendo y publicando que tal libro invitaba a pensar en un autor con un estilo definido, un cuentista duro, directo y que no da pie a dobles lecturas.
Agregaba: las historias que cuenta, en las que el antihéroe es un policía judicial de nombre Primitivo Machuca Morales, Teniente Morgan, se antojan como una radiografía de la vida delincuencial y de los bajos fondos en una ciudad del interior de México, ello en una época apenas anterior a la guerra que Felipe Calderón iniciara contra el crimen organizado.
Concluía: muy bien escrito —caso raro en estos tiempos en el que todo se justifica gracias a un posmodernismo trasnochado—, los cuentos de Leyenda Morgan contienen el ingrediente más valorado del género negro: mantener la tensión en la trama, esa intriga que poco a poco va creciendo hasta formular un remate que, por lo general, es sorpresivo, y lo es no por una vuelta de tuerca en cada uno de los relatos, sino por la misma coherencia interna de los personajes que participan en tal o cual asesinato.
Una vez publicada la reseña, me encontré a Vicente Alfonso, quien me comentó que el tal Jaime Muñoz Vargas que tanto me había gustado era el mismo cuentista que me recomendó un año atrás y cuyo inédito yo aún no leía. Me adentré entonces en Las manos del tahúr, cuyo registro literario es absolutamente distinto a Leyenda Morgan, pero, como éste, sus cuentos son contundentes y el supuesto azar es guiado por un intelecto fiero, cruel, nada complaciente y certero en cuanto a sus finales.
Tras la lectura, me puse en contacto con Jaime y el libro salió publicado en poco tiempo, primero, en soporte de papel y, después, en formato de e-book. Pero por una razón u otra nunca lo presentamos. Es más, apenas conocí personalmente a su autor hace dos años, en un festival de literatura de Durango en el que coincidimos. Y no, tampoco nos volvimos grandes amigos, apenas si charlamos para hacernos una foto y subirla a Facebook.
Desde entonces, sin embargo, me volví lector de cuanto escribía en su blog, Ruta Norte Laguna, que en estos días celebra una década de existencia y en el que recientemente Jaime publica de manera semanal un cuento de un solo párrafo con un alarde de técnica asombrosa, de ésa que es invisible para los lectores que sólo disfrutan lo bien contado de cada cuento.
Busquen y lean alguno de sus libros o su blog, no se arrepentirán.

Nota: la foto que adereza el post me la tomó mi hija mayor en una calle de Buenos Aires (agosto de 2011). Aunque lo parezcan, las botellas no eran mías.

sábado, julio 23, 2016

Ajedrez















Mi relación con el ajedrez fue breve pero intensa, de algunos meses apenas. En 1981 u 82 lo aprendí sin mucho profesionalismo, un tanto a la fuerza, gracias a un vecino que necesitaba un rival fácil de vencer, lo que en México denominamos “pichón”. Tras elegirme como discípulo-sparring, en unas cuantas horas me enseñó los movimientos según la pieza y las reglas principales. Cuando al fin tuve la información básica entablé (literalmente: en-tablé) algunas partidas contra aquel cuate que deseaba con toda su alma hacerme ver ridículo. No lo logró: en el poco tiempo que jugué ajedrez, un año más o menos, maniobré con sagacidad, con la suficiente destreza para que los desafíos no resultaran un trámite en el que mi rival ganaba y yo quedaba como tonto. No, con el paso de los meses las partidas se hicieron largas y debo reconocer, sin abusar de la inmodestia, que hubo un momento en el que le gané casi todos los encuentros, de manera que poco a poco terminamos aburridos y alejados de aquel magnético divertimento. Ya nunca jugué más. Bueno, sí, una vez, esto en 1995 más o menos, contra un compañero de trabajo, un periodista que me derrotó sin despeinarse. Por esas mismas fechas vi una escena muy interesante. Yo trabajaba en una revista, y al salir una tarde de mi cubículo alcancé a mirar hacia la zona donde teníamos la impresora. Allí estaban, serios, concentradísimos, el vigilante y el prensista con el mismo tablero de ajedrez que a mi colega periodista para hacerme añicos. Me detuve. Los contendientes apoyaban sus codos en los muslos, las manos en las barbillas, ambos inclinados sobre el tablero, como si fueran Kasparov contra Karpov. Apenas notaron mi presencia. Aquello despertó mi interés y tomé una silla para seguir la partida como espectador. Pasaron dos minutos, tres, cuatro, y uno de los jugadores movió un peón. Seguía el turno de su rival. Esperé. Para mí era lógico el movimiento que seguía, pero el jugador la pensó varias veces antes de tomar la pieza y transitar hacia otro escaque. Lo raro fue que era un caballo, y lo movió mal. Noté pues algo raro. Me atreví a opinar, a romper aquel silencio. Le dije que el caballo no podía realizar ese movimiento. El jugador cuestionado respondió: “¿Cuál movimiento?”. Les expliqué: “Ése, no puede moverse hacia un casillero inmediato. En el ajedrez el caballo salta desde su posición dos casilleros hacia cualquier lado y uno más a izquierda o a derecha”. La respuesta fue fulminante. “No estamos jugando ajedrez. No sabemos jugar a esa chingadera. Estamos jugando damas”.

