miércoles, julio 18, 2018

Del verbo mochar














El verbo “mochar” (y sus derivados) es polisémico en nuestro país. Puede significar “pagar” (“Fulano se mochó con la cena”), “compartir” (“Zutano se mochó con un pantalón”), “cortar” (“Perengano mochó la rama del árbol”), mostrar aceptación venérea (“Fulana sí se mocha”) y, como sustantivo, “soborno” o “coima” (“El diputado recibió un moche para votar a favor”). El contexto, la posición de los interlocutores, el tono de voz y todo lo que en el habla coloquial suele ser habilitado ayudan a entender cada una de las mencionadas variantes. En el caso del título que encabeza este comentario, uso la tercera acepción, es decir, mochar literalmente, eliminar una parte del todo.
En los días que corren ha levantado polvo la propuesta amlista de mochar los sueldos y las prestaciones de la burocracia de cuello blanco. Fue, lo sabemos, una de las tantas promesas de campaña que ilusionaron a sus seguidores y ya comenzó a tomar forma al menos declaratoria. Para arrancar, se corta un alto porcentaje al ingreso del presidente, y de allí para abajo todos los funcionarios de alta gama que quieran sumarse a su proyecto deberán aceptar un emolumento menor.
Por supuesto no será nada fácil ajustar la nómina del gobierno federal, pues una de las malas costumbres estructurales de nuestro país ha sido la de apapachar con sueldazos y atiborrar de prestaciones sobre todo a quienes trabajan en el techo del servicio público. Sospecho que no va a ser del todo terso el paso de un tabulador obsceno a otro que de alguna forma se amolde a los vientos de austeridad que el presidente neojuarista apetece para el país.
Será difícil, sin duda, pero en buena hora puede arrancar este propósito de abolir la vida faraónica de ciertos funcionarios y rehacer, poco a poco, el sentido del trabajo en la burocracia más encumbrada del país. Esto es parte de lo que la ciudadanía siempre ha reclamado sin asomo de respuesta: que quienes operan desde secretarías, subsecretarías, direcciones, delegaciones y demás no vivan entre ingresos y prestaciones de sultanes.
Junto con el plan de reducción de la nómina camina otro no menos importante: el de disminuir hasta donde seas posible el gasto público en insumos, personal, equipamiento y mil otras sangrías que también han sido un permanente lastre para el erario federal. Reitero que no será nada fácil acabar o al menos desacelerar la inercia de gastos desmesurados y suntuarios, pero es un hecho que estamos ante una posibilidad real de, por fin, rehacer hábitos y emparejar un poco la distancia entre los servidores públicos con derecho de picaporte y los de trinchera.

sábado, julio 14, 2018

Mi retiro de la Primera División















Una conversación con mi hija derivó en el tema del futbol durante la infancia. Claro que quise ser jugador profesional, hija, le respondí. Todos los que alguna vez fatigamos canchas en la niñez/adolescencia sentimos el deseo de vestir un uniforme consagrado. Quien, ya adulto, diga lo contrario, miente o no jugó futbol. Yo sí jugué, ergo quise llegar a la Primera División.
La historia de mi renuncia a ese anhelo tiene que ver, creo, con una mañana sabatina de 1978 o 79. Antes de ese día yo había jugado mucho futbol en la calle, en la cancha de básquet de la escuela y en canchas de tierra, casi todas de Gómez Palacio y Ciudad Lerdo. Tenía como quince años, entrenaba lo suficiente y no me sentía tan malo, pues tenía técnica, decorosa gambeta, visión de campo y buena ubicación, aunque no le pegaba fuerte a la pelota, no era muy veloz ni era rudo. Me consideraba —la autoestima puede ser muy dadivosa a esa edad— un mediocampista con talento, con toque, un enlace entre defensas y delanteros. Luego, cuando vi a Zidene y a Riquelme, creí que yo creía ser como ellos. Pero no era así, como lo supe brutalmente en la vivencia que relato.
Aquella mañana del 78 o 79 mi equipo de la secundaría jugaría un partido en el agreste campo aledaño al IMSS de Gómez Palacio. Ese campo atroz, irregular y con abundante piedrecilla de río, estaba exactamente donde años después se instaló el supermercado Casa Ley. Mi equipo era solvente, teníamos buenos jugadores y yo era titular, como se dice, “indicutible”. Recuerdo que nuestro centro delantero era Héctor Macías, un chico de Lerdo a quien no olvido porque jugaba de maravilla, anotaba muchos goles, era rápido y preciso en sus disparos, la mejor de nuestras armas. El partico comenzó y fue en ese momento cuando recibí un golpe de realidad.
En el equipo contrario, del que no recuerdo nada, ni su nombre, alineaba un joven de mi edad. Era espigado tirándole a flaco, no muy alto, veloz y correoso, de pelito cortado a lo escolar, con raya al lado. Jugaba en la media pero muy adelantado, casi como eje de ataque. Lo peculiar era su mando. Como Maradona, exigía que todos le dieran el balón y se molestaba cuando sus compañeros decidían soltar la pelota a otro compañero. Su liderazgo era evidente, gritaba, indicaba, dirigía todo, casi quería jugar solo. Cada que le llegaba un balón, lo recibía perfectamente, levantaba la cabeza, y si era necesario gambetear, gambeteaba; si era necesario pasar, pasaba; si era necesario tirar, sacaba disparos hermosos. Todo lo hacía bien y a una velocidad asombrosa. Por mi posición de medio, tuve la mala suerte de toparme contra él en varias jugadas. En todas lo vi pasar como quien ve pasar fantasmas, en todas me sacaba un eterno segundo de ventaja, en todas pensaba más rápido y en todas elegía bien la siguiente jugada. No iba el minuto veinte del primer tiempo cuando yo ya lo consideraba un extraterrestre, un jugador que estaba a años luz de mi capacidad futbolística, y eso que yo, en teoría, “era bueno”.
Es innecesario añadir que perdimos el choque y que quizá para mis compañeros fue un partido más. Para mí no. Para mí fue el punto de inflexión entre un pasado con ilusiones de llegar a la primera y un presente en el que estalló esa burbujita inflada con ingenuidad. Rumbo a mi casa, con mi mochila deportiva en la espalda, caminé pensando que a la primera división llegaban los jugadores como el flaco, no los que, como yo, lo deseamos pero no nacimos con las condiciones para lograrlo. Supongo que también allí, de paso, sin que yo lo supiera, nació mi primera vinculación con estas cosas de leer y escribir en las que al menos, quiero creer, quizá sí podría ganarle, esté donde esté, al pinche flaco que me retiró de la Primera División.

