sábado, marzo 28, 2015

Cumbres cochambrosas















Como lo señaló brillantemente Enrique Serna en un artículo publicado hace poco en Letras Libres, los nuevos ricachones de la patria no hallan en qué letrina vaciar sus flamantes y miserables abundancias: “Pero el exceso de codicia es incompatible con la discreción y el tacto político. El dinero fácil tiene prisa por relucir, y de hecho, quema las manos a sus poseedores. Para un político recién llegado a la opulencia debe de ser un suplicio atroz tener que ocultar su enorme capital en una cuenta bancaria de las Islas Vírgenes. Lo mismo le sucede a una estrella de telenovelas con sueños de grandeza. ¿Por qué resignarse al modesto lujo de una primera dama si desde niña soñó con un boato imperial?”
Aunque en esto no hay reglas, la prisa por exhibir los lujos inaccesibles para el populacho crece en función de la edad. Esto es lo que explica el fenómeno de los “mirreyes” mexicanos, jóvenes que han encontrado en las nuevas plataformas de la comunicación el medio idóneo para difundir los lujos a los que acceden, el “estilo” de vida que los caracteriza. Mientras sus padres se parten el lomo engrillando hordas de obreros o simplemente saqueando arcas públicas, ellos invierten su tiempo en bombardear redes sociales con fotos que dan fe de fiestas, viajes y demás andanzas sin límite de goce material.
Insuperablemente huecos, tratan de que todo lo que hacen quede vinculado con los símbolos del poder y los negocios en los que se mueven sus familias. No hay, por ello, instantes de sus versallescas vidas que puedan ser contaminados por la mesura o la naquez. Si viajan, por ejemplo, sus selfies tienen que dejar ver al fondo yates de Marsella o edificios neoyorkinos, no pirámides de Teotihuacán o trajineras de Xochimilco, y si estudian no pueden dejar de mencionar que se preparan en los colegios más caros entre los caros.
El video que hicieron unos bichos de esta fauna, convertido en tema señero de la semana, muestra a la perfección la mentalidad que abraza el mirreynato. En el clip, cinco chicos que están a punto de egresar del Instituto Cumbres México hacen un casting degradante para calar la calidad de las chamacas que podrán acompañarlos en la graduación.
Las autoridades del instituto señalaron que el video “no representa los valores y principios del colegio”, pero uno ya no sabe. Llevan ya dos videos y los chicos no dan trazas de cambiar su perspectiva. En otras palabras, parece que se sienten cómodos propalando quiénes son y qué apetito los alienta.

miércoles, marzo 25, 2015

Hacer la lucha












Tengo 45 años afectivamente cerca de la lucha libre, desde que con mi hermano Luis Rogelio asistía a todas las matinés del cine Elba casi exclusivamente para ver las del Santo. Junto con eso, fui a muchas funciones en mi niñez y con los años el gusto por este espectáculo me sobrevivió a tal grado que desde hace dos décadas casi no pasa semana sin que me apersone en alguna de las muchas arenitas de La Laguna. Sé, pues, lo que es, y aquí no voy a ponerme pesado y explicar que es esto o aquello, que teatro o deporte y todo lo que suele decirse al abordar el tema. Sé lo que es, insisto, y sólo añadiré esto: como anulé el televisor desde hace mucho, voy a la lucha porque es económica y se trata de la única salida más o menos social que tengo. Lo demás es trabajo frente a la computadora, encierro vinculado a la escritura, la edición y la docencia.
Dados esos largos años viendo lucha en La Laguna, me queda claro que doy total preferencia a la lucha lagunera practicada en algunos casos de manera casi amateur. Esta es la razón por la que trato con algo de indiferencia la llamada triple A, un espectáculo que por lo general goza de mayor proyección comercial y por ello de mejores bolsas para los luchadores. A ésa no asisto, así que ignoro qué tanta seguridad hay en todos los sentidos: para el público y para los deportistas.
De la otra lucha puedo opinar que se desarrolla casi con las uñas, sin grandes dividendos para nadie. Eso es, quizá, lo que me atrae de ella: noto que quienes contienden están allí por una mezcla genuina e irregular de gusto por el deporte, afán lúdico y necesidad económica. Son, casi todos, compas que uno puede tratar en la ferretería o en la miscelánea, que uno puede toparse en cualquier sitio porque son choferes, obreros, raza de trabajo. En la lucha ganan un pesito extra y aunque el asunto conlleva riesgo, se divierten y se ven obligados a entrenar, a no soltar las pesas y a seguir fatigando lona.
Así entonces, en las funciones, por ejemplo, de la Plaza de Toros Torreón y de la Arena Olímpico Laguna de Gómez Palacio jamás he visto, porque costaría contratarlos, policías en los pasillos o servicios médicos con ambulancia a la puerta. Como quien dice, es un espectáculo que se autorregula, y aunque básicamente se trata de un juego, he visto incontables golpes y lesiones que en general no llegan a tener consecuencias fatales.
Lo que ocurrió en Tijuana el viernes es una tragedia, sin duda. Queda a las autoridades indagar si en esas funciones, por el cartel y el alto precio de las entradas, debe exigirse atención médica inmediata y profesional, y tomar medidas. Lo que en definitiva no puede hacerse es atribuir culpa al luchador oponente. Eso es absurdo en este caso.

Nota: Tomé la foto que acompaña este post el domingo 22 de marzo a las nueve de la noche, un día después de la muerte del Perro Aguayo hijo. En la imagen se aprecia la reunión de luchadores para rendir un minuto de aplausos al colega recién fallecido en Tijuana. Al lado del ring aparece mi amigo Beto Rubio tomando video del momento.

