sábado, octubre 18, 2014

Darnton contra cinco mitos














Leí por primera vez, y única, a Robert Darnton (Nueva York, 1939) en 1995, poco después de haber comprado en mi rancho La gran matanza de los gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa (FCE, 1987). Quedé maravillado, pero luego pasaron los años y los años y jamás tuve a merced algún otro libro suyo. En aquel tiempo supe que Darnton ya era considerado una autoridad en materia de siglo XVIII francés y especialista —al nivel de Roger Chartier— en el apasionante tema de los libros y la lectura. Entre otros blasoncillos, egresó de Harvard e hizo su doctorado en Oxford, y entre sus reconocimientos destaca que fue nombrado caballero de la Legión de Honor por el gobierno francés.
Pese a que no conseguí otro libro de su cuño, con frecuencia hallaba su nombre en la prensa cultural, siempre asociado al universo dieciochesco franchute o al tema siamés libro/lectura, como en el artículo “Cinco mitos sobre la era de la información” publicado por la revista Nexos con traducción del torreonense Antonio Saborit. Allí Darnton enlista falacias que, esto lo afirmo yo, en cierto grado pueden contener algo o mucho de verdad, no ser tan míticas como parecen, y por tanto podrían merecer, al menos, una mínima objeción. Por provenir de alguien que sabe de lo que habla, quiero comentarlas, dado que también se refieren a algo que me atañe como profesional y como transeúnte: qué tanto se publica hoy y qué tanto se lee.
El primer mito que Darnton desea echar abajo es este: “El libro está muerto”. Con datos duros muestra que eso es falso de toda falsedad, como dice el filósofo Santiago Creel. El experto norteamericano señala que nunca se habían publicado tantos libros como en este tiempo (un millón de nuevos títulos en 2011) y que la tendencia es que la producción aumente año tras año, no que decrezca. Pues sí, el mito de que el libro está muerto es eso, un mito, pero a la hiperproducción demostrada con un criterio cuantitativo se le puede enfrentar el cualitativo. No es necesario ser un entendido para apreciar, con accesos frecuentes a las librerías, que la producción en efecto es incesante, pero también que una muy gorda parte de ese total la ocupan libros cuya importancia es nula en casi todos los términos, menos en el de subrayar su adscripción a uno de los varios nichos ocupados por el libro de ocasión.
Al segundo mito, que “Hemos accedido a la era de la información”, lo despacha con total facilidad; para él, todas las eras son las eras de la información, cada una con los medios asequibles en su momento. El tercero, que “Toda la información está en línea”, lo rebate diciendo que es absolutamente falso, pues nomás de pensar en todos los millones de papeles sin digitalizar contenidos en miles de archivos da para asegurar en que se trata de un mito. El cuarto, que “Las bibliotecas son obsoletas”, lo plantea en estos términos: no lo son en la medida en la que han pasado de ser sólo bibliotecas de papel a bibliotecas digitales o híbridas, o sea, con funciones que van más allá del control y préstamo de libros. Por último, que “El futuro será digital”; él cree que no, que lo digital no desplazará al papel, sino que la digitalidad enriquecerá, sin matarlo, al soporte físico.
Estemos o no de acuerdo, lo cierto es que no es un asunto menor el planteado por Darnton. La lectura, el libro, la información, internet, en todo eso fluye información casi como si allí fluyera la sangre de la humanidad.

miércoles, octubre 15, 2014

Leer a (y según) Sasturain










No sabía que Juan Sasturain andaba en México. Se apersonó, según leo, en la Feria Internacional del Libro en el Zócalo, donde dialogó con Taibo II sobre, claro, literatura. A Sasturain lo conocí en 2007, en la FIL de Guadalajara, y ya era lo que sigue siendo: uno de los mejores escritores argentinos de este tiempo. Desde entonces he ido sumando lo que he podido de su obra, lo que he hallado a merced, aunque no precisamente en México. Tengo pues parte de lo que ha escrito en tres géneros: cuento, novela y artículo periodístico. Para nosotros lo más fácil es leerlo mediante la prensa, pues es colaborador habitual de, sobre todo, Página/12. Allí, mediante internet, podemos calar su buena prosa, sus siempre ingeniosos enfoques de la realidad, como aquel deslumbrante correlato titulado “Lionel Messi, autor del Quijote” (búsquenlo y verán que no exagero; trata sobre el “plagio” de Messi al más famoso gol de Maradona).
Apenas hace unas semanas, en el puente propiciado por los días llamados “patrios”, leí de un jalón Los sentidos del agua, espléndida novela escrita en clave humorístico-policial. Lo asombroso (esto puedo presumirlo muy poco, dado que mi vista ya anda cascabeleando) fue que me la eché, como digo, de dos sentadas, y eso que no es un libro tan breve. ¿Qué pasó, entonces? Pues que la prosa de Sasturain, ágil y poética a un tiempo, aunada a las bondades de la anécdota que allí cuenta y a la administración del suspenso, facilitan el hechizo.
Este autor estuvo o está, pues, en nuestro país, y ayer, en entrevista para La Jornada, habló sobre la lectura, uno de esos beneficios personales y sociales que lamentablemente está en peligro de extinción. No es, obvio, infrecuente que a los escritores les pregunten sobre la lectura. De hecho, es tan común como la pregunta “¿en qué se inspira usted para escribir?”. Con gusto leo que Sasturain no da recetas, o da una sola, la única importante: que leer es o debe ser una forma del placer, una manifestación más, entre las muchas que hay, de la alegría ingresando a nuestras vidas.
Quienes, por cualquier razón, leemos, sabemos que la dualidad lectura/placer es fundamental, indisociable. De hecho, no podemos concebir ese acto como una obligación o como un castigo; ni siquiera, incluso, como una pose para lucir muy fufurufos así nomás, sino como una experiencia casi sinonímica de la felicidad. El énfasis, entonces, de cualquier recomendación, campaña o propuesta de fomento a la lectura debe estar puesto en el placer, no en las abominables amenazas que a veces son infligidas a los no lectores, ésas que los condenan al infierno de la ignorancia o les prometen un futuro sin progreso. Ciertamente, no leer a veces acarrea consecuencias de esa índole (sobre todo de la primera, la ignorancia), pero es peor, a mi juicio, o casi peor, no informar que leer puede servir acaso, quizá, es posible, para añadirle un poco, aunque sea un poco, de alegría a nuestra apaleada existencia.
“La pregunta es si somos lectores habituales, ¿por qué lo somos? Porque nos gusta y encontramos placer en hacerlo. Primero leí, porque disfruté de ello y quise seguir leyendo porque encontré en el ejercicio de la lectura un modo de placer. Hay muchas formas de placer, y la lectura es básicamente un acto placentero”, apunta Sasturain.
El escritor argentino abunda sobre la lectura y las nuevas tecnologías, e insiste que la naturaleza de esta práctica debe inclinarse en primer término al hedonismo. Todos los otros beneficios, que los hay, vendrán por añadidura. Así entonces, a refrenar en las escuelas y en los hogares y en los medios de comunicación la inquisitorial noción de la lectura obligatoria y destacar el otro enfoque: la lectura placentera que por serlo puede convertirse en simple y cotidiana alegría.

domingo, octubre 12, 2014

Dijo no












A veces
muy a veces
casi nunca pero a veces
aquella mujer vuelve.