miércoles, julio 20, 2016

Palmadas











El balón provenía de un rebote. Lo tomé como dos metros afuera de nuestra área grande, justo cuando ellos se habían ido en masa a rematar un córner en aquel partido surrealista. Íbamos igualados a dos y ya estábamos en la compensación. El empate determinaba tiempos extras y sin duda nos aventajaban en condición física. Mis compañeros ya estaban derretidos por el cansancio. Ellos habían dejado al zaguero y al guardameta en el fondo, y me salió de inmediato un enemigo al que eludí con un autopase largo, ya con mi última reserva de energía. De reojo vi que su lateral, un enano velocísimo, comenzó la carrera para alcanzarme desde el otro lado de la cancha. Avancé diez metros y con una mirada inmediata hacia atrás noté que nadie, ninguno de los míos, me acompañaba. La jugada se abría pues para mí solo, sin remedio. El defensa corrió unos cinco metros hacia atrás y abrió los brazos para cuidar el quiebre por alguno de sus flancos. Indeciso llegué casi hasta él y sólo por intuición le piqué corto el balón hacia la izquierda. Cometió entonces un error de central primerizo: me dio la espalda para alcanzarme por el lado hacia donde empujé el balón. Como mi trazo fue cortito viré hacia la derecha. El defensor, perdido ya, iba corriendo en mi dirección, de espaldas al balón y sin saber por qué punto me escurriría. Al verme de reojo le tiré de nuevo el balón hacia su lado ciego y ahí quedó, el pobre, hecho nudo con su propio cuerpo. Creí que el portero sería más fácil cuando lo vi venir encarrerado a cerrar el ángulo. Para tomarlo a contramarcha adelanté como siete metros el balón por su derecha. Pensé que yo iba pasar limpio, pero como estábamos afuera su área grande todavía alcanzó a echarme el cuerpo encima para tratar de derribarme. Trastabillé, temí que el árbitro pitara tiro libre y expulsión, pero supongo que le pareció clara la ley de la ventaja. Toqué el césped con las dos manos, sin caer. Al recuperar mi vertical vi que el balón se adelantó hacia la línea de meta. Sentí que podía alcanzarlo, pegué el último sprint y llegué a tiempo para patear al arco en diagonal. No sé de dónde, sin embargo, salió el enano lateral para obstruir el primer palo. Por intuición, sólo por intuición, porque el futbol es así, corté hacia dentro y el enano se estrelló en el poste. Entonces quedé solo a medio metro del arco. Detuve el balón, miré hacia atrás, esperé uno, dos, tres, cuatro, cinco segundos eternos mientras nuestra gente ya gritaba gol. Por fin la empujé con un toquecito. Para celebrar corrí hacia la esquina, miré a la tribuna y en la espalda sentí las palmadas del primero que llegó a felicitarme. Las palmadas fueron poco a poco más insistentes. Miré hacia atrás y allí estaba mi padre, despertándome.

sábado, julio 16, 2016

Primer cuento con olor a cancha















En la oscuridad del estadio y sobre el césped que ya presiente la humedad del rocío, un joven de 25 años camina hacia el centro de la cancha. Es la media noche y a lo lejos sólo se oye el leve rumor de la ciudad dormida y, acaso, algún ladrido suelto, distante. El joven lleva en la mano un arma y en el bolsillo de la camisa un par de cartas escritas la tarde anterior; dentro, en su corazón, bulle una pena, un dolor que no lo deja en paz. No soporta la idea de no jugar o, peor aún, de jugar en otro equipo, y antes de que eso ocurra terminará con todo. Al pisar el círculo central, mira o cree mirar por última vez hacia las tribunas casi borradas por la noche. Recuerda las ovaciones, los espesos gritos de aliento que se derramaban desde las gradas hasta su figura de atleta. Llora un poco, pero ya no quiere darse tiempo para pensar en lo que viene. Levanta el arma, mira apenas la solidez de su brillo y sin pensarlo más se pega un tiro.
El cuerpo es encontrado hasta el amanecer. El nombre del suicida es Abdón Porte, jugador del Club Nacional de Football, del Uruguay. La noticia corre de inmediato por los diarios y conmociona a los lectores. Porte, jugador del Nacional, fue un ídolo durante los cinco o seis años previos a la autoinmolación. Nació en el Departamento de Durazno, en el corazón del Uruguay, hacia 1893. Lo apodaban El Indio y fue un elemento recio, mediocampista defensivo con mucha personalidad y extraordinario cabeceo, lo que le aseguró el rol de líder, de capitán. Tras una inexplicable baja de juego, la directiva del equipo decidió reemplazarlo y con esto comenzó la tragedia. Era tanta la pasión de Porte por sus colores, era tan grande el sentimiento de pertenencia acumulado en más de doscientos partidos con esa camiseta que en pocos días tomó la decisión: suicidarse, lo que ocurrió el 5 de marzo de 1918.
La leyenda de Abdón Porte comenzó a andar, por supuesto, de inmediato, y hoy en la tribuna del Nacional —equipo más popular, junto a Peñarol, del Uruguay— el suicida es visto casi como santo y seña de la pasión sostenida por los llamados “tricolores”, quienes despliegan banderas con un mensaje contundente: “Por la sangre de Abdón”. Creo además que tras esa muerte no sólo comenzó la leyenda de Abdón Porte, sino la narrativa con tema futbolero en América Latina. A reserva de que algún perito investigador desentierre un relato previo, apenas unos días después del suicidio de Polti, en mayo de 1918, Horacio Quiroga publicó “Juan Polti, half-back” en la revista Atlántida de Buenos Aires.
Radicado en la capital argentina, el escritor uruguayo tenía ya una fijación profunda por las muertes trágicas, más si eran suicidios. Él mismo, como sabemos, ingirió cianuro en 1937, así que el motivo literario del suicidio era para él, digamos, una especie de sombra. Tras conocer lo vivido por Porte, Quiroga fue movido de inmediato a la escritura, y sin saberlo estaba fundando un tema o subtema literario que a mi juicio se retomaría sólo hasta 1959 con la publicación del cuento “Puntero izquierdo”, de Mario Benedetti, en el libro Montevideanos. Luego, muchos años después, por los setenta-ochenta, la narrativa futbolística se fue armando en antologías y libros individuales que poco a poco constituyeron un tópico preciso en el mapa de la literatura ficcional. Galeano, Fontanarrosa, Sacheri, Villoro, Braceli, Sasturain, García Galiano, Rivera Letelier y muchos más han dedicado tiempo a la escritura de estos relatos cuyo antecedente remoto está, insisto, en el cuento precursor de Quiroga.
Una mención colateral: en su celebrado libro sobre futbol, Eduardo Galeano —a propósito, hincha del Nacional— publicó “Muerte en la cancha”, una estampita sobre Porte:
Abdón Porte defendió la camiseta del club uruguayo Nacional durante más de doscientos partidos, a lo largo de cuatro años, siempre aplaudido, a veces ovacionado, hasta que se le acabó la buena estrella.
Entonces lo sacaron del equipo titular. Esperó, pidió volver, volvió. Pero no había caso, la mala racha seguía, la gente lo silbaba: en la defensa, se le escapaban hasta las tortugas; en el ataque, no embocaba una.
Al fin del verano de 1918, en el estadio del club Nacional, Abdón Porte se mató. Se pegó un balazo a medianoche, en el centro de la cancha donde había sido querido. Estaban todas las luces apagadas. Nadie escuchó el disparo. Lo encontraron al amanecer. En una mano tenía el revólver y en la otra una carta.
Se trata, como vemos, de una especie de microbiografía con énfasis en el momento trágico. Y no más. El cuento de Quiroga es, en cambio, una punzante indagación en el alma de un hombre que cree haber tocado el cielo con las manos y luego cae en desgracia hasta sentir que su condición de estrella ha sido devaluada (“una criatura fulminada por la gloria”, dice el autor). El encumbramiento y la caída es tema común del arte narrativo, claro, pero lo raro es que por primera vez se aplicó a la gloria y la caída futbolísticas, y eso lo consumó, acaso a ciegas, Quiroga, como acaso a ciegas Edgar Allan Poe, su remoto maestro, había inventado el relato policial. “Juan Polti, half-back” es un cuento extraordinario, uno de los mejores de Quiroga, mejor incluso que muchos otros más famosos de su producción. Lo traigo aquí completo para facilitar su acceso, aunque daría casi lo mismo que lo leyeran en donde lo tomé: la revista Sudestada.