sábado, marzo 21, 2015

La cola del chamucho
















La argumentación me recuerda aquella entrevista de Loret a Mario Marín. Sin piedad, como siempre cuando dialoga con un político que permanente o temporalmente no está en la burbuja de protección, el conductor del noticiero se lanzó a la yugular del góber Precioso. El hoy ex gobernador de Puebla negó que su voz fuera la del audio en el que dialogó, lo recordamos, con el empresario Kamel Nacif sobre el tema Lidia Cacho. La prueba era irrefutable, había sido filtrada y todos la dimos por buena, pero bastó que Marín enmarañara un poco el asunto para que aquello terminara en show, sin castigo para este político que hoy goza de libertad y fortuna.
Por eso, imaginemos, ¿qué hubiera pasado en caso de que un encargado de comunicación de la Presidencia o uno de sus segundones hubiera cometido el error de dejar una prueba de audio, video o papel sobre la injerencia del gobierno en el caso Aristegui-MVS? Para empezar, esto es un disparate. Toda proporción guardada, es como pedir que la instrucción para acabar con Colosio tuviera una evidencia documental con sello y firma, o como suponer que cualquier otra orden comprometedora deja en el camino un reguero de membretes institucionales. Pues no: no hay firma de Echeverría que testimonie su mano negra en el caso Excélsior-Scherer, pero a estas horas ni el más destrampado de los locos se atrevería a sostener que LEA estuvo al margen de aquella operación.
En casos como el de Aristegui-MVS y la presunta injerencia de EPN no queda otro camino que leer la realidad y hacer obvias conjeturas. Tal vez de manera atrabancada, desbordada y frontal, sobre todo en las redes sociales, hubo una explicación inmediata del conflicto: “Fue el Estado”. Esto, como siempre, sirve a los articulistas alineados para generalizar (en el mejor de los casos) y para mofarse (en el peor): “El pueblo bueno, como es habitual, dice casi unánimemente que fue el Estado”.
La mala noticia es que no sólo “el pueblo bueno”, de suyo impulsivo y facilista, sospecha en esa dirección. Igualmente, muchos académicos y periodistas ven la cola del chamuco debajo de la cortina. No pueden asegurarlo, pero por lo menos han enderezado conjeturas que instalan la posibilidad de alguna presión oficial para desaparecer del mapa MVS a la periodista y su equipo de colaboradores.
Por si fuera poco, varios medios importantes del mundo (The Guardian, The Washington Post, la BBC…) han cubierto la nota y sobra decir que suponen lo mismo. No sé si esto sea suficiente para dar cierta validez a la conjetura o esos medios también son parte del “pueblo bueno”.

miércoles, marzo 18, 2015

La lógica predadora














No deja de asombrar el asombro con el que son percibidas las reacciones del déspota ante la crítica. Desde hace ya varios años, quienes dicen gobernar este país han ido desnudando sus métodos en todos los sentidos, y hoy es descarado el cinismo con el que arremeten contra aquello que logra exhibir sus falencias en cadena nacional. Es lo que ahora le tocó, por segunda o tercera ocasión, a Carmen Aristegui, acaso la más visible representante del periodismo radiofónico no oficialista en este México de rapiña y acotamientos.
Dado el agandalle de todo lo que significa poder y riqueza, al gobierno actual no le queda otro camino: o aprieta tuercas o aprieta tuercas. Aunque todavía la disfrace con elecciones y contados zonas de poder para la oposición pactista, los hilos más importantes están en sus manos, como traté de expresarlo en mi entrega anterior de esta columna.
Tienen los tres poderes bajo su control y la mayoría de los partidos están en el huacal, inmovilizados por las carretadas de dinero que caen allí para para lubricar su vocación prevaricadora (el Partido Verde es en este caso un ejemplo señero). También están de su lado, aceitados con jugosa publicidad oficial, los principales medios de comunicación, aunque estos necesitan de un cierto margen de maniobra crítica para conservar credibilidad. Hoy, por ejemplo y sólo para mencionar un caso notable de esta maniobrabilidad necesaria, Loret de Mola es uno en sus espacios de Televisa y otro en los otros donde participa, de manera que siempre queda a medio camino en todos los temas, con la credibilidad vivita y coleando pese a que sirve principalmente a los intereses de Azcárraga Jean.
Pero una cosa es tolerar cierta crítica frontal, directa y a la cabeza de la prensa escrita en un país deficitario de lectores y otra muy distinta, brutalmente distinta, es hacer lo mismo en televisión y radio. En televisión, sobre todo en la de señal abierta, se sabe, no hay ni medio minuto al aire de señalamientos que puedan herir el ego del sultán. Siempre ha sido así, y no estamos en tiempos de excepción. En radio resulta un poco más laxa la cosa, aunque es un medio tan poderoso en la capital del país que también es custodiado con lupa.
Carmen Aristegui se había pasado: el torpedo sobre la Casa Blanca tuvo tal resonancia que cimbró sus cimientos, que son los del poder hoy encarnado por EPN. Lo demás ya lo sabemos: el descarrilamiento del tren/cuento chino, la telenovelesca explicación de la Gaviota, el pitorreo público y la pantomima del fiscal anticorrupción. Luego, unos meses después, con el pretexto de un nimio abuso de confianza y un litigio contractual, el sospechoso fin en MVS de quien conducía el noticiero incómodo.
No hay sorpresa. Todo es previsible si nos atenemos a la lógica predadora del gobierno actual.

sábado, marzo 14, 2015

Toma todo
















Finalmente se han apoderado de todo. O de casi todo, pues es aceptable que han dejado algunas migajas sólo para presumir que dejan algo, lo que de alguna manera es otra forma de tener.
Son dueños de la Presidencia de la República, de la Cámara de Diputados y de Senadores. Son dueños de la Secretaría de Hacienda, del Banco de México, de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, de la Secretaría de Turismo, de Energía, de Agricultura, de Trabajo, de Medio Ambiente, de todas. Son suyas las gubernaturas de todos los estados y de todos los municipios, les pertenecen las subsecretarías, las direcciones, las delegaciones. Son dueños del aire, la tierra y las aguas de la nación, de los yacimientos metalíferos y de los hidrocarburos.
Les pertenecen el sistema de salud y el educativo, el deporte olímpico, los bosques y los desiertos, las carreteras, los ríos y los peces que nadan en esos ríos, los árboles y los pájaros que llegan a esos árboles. Son dueños de las leyes, de la Procuraduría General de la República, de la Suprema Corte de Justicia, del Instituto Nacional Electoral, de los medios de comunicación, de la Secretaría de Relaciones Exteriores, del Sistema Nacional de Investigación. Son suyos los partidos con mayor representación en las Cámaras, las embajadas, los contralores, los agentes de tránsito. Se apoderaron del tráfico de drogas, de los cárteles y sus escondrijos.
Son propietarios de las autodefensas, de las asociaciones civiles. No hay policía en el país que no sea suyo, e igual lo es toda la Secretaría de Gobernación. Les pertenecen los principales noticieros de televisión y decenas de periodistas, los sobornos, el papel, la propaganda oficial en cualquier soporte, los bots. Es suya la cultura, el esparcimiento serio y frívolo, la educación especial, las pensiones. Son dueños del reloj político, de la moneda, de los productos básicos, de los programas sociales, de los indígenas, de los campesinos, de los obreros, de las guarderías.
Son propietarios de las aduanas, del espionaje, de los retenes, de los granaderos, de los barcos y los aviones, de los tanques y de los fusiles, de los cuarteles y de las cárceles. Son suyas las concesiones, los permisos, las prórrogas, las órdenes, los indultos, los castigos y los premios. Les pertenece la fuerza, o sea, la Marina y el Ejército.
Como en el juego de la perinola, sólo les gusta el “toma todo”.

