miércoles, junio 29, 2016

Nuevo libro de la Ibero Torreón
























La Universidad Iberoamericana Torreón, a través de su Centro de Investigaciones Históricas y con el apoyo del Centro de Difusión Editorial, ofreció hoy una rueda de prensa en el Teatro Isauro Martínez para presentar un nuevo libro que lleva por título El Rancho de La Concepción. Trashumancia laboral: factor del proceso de formación de una identidad regional lagunera, siglos XVIII y XIX, cuyo autor es el doctor Sergio Antonio Corona Páez.
Este libro es el resultado de un proyecto de investigación en torno a uno de los factores que intervinieron en el surgimiento de un fenómeno social: la formación de una identidad lagunera durante los siglos XVIII y XIX. La pregunta inicial que buscaba responder esta investigación era la siguiente: ¿realmente existía una identidad regional, rasgos de mentalidad socialmente compartidos en la percepción y en la acción cotidianas (rasgos culturales) que distinguían a los laguneros de los habitantes de otras regiones? ¿Eran conscientes de esa singularidad diferenciadora? La respuesta a esta pregunta, basada en fuentes primarias de los siglos estudiados y en el testimonio de movimientos sociales cuyo propósito aparente era el de crear en La Laguna una nueva entidad federativa, es positiva. Efectivamente, sí existió, como aún existe, dicha identidad, aunque no necesariamente de la misma manera. 
Otra pregunta que se planteaba la investigación, ahora transformada en libro, era esta: ¿cuáles pudieron ser los factores forjadores de una identidad regional en el País de La Laguna?  El libro menciona una serie de factores concomitantes, pero se interesa de manera particular en uno de ellos: la “trashumancia laboral” en los siglos XVIII y XIX. La Real Academia define el verbo trashumar como “cambiar periódicamente de lugar”, en este caso los ranchos y haciendas de los marqueses de Aguayo (sobre todo en La Laguna de Coahuila) sumadas a las de los condes de San Pedro del Álamo (en La Laguna de Durango), lo que creó una vasta oferta de trabajo para jornaleros locales que se mudaban a los ranchos donde se requería de su trabajo. Los marqueses y los condes mencionados se unieron por matrimonio a principios del siglo XVIII, y sus propiedades laguneras constituyeron una fuente de trabajo de carácter agropecuario para estos jornaleros, según los tiempos y las necesidades de cada rancho y hacienda. De esta manera, se fue creando una consciencia colectiva de pertenencia a un ámbito y a una economía laguneras, y el trabajo duro se fue convirtiendo en un valor social. Para la realización de este estudio se tomó el padrón del Rancho de La Concepción. Se transcribió íntegramente, a la vez que se hizo una investigación genealógica de cada familia. Es notable comprobar cómo los hijos de los mismos padres nacían en diferentes lugares de la Comarca. El libro incluye historias de caso que son muy ilustrativas. Por otra parte, los habitantes del Rancho de la Concepción, lugar que aparece en uno de los mapas de Humboldt de 1804, se convirtieron en las familias torreonenses más antiguas del municipio y de la ciudad. Eduardo Guerra menciona en su Historia de Torreón que para la construcción del primer torreón en 1850, Zuloaga empleó peones de La Concepción. Y en 1893, al crearse la villa y municipio de Torreón, estas familias quedaron dentro de su jurisdicción.
Sergio Antonio Corona Páez (Torreón, 1950), autor del libro, es hijo de don Félix Corona de la Fuente y doña Concepción Páez Martínez. Licenciado en Ciencias y Técnicas de la Comunicación por el ITESO de Guadalajara, obtuvo los posgrados de maestría y doctorado en Historia por la Universidad Iberoamericana Santa Fe. Desde 1998 dirige el Centro de Investigaciones Históricas de la Universidad Iberoamericana Torreón. Genealogista, científico social, investigador y escritor especializado en fenómenos sociales del pasado y del presente de la Comarca Lagunera. Como tal, es autor o coautor de una buena cantidad de estudios así como de libros monográficos y colectivos en México y en el extranjero. Dictaminador en revistas internacionales, también ha publicado artículos dictaminados en revistas científicas de varios países y ha recibido diversos reconocimientos internacionales de carácter académico, entre ellos los prestigiosos premios Gourmand 2012 como autor del mejor libro de historia del vino en México, y otros dos como coautor de Turismo del vino, el mejor libro de España y del mundo. El doctor Corona Páez está acreditado por la Academia Melitense Hispana de Madrid como su representante en México, es miembro del Seminario de Cultura Mexicana y también de diversas instituciones científicas, culturales, históricas y honoríficas en México, Chile, Argentina, Portugal, España y Viet Nam. Ciudadano distinguido de Torreón. Cronista Oficial y Vitalicio de Torreón desde 2005. Presea al Mérito Académico (2012) de la Universidad Iberoamericana Torreón. 

Suertes












Tal vez su padre sí lo quería (ya no podremos saberlo), pero el viejo un día llegó borracho y drogado más de la cuenta, tanto que arremetió contra René apenas lo vio con Teresita. Eso pasó hace como quince años. René trataba de entretener el hambre de la niña con una tortilla dura y remojada en agua. La sentó en sus muslos, con la mano le aplastó el pelo desgreñado y comenzó a darle de comer. La niña tendría cuatro o cinco años, y debajo de la mugre quizá era bonita. René también hubiera podido comerse la tortilla, tenía tanta hambre o más que ella, pero prefirió que entrara algo a las tripas de su prima. La niña terminó con la tortilla remojada y en sus ojos brilló una luz que parecía de gratitud. René volvió a la caricia del pelo endurecido por el sudor y el polvo. En eso entró su padre, vio la escena de René con la niña sobre las piernas y el gesto de la caricia sobre el pelo. Con un torbellino de maldiciones, de obscenidades tartajeadas desde su alma ebria y alucinada por el solvente, arrancó a la niña y golpeó a René, quien todavía era pequeño de cuerpo para defenderse. El viejo tomó un palo que estaba por allí y lo azotó en la espalda de René, quien por instinto, a rastras, ganó la calle. Se detuvo en un baldío sólo para recuperar aliento. Notó que una ceja y un codo le sangraban. Allí respiró durante un rato. Aprovechó el silencio de la madrugada para pensar en algo. No sabía cuál iba a ser la continuación de lo que había pasado, pero sintió, eso sí, que volver con el viejo ya no sería posible. Se levantó y en la madrugada de esa noche lagunera comenzó a caminar. Llegó a las vías y allí vio unos vagones detenidos. Subió a uno. Pensó que estaba vacío, pero poco a poco notó que en él esperaban unas sombras que no hablaron. No le dieron la bienvenida, pero tampoco lo botaron. Se sentó por allí, cerca de los tipos que como bultos aguardaban la marcha del tren. Un rato después los vagones se tironearon. Allí comenzó el viaje. Sin saber cómo, sin querer, llegó a Ciudad Juárez. Donde pudo, en algún montón de basura, recogió una tina y un trapo, y comenzó a vagar sin rumbo. Lavó coches. Miles de coches, y durmió donde lo sorprendió la noche hasta que logró pagarse un cuarto de renta. Lo picaron cuatro veces, lo rozaron dos balazos, lo patearon en grupo varias veces, pero de todo salió vivo y alguna vez regresó a La Laguna. A los tumbos, preguntando aquí y allá, dio con Teresita. Había matado a su tío, estaba en la cárcel, y la esperaban más de veinte años en ese sitio. Teresita corrió con mala suerte.