La miro igual
linda, evasiva, distante
con un mechón de pelo sobre la frente pequeñita
las manos anudadas
inmensa en la belleza de todo su silencio.

La noche, al lado
es una escenografía propicia
y entonces
luego de meses
me brotan aquellas palabras
las mismas de siempre
y ella dice no
lo lamento pero no
bajito
y me hundo
hasta llegar
sin prisa
luego de otras tantas derrotas
a este recuerdo
a esta cuartilla
nacida en el útero de aquella negación
de aquel deseo aniquilado
con dos letras.

sábado, octubre 11, 2014

Tras la cortina










Un día después de celebradas las marchas en todo el país y varias manifestaciones de repudio en el extranjero, un “duro golpe” al narcotráfico no pudo hacerse esperar en la ya acostumbrada administración por goteo de las detenciones viaipí (la captura se dio, vaya maravilla de la proximidad, en un sitio que recorro todos los días laborables). Esta noticia, por supuesto, alentó el sospechosismo nacional y sirvió para demostrar, por milésima vez, que los performances de seguridad siempre quedan demasiado casualmente cerca de los acontecimientos que ponen en entredicho la eficacia de nuestros gobiernos, sobre todo del federal.
Pero la cortina, o lo que al menos parece una cortina, no tuvo efectos destacables más allá del alboroto en el gallinero informativo. La razón es elemental: no se puede tapar el sol de las masacres y las desapariciones con el dedo de una captura tan aterciopelada que suena a fantasmagoría: un meganarco y su modesto escolta son detenidos sin disparos, con una eficacia quirúrgica. Así nomás. No hay otros compinches cercanos, no hay más datos que lleven a pensar en nada que no sea el golpe mediático en sí, casi al estilo de García Luna Films S.A.
El problema de Guerrero, por otro lado, sigue escalando, y aunque EPN declaró —en un mensaje, es verdad, caracterizado por una notable torpeza retórica— que las investigaciones llegarán hasta el fondo sean quienes sean los culpables de la atrocidad, lo cierto es que a dos semanas de ocurrida la desaparición de los normalistas el caso cada vez se enreda más y muestra los rasgos habituales de las indagatorias mexicanas: opacidad, obstaculización de la investigación, mensajes encontrados y, por todo, falta de resultados concretos y plenamente satisfactorios.
Amnistía Internacional señaló ayer, por esto, que “Las familias de los estudiantes desaparecidos continúan sufriendo las consecuencias de una investigación judicial caótica y hostil”, y añadió que tras el hallazgo de las cuatro fosas “aún no se ha visto que los peritos internacionales reconocidos por los propios familiares de los desaparecidos hayan podido acceder a las fosas para realizar su trabajo”.
Lo anterior se refiere a los forenses argentinos que, dada su experiencia en esta materia, fueron convocados para colaborar en el esclarecimiento de los hechos. El vocero de Amnistía Internacional puntualizó lo obvio: “si el gobierno federal es serio en sus promesas de una investigación ‘a profundidad’, medidas básicas como ésta deberían estar garantizadas desde el primer momento”.
La dilación y el embrollo de los procedimientos forenses y judiciales, los sabemos, sirven para dar tiempo que permita la maniobrabilidad política. Lo lamentable en este caso es llegar al extremo de enturbiar las investigaciones en función del control de daños (políticos) y no obrar en la lógica de lo que se exige a las autoridades: avanzar sin límites en el esclarecimiento de los delitos y satisfacer sin rodeos la exigencia de los resultados demandados tanto por los familiares como por la sociedad.
Estamos pues ante un escenario cuya brutalidad desnuda al poder, y por eso la cortina del jueves ya no rindió buen dividendo. Se necesita mucho más para ocultar lo que pasó y sigue pasando en Iguala.

miércoles, octubre 08, 2014

Paraíso de la impunidad














Sé que México no es el único punto de la Tierra acosado por la corrupción, el crimen y la impunidad, en este orden. Zonas conocemos en las que no falta día sin que emanen de allí cables internacionales que notician sobre muertos, despojos, agresiones y total desbarajuste del estado de derecho. México, pese a que todavía podemos respirar, no es empero un dechado de paz y calidad de vida. Al contrario. Quién sabe en qué punto del calendario podemos colocar la fecha en la que el desmadejamiento de la tranquilidad se ha visto acelerado por masacres que nos instalan como campeones mundiales, o serios competidores, en materia de barbarie recurrente. ¿Dónde, en qué momento comenzó la descomposición hoy galopante? ¿En el 68? ¿En el 88? ¿En el 2006? ¿En 2012? En realidad, el estrago de la vida institucional ha sido acumulativo. Cada hito ha puesto su granito de escoria hasta llegar a lo que admiramos hoy: el espectáculo de la bajeza moral en todo su esplendor, ya sin cortapisas ni atenuantes.
México es un país de matanzas, y en su frecuencia está exhibido, como en marquesina, un mensaje: se dan a cada rato porque todas derivan en la impunidad. Si fueran castigadas, si alguna institución, la que sea, llegara “hasta las últimas consecuencias” como se dice en los discursos, estos despiadados atropellos no se darían o serían más esporádicos, tanto que volverían a asombrarnos.
Pero no. Así como nos informamos sobre el clima o los resultados de la jornada futbolera también llegan, a granel, todos los días, notas frescas sobre fosas clandestinas en las que no se encuentran uno o dos fulanos, sino diez, quince, veinte o más, y siempre con los signos de la brutalidad terminal que los deja irreconocibles, a veces desmembrados o semiquemados, como si matarlos con un balazo fuera poco y siempre se requiriera algún encono elevado al cubo. Con estos hallazgos “macabros”, como los adjetiva la prensa ya poco creativa y también víctima de las repeticiones producidas por nuestro México bárbaro, reanudamos nuestro estupor tuitero y feisbuquero y al día siguiente le damos carpetazo como luego, en escenarios solemnes, las autoridades también lo darán no sin antes avisar que se actuará diligentemente, con todo el peso de la ley y caiga quien caiga.
Esto que digo es lo mismo que veremos repetirse en el caso de la matanza de jóvenes normalistas en Iguala. El hecho, creo, da para luto nacional, para vergüenza de México, para implacables manos a la obra de las autoridades con el fin de esclarecer los hechos y evitar que se repitan no sólo en Guerrero, sino en cualquier otro estado del país. Pero el evasivo discurso de Peña Nieto y todos los que vengan en el camino son cabeceos de boxeador, bending, recorrido de lona mientras se desinfla el espanto, mientras se le ven las implicaciones políticas al tema y se calcula si conviene presionar a los acomodaticios pactistas de Nueva “Izquierda”, soportes del gobernadorzuelo cuyo mejor resultado como ejecutivo guerrerense es el decidido impuso que le ha dado a las casas funerarias.
Aguas Blancas, Acteal, San Fernando, Durango, Iguala… México, país de masacres, paraíso de la impunidad.