Juan Polti, half-back
Cuando un muchacho llega, por a o b, y sin previo entrenamiento, a gustar de ese fuerte alcohol de varones que es la gloria, pierde la cabeza irremisiblemente. Es un paraíso demasiado artificial para su joven corazón. A veces pierde algo más, que después se encuentra en la lista de defunciones.
Tal es el caso de Juan Polti, half-back de Nacional. Como entrenamiento en el juego, el muchacho lo tenía a conciencia. Tenía, además, una cabeza muy dura, y ponía el cuerpo rígido como un taco al saltar; por lo cual jugaba al billar con la pelota, lanzándola de corrida hasta el mismo gol.
Polti tenía veinte años, y había pisado la cancha a los quince, en un ignorado Club de quinta categoría. Pero alguien de Nacional lo vio cabeceador, comunicándolo en seguida a su gente. Nacional lo contrató, y Polti fue feliz.
Al muchacho le sobraba, naturalmente, fuego, y este brusco salto en la senda de la gloria lo hizo girar sobre sí mismo como un torbellino. Llegar desde una portería de juzgado a un ministerio, es cosa que razonablemente puede marear; pero dormirse forward de un Club desconocido y despertar de half-back de Nacional, toca en lo delirante. Polti deliraba, pateaba, y aprendía frases de efecto:
—Yo, señor presidente, quiero honrar el baldón que me han confiado…
Él quería decir blasón, pero lo mismo daba, dado que el muchacho valía en la cancha lo que una o dos docenas de profesores en sus respectivas cátedras.
Sabía apenas escribir, y se le consiguió un empleo de archivista con cincuenta pesos oro. Dragoneaba furtivamente con mayor o menor lujo de palabras rebuscadas, y adquirió una novia en forma, con madre, hermanas y una casa que él visitaba.
La gloria lo circundaba como un halo. “El día que no me encuentre más en forma”, decía, “me pego un tiro”.
Una cabeza que piensa poco, y se usa, en cambio, como suela de taco de billar para recibir y contralanzar una pelota de football que llega como una bala, puede convertirse en un caracol sonante, donde el tronar de los aplausos repercute más de lo debido. Hay pequeñas roturas, pequeñas congestiones, y el resto. El half-back cabeceaba toda una tarde de internacional. Sus cabezazos eran tan eficaces como las patadas del team entero. Tenía tres pies: esta era su ventaja.
Pues bien: un día, Polti comenzó a decaer. Nada muy sensible; pero la pelota partía demasiado hacia la derecha o demasiado hacia la izquierda; o demasiado alto, o tomaba demasiado efecto. Cosas estas que no engañaban a nadie sobre la decadencia del gran half-back. Sólo él se engañaba, y no era tarea amable hacérselo notar.
Corrió un año más, y la comisión se decidió al fin a reemplazarlo. Medida dura, si las hay, y que un club mastica meses enteros, porque es algo que llega al corazón de un muchacho que durante cuatro años ha sido la gloria de field.
Cómo lo supo Polti antes de serle comunicado, o cómo lo previó —lo que es más posible—, son cosas que ignoramos. Pero lo cierto es que una noche el half-back salió contento de casa de su novia, porque había logrado convencer a todos de que debía casarse el 3 del mes entrante, y no otro día. El 3 cumplía años ella. Y se acabó.
Así fueron informados los muchachos esa misma noche en el club, por donde pasó Polti hacia medianoche. Estuvo alegre y decidor como siempre. Estuvo un cuarto de hora, y después de confrontar, reloj en mano, la hora del último tranvía a la Unión, salió.
Esto es lo que se sabe de esa noche. Pero esa madrugada fue hallado el cuerpo del half-back acostado en la cancha, con el lado izquierdo del saco un poco levantado, y la mano derecha oculta bajo el saco.
En la mano izquierda apretaba un papel, donde se leía:
“Querido doctor y presidente: le recomiendo a mi vieja y a mi novia. Usted sabe, mi querido doctor, por qué hago esto. ¡Viva el club Nacional!”
Y más abajo estos versos:

Que siempre esté adelante
el club para nosotros anhelo.
Yo doy mi sangre
por todos mis compañeros,
ahora y siempre el club gigante.
¡Viva el club Nacional! 