miércoles, julio 11, 2018

Querencia de Dolina




















Hace tres años fui invitado a colaborar con un breve texto en el libro conmemorativo del programa de radio La venganza será terrible conducido por Alejandro Dolina. Mi texto fue incluido y el libro circula desde el año pasado. El libro lleva como título, no podría ser de otra manera, La venganza será terrible. 30 años (Planeta Argentina, Buenos Aires, 496 pp.). Comparto la opinión que ofrecí y aparece en la página 418:

Nací y vivo en el norte de México y descubrí a Dolina en 2002 o 2003, cuando al vagabundear por la red me topé con algunas piezas de Crónicas del Ángel Gris. Fue un amor a primera lectura, un flechazo implacable a la mente y el corazón. Al indagar sobre el autor de aquellos textos supe que hacia 1944 había nacido en Baigorrita, en el partido de General Viamonte y todo eso que al final no dice nada o dice muy poco, pues Dolina jamás cabrá entero en la helada descripción de una solapa. Descubrí, sí, un dato interesante: para esos años ya tenía cerca de veinte como conductor de La venganza será terrible, así que busqué su voz. No había radio en vivo por internet, o la señal era pésima, pero gracias a no recuerdo qué sitio web encontré fragmentos del programa. El impacto fue poderoso: el tal Dolina improvisaba en La venganza con una mezcla hipnótica de erudición, humor, desenfado, compromiso con la inteligencia, fe en el arte y lujo verbal que de inmediato me provocó un debate íntimo: ¿a quién iba a preferir? ¿Al Dolina que escribía? ¿Al que hablaba en la radio? ¿Al que cantaba tangos? Resolví salomónicamente: preferiría a los tres.
Así, en mi segundo viaje a Buenos Aires caminé decidido por Corrientes hasta encontrar sus libros. Hallé dos, uno de ellos Bar del infierno, recién publicado. Fue el primero que leí completo, y recuerdo que en unas vacaciones de navidad escribí en El Paso, Texas, la elogiosa reseña que publiqué en mi columna mexicana. No sé cómo, Álex, hijo de Dolina, dio con ella en la red, la compartió con su padre y recibió de él la encomienda de enviarme un agradecimiento vía mail. Lo demás es una historia que ya he contado en otros espacios: he ido un par de veces a la emisión en vivo de La venganza, sigo oyendo el programa cada vez que puedo, he tomado café con Dolina en Baires y sé que gozo —y lo presumo— de su bienvenido afecto.
Ahora bien, entre las muchas que tiene, ¿cuál es la mayor virtud del poliédrico Dolina? No temo equivocarme al afirmar que es esto: el enfoque. Cualquiera que sea el tema, cualquiera que sea el desafío intelectual, el Negro sabe encararlo desde una vereda distinta a la que transita la mayoría. En esa terca originalidad de su mirada se basa la querencia de los miles que lo admiramos y el ya largo éxito de La venganza y de sus libros.

Comarca Lagunera, México, 15, agosto y 2015

sábado, julio 07, 2018

Crisis tripartita










Para quienes nacimos hace más de cincuenta años no es tan fácil asimilar lo que pasó el domingo. Fue un suceso al que por fuerza debemos hacerle digestión lenta, pues no todos los días se viene encima un banquetazo con tal cantidad de novedades. Parece un quiebre, un parteaguas que de golpe nos hace sentir que provenimos de la prehistoria: hace cuántos millones de años el PRI echaba a andar la aplanadora electoral y con ella dejaba convertidos a sus opositores en tortilla; hace cuánto la CTM era manejada con mano de hierro por un vejete de cuyo nombre no quiero acordarme; hace cuánto la CNC cooperaba con miles de campesinos sólo útiles para el acarreo; hace cuánto vivíamos los rituales del destape, los fastos de un partido hecho a la medida de la autodenominada y gandalla “familia revolucionaria”.
Todo eso y más venía desplomándose desde hace décadas pero parecía que el desplome avanzaba en cámara Phantom. Primero fue el hachazo propinado por el delamadridismo-salinismo a los políticos de viejo cuño. La llegada de los “tecnócratas” —palabra que hoy también parece prehistórica— desplazó a quienes se habían hecho en las bregas del escalafón: antes de ser gobernador, digamos, era necesario comenzar en la juventud como ayudante C o D de algún regidor o alcalde de poca monta; si se tenía suerte, habilidad, una alta dosis de servilismo y buen padrino se podía ascender hasta una diputación, una senaduría y más. Ese paradigma moroso y funcional cambió en el PRI, partido que fue asaltado por jóvenes políticos que mezclaban los estudios en escuelas importantes con ambición, y luego por júniors sólo dotados de colmillos y amigotes voraces. El PRI volvió pues a Palacio Nacional, pero lo hizo no para pensar en un renacimiento de largo aliento, sino en una orgía de vaciamiento de las arcas públicas.
Luego el PAN y el PRD, cada cual a su modo, calcaron prácticas similares y terminaron casi en las mismas que su modelo. Tras el debilitamiento de la figura presidencial, no sólo los gobernadores operaron a sus anchas, sino que también los partidos pusieron de su parte hasta lograr que la gente los odiara-rotulara con un nombre peyorativo: “partidocracia”. Hoy los tres partidos atraviesan sus peores crisis y buscan con denuedo a los culpables para pasarles la factura. Cada uno tendrá, es de suponer, distinto futuro. Creo que en el PAN habrá lucha encarnizada por el control pero saldrá adelante; el PRI batallará más porque es una agencia de colocaciones y al haber perdido espacios no podrá disponer de huesos para su horda habitual; sobrevivirá, sin embargo, como ha sobrevivido siempre, como la yerba mala. Al que le veo menos chance de resucitar es al PRD: los Chuchos acabaron con él hace como diez años, pero se dieron cuenta de esto hasta el domingo pasado.