sábado, octubre 04, 2014

El Matamoros naciente de 1848




















Cerca de veinte años han pasado desde que trabé un primer contacto con el licenciado Sergio Antonio Corona Páez. Le digo así, licenciado, porque en aquel momento él sólo había terminado su licenciatura en comunicación y ambos nos estábamos conociendo en las aulas donde aspirábamos a conseguir una maestría en historia. Recuerdo al Sergio de aquellos años y asombrosamente es el mismo Sergio con el que sigo conviviendo ahora. No ha cambiado, es un hombre de una sola pieza: trabajador, responsable, educado, justo y sumamente lúcido, tanto que para mí es ya, desde hace varios años, el mejor historiador que nos haya dado la comarca del Nazas.
Para probar esa afirmación no apelo al sentimentalismo que genera la amistad. Sería absurdo que yo dijera eso y para demostrarlo sólo blandiera como argumento que afirmo lo que afirmo porque “así lo creo” o “así lo siento”. No. Sergio es lo que digo porque luego de concluir su maestría y su doctorado en historia, ambos con los máximos honores, ha venido configurando una obra cuyo valor ha sido y está siendo reconocida sobre todo en el exterior. Mientras esa obra se ha topado aquí con una mezquindad pedestre, subterránea, chirinolera y en más de un momento tan perversa como obtusa, en círculos académicos del exterior han sabido aplaudir los avances alcanzados por Corona Páez como historiador de nuestros ámbitos.
Su obra cúspide, su Quijote, lo sabemos, es La vitivinicultura en el pueblo de Santa María de las Parras, texto con el cual alcanzó el grado de doctor. Ese solo libro bastaría para justificarlo como historiador, pues ante los ojos del mundo académico especializado en estos temas reconstruyó la vida económica y social de Parras en torno al cultivo y usufructo de la vid. Investigadores de España, Francia, Argentina, Perú, Italia, Alemania, Estados Unidos y por supuesto México le han hecho llegar no sólo felicitaciones, sino que lo consideran (lo consideran porque lo es) la máxima autoridad mundial en vitivinicultura del sur de Coahuila.
Ahora bien, ¿Corona Páez es sólo La vitivinicultura en el pueblo de Santa María de las Parras? Para responder esta pregunta debo hacer un pequeño rodeo. Entre muchas otras, una de las virtudes que arropan a todo historiador consumado es la erudición, ese conocimiento no sólo diverso, sino profundo, que los investigadores de vocación van acumulando año tras año y
que les permite saber de todo un mucho, de suerte que, para poner nomás de ejemplo a Corona Páez, este lagunero entiende obviamente de historia y también de economía, de estadística, de antropología, de genealogía, de lingüística, de teología, de sociología, de arte, de todo lo que en suma ha ido adquiriendo mientras reconstruye con documentos la vida material e inmaterial de sociedades pretéritas.
Así entonces, junto al inmenso saber vitivinícola parrense que le ha granjeado elogios aquí y allá (más allá que aquí, por desgracia), el doctor Corona Páez viene amasando un cúmulo de información ya harto respetable, y nada anecdótico, sobre el pasado lagunero. Sus estudios sobre las etnias que forjaron La Laguna, sobre la cultura que aquí echó raíces, sobre el surgimiento de la economía creada alrededor del algodón y sobre muchos asuntos más, lo revelan como revelador de nuestro pasado, como el investigador que más y mejor ha explicado la larga duración de La Laguna.
No es poco mérito. Aclarar de dónde venimos, quiénes somos, por qué pensamos así, de dónde proviene nuestra mentalidad, qué y cuánto fruto cosechamos, importa un valioso aporte no sólo a la historia en tanto rama de las ciencia sociales, sino al sentimiento de pertenencia que fortalece nuestra autoestima social.
El libro Padrón y antecedentes étnicos del rancho de Matamoros, Coahuila en 1848 es una obra espesa de virtudes. Nuevamente exhibe la obsesiva disciplina del autor, su competencia no sólo como científico, sino también su amor al pasado de La Laguna y su deseo de establecer las coordenadas documentales que nos ayuden a entender de dónde venimos. Con este libro, basado en el padrón levantado en 1848 por Anacleto Lozano, cura-teniente de Viesca, y complementado con la gran pericia genealógica y estadística del autor, se comprueba la hipótesis sobre el engarzamiento, sin solución de continuidad racial y cultural, de Saltillo, Parras, Viesca, Matamoros y, al final, Torreón.
Como el propio autor lo observa, la sola transcripción del padrón hubiera sido útil, así que más lo es con el complemento sobre la calidad étnica (indio, mestizo, español, mulato, lobo, coyote, etcétera) de quienes poblaron el incipiente Matamoros durante el primer tercio del siglo XIX.
Prologado por el profesor Matías Rodríguez Chihuahua, el auspicio de esta edición lo debemos a la Escuela de Ciencias Sociales de la UAdeC en Saltillo y a la Universidad Iberoamericana Laguna. Decir esto así, institucionalmente, es algo abstracto, por eso me parece oportuno señalar que tales instituciones académicas no hubieran apoyado esta edición sin el generoso impulso de Carlos Manuel Valdés Dávila, por la Universidad Autónoma de Coahuila, y de Héctor Acuña Nogueira, por la Universidad Iberoamericana Torreón. A ellos, y al doctor Corona Páez, por supuesto, debemos este nuevo aporte al conocimiento de nuestro pasado común, el pasado multicentenario de la comarca lagunera.

Padrón y antecedentes étnicos del rancho de Matamoros, Coahuila en 1848, Sergio Antonio Corona Páez, UAdeC-UIA Torreón, Saltillo, 2012. Texto leído en la presentación de este libro celebrada en Matamoros, Coahuila, el 17 de abril de 2012. Participamos el profesor Matías Rodríguez, el autor y yo.