El entierro del half-back Juan Polti no tuvo, como acompañamiento de consternación, sino dos precedentes en Montevideo. Porque lo que llevaban a pulso por espacio de una legua era el cadáver de una criatura fulminada por la gloria, para resistir la cual es menester haber sufrido mucho tras su conquista. Nada, menos que la gloria, es gratuito. Y si la obtiene así, se paga fatalmente con el ridículo, o con un revólver sobre el corazón.

Escéptica












Antes de salir de vacaciones pensó en los ratos muertos. No había mucha plata para viajar a la playa con su familia, de manera que iban pues a caer como encajosa visita con sus suegros en aquel lugar donde además de la televisión y un parque más o menos próximo, no había nada para entretener a la pequeña de siete años. Por eso en la víspera del viaje buscó el tubo de carrizo y con eso estaba casi todo resuelto para armar el papalote. Pocos días antes lo había recogido en la calle, inútil e inservible como todo pedazo de carrizo. Para él, sin embargo, esa vara amarilla era un tesoro, siempre había sido un tesoro. De niño las encontraba fácilmente y donde fuera, pues mucha gente todavía hacía techumbres con esos palos entreverados y sostenidos en un armazón de troncos. Pero el carrizo ya no abundaba, así que al hallar el tubito lo guardó en su biblioteca y al acercarse el viaje fue a buscarlo. Salvo el carrizo, todo lo necesario para construir el papalote estaba en casa. Una doble página de periódico cortada casi en rombo, cinta adhesiva, hilo de algodón, tijeras. Elaboró entusiasmado el juguete con la niña junto a él hasta que estuvo listo, hermoso y aerodinámico pese a la pobreza de sus materiales. Luego vinieron los preparativos para el viaje en coche, el acomodo de la gran maleta y sobre ella, con cuidado, el papalote. Dos días después, ya en la ciudad ajena llegó el aburrimiento y salió al parque con la niña. Por casualidad, porque la suerte a veces es así y pone todo a modo, varios padres acompañaban a sus hijos en el vuelo de enormes papalotes. Recordó el suyo y fueron por él. La niña perdió su alegría cuando en medio de los papalotes lujosos, con diseños coloridos, de plástico fosforescente, su padre quiso introducir el de periódico. Muchas horas de vagancia en la niñez le habían enseñado el mayor secreto en el mundo de los papalotes: los de plástico que venden ya prefabricados no vuelan bien. Para que se levanten del suelo es necesario correr varios metros y, si logran elevarse, las rachas de viento los desequilibran y los obligan a dibujar repentinas y violentas espirales que los llevan a pique. Los de papel, en cambio, si son elaborados como se debe, vuelan mejor que las gaviotas. La niña no conocía ese secreto y, escéptica, se alejó un poco: era pequeña pero ya tenía conciencia de lo triste que resultaban los ridículos en público. Su padre entró a la zona de los otros padres y notó que todos lo miraban con vaga sorna. Unos minutos después, su papalote avanzó lento hasta empequeñecer en el firmamento. Los otros padres y todos los niños recogieron sus papalotes y formaron un tumulto para ver la maravilla. En el tumulto estaba, orgullosa ya, victoriosa ya, una niña que había dejado de dudar.

viernes, julio 15, 2016

Fotos de Manolo Herrera



















Hoy concluyó la exposición "Un viaje hacia lo perfecto de lo imperfecto" montada en Cimaco Cuatro Caminos, de Torreón, por Manolo Herrera. Por su invitación, escribí las palabras que aquí también comparto junto con cinco de las fotos.

Manolo Herrera: el descubrimiento de lo inmediato

Como cualquier herramienta, la fotografía puede servir para muy variados objetivos. Los dos más comunes son, quizá, informar (como periodismo) y producir goce (como arte). Hay otros propósitos, claro, pero las dos vertientes mencionadas son las principales. En el caso de las fotos realizadas por Manolo Herrera destaca el fin artístico y otro más sutil: el de descubrir. Tras recorrer su exposición podremos experimentar el tenue estremecimiento que suele producir el arte en el interior de la sensibilidad. Algo hay de etéreo, de indefinible en estas imágenes, tanto que no necesitamos explicaciones para disfrutarlas. Ahora bien, sin nos damos a la tarea de buscar una razón para entender por qué estas fotos nos producen placer, creo que podemos encontrarla y es aproximadamente esta: porque todas develan la belleza de lo inmediato. Allí donde muchos sólo vemos un muro, una puerta, una ventana, una escalera, un animal, una sombra, un anuncio, un deterioro, una pareja, un rostro, un firmamento, Manolo ve algo más. No es, como pudiera pensarse, un asunto de mero encuadre, de mero acabado cromático, de mera técnica, sino algo más profundo que me atrevo a denominar mirada poética. En efecto, la mirada de Manolo halla poesía en lo elemental y arte en lo que aparentemente no la tiene. Gracias a esto, en sus imágenes descubrimos que lo cercano, visto con ojos atrevidos, puede ser revelador, sorpresivo, inaudito incluso. Por esto, las fotos de Manolo nos enseñan a mirar, a descubrir la belleza escondida que todos —con cámara o sin ella y en cualquier lugar— tenemos al alcance de la vista.





