martes, junio 28, 2016

Del juego colectivo















Desde hace pocos y orgullosos años, casi diez, gozo la amistad de Alejandro Dolina. Es una amistad distante, pues el Negro, como le dicen, vive en Buenos Aires, donde es un tipo apabullantemente famoso por varias razones: un programa radiofónico nacional ya mítico, entrevistas a pasto en radio y en televisión, alguna aparición en teatro y, no puede faltar en esta lista, varios libros que han corrido con merecida buena suerte. Decía que es una amistad distante en el aspecto geográfico, pero no por ello en el afectivo. Respeto, admiro y quiero a Dolina, y creo no equivocarme si digo que él me estima bien, que soy quizá su amigo mexicano más próximo.
Opinador lúcido y lúdico de todo, para observar sabe colocarse sin falta en un mirador que no por diferente es excéntrico. Siempre que lo escucho, siempre que lo leo, tengo la incómoda impresión de que lo comentado por él estaba allí, a la mano de quien fuera, incluido yo, pero que a nadie se le ocurrió reflexionarlo de esa forma. Es como si el Negro pensara siempre por un camino lateral al que recorre la mayoría, pero no necesariamente remoto. Por eso, cuando aquí y allá me topo con alguna de sus ideas, digo inevitablemente “caray, eso debí pensarlo yo, es tan evidente y lógico”.
Este sentimiento lo experimenté cuando leí, hace ya más de diez años, un relato suyo algo conocido. Lleva por título “Instrucciones para elegir en un picado de futbol” (“picado” es en Argentina lo que para nosotros es “pica”, “cascarita”). Es un texto brevísimo y conmovedor, pues en una baldosa nos gambetea para encaminarnos hacia la reflexión de asuntos trascendentes: la amistad, el trabajo colectivo, el destino, la solidaridad, el triunfo, la derrota. Lo recordé y lo cito porque siento que es harto jodido lo que está pasando ahora: los vientos de la educación exitista que soplan en el mundo nos han convencido de que no hay nada más allá, o más acá, de la victoria, que ganar es lo único que existe, que quien pierde no merece ningún respeto. Bien mirado, no está mal desear el triunfo, pero tampoco está mal saber perder, aprender a asimilar las derrotas como parte inherente, querámoslo o no, de la vida.
Las derrotas suelen ser frecuentes cuando trabajamos solos y quizá lo son más cuando tratamos de conseguir el triunfo en un equipo donde es necesario armonizar estados de ánimo y talentos. Lo comento de nuevo por el caso Messi. ¿Nos hemos puesto a pensar en lo que pasaría si él hubiera sido tenista o boxeador? ¿Habría alguien que pudiera ganarle? Pero no, es futbolista, trabaja en conjunto con otros, y jamás podremos medir qué tanto exactamente le pertenece en las derrotas y en los triunfos.
Por esta razón me regresó a la mente el relato de Dolina. Recordé con claridad que el futbol no es una actividad que practicamos solos, y que en la victoria y en el fracaso debe haber ganancias o pérdidas compartidas, y encima de ellas, si se puede, respeto indefectible por el compañero. Este es el texto del Negro. Díganme si no es verdad lo que contiene:

Cuando un grupo de amigos no enrolados en ningún equipo se disponen para jugar, tiene lugar una emocionante ceremonia destinada a establecer quienes integrarán los dos bandos. Generalmente dos jugadores se enfrentan en un sorteo o pisada y luego cada uno de ellos elige alternativamente a sus futuros compañeros. 
Se supone que los más diestros son elegidos en los primeros turnos, quedando para el final los troncos. Pocos han reparado en el contenido dramático de estos lances. 
El hombre que está esperando ser elegido vive una situación que rara vez se da en la vida. Sabrá de un modo brutal y exacto en qué medida lo aceptan o lo rechazan. Sin eufemismos, conocerá su verdadera posición en el grupo. A lo largo de los años, muchos futbolistas advertirán su decadencia, conforme su elección sea cada vez más demorada.
Manuel Mandeb, que casi siempre oficiaba de elector observó que las decisiones no siempre recaían sobre los más hábiles. En un principio se creyó poseedor de vaya a saber qué sutilezas de orden técnico, que le hacían preferir compañeros que reunían ciertas cualidades.
Pero un día comprendió que lo que en verdad deseaba, era jugar con sus amigos más queridos. Por eso elegía a los que estaban más cerca de su corazón, aunque no fueran tan capaces.
El criterio de Mandeb parece apenas sentimental, pero es también estratégico. Uno juega mejor con sus amigos. Ellos serán generosos, lo ayudarán, lo comprenderán, lo alentarán y lo perdonarán. Un equipo de hombres que se respetan y se quieren es invencible. Y si no lo es, más vale compartir la derrota con los amigos, que la victoria con los extraños o los indeseables.