miércoles, julio 04, 2018

Sismo cívico












Ni echando a volar la imaginación como el Chicharito era posible anticipar el terremoto político del domingo 1 de julio. Porque eso fue, una jornada con algo de sacudimiento telúrico, una especie de sismo cívico que puede marcar un antes y un después en la historia de México. El “antes” ya lo conocemos, y tiene que ver con un sistema político que con mil defectos, autoritario y todo, emergió luego de la Revolución y creó instituciones que ampararon a buena parte de la población hasta entrar, en los setenta, a una etapa de deterioro que poco a poco fue precarizando la vida nacional hasta derivar en un sexenio, el de Peña Nieto, caracterizado por la desigualdad económica, la inseguridad y la corrupción a escalas inimaginables, las escalas propias del neoloberalismo; el “después”, si se consuma, tiene un buen principio —la jornada del domingo—, pero es obvio que es apenas eso, un principio de algo que sólo con responsabilidad, trabajo y tiempo puede modificar la desoladora realidad que enfrentará el nuevo gobierno.
No será fácil, porque el hoyo es grande y porque hay inercias que resistirán cualquier conato de cambio. Sin embargo, el comienzo es una especie de recomienzo, pues ya Fox, en el 2000, amaneció a su cargo con un capital político que hizo pensar en un futuro esperanzador. No ocurrió así, fue un fracaso. Los problemas y las inercias pasaron como aplanadora sobre el inepto guanajuatense y luego hicieron lo mismo, cada vez peor, sobre Calderón y Peña Nieto. Hoy, AMLO y su partido gozan de un ímpetu civil parecido al que despertó el foxismo, e incluso más, pues ambas Cámaras, varias gubernaturas y cientos de alcaldías ya conquistadas deben jalar, en teoría, hacia el mismo lado, lo que de antemano plantea como inauditos los pretextos en caso de que los cambios se demoren o no lleguen: el capital político del Movimiento encabezado por López Obrador se encuentra frente a una oportunidad que en definitiva se convierta, ahora sí, en una transformación, no importa si le llaman “cuarta” o no.
Soy, por supuesto, de los que confían en la posibilidad de que ese cambio ocurra, pero no ignoro que, pese a los vientos favorables que soplan para el ganador y su partido, el camino fue tortuoso y requirió de una política de alianzas más o menos indiscriminada que de antemano supone un problema interno para el futuro presidente. Pero confío en un cambio real, y quisiera imaginar que todo pueda ceñirse al espíritu del primer discurso del domingo: no tolerar la corrupción, poner primero a los pobres, ahorrar e invertir, abatir la inseguridad por la vía del bienestar y no de las armas... Si eso se cumple, México deberá ser otro en 2024. De eso se trata, y tal fue el mensaje lanzado por el descomunal apoyo del domingo: de que México sea otro y mejor.

sábado, junio 30, 2018

Cuatro formas de votar











Entre los mensajes que llegaron con más rezago al cierre de las campañas electorales se insistió mucho en no votar bajo los efectos del enojo. La rabia, la ira, la cólera o como queramos llamar a esa pasión humana, se dijo, no es buena consejera a la hora de cruzar un casillero de la boleta. La recomendación qué más hicieron sus propagadores fue que procediéramos con la razón, que pensáramos bien a quién le daríamos nuestro voto. Por ello es lógico pensar que en general votamos por una mezcla difusa de motivaciones, pero si pudiéramos separarlas, aislarlas, veríamos que hay cuatro formas más o menos claras de votar, éstas:
1. La del voto que parte del convencimiento. Muchos ciudadanos se mueven en la zona del voto duro que los partidos y/o los candidatos conservan pase lo que pase. Son votos inamovibles, sufragios que no dependen de las campañas ni de los ataques enemigos. A ellos hay que sumar los que en el camino fueron advirtiendo la necesidad de apostar por una opción y al final llegarán a su casilla muy seguros del logo que tacharán.
2. La del enojo. Ciertamente muchos ciudadanos se manifiestan irritados por los magros logros del actual gobierno. Prácticamente se han agudizado todos los problemas que viene arrastrando el país desde tiempos que ya parecen remotos. La corrupción, la inseguridad y la desigualdad son tan visibles que, para muchos, la hora de las urnas es la hora del desquite. La baja popularidad del actual mandatario es evidencia de un rechazo categórico que sin duda hace pensar en votos de disgusto o de franca ira que capitalizará, sobre todo, el frente encabezado por Morena.
3. La de la duda. Muchos sufragios van a dar a las urnas con marcados componentes de escepticismo. Un buen número de ciudadanos, estoy seguro, acudirá a su casilla con la sensación de que una vez más va a apostar por el misterio: ¿cambiará de veras algo en el gobierno venidero? ¿Seguiremos igual? ¿Empeoraremos? No tiene respuesta, pero votará.
4. La de la esperanza. El votante esperanzado en un cambio real, grande o chico, quizá no es mayoritario, pero existe. Irá a la casilla con pizcas de enojo, tal vez también con algo de duda, pero en él primará la fe casi mística en un cambio. A este votante ya se le cerraron muchas puertas en el pasado y espera que de esta elección surja, por fin, algo digno.
Sea como sea, convencidos, con enojo, duda o esperanza, como sea, mañana hay que votar. Llegó la hora.