miércoles, julio 13, 2016

Film













Se llamaba Nelson Rovirosa, era de acá, de La Laguna, y tenía como quince años obsesionado con la grotesca idea de triunfar en el mundo del cine. Para lograrlo emigró al DF, se mezcló en el ambiente fílmico y logró aprender un poco de todo. Había empezado como cargador de cables en una producción y su máximo logro fue asistir en la dirección de una película. Nada, pues, para alegrarse demasiado, y él lo sabía. Cuando me convidó a ver su primer y único film lo sentí enfebrecido, ya medio loco con la idea de tener éxito. Noté que hacía cine con un solo propósito: ser famoso, pasar a la historia de esta actividad como un genio a lo Buñuel, a lo Kurosawa, a lo Fellini o más que eso, pues con un solo rodaje, el primero en su haber, pensaba pegar el mayor campanazo que alguien hubiera dado con su primera cinta. Me citó en su departamentito hippie del centro, me hizo ver una lentísima película como de hora y media en la que sólo había cinco momentos de cierta vertiginosidad. Todo ocurría en una cabaña desolada, y casi no había escenas de día. Una especie de ermitaño —papel que encarnaba Prometeo Rovirosa, hermano de Nelson y deplorable actor— recibía sin motivo aparente la visita de forasteros. No había muchos diálogos, todo se reducía a balbuceos quizá para evitar que se notara demasiado la nula capacidad histriónica de Prometeo. Los visitantes parecían lúmpenes, ancianos miserables o drogadictos ya irredentos, todos perfectamente caracterizados, eso sí. Sin aviso previo, los pobres diablos llegaban a la cabaña perdida en el desierto y allí comenzaban a convivir con el ermitaño, a acompañarlo a sus monótonas faenas. Luego, cada visitante era golpeado por sorpresa ora con un palo, ora con un azadón, ora con una piedra. Al terminar la cinta, Nelson me pidió opinión: “¿Qué opinas? Tú que eres publicista, ¿crees que tendría éxito si se le arma una buena campaña?” Fui sincero: “No, Nelson, creo que esta película no tiene el ritmo que gusta hoy. Lo único que quizá la salva es el realismo de los personajes que llegan a la cabaña y las escenas de violencia”. Nelson sonrió. Había en su gesto una especie de sentimiento triunfal, se reacomodó en el sofá, entrelazó los dedos y comenzó a explicarme el asunto con serenidad. “Ahí está el detalle, como dijo Cantinflas, querido amigo. El realismo que viste no es realismo, es rea-li-dad. Rodé esta película sólo con mi hermano, quien hace el papel del ermitaño. Los visitantes son pordioseros o viciosos sin familia a los que llevamos engañados porque todos iban a morir de veras, y así fue: grabé cinco asesinatos. Es una ópera prima genial, ¿no? Ahora lo que necesito es saber cómo hacer la publicidad, cómo presentar mi film ante el mundo, y para eso te invité, campeón”.


sábado, julio 09, 2016

Pasaporte












Aunque provenientes de distintos rumbos, los cuatro mexicanos coincidimos en la llagada al congreso internacional y acordamos desayunar juntos antes de que comenzaran los trabajos. Eso hicimos: al siguiente día bajé un poco tarde al restaurante porque en la habitación dediqué libros para regalar. Al caer en la mesa lo primero que hice fue entregar los libros y, al parecer, alegrar a mis paisanos aunque para mí eso fuera, más bien, eliminar el lío de cargar libros de mi autoría. Desayunamos entre bromas y comentarios sobre las diferencias del menú mañanero de Colombia y México. Llegó el momento de la cuenta y con él un problema: ninguno habría cambiado sus dólares a la moneda local. La cajera, una mujer nada alegre, más bien algo hostil, nos pidió "cancelar" (es decir, "pagar") las cuentas sólo con pesos colombianos. Estábamos en un momentáneo problema, pues la cajera mostraba una cara de amargor casi amenazante. Uno de mis amigos, veracruzano para más señas, dijo que pagaría entonces con su tarjeta. Se la dio a la cajera, quien la pasó y cobró las cuatro cuentas. Cuando el amigo jarocho se dio por enterado ya era tarde: le habían cobrado todo y el tarjetazo era irreversible. Se molestó mucho, hizo el reclamo de rigor un poco entre dientes, pero se obligó a resignarse. De inmediato decidimos buscar una casa de cambio. La localizamos enfrente del hotel, y allá fuimos. Mi amigo veracruzano, como todos los demás, cambió sus dólares y por obligación mostró, también como todos, su pasaporte. Luego volvimos un rato al hotel y hasta ahí llegó esta parte de la aventura. Después vino lo terrible: ya en el congreso, mi amigo de Veracruz me dijo que había dejado su pasaporte en la casa de cambio y que no se lo regresaron. Le ayudé a pensar en las consecuencias si extraviaba ese documento, y lo vi temblar. Le dije que corriera a la casa de cambio, que su tranquilidad estaba en recuperar, sí o sí, el pasaporte. Corrió en taxi, desolado, pero una hora después volvió ya muy canchero, más feliz que si le hubiera pegado al gordo de la lotería. Por supuesto le pregunté qué había pasado, y sonriendo me respondió que había perdido un rato el pasaporte por mi culpa: temblé. Luego explicó: "Fui a la casa de cambio, en efecto, y les pedí mi pasaporte. Me aseguraron que lo habían devuelto de inmediato, como lo hacen con todo el mundo. Me enojé y entonces pusieron el video. Lo revisamos y allí se veía claramente que me entregaron el pasaporte y que en lugar de guardarlo en mi bolsa de la camisa lo coloqué en medio del libro que me regalaste. Corrí al hotel, abrí el libro y respiré tranquilo". Tenía razón: mi libro se tragó por un momento el pasaporte. Por eso digo que la literatura siempre nos mete en líos.