lunes, junio 27, 2016

La Pulga en el buffet













Cuando estoy frente a un buffet —llamado “tenedor libre” por los argentinos— suelo probar lo que más me gusta. Esta elección no significa que los otros platillos no me agraden, y dado que mi espectro gastronómico es amplio pudiera probarlos con total placer si mis favoritos no estuvieran en el menú. Me pasa lo mismo con otras tantas cercanías: en literatura leo y releo a los autores que me gustan más, pero no desdeño a muchos otros que también, por supuesto, me traen momentos de placer estético. En cuanto a los amigos, tengo, como cualquier persona, favoritos, tipos con los que converso más a mis anchas sobre temas que nos son comunes. Y así en todo: el hecho de que uno prefiera algo no significa que menosprecie lo demás.
En futbol es lo mismo. Confieso desde ya que mi favorito es Maradona, qué él estuvo y seguramente estará por encima de todos dentro de la cancha (reitero: dentro de la cancha). Elegir a Maradona como el Everest no me ha impedido ser feliz frente a otras cumbres. Hoy, gracias a YouTube, he pasado revista a otros muchos monstruos del balón, de manera que a cada cual le profeso una suerte de boquiabierto estupor cada vez que veo sus jugadas y sus goles. ¿Quiénes son esos Aconcaguas, esos Kilimanjaros, esos Chimborazos, esos Fujis? Son muchos, como Pelé, Cruyff, Platini, Romario, Ronaldo, Recoba, Hugo Sánchez, el Mágico González, Van Basten, Raúl, Butragueño, Riquelme, Ronaldinho, Palermo, Batistuta, Valderrama, Zamorano, el Cuau, Zidane, Cristiano Ronaldo… Ellos y varios más jugaron en un voltaje muy distinto al convencional, y por eso merecen el recuerdo.
No menciono adrede a Messi porque en él deseo detenerme. ¿Hacerlo menos porque no ha ganado un campeonato con su selección? No. Ni tantitito muevo a Messi del lugar que le corresponde: apenas uno o dos metros debajo del pico en el que Maradona clavó su bandera.  No voy a discutir, pues, lo obvio: que Messi no es Diego, pero tampoco voy a incurrir en la ceguera de no admirarlo por dos o tres circunstancias de su juego con la selección. He visto que es, siempre y en casi todos los partidos, un jugador distinto, pleno de talento, veloz, resistente a las patadas y siempre abordado por al menos dos o tres rivales decididos a sacarle el balón a como dé lugar, como se ve en la foto que adereza este post.
Maradona fue un monstruo en la cancha y además estuvo muy bien acompañado en la hora decisiva. Si no, pregunto: ¿qué hubiera pasado si Valdano y Burruchaga desaprovechan los pases que los dejaron solos frente al portero alemán en la final de México 86? ¿No ocurrió eso con Higuaín y Agüero, que desaprovecharon sus oportunidades, en la final contra Chile? En efecto, se puede tener un líder, un jugador distinto, pero si los compañeros no anotan las opciones claras, el triunfo se carga para otro lado.
Sin restar méritos a Chile, que sin duda fue el mejor equipo —ojo: equipo— de las dos copas América más recientes, en ningún caso le ha ganado a la selección Argentina en tiempo reglamentario. Los penales, lo sabemos, son una moneda al aire, tanto que ahora nadie recuerda que Vidal falló y poco pensamos en el tiro errado por Lucas Biglia. Sólo recordamos el yerro de Messi como si de él dependiera todo, y no de todo el equipo.
Gane o no gane un campeonato con su selección, admiro a Messi. Jugadores de su categoría no se producen en serie, así que jamás voy a privarme de sus goles, de sus pases, de  sus gambetas ni de su enorme, enorme y rarísima humildad dentro y fuera de la cancha. Larga vida a jugadores como él.

sábado, junio 25, 2016

Drónik



















Luego de cuarenta y dos años de investigaciones, pruebas, fracasos y más pruebas, el doctor Mauricio Burton Garnica logró su mayor éxito: por fin terminó la máquina. Se trataba de un aparato extremadamente peculiar, el único en su tipo si se analizan con rigor los anales de la ciencia. El nombre técnico que en principio le asignó fue Reciclador de Mensajes Literarios Trascendentes, pero si el aparato luego tenía éxito, pues su inventor no negaba el deseo de comercializarlo en grande, decidió llamarlo Drónik (sabía que eso sonaba a “electrónic” y que la “k” goza de enorme prestigio entre los ágrafos). El Drónik (o la Drónik, pues aún tenía difuso el género del aparato tal y como ahora seguimos dudando entre “la internet” o “el internet”, o entre “la selfie” o “el selfie”) consiste en una especie de ataúd gigante con una silla dentro. La silla está provista de correas para detener al usuario, pues su uso convoca un poco de dolor. Dentro de la caja ha colocado un número muy alto de cables pequeños, todos terminados en agujas como de acupuntura. Esas puntas son meticulosamente encajadas en varias partes del cuerpo de la persona sometida al procedimiento; gracias a lo anterior los cables comunican información que queda almacenada en una computadora de suyo poderosa. ¿Y qué extrae el Drónik de la persona? Simple: su memoria literaria más profunda. En efecto, los usuarios de la máquina llegan, toman un poderoso relajante y entonces el doctor coloca las agujas. Cinco horas después ha extraído información literaria del conejillo. Para demostrarlo, hizo la prueba con personas sin lecturas, como empresarios y políticos, y el resultado fue asombroso. El doctor Burton no ha explicado, claro, cómo ocurre la maravilla, pero logró que un empresario dejara este registro de su memoria profunda en la computadora: “No juzgues, pues, que alguno ha vivido mucho tiempo por verle con canas y con arrugas; que aunque ha estado mucho tiempo en el mundo, no ha vivido mucho”; buscó y comprobó que se trata de un fragmento de Séneca seguramente escuchado por el empresario en algún momento de su vida. Por otra parte, a un político logró extraerle esto: “Por lo tanto, un príncipe no debe preocuparse porque lo acusen de cruel, siempre y cuando su crueldad tenga por objeto el mantener unidos y fieles a sus súbditos”; es, claro está, una cita de Maquiavelo. Como podrá notarse, se trata de una máquina portentosa aunque todavía, sin duda, demasiado lenta. El siguiente desafío del doctor Burton es que en unos años el Drónik pueda ser tan rápido en la succión de ideas literarias profundas como lo es hoy Google en sus búsquedas.

viernes, junio 24, 2016

Citar a ciegas













“Del cielo cayó una flor y en el aire se deshojó. Cada pétalo decía: Te extraño mucho mi amor”, escribió Baudelaire. El lector mínimamente avisado, por supuesto, duda de inmediato. ¿Baudelaire escribió eso? ¿Pudo uno de los más grandes poetas franceses del siglo XIX amonedar esa nauseabunda línea? Por supuesto, no. Si contamos con una elemental información literaria advertimos de inmediato que un poeta con fama de maldito no pudo descender a tamaña cursilería. Aunque es verdad: todo o casi todo escritor de alto mérito puede tener sus deslices, alguna o algunas páginas de cuestionable calidad. Sin embargo, a la hora de citarlo se impone recurrir a su obra buena, a lo mejor de su producción. En el caso de Baudelaire —como en el caso de Aristóteles, Séneca, Dante, Cervantes, Goethe, Hugo…—, es difícil errar en la cita, pues prácticamente en todas sus obras hay calidad.
Pero pasa ahora que debido a internet cualquier hijo de vecino crea páginas en las que, con dolo o por ignorancia, atribuye frases, poemas, relatos, comentarios y demás a escritores importantes y de apellido muy reconocible. Tras esto, viene luego una legión de ingenuos que cita aquellas palabras como si en realidad fueran de tal o cual escritor. Esto pasó hace algunos años con el infra¿poema? “La marioneta” atribuido a ¡García Márquez! Corrió con tan buena suerte en los medios que de golpe y porrazo el colombiano se convirtió en creador de caramelos. He aquí el texto:

Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso pero, en definitiva pensaría todo lo que digo.
Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan.
Dormiría poco y soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz.
Andaría cuando los demás se detienen, despertaría cuando los demás duermen, escucharía mientras los demás hablan, y cómo disfrutaría de un buen helado de chocolate...
Si Dios me obsequiara un trozo de vida, vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol, dejando al descubierto no solamente mi cuerpo sino mi alma.
Dios mío, si yo tuviera un corazón...
Escribiría mi odio sobre el hielo, y esperaría a que saliera el sol. Pintaría con un sueño de Van Gogh sobre las estrellas un poema de Benedetti, y una canción de Serrat sería la serenata que ofrecería a la luna.
Regaría con mis lágrimas las rosas, para sentir el dolor de sus espinas, y el encarnado beso de sus pétalos...
Dios mío, si yo tuviera un trozo de vida...
No dejaría pasar un solo día sin decirle a la gente que quiero, que la quiero. Convencería a cada mujer de que ella es mi favorita y viviría enamorado del amor.
A los hombres les probaría cuán equivocados están al pensar que dejan de enamorarse cuando envejecen, sin saber que envejecen cuando dejan de enamorarse.
A un niño le daría alas, pero dejaría que el solo aprendiese a volar. A los viejos, a mis viejos les enseñaría que la muerte no llega con la vejez sino con el olvido.
Tantas cosas les he aprendido a ustedes los hombres...
He aprendido que todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada.
He aprendido que cuando un recién nacido aprieta con su puño por vez primera el dedo de su padre, lo tiene atrapado para siempre.
He aprendido que un hombre únicamente tiene derecho de mirar a otro hombre hacia abajo, cuando ha de ayudarlo a levantarse.
Son tantas cosas las que he podido aprender de ustedes, pero finalmente de mucho no habrán de servir porque cuando me guarden dentro de esta maleta, infelizmente me estaré muriendo...

Como podría notar hasta un lector mediocre de García Márquez, nada de lo contenido en el texto anterior corresponde al universo garciamarquiano. Ni el tono, ni el tema, ni el género, ni el propósito conmovedor-edificante ni el medio en el que fue reproducido, nada. Sólo una tremenda candidez puede hacer pensar que esos párrafos (ignoro a qué género corresponden) fueron escritos por el premio Nobel colombiano. El éxito del texto, claro, fue arrollador, tanto que “La marioneta” pasó a ser, quizá, la obra más leída “de Gabo” hasta que el verdadero autor, un comediante, confesó su travesura.
Recién se ha dado un hecho similar con otra falsa atribución a Borges. Si ya lo habían difamado con el poema “Instantes”, ahora ha ocurrido algo peor: el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, espacio donde nació Borges y a propósito de su treinta aniversario luctuoso, publicó en afiches una frase —un “pensamiento”— supuestamente borgesiana, ésta: “Con el tiempo comprendés que sólo quien es capaz de amarte con tus defectos, sin pretender cambiarte, puede brindarte toda la felicidad”. Vaya espanto.
Puede darse el caso de que Borges, incluso él, haya cometido ese pecado de leso buen gusto literario, pues casi ningún escritor se salva del tropiezo, aunque, como sucede con los escritores mencionados más arriba, en Borges sea difícil hallar página mala, incluso renglón malo. Ahora bien, si se trata de homenajear a un escritor de su talla, que sea con palabras que lo representen, no con la cita a ciegas de un efluvio dizque poético más digno de Corín Tellado que del monstruo argentino.