miércoles, junio 27, 2018

Rumbo al domingo













En medio del mundial de Rusia y mientras la selección mexicana nos encandila, terminan las campañas electorales que se han ido vertiginosamente y con el trasfondo de las encuestas como pauta de estrategias y movimientos sobre la marcha. Como vimos, los ejercicios demoscópicos más confiables, si los hay, prácticamente mantuvieron sus tendencias durante lo que va del año, de suerte que para muchos ya está definido el ganador: el candidato de Morena, el PT y el PES.
Lo que esperábamos como turbulencia para el tabasqueño, los debates, no lo bajaron del caballo más adelantado, y en algunos casos más o menos asombrosos las encuestas acusaban incluso que seguía creciendo. Salvo, pues, los debates, cuyo número y formato fue una novedad, las campañas discurrieron por los conductos previsibles: acusaciones de aquí para allá y de allá para acá, guerra de espots, encuestas hechas a modo, mítines por todo el país, programas de radio y televisión con los “voceros”, sujetos impresentables en todas las banderías. Creo que, más que en 2012, fue especialmente fragorosa la lucha en internet, y más específicamente en las redes sociales, armas que de ahora en adelante deberán ser consideradas cruciales para ganar elecciones. Los opositores de AMLO lo golpetearon con la misma saña de otros años, pero no lograron desactivar la corriente de opinión tuitera y feisbuquera a su favor, lo que a trazos gruesos significa, en definitiva, un bajón notorio en la influencia de los medios tradicionales.
Algunos ven en la amplia ventaja de AMLO un pacto diabólico con los poderes de facto que controlan las riendas del país. Un proyecto de la magnitud como el encabezado por el tabasqueño, es ingenuo no pensarlo así, requiere pactos, alianzas, zurcido político para ganar, así que no será por eso que deberá ser juzgado, sino por sus acciones en el gobierno, si emprende algún cambio o prosigue el resquebrajamiento del país.
Ahora bien, pese al amplio margen del delantero con respecto del segundo lugar, no hubo una renuncia evidente de los perseguidores como sí la hubo en 2012 cuando Calderón desinfló a Josefina Vázquez Mota. En 2018, ni Meade ni Anaya dejaron de declarar (hoy mismo lo hacen todavía) que ellos ganarán la elección, que la verdadera encuesta se celebrará durante el domingo 1 de julio, acaso más para obtener posiciones en el Congreso que amarrar la presidencia. Para esto la mapachería también viene jugando su papel,
En resumen, adiós a las campañas, y mientras pasan estos tres días y llegamos al domingo, pensemos bien nuestro voto, herramienta básica, aunque no la única, para participar en la hechura de nuestros cuestionados gobiernos.

sábado, junio 23, 2018

Batalla de las artesanías












La artesanía tiene del arte la condición manual, el trabajo de la individualidad sobre un objeto, y tiene del producto en serie la reproducción sistemática, el ejercicio repetitivo. El debate entre los que la aprecian y los que la minusvaloran es inagotable y en general no suele tomar en cuenta la opinión del actor más importante: el artesano. Son los artistas —muchas veces autoinvestidos de tal condición nomás porque sí—, los académicos y los comerciantes quienes discuten y no se ponen de acuerdo sobre lo que es. En el medio quedan, insisto, quienes producen las artesanías.
En la sociedad de mercado que en teoría disfrutamos a morir, casi todo producto tiende a su multiplicación en serie. En la esencia del sistema está el deseo de que la mayor cantidad posible de personas acceda a un objeto, es decir, que nada o casi nada se produzca para que sólo lo use alguien, una o dos personas. Aún la ropa “de marca”, los coches de alta gama o los relojes más lujosos deben ser multiplicados, pues no de otra forma se alcanza la ganancia.
De este sistema reiterativo, permanentemente cíclico, escapan, es verdad, muy pocos objetos. Por ejemplo, los cuadros y las esculturas, cierto arte. Sin embargo, allí donde queda impresa la originalidad, la individualidad, la unicidad (“cualidad de ser único, irrepetible, solo, singular”, dice el diccionario) y por ello no lo puede tener sino una sola persona o institución (un museo, por caso), se buscan formas vicarias de multiplicación: cromos, réplicas u obras que si bien no son la obra en cuestión, sí participan de su estilo y su autoría (un cuadro de Picasso es y se parece a otro cuadro de Picasso), lo que abre las posibilidades de posesión de más usuarios. A propósito, este comentario publicado en la revista Sur, española, sobre el prolífico artista andaluz: “Cada dios tiene su libro sagrado y el de Picasso podría ser el catálogo elaborado por Christian Zervos. Una impresionante obra reunida en 33 volúmenes con más de 16.000 imágenes y cuya publicación se dilató entre 1932 y 1978. Tan magna empresa pasa revista a 15.691 obras del genio malagueño. El número se lo sabe de memoria Carlos Ferrer Barrera, doctor en Historia del Arte y especialista en la obra del artista malagueño. Eso sí, Ferrer advierte sobre la imposibilidad de poner coto numérico contrastado a la producción total picassiana. Tanto es así, que algunos investigadores sitúan la capacidad artística de Picasso por encima de las 45.000 obras únicas entre pinturas, dibujos y collages”. Como vemos, la producción de Picasso se dio también, de alguna manera, “en serie”.
El producto artesanal, creo, está a medio camino entre el objeto en serie y el arte. Tiene del primero su intención reiterativa, y, del segundo, la inversión de trabajo manual estrictamente individualizado, tanto que, así haya una intención reiterada, ni una artesanía es idéntica a otra de su misma serie. Debatimos, como dije al principio, sin considerar al actor principal: el artesano, trabajador cada vez más vapuleado por las leyes actuales de la economía. Como sabemos, muchos hermosos productos otrora artesanales (el papel picado, por ejemplo) hoy salen de fábricas, y, cuando las fábricas no son su flagelo, son los comerciantes quienes abusivamente hacen de intermediarios, pagan una miseria al artesano y terminan vendiendo a precios de escándalo (los aeropuertos son especialistas en esto). De aquí que yo maneje una política: si voy a regalar alguna artesanía, procuro comprobar que la elabore el mismo artesano que la vende, y, si se puede, verlo en acción in situ. Sólo así me garantizo, aunque sea un poco, la supervivencia del objeto genuino y su reproducción futura.