miércoles, marzo 11, 2015

Irrealidad de lo real














Sólo un gobierno corruptísimo y autoritario como el nuestro puede evadir con indiferencia y boletines lo que a diario es difundido —en sordina porque los grandes medios son parte del problema— sobre las circunstancias que tienen a México sumido en la catástrofe o casi en ella. Haciéndose pasar permanentemente como sorprendida, la vocería oficial refuta no sólo opiniones de personalidades, sino que también contradice ya mecánicamente lo declarado por organismos  internacionales como la ONU, una organización que al parecer, eso dicen, tiene cierta autoridad oficial y moral al momento de hacer declaraciones sobre los países que la componen.
Esta semana tocó su turno (así van, por turnos cada semana) a Juan Méndez, relator especial de las Naciones Unidas, quien entre otras afirmaciones expresó que sobre la tortura en México “Hay evidencia de la participación activa de las fuerzas policiales y ministeriales de casi todas las jurisdicciones y de las fuerzas armadas, pero también de tolerancia, indiferencia o complicidad por parte de algunos médicos, defensores públicos, fiscales y jueces”. Junto con lo anterior explicó que ésta y otras prácticas relacionadas con el abuso violento de las autoridades se han incrementado en los años recientes, de manera que se trata ya de un problema agudo para el país. El informe que describe este flanco de la barbarie oficial fue, claro, inmediatamente desestimado por la cancillería con el raspado naipe de la negación a simple vista, al puro tanteo: lo dicho por el relator de la ONU simplemente “no corresponde a la realidad”.
¿Y cuál es la realidad?, sería la pregunta. Si hay una realidad mejor que la percibida por la ONU, ¿por qué entonces no se le invita a investigar más hondamente, a escudriñar en cárceles y entrevistar víctimas del tehuacanazo y otros métodos similares y conexos? Ignoro durante cuánto tiempo más será estirada la tensa cuerda de la negación ante los problemas que desde afuera ve todo mundo y aquí ni siquiera logra medio aceptar el sórdido gobierno de Peña Nieto.
Y mientras los negadores profesionales enmiendan párrafos a las relatorías de la ONU, otro personaje saliente de la cultura mexicana, el cineasta Guillermo del Toro, asegura en el mismo flujo de opinión que “Estamos en un momento excepcional; vivimos un hito de inseguridad, de descomposición que va a ser histórico”.
Nada es cierto, sin embargo. Este es el mejor México posible según los afanosos boletines de la Presidencia.

sábado, marzo 07, 2015

Escritor consagrado













En 2007 trabajaba para una dependencia cultural en el área de literatura. Mis obligaciones, que cumplí con una incierta mezcla de entusiasmo y abnegación, tenían que ver sobre todo con la organización de presentaciones, mesas redondas, conferencias y lecturas de escritores cercanos o lejanos, noveles o consagrados, de todo. Dado que el personal de mi área estaba conformado sólo por mí, debía habilitarme para casi todas las actividades implicadas en la organización y buen término de las actividades, desde concebirlas, diseñar las invitaciones, escribir los boletines, ir a los medios, asistir a las presentaciones, muchas veces participar en las mesas y, por último, acompañar a los escritores —principalmente cuando eran de fuera de la ciudad— en la cena de rigor.
Pasó una vez, entonces, que vino a visitarnos un escritor con renombre en el medio literario mexicano, un ensayista destacadísimo aunque sólo bien conocido, como ocurre con casi todos los ensayistas, entre escritores. Yo mismo lo ponderaba y lo pondero todavía como un lector infatigable y un gran crítico, además de maestro y perito editor de libros propios y ajenos. Su nombre, pues, no me era nada extraño, y desde que abrí los ojos a la literatura había visto su firma en los más prestigiados suplementos y revistas literarios del país, e igual en libros de sellos académicos y comerciales. Era para mí, entonces, un escritor “consagrado”, alguien ya plenamente identificado en la república de nuestras letras.
El ensayista despachó su conferencia sin despeinarse, con un dominio absoluto del tema. Armado sólo con pocas cuartillas, dictó, perdón por el lugar común, cátedra. Al final, luego del sencillo brindis, le ofrecí la cena institucional programada en un lugar de verse. Al avanzar hacia el restaurante sito en el Paseo La Rosita, el ensayista me pidió buscar un cajero automático. Lo noté nervioso, pellizcándose los padrastros con los dedos. Llegamos a un cajero, bajó, vi de lejos que consultaba y volvió al coche. Siguió inquieto y me atreví a preguntar si pasaba algo. “No, nada —dijo—, esperaba el pago de unas colaboraciones y no me han depositado”. “Eso pasa muy seguido”, le respondí. “Sí, el problema es que sólo tengo 500 pesos y estoy en Torreón”. Asombrado, le dije: “Fulano de tal, usted, quien aparece en el consejo editorial de la revista equis junto a zutano y perengano, ¿tiene sólo 500 pesos en este momento? ¿Qué no tiene la vida ya resuelta?”. La respuesta fue clara: “Bueno, ellos son empresarios y también escriben, yo sólo me dedico a escribir”. No resistí la tentación de comentarlo: “Si eso pasa con usted, que es un escritor reconocido, ya entiendo por qué en provincia estamos como estamos”. 

miércoles, marzo 04, 2015

El neologismo papal y las goteras














Estaré publicando en Miradas al Sur, semanario político y cultural de Buenos Aires. El texto que viene es la entrada del que publiqué el domingo pasado. Completo está en la página del semanario y aquí, en este blog.

Como casa vapuleada por las lluvias y ya debilitada de su techo, la imagen actual del gobierno mexicano ha comenzado a sufrir filtraciones por todos lados, de ahí que el canciller José Antonio Meade Kuribreña ande de aquí para allá con los baldes, ahora permanentemente dedicado al control de daños, afanoso de que no se moje la alfombra tricolor. Son pues tiempos difíciles para el gobierno mexicano, y aunque en general el país de la bandera con el águila y la serpiente sobre el nopal no interese mucho en el exterior, algo va sabiéndose dentro y fuera, algo, poco a poco, llega a (y de) los periódicos del exterior y eso propicia comentarios, opiniones, juicios, conjeturas sobre un régimen en crisis y con goteras críticas provenientes de donde menos se les espera.
Hace algunas semanas, en noviembre apenas, un famoso personaje del Río de la Plata abrió una grieta importante. Debido a la resonancia mundial del caso Ayotzinapa y los 43 estudiantes normalistas desaparecidos, Pepe Mujica declaró a Foreing Affairs Latinoamérica que la situación de México le parecía “terrible”, y agregó que a la distancia nuestro país le da la impresión de que es “una especie de Estado fallido, que los poderes públicos están perdidos totalmente de control, están carcomidos”. Ese puñadito de palabras bastó para que la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) moviera sus engranes con el fin de motivar una “rectificación”. Y la consiguió. Muy poco después, el mandatario uruguayo “precisó”: “Las crudas noticias que nos llegan sobre las consecuencias del narcotráfico en países como Guatemala, Honduras y ahora México, nos gritan una verdadera lección de dolor (…) no son, ni serán, estas naciones, estados inocuos o fallidos”. Curiosamente, por esos mismos días, casi por esas mismas horas (el 24 de noviembre de 2014), Le Monde colocó una foto grande en su página principal, y encima de ella una frase elocuente: “La revuelta de los mexicanos contra el ‘estado mafioso’”. Una simple coincidencia.
La percepción comienza a ser generalizada: en México pasa algo grave. El narcotráfico, la violencia y la corrupción política, todo en la misma ensaladera, está armando una turbulencia imprevisible, un caos que los voceros del gobierno encabezado por Enrique Peña Nieto están tratando de contener dentro y fuera del país con boletines de prensa más que con acciones que en efecto desactiven los problemas y frenen las declaraciones incómodas, sobre todo las que caen como granadas desde el exterior.