miércoles, junio 22, 2016

Argentina-Inglaterra en 1986: un partido sin orillas




















¿Cuánto puede durar un partido de futbol en la memoria colectiva? ¿Cómo recordamos sus momentos, sus protagonistas, sus detalles extracancha? En general, los partidos de cualquier torneo regular, y a veces también los de finales, son conservados poco tiempo en el recuerdo, y si en ellos sucede algo extraordinario —un autogol inaudito, un zafarrancho con patadas voladoras, el derrumbe de una tribuna o algo así—, en la memoria sólo queda indeleble el desaguisado, lo que escapó del libreto habitual. Hay excepciones, claro, como los grandes choques definitivos en las copas del mundo o en las competencias de relevancia (Copa Europea o Libertadores), pero también aquí sucede que estamos acostumbrados a petrificar en la mente sólo los goles y uno que otro momento más, si mucho.
Tres o cuatro partidos en la historia han quedado al margen de esta rutina, y dos de ellos fueron jugados en el estadio Azteca, cada uno en las dos copas del mundo organizadas en México. El primero fue la semifinal entre Italia y Alemania jugada el 17 de junio de 1979, match que de inmediato fue calificado, no injustamente, como “El partido del siglo”; luego de una refriega de vaivenes épicos, lo sabemos, Italia derrotó a la escuadra teutona por 4 a 3, con lo que ganó su boleto para disputar a Brasil la copa Jules Rimet. El otro fue el de Argentina contra Inglaterra celebrado el 22 de junio de 1986 y ganado 2 a 1 por los latinoamericanos en cuartos de final. Porque lo fue, o lo es, este choque sigue vivo en la memoria no sólo por los dos goles más famosos de Maradona, sino por las mil y una implicaciones que tuvo, tiene y seguirá teniendo mientras el futbol sea una pasión compartida por millones.
Pues bien, el periodista Andrés Burgo ha dedicado a este partido un amplio, documentado y ameno reportaje titulado El partido. Argentina-Inglaterra 1986. Lo inscribo en este género porque alberga todos los ingredientes del periodismo entendido como amplio territorio de escritura: hay en él crónica, entrevista, investigación documental, opinión, cruce de datos… se permite incluso, sobre todo al arranque, alguna pincelada autorreferencial cuando el autor explica por qué eligió su tema. Quizá me equivoco, pero probablemente El partido sea el más largo ejercicio de escritura sobre un encuentro de futbol como tema eje.
Esto nos lleva a pensar en una inmediata pregunta: ¿cuál es el método para construir un libro de 300 páginas a propósito de un partido de futbol? Parte de la respuesta está, creo, en la estructura de esta obra seccionada en tres momentos: “Antes”, “Durante” y “Después”, cada una segmentada a su vez en subcapítulos cortos. Gracias a tal estrategia, Burgo logra configurar su enorme fresco sobre un acontecimiento que en apariencia sólo duró dos horas, pero que tuvo tantos ingredientes deportivos, políticos, sociales, culturales, económicos, mediáticos y anecdóticos que a la larga dio para más, mucho más que una crónica en torno a las jugadas de aquel 22 de junio sobre el césped del Azteca.
Con una prosa harto fluida y en no pocos momentos bien timbrada de literatura, Burgo recorre los recovecos de todo —“todo” en este caso significa, en efecto, “todo”— lo que rodeó aquel choque entre argentinos e ingleses. No hay, de veras, minucia que el periodista haya pasado por alto al articular su investigación. Uno podría, de antemano, suponer algún elemento a considerar y muy seguramente eso aparece en El partido. Lo que sea, pues Burgo se dio a la tarea, no exagero si digo que titánica, de abrir una especie de aleph específico, el aleph donde accedemos al instante que encumbró a Maradona.
La sección “Antes” describe el motivo primigenio de la investigación: pese a que el periodista Burgo ha visto ya muchos mundiales, el del 86, dice, es “su mundial”, el que mejor ha quedado retenido por su memoria emocional, por llamar de algún modo al recuerdo de lo que nos es más grato. Tenía once años en aquel momento, y desde entonces, sin saberlo, fue creciendo en él la necesidad de emprender un abordaje completo ya no tanto al mundial, sino concretamente al partido Argentina-Inglaterra que a la postre sería el a.M./d.M, es decir, el antes y el después de un jugador fuera de serie.
En el “Antes”, claro, Burgo pasa escrupulosa revista a los antecedentes del partido. Por un flanco, nos recuerda el componente político de suyo insoslayable por más que muchos se hayan empeñado en negarlo o minusvalorarlo: estaba tan fresca la derrota en las Malvinas, seguía tan próxima la sensación de duelo por los 649 jóvenes caídos, que en los países involucrados —mucho más en el que perdió la guerra— cundió un sentimiento de revancha aunque algunos, insisto, se empeñaron en no reconocerlo así. “Para nosotros no era un partido más, y todos pensábamos lo mismo —difiere [el ex seleccionado Sergio] Batista—. La gente pensaba que, si le ganábamos a Inglaterra, ya éramos campeones del mundo, que ya cumpliríamos el objetivo”.
Además del antecedente endiabladamente político, el autor analiza el aspecto futbolístico, las innumerables circunstancias que debió atravesar el equipo argentino para llegar a México. Sabido es que las especulaciones arden en todos los países antes de asistir a una copa mundial, pero no es muy conocido lo que sucede al respecto en Argentina, lugar donde se enciende un hervidero de opiniones que implica hasta al presidente de la república, tal y como sucedió con Raúl Alfonsín en el 86, quien no quería a Bilardo y cabildeó sin éxito para que lo echaran del timón. Así entonces, Burgo documenta la concentración, los amistosos, los convocados (donde aparece, por cierto, el “mexicano” Héctor Miguel Zelada), el sistema de juego, las enemistades Menotti-Bilardo/Pasarella-Maradona, el petrioterismo, las cábalas, el feroz rol de la prensa, la presencia de los barrabravas y muchos más dimes, diretes y anécdotas como la del Vasco Olarticoechea, quien fue convocado por el entrenador, literalmente, en una calle cualquiera de Buenos Aires. El convulso “Antes”, obvio, concluye cuando los dos equipos están a punto de pisar el césped del Azteca.
La estancia más amplia de El partido es el “Durante”. Como en todo el libro, Burgo apela a documentos gráficos y audiovisuales para apuntalar su investigación, pero no deja de lado el contacto directo —en entrevista personal, vía mail o telefónica— con todos los actores involucrados. Recurre incluso a buena cantidad de libros, como las biografías de los ex jugadores ingleses. Gracias a toda esta información accedemos a los entresijos del estadio y, más allá de eso, al alma de jugadores, técnicos, directivos, árbitros, periodistas y público. Burgo relata, minuto a minuto, la salida de los jugadores hacia el Azteca, las reiteradas cábalas y detalles como el de las camisetas compradas y numeradas en la víspera del choque. Ya iniciado el encuentro, describe el nerviosismo, el desempeño, las jugadas de un primer tiempo más de estudio que de buenas acciones. Apenas arranca el segundo periodo, comienza el punto climático del reportaje: los dos goles de Maradona, el primero con la mano y luego el portento anotado después de zigzaguear entre rivales hasta dejar tendido a Shilton, lo que a la postre devino deificación del 10 argentino. En este espacio hay cabida, por supuesto, para Víctor Hugo Morales, relator uruguayo avecindado en Argentina hoy famoso por muchas razones meritorias entre las que pudiera destacarse haber relatado como nadie el gol del siglo anotado por el “barrilete [papalote, cometa para los mexicanos] cósmico”.
El “Después” avanza desde el fin inmediato del partido hasta nuestros días. En su pericial, el periodista interroga a medio mundo, entre otros, a los fotógrafos que atraparon “la mano de dios” con un click exacto, a los árbitros que dieron por bueno el primer tanto, a comentaristas que regatearon mérito al golazo maradoniano (entre otros, nuestro Nacho Trelles), a ex jugadores que asimismo fueron combatientes de Malvinas y a los propios ex seleccionados.
Modelo de investigación totalizante y bien escrita, El partido, de Andrés Burgo, es un magnífico ejemplo del valor que a veces, muy a veces, alcanza a tener el futbol como deporte, palestra política, calderón mediático y soporte de mitologías populares. Leerlo es asistir simultáneamente a todo esto.

El partido. Argentina-Inglaterra 1986, Andrés Burgo, Tusquets (colección Mirada crónica), Buenos Aires, 2016, 294 pp.

Nota sobre la portada. Andrés Burgo declaró en un programa de televisión que no incluir a Maradona en la portada se debió a un hecho puntualmente comentado en su libro: como no pudo entrevistarlo de manera directa, quiso evitar que los lectores supusieran, a partir de la portada, que el libro incluía revelaciones del ex futbolista. Contiene palabras suyas, en efecto, y en abundante cantidad, pero todas son indirectas, basadas en la investigación documental en la que se apoya buena parte del libro.