miércoles, junio 20, 2018

Ojos de gorila













Sabía que iluminaban diferente
que hermético guardaban un misterio
busqué la pista bien, el referente
hallé uno: parece un improperio.

Gorila, tienes ojos de gorila
ojos cafés, profundos, qué rareza
un café casi naranja que aniquila
café botella, vidrio de cerveza.

Qué importan las metáforas, amor.
Amo tus ojos, amo tu mirada
me gusta su sencillo resplandor
su ternura y su no creerse nada.
Imágenes fallidas puedo darte
tus ojos siempre llegan a salvarte.

Una alegría inoxidable












“El futbol es un juego simple que inventaron los ingleses: 22 hombres persiguen un balón durante 90 minutos y, al final, los alemanes siempre ganan”, es la célebre definición de futbol ofrecida por el delantero inglés Gary Lineker. Como podemos apreciar, hasta los ingleses, a quienes no les falta autoestima en absolutamente ninguna rama del quehacer humano, saben lo que es hablar sobre Alemania en el futbol. Y lo sabemos todos, de hecho, pues mundial tras mundial, torneo internacional tras torneo internacional, los alemanes han demostrado ser un equipo cercano a la invencibilidad.
Por eso, precisamente, el juego del domingo 17 representaba un desafío en el que casi nos dábamos por derrotados. Un empate, lo dije, equivalía en este caso a una victoria, pero ni en eso me atrevía a soñar con optimismo. Sin sobresaltos, tranquilamente, daba por hecho que perderíamos contra los germanos y luego debíamos remar a todo pulmón contra Corea y Suecia. No me afectaba gran cosa saber de antemano que caeríamos contra el equipo teutón, pues lo más lógico, según los anales futboleros, es que casi todos pierdan contra ellos. Así amanecí el domingo, con previa resignación y esperando el milagro del empate.
Luego ocurrió lo que ya vimos y enloqueció al país. México saltó a la cancha con una alineación más o menos esperada en la que destacaban los apellidos de Ochoa, Herrera, Guardado, Hernández, Vela y Lozano. Durante el primer tiempo —el mejor de México en muchos años— creo que por primera vez vi jugar mal a los alemanes; pero ni así, ni jugando con limitaciones, los hijos de Bekenbauer dejaban de ser peligrosos. Los mexicanos la tenían clara: abrumar a la selección alemana con presión en casi toda la cancha, esperar sus embestidas y contragolpear con toda la furia cuando los europeos perdieran un balón.
Así cayó el gol. Los mexicanos hurtaron una pelota en su terreno y la descolgada comenzó con una pared vertiginosa entre Guardado y Hernández; luego el Chicharito vio la entrada de Lozano quien se quitó a Mesut Özil y clavó uno de los goles destinados desde ya a figurar en la historia de nuestro futbol. En el segundo tiempo, lógico, los teutones se echaron encima pero un tanto desordenadamente, con más empuje que buen futbol, y no lograron anotar. Así se consumó lo que ni yo ni nadie esperaba, acostumbrados como estamos a caer cuando, en los mundiales, rasguñamos el paraíso.
Ignoro, como todos, qué vaya a pasar en los partidos venideros de México. Por lo pronto, el equipo cumplió con excelencia y nos dio una alegría inoxidable: México 1, Alemania 0. Increíble.