miércoles, julio 06, 2016

Diez años con blog













Hago un breve alto en los relatos que decidí publicar este año para ver qué se siente armar un libro a medida que camina la columna. El motivo de la pausa es celebrar casi íntimamente, sin champaña pero con alegría, que el blog Ruta Norte Laguna cumple hoy su primera década de vida. Lo abrí, en efecto, en un momento en el que los blogs estaban comenzando su decadencia como espacios de moda en la web pues ya venía en camino el reinado, hoy plenamente visible, de las redes sociales.
Recuerdo que la primera vez que oí hablar de los blogs fue más o menos en 2002 o 2003 gracias al escritor David Miklos, mi cuate hasta la fecha. Miklos me dijo que este sistema permitía abrir y sostener una especie de bitácora en tiempo real, que no tenía límite de espacio si uno quería escribir mucho allí y que contaba con otras ventajas, como admitir imágenes, fechar automáticamente cada entrada (o "post", en el argot bloguero) y en crear un archivo mundialmente visible de todo lo que uno quisiera trepar. Por supuesto, como me ocurre siempre dado mi natural lento para congeniar con las novedades, no abrí el blog de inmediato. De hecho, dejé pasar varios meses, incluso años, antes de animarme a probar suerte. En realidad no le vi gracia. Pensaba que con una página web de hosting gratuito era suficiente, y yo ya tenía una de aquellas horrendas elaboradas con Front Page, precarias en megas de hospedaje que ofrecía la, por suerte, hoy desaparecida Geocities. 
Llegó entonces el 6 de julio de 2006, y con ese día el desvergonzado fraude electoral perpetrado por Fox no por amor al beodo candidato del PAN, sino por odio a López Obrador. La noche del cómputo fue un dechado de cinismo que con un porcentaje inventado y minúsculo dio como supuesto resultado veraz lo que ya sabemos: la imposición de un sujeto que luego vendría a bañarnos en sangre con una "guerra" que obviamente no resolvió nada y sólo sirvió para lo que sirvió: militarizar la realidad con el fin de inhibir inquietudes políticas en un país que quedó políticamente fracturado luego de los comicios.
El 6, pues, abrí el blog para opinar sin límite de espacio ni de tiempo sobre lo que se me cantara, como dicen los argentinos. Fue útil para eso, pero no sólo. En las primeras semanas advertí que en efecto el blog me permitía almacenar todo, absolutamente todo lo que iba publicando en diarios y revistas. La literatura, es decir, mis cuentos y eso, lo dejé para habitar en libros. Los maquinazos de la prensa, todo lo que escribo sobre las rodillas porque así es escribir para la prensa, tuvo en el blog un acomodo inmejorable. De vez en cuando ocurría (aunque parezca increíble) que algún lector me preguntaba sobre un texto viejo. Antes le pedía su mail y le enviaba el documento de Word. Ya con el blog eso cambió: simplemente le mandaba el enlace o le decía "está en mi blog". Este espacio me sirvió pues, y me sirve todavía, como depósito, como archivo, como pequeño escaparate, y con tal uso me he dado por satisfecho.
Que ya nadie lee blogs, dicen. Que son mastodontes aburridos en el universo fecebookero y tuitero, agregan. Quizá tienen razón quienes así los describen. Yo, sin embargo, ya dije para qué lo quiero (como depósito) y no sé cómo ni exactamente por qué he tenido disciplina para no dejarlo morir, pues prácticamente no ha pasado semana desde 2006 en la que no le suba dos, tres, cuatro textos. Hoy cumple pues diez años, tiene cerca de medio millón de visitas de México, Estados Unidos, Argentina, Alemania y Rusia principalmente, dos mil posts y, calculo, más de seis mil cuartillas que me contentan porque al menos muestran que en esto, sólo en esto, sí he tenido perseverancia.
Donde sea, como sea, seguiré alimentando el ya casi obsoleto blog Ruta Norte Laguna. Me lo prometo aquí, a punto de aterrizar en Bogotá y escribiendo a las carreras en la incomodidad del celular que tampoco se raja aunque también ya sea viejito.


sábado, julio 02, 2016

Osito




















Un osito de peluche bailaba afuera de la tienda de regalos La Sonrisa. El osito en realidad era Fabricio, quien supuestamente andaba de viaje. Su plan fue ese: mentir a Yolanda, usar como pretexto uno de sus viajes de trabajo para simular la chamba de botarga con la cual espiaría las andanzas de su esposa en aquel departamento. Fabricio sospechó que algo andaba mal, que su mujer no se quejaba pese a las ausencias. Pensó en sorprenderla, en agarrarla con las manos en la masa del amante. Cierto que Fabricio usaba los viajes para pasear con Vero, su novia, y que esa relación ya iba para varios meses de fervor. Pero mientras viajaba con su amante no dejaba de acosarlo la casi absoluta certeza de que su mujer ya se metía con otro. Fue en Querétaro donde se le ocurrió la idea. Fabricio caminaba con Vero y afuera de una tienda de mascotas vio bailar una botarga de conejito. Al lado de la botarga una joven fotógrafa pedía al público que se dejara retratar junto al peluche. Por jugar, como amantes aniñados y sin saber por qué, Fabricio aceptó la oferta. Tras despedirse del sujeto metido en el disfraz y de la fotógrafa le llegó la iluminación. Poco después, de regreso en La Laguna, puso en marcha el plan. Investigó: el posible amante de Yolanda vivía en un departamento. Fue a recorrer el sitio y vio la tienda de regalos. Luego consiguió una botarga, un equipo de sonido y contrató un fotógrafo. Lo que siguió fue simple: ofreció una semana gratis, sin compromiso, a la tienda. Prometió embusteramente que el baile del osito incrementaría las ventas. En la tienda mordieron el anzuelo. Mintió a Yolanda sobre un viaje urgente, hizo una maleta falsa y fingió correr a la central de autobuses. Al día siguiente comenzó a bailar. Fabricio estaba seguro de que Yolanda aparecería inmediatamente con su amante, y no se equivocó: esa misma tarde llegaron en un Mustang negro. El tipo era atlético, con traza de que hacía mucho gimnasio, una especie de galán corriente. Bajaron del coche y el osito les hizo señas. Por suerte cayeron en la trampa y se dejaron tomar una foto. Luego se perdieron en el edificio de departamentos. Fabricio, claro, estaba molesto, celoso, herido en su amor propio de macho, pero algo le decía que el asunto no estaba tan mal: ya tenía la prueba para terminar con Yolanda. Como el gato que juega con el ratón antes de devorarlo, decidió proceder lentamente, sin alterarse, incluso enigmáticamente, para desconcertar a su mujer, para ponerla nerviosa antes de propinarle el mazazo último. Por mail le envió la foto del osito con la pareja bien tomada de la mano, y añadió estas malévolas palabras: “Yolandita: mira lo que tiene el osito”. Dos horas después, también por mail, Yolanda le envió una foto tomada hace pocas semanas frente a una tienda de mascotas, y esta frase: “Adivina quién vivió dentro del conejito, querido”.