Nota anecdótica (y envidiosa de mi parte). Dentro del taller de periodismo que coordino en la Universidad Iberoamericana Torreón estamos viendo en estas semanas la reseña bibliográfica como género periodístico. El viernes pasado dije que pronto iba a escribir un comentario sobre El partido, y mostré el libro. En ese momento Lupita Puente Muruato, una de mis compañeras de trabajo en la Ibero y participante del taller, dijo que el 22 de junio de 1986 estuvo en el Argentina-Inglaterra. Por supuesto le comuniqué mi envidia retroactiva, y por mail le pedí un par de respuestas sólo para no dejar en el tintero este maravilloso complemento. En su carta, Lupita anotó de paso que también estuvo “en el mundial de México ’70, en esa ocasión fue mi papá quien me llevó; yo tenía diez años y me tocó ver jugar a Pelé”. En fin. Morí dos veces de envidia. Aquí va su relato:
Estuve en el juego porque Gerardo Lugo, mi marido, es muy aficionado el futbol. Cuando decidimos nuestro matrimonio, uno de los acuerdos que me solicitó fue casarnos en mayo de 1982 pero no tener hijos hasta después del Mundial del 86, ya que consideraba que un hijo pequeño sería un obstáculo para pasar un mes en la ciudad de México. De mi parte consideraba esperar un embarazo porque me gustaba mucho mi trabajo y deseaba primero acoplarme a la nueva vida del matrimonio y posteriormente pensar en los hijos. Sin embargo, las cuentas no nos salieron y con seis meses de gestación de Claudia, mi primera hija, me animé a la aventura de estar en el estadio Azteca durante el Mundial. Con un año de anticipación, Gerardo ya había conseguido los boletos de la serie de partidos que se jugaría en el Azteca.  El problema es que no se sabía con anticipación qué equipos pasarían a la siguiente ronda y por lo tanto asistiríamos a los partidos sin saber quiénes jugarían allí.  En aquel tiempo obviamente la afición deseaba estar presente en los partidos de la selección mexicana.
Unos meses antes había cambiado de trabajo y una de las condiciones que solicité para que me contrataran fue tener permiso de faltar el tiempo que duraría el Mundial. Afortunadamente aceptaron esta solicitud y no tuve problema para pasar este lapso de ausencia en el trabajo.
En México vivía una gran amiga recién casada que nos había ofrecido su casa para quedarnos todo el mes del Mundial, así que sólo nos dedicamos a ir a los juegos y vivir las emociones de gritos, música y bailes de la gente por la calle.
Del partido de Argentina-Inglaterra recuerdo lo siguiente: en la alineación de los jugadores de Argentina sobresalía Maradona por su corta estatura y sus piernas gruesas, los chamorros muy duros en comparación con sus compañeros. Estábamos sentados junto a unos hooligans y nos daban miedo, pues eran muy escandalosos, aunque afortunadamente en ese lugar no hicieron maldades.
Los dos goles maestros de Maradona, el primero, que al principio causó confusión pues no sabíamos si había valido o no, y finalmente fue increíble cómo la mano de Dios logró este gol. El segundo fue maravilloso, nos paró la respiración y nos puso la piel chinita. Yo no creía lo que había visto, la maestría de Maradona fue impresionante. Es la mejor jugada que he visto en mi vida. Maradona y Valdano eran mejor de lo mejor, lo máximo como jugadores. También recuerdo a los fanáticos argentinos que brincaban y cantaban todo el tiempo y en el medio tiempo se sentaban y descansaban (lo que me pareció curioso). Al terminar el juego corrimos para llegar a casa y ver el juego por televisión con todas las repeticiones posibles. 

1986




















El 22 de junio de 1986 es uno de esos días que jamás escaparán de mi memoria. Recién había terminado mi carrera profesional y antes de emprender la búsqueda de trabajo decidí hacerme el mejor regalo que he tenido a bien obsequiarme: vi completo el segundo Mundial organizado en México. Aquel día desperté con el ánimo de disfrutar nuevamente a Maradona, quien había estado inmenso en los partidos previos. Yo para entonces no podía, por ejemplo, borrarme de la mente el pase desde la banda que le hizo a Burruchaga para el segundo gol contra Bulgaria. Fue en CU, la cancha de la UNAM. Maradona recibió un balón y sobre la marcha se hizo un autopase, avanzó hacia la esquina del extremo izquierdo, volteó a mirar dos veces hacia su derecha para ver quién entraba por el otro lado y así, sin detenerse, envió un centro como de cucharazo con la zurda; lo que salió fue una parábola perfecta en distancia, trayectoria y velocidad, un balón que halló de frente al rematador que cabeceó directo, cómodo, al arco búlgaro. En muchos sueños y otras alucinaciones ha aparecido desde entonces ese centro, y no puedo negar que en aquella época, cuando todavía jugaba, intenté golpear así cualquier balón, enviar un pase con igual ventaja para el compañero rematador, aunque jamás me salió. En la mañana del 22 amanecí pues con la idea fija de ver una pincelada similar de Maradona, ahora contra Inglaterra. Antes de que comenzara el partido, sin embargo, acaté la orden de mi padre de colocar nueva paja al aparato de refrigeración. Subí al techo con mi sistema ajeno a la escalera, es decir, por medio de una ventana. Trabajé bajo el sol que casi llegaba al cenit, y me apuré para terminar a tiempo y no perder ni un minuto de la transmisión desde el Estadio Azteca. Como pude, eliminé la paja vieja de las rejillas y coloqué la nueva. Es un proceso latoso si uno no lo domina, pero al fin pude terminarlo sin problemas. Vi mi reloj: cinco para las doce. Coloqué los paneles del aparato y me apuré a bajar. No había nadie en casa, recuerdo, así que en la sala esperaba el televisor para mí solo. Luego vino el percance: al bajar pisé mal la ventana, resbalé y fui a caer con todo mi peso sobre una maceta de barro. El golpe fue brutal, de lado, y sentí que algo se me zafó. Casi a rastras avancé hacia el teléfono para llamar a quien fuera, marqué, pero de inmediato me arrepentí. Imaginé la situación: vendrían por mí para llevarme a urgencias o algo así. Así que no, reculé ante esa posibilidad. Mejor encendí la tele (todavía no se usaban los controles remotos) y allí estaba ya el partido. Lo vi con dolor, sin compañía y con el hombro en off side, pero no me arrepentí entonces ni me arrepiento ahora: fui testigo en vivo, feliz, del gol del siglo.

lunes, junio 20, 2016

Micros en voz alta















Agradezco al escritor Alfonso Pedraza por incluirme en su programa Gente de pocas palabras. Su invitación me llevó a practicar algo que no me agrada mucho pero que en este caso hice con gusto porque se trata de un género —la microficción— que aprecio y, creo, merece más espacios como el de Alfonso. El fondo musical me trajo recuerdos de la infancia. He aquí el enlace: Gente de pocas palabras