miércoles, octubre 01, 2014

Visiones de nuestro policial




















En los tres años precedentes recibí sendas invitaciones a la Conferencia Internacional de Literatura Detectivesca en Español (CILDE) organizada por la Texas Tech University sita en Lubbock, Texas. Mi visa se venció en 2008 y no he podido/querido renovarla, así que en aquellas ocasiones me quedé con las ganas. Este año, sin embargo, Gerardo García Muñoz, mi enlace con la CILDE, me informó que la cuarta edición se celebraría en coordinación con la UNAM, y ahora sí asistí. Fue una experiencia sumamente grata, pues tuve la oportunidad de escuchar y conversar con colegas interesados en la vertiente narrativa de lo policial, un área de nuestra literatura que en los años recientes ha producido obras de altísimo calibre.
Luego de años y años en los que la narrativa policiaca fue confinada en el gueto de lo comercial debido sobre todo al facilismo de sus tramas y al esquematismo de sus personajes, muchos escritores la usan ahora para expresar la complejidad de nuestras sociedades, y ya no como divertimento asequible a bajo precio en puestos, o kioscos, de revistas. El invento de Poe tuvo que pasar en América Latina por un sinnúmero de prejuicios hasta llegar, pues, a cultores como Leonardo Padura, Élmer Mendoza, Juan Sasturain o el mismo Vargas Llosa, artistas que sin renunciar a los guiños de lo policial han convertido sus relatos (por los personajes, por las estructuras, por los estilos, por el tratamiento de lo político) en obras que no le piden nada a las historias no detectivescas.
El prejuicio contra lo policial no existe entonces en autores y críticos que, al contrario, ven en esta modalidad narrativa una veta casi inagotable de tramas y personajes y, por ello, la consideran uno de los mejores espejos de la realidad en la que nos movemos. Y no puede ser de otra manera: si nuestra realidad es azotada por plagas como la corrupción, la impunidad, la opacidad administrativa, la violencia, la inequidad y sus respectivos etcéteras, todos delincuenciales, el registro de ese universo pesadillesco no tiene mejores moldes que el cuento y la novela policiales.
Por eso el gusto que tuve al conversar con Rodrigo Pereyra y Jorge Zamora, los organizadores de la TTU de Lubbock, y con todos los participantes. Por ejemplo, con la maestra Yolanda Bache, de la UNAM, quien describió la novela El México de Egerton, escrita con tintes policiacos por Mario Moya Palencia. También, el acercamiento al género en Perú con “Violencia política, denuncia social e identidad nacional en la obra de Santiago Roncagliolo, Abril rojo”, por Roberto Fuertes (Midwestern State University), o la brillante exposiciónMasculinidades en competición: la violencia, la consecuencia y los cambios de hegemonía representados en Un asesino solitario y Balas de plata de Élmer Mendoza”, del académico David Hancock (University South Carolina). También, “Una revisión esquizofrénica de cuatro narconovelas mexicanas contemporáneas”, por Gerardo Castillo (Benemérita Universidad Autónoma de Puebla), y José Salvador Ruiz (Imperial Valley College) y Filemón Zamora (Sul Ross State University), respectivamente, con “Baja criminal: una revisión de la literatura negra y policial reciente de Baja California” y No me da miedo morir de Guillermo Muro, ¿un nuevo tipo de novela de la frontera?”. Para cerrar, Gerardo García (Prairie View A&M University) habló sobre “Adolfo Pérez Zelaschi y la doble faz del cuento policial argentino” y Jelena Mihailovic (The City University of New York) de “Pasados presentes y crímenes sugestivos: reconstrucción de la memoria en la novela policial argentina de los últimos años”. Como maestro de la Ibero Torreón, compartí un comentario titulado “Violencia y vulnerabilidad en Teoría del desamparo, novela de Orlando Van Bredam”.
No creo exagerar, y por eso mi interés en lo policial, si digo que la literatura de este corte (y sus derivados) goza de excelente salud en América Latina, de ahí la importancia de no perderle la huella y seguir, hasta donde sea posible, explorándola.

sábado, septiembre 27, 2014

Viaje alrededor del mundo en 250 páginas












Desde hace unos cinco años pienso con frecuencia en aquel libro. Llegó a la casa familiar como regalo en la compra de una enciclopedia, la Británica o la Grolier, quizá la Salvat, no sé. Recuerdo su formato grande, como tabloide, su pasta dura, su buen encuadernado y el papel brillante y bien impreso a color de todas sus páginas, como de revista gringa. Lamento no recordar el título, lo que contrasta con la excelente calidad de las fotos que conservo en la memoria. Era un libro gordo, de al menos 250 páginas, y por su tamaño pesaba tanto que sólo podía ser hojeado en una base de apoyo, sobre una mesa.
Las fotos hacían un recorrido por las edificaciones más importantes construidas por la humanidad y algunos portentos de la naturaleza: edificios, puentes, casas, presas, catedrales, museos, cataratas, ríos. De cada obra o escenario natural, varias tomas full color desde distintos ángulos. Además, un texto aledaño, sencillo e instructivo. Para despachar cada zona del planeta, creo que su índice procedía por continentes, pero eso no puedo asegurarlo.
Una de mis secciones favoritas era la inicial. En las primeras páginas, antes de llegar a las edificaciones modernas más impresionantes, el libro describía, también con abundantes imágenes, las siete maravillas de la antigüedad. Sin información previa ni guía de nadie, yo metía los ojos en aquellas páginas y con verdadera delectación leía y releía lo que se afirmaba sobre la gran pirámide de Guiza, los jardines colgantes de Babilonia, el templo de Artemisa, la estatua de Zeus, el mausoleo de Halicarnaso, el coloso de Rodas y el faro de Alejandría. Todo eso era mágico, tanto como ver después, en las fotos siguientes, la muralla china, la torre Eiffel o el puente de San Francisco. De una forma que por supuesto ya da risa, aquel fue mi primer internet, el viaje por el mundo entero que jamás, por cierto, he realizado más que en las páginas de aquel libro maravilloso.
Tengo 48. Ese libro estuvo cerca de mi vida, al menos, desde mi adolescencia hasta mis treinta años. Por dado el uso rudo que le infligió una familia llena de manos infantiles, al final lo recuerdo sin el forro, pero todavía bien unido por el lomo perfectamente cosido con resistente cáñamo.
¿Cuándo desapareció aquel libro, a dónde fue a parar? Si tuviera su título, el nombre de la editorial, lo que sea, estoy seguro que trataría de conseguirlo nomás para revivir el gusto de emprender aquellos viajes alrededor del mundo en 250 páginas.

Posdata media hora después. Luego de escribir los párrafos anteriores, le rasqué a la memoria y di en internet con el mentado libro. Hay muchos ejemplares a la venta en España. No me equivoqué en nada, salvo en el número de páginas, pues no son 350, sino cien menos (ya hice la enmienda en el título y en el cuerpo del texto). Lo compraré, no importa que me salga cariñosa la mensajería que cruza el Atlántico. He aquí abajo la portada. Su ficha bibliográfica es ésta: Maravillas del mundo: prodigios de la naturaleza y realizaciones del hombre, desde las cataratas del Niágara hasta las bases espaciales, Roland Gööck, Círculo de Lectores, 1968, 250 pp. Me siento muy contento.