Días de tormenta
Los días que van del 22 al 25 de febrero fueron particularmente complicados para el gobierno mexicano. Fue como si tirios y troyanos se hubieran puesto de acuerdo para lancetear un mismo objetivo. Por esos días, el ex presidente Fox, quien pese a sus evidentes limitaciones jamás se distinguió por la continencia verbal, dijo en Hermosillo, Sonora, al norte de México, que “Al presidente Peña ya nos lo pusieron en jaque, solo le falta el jaque mate, que esperemos no llegue, pero francamente va a estar cañón [difícil] que este gobierno se recupere de la tranquiza [golpiza] de los últimos seis meses, que es desafortunada para el país”. Este triste diagnóstico quedó en casa, fue de autoconsumo, y el aparato gubernamental no movió piezas para desautorizarlo, casi como si confiara en que Vicente Fox se desautoriza por sí solo.
No ocurrió lo mismo con Alejandro González Iñárritu, el director de cine mexicano que el domingo 22 de febrero ganó el Oscar como mejor director. Aunque no se ha caracterizado por una combatividad política insistente, el Negro, como le apodan, aprovechó el foro mundial que abren los premios de Hollywood para hacer una declaración de alfombra roja, en vivo y en cadena mundial: “Ruego para que podamos encontrar y tener el gobierno que nos merecemos (…) la generación que está viviendo en este país pueda ser tratada con el mismo respeto y dignidad que la gente que llegó antes y ayudó a construir este país de inmigrantes”.
Este breve speech ameritó inmediato control retórico de daños. El presidente Peña Nieto, en su cuenta de Twitter, le escribió como sin acusar el efecto del cross a su mandíbula: “trabajo, entrega y talento. ¡Felicidades! México lo celebra junto contigo”. Pero no fue suficiente: como al fin se trataba de un mexicano regando la sopa en el extranjero, la “precisión” plena de gerundios llegó esta vez del Partido Revolucionario Institucional (PRI, donde milita Peña Nieto): “Coincidiendo en el orgullo mexicano, es un hecho que más que merecerlo estamos construyendo un mejor gobierno. Felicidades #GonzálezIñárritu”.
Para el lunes 23 la gotera abierta durante la noche de los Oscares parecía bajo control, pero una nota cundió, primero, en las redes sociales, y después en todos los medios: en un intercambio epistolar y por lo tanto privado pero que se hizo público, el Papa había escrito que debido al avance del narcotráfico temía la “mexicanización” de Argentina. Esa palabra, ese neologismo creado por Jorge Luis Bergoglio bastó para agitar opiniones en México y para, otra vez, movilizar los baldes de la SRE: era necesario evitar que la tremenda gotera llegara a la alfombra, pues además el Pontífice había rematado, de volea y contundente, como si fuera centro delantero del San Lorenzo, esto: “Estuve hablando con algunos obispos mexicanos y la cosa es de terror”. En una primera respuesta, la SRE manifestó, mediante el canciller Meade, “tristeza y preocupación respecto de los comunicados que se hicieran de una carta privada del papa Francisco (…) México ha hecho enormes esfuerzos, ha manifestado un gran compromiso, ha señalado la necesidad que respecto a este tema se dé un diálogo amplio (…) nos parece que más que estigmatizar a México o cualquier otra región de los países latinoamericanos, lo que debiera hacerse es buscar mejores enfoques, mejores espacios de diálogo”.
Por su parte, del Vaticano salieron estas declaraciones conciliatorias: “La Santa Sede considera que el término ‘mexicanización’ de ninguna manera tendría una intención estigmatizante hacia el pueblo de México y, menos aún, podría considerarse una opinión política en detrimento de una nación que viene realizando un esfuerzo serio por erradicar la violencia (…) en ningún momento ha pretendido herir los sentimientos del pueblo mexicano”.
Claro que se trata de una respuesta diplomática más o menos previsible, pero en México fue quizá mejor recibido el neologismo papal que el comunicado de la Santa Sede.