Futbol musical




















La música, esa extraña forma del tiempo según Borges, ha estado muy cerca del deporte contemporáneo. Nada mejor, por ejemplo, que acompañar la previa de un partido en el estadio que con música emitida desde las bocinas, o nada mejor que aderezar las cortinillas o los promocionales deportivos con ritmos instrumentales vigorosas, aunque también es frecuente que ciertas escenas en cámara lenta cuadren de maravilla a la melodiosidad de los violines o al dramatismo que pueden imprimir los teclazos del pianoforte.
Esto es frecuente, imposible que no fuera así, en el caso del futbol. Prácticamente no hay comercial sin el acompañamiento ad hoc de alguna pieza musical ejecutada sólo con instrumentos. Esto me llevó a pensar en las composiciones que se refieren de manera directa, con letra, al futbol. Hay himnos de equipos, claro, pero como deporte más popular sobre la canica terrestre no creo que tenga tantas piezas como se supondría. Recordé, para documentar un poco el asunto, cuatro canciones populares en las que ya había detectado alguna lejana vez la presencia del futbol. Las enumero y al margen hago un comentario. Hoy tenemos la ventaja, por suerte, de contar con hipervínculos que nos ahorran el despliegue de excesivas glosas.

“Chiquillada”
Hace mil años oí “Chiquillada” por primera vez. Creo incluso que todavía tengo por allí ese disco de vinilo grabado por el grupo uruguayo Los Olimareños; luego, años después, tuve esa canción en un caset con piezas interpretadas por Jorge Cafrune, que es la versión más reconocida por mis orejas. Su autoría corresponde, si no me equivoco, a Leonardo Fabio, el gran cantante popular y cineasta argentino sobre quien, por cierto, ya escribí algo alguna vez, cuando murió. “Chiquilladas” propone una evocación de la infancia. Su imagen más visible es, por ello, la del “pantalón cortito”. Aunque sólo la segunda estrofa se refiere frontalmente al futbol, siento que esos cuatro versos impregnan toda la obra; creo que debido a tal descripción relámpago del partido uno sospecha que en todos los versos está cerca un balón. No olvido decir que hay una o dos estrofas demasiado pasadas de caló, inentendibles para un mexicano; no importa pues sobrevolarlas.

Pantalón cortito,
bolsita de los recuerdos.
Pantalón cortito,
con un solo tirador.
Con cinco medias hicimos la pelota.
y aquella siesta perdimos por un gol,
una perrita que andaba abandonada,
pasó a ser la mascota del cuadro que ganó.
Pantalón cortito,
bolsita de los recuerdos.
Pantalón cortito,
con un solo tirador.
Dice el abuelo que en los días de brisa,
los ángeles chiquitos se vienen desde el sol,
y bailotean prendidos a las cometas,
flores de primer cielo,
caña y papel color.
Media galleta, rompiendo los bolsillos,
palitos mojarreros, saltitos de gorrión,
los muchachitos de toda la manzana,
cuando el sol pica en pila,
se van pa’l cañadón.
Pantalón cortito,
bolsita de los recuerdos.
Pantalón cortito,
con un solo tirador.
Yo ya no entiendo que quieren los vecinos,
uno nunca hace nada y a cual más rezongón,
la calle es libre si queremos pasarla,
corriendo tras del aro, llevando el andador.
Bochón de a medio, patrón de la vereda,
te juro no te pago, aunque gane el matón.
Dos diente e’leche me costaste, gordito,
la soba de la vieja, pero te tengo yo.
Pantalón cortito,
bolsita de los recuerdos.
Pantalón cortito,
con un solo tirador.
Fiesta en los charcos cuando para la lluvia,
caracoles y ranas y niños a jugar,
el viento empuja botecitos de estraza,
lindo haberlo vivido pa’poderlo cantar.
Pantalón cortito,
bolsita de los recuerdos.
Pantalón cortito,
con un solo tirador.

“El sueño del pibe”
Hace pocos años encontré que Maradona —quien canta apenitas, pero algo canta— se aventó en televisión un tango llamado “El sueño del pibe”. Es un tango de 1945, más o menos la época de oro del género; la letra es de Reinaldo Yiso, y de Juan Puey es la música. Se puede afirmar que pese a su género —casi obligatoriamente llorón, triste—, tiene un final feliz, aunque es una felicidad ilusoria, pues se trata de un sueño. Lo curioso es que esta fantasmagoría comienza in medias res, es decir, cuando el sueño del pibe ya va en camino al desenlace. Aunque es posible investigar de quiénes se trata, es suficiente decir que menciona jugadores de la prehistoria del futbol argentino. Lo importante es que abraza un deseo ubicuo en la infancia adicta al futbol: el de jugar alguna vez en primera y ser héroe frente a un estadio lleno. La versiónque ofrezco aquí es la del cantor uruguayo Enrique Campos. Ojo: la mención a los jugadores antiguos puede variar según la época en la que esta pieza sea interpretada, por eso aquí cambia a Martino y Boyé por Roberto Perfumo (quién murió hace poco) y Antonio Rattin (quien vive todavía).

Golpearon la puerta de la humilde casa,
la voz del cartero muy clara se oyó,
y el pibe corriendo con todas sus ansias
al perrito blanco sin querer pisó.
“Mamita, mamita” se acercó gritando;
la madre extrañada dejo el piletón
y el pibe le dijo riendo y llorando:
“El club me ha mandado hoy la citación”.
Mamita querida,
ganaré dinero,
seré un Baldonedo,
un Martino, un Boyé;
dicen los muchachos
que ya peinan canas
que tengo más tiro
que el gran Bernabé.
Vas a ver qué lindo
cuando allá en la cancha
mis goles aplaudan;
seré un triunfador.
Jugaré en la quinta
después en primera,
yo sé que me espera
la consagración.
Dormía el muchacho y tuvo esa noche
el sueño más lindo que pudo tener:
el estadio lleno, glorioso domingo
por fin en primera lo iban a ver.
Faltando un minuto están cero a cero;
tomó la pelota, sereno en su acción,
gambeteando a todos se enfrentó al arquero
y con fuerte tiro quebró el marcador.