miércoles, septiembre 24, 2014

Animales y precaución













Caminaba con mis hijas en la plaza del Eco, era sábado 5 de abril de 2014 y en el área de juegos infantiles había muchas familias. A contramano, en una esquina, un joven como de veinte años avanzaba con un perro atado a su correa. Era uno de esos perros chaparros, chatos y fortachones que uno suele asociar con la bravura, con el combate y las apuestas en escenarios prohibidos. Por mera precaución, traté de alejarme y alejar a mis pequeñas, pues por curiosidad o instinto el perro tiró hacia nosotros sin ladrar. El joven, con el brazo y la correa tirantes, me miró y me dijo “no hace nada”. Farfullé dos o tres palabras de inquietud y seguí adelante con mis hijas, quienes después me oyeron una explicación acerca de la imprudencia de cargar con esos animales intimidatorios en un lugar tan concurrido.
Una vuelta después vi un tumulto en el área de juegos. Pensé en un accidente, la caída de algún niño del resbaladero o un golpe en los columpios. Era algo peor, como me reseñó una señora azorada en la muchedumbre: el perro que ya sabemos se zafó de la correa y se fue directo, con todo el poder de sus mandíbulas, contra una niña como de seis años. Según la narradora, el animal dio simplemente el jalón, de golpe, sin que su dueño pudiera reaccionar tan pronto. El perro mordió en la cintura a la niña, la apresó perfectamente, mientras un hombre grande (quizá el abuelo de la pequeña) acudió en su ayuda. Sin medir el riesgo, movido también por un instinto de defensa, el hombre metió las dos manos a las mandíbulas del perro, hizo fuerza, y trató de destrabarlas. En eso llegó también el dueño de la bestia, le dio órdenes y la tomó del cuello, sin éxito. Al fin, el perro soltó a la niña pero pasó ahora a lanzar colmillazos hacia las manos del hombre hasta que el joven pudo retirar al animal y sujetarlo con la correa.
Lo que vino poco después fue lo previsible. Atención inmediata a la niña sobre una mesa del área de juegos, trapos y servilletas bañados en sangre, mucha tensión, pues la pequeña temblaba de dolor y espanto. El joven fue rodeado por muchos padres de familia, quienes le hacían, airados, los reclamos y las preguntas obligadas acerca de vacunas y demás. Algunos le decían que no iban a dejarlo retirarse hasta que llegara la autoridad, y en efecto lo mantuvieron bajo una improvisada custodia mientras, en otro punto de la zona, varias mujeres y un doctor que andaba por allí procedían con los primeros auxilios a la agredida.
No soy de asomarme a los desaguisados callejeros, pero esa vez el percance estaba literalmente frente a mí y poco antes de ocurrido, pensé, una de mis hijas pudo ser el blanco del ataque. Sentí un gran malestar y me acerqué al muchacho, quien esperaba silencioso, impotente, acariciando las cerdas de su perro, la llegada de la autoridad. Le dije lo primero que me nació en la irritación: “¿No hace nada? Qué imprudencia traer ese animal a este lugar, ¿qué no ves que hay niños?”. Mis hijas y otras personas oyeron ese reclamo. El joven no dijo nada, sólo agachó la cabeza. Pasaron varios minutos de tensión en espera de la policía y la ambulancia que al llegar atendió directamente a la niña sobre el vehículo.
Mis hijas habían sido testigos de toda la situación, y por eso me sentí obligado a buscar una explicación sensata y civilizada. Les comenté lo que creo desde siempre: que los animales deben ser elegidos como mascotas en función de muchas factores, uno de ellos su peligrosidad. En el caso de lo que vimos el perro había sido el menos culpable de la situación, pues en ningún caso se movió por su voluntad, sino por su instinto. El responsable del daño físico y psicológico a la niña (un daño que conozco bien porque fui mordido en mi infancia por un perro que jamás olvidaré) fue el joven. Primero, por elegir un animal que de manera natural tiende a atacar, y, segundo, por pasearlo sin la precaución adecuada en una zona atestada de niños.
Cierto, concluí, que todos tenemos derecho a elegir libremente el animal de nuestro agrado, o a no elegir ninguno, pero también es cierto que no podemos adoptar así nomás aquellos animales en los que aumenta notablemente el riesgo de ataques fortuitos. Si la elección es ésa, como en el caso del joven que aquel sábado viajó en una patrulla, no queda otra que agudizar la vigilancia y los controles, usar doble correa o bozal. De no hacerlo, el goce de tener un animal puede derivar en tragedia.

sábado, septiembre 20, 2014

Adiós a la privacidad















Hasta antes de la llegada de internet, y particularmente de la aparición allí de sus redes sociales, la vida privada era realmente privada, patrimonio casi exclusivo de quien la vivía. Claro que la compartíamos con familiares y amigos, siempre con personas que tenían nombre, apellido, rostro, una entidad tangible. Se daba, sí, el caso del chismorreo a nuestras espaldas, la intromisión en nuestras vidas de curiosos o enemigos; sin embargo, esto quedaba en un ámbito más o menos pequeño y controlable, también concreto: el barrio, la escuela, la oficina, el club. Fuera de esos espacios, era muy difícil que los chismes se desbordaran y llegaran a mucho. La mayor o menor privacidad también dependía, obvio, de la visibilidad social. Los políticos, los deportistas, los “famosos” eran (son y seguirán siendo) el objetivo favorito de la persecución, así que en el pasado preinternético eran blanco ideal del acoso a su privacidad y de lo que en México denominamos “periodicazo”. De vez en cuando, sin muchas pruebas a la mano, la vida privada de un sujeto prominente era balconeada por los medios, puesta al sol como un trapito.
Con internet, hoy, la vida privada prácticamente ha desaparecido o al menos debemos entenderla de otra forma, redimensionarla. Por voluntad propia, muchos exponen mensajes e imágenes que al insertarse en la red escapan de su control, ya no les pertenecen. El problema no es ése, pues de alguna forma el usuario de una cuenta sabe si expone a cuentagotas o en torrentes su privacidad. El problema radica más bien en lo que todo usuario no quisiera mostrar y de todos modos no queda completamente bajo su control. Me refiero, claro, a los discos duros, a las memorias, a las permanentes huellas que deja cualquier contacto con las nuevas tecnologías de la comunicación personal. Si uno cree, con crasa ingenuidad, que tiene vida privada, basta desafiar a cualquier hacker de medio pelo para comprobar que la privacidad total sólo podría gozarla hoy algún Robinson Crusoe contemporáneo, y tal vez ni él, pues las cámaras y los micrófonos ahora están en todos lados, indetenibles en su afán de capturarlo todo.
La preocupación, empero, no debe devorarnos si no andamos en el desfile de la fama pública. El problema lo tienen quienes por alguna razón son ubicados como sujetos de interés, potencialmente favorables o peligrosos al Big Brother. Si no, basta leer que “El espionaje a gran escala realizado por los servicios de inteligencia estadunidenses comienza a tener impacto sobre la democracia y la libertad de prensa, en virtud de que las revelaciones acerca de cómo las autoridades pueden rastrear personas por medio de teléfonos, correos y otros registros electrónicos dificultan a los periodistas reportar sobre lo que hacen los gobiernos, aseguraron hoy la Unión Estadunidense por los Derechos Civiles (ACLU) y Human Rights Watch (HRW) (AP, 29 de julio). O: “‘En 2007, el gobierno estadunidense enmendó una ley, para exigir información de los usuarios, a quienes ofrecen servicios en línea. Nos rehusamos a acatar con lo que percibimos era una vigilancia inconstitucional y demasiado extendida, y retamos a la autoridad del gobierno de Estados Unidos’, se lee en un comunicado de Yahoo”. La negativa de Yahoo no prosperó y “la corte le ordenó que le diera al gobierno estadounidense los datos de los usuarios que requería”.
En resumen, la invasividad está más que legalizada en EU y, dado esto, todo lo que queda resguardado en los servicios de correo electrónico, blogs, webs, telefonía celular o redes sociales puede ser usado por terceros sin rostro para  lo que sea, aunque es de suponer que no será para exaltar virtudes o algo que se le parezca, sino para anular o destruir.