Arrecia la granizada
El martes 24 comenzaron las repercusiones en la opinocracia mexicana. Uno de los primeros en comentar con cierta amplitud las palabras papales fue el columnista Julio Hernández López, del periódico La Jornada. El periodista hizo un breve recuento de las condiciones epistolares en las que se dio la declaración de Francisco, para luego considerar que el Papa no programó viaje a México y sí a EU y algunos países de Sudamérica; luego recordó que el nuncio había estado en Ayotzinapa para decir a los familiares de los estudiantes que “Francisco está con ellos”. O sea, algunos signos de solidaridad, así sea tenues, del clero con afectados por la violencia en México.
En su columna Campos Eliseos del martes (El Universal, uno de los diarios más influyentes del país), Katia D’Artigues observó un detalle peculiar expresado también con peculiar sintaxis: “Lo que sí ahora entiendo yo es cómo se sentían los colombianos hace unos años cuando aquí en México se hablaba del peligro de la ‘colombianización’ de México”. Ciertamente en los noventa, durante el gobierno de Ernesto Zedillo, en México se temía a la “colombianización” —que así era planteada—, de manera que esto de los neologismos con gentilicio no suena del todo nuevo en suelo azteca.
En su editorial del miércoles 25, La Jornada resume la actuación reciente del servicio exterior mexicano en relación a sus dificultades para contener la granizada: “En estos meses la cancillería mexicana ha debido procesar, entre otras, observaciones críticas del presidente saliente de Uruguay, José Mujica; el de Bolivia, Evo Morales, y el de Estados Unidos, Barack Obama; de legisladores del Parlamento Europeo; del Comité de la ONU contra la Desaparición Forzada (CED); de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y de organismos independientes como Amnistía Internacional”, en suma, mucho laburo, como dicen los argentinos, para evitar que el techo —la imagen— del gobierno mexicano en el extranjero se venga a tierra.
Por su parte, hasta Joaquín López-Dóriga, conductor del noticiero televisivo más visto del país (del archipresidencialista grupo Televisa), señaló en su columna de Milenio que hay sutiles diferencias entre Francisco y el gobierno mexicano. Lo planteó en estos términos: “El mensaje pegó en el casco del gobierno de México, donde había pegado el misil anterior, nuclear, del anuncio de que no vendría a México este año ni el próximo, cuando en el encuentro del 7 de junio del año pasado, en la biblioteca del Palacio Pontificio del Vaticano, el papa Francisco dijo al presidente Peña Nieto que sí, y le autorizó anunciarlo en público como lo hizo. El aplazamiento indefinido de esa visita ha provocado algo que va más allá del malestar en Los Pinos y en la Cancillería, donde hay quienes lo toman como un pontificio desaire”. Los Pinos es la residencia oficial del Ejecutivo mexicano.
Jenaro Villamil, reportero y articulista de la revista Proceso y del portal Homozapping, entró así al tema: “Que se calle el Papa, que se calle Obama, que se calle Clinton, que enmudezca González Iñárritu, que dejen de indagar los reporteros extranjeros, que se vayan los forenses argentinos, que la ONU deje de juzgar y que dejen en paz a este gran gobierno que ha decidido responder ‘golpe por golpe’ la ola de críticas y animadversión que genera su actitud ante cada expediente conflictivo. Esta parece ser ‘la línea’ de Los Pinos. No lo dicen así, por supuesto, pero las respuestas y las correcciones tienen el tufo regañón de quien no sabe cómo salir de una para entrar a otra crisis”.
En suma, la carta de Francisco agitó el avispero de la opinión pública mexicana, y si bien es cierto que muchos mexicanos rechazaron el parecer del máximo representante del clero católico, otros tantos, acaso resignados, vieron que el Pontífice había atinado, gracias a la información de los obispos emplazados en México, que ciertamente en el país de la virgen de Guadalupe la cosa está “de terror”.
En su artículo del viernes 27 de febrero (publicado en Milenio Laguna), el historiador Sergio Antonio Corona Páez ha resumido bien todo este asunto: “En días pasados, diversas organizaciones no gubernamentales de carácter internacional han denunciado a nuestro país como una nación con una crisis humanitaria. La Comisión de Derechos Humanos de la ONU y Human Rights Watch así lo han hecho. Diputados del Parlamento Europeo han llegado a la misma conclusión.  Incluso el papa Francisco, enterado por los informes de los obispos mexicanos, menciona un hipotético e indeseable proceso de ‘mexicanización’ para la Argentina. De esta manera, México se convierte en paradigma del estado fallido, en gran medida gobernado por narcopolíticos, tiranizado por los grupos de poder a costa de los derechos humanos. Es una verdadera tragedia que un país como el nuestro, llamado a ser grande tanto por su historia y su población como por sus recursos, se haya convertido en una nación de dudosa categoría. (…) La verdadera tragedia es que, como nación, México ha optado no por el ejercicio de la justicia, sino por el amañamiento y las inconfesables complicidades del poder político y económico a costa del bien de los ciudadanos. Esto es la ‘mexicanización’”.

martes, marzo 03, 2015

Cumplimiento de la supervivencia













Cuando un escritor recibe la encomienda de entresacar piezas de su obra con el fin de armar una antología, el libro resultante suele llevar el apellido “personal”. La antología personal —que a mí me gustaría llamar, mejor, “selección personal” para evitar el sutil gesto de soberbia que supone la palabra “antología”— es entonces una especie de automutilación: al elegir, el autoantólogo elimina partes de su propio espíritu encarnado en textos que por alguna razón no dan el ancho o no alcanzan a decir mejor que otros lo que el escritor/seleccionador cree que él mismo es. El producto de esa poda es la antología personal, una especie de autobiografía perfilada oblicuamente, un espejo de mano.
Nadia Contreras (Quesería, Colima, 1976) ha trabajado sobre sus numerosos poemas con el objetivo de definirse en aquellos que a su juicio la retratan con mayor precisión. El resultado es Cumplimiento de la voluntad, hermoso título para un libro que expresa una esencial y conciente profesión de fe literaria, poética en este caso, que desde ya podemos describir como vocación de superviviente.
Autora de Presencias, Caleidoscopio, Visiones de la patria muerta, Pulso de la memoria, El andar sin ventanas, entre otros libros de poesía, ensayo y relato, en Cumplimiento de la voluntad Nadia Contreras agrupa varios de sus poemas y permite apreciar, de un vistazo, que la esencia de su voluntad ha estado puesta al servicio de una minuciosa captación de instantes que a su vez han sido asideros para seguir en pie.
Miniaturista del tiempo, Nadia Contreras toma entre sus manos —que es tomar entre su versos— aquellos flashazos de vida que a la larga son o serán la memoria. Somos lo que recordamos, y lo que recordamos es una coruscante sucesión de momentos que en este caso, gracias al poema, quedan resguardados, protegidos, galvanizados contra la corrosión del olvido y sirven luego como báculos para mantenerse con vida.
La poeta, atravesada por el azoro, observa el exterior y se lo apropia, lo problematiza en su sangre, y clava el pasado no para regodearse en la nostalgia, en lo perdido, sino para reverdecer el presente, para volver a la plenitud de la existencia en el hoy.

Años después, dejo de tomar en serio
los capítulos de mi vida.
Quiero vivir.
Vivir es el término que más se acerca
a mi propósito.

Heredera sin aspavientos de la Nin, la Plath, la Pizarnik y la Peri Rossi, a quienes tributa homenaje en alguna de las páginas que componen Cumplimiento de la voluntad, Nadia Contreras es, como aquéllas, una escritora que proviene del deporte extremo conocido como introspección, ese buceo en agua profunda que permite apreciar, de golpe y sin mayor equipamiento, que en el fondo todo ser humano es un superviviente de los demás y, sobre todo, de sí mismo:

Soy yo la que se desgaja,
la que una mañana despertó en mitad
de las sombras
y al abandono
logró sobrevivir.