sábado, junio 16, 2018

Votar según Krauze













Sereno, con voz pausada y de excelente timbre, como siempre, el doctor Enrique Krauze difundió el jueves un video de tres minutos con “una reflexión sobre el poder absoluto”. Dado que Krauze es Krauze y no va a portarse como si fuera un vulgar Luis Pazos, la susodicha reflexión no requirió aspavientos ni palabras fuertes. De hecho, ni siquiera requirió nombres propios, pues sólo se planteó como breve disquisición sobre una idea: la del poder absoluto.
“El poder absoluto en manos de una sola persona —señaló el doctor Krauze— ha dejado una estela de destrucción a lo largo de la historia. Los ejemplos abundan. En el siglo XX, en Europa y Asia, el poder absoluto recayó en manos de líderes de derecha e izquierda, fascistas o comunistas, que destruyeron a sus países y provocaron la muerte de decenas de millones de personas. En América Latina, el poder absoluto en manos de líderes de derecha e izquierda, militares genocidas o dictadores revolucionarios, sofocó las libertades y provocó hambre, desolación y muerte”. Esta introducción nos instala en lo que, si estamos al menos alfabetizados, ya sabemos: que abundan los ejemplos de poder absoluto mal usado, brutal en la mayoría de los casos. También sabemos que han operado en la derecha y en la izquierda (repetido por él un par de veces: derecha e izquierda), pero en este caso el doctor Krauze no debe preocuparse de que lo acusemos de parcial, pues sabemos que el abuso operó en ambos flancos del espectro político.
Lo que viene luego nos instala en el caso mexicano: “En el siglo XX, en México, el poder absoluto de los presidentes, todos del partido oficial, tenía al menos el límite de la no reelección, y sin embargo, el poder absoluto hizo mucho daño. Basta recordar la matanza de Tlatelolco ordenada por Díaz Ordaz, la represión del diario Excélsior ordenada por Luis Echeverría, la quiebra del país causada por la administración de López Portillo y la corrupción impune en tiempos de Salinas. Desde 1997, año en que el PRI perdió la mayoría en el Congreso de Diputados, ningún presidente ha tenido poder absoluto en el Congreso. Ni Zedillo, ni Fox, ni Calderón, ni Peña Nieto”.
Krauze resume entonces que el voto dividido ha viabilizado la democracia mexicana, sobre todo la libertad de expresión, pues mermó el poder absoluto al presidente. Lo que pide, entonces, en el fondo, es votar por uno para presidente y por otros para diputados y senadores, es decir, quizá votar, si gustan, por su mesías tropical, pero frenarlo en las Cámaras ahora que se ve venir un carro completo por la vía que Krauze más ha aplaudido y, suponemos, juzga legítima: la democrática, no la del voto corporativo.

jueves, junio 14, 2018

Delirios en la red

















Las redes sociales son hoy la pantalla donde se proyecta buena parte del ánimo ciudadano. Suelen crear, por ello, cierta credulidad en sus usuarios. En Twitter, por ejemplo, dado que uno sigue cuentas afines, sentirá que todo se cantea hacia su flanco ideológico, que todo marcha de maravilla para los nuestros. Se da el caso, incluso, del fanatismo que desorbita la credulidad y la convierte en redonda estupidez. Ocurre cuando alguien difunde información (videos, sobre todo) espesa de patrañas flagrantes pero ornamentada con alguna pátina de seriedad.
No me refiero, pues, aquí, al video chusco o paródico hoy tan de moda, sino al que se quiere pasar de lanza con sospechoso tono sobrio. Gracias a esta basura he llegado a pedir, casi a suplicar, que seamos menos laxos a la hora de estampar un like o retuitear, pues lo único que hacemos con eso es diseminar falacias. Una buena política, por ello, sería bloquear a los impulsores indiscriminados de sandeces, hacerles ver que en el reborujo actual de la comunicación no es pertinente hacer más ruido.
Sin embargo, a veces no es fácil discernir qué documento parte de la autenticidad y qué otro es un reptil engañoso. Excluyo de esta lista los videos dramatizados que buscan con descaro llevar agua a sus molinos (véase en este momento uno, sin firma y harto idiota, en el que ladrones y secuestradores piden perdón a sus víctimas tal y como “va a hacerlo ya sabes quién” con los delincuentes). No, hay otros más sutiles, como uno que vi hace poco y en realidad es, o al menos parece ser, una extraña vuelta de tuerca en el mundo de la propaganda negativa. Lo describo.
Un tipo con voz de locutor se graba a sí mismo en su computadora. Viste una playera blanca muy simple y una gorra de pelotero con el logo del PRI harto visible. Comienza con un saludo para la comunicadora Martha Debayle y luego emprende una crítica sospechosamente delirante contra los opositores de Peña Nieto. Señala que el precio de la gasolina es benéfico para la salud, ya que la gente camina más y mitiga el problema de la obesidad; apunta que el precio del dólar es ventajoso ya que si un turista llega y da un dólar de propina, es mejor que sean 20 pesos y no 14; por último, explica que el alto precio de la tortilla obliga a que la gente no se haga tacos con dos tortillas, sino con una, lo que también redunda en una mejor salud.
Este documento es tan grotesco que parece producido por los enemigos del PRI, aunque en el río revuelto ya no se sabe. Lo mejor, como digo párrafos arriba, es cerrar la puerta a lo sospechoso, bloquear lo que parezca no tener abuela.