miércoles, septiembre 17, 2014

Cumpleaños de César Aira




















Al cumplir los cincuenta, en mayo pasado, pensé que experimentaba sentimientos de difícil exposición. Y lo eran, lo son todavía. Por esa manía de cortar caja cada que cierra una década, yo también esperaba hacer algo distinto, ser “otro” luego del asombroso onomástico. Recuerdo que amanecí en el DF, en donde despaché un asunto de trabajo, y luego de volar hacia Torreón noté que nada se movía, que todo iba a seguir igual pese a que yo bullía de inquietud. Ya para entonces había hojeado las primeras páginas de Cumpleaños (Era-UANL, 2012), de César Aira, pero no me animé a leer la novelita completa porque me atemorizaba hallar allí algo que me desacomodara más.
Lo hice por fin, en una lectura tranquila y cuidadosa, durante el puente que acabamos de dejar. Releí las primeras páginas, las que había leído hacía meses, y seguí adelante hasta llegar al último renglón. Jamás es lo que busco en los libros, pero digamos que encontré un consuelo, la sensación de que alguien había escrito por mí lo que se siente cuando uno corta caja y nota que los números en general tienden al rojo. En efecto, César Aira (Coronel Pringles, Argentina, 1949) había escrito ya buena parte de lo que me rondaba al acercarme y llegar y atravesar los cincuenta.
En primera persona, conversacional, el protagonista narrador de Cumpleaños (a quien podemos y no podemos, si queremos, identificar como alter ego del autor) nos cuenta que acaba de cumplir cincuenta y a partir de allí comienza su relato. La novela, por llamarla de algún modo, abunda en digresiones, en honduras que toman como pretexto cualquier guiño de la realidad para extenderse durante varias páginas. Lo extraño es que lejos de hacernos recular nos comparten la densa experiencia del personaje con el procedimiento narrativo de la libre asociación de ideas. Mediante este recurso podemos ingresar a los pasadizos de una mente en combustión, lúcida y contradictoria, irónica y severa consigo misma.
Experto en novelas cortas, concentradas, compactas como un puño, Aira bucea en Cumpleaños por los saldos del suyo cuando llegó a cincuenta. Quien narra se deja ver apenas, pues, como un fantasma de personaje, el boceto de un ser ficcional que permite al autor compartirnos vivencias interiores de primera mano, como en este relámpago del arranque: “No veía el cumpleaños como un punto de partida, y aun sin entrar en detalles ni hacer planes concretos me había hecho esperanzas muy brillantes, si no de empezar una vida totalmente nueva, al menos de librarme, por lo rotundo del aniversario, de alguno de mis viejos defectos, el peor de los cuales es justamente la postergación, el repetido incumplimiento de mis promesas de cambio”.
De paso en su pueblo natal, el personaje (un escritor) creado por Aira (otro escritor) dialoga con su sombra y llega a conclusiones aterradoras: “Muchas veces me he preguntado en qué ocupa su tiempo la gente normal, cuando a mí el trabajo de seguir con vida me ocupa hasta el último minuto, y apenas si me alcanza”.
El problema de fondo, creo, está en lo mayúsculo e inabarcable y abstracto del quehacer literario, artístico en general. El personaje divaga sobre esto y aquello porque sabe que por más que haya concluido proyectos (“pasé [los años] escribiendo mis novelitas”) siempre quedará inconcluso algo, quizá más de lo imaginado, lo que no suele ocurrir en otras profesiones con metas concretas e ímpetus dimensionados en escala humana. Pero el artista, el escritor de Aira, medita triste, sin sobresaltos, y escribe por/para todos los que ya pasamos el trance de la quinta década: “Uno se da cuenta de que no tiene veinte años; de pronto, advierte que ya no es joven…”. Con eso basta para frenar o, tal vez, acelerar el paso si quedan reservas de energía, y en esa disyuntiva me debato.

sábado, septiembre 13, 2014

Madera de José Santos Valdés



Recuerdo que en dos ocasiones escuché de Carlos Montemayor el comentario que aquí traigo; la primera vez, en la presentación de Las armas del alba allá por 2003 en el Museo Regional de La Laguna; la segunda, apenas dos semanas antes de morir, en una breve charla sostenida con alumnos de la Normal Superior de Gómez Palacio. Dijo el escritor parralense que unas pocas horas después del asalto al cuartel militar de Madera, Chihuahua, leyó en los periódicos de la ciudad de México, donde hacia sus estudios en la UNAM, que los jóvenes participantes en aquel acontecimiento eran calificados como delincuentes, revoltosos, gavilleros y demás. No cito textualmente, pero creo que soy fiel a las palabras del maestro Montemayor: señaló que le pareció sumamente extraña la categorización que los medios hacían de los guerrilleros, pues él había tenido la oportunidad de trabar relación con algunos y sabía que lejos de ser delincuentes, los caídos en el emprendimiento revolucionario contra el cuartel de Madera eran personas nobles, preparadas y generosas, con un sentido de la justicia muy afinado y congruentes en todo sentido. Aquel día a Montemayor le quedó claro, cuando aún era estudiante universitario, que los hechos de esa naturaleza, críticos al poder, contaban con dos versiones: la que ofrecían los medios al servicio de los intereses de unos cuantos, y la otra, la verdadera, oculta en montones de brumas deliberadamente creadas para que el dato cierto no tocara la luz, lo que desde entonces determinó en él la necesidad de formarse como investigador y esclarecedor de la verdad en temas relacionados, en general, con los grupos guerrilleros del país, y, en particular, con el caso de Madera.
Esta necesidad de Montemayor es la misma que palpita a corazón abierto en las páginas de Madera, razón de un martirologio, del profesor lagunero José Santos Valdés. Escrito entre abril y octubre de 1967, Madera es un documento valioso no tanto para entender el hecho en sí, el asalto al cuartel, que en términos reales ocupa una parte breve del libro, sino los antecedentes que dieron pie a la desesperada iniciativa de un puñado de jóvenes radicalizado en la idea de oponerse a un estado de cosas notablemente injusto.
El profesor Santos Valdés, autor de una amplia bibliografía que ojalá siga revisitando las imprentas, escribió su Madera casi al calor de los hechos, cuando todavía no se había disipado el olor a pólvora del asalto. Es por esto, quizá, que la información disponible para reconstruirlo resulte todavía vaga, sostenida en documentos recién elaborados y en no pocos casos contradictorios.
Más importante en este libro es, creo, el propósito que lo anima, un propósito insinuado desde el mismo título. Donde leemos “razón de un martirologio”, lo que debemos entender es que el estudio no tratará de describir pormenorizadamente el asalto, sino los resortes que lo motivaron, de ahí el largo recorrido monográfico por la realidad de Chihuahua a principios de los sesenta, de ahí la detalladísima exposición de las condiciones que guardaba esa entidad que hasta le fecha sigue siendo, como todas las mexicanas, mártir, sacrificada por la ambición y la rapiña de sus inmensos recursos naturales.
El profesor lagunero entendió bien, a dos años del asalto al cuartel, que el hecho no fue un exabrupto de unos locos o, mucho menos, un zarpazo de la delincuencia, sino el gesto de unos jóvenes convencidos de que se habían dado en Chihuahua las condiciones de injusticia como para emprender la lucha armada. El libro trata entonces de explorar el pasado inmediato al asalto, principalmente el relacionado con las condiciones de vida, profundamente desiguales, de privilegiados y desheredados, de suerte que al leerlo comprendemos mejor (no mejor, sino bien) la lógica del proyecto encabezado por Arturo Gámiz García y Pablo Gómez Ramírez.
El libro consta de catorce capítulos, un apéndice fotográfico y un colofón. En estricto sentido, sólo el capítulo 11 está estrechamente vinculado al asalto al cuartel. Los otros, como dije líneas antes, son el andamiaje que sostiene, con abundancia de datos estadísticos, históricos y sociológicos, la lógica del asalto. Esto es importante en un tema de esta índole (más si lo ubicamos en el contexto de su redacción), pues en aquel momento el control y la cerrazón de los medios de comunicación eran casi absolutos, de suerte que lo más escaso era la información y el análisis confiables, al menos las cartas completas sobre la mesa del ciudadano de a pie. El profesor Santos Valdés, hombre comprometido hasta los tuétanos con la verdad de los desvalidos, hizo en Madera un aporte importante, fundamental incluso, a la historia de los movimientos revolucionarios mexicanos que luego, en la década de los setenta, tendrían mayor ímpetu y recibirían del implacable echeverriato la represión atroz por todos nosotros conocida.
Vuelvo al arranque de esta vertiginosa y muy superficial reseña: así como Carlos Montemayor enfatizó, en los veinte años recientes, que a los héroes de Madera se les difamó con todo tipo de adjetivos ruines y que su trabajo narrativo e histórico serviría para vindicarlos, Santos Valdés, el humilde y generoso profesor lagunero José Santos Valdés, escribió en 1967 que “los mártires de Madera fueron eso: Mártires y de ninguna manera bandidos y salteadores como los calificó precisamente el hombre que tiene la culpa de que hayan muerto”. Cumplido, creo, fue ese objetivo en Madera, razón de un martirologio.
Madera, razón de un martirologio, José Santos Valdés, Universidad Juárez del Estado de Durango, Durango, 2011, 214 pp.