Cumplimiento de la voluntad, Nadia Contreras, Secretaría de Cultura de Coahuila, colección Arena de poesía, Saltillo, 63 pp.

sábado, febrero 28, 2015

Match en las nubes














En México decimos “voladito” al niño que luego de hacer una gracia pública es aplaudido y luego no cesa sus intentos por repetir la hazaña: divertir de nuevo a la concurrencia. El resultado, claro, es lamentable: el niño insiste tanto que es necesario frenarlo: “Ya, no seas voladito”, le indica su madre. Ese niño voladito y desconocido para mí es un poco el Gabriel García Márquez que a principios de los setenta entrevista al Pablo Neruda recién premiado con el Nobel.
El testimonio está en YouTube como “Gabriel García Márquez entrevista a Pablo Neruda”, y llegué a él como uno llega a tanta información en la red: por vagabundeo internético. El diálogo fue producido, todavía en blanco y negro, por la televisión chilena. Lo introduce y lo cierra un locutor que habla en cámara lenta y tiene un extraordinario dominio de la torpeza retórica. Si uno resiste las palabras preliminares o simplemente las brinca, al fin aparece lo bueno o se ahorra tiempo valiosísimo y llega rápido a los figurones.
Luego de ese preámbulo saludablemente omitido comienza pues la entrevista, insólita para mí, entre los dos tótems latinoamericanos. Neruda se había agenciado el Nobel en 1971 y a García Márquez le faltaban como diez para que la Academia Sueca se lo diera. Por lo que se puede ver, u oír, mejor dicho, Neruda tiene ya en ese momento una gran admiración por el narrador colombiano, quien para entonces mantenía intacta la imagen de triunfador que de hecho ya no perdió desde el 67, cuando apareció Cien años de soledad, hasta que murió, en 2014.
La conversación es amable, sencilla, nada complicada por referencias culteranas. En uno de sus pasajes ambos confiesan que de alguna manera apetecen ser el otro: García Márquez dice que como novelista sabe que su narrativa tiende a poetizar, y Neruda subraya que su poesía no tiene miedo a ser atravesada por cierto impulso narrativo. El chileno observa algo que vale la pena destacar: dice que envidia a los novelistas, que lee muchas novelas, que le hinca el ojo incluso a las policiales y que, para él, la novela es “el bistec de la literatura”, es decir, la parte más fuerte del platillo.
Lo mejor es ver “en vivo” esta entrevista y aguardar su sorpresivo y jocoso final. De paso podemos sonreír ante la mesura y la madurez de un Neruda ya cabalmente cuajado y un García Márquez algo imprudente, un poco en la pose de genio voladito que asume el escritor cuando la fama lo invade demasiado joven. El colombiano, claro, pronto abandonó ese estilo. Ya no requirió de la pedantería cuando la gloria le cayó encima.

miércoles, febrero 25, 2015

Los grandes foros














Los grandes foros son muy importantes para la manifestación política de quienes no se mueven habitualmente en el periodismo ni en la militancia. El primero que viene a mi mente es acaso el más recordado: aquél en el que los norteamericanos Tommie Smith (oro) y John Carlos (bronce) subieron al podio de ganadores y mientras sonaba el himno de EU levantaron sus manos enfundadas en sendos guantes negros. Ambos asistieron a la ceremonia, además, sin calzado, sólo con calcetines. El gesto de los guantes representaba la lucha de la comunidad afronorteamericana frente al racismo y, en el caso de los pies descalzos, el símbolo de la pobreza en la que vivía la misma comunidad. Pese a que no hubo palabras sobre el escenario, aquello fue, por supuesto, un escándalo. El Comité Olímpico expulsó para siempre a los atletas y cuando regresaron a su país ambos recibieron trato de apestados, no consiguieron trabajo y fueron incluso perseguidos por los grupos racistas más radicales.
Como Smith y Carlos, con palabras o con gestos simbólicos, muchos atletas, artistas y ciudadanos sin notoriedad han aprovechado espacios adecuados para hacer visible tal o cual realidad con implicaciones políticas. No todos tienen el beneplácito general del respetable público, como pasó en aquella Cumbre de 2006 en la que una reina de belleza argentina, Evangelina Carrozo, interrumpió la foto oficial de mandatarios con un cartel de protesta ambientalista. Lo peculiar fue que la chica subió al foro enfundada en un bikini relativamente breve y tan bien instalado sobre su cuerpo que dejó ver al mundo una protesta de curvas escultóricas.
El domingo pasado se oyeron y leyeron en todo México las palabras de Alejandro González Iñárritu durante la noche de su Óscar: “Ruego para que podamos encontrar y construir el gobierno que merecemos”. Más allá de que “encontrar” es producto del azar y “construir”, de la voluntad —de manera que parecen términos contradictorios—, y más allá de que nos guste o no su trabajo, se agradece que el cineasta no haya pasado de largo la oportunidad para intentar una crítica de lo que ocurre en nuestro país.
En lugar, pues, de chaquetear con espots para partidos rémora, o de quedarse callado, dijo unas palabras allí donde resuenan, y eso ya es ganancia en un mundillo (la farándula o “ambiente artístico”) donde los personajes sólo suelen cantar, actuar, dirigir y producir en burbujas de privilegio y millonarias ganancias.

sábado, febrero 21, 2015

Mi dream team gaucho













Acomodar carpetas en el permanente caos de mi computadora siempre trae consigo sus sorpresas. Una de ellas me acaba de alegrar. Hace diez años más o menos trabajé una serie de retratos de los argentinos que más admiro. Mi idea de aquel momento era diseñar una pegatina o sticker (así le llaman ahora, creo) para adherirla en no sé dónde. A esa lista no podría quitarle, hoy, ningún personaje, pero sí añadirle varios, como a José Pedroni y Alejandro Dolina en la literatura, Jorge Cafrune en la música y Osvaldo Bayer en la historia. Sin embargo, así dejo la imagen por ahora, tal y como la diseñé hace una década. Nomás digo brevemente quiénes son y por qué siguen estando en mi dream team gaucho.

1. Atahualpa Yupanqui. El más grande compositor de letras en el folclor argentino y tal vez latinoamericano. Para mí es una especie de padre, un tótem al que oigo con veneración.
2. El Che. Mi primer ídolo político juvenil, el hombre que encarna para mí la totalidad a la que puede aspirar un ser humano.
3. Diego Maradona. El cabrón que ha jugado mejor que nadie, a mi juicio, lo que ya sabemos. Veo las repeticiones de sus jugadas una y otra vez y el asombro me resulta asombrosamente inagotable.
4. Roberto Fontanarrosa. Creí durante muchos años que era sólo Boogie el Aceitoso. Luego supe que era muchos otros personajes diseminados en historietas, cuentos y novelas. El tipo más divertido e inteligente, en esa perfecta combinación, que he escuchado en mi vida.
5. Mercedes Sosa. La voz que a un tiempo representa, para mí, el dolor y la esperanza de nuestros lastimados pueblos. Un amor, la Negra.
6. Jorge Luis Borges. El mejor escritor que he leído y leeré en mi corta vida.
7. Julio Cortázar. Mi primer contacto con la literatura argentina. Sus cuentos fueron el detonante de mis aventuras narrativas iniciales. A su obra le deberé siempre ese estímulo inaugural.
8. Rodolfo Wash. Otro redondo, un hombre de acción y de pensamiento, ejemplo por donde quiera que lo miremos.
9. Roberto Arlt. Una especie de síntesis de lo que es Buenos Aires: soledad, nostalgia, espanto, ternura, fiereza, creatividad, malicia, todo en un solo paquete.
10 Adriana Varela. El tango fue otro cuando oí su voz áspera y pausada. La Gata hizo que por fin yo diera con el intérprete ideal de un género que escucho atento desde la adolescencia.

domingo, febrero 15, 2015

Cascarita con balón de papel















Daniel Lomas me regaló el año pasado esta reseña sobre Polvo somos. Dado su ateísmo futbolero, como él dice, agradezco el esfuerzo y la generosidad.