miércoles, junio 29, 2016

Nuevo libro de la Ibero Torreón
























La Universidad Iberoamericana Torreón, a través de su Centro de Investigaciones Históricas y con el apoyo del Centro de Difusión Editorial, ofreció hoy una rueda de prensa en el Teatro Isauro Martínez para presentar un nuevo libro que lleva por título El Rancho de La Concepción. Trashumancia laboral: factor del proceso de formación de una identidad regional lagunera, siglos XVIII y XIX, cuyo autor es el doctor Sergio Antonio Corona Páez.
Este libro es el resultado de un proyecto de investigación en torno a uno de los factores que intervinieron en el surgimiento de un fenómeno social: la formación de una identidad lagunera durante los siglos XVIII y XIX. La pregunta inicial que buscaba responder esta investigación era la siguiente: ¿realmente existía una identidad regional, rasgos de mentalidad socialmente compartidos en la percepción y en la acción cotidianas (rasgos culturales) que distinguían a los laguneros de los habitantes de otras regiones? ¿Eran conscientes de esa singularidad diferenciadora? La respuesta a esta pregunta, basada en fuentes primarias de los siglos estudiados y en el testimonio de movimientos sociales cuyo propósito aparente era el de crear en La Laguna una nueva entidad federativa, es positiva. Efectivamente, sí existió, como aún existe, dicha identidad, aunque no necesariamente de la misma manera. 
Otra pregunta que se planteaba la investigación, ahora transformada en libro, era esta: ¿cuáles pudieron ser los factores forjadores de una identidad regional en el País de La Laguna?  El libro menciona una serie de factores concomitantes, pero se interesa de manera particular en uno de ellos: la “trashumancia laboral” en los siglos XVIII y XIX. La Real Academia define el verbo trashumar como “cambiar periódicamente de lugar”, en este caso los ranchos y haciendas de los marqueses de Aguayo (sobre todo en La Laguna de Coahuila) sumadas a las de los condes de San Pedro del Álamo (en La Laguna de Durango), lo que creó una vasta oferta de trabajo para jornaleros locales que se mudaban a los ranchos donde se requería de su trabajo. Los marqueses y los condes mencionados se unieron por matrimonio a principios del siglo XVIII, y sus propiedades laguneras constituyeron una fuente de trabajo de carácter agropecuario para estos jornaleros, según los tiempos y las necesidades de cada rancho y hacienda. De esta manera, se fue creando una consciencia colectiva de pertenencia a un ámbito y a una economía laguneras, y el trabajo duro se fue convirtiendo en un valor social. Para la realización de este estudio se tomó el padrón del Rancho de La Concepción. Se transcribió íntegramente, a la vez que se hizo una investigación genealógica de cada familia. Es notable comprobar cómo los hijos de los mismos padres nacían en diferentes lugares de la Comarca. El libro incluye historias de caso que son muy ilustrativas. Por otra parte, los habitantes del Rancho de la Concepción, lugar que aparece en uno de los mapas de Humboldt de 1804, se convirtieron en las familias torreonenses más antiguas del municipio y de la ciudad. Eduardo Guerra menciona en su Historia de Torreón que para la construcción del primer torreón en 1850, Zuloaga empleó peones de La Concepción. Y en 1893, al crearse la villa y municipio de Torreón, estas familias quedaron dentro de su jurisdicción.
Sergio Antonio Corona Páez (Torreón, 1950), autor del libro, es hijo de don Félix Corona de la Fuente y doña Concepción Páez Martínez. Licenciado en Ciencias y Técnicas de la Comunicación por el ITESO de Guadalajara, obtuvo los posgrados de maestría y doctorado en Historia por la Universidad Iberoamericana Santa Fe. Desde 1998 dirige el Centro de Investigaciones Históricas de la Universidad Iberoamericana Torreón. Genealogista, científico social, investigador y escritor especializado en fenómenos sociales del pasado y del presente de la Comarca Lagunera. Como tal, es autor o coautor de una buena cantidad de estudios así como de libros monográficos y colectivos en México y en el extranjero. Dictaminador en revistas internacionales, también ha publicado artículos dictaminados en revistas científicas de varios países y ha recibido diversos reconocimientos internacionales de carácter académico, entre ellos los prestigiosos premios Gourmand 2012 como autor del mejor libro de historia del vino en México, y otros dos como coautor de Turismo del vino, el mejor libro de España y del mundo. El doctor Corona Páez está acreditado por la Academia Melitense Hispana de Madrid como su representante en México, es miembro del Seminario de Cultura Mexicana y también de diversas instituciones científicas, culturales, históricas y honoríficas en México, Chile, Argentina, Portugal, España y Viet Nam. Ciudadano distinguido de Torreón. Cronista Oficial y Vitalicio de Torreón desde 2005. Presea al Mérito Académico (2012) de la Universidad Iberoamericana Torreón. 

Suertes












Tal vez su padre sí lo quería (ya no podremos saberlo), pero el viejo un día llegó borracho y drogado más de la cuenta, tanto que arremetió contra René apenas lo vio con Teresita. Eso pasó hace como quince años. René trataba de entretener el hambre de la niña con una tortilla dura y remojada en agua. La sentó en sus muslos, con la mano le aplastó el pelo desgreñado y comenzó a darle de comer. La niña tendría cuatro o cinco años, y debajo de la mugre quizá era bonita. René también hubiera podido comerse la tortilla, tenía tanta hambre o más que ella, pero prefirió que entrara algo a las tripas de su prima. La niña terminó con la tortilla remojada y en sus ojos brilló una luz que parecía de gratitud. René volvió a la caricia del pelo endurecido por el sudor y el polvo. En eso entró su padre, vio la escena de René con la niña sobre las piernas y el gesto de la caricia sobre el pelo. Con un torbellino de maldiciones, de obscenidades tartajeadas desde su alma ebria y alucinada por el solvente, arrancó a la niña y golpeó a René, quien todavía era pequeño de cuerpo para defenderse. El viejo tomó un palo que estaba por allí y lo azotó en la espalda de René, quien por instinto, a rastras, ganó la calle. Se detuvo en un baldío sólo para recuperar aliento. Notó que una ceja y un codo le sangraban. Allí respiró durante un rato. Aprovechó el silencio de la madrugada para pensar en algo. No sabía cuál iba a ser la continuación de lo que había pasado, pero sintió, eso sí, que volver con el viejo ya no sería posible. Se levantó y en la madrugada de esa noche lagunera comenzó a caminar. Llegó a las vías y allí vio unos vagones detenidos. Subió a uno. Pensó que estaba vacío, pero poco a poco notó que en él esperaban unas sombras que no hablaron. No le dieron la bienvenida, pero tampoco lo botaron. Se sentó por allí, cerca de los tipos que como bultos aguardaban la marcha del tren. Un rato después los vagones se tironearon. Allí comenzó el viaje. Sin saber cómo, sin querer, llegó a Ciudad Juárez. Donde pudo, en algún montón de basura, recogió una tina y un trapo, y comenzó a vagar sin rumbo. Lavó coches. Miles de coches, y durmió donde lo sorprendió la noche hasta que logró pagarse un cuarto de renta. Lo picaron cuatro veces, lo rozaron dos balazos, lo patearon en grupo varias veces, pero de todo salió vivo y alguna vez regresó a La Laguna. A los tumbos, preguntando aquí y allá, dio con Teresita. Había matado a su tío, estaba en la cárcel, y la esperaban más de veinte años en ese sitio. Teresita corrió con mala suerte.