sábado, junio 09, 2018

Con un arma en la nuca
























Nuestro oficinista sobrevive a los tumbos en una urbe sombría e inhumana, demasiado inhumana. Se trata de un tipo mediocre, tan apocado que casi es invisible. La rutina lo cerca y los días van minándolo hasta límites inconcebibles. No es dueño de su vida, y todo alrededor se confabula para hacerlo papilla, para machacarlo en el mortero de la desdicha. El oficinista no tiene nombre, así que basta llamarlo así: el oficinista, quien parece ser el resultado individual de un proceso —¿económico, político, social, moral, todo eso junto?— que ha pulverizado la vida de inmensas colectividades. El oficinista, pues, es uno y millones, una sinécdoque de la devastación mundial.
Guillermo Saccomanno (Mataderos, Buenos Aires, 1948) ha formulado en El oficinista (Premio Biblioteca Breve 2010, Seix Barral, Buenos Aires, 2010, 201 pp.) una distopía ubicada en un futuro que de tan reconocible casi no pertenece al futuro, sino al presente, un huevo de serpiente. Saccomanno nos recuerda en esta novela lo que de alguna manera ya estamos resintiendo: que la civilización es una carnicería, que el progreso pasó a convertirse en un animal que nos engulle y nos defeca sin conmiseración.
El oficinista que protagoniza esta historia habita, como sus congéneres, en colmenas impersonales. Sus horas mecanizadas transcurren esencialmente en tres espacios, todos extensiones de la cárcel: la oficina, la calle y el hogar. Ninguno de ellos supone, obvio, bienestar, sino lo contario: los tres son infiernos cuyos vasos comunicantes infectan de infelicidad a quien los toca. El oficinista pasa sus horas tras un escritorio en el que desahoga trámites miserables. Son tan insignificantes que ni siquiera sabemos cuáles son. Lo que sí sabemos es que todo el tiempo, síntoma de la era ruin que padecemos, vive colgado de la zozobra que significa perder su trabajo, de suerte que conservar el empleíto es la medida de todas las abyecciones. El oficinista es por ello un paranoico que en todo ve signos de peligro, amenazas a la seguridad de conservar su puesto en la maquinaria.
Sin embargo, pese a lo terrible que resulta vivir sentado frente al escritorio, la libertad de la calle y el sosiego del hogar no son mejores opciones. Apenas se libra del trabajo y de las horas extras asumidas casi con placer, para evitar lo que sigue, el oficinista emerge hacia la calle y lo que encuentra allí es abominable: como en una fantasmagoría preapocalíptica, la ciudad se ha vuelto ámbito de depredación, de inseguridad y desprecio por la vida humana. Es, no sabemos por qué pero lo intuimos, sobrevolada por helicópteros artillados que luchan contra una “guerrilla” sin rostro e igualmente letal. Aquí y allá, por todos lados, los helicópteros, las patrullas, los autos blindados de la autoridad, vigilan, rastrillan todos los recovecos y persiguen a los rebeldes, y los rebeldes a su vez colocan explosivos sin mirar a quién ni a cuántos destrozan, de manera que el clima callejero es el de un cataclismo entre trenes subterráneos, cines, pizzerías y demás vidrieras sebosas. Nadie está pues seguro en esa selva, y si pensamos que en el hogar habrá un descanso para el protagonista, nos equivocamos: el hogar es un reflejo congruente de la barbarie padecida en la oficina y en la calle. Puede incluso ser un sitio peor de repugnante: el oficinista padece allí el hostigamiento atroz de su mujer, una sapo, y la sensación de que sus hijos son insalvables: ellos están condenados, no tienen escapatoria, su futuro es ineludiblemente siniestro, tal vez peor que el presente ya encarado/encarnado por su padre, el protagonista de esta agonía.
En tal atmósfera vidriosa ocurre un milagro de escala minúscula como todos los milagros que pueden ocurrirle a un ser de similar tamaño: nuestro oficinista se enamora. Fortuita, impensadamente es flechado por una compañera de trabajo, la secretaria-amante del jefe, y ese hecho entre accidental y prodigioso estremece la vida del oficinista. Entre dudas y pavores avanza hacia la corazonada de que el amor es su último tren, una posible redención luego de la vida de escoria que ha tenido. La secretaria, quien también carece de nombre, como todos los personajes de esta novela, lamentablemente está poco o nada de acuerdo en acceder a la pasión del personaje gris que la merodea. Si bien ella lo acepta en un primer encuentro, no está dispuesta a ceder más allá de aquella migaja: ella supone tener un camino más seguro con el jefe, de suerte que vincularse con el oficinista es un disparate que no podrá permitirse.
El microcosmos de El oficinista es asfixiante. El frío, la condición plomiza del ambiente, los barrios despojados de toda civilidad y los infinitos perros callejeros que se convierten en símbolo del salvajismo prohijado por la urbe, son el caldo de cultivo ideal para crear zombies a la manera apaleada del protagonista y quienes lo rodean.
Una clave de la novela radica en su cruel epígrafe: “Una experiencia que, por su exceso de soledad, sólo puede llamarse rusa”. En efecto, tales palabras de Kafka rajan como machetazo todas las vísceras del texto. En sus 55 breves trancos se siente que el interior de los individuos que pueblan estas páginas ha sido carcomido por el gusano de la soledad hasta convertirlo en un tormento sin pausa. Por ello, “El infierno es el subsuelo de uno mismo”, piensa el oficinista en alguna parte de su calvario.
Con el mismo recurso sentencioso el oficinista cree haber encontrado en el amor una rendija para escapar de su destino: “En la vida todos tenemos una oportunidad. Si la dejamos pasar estamos fritos”, piensa. El oficinista es un sujeto que se desdobla como buen microbio plagado de incertidumbre: por un flanco es el timorato de siempre, el bicho ínfimo que se conformó con la derrota de aherrojarse a un escritorio; por otro, un ser —su alter ego— que lo aguija a la inconformidad, a no dejarse vencer, a no ser más el pusilánime viscoso de siempre: “Piensa que desde que tiene memoria se encuentra con el cañón de un arma en la nuca”.
Precisamente, como en las historias de Kafka, en El oficinista importan menos las peripecias que la metáfora global: la vida, nuestra vida de estos tiempos humillados ante el altar neoliberal, avanza con un arma en la nuca. Todos somos o casi somos ese oficinista que trastabilla en busca de una salvación, la que sea, y sólo obtiene por respuesta el balazo de la realidad que le confirmará su lugar en el mundo: la basura.