miércoles, septiembre 10, 2014

Boxeo con Alejandro Toledo




















El estereotipo del escritor generalmente lo aleja de ciertas aficiones consideradas poco edificantes, como el box. Hay sin embargo muchos aporreadores de teclados que simpatizan, algunos hasta el fanatismo, con el arte de las narices chatas y las orejas de etcétera. Recuerdo, entre los más famosos, al centenario Cortázar o a Norman Mailer, quienes en su momento escribieron páginas valiosas sobre pugilismo. En México, no escasearon antes ni escasean ahora los escritores que con genuino interés ven y escriben sobre el tema, como Ricardo Garibay, Luis Spota, Gilberto Prado, Rodrigo Márquez Tizano, Mauricio Salvador, Rodrigo Castillo y el que me ocupa en estos párrafos: Alejandro Toledo.
Periodista, ensayista y narrador, Toledo (Ciudad de México, 1963) tiene una amplia producción bibliográfica en su flanco temáticamente literario: Josefina Vicens: los márgenes de la palabra, Cuento mexicano/cuento hispanoamericano: conversaciones con Luis Leal y Seymour Menton, La fidelidad del relámpago: conversaciones con Roberto Juarroz, Aperturas sobre el extrañamiento, Creación y poder: nueve retratos de intelectuales, Los márgenes de la palabra, Dujardin y el monólogo interior, Atardecer con lluvia, Cuaderno de viaje y Lectario de narrativa mexicana. Cito esta lista de títulos con el fin de evidenciar que la exigencia crítica es la base del trabajo que define la trayectoria de Toledo, lo que, sin embargo, no lo ha puesto lejos de un gusto que a simple vista parecería distante: el box.
En De puño y letra. Historias de boxeadores (Ficticia, 2005) encontramos la mejor guardia de cronista y entrevistador que hay en Toledo. Ahora que bien o mal el box ha cobrado nuevo impulso gracias a las transmisiones en señal abierta y al tomaidaca entre Televisa y TV Azteca, no estaría mal que los aficionados al uppercut le echaran un vistazo al libro de Toledo. Creo que se trata de un mosaico digno de observación, pues con el estilo sobrio y ágil del periodismo indaga en la vida y en la obra de varios pugilistas mexicanos y del casi mexicano De la Hoya.
El libro ha sido armado en nueve rounds, cada uno con un reportaje en el que destacan, como ya dije, los recursos de la crónica y la entrevista. Hábil conversador, Toledo interroga a los personajes y nos trae de ellos el fluido de sus recuerdos. El primer texto, por ejemplo, es sorprendente, pues pone a dialogar a la boxeadora Laura Serrano con Jaime Sabines. Nos enteramos que ella también escribe versos. Luego de escucharla leer un poema, Sabines le recomienda: “Para llegar a ser buen poeta se necesita trabajo, oficio, disciplina. Como aprendiste a boxear, así hay que aprender a escribir”.
Luego de recorrer los tiempos de gloria del boxeo en el DF (“Cuando la ciudad se ponía los guantes”), Toledo trabaja sobre la figura ya legendaria de Salvador Sánchez. Va a Santiago Tianguistenco, el pueblo natal del campeón, en el aniversario quince de su fatalidad. La estampa es conmovedora, entrevista a los padres de Sal Sánchez y uno como lector/aficionado sale de estas páginas con la misma pregunta de aquella vez: ¿Por qué se fue tan joven?
En seguida asistimos a los rounds con Ladislao Mijangos (el peso pesado mexicano que se atrevió a pelear contra el monstruo Foreman), Daniel Zaragoza, Julio César Chávez (a quien le hizo marcaje personal durante mucho tiempo), Óscar de la Hoya, Miguel Ángel González y el Finito López.
De puño y letra cierra con un acercamiento a tres mánagers de época: Jesús Rivero, Cristóbal Rosas e Ignacio Beristáin, hacedores de campeones. Contiene, además, un apartado fotográfico de Víctor Mendiola. O sea, es un libro que recorre mucha lona y la recorre muy bien, siempre con elegante bending.