“Pénalty de amor”
No es muy conocida, pero yo la recordaba sobre todo por lo payaso de su letra. No sé si la compuso el cómico Luis de Alba, quien la canta, y obviamente se trata de un producto que intenta el humor. La música imita sin tapujos el estilo putañero de la Sonora Santanera, respaldo idóneo para un tema de despecho. Lamentablemente no tengo mejor versión que esta (debemos omitir la introducción kilométrica de la radiodifusora e instalarnos de golpe en el minuto tres). Otra observación: hay un verso que no entiendo y por ello lo marqué con puntos suspensivos.
Me metiste un pénalty de amor
en mi portería
me metiste un pénalty de amor
en mi corazón.
Yo era siempre muy limpio en el amor
como en el futbol
me hiciste que sintiera un autogol
ya no lo…
Eran tus ojos dos balones
verdes como árbitro en mundial.
Eras sudor de mis talones
en un partido que cambió.
Me metiste un pénalty de amor
en mi portería
y ya sólo espero un tiro indirecto
y remontar el marcador.

“Golearon al diablo”
La rola de esta índole más surrealista jamás compuesta, ignoro por quién, es “Golearon al diablo”. También aborda un sueño, en este caso el de un partido completo de futbol en el que participan, maniqueamente, los buenos contra los malos. Es pues una letra delirante, apta para un arreglo como el que tuvo: guapachoso, tropical, con final dizque tragicómico. Hallé tres versiones, y elegí la de Mike Laure. Otra más es de Gustavo Quintero, cantante colombiano desconocido en México, y, la última, del grupo Renacimiento 74, grupo que alcanzó la inmortalidad gracias a la horripilantez de su piojoso estilo. Creo que “Golearon al diablo” es la única canción futbolera que atraviesa un partido íntegro, lo que no deja de tener algo de heroico. Un último detalle: nótese que la lista de buenos y malos agarra sin ton ni son personajes bíblicos, santos muy ulteriores (como el peruano San Martín de Porres) y malandros de la antigua Roma.

Señores voy a contarles
el sueño que tuve ayer
soñé que en el cielo estaba
paseando con mi mujer
subimos a una carroza
que la jalaba un dragón
viví cosas tan hermosas
que me causó admiración,
de pronto nos encontramos
sentados en un estadio
y un equipo de los buenos
jugaba contra los malos
San Pedro sacó la bola
y la remató San Pablo
San Ignacio de Loyola
dos goles le metió al diablo.
Dos goles, dos goles
ya le metieron al diablo.
Dos goles, dos goles
ya le metieron al diablo.
El diablo sin vacilar
la pateó para Nerón
éste la tiró a Caifás
y Caín al faraón
Noé remató de esquina
para el negrito Martín
se formó la tremolina
entre Goliat y David
cabeceando Barrabás
hacia Judas la chutó
pero la agarró Jonás
y a Moisés se la pasó
y para cobrar un faul
el suegro de este tirano
pateó la bola a Sansón
y otro gol le metió al diablo
Tres goles, tres goles,
ya le metieron al diablo.
Tres goles, tres goles,
ya le metieron al diablo.
Pero apretó el marcador
y a los malos derrotaron
en su carroza montó
echando chispas el diablo
por ser hincha de los buenos
a mi mujer abracé
con rabia me tiró al suelo
ahí fue cuando desperté.
A golpes, a golpes
me despertó mi mujer.
(Coro) A golpes, a golpes
te despertó tu mujer.

Nota: hace varios años escribí un comentario que atiende el mismo tema. No lo amplío; sólo lo recuerdo aquí.

sábado, junio 18, 2016

Ancla




















Como ahora, cada vez que de cerquita veo mariachis recuerdo a un charro casi extraviado en mi memoria. También recuerdo, claro, a la tía Fany, una tía abusivamente bonita, casi una segunda Miroslava. Estos recuerdos son algo borrosos, pues no por nada se remontan a mi niñez y a mi primer asombro ante el asedio a las mujeres. Tenía yo, supongo, ocho o nueve años. Supongo también que, aunque la adolescencia todavía me quedaba lejos, ya podía distinguir a una mujer hermosa de otras no tanto. Es posible que mi tía Fany tuviera cerca de treinta años y no sé si para entonces ya era mamá. Estaba casada con mi tío Gabriel, un tipo más bien malencarado, agrio, de plata. En las fiestas del abuelo se servía de todo para todos, pues había bonanza y todavía eran tiempos de reuniones con familia extensa, venturosamente llena de primos. Recuerdo que íbamos a la casona del abuelo y no miento si digo que era una hacienda como de película mexicana: inmensa, de adobe, con un montón de cuartos y bodegas y patios y pilares y corrales. En una de las bodegas, esto jamás lo olvidaré, se almacenaba una montaña de algodón todavía no despepitado sobre la que nos tirábamos desde una ventana muy alta. Allí también jugábamos a la lucha libre y terminábamos con la ropa llena de pelusa que después era imposible desprender. El abuelo no tenía límites para agasajarse en sus cumpleaños. Era su mejor guateque. Mataba no sé cuántos marranos, ordenaba hacer varias sopas, aguas frescas, guacamole, totopos, kilos y kilos de tortillas y cazuelas retacadas de salsa. Además, obvio, surtía litros interminables de trago para los señores. Solía amenizar con un mariachi que duraba a todo mecate durante no menos de seis o siete horas. El grupo ejecutaba, no miento, todo el repertorio de Jose Alfredo y otros compositores. Eso sí, “La barca de oro”, favorita de mi abuelo, era tocada varias veces entre tanda y tanda. Recuerdo que una vez, cansado de jugar con mis primos, me senté al lado del mariachi y me quedó cerca un charro con violín. Tenía una pequeña ancla tatuada en el envés de la mano izquierda, y cuando terminó una pieza me pidió que le consiguiera otra cuba. Eso bebía, el asqueroso brandy Presidente apreciado en aquellas épocas. Permanecí allí y poco después me pidió otra. Supongo que ya medio briago agarró confianza y en una pausa del mariachi me dijo en voz muy baja: “Está chula aquella dama”. Indicó discretamente con la barbilla hacía mi tía Fany, quien conversaba con mis otras tías. Y así siguió: apenas terminaba una canción, el charro insistía en lo mismo: “Está chula aquella dama”, ahora con la mirada más enfática hacía mi tía. Niño y todo, presentí, temí, el peligro: mi tío podía percibir los coqueteos y yo de alguna manera era cómplice del charro, y le daba la razón. Pero no ocurrió nada. La fiesta siguió su rumbo y mi tía Fany salió ilesa del acecho. Hoy recuerdo todo esto porque llegó mariachi al aniversario matrimonial de un amigo. Cuando eso pasa busco, si lo hay, al charro más viejo. Si de casualidad toca el violín, como quien no quiere la cosa trato de pasar cerca y mirar su mano izquierda. Algo me dice que volveré a encontrar el fetiche del ancla como si con eso pudiera recordar mejor a la tía Fany.