martes, junio 28, 2016

Del juego colectivo















Desde hace pocos y orgullosos años, casi diez, gozo la amistad de Alejandro Dolina. Es una amistad distante, pues el Negro, como le dicen, vive en Buenos Aires, donde es un tipo apabullantemente famoso por varias razones: un programa radiofónico nacional ya mítico, entrevistas a pasto en radio y en televisión, alguna aparición en teatro y, no puede faltar en esta lista, varios libros que han corrido con merecida buena suerte. Decía que es una amistad distante en el aspecto geográfico, pero no por ello en el afectivo. Respeto, admiro y quiero a Dolina, y creo no equivocarme si digo que él me estima bien, que soy quizá su amigo mexicano más próximo.
Opinador lúcido y lúdico de todo, para observar sabe colocarse sin falta en un mirador que no por diferente es excéntrico. Siempre que lo escucho, siempre que lo leo, tengo la incómoda impresión de que lo comentado por él estaba allí, a la mano de quien fuera, incluido yo, pero que a nadie se le ocurrió reflexionarlo de esa forma. Es como si el Negro pensara siempre por un camino lateral al que recorre la mayoría, pero no necesariamente remoto. Por eso, cuando aquí y allá me topo con alguna de sus ideas, digo inevitablemente “caray, eso debí pensarlo yo, es tan evidente y lógico”.
Este sentimiento lo experimenté cuando leí, hace ya más de diez años, un relato suyo algo conocido. Lleva por título “Instrucciones para elegir en un picado de futbol” (“picado” es en Argentina lo que para nosotros es “pica”, “cascarita”). Es un texto brevísimo y conmovedor, pues en una baldosa nos gambetea para encaminarnos hacia la reflexión de asuntos trascendentes: la amistad, el trabajo colectivo, el destino, la solidaridad, el triunfo, la derrota. Lo recordé y lo cito porque siento que es harto jodido lo que está pasando ahora: los vientos de la educación exitista que soplan en el mundo nos han convencido de que no hay nada más allá, o más acá, de la victoria, que ganar es lo único que existe, que quien pierde no merece ningún respeto. Bien mirado, no está mal desear el triunfo, pero tampoco está mal saber perder, aprender a asimilar las derrotas como parte inherente, querámoslo o no, de la vida.
Las derrotas suelen ser frecuentes cuando trabajamos solos y quizá lo son más cuando tratamos de conseguir el triunfo en un equipo donde es necesario armonizar estados de ánimo y talentos. Lo comento de nuevo por el caso Messi. ¿Nos hemos puesto a pensar en lo que pasaría si él hubiera sido tenista o boxeador? ¿Habría alguien que pudiera ganarle? Pero no, es futbolista, trabaja en conjunto con otros, y jamás podremos medir qué tanto exactamente le pertenece en las derrotas y en los triunfos.
Por esta razón me regresó a la mente el relato de Dolina. Recordé con claridad que el futbol no es una actividad que practicamos solos, y que en la victoria y en el fracaso debe haber ganancias o pérdidas compartidas, y encima de ellas, si se puede, respeto indefectible por el compañero. Este es el texto del Negro. Díganme si no es verdad lo que contiene:

Cuando un grupo de amigos no enrolados en ningún equipo se disponen para jugar, tiene lugar una emocionante ceremonia destinada a establecer quienes integrarán los dos bandos. Generalmente dos jugadores se enfrentan en un sorteo o pisada y luego cada uno de ellos elige alternativamente a sus futuros compañeros. 
Se supone que los más diestros son elegidos en los primeros turnos, quedando para el final los troncos. Pocos han reparado en el contenido dramático de estos lances. 
El hombre que está esperando ser elegido vive una situación que rara vez se da en la vida. Sabrá de un modo brutal y exacto en qué medida lo aceptan o lo rechazan. Sin eufemismos, conocerá su verdadera posición en el grupo. A lo largo de los años, muchos futbolistas advertirán su decadencia, conforme su elección sea cada vez más demorada.
Manuel Mandeb, que casi siempre oficiaba de elector observó que las decisiones no siempre recaían sobre los más hábiles. En un principio se creyó poseedor de vaya a saber qué sutilezas de orden técnico, que le hacían preferir compañeros que reunían ciertas cualidades.
Pero un día comprendió que lo que en verdad deseaba, era jugar con sus amigos más queridos. Por eso elegía a los que estaban más cerca de su corazón, aunque no fueran tan capaces.
El criterio de Mandeb parece apenas sentimental, pero es también estratégico. Uno juega mejor con sus amigos. Ellos serán generosos, lo ayudarán, lo comprenderán, lo alentarán y lo perdonarán. Un equipo de hombres que se respetan y se quieren es invencible. Y si no lo es, más vale compartir la derrota con los amigos, que la victoria con los extraños o los indeseables.