miércoles, septiembre 03, 2014

Agoreros en cámara Phantom













Los mexicanos que ya peinamos muchas o pocas canas recordamos como si fuera ayer el sexenio cómico-trágico-musical de José López Portillo (“musical” porque la hija de este presidente grabó un disco). Fue un sexenio oscuro, lleno de tropiezos, amargo hasta lo intragable —como todos, de hecho—, aunque marcado por la peculiar e involuntariamente chistosa retórica del primer mandatario. A quienes no sumaron su voz al coro del triunfalismo y vieron que en el futuro sólo había nuevos nubarrones, Jolopo los llamó, para la historia, “agoreros del desastre”. Pues bien, los susodichos no se equivocaron: el desastre sobrevino y aquel patilludo sexenio terminó en las peores condiciones imaginables.
Luego ocurrió que De la Madrid, Salinas, Zedillo, Fox y Calderón siguieron cantándose alabanzas y en todos los casos, obvio, hubo agoreros que pronosticaron los desastres. Lo extraño del caso es la infalibilidad de los vaticinios, como si todos los agoreros tuvieran la puntería de Guillermo Tell. Lo que pasa es que más allá del tino, es relativamente fácil anticipar lesiones al país cuando es gobernado así, con políticas antipopulares, de espaldas al ciudadano, como si el país y sus enormes riquezas fueran patrimonio exclusivo de unos cuantos y no un espacio propicio para impulsar políticas públicas con un sentido indeclinablemente social, justo y generoso.
Y no. Los intereses de pocos han sido siempre puestos por encima de la mayoría y por eso en el México actual reina lo menos parecido al bienestar. Por esto, pese al país venturoso que ayer nos dibujó el mensaje a la nación de Peña Nieto, la realidad se obstina en mostrar sus horrendas turbulencias. ¿Es, en consecuencia, disparatado calzarnos la casaca de agoreros del desastre frente al gobierno que hoy nos está salvando del apocalipsis? Mi respuesta es no.
Por su partido, sus intereses cercanos y lo que siempre ha querido EU para México es cabalmente imposible que el grupo político gobernante nos saque del hoyo negro. Las reformas salvadoras están pues condenadas a ser un ingrato recuerdo, como lo son ahora todos los remedios maravillosos que otros presidentes nos meroliquearon y nos vendieron y al final terminaron en rapiña. Por eso provocaron reacciones de indignación que derivaron en movimientos sociales (1988 y 2006) cuyos desenlaces bien conocemos: un par de fraudes que han abierto nuevos márgenes a reacomodos y manipulaciones, al reciclamiento de mesianismos que a su vez dan tiempo para seguir con el saqueo.
Pero así como existen los agoreros del desastre que sin despeinarse anticipan catástrofes que nunca fallan, en México no escasean los (me atrevo a denominarlos así) agoreros a toro pasado. Son aquellos que sólo ven defectos en la maquinaria del gobierno federal cuando ese gobierno ya quedó atrás, cuando ya sus cabecillas vacacionan en Dublín, en Miami, en Boston o donde sea, pero siempre lejos del ya de por sí tullido brazo de la justicia mexicana. Un ejemplo: durante la administración genocida de Felipe Calderón fue evidente que su lugarteniente, Genaro García Luna, estaba implicado en crímenes de lesa humanidad. Los señalamientos en contra de ese despiadado funcionario no cesaron, pero era intocable, tanto como el mismo usurpador de la presidencia. Uno de sus pequeños ilícitos, el montaje para atrapar a la banda de Los Zodiaco, pasó por Televisa “en vivo” hacia diciembre de 2005. Ni eso ni nada movió los hilos del poder para destituirlo de la SSP calderonista. Loret de Mola, eso sí, cuando había pasado el toro, es decir, siete años después, en enero de 2013, ya en el peñanietismo, reconoció con espléndida firmeza que aquello fue un montaje.
Como este ejemplo hay muchísimos, lo que obliga a pensar que en el fondo todos somos agoreros del desastre. La única diferencia es que unos lo son en tiempo real y otros en cámara Phantom, ya cuando el toro está muy lejos.

sábado, agosto 30, 2014

La doctrina Zuckermann













Si nos atenemos a la doctrina Zuckermann, todos los recursos que el Estado invierte en cultura deben ser destinados a paliar las necesidades de los más pobres. La trampa es demagógica y por tanto obvia: que no se gaste dinero en libros porque en el México de hoy hay millones y millones de pobres que no tienen comida, luz, agua, salud, vivienda y demás. Cierren el Conaculta, apaguen la señal del Canal 22, tumben el edificio del Fondo de Cultura Económica, que la plata allí invertida sólo sirve para acariciar a los clasemedieros urgidos de una barnizadita intelectual. La medida no es, piensa, tan grave, pues el mercado e internet llenarán las lagunas culturales dejadas por el Estado y se encargarán de satisfacer la demanda de productos artísticos y educativos, de libros en el caso que nos ocupa.
Como sabemos, Leo Zuckermann escribió el jueves pasado un comentario (“¿Se justificala existencia del Fondo de Cultura Económica?”) en el que propuso, sin broma mediante, la desaparición del FCE. Señaló que esta editorial ya había cumplido su labor, y que ahora muchas de sus publicaciones pueden ser halladas con facilidad en internet o serán prontamente impresas en sellos comerciales. La respuesta a tal disparate no se hizo esperar sobre todo en las redes sociales. ¿Cómo, se preguntaban los tuiteros, va en serio lo que propone el columnista de Excélsior? Y como al parecer no había migaja de choro en la propuesta zuckermanniana, zumbó de todo en internet: desde insultos hasta ironías, desde burlas hasta enconadas mentadas de máuser.
Que yo recuerde, nadie en la historia del FCE desde que lo fundó Cosío Villegas —ni siquiera en los tiempos fascistizados de Díaz Ordaz o Calderón Hinojosa— había tenido la ocurrencia de ahorrar algunos pesos en libros para pasarlos misericordiosamente al rubro “atención a la pobreza extrema”. Por eso mismo despertó inquietud que un intelectual, con razonamientos infantiles de pesos y centavos, planteara el cierre de una de las editoriales más importantes del mundo hispanoleyente. La propuesta hubiera sido tomada con naturalidad, no sé, de haber sido escrita por Pepillo Origel o el Perro Bermúdez, pero la dijo un tipo cuya vinculación con los libros y la cultura en apariencia es sólida. Eso fue lo que desconcertó, aunque ahora es frecuente que por devoción al mercado muchos lo supongan panacea y digan lo que sea con tal de rendir tributo al tótem de la ganancia.
Soy, como Zuckermann, de los muchos mexicanos privilegiados por las ediciones del FCE. Creo que es el sello editorial que más abunda en mi nutrida biblioteca y no es mentira ni exageración si digo que para alguien que, como yo, no heredó libros, que no tuvo las ventajas de vivir en una metrópoli importante ni estudiar en el extranjero, el FCE ha sido una especie de universidad en casa, la mejor que he podido hacerme sin gastar tanto dinero. Supongo que muchos más están en mi caso, y nomás por eso nos parece estulto pensar en la clausura de una institución cultural con ese peso. Y si la cierran, ¿los sellos comerciales publicarían lo que deje de imprimir el FCE? Nomás con reflexionar en los sitios donde es publicada la poesía (casi todos instituciones públicas) se da uno cabal cuenta de que el mercado no llenaría el hueco. Y lo mismo pasaría con muchos disciplinas culturales y científicas más, pues no venden y sólo tienen como válvula los sellos públicos, entre ellos el del FCE, acaso el más importante entre nosotros.
El razonamiento sobre las bondades de la publicación comercial me lleva a pensar, por ejemplo, en la televisión cultural. Si lo que dice Zuckermann es correcto, que cierren también el Canal 22 y el Canal 11, pues su programación pronto puede ser asumida por Televisa y TV Azteca.
El columnista critica el servicio que rinde el FCE a la clase media y piensa por ello que el gasto de dinero público es imprudente. Con mentalidad asistencialista, no cree en la cultura como factor de cambio social, sino en la dadivosidad al menesteroso, esa dadivosidad que por cierto jamás ha resuelto nada en las instancias electoreras de “desarrollo social”.