Puesto que no me preocupa ser un aguafiestas y ganarme la rechifla general, empezaré confesando que soy ateo del futbol. Aclaro: como deporte me parece excelente; como espectáculo, lo más que me suscita son bostezos y zapping. El último mundial que vi con gusto fue México 86; por entonces mis padres habían bautizado a mi hermano menor y de tal festejo había sobrado una cantidad innúmera de cajas de refresco, así que prácticamente desfondé un sillón de la salita por tantas horas que pasé arranado mirando el mundial y emborrachándome con Coca-Cola, a mis irracionales ocho años. Ha pasado el tiempo y hoy ignoro qué me gusta menos: si la Coca-Cola o el futbol. Pero en fin, ni esta parrafada ni tampoco mis preferencias personales han sido obstáculo para que mi lectura de Polvo somos (treinta relatos futbolísticos), de Jaime Muñoz Vargas, fuera placentera y haya arrancado carcajadas a un descreído del balompié.
Obvio que el eje del libro es el futbol; sin embargo, creo que a la par se trata de un pretexto para que salten al papel diversos jugadores: las pasiones, la envidia, la sed de fama o dinero, los destinos truncos, la resurrección de rencillas por viejos amores y hasta una conmovedora cátedra de ética impartida por la batuta de un alcohólico en la pizarra de la traición. En suma: una ración de la vida de la gente, o la representación en letra de la vida.   
De los diez cuentos con que arranca Polvos somos, me agrada especialmente que los personajes sean deportistas de los llanos (o de la Liga Municipal de Gómez). Es decir, son seres minúsculos, de escasísima gloria. Así vemos a los empleados de Carnicería Bustamante, de Güicho Ferreteros, de Tortillería La Chinita o de Vulcanizadora Goliat, saltar al terreno de juego con muchas ganas de aterrarse (de tierra, claro está, y no de miedo). Por cierto, los motes o alías bajo los cuales se dibuja a los personajes son muy buenos y en ocasiones irónicos. Efraín Quiñones, El Mula, posición central, es más que nada un quebrantahuesos de profesión que ya les molió las tibias y peronés a varios de sus contrincantes. Zoilo Pantoja, Metralleta, un flamante goleador que a la hora de la verdad y en medio de un partido de campeonato vuela un penalti. Lauro Meza, el Trucutrú, quien jamás ha acertado un gol, cierta noche se va de farra con sus cuates y goza de los excesos del tabaco, el alcohol, la comilona, las mujeres y el bailongo; al día siguiente, aunque extenuado por la resaca, le ocurre un milagro: anota tres goles de un jalón; supersticiosamente cree que su buena estrella radica en la serie de disparates cometidos la noche anterior, de ahí que tratará de reproducirla (sin éxito) y morirá de catarrín. Un vendedor de aguas frescas que entra de relevo a ocupar el silbato del árbitro; un estilista afeminado que arma su escuadra sobornando a la palomilla del barrio: promete pagar uniformes, arbitraje, carne asada; un vendedor de semillas que anota fortuitamente un gol, son algunos de los detonantes para crear y crecer las historias. De alguna forma, esta primera sección nos retrata pequeñas biografías, teñidas por el recuerdo de las penas y glorias a que pueden aspirar estos héroes anónimos. Recuerdo aquí lo que escribió Marcel Schwob: “El arte del biógrafo sería otorgar el mismo valor a la vida de un pobre actor que a la vida de Shakespeare”.
En Polvo somos hay un manejo cuidadoso del detalle. En alguna entrevista Rulfo comentó que en la literatura los árboles no se llaman árboles ni los pájaros se llaman pájaros: se llaman sauces, ahuehuetes y mezquites, se llaman cuervos, zopilotes y colibríes. Sólo interesa pues lo particular, lo único. Hay un refrán que quizás viene a cuento: “Dios está en todas partes y el Diablo en los detalles”. En ese sentido, el libro de Jaime Muñoz Vargas está escrito con mucha pezuña de diablo, con fina minucia; al grado que a veces, valiéndose del truco de la reticencia, se contiene la respiración y se esconden maliciosamente los detalles para que el lector no los vea sino en el momento preciso y entonces lo golpeen con la contundencia de la sorpresa.
En la segunda sección de Polvo somos figuran 19 relatos. Si lo pensamos bien, es un amplio desfile de personajes. “Willy desde dentro” narra la historia de una joven promesa del balompié que ha acabado metido en el fracaso: ni más ni menos que en una botarga, con la que anima los partidos a ras de pasto, mientras por dentro lo achicharra la envidia y el odio que le despierta un amigo, un compañero de cascarita que sí ha triunfado en primera división. “Para escapar de Malisani” es un aguafuerte de gánsteres futboleros en que un mexicano ha ejecutado una trácala y ha estafado así a unos estafadores argentinos, que ya es mucho decir, y ahora por tanto es víctima de una persecución a muerte. “Cábala gitana” cuenta la historia del más raro amuleto con que ha cargado un futbolista: un hámster vivo entre las ropas durante los 90 minutos. “Futbol intergaláctico”, uno de los cuentos que más disfruté, nos narra un partido ocurrido en el año 6044 o 4066, cuando ya no quede ni un átomo del mundo que hoy habitamos; es una visión futurista y alocada del futbol. “Charla con Pelé”, una visita del astro brasileño a La Comarca Lagunera. “Partido eterno”, un juego que dura poco más de quince horas. Asimismo, un árbitro abucheado no sólo en las canchas sino también en calles, autobuses y cantinas; un poeta futbolero, y hasta una sutil crítica del fanatismo con que se vive la religión del futbol en un país desmoronado por la violencia de incontables muertes, son algunas de las premisas desde las cuales se catapultan las ficciones.
Es válido afirmar que los relatos de Polvo somos parecen recién salidos de la peluquería, pues vaya que su autor (que en otros libros ha dado muestras de largo aliento, por ejemplo en su última novela Parábola del moribundo) ha decidido esta vez frenar la pluma y usar la tijera de la poda y encapsular al máximo las historias, en las que no sobra ni un flequillo de más. Son pues ficciones bien recortadas como calcomanías.
Cierra el volumen un cuento largo y (el adjetivo no es exagerado) genial: “Mancha sobre mi padre”. El meollo de esta historia es la traición, pero no una traición cualquiera sino una ética traición. El personaje central es el viejo don Aristeo, quien por cierto aparece excelentemente dibujado desde las primeras líneas, desde ya pegado a perpetuidad al vaso de cerveza. Es una especie de paradoja ver a este alcohólico consuetudinario que se dedica al deporte, así sea por detrás de la raya de cal, pues dirige a un equipo infantil, y, por si fuera poco, lo hace con bastante tino. Ajá, pastorea al equipo a lo largo de jornadas y más jornadas, hasta que logra conducirlo a la gran final. Pero entonces acontece algo extraño: el viejo Aristeo vende el partido, pacta la derrota. ¿A cambio de qué se ha prestado a cometer semejante infamia?, he ahí la incógnita. Por otra parte, amarillea en el cuento un aire bellamente nostálgico, como de fotografía del pasado. Quien nos narra la anécdota es el hijo del director técnico, que a su vez fue jugador del equipo y que muchos años después de ocurrida la traición todavía seguirá sin comprender por qué demonios su padre vendió el partido más importante, y no descubrirá la verdad sino al cabo de un velorio. Sin duda el lector tiene garantizada aquí una historia de profundo humanismo.
Creo que he dejado claro que prefiero por mucho revisitar Polvo somos que extasiarme en bostezos ante cualquier partido del mundial que se avecina (por si alguien lo ignora, informo: la sede será Groenlandia 2015). Lo bueno del futbol en la vida social de la Comarca Lagunera es que arrastra consigo carne asada, cervezas y festiva amistad. Agrego una posdata: del mundial México 86 no solamente recuerdo la legendaria tijerita con que Manuel Negrete convulsionó al estadio Azteca, llevándolo al borde del infarto colectivo; también recuerdo los comerciales televisivos con cancioncilla y baile sexy: los de la Chiquitibum.