miércoles, junio 06, 2018

Elogio del escupidor















No recuerdo con exactitud los detalles, pero fueron más o menos los siguientes: desde no sé dónde, Esteban Dublín me escribió para informarme que estaba organizado una especie de antología colectiva de microficciones con el auspicio o el aval, algo así, de La Internacional Microcuentística. A cincuenta escritores les preguntarían cuál era su minificción favorita, y con la lista resultante se armaría la colección. Pensé en lo obvio: Monterroso, Cortázar, Samperio, Shua… alguien así, un consagrado del género. Supuse que muchos de los invitados iban a inclinarse por algún escritor ya muy visible, y entonces recordé el grato sabor que siempre me han dejado los relatos micro de Fabián Vique. Bueno, pensé, y cuál de todos elegir entre la gran cantidad de historias súbitas creadas por el oriundo de Morón, mi amigo Vique. Entonces, de golpe, me llegó el recuerdo de “El escupidor de Rafael Castillo”, un microrrelato perfecto, y tal fue mi propuesta.
“El escupidor…” es un dechado de creatividad, exactitud y humor. El planteamiento es inmediato: en el primer párrafo sabemos el cuándo, el quién, el qué y el dónde, una proeza de la condensación narrativa. El segundo párrafo describe, mediante un narrador innominado en primera persona, a quienes ya conocen las andanzas del escupidor. La información del tercer párrafo despliega el cómo, y de paso obtenemos el nombre propio del protagonista. El último párrafo, dos renglones, baja la velocidad de la historia y nos informa que este tipo extraordinario es en realidad un sujeto ordinario, lo cual puede verse como una paradoja: quiere mudarse de Rafael Castillo, localidad del partido de La Matanza en el conurbano bonaerense, porque, suponemos, allí hay gente como él, lo que de paso recuerda la famosa boutade del club atribuida a Groucho Marx. De hecho, todo el texto es paradojal, pues el acto grotesco de escupir a la gente es contado como si fuera el de dar las buenas tardes.
Celebro además la puntería —puntería similar a la de Alberto— de ciertos adjetivos: “boca certera”, “buen semblante”, “interesante volumen”. En fin, creo que se trata de un estupendo microrrelato, un ejemplo que podemos tener a la mano cuando alguien nos pregunte qué es una microficción y qué puede hacerse para que un puñado de palabras llegue a ser memorable.
Aquí dejo la pieza:

El escupidor de Rafael Castillo
Fabián Vique 

Todas las noches, a la una en punto, el escupidor de Rafael Castillo sale a escupir a la gente. El recorrido abarca las dos veredas de Carlos Casares, desde Don Bosco hasta las vías. 
Quienes lo conocemos evitamos la zona en la media hora que dura la vuelta. Pero siempre encuentra inocentes que deambulan a merced de su boca certera.
Alberto apunta a los ojos y lanza un líquido casi blanco, no muy espeso pero de interesante volumen. Los escupidos se asombran del buen semblante, de la discreción y hasta de la elegancia del escupidor. Nunca reaccionan. Se limpian la cara y siguen su camino. Se dice que en las mejores noches Alberto ha proporcionado más de una docena de escupitajos.
Durante el día, sin embargo, el escupidor es un hombre común y corriente. Suele decir que no le gusta el barrio y que tiene ganas de mudarse con su familia a un lugar más tranquilo.

sábado, junio 02, 2018

Intelectuales seducidos














En las ruidosas redes leí hace poco un comentario digno de observación, ya que, creo, encierra una idea más o menos generalizada: es entendible, decía el opinador, que la pelusa harapienta, que los miles de mugrosos que atiborran el país de mal olor y otras horripilanteces propias de la chusma se sientan agraviados, ofendidos, marginados por el actual gobierno. Esos desheredados del bienestar, esos pobres diablos que viven obsesionados con el sueño de comer tres veces al día están en su derecho de dejarse seducir por un sujeto que les promete salvación sexenal. No haber pasado por la escuela, vivir en la ignorancia y apetecer aunque sea migajas justifica que anhelen el advenimiento del mesías (tropical para más señas).
Lo que resulta inexplicable, dice el comentarista, es la seducción que el mismo, exactamente el mismo redentor del populacho obra en los intelectuales. ¿Cómo es posible, anota, que un mentiroso consumado, que un caudillo de habla lenta y poco seso sea percibido como gran político por quienes se ufanan de haber hecho licenciaturas, maestrías y doctorados? Misterio. Es inconcebible que hombres y mujeres bien abastecidos de conocimientos se traguen las gambetas de AMLO y no vean en él lo que es: un obseso del poder, un iletrado, un autoritario, un vividor y muchos atributos más. Porque es un hecho, y lo demuestran los sondeos por instrucción: entre más alto es el grado de estudios, más se amplía la barra de la intención de voto por el oriundo de Macuspana. Es aberrante, un disparate que deja a los intelectuales en calidad de burros, señala el susodicho.
Tengo para mí que sólo los intelectuales (¿quiénes son “los intelectuales”?) abiertamente militantes se manifiestan a favor de AMLO con alto grado de fervor. No son mayoría. Hay otros que, sin declararlo abiertamente, escriben y opinan de viva voz en medios electrónicos y tratan, con innecesario apuro, de parecer imparciales. Pienso, por ejemplo, en casos como los de Lorenzo Meyer y Sergio Aguayo, ambos doctores. Como ellos, muchos académicos, artistas, “intelectuales”, parecen simpatizar acríticamente por AMLO. Lo que hacen en realidad, presiento, es calcular: ven un montón de defectos alrededor del candidato más adelantado, pero con el fin de permitir que siga avanzando no hacen señalamientos. Es como un mutis coyuntural, una especie de pacto tácito ahora que se ve en puerta, hoy sí, un cambio de régimen. Desde la oscuridad o desde la luz intelectual, la idea de muchos, al parecer de la mayoría, es que gane AMLO y algo cambie. Los extremos se tocan.