Polvo somos (treinta relatos futbolísticos), Jaime Muñoz Vargas, Axial-Colofón-Arteletra, México, 2014, 134 pp.

sábado, febrero 14, 2015

Otra vez: supérenlo














Ya lo sabemos pero nunca está de más repetirlo: hace rato que pasamos lo malo y ahora estamos en lo pésimo. Cuando pensábamos que nada podía ser peor que el sexenio calderonista, ese pasado inmediato en el que los crímenes de lesa humanidad fueron política de gobierno, ahora vemos que todo desastre tiene posibilidades de empeoramiento. Lejos de restañar las incontables heridas que dejó aquel régimen asesino y todos los demás desde que llegó Hernán Cortés a Veracruz, el actual parece empeñado en batir marcas, en agrandar su mendacidad y terminar convertido en lacra histórica.
Cada semana acumula tantos agravios que por lo cotidiano ya casi ni gravitan en el ánimo de la opinión pública. Nos hemos acostumbrado hoy y mañana y todos los días a convivir con información que ni en el caso de la prensa más entreguista alcanza para cubrir la desnudez del aparato de la corrupción institucionalizada. Todas las mañanas, antes de que salga el sol que en teoría debe renovarnos la esperanza, despertamos con una pregunta que infaliblemente obtiene respuesta: ¿ahora quién nos dio un llegue? Sin falta acude luego la noticia: José Murat el de Oaxaca o cualquier José Murat con otro nombre es pillado con las manos en la casa. Y si no es en la casa, es en el penthouse gringo o en las inversiones en dólares o en el tráfico de influencias o en el peculado o en la asociación delictuosa. El saqueo, pues, es diario y es infinito, pero como no se traduce en movilizaciones de alto impacto (un paro nacional, por ejemplo) todo concluye en memes sumarios.
Además de la balconeada inmobiliaria al ex góber oaxaqueño, esta semana nos reportó una noticia que en teoría debió provocar un horror similar al provocado por un ingreso al castillo de Drácula, pero que, al contrario, pasará como anécdota a los anales del enmierdamiento nacional. Me refiero, claro, a las transferencias de dólares que muchos patriotas de México colocaron en cuentas norteamericanas. La cifra es diabólica sobre todo porque significa un incremento de 35.5 por ciento con respecto de la que había en 2012: 54 mil 550 millones de dólares. Con los ahorritos en dólares ahora las cuentas de mexicanos en EU alcanzan los 73 mil 927 millones, es decir, en lo que va de este justiciero sexenio las transferencias han sido de 19 mil 377 millones.
Pero no pasa nada. Esto y todo lo demás queda resuelto con un verbo imperativo: supérenlo.

miércoles, febrero 11, 2015

La máquina delincuente











A veces en un tuit puede caber, muy compactamente apretada, una idea apta para algún despliegue ulterior. Eso hago aquí. Hace poco escribí en el soporte de los 140 caracteres el siguiente barrunto: “Este es el paraíso del poder. Manipula el juego electoral, concede migajas, controla desde los medios, reprime a tiempo. Una máquina exacta”. Me refiero en tal puñado de palabras a lo que ahora llamaré “la máquina delincuente”, ese aparato aparentemente mal hecho, deficiente y destartalado pero en realidad perfecto, funcional a sus fines.
Esto que comparto es apenas una intuición, y sé que requeriría a su vez, como el tuit, mayor desarrollo. Pese a eso, no creo que se ubique tan lejos de la realidad. Los mexicanos de a pie sentimos y afirmamos todos los días, casi tras cualquier provocación, que nuestro gobierno, del nivel que sea, es una porquería. Percibimos que nada funciona bien, y en efecto nada funciona bien, como en el “primer mundo”. Si vamos a un hospital público, notamos que todo es precario, que la atención es menos que mediocre; si metemos las narices en el sistema educativo, advertimos que nuestros rezagos en la materia son catastróficos; si indagamos en la condición del medio ambiente, notamos que la cosa pinta horrible. Y así sucesivamente, todo parece estar tocado por el defecto, por el desacierto, por la carencia. Nada funciona en términos cercanos al ideal de buen funcionamiento, y así vivimos, siempre bajo el peso de una permanente e impotente insatisfacción.
Lo que no solemos pensar es esto: para que todo siga funcionando mal —o si mucho de manera mediocre— sin que la sociedad estalle es necesario que algo funcione muy bien, casi me atrevo a decir que de maravilla. Eso que funciona con excelencia en México es, precisamente, la máquina delincuente. El engranaje de este aparato es una proeza de la mecánica social. Si lo observamos con detenimiento, todas sus partes funcionan a la perfección, sin alterar nunca su exacto tic-tac.
Todo está previsto en esa máquina. Tiene elecciones legitimadas por los ciudadanos, pero el control y las reglas son propiedad exclusiva del aparato. Tiene, gracias al insumo electoral, el dominio de presupuestos y leyes, de manera que orienta todo hacia el beneficio de la misma máquina. Si algo sale mal, ella misma investiga y resuelve, por supuesto siempre a su favor. Y si hay desbordamientos, no le falla nunca el dispositivo para vigilar y castigar. Controla asimismo la información, el manual del usuario. En una palabra: controla todo.
Su principal virtud, sin embargo y como ya dije, es parecer defectuosa y hasta desechable. En suma, el triunfo de su perfección es hacernos creer que es imperfecta.